Lios, libros y mas lios
¼
–¿Eres la única persona que lo sabe? – Me pregunta, y vuelvo a asentir-.
¿Se lo va a decir a más gente? Me parece una carga muy pesada para que la lleves tú sola.
–No lo sé. No creo que haya pensado en eso todavía.
–¿Dónde está ahora?
–¡Mierda! – Miro el reloj y me pongo de pie-. Ya debe de haber regresado del hospital. Tengo que irme.
–¿Seguro que te encuentras bien?
Asiento con la cabeza mientras me dirijo a la puerta.
–Cath -oigo en el momento en que estoy saliendo-, ya sabes que, si necesitas hablar, sólo tienes que llamarme o venir a verme.
–Eres maravilloso. No sé qué decirte, darte las gracias no me parece suficiente.
–No seas tonta, para eso están los amigos.
Se acerca y me besa en la mejilla apretándome el brazo al mismo tiempo.
Salgo a la calle y me voy a casa a llamar a Simon. He olvidado por completo que iba a proponerle una cena a James.
¼
veintisiete
Las noches son terribles; Simon parece mucho más asustado por la noche.
Entre los muchos libros que ha comprado hay algunos, narrados en primera persona, de gente que vive con la enfermedad o que ha perdido a sus seres queridos.
Lee sobre lo que supone ver morir a las personas que amas de una forma horrible y dolorosa, personas que se quedan ciegas, enferman de tuberculosis, de sarcoma de Kaposi… Cuando descubre esas cosas, aunque dice que lo ayudan a no sentirse tan solo, no puede evitar que le invada el miedo.
Paso el día con él, al otro lado del teléfono, para que no se hunda, para recordarle lo que le dijo el médico en el hospital: que existen tratamientos efectivos, que el plazo medio para que la gente desarrolle la enfermedad es de entre diez y doce años, pero que ahora ha aumentado considerablemente.
No me canso de repetirle: «Estarás con nosotros un montón de años.» Como poco veinte o treinta. No lo digo sólo para que se sienta mejor, sino porque lo creo de verdad. Porque si Simon no se muestra optimista, alguien tendrá que hacerlo, y ese alguien seré yo.
Los días no son tan malos. A veces hasta conseguimos mantener conversaciones en las que no se mencionan las palabras VIH o sida. Pero por la noche aparece el miedo. Me llama llorando suavemente o con el terror atenazándole de tal manera que casi no puede hablar; necesita que alguien le escuche.
Lucy me preguntó ayer si le pasaba algo, porque no le devolvía las llamadas. ¿Qué podía decirle? Le aseguré que está bien, muy liado, y que yo tampoco hablaba mucho con él. Después me puse a llamar a los proveedores para que no siguiera interrogándome.
Cuando llego a casa, le llamo y le pregunto si ha pensado en decírselo a Josh y a Lucy. Al parecer es una de las cuestiones sobre las que habló con el psicólogo en la primera sesión. A quién se lo iba a decir y cómo.
Me dice que ha decidido contárselo, ya que, al fin y al cabo (en ese momento pone acento norteamericano), son su «familia elegida». Lo que no sabe todavía es cómo decírselo. Está pensando en hacer una cena, como en Los amigos de Peter, para darles la noticia. Pero sólo de pensarlo se pone histérico.
Su familia no tiene por qué enterarse. Viven muy lejos y no lo entenderían.
Además, ya les costó lo suyo aceptar que fuera gay. Como para decirles ahora que es seropositivo…
–¿Para qué? – me dice-. Si no estoy enfermo, ¿para qué decírselo?
Le creo cuando me asegura que está haciendo lo correcto. No ha tomado medidas drásticas que le hayan cambiado la vida, al menos todavía. No ha ido a ninguna de las reuniones, ni al psicólogo con regularidad, pero sí que ha ido al hospital, le han hecho un recuento de células T4 para ver cómo estaba su sistema inmunologico y han comprobado su carga viral para saber la cantidad de virus que tiene en la sangre.
De momento la carga es abundante; se supone que eso es lo normal, ya que se ha infectado hace poco, entre julio y octubre. Todavía costará un poco que su sistema inmunologico se vaya acostumbrando. Pero, por el momento, está bien.
Después de hacerse el análisis ha visto a Portia por la calle. En otra ocasión habría hablado con ella, le habría perdonado su asunto con Josh, pero hoy no podía. No tenía ni la paciencia ni las ganas de intentar ser amable, normal, y no quería que le preguntase qué estaba haciendo allí.
–¿Estás seguro de que era ella? – le pregunto.
–Sí, es inconfundible.
Se ha escondido en un callejón y se ha vuelto de espaldas hasta que ha pasado de largo, rezando para que no le haya visto.
–Supongo que llegará un momento en el que tendrá que saberlo todo el mundo. ¿Cómo, si no, voy a explicar mi repentina y rigurosa higiene?
Tengo que lavarme las manos cada vez que toco a un animal, lavar la fruta y la verdura con cuidado…
–Puedes decir que estás embarazado -le aconsejo, contenta de la risa que provoca mi comentario.
Es jueves por la noche y ha venido a ver la serie de Portia. Hemos llamado a un chino para pedir la cena, como siempre. Se lamenta de que no hayamos visto los últimos capítulos y hayamos perdido el hilo.
–Qué te apuestas -dice cuando empiezan los títulos de crédito- a que hay un nuevo personaje, llamado John o Joe o Jason o algo así, que es agente inmobiliario y al que le gusta Katy, y que además es un artista con talento…
–¡Vete al cuerno! – exclamo tirándole un cojín, y se aparta riéndose.
Pero tiene razón, yo también lo había pensado. He conseguido evitar a Portia unas cuantas semanas. No le he devuelto las llamadas y he hecho caso omiso cuando he oído sus mensajes. Quizá quiera vengarse a través de la televisión.
Nos calmamos para ver el programa; Jacob y Lisa tienen problemas matrimoniales pero, por extraño que parezca, Jacob no se ha echado en brazos de Mercedes para consolarse.
–Bueno, no podría hacerlo en una serie de televisión -dice Simon con desdén-. Mercedes es un ángel que nunca haría algo tan horrible como romper una pareja.
No, su papel es ofrecerle apoyo a Jacob, un hombro en el que llorar, aunque, por supuesto, todo el mundo piensa lo contrario.
–¡Joder! – exclamo durante los anuncios-. A ver si nos hemos equivocado… ¿Crees que lo hemos interpretado todo mal?
–Pues no lo sé -dice Simon volviéndose hacia mí-. Hombre, Portia nunca se hubiese mostrado a sí misma en televisión como la causante de una ruptura matrimonial, pero… ¿Qué hacía en casa de Josh y de Lucy a todas horas?
¿Te acuerdas de las veces que fuiste a ver a Lucy y Portia estaba en la cocina con aire de suficiencia?
–Es verdad.
–Espero que no hayamos metido la pata -añade Simon con cara de preocupación-. Me sentiría fatal. Me porté muy mal la noche que estábamos cuidando de Max y llamó por teléfono.
–No te preocupes tanto. Seguro que se está vengando de nosotros en la serie. ¡Shh!, que empieza otra vez.
Durante los quince minutos siguientes nos quedamos completamente perplejos, ya que Jacob se insinúa a Lena, la au pair danesa, una noche que ninguno de los dos puede dormir y se encuentran en la cocina.
–¡La viiirgen! – exclama Simon con un silbido cuando los vemos tirarse al suelo arrebatados por la pasión.
–Imposible -susurro-. ¿Josh e Ingrid? Ni de coña.
Él arquea una ceja.
–Bueno, todo puede ser -refunfuño.
–¡Mierda! – dice levantándose para ir al servicio durante los anuncios-.
¿Sabes lo que significa eso?
–¿Qué?
–Que vamos a tener que empezar a odiar a Josh otra vez y que… -Deja escapar un gran suspiro-. Voy a tener que disculparme con Portia. ¡Joder!, vaya historia. Menos mal que sólo quedan quince minutos, ¿qué más puede pasar? – pregunta, y desaparece camino del cuarto de baño.
Cuando regresa, se sienta suspirando.
–Bueno, Cath, ya vale.
–¿Qué?
–Todo esto es ridículo. Aquí estamos, especulando sobre la vida amorosa de Josh, y la única persona que parece saber lo que está pasando, aparte de Josh, que por supuesto no nos lo contará, es Portia. Vas a tener que hablar con ella.
–¿Yo? ¿Por qué yo?
–Porque yo no me encuentro bien y tú siempre has estado más unida a ella.
Creo que deberías llamarla.
–Siento mucho que no te encuentres bien, aunque no te creo. Pero no voy a ir sola, la llamaré si tú también vienes. Podemos quedar los tres y hablar del asunto. Podemos preguntarle directamente. Es una mentirosa compulsiva y tu detector de mentiras funciona mejor que el mío.
–¿Crees que Josh y Lucy lo están viendo? Porque seguro que Lucy piensa lo mismo que nosotros…
–¡Joder!, voy a llamarlos.
Levanto el auricular rogando que hayan salido, que no estén viendo la televisión.
–¿Lucy?, soy yo.
–Cath, cariño, ¿estás bien?
–Sí, estupendamente. ¿Has visto el capítulo?
–¿Qué capítulo?
–El de la serie de Portia. Simon está aquí y hemos pensado que a lo mejor lo estabais viendo…
–Mierda, mierda y mierda. Se me ha olvidado por completo. Josh no está en casa y… ¡Deja la mermelada! Muy bien, cielo. Lo siento, Cath, le estoy enseñando a Max a hacer tartas de fresa. ¿Me he perdido algo?
Gracias a Dios.
–No, no ha pasado nada. Mejor hablamos en otra ocasión, pareces ocupada.
–Si tú supieras… -se queja.
–¿Qué prefieres, las buenas o las malas noticias? – pregunto colgando el teléfono y mirando a Simon.
–Las buenas.
–No lo está viendo.
–¿Y las malas?
–Josh no está en casa.
–¿Y dónde está Ingrid?
–No sé, no se lo he preguntado.
–¡Dios mío, Cath! ¿Tú crees que Josh e Ingrid están liados?
–Bueno, espero que Portia pueda aclararnos algo de una maldita vez.
La llamo a media tarde, a la hora en la que Lucy está más ocupada sirviendo a los clientes que vienen siempre los viernes a merendar. Consigo que mi voz suene normal y quedamos para tomar una copa el lunes por la noche. Aunque estoy segura de que sabe por qué la llamo, lo disimula muy bien.
No hablamos de la serie. Tampoco menciona que la he estado evitando.
Parece entusiasmada por oírme y, tan pronto como le propongo quedar, sugiere el lunes, lo cual demuestra bien a las claras su interés.
–Cath, ¿puedes venir un momento? – me pregunta Rachel; cuelgo y me acerco a ella, que parece enfadada. En el mostrador hay un ejemplar sobado y con las esquinas dobladas de una novela que está en el cuarto puesto de las listas de best-sellers.
–¿Qué pasa?
–Como le explicaba a su compañera, me regalaron este libro para mi cumpleaños, pero ya lo tengo y me gustaría cambiarlo -dice una chica joven con cara de pocos amigos que lleva una cazadora acolchada de color negro.
–Ya -digo cogiendo el libro y mirando el lomo doblado, las páginas arrugadas y la mancha de café de la portada-. En otra ocasión te lo hubiéramos cambiado, pero parece que este libro ya está usado. Lo siento, no podemos hacer nada.
–Estaba así cuando me lo regalaron -afirma con desprecio.
–¿Qué? ¿Con el lomo doblado y manchas de café? – Mi voz denota tanta incredulidad como la expresión de mi cara.
–Sí -contesta con una voz que rezuma sarcasmo-, supongo que eso es lo que pasa cuando se abre una librería donde se sirven cafés.
–Vale. – Me doy cuenta de que no voy a llegar a ninguna parte y, la verdad, aunque es evidente que está mintiendo, tengo que acordarme de que el cliente siempre tiene la razón. Es mejor que se quede contenta, no vaya a ser que se lo cuente a todos sus amigos-. De acuerdo, ¿quieres elegir otro?
–Prefiero el dinero -afirma, extrañada de que sea tan fácil. Asiento, saco cinco libras con noventa y nueve de la caja y se las doy.
–Que tengas un buen día-le deseo cuando se da la vuelta para irse.
–Cath, ¿has visto esto? – me dice Rachel, que ha estado a mi lado todo el tiempo. Abre el libro y en la portada pone:
2 de noviembre de 1999
Querida Caroline:
¡Feliz cumpleaños!
Con mucho cariño,
Emily
–¡Qué morro! No puedo creer que lo haya devuelto después de haberlo leído y estando dedicado -exclama.
–Rachel, por desgracia el cliente siempre tiene la razón -digo encogiéndome de hombros y sabiendo que tenemos que dar por perdido el libro.
Cuando acaba la jornada, Lucy me acerca un montón de libros que han dejado en la cafetería.
–¿Qué haces el fin de semana del veintisiete? Bueno, qué hacéis Simon y tú. Ingrid se va a París con su amante y Josh me acaba de decir que tiene una reunión en Manchester. En otra ocasión no me hubiera importado, pero ya sabes que no me gusta estar sola y había pensado que podríamos hacer una cena el sábado y, si queréis, podéis quedaros a dormir. – Hace una pausa para tomar aliento y se me hiela la sangre.
Pienso en el capítulo de ayer, en Jacob y Lena abrazados en el suelo de la cocina. ¡Ingrid y Josh! No puede ser una mera coincidencia que se vayan los dos al mismo tiempo. ¡Dios mío, no!
Pero ¿cómo lo sabe Portia? ¿Cómo sabe todas esas cosas de nuestras vidas?
Entonces me acuerdo del día que la vi en la cocina con Ingrid.
Evidentemente habían estado hablando, se habían hecho amigas. Ingrid se confió a ella y le contó lo que estaba pasando…
–¿Me estás escuchando? – La voz de Lucy se abre camino por mis oídos en el momento en que estoy intentando organizar mis pensamientos, y consigo decirle que me parece bien, que se lo preguntaré a Simon, que si él no puede, yo sí que iré.
Cuando vuelve a sus quehaceres me siento fatal. No entiendo cómo no me he dado cuenta antes. ¡Cómo hemos podido pensar que el lío de Josh había terminado simplemente porque él y Lucy volvían a hablar!
No entiendo lo que está pasando. Estoy confusa. Primero Portia, ahora Ingrid. Confusa y dolida, así que decido hacer lo que siempre hago cuando la vida me pone obstáculos, voy a casa y llamo a Simon.
Coge el teléfono con voz taciturna y empiezo a hablarle de Portia; le digo que hemos quedado con ella el lunes a las siete en el Groucho, y después añado que Josh se va el fin de semana del 27. Entonces me interrumpe.
–¡Me importa una mierda que Josh se vaya ese fin de semana! – La frialdad de su voz hace que casi pegue un salto-. ¡Tengo el sida!
Estoy a punto de cortarle y decirle que no es verdad, que sólo es seropositivo, cosa bien diferente, cuando noto que ha estado bebiendo y que no es el mejor momento para decirle nada.
–Y antes de que me cuentes la historia de que no estoy enfermo, tú y yo sabemos que es cuestión de tiempo. Lo único que quería en esta vida era ser feliz, ¿cómo voy a encontrar ahora a don Perfecto? No tengo la menor oportunidad, se acabó, y no intentes decirme nada porque no tienes ni puta idea de esto. No sabes cómo me siento, ni lo que es estar condenado a muerte -brama entre risas de borracho, y me pregunto si no debería colgarle, porque cuando el alcohol le pone así lo mejor es no hablar con él.
Pero no le cuelgo, soy su amiga, quiero ayudarle y le escucharé para que comprenda que no está solo.
–Al menos tú -continúa riéndose- no tienes que preocuparte por el sida. Es la última cosa en la que pensarías. Tienes las piernas tan pegadas que se necesitaría a un hombre bastante más fuerte que James para abrirlas. Y en cuanto a tener pareja… Ni siquiera sabes lo que eso significa. Tienes tanto miedo a que te hagan daño, que te agarras a Josh, a Lucy y a mí como una jodida lapa para no tener que salir a ese mundo tan grande y tan malo, ni arriesgarte a encontrar el amor. Eres un robot. No tienes ni puta idea de nada. ¿Y pretendes decirme que no me voy a morir y que me lo crea? ¿Tú?
Ya he tenido suficiente. Las lágrimas me corren por las mejillas; no es necesario que él lo note. Sólo quiero que se entere de que no puede pasarse tanto conmigo. No voy a dejar que mi mejor amigo me haga esto, aunque esté pasando un infierno.
–No voy a escuchar ni una sola palabra más -le digo con suavidad.
–¿Por qué? ¿Porque la verdad duele?
–Voy a colgar -le informo, y cuando voy a dejar el auricular en su sitio oigo gritar: «¡Cath, Cath!», pero tiro del cable y desconecto el teléfono y el contestador automático.