Lios, libros y mas lios
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seis
–Aquí es -indica Lucy parándose frente a una tienda vacía y volviéndose para mirarme expectante.
Miro lo que aparentemente quiere enseñarme: un local vacío entre una tienda de alimentos orgánicos y otra de tallas de madera muy raras. El interior no se ve porque todas las ventanas están tapadas por grandes carteles multicolores en los que se anuncian grupos de música, conciertos, actuaciones, etc.
Lucy se acerca a los cristales para intentar mirar por las diminutas rendijas que hay entre la propaganda y me uno a ella, pero los han pintado de blanco por dentro y es imposible ver nada.
He pasado por delante de este local infinidad de veces. Está en la calle principal de West End Lane, frente a la tienda de bagels, antes de llegar a los jardines, y me doy cuenta de que lo recuerdo siempre vacío, lleno de carteles. Nunca me había fijado en él.
–¿Y para qué hemos venido aquí?
–¡Mira! ¡Está vacío! – me explica intentando disimular el nerviosismo de su voz.
–¿Y? – pregunto sin tener la más remota idea de adonde quiere ir a parar.
–Cath, querida, no seas corta. Es el sitio perfecto para mi negocio. Bueno, espero que sea nuestro negocio.
–¿De qué me hablas?
–De tu librería y mi cafetería.
Contemplo a Lucy, sus radiantes ojos, su cara expectante, y me sorprende que se haya acordado de mi sueño y, sobre todo, que haya contado conmigo.
–No te creo -afirmo meneando la cabeza-. ¿Cómo demonios te has acordado? Hace muchos años que te lo conté.
Me agarra por el brazo mientras permanecemos de pie, la una junto a la otra, intentando mirar dentro.
–En primer lugar, hablas de eso bastante más de lo que te imaginas y, en segundo, la noche en la que nos confesamos nuestros sueños, cuando dijiste que eso era lo que siempre habías querido hacer, jamás había visto a alguien tan apasionado por algo. No lo olvidaré nunca; y la única cosa que me gusta, lo único con lo que me gustaría trabajar es…
–¡La gastronomía! – exclamamos las dos echándonos a reír.
–Sé que suena a chiste, pero es la verdad. Pensaba que me dedicaría a la ilustración toda la vida, pero ahora que tengo a Max no me veo con las mismas ganas. Y a pesar de que la idea de la librería-cafetería haya sido tuya, sé, Cath, y espero que no te enfades por esto, que no sabrías hacer un huevo frito aunque tu vida dependiese de ello. Lo bueno es que… -continúa deteniéndose solamente para tomar aliento- no será tan complicado. Josh nos echará una mano y sólo tendremos que contratar a dos personas para que nos ayuden. ¡Por favor! ¡Dime que sí! Creo que podemos hacerlo. Sé que podemos hacerlo.
–No estarás hablando en serio, ¿verdad? – pregunto mirando el rostro radiante de Lucy. Me siento asombrada, nerviosa y entusiasmada, y no muy segura de poder llevarlo a cabo.
¿Acaso no funcionan así los sueños? Son algo seguro mientras no se intenta ponerlos en práctica. Da igual que se trate de un intercambio de parejas o de una librería-cafetería, la verdad es que siempre están más seguros cuando se tienen a salvo en la imaginación.
Pero, cuando miro los ojos de Lucy, veo que detrás de su resplandor hay una gran determinación, y Dios sabe que ella es capaz de conseguirlo. De todas las personas que conozco es la única que no sólo podría hacer unos pasteles divinos, sino que cautivaría a cualquier persona que entrase por la puerta, y teniéndola como socia, no habría nada de qué preocuparse.
–¿Te has convencido ya? – pregunta sonriendo.
–Por Dios, Lucy. No es tan sencillo. Tengo que pensar en un montón de cosas: el piso, la hipoteca, el trabajo… ¡No puedo dejarlo todo sin más! He de cuidar mis ahorros, porque esto sería…
Estoy tan absorta en mis problemas que no me doy cuenta de que Lucy me está mirando desde el otro lado de la calle. Me acerco, un poco aturdida todavía, y aunque no tengo ni idea de lo que costará ni de cómo nos lo montaremos para organizar el trabajo diario, es algo que realmente deseo hacer.
–¿Qué te propones ahora? – pregunto volviendo a la realidad y dándome cuenta de que estamos caminando calle abajo.
–¡Vamos! – me apremia empujándome hacia el interior de una agencia inmobiliaria-. He encontrado ese sitio y me ha parecido que sería ideal aunque no lo haya visto por dentro… Pero a lo mejor te convenzo con esto.
La puerta se cierra detrás de nosotras y un joven vestido con un traje azul marino nos mira desde el extremo de una mesa, en la que está examinando un montón de papeles.
–¡Hola! – saluda sonriendo. Deja los papeles en el escritorio y, apartándose un mechón de pelo castaño claro, deja ver unos ojos sorprendentemente
brillantes-. ¿Puedo ayudarlas en algo?
Tiene una voz profunda y un ligero acento que no sé muy bien de dónde es.
Seguramente del sur de Inglaterra, de Dorset o Wiltshire. Provenga de donde provenga, tiene un aspecto demasiado «normal» para ser agente inmobiliario.
Siempre los había imaginado elegantes y engominados, vestidos con trajes de diseño y teléfonos móviles implantados quirúrgicamente en el oído y, aunque éste va trajeado y de azul marino, hay algo en él que no encaja; me da la impresión de que se sentiría mucho más cómodo con un jersey de lana gruesa y unos vaqueros viejos.
Me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente y aparto la vista haciendo como que miro las vetas de la madera del suelo.
–Querríamos ver a James -contesta Lucy, y el hombre se levanta y extiende la mano.
–Déjeme adivinar, usted es Lucy Portman. – Sus líneas de expresión se hacen más profundas y me percato de que es un hombre muy atractivo.
–¿James?
–El mismo.
Se estrechan las manos y, mientras intento permanecer en un discreto segundo plano, me fijo en que me mira con una ceja arqueada, como preguntándose quién soy.
–Hola, soy Cath, esto…, Catherine Warner -farfullo, estrechando su mano sin mucho entusiasmo. No estoy acostumbrada a hacer negocios y, de repente, me siento un poco incómoda.
–Encantado de conocerla, Cath -exclama mirándome directamente a los ojos mientras aparto los míos e intento no ponerme colorada. Me suelta la
mano, se acerca a otra mesa y coge un manojo de llaves-. ¿Vamos?
Cruzamos otra vez la calle en dirección a la tienda vacía. Empiezo a ponerme nerviosa; en menos de una hora, Lucy le ha dado la vuelta a mi vida por completo. James tantea con las llaves para abrir la puerta.
–¿Saben?, cuanto más lo pienso, más me convenzo de la buena idea que han tenido. Una librería-cafetería. Justamente lo que necesita esta zona. Esperen a ver el interior, el local es perfecto.
–No sabrá si hay otras por aquí, ¿verdad? – pregunta Lucy un poco preocupada-. He estado mirando y no parece haber ninguna.
–Hay una librería y muchas cafeterías, pero hay tanta gente joven y animación que seguro que la combinación funciona bien. Además -baja la voz para continuar-, no digan que se lo he dicho yo, pero muchos de los establecimientos de la zona están un poco destartalados o son pequeños y oscuros. Una cafetería luminosa y soleada, con la ventaja añadida de tener una librería…, seguro que será un éxito.
Ahora sí que se está comportando como un típico agente inmobiliario, y se nota que no tiene ni idea de cómo se lleva una librería-cafetería, pero, por el simple hecho de que un extraño haya aprobado nuestra idea, empiezo a entusiasmarme. De hecho, cuando consigue encontrar las dos llaves que encajan, entre las cuarenta que lleva, me dan ganas de entrar de un salto y ponerme a bailar. La puerta se abre y Lucy me coge de la mano y me la aprieta para tranquilizarme mientras entramos con mucho cuidado.
Durante un rato permanecemos en silencio, simplemente damos una vuelta tratando de confirmar qué es lo que estamos buscando. Bueno, de hecho yo no buscaba nada hasta hace una hora, pero… ¡Qué demonios!
Cuando los ojos se han acostumbrado a la semipenumbra propiciada por la única bombilla que hay en cada sala, respiramos aliviadas porque, no hay duda, este sitio sólo puede convertirse en una librería.
En las paredes hay unas hermosas estanterías de madera que llegan hasta el techo y tienen abundantes divisiones, dando forma a una biblioteca abierta.
Las tallas de la madera son magníficas. ¡Es perfecto!
Es enorme. Los techos parecen no tener fin y, en la sala más grande, hay una especie de galería. Se accede a ella por una destartalada escalera de madera que no me infunde mucha confianza, así que tengo que conformarme con imaginarme paseando por ella.
–¿No es increíble? – susurra Lucy-. ¿A que es increíble?
Hay una gran habitación en forma de L con un gran ventanal al fondo, otra ventana pequeña en la galería y una habitación un poco más pequeña.
Lucy empieza a leer el papel con la descripción del local que ha traído James, se aproxima nerviosa hasta el final de la sala y empuja una puerta.
–¡Mira, Cath! ¡La cocina!
Se acerca a la habitación en forma de L en la que, con toda seguridad, habrá otro cuarto.
–Déjame adivinar -digo sonriendo irónicamente-. ¿El almacén?
–¿A que es perfecto, Cath? – comenta sin parar de moverse-. ¿Te la imaginas? Cierra los ojos y escucha el pasar de las páginas. ¿Hueles el café? ¿Y los pasteles y las galletas caseros?
Le sonrío balanceándome suavemente en medio de la habitación con los ojos cerrados; soy capaz de imaginármelo todo.
Sí, el sitio es perfecto. Se convertirá en una librería-cafetería perfecta.
Aunque no estoy muy segura de tener el valor para involucrarme en algo tan nuevo para mí a estas alturas de mi vida.
–¿Qué era antes? Debía de ser una librería, pero no me acuerdo de ella -
digo con voz cortante, de empresaria, porque supongo que al menos una de nosotras tiene que expresarse así si queremos que se nos tome medianamente en serio.
–Aunque no se lo crean, estaba vacía. Ha estado así cerca de veinte años.
–Bueno, eso explica el polvo que tiene -comenta Lucy reprimiendo un estornudo.
–Era de una persona un poco excéntrica que vivía en el barrio, Harry Roberts, ¿lo conocen? – explica James mirándonos, pero negamos con la cabeza y nos encogemos de hombros-. Era todo un personaje. Murió el año pasado, a los noventa y tantos años. Hasta su muerte fue a trabajar todos los días en traje y chaleco, con un aspecto inmaculado.
–¿Y? – pregunta Lucy ansiosa por saber algo más, ya que nada le gusta tanto como un buen cotilleo.
–Todos creíamos que Harry era una especie de oportunista -cuenta James con una sonrisa cariñosa al recordarlo-. Solía venir a la oficina para hablar de inmuebles. Le hacíamos caso porque creíamos que eso le hacía feliz, convencidos de que, en realidad, no poseía ninguno. Para nosotros sólo era una persona mayor.
–¿Y? – Ahora soy yo la que pregunta.
–El caso es que nunca parecía tener nada especial que hacer. A la vuelta de la esquina tenía una oficina a la que solía ir todos los días sin falta. Se pasaba por las agencias inmobiliarias de la zona para charlar un rato porque supongo que se aburría. Después murió y, aunque parezca increíble, resulta que era millonario.
–¡No! – exclama Lucy sobrecogida-. ¿En serio?
–Así es, vivía en una especie de tugurio realmente asqueroso, con alfombras raídas y sillas sujetas con cuerdas. La mayoría de los muebles tenían más de
sesenta años, y eso que era propietario de la mitad de los locales comerciales de la zona.
–¿Y no lo sabían? – pregunto sorprendida-. Deberían haberlo sabido, ¿no?
–Eso es lo más divertido. Los había alquilado y la mayoría de los arrendatarios no pagaban casi nada por ellos. Cuando revisaron sus propiedades descubrieron que había estado ocultando una fortuna de la que no había sacado ningún provecho. Así que lo vendieron todo. Este local ha estado así durante años. Intentamos enterarnos de quién era el dueño, casi toda la gente de esta zona trató de saberlo. Esta propiedad fue la única que nunca arrendó.
–¡Qué interesante! ¿Por qué cree que no lo hizo? – inquiere Lucy con los ojos como platos, incapaz de reprimir su curiosidad.
–Ha habido toda clase de rumores. Según dicen, aquí había una librería y su propietaria era una mujer con la que tuvo una aventura amorosa. Dicen que fue el gran amor de su vida, pero ella estaba casada y no quería dejar a su marido. No logró superarlo, al menos eso cuentan. Aunque con los rumores nunca se sabe.
–No me cuadra -comento-. En aquellos tiempos las mujeres no tenían estudios.
–¡Qué más da! ¡Qué romántico! ¡Es maravilloso! ¡Ahí está lo bueno! –
exclama Lucy mirándome mientras intento hacerle señas para que no diga nada más, ya que no se debe dejar ver a los agentes inmobiliarios lo que se está pensando.
–Está pidiendo a gritos un poco de cariño. Pero, tal y como le expliqué a Lucy el otro día, tiene todo lo básico. Pueden poner una cocina, una barra aquí, darle una mano de pintura… -James limpia un poco el suelo con el zapato-. Incluso esto está de maravilla, sólo hay que lijarlo un poco. No puedo imaginarme un sitio mejor para su negocio.
–¿Hay mucha gente interesada en él? – pregunto con disimulo.
–Acabamos de conseguirlo, así que no hemos tenido tiempo de hacer publicidad debidamente, pero la semana que viene empezaremos a anunciarlo en todas las revistas del gremio y con toda seguridad nos lo quitarán de las manos.
–Eso quiere decir que tenemos que actuar con rapidez. ¡Vamos! – me aconseja Lucy con determinación, cogiéndome del brazo y volviéndose hacia James con una gran sonrisa-. James, es usted un ángel por enseñarnos el local tan rápido. Le llamaremos por la mañana.
James asiente con la cabeza, visiblemente aturdido por la radiante sonrisa de Lucy, y le dejamos allí, disfrutando del entusiasmo y la alegría que ella deja tras de sí.
–Lámparas halógenas suaves, mucha madera de color claro, que resplandezca. ¿Qué te parece? – explica Lucy paseando nerviosa por la cocina de su casa mientras las palabras salen en tromba de su boca.
–Creo -interrumpe Josh con suavidad- que a): tienes que dejar de dar vueltas por la cocina, y b): preguntarle a Cath qué opina.
Lucy se detiene y me mira avergonzada.
–Cath, cariño, ¡perdona! – exclama acercándose a mí y dándome un abrazo-. No he parado de hablar. Dios mío, ¡soy tan egoísta! Dime, dime,
¿qué te parece?
–Me viene un poco grande. Es decir, no es que no lo quiera hacer, es el sueño de mi vida, pero no sé si podré dejar el trabajo y meterme en esto…
¿Qué pasará si no resulta? ¿Y si perdemos todo el dinero? Tendría que invertir todos mis ahorros y puedo perderlo todo.
–No necesariamente -comenta Josh con tranquilidad.
–Vamos, Josh -le apremia Lucy-. Tú eres el banquero inteligente. ¿Cómo podemos minimizar el riesgo?
–Podéis buscar un patrocinador, pero siempre es mejor que haya pocos inversores… -Se sienta en silencio un rato y Lucy pone mala cara-. A lo mejor os cuesta menos de lo que pensáis.
–Entonces, ¿crees que merece la pena, Josh? – le pregunto.
–La verdad es que sí -afirma volviendo a la realidad-. Esperad un momento.
Se levanta y coge algo del bolsillo de la chaqueta que cuelga en el recibidor; vuelve con una especie de agenda electrónica y empieza a escribir algo en un diminuto teclado.
–¿Qué está haciendo? – le pregunto a Lucy.
–¡Dios nos libre de ir a ningún sitio sin su querida agenda electrónica de bolsillo! – aclara riéndose.
–Estoy intentando calcular los costes iniciales -comenta Josh cerrándola de golpe-. De hecho, los padres de un compañero de trabajo tienen una librería.
Está en Derbyshire o algo así, pero estoy seguro de que podrán ayudarnos o, al menos, darnos una idea del dinero que necesitamos, aunque calculo que, una vez pagados los albañiles, hecho las reformas, comprado las existencias, etc., bastará con unas cien mil libras. ¿Por qué no habláis con ellos?
–Sí, claro -contesto encogiéndome de hombros y sintiendo que la bola se va haciendo cada vez más grande.
–Y respecto a la idea… -dice mientras se acerca al aparador, saca platos y servilletas y los pone sobre la mesa-, creo que funcionará. Por supuesto, tendréis que estudiar un poco el mercado, pero las cafeterías de la zona parecen estar llenas siempre, así que es obvio que hay sitio para otra, y
necesitamos una librería popular.
–¿Popular?
–Bueno, tiene que ser viable desde el punto de vista financiero, así que tendréis que ofrecer un género variado. En otras palabras, tener un gran surtido de libros para todo tipo de personas. No podéis competir con Waterstone's o Books Etc., pero podéis conseguir una entrega rápida por parte de los mayoristas.
–Cariño, ¿cómo sabes tanto? – pregunta Lucy mirándolo con ternura.
–Y además -afirma encogiéndose de hombros-, por lo que yo sé, la mayoría de las librerías trabajan con un sistema de venta o devolución, por lo que, aparte de lo que haya en la tienda y la inversión en alimentos, no tendrá tanto riesgo como, digamos, una tienda de ropa. Además, Lucy, podemos volver a hipotecar la casa. Bien sabe Dios que prefiero invertir el dinero en un negocio que en unas vacaciones o algo así.
–¿Y qué pasará con el colegio de vuestro hijo?
–Nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento. ¿Qué hay del dinero que te dejó tu abuela?
–Se supone que no deberías saberlo. ¿Cómo te has enterado?
–Porque me lo contaste tú, Cath. Me pediste consejo sobre cómo invertirlo, después no me hiciste ningún caso y seguro que ha estado en el banco todos estos años sin producir ningún interés.
Elijo quedarme callada.
–¿Ves?, es hora de que ese dinero trabaje por ti. Entre las dos podréis hacerlo, ¡seguro!
–¿Te he dicho alguna vez cuánto te quiero? – exclama Lucy de repente,
rodeándolo con los brazos y dándole un sonoro beso en la mejilla.
–Sí -contesta Josh riéndose-. ¿Quiere eso decir que me quieres lo suficiente como para servirme la cena?
–No -contesta dejándose caer entre risas en una silla-. El que cocina, sirve.
Ése es el trato.
–A ver si me aclaro, ¿estás pensando en dejar tu fantástico y bien considerado trabajo, con el que ganas una fortuna, para montar tu propio negocio con… Lucy? – me pregunta Simon.
–¿Qué hay de malo en ella?
Simon me ha rogado y suplicado que me tomara una copa con él en el Soho después del trabajo y, aunque me ha costado un esfuerzo, he aceptado para que no se queje de que me estoy abur-guesando con la edad. Cuando tenía veinte años nunca iba directamente del trabajo a casa. De hecho, si no iba de bares, seguro que me pasaba algo. Todas las tardes, media hora antes de acabar la jornada laboral, nos agolpábamos en el servicio para retocarnos a toda prisa el maquillaje, cambiarnos de ropa y ponernos lacas y perfumes que sacábamos de unos bolsos que parecían pozos sin fondo, listas para ir a ligar con los chicos de la City hasta que estuviésemos demasiado bebidas para tenernos en pie.
No me importaba nada pasar todas las noches de juerga. Por supuesto, ahora sé que aquéllos eran los tiempos en los que todavía se podía encontrar un taxi cuando uno quería irse a casa. Justo lo contrario que ahora. Tengo amigos que se han visto obligados a volver a su casa en West Hampstead andando desde Picadilly Circus, dándose la vuelta a cada paso por si acaso ocurría el milagro y veían una luz verde en la distancia.
–Coge el metro -me dice Simon-. Mézclate con la gente de la calle para variar. Observa cómo vive el resto de la humanidad.
Pero ya paso bastante tiempo de mi vida apretujada en el metro con otras personas. Y como mi sueldo me lo permite, qué menos que concederme el lujo de coger un taxi cuando salgo. Yo no tengo la culpa de que desaparezcan del West End después de las siete de la tarde.
Esta noche, ¡qué demonios!, me apetece salir. ¿Acaso es eso una señal de que me estoy haciendo mayor? ¿De que salir a cenar ahora quiere decir ir al íntimo y agradable restaurante de la esquina? ¿De que nunca se me pasa por la cabeza hacer el esfuerzo de arreglarme? ¿De que no solamente siempre estoy en casa antes de las once, sino que si no lo hiciera posiblemente me desmayaría de agotamiento?
No siempre ha sido así. De verdad. En otros tiempos, después de la historia con Martin, me sumergía en el ambiente de los bares sin importarme nada.
Simon solía venir y recogerme a medianoche y acudíamos a los locales de ligue de toda la ciudad para acabar tomando café en el bar Italia a primera hora de la mañana. Para ser sincera, llevo bastante tiempo pensando que estoy estancada en mi rutina diaria. Me encantan mis amigos, daría mi vida por ellos, pero también me gustaría encontrar a un hombre y, a menos que consiga cambiar a Simon o que Josh deje a Lucy por mí (y ninguna de las dos opciones me seduce particularmente), es poco probable que lo consiga, siempre y cuando no dé un cambio drástico a mi vida e intente conocer gente nueva.
Los planes de Lucy parecen haber aparecido en el momento oportuno. ¡La cantidad de gente que puedo conocer! ¡Voy a tener mi propio negocio! Y, lo que es mejor, ¡voy a trabajar casi al lado de casa!
Hoy me he sentado en el despacho y me he dicho: «¿Qué coño haces aquí todavía?» porque, aunque todo lo que ocurrió ayer sigue pasándome por la cabeza como un torbellino, estoy convencida de que, si alguien puede hacerlo, ésas somos Lucy y yo.
Lucy no tendrá ni idea de lo que es llevar un negocio, pero puedo jurar que jamás he probado pasteles y galletas como los suyos ¡en ninguna cafetería!
Además, dice que quiere hacer sandwiches de pan ciabatta cuidadosamente presentados, foccacias de ajo con especias y berenjena al horno, mozzarella rallada… Ya se me hace la boca agua.
No he podido dejar de pensar en ello durante el trabajo. ¿Trabajo? La verdad es que no he hecho nada. Me he sentado en el despacho, he cerrado la puerta y he estado soñando todo el día. A media mañana ya tenía pensada la iluminación. A la hora de comer, Lucy y yo ya ejercíamos de simpáticas anfitrionas a las que adora todo el barrio, y al final del día ya salíamos en Ham High, el periódico local.
–¿Qué hay de malo en Lucy? – vuelvo a preguntar cuando Simon se niega a responder.
–No soy yo quien tiene que decirlo.
–Bueno -contesto en el mismo tono que él-, si no eres tú, ¿quién?
–Vale, vale, si insistes… Lucy es encantadora y todos la queremos, pero no es empresaria.
–Precisamente por eso, Simon. Por eso Josh está estudiando el negocio antes de que hagamos nada. Pero bueno, yo soy la persona que tiene sentido común y Lucy es la parte creativa. Se encargará del diseño, del concepto y, hay que reconocerlo, es la mejor cocinera de Londres.
–Eso es verdad -admite-. Explícame qué es exactamente lo que queréis hacer.
–¿Qué quieres decir?
–Cath, cariño, sé que tienes buena vista para los negocios, pero en publicidad, no en librerías. Está muy bien eso de que Lucy sea la persona creativa y demás, pero no tienes ni idea de cómo llevar una librería y no sé si un proyecto de este tipo será demasiado para ti.
–Creo que te equivocas -afirmo con seguridad, un poco molesta porque Simon acaba de decir algo que es evidente, al mismo tiempo que contenta porque eso refuerza la decisión que he tomado-. Estoy segura de que Lucy no me habría dicho nada si no hubiese pensado que mi contribución valdría para algo. Además, Josh nunca nos habría dejado meternos en algo que no le pareciera viable. Es el sueño de mi vida y sé que entre las dos podremos hacerlo realidad.
–Cath -insiste Simon con voz grave-. ¿Quieres saber mi verdadera opinión?
Asiento con la cabeza.
–La verdad es que…, y te lo digo porque te quiero y me gustaría que tuvieses cuidado…, creo no deberías implicarte al cien por cien ni dejar tu trabajo ni hacer nada drástico hasta que todo esté montado y funcione bien.
Sé que tiene razón. Sin embargo, oigo sus palabras y siento cómo me entran por un oído y me salen por el otro.
–Déjalo ya, Cath -continúa, pues sabe muy bien lo que estoy pensando-.
Sabes que tengo razón, Lucy no tiene nada que perder, y si todo fuera mal siempre estaría Josh para sacarle las castañas del fuego, pero tú eres la que más arriesga en este asunto y la que está en situación de perder más. No te digo que no lo hagas, te pido que lo pienses. Coño, ¡que lo haga Lucy! Tú trabaja en la librería los fines de semana, organiza sesiones de lectura, actividades, lo que quieras. No lo tires todo por la borda, eso es todo.
Sé que lo que dice es verdad. Pero también sé que no voy a dejar que Lucy realice el sueño de mi vida sin que yo forme parte de él. Así que no le diré nada a Simon.
–Por cierto -añade, confiando en que seguiré sus consejos-, si relleno una solicitud para pedirle trabajo los sábados a Lucy, ¿te encargarás de que la reciba?
–Si me pagas bien… -digo forzando una sonrisa, y nos sentamos en silencio
durante un rato. Al poco, Simon me mira y deja escapar un gran suspiro.
–Te conozco demasiado bien.
–¿Qué?
–Estás ahí sentada pensando: «Que te den, Simon; lo voy a hacer de todas formas.»
No puedo evitarlo: se me escapa una sonrisa.
–Cath, lo único que te estoy diciendo es que no quiero que lo pierdas todo.
–Escucha -le pido, y acerco la mano para apretar la suya-, sé que en el fondo quieres lo mejor para mí, pero creo que tengo que arriesgarme y necesito meterme en esto. Lo menos que puedo hacer es explotar todas las posibilidades. Y en lo que respecta al dinero, Josh tenía razón. El mío ha estado en el banco sin producir nada, así que en el caso de que las cosas salieran mal y lo perdiera todo, no perdería nada. No sé si me explico.
Además, odio mi trabajo. No puedo seguir haciéndolo por mucho tiempo.
Me detengo para tomar aliento, pero antes de que pueda continuar, saca la pajita de un daiquiri de aspecto repugnante y empieza a beber con calma.
–Deja que te haga una pregunta -dice finalmente.
–Vale.
–Tú lo que realmente quieres es ser Ellen, ¿no?
–¿Qué?
–Es de lo que has estado hablando toda la noche, de la librería de la serie Ellen.
–Eres un genio. Así es como me gustaría ser si consigo hacerlo -farfullo