Lios, libros y mas lios
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visión muy excitante, ya que la toalla que me cubre está deshilachada y no muy limpia, llevo restos de rímel en la cara y el pelo medio cubierto de champú y pegado a la parte izquierda de la cabeza. Pero bueno, estaba convencida de que sería Simon y no me lo he pensado dos veces.
Ya sé que vosotros no sois tontos, aunque resulta evidente que yo sí lo soy.
En la puerta estaba… Sorpresa, sorpresa… James.
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veinticuatro
–¡Joder! – exclamo con el ojo todavía medio cerrado por el champú e intentando distinguir la figura de James.
–¡Joder! – repite, todo hay que decirlo, un poco espantado por mi aspecto-.
Supongo que no debería aparecer así, sin más.
–Me gusta la gente que viene sin avisar, excepto cuando tengo esta facha.
¿Quieres pasar y esperar un momento?
–No, no, no te preocupes. – Empieza a retirarse-. Te llamo luego.
–¡James! ¡Entra, por el amor de Dios!
Prácticamente lo arrastro dentro, lo empujo hasta el sofá y salgo disparada por el pasillo en dirección al dormitorio.
Mierda. Estoy peor de lo que pensaba, no me extraña que se haya asustado.
Con todo, me olvido de la vergüenza, vuelvo al cuarto de baño y meto la
cabeza debajo del agua para aclararme el resto de champú (ya sé que es más higiénico hacerlo con la ducha, pero no tengo tiempo).
Me limpio el rímel de los ojos, me sujeto el pelo con una goma y me dirijo a mi habitación. Dejo caer la toalla, me pongo unas mallas y una vieja sudadera y me detengo un momento; vuelvo al armario para ponerme un sujetador, ya que no me apetece tener que levantarme las tetas desde las rodillas delante de James.
Finalmente, me dirijo con timidez a la cocina mientras le grito si quiere tomar una taza de té. Lo oigo cerrar una revista y levantarse para venir donde estoy, diciendo que le encantaría.
–Hace siglos que no nos vemos -digo alegremente mientras abro el frigorífico y huelo la leche, que, gracias a Dios, todavía está buena-. ¿Qué has estado haciendo?
–He estado muy ocupado pintando -responde sonriendo. Levanta el brazo de la mesa y mira la mancha de miel que tiene en la manga.
–¡Lo siento! – Corro hacia él con un trapo para limpiar la mesa y se echa a reír.
–Caramba, Cath. ¿Te acuerdas del día que fuiste a mi estudio y aquello parecía una pocilga? Dijiste que eras peor que yo y pensé que sólo lo decías para que no me avergonzara, pero creo que me superas.
–No puedo remediarlo -aseguro encogiéndome de hombros-. Me esfuerzo en ser limpia y ordenada, pero la guarrindonga que llevo dentro se rebela.
Es más fuerte que yo. Al menos, las tazas están limpias… -Sonrío mostrando unas que están relucientes; esta mañana he conseguido quitarles las manchas de té de hacía una semana-. Así que pintando… ¿En qué estás trabajando?
–No te lo vas a creer, yo mismo estoy que alucino. Después de la exposición en la librería, los de la revista North West vinieron a casa, me
hicieron una entrevista y, de repente, empecé a recibir llamadas de teléfono a diestro y siniestro… ¡de personas que querían comprar cuadros!
–¡Qué bien! ¡Es increíble! – exclamo sentándome frente a él, muy ilusionada por su éxito y con remordimientos porque he estado tan absorta con el tema de Josh y de Lucy que ni me había vuelto a acordar de su exposición-. Bueno, en realidad no me extraña -añado de inmediato, porque es verdad-. Tus cuadros son muy buenos. Pero sigue siendo increíble que hayas tenido un comienzo tan afortunado. O sea, que te retirarás a los cuarenta.
–No creo que haya llegado a ese nivel todavía, pero nunca se sabe…
–Mira, hoy en Bookends y mañana… en la Saatchi Gallery.
–Ya me gustaría.
–Cosas más raras han pasado con gente que hace cosas mucho más raras que las tuyas.
–Bueno, ya está bien de hablar de mí. ¿Qué tal va todo?
–Como siempre -contesto deseando poder contarle algo extraordinario, hacerle reír con historias graciosas sobre algún sitio especial en el que haya estado hace poco, pero tengo muy poco que contar.
–¿No ha ido ningún loco por la librería últimamente?
–Qué va, y la verdad es que me preocupa. Estoy segura de que todas las librerías tienen sus excéntricos.
–Si quieres, puedo poner un anuncio en el periódico: «Se busca excéntrico.
Sesenta y tantos, pelo rosa o azul, para dar ambiente en una pequeña librería. Sin sueldo, pero capuchinos gratis.» ¿Qué te parece?
–Me parece que tendrás que alquilar coches para llevar a todos los
viejecitos que respondan al anuncio -aseguro riéndome.
–Si no, puedo prestarte a mi abuela. Se siente muy sola.
–¿Pero es excéntrica?
–Todavía no, aunque estoy seguro de que no le costaría aprender. Podría sentarse en algún rincón y gritarle a todo el mundo con ese acento de Yorkshire que tiene.
–¿Le importaría teñirse el pelo de rosa?
–Bueno, eso le supondría abandonar su lila claro.
–¿Estás de broma? Dime que tu abuela no lleva el pelo de ese color…
–Vale, vale…, no lo lleva. Pero nació en Yorkshire, tiene un acento muy marcado y gritar a la gente es uno de sus pasatiempos favoritos. Se pasa la vida diciéndome que no la llamo nunca.
–James, tienes una gran facilidad para pintar imágenes en mi cabeza.
–Gracias, es el mejor cumplido que me han hecho en todo el año. Hay algo más que me gustaría contarte.
–¿Sí?
–Es sobre mi abuelo.
–Estás de broma, ¿no?
–Pues claro… En serio, sé que es un poco molesto que siga apareciendo de esta forma, pero no me gusta el teléfono…
–Pero James, cariño, eres agente inmobiliario y te pasas la vida pegado al teléfono. ¿Cómo puedes odiarlo?
–Para trabajar es distinto. Cuando acaba el día, no suelo utilizarlo. Además, siempre es mucho más fácil hablar en persona, sobre todo si se quiere ver a alguien y, bueno, me siento un poco ridículo. La última vez que te llevé a cenar, la cita acabó siendo un desastre y me gustaría estar contigo de verdad.
–¿Qué quieres decir con «estar conmigo de verdad»? – pregunto, a pesar de que sé a qué se refiere y él sabe que lo sé porque tengo una enorme sonrisa dibujada en la cara.
–Me refiero a ir a cenar. Pasar un rato juntos. Conocerte mejor.
–Podemos empezar esta misma noche -digo coquetamente.
–¿Esta noche?
–Sí, podemos ir a cenar.
–¿No estás ocupada?
–No. Pero tendrás que esperar hasta que me vista y esas cosas.
–A ver… -dice mirando encantado el reloj y poniéndose de pie-. Si esto es de verdad una cita, y espero que lo sea, vendré a recogerte a las ocho. ¿Qué te parece?
–Perfecto -afirmo mientras lo acompaño a la puerta. Entonces me acuerdo de algo-. James, ¿recuerdas que la última noche que estuvimos juntos vimos a Josh?… Bueno, ya sabes. ¿No me vas a preguntar nada?
–No es asunto mío -responde encogiéndose de hombros, y en ese momento siento la tentación de besarle-. Si quieres hablar de eso, te escucharé encantado o intentaré ayudarte, pero no tienes por qué contarme nada si no te apetece.
–James, eres demasiado bueno para ser verdad. Nos vemos a las ocho. –
Cierro la puerta tras él y lanzo un gritito para mis adentros porque estoy sintiendo cosas que creía desterradas de mi panorama vital: emoción, euforia y algo más que expectativas.
Aunque parezca mentira, tengo una cita con un hombre y, encima, estoy más que emocionada. Hace mucho tiempo que nadie me ha hecho sentir de esta manera y, a pesar de que sé que he estado evitándolo por miedo a que me hicieran daño, hay algo en James que me invita a confiar en él.
Cuanto más lo conozco, más me gusta. Al principio creía que era demasiado tímido y nervioso, pero empiezo a descubrir su sentido del humor, su forma de sentirse a gusto con lo que es, y me gusta. Podría gustarme mucho.
Me seco el pelo, me pongo algo más adecuado y, cuando a las ocho menos veinte suena el timbre, lo maldigo por llegar tan pronto aunque, gracias a Dios, estoy lista.
Pero no es él, es Simon. Me había olvidado por completo de que vendría a cenar si su amigo no estaba en casa, y cuando empiezo a disculparme, a darle explicaciones, veo que está blanco como la cera y que parece que va a vomitar de un momento a otro.
–¿Qué te pasa? – Lo agarro con firmeza, alarmada porque da la impresión de que va a caerse al suelo, y lo obligo a pasar, asustada por sus temblores.
Se sienta como si estuviese mareado y después se vuelve hacia mí.
–Will está enfermo.
–Vaya, hombre. – Pongo cara de lástima porque, aunque lo odie, veo que Simon está afectado y eso me duele-. Lo siento. ¿Estás bien? ¿Qué le ocurre?
–Ian acaba de decírmelo.
–¿Es grave?
–Cath… -susurra con miedo en los ojos-. Tiene el sida.
–¿Qué? – Nunca hasta este instante había entendido lo que significaba que se te helara la sangre.
–A mí me dijo que no tenía nada. Hablamos de ello porque ya sabes lo paranoico que soy para esas cosas y me dijo que se había hecho un análisis el año pasado y que le dio negativo y que, si yo también era negativo, entonces no había motivo para…, bueno…, ya sabes, para el sexo seguro y todas esas cosas.
–¡Dios mío! – La respiración se me corta en la garganta y estoy tan enfadada, tan asustada, que tengo ganas de empezar a sacudirlo-. Por favor, dime que utilizasteis condones. Por favor, dime que no…
Me mira y se echa a llorar, y me acerco y lo rodeo con los brazos, acunándolo mientras su cuerpo se convulsiona por los sollozos.
Hace cuatro años, Simon perdió a uno de sus mejores amigos. Jake era estupendo, gracioso, guapo, modesto. Se conocieron en un cine. Simon estaba aburrido, se tomó la tarde libre y se fue a la primera sesión. Me acuerdo de que me comentó que se había fijado en él cuando hacía cola.
«¡Cómo no!», le dije riendo.
Simon lo miró a los ojos, él le devolvió la mirada. No se sentaron juntos -
Simon estaba tres filas por detrás de él-, sólo había ocho personas en el cine y, cuando se acabó la película, Jake se volvió y le preguntó qué le había parecido.
Fueron a tomar un café que se convirtió en una cena y, aunque la noche podía haber acabado en algo más, no debía de ser el momento adecuado, ya
que en vez de convertirse en amantes se hicieron amigos.
Recuerdo que me sentía celosa de Jake porque, a pesar de que yo tenía una profunda relación con Simon, entre ellos había una comprensión de la que yo no podía participar. Iban juntos a los bares de ambiente y yo les acompañaba de vez en cuando, pero no me divertía tanto como ellos.
Además, todos notábamos que Simon estaba colado por él; aunque Jake sólo le ofreciera su amistad, con eso le bastaba.
Jake era norteamericano y desde el principio, incluso antes de que se conocieran bien (por supuesto, Simon ya había planeado en secreto que tendrían una casa en el campo, había imaginado el huerto y puesto nombre a los dos perros labrador), le habló de su pasado. Le habló de su juventud, de los años de sexo con desconocidos, confesándole que, a pesar de todo, no habría vivido de otra manera. ¿A pesar de todo? Le contó que cuando llegó a Londres estuvo en cama con fiebre. Tenía cuarenta, vomitaba y temblaba, y fue a hacerse el análisis del VIH.
La vida es así, no siempre como nos gustaría: Jake dio positivo. Se quedó hecho polvo. Atravesó todas las etapas que le describió el psicólogo: rabia, miedo, pena y, al final, resignación.
Se le pasó la fiebre, dejó de temblar y de vomitar e intentó hacer como si no ocurriese nada, como si todo hubiera sido una pesadilla. Fue a distintas terapias, conoció a gente que vivía con sida, les oyó hablar y descubrió que quizá le estuviesen mostrando una forma diferente de vivir la vida.
Aprendió que el gran desafío de la enfermedad no es morir de ella, sino vivir con ella; que no se trata de una sentencia de muerte inmediata, que su vida podía ser igual de enriquecedora o incluso más que antes; podía trabajar con el grupo, dar algo a cambio, aprovechar al máximo el resto de su vida, por corta o larga que acabara siendo.
Simon lo escuchó, oyó lo que le estaba contando y, cuando acabó, se acercó y le dio un abrazo.
–Tengo miedo. Tengo que reconocer que me asusta, que me horroriza.
Siempre ha estado ahí, pero nunca lo había sufrido nadie de mi entorno.
También sé que eres uno de mis mejores amigos y que haría cualquier cosa por ti.
Aquella noche fueron a una librería. Jake le indicó los libros que él había leído, y Simon se compró algunos para armarse de información.
Aprendió a dejar de tener miedo. Aprendió lo que era seguro y lo que no, y también que no cualquier tos, dolor de cabeza o estornudo era el comienzo de la cuesta abajo.
Pero Jake no sólo era seropositivo. Simon siempre me ha dicho que ojalá lo hubiese conocido años atrás, antes de contraer la enfermedad; aunque el propio Jake le dijo que no le habría gustado tanto, que era mucho mejor persona desde que se había infectado. Jake había desarrollado la enfermedad y, a pesar de que tenía amigos que habían pasado muchos años sin padecer infecciones oportunistas, él no tuvo esa suerte.
Poco después de conocerlo, desarrolló una neumonía. Ya había perdido el apetito y tenía sudores por la noche, pero ése fue el momento que había estado temiendo, el que esperaba que no apareciese en mucho tiempo.
Sus células T4 bajaron a menos de 100, dejó de comer, de dormir, sus cambios de humor eran terribles… Pero Simon intentó luchar por él, intentó encontrar la fuerza para que sobreviviera. Incluso durante los periodos en que le gritaba y le mandaba a la mierda, Simon se sentaba en silencio, con paciencia, y le acariciaba el pelo hasta que Jake se deshacía en lágrimas.
Cuando llegó el terrible final, toda la gente a la que Jake quería se reunió en una casita que tenía en Clapham. Su madre y su hermana vinieron desde Carolina del Norte. Sus amigos habían estado más cerca de él de lo que nunca había estado su familia.
Luego, todo acabó. Jake descansó en paz y Simon, tras recluirse durante unos meses, empezó a salir poco a poco de su cascara protectora y a vivir
de nuevo en el mundo real.
Después de lo que pasó con Jake, de haber leído libros y de haber visto morir a su amigo, se convirtió en la «reina del condón» del norte de Londres, según sus propias palabras. «La enfermedad -empezó a decir (era una frase que le había oído a alguien)- es fatal en ocasiones, pero totalmente evitable.»
Seguro que ha tenido ligues de una noche, pero de lo que siempre he estado convencida es de que nunca practica sexo con riesgo. Él no. Pero entonces,
¿por qué está llorando en mi sofá y no responde a mi pregunta?
Estoy a punto de preguntárselo de nuevo cuando suena el timbre. Mierda, es James. Simon me mira con ojos interrogadores y le susurro que vuelvo enseguida. Voy a la puerta y me siento ridicula por tener que volver a cancelar la cita, pero no existe fuerza en la tierra que pueda obligarme a dejar a Simon en esa situación.
James se da cuenta enseguida de que pasa algo.
–¡No me lo puedo creer! – suspira visiblemente molesto-. Me dejas colgado de nuevo, ¿verdad? – dice con voz cansina, y noto que esta vez se ha enfadado.
–Lo siento, James. Ha ocurrido algo que no puedo explicarte en este momento. Ya te lo contaré. ¿Te llamo mañana?
–¿Sabes qué? – exclama con voz de enfado, y aunque me gustaría contárselo, no puedo. Sé que está muy molesto y que la dureza con la que me habla es una forma de ocultarlo, pero, si me da otra oportunidad, me aseguraré de que entienda que no es por su culpa, que no intento evitarlo.
Empiezo a hablar y se da media vuelta-. Olvídalo.
–James -suplico con suavidad, mientras él mira al suelo-. Lo siento mucho.
Tenía muchas ganas de estar contigo y si pudiera lo haría, pero tendremos