Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 4 de 33

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Lios, libros y mas lios

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brazo-, ya te tengo a ti.

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cuatro

Josh aparece en la puerta con un trapo de cocina en una mano y con Max en brazos. Si uno no lo conociera, diría que Max es un angelito con su pijama a rayas.

Por cierto, Josh también está muy guapo con su pelo rubio sucio y enmarañado, y las mangas de la camisa subidas dejando al descubierto unos brazos fuertes, morenos y sexys (bueno, lo serían si no fueran los suyos). Es curioso que nunca haya tenido ese tipo de pensamientos respecto a él.

Puede que sea porque es como un hermano mayor, o porque carece de atractivo sexual; el caso es que nunca he pensado en él, ni podría hacerlo, más que como amigo.

Sin embargo, ahora que me fijo, y siendo objetiva, no está nada mal. Es la clase de persona que va ganando con los años; tiene treinta y dos y empieza a estar bastante bien, es un hombre muy interesante. Las marcadas líneas de expresión y las arrugas de los ojos no le pegaban del todo a los veinte, pero ahora le favorecen y le dan un aire mundano, como de persona que ha vivido lo suyo, y bien sabe Dios que lo necesita, porque era y sigue siendo el más formal de todos nosotros.

Recuerdo cuando Simon y yo pasamos la fase porrera después de la universidad. Simon hacía unos canutos chiquititos y apretados y yo trataba de imitarle, pero siempre acababa haciéndolos como tampones tamaño súper. Nos sentábamos y nos revolcábamos por el suelo gritando y

riéndonos mientras Josh daba caladas torpemente, sorprendido de que a él no le hiciera el mismo efecto que a nosotros.

–No, no, Josh… -le decía Simon cuando nos habíamos recuperado lo suficiente para respirar-. Tienes que tragarte el humo. – Y volvíamos a reír.

Su único vicio, por decir algo, era el alcohol. Al principio tomaba pintas de cerveza mezclada con sidra con los compañeros de rugby de la universidad, después vinieron las cervezas con los compañeros de la City, y, ahora, las botellas de burdeos en la cena.

–Mira, Max -le dice a su hijo después de mirarme de reojo-, la tía Cath y el tío Simon. ¿Quieres darle un abrazo a la tía Cath? – le pregunta pasándomelo rápidamente.

–No -gime el niño volviéndose hacia él con cara de pánico-. Quiero con papá.

–Ven con el tío Simon -le dice éste con dulzura, mientras le coge sin ningún esfuerzo y empieza a hacerle reír con sus muecas-. ¿Vamos a buscar a Tinky Winky?

Max asiente con la cabeza mientras Simon sube las escaleras muy atento al niño, que no para de hablar alegremente. Josh suspira, cierra la puerta y se seca la frente con el trapo, dejándose en la mejilla izquierda una gran mancha de crema o de algo en lo que es mejor no pensar demasiado.

–La cara… -le digo haciéndole señas. Se da cuenta y se limpia.

–Me alegro de verte -declara acercándose y dándome un abrazo-. Lucy está en la cocina y se supone que yo iba a ayudarla, pero Max está muy revoltoso.

–Los niños son un encanto, ¿eh?

–Dímelo a mí -responde, y aunque hoy tenga aspecto de estar cansado y

pretenda mostrarse disgustado por tener que quitárselo a la madre de encima, sé que quiere mucho a Max, lo adora. Le encanta poder ser de nuevo un niño, jugar a indios y vaqueros, enseñarle a ser un hombre con principios.

Josh y Lucy viven en una casa victoriana adosada, en una calle estrecha.

Por fuera no es gran cosa, la verdad es que parece pequeña, pero por dentro es enorme.

Siempre está revuelta, hay un gran alboroto a todas horas y la mayoría de las actividades tienen lugar en la espaciosa cocina que hay en la parte de atrás. No era muy grande cuando se mudaron hace un par de años, pero, gracias a una inteligente ampliación estilo invernadero, ahora es lo bastante espaciosa para albergar una gran mesa de cocina en la que normalmente hay al menos tres personas tomando café.

Hoy está sentado ahí un tipo que no me suena. Me resulta extraño porque conozco a casi todos los amigos de Josh y Lucy y porque se suponía que hoy estaríamos sólo los cuatro.

Lucy, de espaldas a su invitado, habla con él, termina de contarle una anécdota sobre el trabajo. Estudió ilustración, pero desde que tuvo a Max trabaja cada vez menos. Además, cuando dispone de tiempo siempre lo dedica a otro tipo de cosas. Como dice Simon, Lucy ocupa su tiempo en

«actividades sustitutivas». Su última aventura ha sido inscribirse en un curso de asesoría y, por lo que estoy oyendo, la persona que está sentada a la mesa también participa en ese curso.

Se detiene a mitad de una frase cuando oye mis pasos y, mientras deja en la mesa un cuchillo de mortífera apariencia, se le ilumina la cara y me da un gran abrazo manteniendo alejadas de mi ropa sus manos cubiertas de aguacate.

Es una de esas personas a las que les brilla la cara a pesar de no llevar maquillaje. Siempre está radiante, tiene un aspecto enfermizamente saludable y una sonrisa permanente, y es la mejor persona con la que se

puede hablar cuando se tienen problemas.

Me alegro mucho de que sea la mujer que Josh ha elegido como esposa.

Durante un tiempo, Simon y yo temimos que le pidiera la mano a una de las numerosísimas y calcadas chicas con las que salía: mechones de pelo rubio, risa estridente y ni una sola neurona. Pero al final nos sorprendió enamorándose perdidamente de Lucy, una mujer de mejillas sonrosadas, risa franca y figura rolliza, a la que le gustaba ir vestida con petos desgastados y que no dejaba de hacerle guiños coquetos mientras le alborotaba el pelo y le decía, una y otra vez, que estaba hecha para la vida tranquila y no para las prisas. El instinto maternal de Lucy era tan grande que parecía salirle por todos los poros del cuerpo, y tuvo a Max cinco meses después de la boda.

Me encanta oír la historia de cómo se conocieron. Me da esperanzas. Josh no llevaba mucho tiempo trabajando en la City. Por entonces estaba como loco por fardar y se pasaba las noches alternando con jóvenes ejecutivos que en absoluto eran mi tipo.

Intentó que Simon y yo nos uniéramos a él un par de veces. Creo que pensaba que si había suficiente gente en el bar podríamos encajar con ellos, pero no lo hicimos. Yo no tenía nada en común con aquella panda de niñatas pendientes de cada una de sus palabras, y Simon tenía aún menos que ver con aquellos hombres de negocios, machitos y borrachínes, que pasaban su tiempo libre compitiendo por ver quién bebía más y quién

«cazaba la mejor pieza».

Unas Navidades, un grupo de amigos decidió ir a Francia a esquiar. Habían alquilado un chalet y Josh, antes de irse, vino una noche a casa, se sentó en el sofá y empezó a suspirar una y otra vez mientras decidía si llevaba a su última conquista.

–Venetia me gusta mucho, aunque sé que no es la mujer de mi vida. No sé qué hacer. Tiene muchas ganas de venir y ya está pensando en comprarse un nuevo par de pantalones para esquiar, pero me da miedo que nos corte el

rollo.

Lo que quería decir era que no le apetecía que se acurrucara en su regazo todas las noches, le mirara con sus grandes ojos azules, le cogiera de la mano y se lo llevara a la cama a las nueve, privándole de la oportunidad de correrse grandes juergas con los colegas. Según él, era guapísima, el trofeo perfecto, y todos sus amigos se morían de envidia.

Y no habría habido ningún problema si ella no hubiera sido demasiado madura para los veintitrés años de Josh. Mientras que él quería salir, divertirse, tantear el terreno y pasar un par de semanas con alguien apasionado y adorable, ella quería casarse.

¿Y con quién quería casarse? Con alguien exactamente igual a él. Ése era el problema.

Al final tuvo que llevarla. Estaba a punto de decirle que iba a ir solo, cuando le enseñó los pantalones de esquí, un gorro de piel, unos guantes y unas botas de paseo que aquella misma tarde había comprado con la tarjeta de papá. Su padre estaba encantado de que un chico tan «adecuado» como él diera muestras de querer casarse con ella.

Una chica se ocupaba del chalet que habían alquilado. Había participado en un curso de cocina Cordón bleu y era experta en hacer que los invitados se sintiesen a gusto. Aparecía regularmente para hacer las camas y la limpieza a cambio de un sueldo bajo y de poder esquiar unas horas por la tarde.

Josh y Venetia fueron los últimos en llegar, en parte porque éste tuvo que cargar con el equipaje de ambos. Su amiga había previsto todo tipo de eventualidades y había incluido, por extraño que parezca, hasta un bikini.

–Dejad que os ayude -se ofreció la chica. Cogió la maleta de Venetia y echó a andar delante de ellos-. Me llamo Lucy -dijo volviendo la cabeza y regalándoles una encantadora sonrisa por encima del hombro.

–¡Santo cielo! – soltó Venetia con una risita tonta mientras la seguían-. ¡Es

más fuerte que tú!

–¡Cierra el pico! – le susurró Josh, temiendo que la chica los oyera y se lo tomara a mal.

Parecía muy agradable, tenía una sonrisa encantadora y Josh hubiese deseado que Venetia tuviese un poco más de tacto.

El grupo se quedó en el chalet durante una semana. Los chicos de la City tomaban a Lucy por su criada. La trataban con desconsideración, la insultaban y, cuando estaban borrachos, se burlaban de ella diciéndole todo lo que podría hacerse con un culo de ese tamaño. Lucy simplemente sonreía y ponía tranquilamente las humeantes cacerolas encima de la mesa como si no les hubiera oído.

El cuarto día, Josh se cayó y se torció un tobillo. No fue nada grave, pero sí lo suficiente para perder un día de esquí. Venetia insistió en quedarse con él, Josh se negó y, aunque de mala gana, su amiga tuvo que irse con los demás, con el forfait colgándole desenfadadamente del anorak azul celeste.

Josh se acomodó en un sofá con un buen libro, mientras Lucy encendía la chimenea y le llevaba tazas de chocolate caliente. Al cabo de una hora, el libro descansaba en sus rodillas y se dedicaba a mirar cómo Lucy entraba y salía de las habitaciones con una sonrisa en los labios.

Por asombroso que parezca, al tiempo que contemplaba cómo desaparecía su generoso trasero en una habitación, se preguntaba cómo sería una chica así en la cama. Cerró los ojos y se sumergió en una fantasía erótica en la que Lucy le tomaba el pulso, se quitaba toda la ropa y se le echaba encima.

Abrió los ojos sorprendido y la descubrió mirándole y sonriendo.

Cuando cuentan esta historia, los dos se mueren de risa. Lucy por la mirada de culpabilidad de Josh y porque sabía que él estaba pensando en algo guarro, por no mencionar la tremenda erección que ella simuló no ver. Josh habla de cómo le latió el corazón cuando por un momento pensó que su fantasía se iba a hacer realidad y de la mezcla de alivio y decepción que

sintió cuando ella le dijo: «¿En qué estás pensando?»; de su risa nerviosa mientras tapaba con el libro la evidencia física de sus pensamientos, seguramente bastante más atrevidos de lo que ella imaginaba, y se dio cuenta de que Lucy no sólo era increíblemente sexy, sino que, además, había algo especial en ella (se dio cuenta al mirarla) que la hacía muy diferente de cualquier otra persona que hubiese conocido.

Aquella tarde, y durante media hora de felicidad, Lucy se sentó a su lado y estuvieron hablando. La encontró divertida, realista e inusualmente honrada. Tenía una manera de ser espontánea y una sonrisa franca, y mientras le contaba historias horribles del curso de cocina, se sintió cada vez más atraído por ella.

Al cabo de un rato se preparó para su par de horas diarias de esquí, no sin antes preguntarle si quería que se quedase para hacerle compañía.

–No, por favor. Es tu tiempo libre, vete y luego me cuentas qué tal te ha ido.

–¿Estás seguro?

Durante un rato, Lucy siguió pasando el aspirador por el cuarto de estar, y sólo años después admitió que estaba deseando que le pidiera que se quedase, que su llegada había sido como un rayo de sol sobre un mar de inmundicias y que había estado rezando para que sucediese algo así.

Él estaba esperando que ella le dijese que no podía irse dejándolo así. De modo que, debido a su falta de comunicación, ninguno de los dos consiguió lo que quería y él se quedó solo mientras ella hacía a regañadientes el último té antes de irse a esquiar.

Cuando los demás volvieron, Venetia saltó ruidosamente encima del sofá y lo cubrió de besos. Su pelo le cosquilleaba en la nariz y le hacía estornudar.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarla.

–¿Te ha cuidado bien Muslos de acero? – le preguntó acariciándole la oreja con la nariz, mientras Josh la apartaba enfadado y con un nudo en la

garganta.

–¡No la llames así! – soltó bruscamente, deseando que la chica que estaba en sus rodillas fuera Lucy.

Después de aquello no volvieron a tener la oportunidad de pasar más tiempo juntos. A la mañana siguiente, el tobillo de Josh estaba bien, y Venetia, que lo notaba distante desde el accidente, se le pegaba como una lapa. Le perseguía como si fuese su sombra. Si Josh recogía los platos y los llevaba a la cocina mientras Lucy sacaba un pastel de nueces del horno, en el momento en que sus ojos se iluminaban por la presencia de éste, Venecia entraba tambaleándose con sus zapatos de tacón a ver qué estaba haciendo.

Intentó dejar de esquiar temprano, alegando que volvía a dolerle el tobillo, pero en esa ocasión Venetia no quiso abandonarle y los dos se sentaron en el telesilla de bajada con tristeza, deprimidos por razones muy distintas.

El último día, todos decidieron ir a esquiar por última vez. Cuando llegaron, Josh escondió su forfait en el bolsillo del anorak y dijo que lo había olvidado, pero que no lo esperasen, que se encontraría con ellos en las pistas.

Venetia empezó a caminar a su lado y le dijo que no fuera ridicula, que ya era suficientemente molesto que él tuviese menos horas para esquiar como para que también ella las perdiera. Venetia no pudo contestar nada y se volvió tristemente con los demás.

Echó a correr hacia el chalet, nervioso, contento, sin saber qué decir exactamente pero resuelto a decirle algo. Lucy estaba sacudiendo las mantas de una de las habitaciones, con las mejillas coloradas por el esfuerzo de la limpieza, el pelo saliéndose de la goma con la que se había hecho una coleta poco apretada y algunos rizos cayéndole sobre la cara.

–Lucy… -le dijo desde la puerta con las mejillas rojas por el frío.

Ella lo miró sin decir nada y, como en una película de Hollywood, a cámara

lenta, se acercaron el uno al otro. Josh inclinó la cabeza para besarla justo cuando la puerta se cerró de golpe y los dos dieron un respingo antes de que sus labios hubieran tenido oportunidad de unirse.

–¿Josh? – La voz de Venetia resonó en la habitación mientras él se dirigía a la puerta y el sonrojo del frío se convertía en un signo de culpabilidad. Se volvió, miró a Lucy y ésta le devolvió una triste sonrisa de arrepentimiento para volverse a coger las mantas. Josh se quedó helado, atraído por las dos mujeres, sin saber qué hacer.

¿Cómo iba a saber que Lucy era el futuro y Venetia el pasado? Lo único que sabía era que no le importaba no volver a ver a Venetia y que no podía quitarse a Lucy de la cabeza. Había estado tan cerca de besar esos labios…

¡Dios! ¿Cómo iba a permitir que se marchase?

Pero lo hizo. No tuvo ninguna oportunidad porque no hubo ocasión de volver a verla a solas. Sin embargo, antes de irse garabateó una nota con su número de teléfono de Londres y, a sabiendas de que Venetia no la encontraría pero que sin duda Lucy la vería al hacer las camas, la escondió debajo de una almohada.

Esperó hasta llegar a casa para decirle a Venetia que habían terminado y, una semana más tarde, ella ya estaba saliendo con un corredor de bolsa que se llamaba William, lo que demostraba que no tenía el corazón precisamente roto. Josh se pasó las tres semanas siguientes intentando recuperarse de Lucy.

No lo llamó. Durante las dos primeras semanas, cada vez que sonaba el teléfono se abalanzaba sobre él rogando que fuera ella; después intentó olvidarla volviendo a su antigua vida y empezó a salir con otras Venetias.

Ocho semanas más tarde, estaba en el trabajo cuando la recepcionista lo llamó para que bajara a buscar una entrega que tenía que firmar personalmente. Bajó y le recibieron los brillantes ojos de Lucy, y el resto, como ellos mismos dicen, es historia.

–Cath, me alegro mucho de verte. Mírala, tan fresca como una lechuga con ese jersey tan elegante. Siéntate, por favor. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino tinto? ¿Blanco? ¿Vodka? ¿Ginebra? – se apresura a decir Lucy, mientras me alcanza una silla y se afana en abrir otra botella de vino tinto para servirme una copa-. ¿Dónde está el sinvergüenza de Simon? Espero que no esté corrompiendo a Maxy… ¡Josh! ¡Ven y atiende a los invitados! Perdona, soy tan maleducada, no os he presentado…

Finalmente se detiene para respirar y nos sonríe a ambos.

–Cath: Dan. Dan: Cath.

Nos sonreímos amablemente. Espero que no sea otra de esas extrañas noches en las que los desconocidos mantienen conversaciones triviales y hacen preguntas del tipo «¿Cuánto hace que conoces a Josh y a Lucy?».

–Estamos en el mismo curso -explica Lucy-. Dan vive en Camden y me ha traído a casa, así que era lo menos que podía hacer por él-. Toma -me dice poniéndome un cuchillo en la mano-. Te tocan los pepinos.

Dan se ocupa de los pimientos rojos; parece una extraña forma de tratar a los invitados, pero sirve para romper el hielo. Al cabo de un rato, todos estamos riendo como si fuésemos viejos amigos.

–Me estoy perdiendo lo mejor, ¿verdad? – afirma Simon entrando en la cocina detrás de Josh-. Lucy, cariño, ¡estás guapísima! – La arrastra hacia él para darle un fuerte abrazo y ésta se sonroja señalando el delantal usado y el cabello recogido con una vieja goma de pelo deshilachada.

–Estoy horrible -dice, aunque está encantada, como siempre, de que Simon le haga un cumplido.

–Hola, me llamo Simon -sonríe abiertamente a Dan apoyándose en su espalda para coger un trozo de pimiento rojo.

–¡Eh! – exclamo protegiendo el montón de pimientos cortados, pues el hambre me vuelve extremadamente territorial con la comida-. ¡Las manos quietas!

–No tienes derecho a hablarme así -dice Simon fingiendo estar horrorizado-. ¡Ni siquiera estás a cargo de los pimientos! Si no me equivoco, a ti te han tocado los pepinos, así que tú a lo tuyo.

–Ya tengo suficiente con un niño… -comenta Lucy con una sonrisa-. No necesito otros dos esta noche, gracias.

–¡No he sido yo, ha sido ella! – aclara Simon sirviéndose un vaso de vino antes de acercarse al fuego para destapar las cacerolas y oler su contenido; al mismo tiempo sonríe a Dan, que se divierte con el ridículo intercambio de increpaciones.

A veces me gustaría ser como Simon. Sé que en el fondo es muy inseguro, tanto como el resto de nosotros, pero tiene la habilidad de calar muy rápido a las personas y de hacer que se sientan cómodas al instante, como si las conociese y quisiera desde siempre. Muchas veces creo que se debe a que parece tan infantil, tan picaro, que nos recuerda nuestra infancia, cuando no teníamos inhibiciones.

Se dirige hacia el frigorífico y nosotros continuamos cortando verdura.

–¿Cómo va el curso? – lanzo al aire.

Lucy y Dan refunfuñan al mismo tiempo.

–No estaba mal… -contesta Lucy.

–Hasta que llegó Jeremy -añade Dan.

–Y ahora estamos deseando que se acabe de una vez -completa Lucy.

–¿Quién es Jeremy? – pregunto.

–Jeremy es el palizas del curso -aclara Josh en un tono que parece indicar que yo debería saberlo-. El que monopoliza todas las clases hablando de sí mismo y al que le dan pataletas si no se le hace caso -continúa, lo que evidencia que ha oído hablar bastante de él a Lucy.

–Esto no está bien. Me siento fatal por hablar de él sin que esté presente. No deberíamos hacerlo -dice Lucy.

–Tienes razón. – La voz de Dan suena compungida durante un par de segundos-. Pero ¡que le den!, es un coñazo.

De repente, Lucy se acuerda de algo, se levanta de un salto, mira en el libro de recetas y aparta a Simon para llegar al frigorífico. Saca la mantequilla y se detiene un instante mientras cierra para mirar algo en la parte superior de la puerta.

–¡Simon! – grita riéndose al tiempo que éste intenta pasar inadvertido y pone cara de inocente-. «Olores deliciosos y sexys excitan mis potentes axilas.»

–¿Axilas? – Josh parece confundido-. Todavía no tenemos la palabra

«axilas».

–¡La he escrito yo! – anuncia Simon orgulloso, y en un momento estamos todos gritando alrededor del frigorífico, tratando de superarnos los unos a los otros montando rimas que pegamos con los imanes Scrabble, cuando un aullido rompe nuestra concentración.

–¡Papááá! – Se oye el grito de Max seguido de un ensordecedor silencio-.

¿Pueeedes veniiir a limpiaaarme el cuuuuulo? – Josh levanta las cejas, y en ese mismo instante todos nos echamos a reír.

–Dios mío, ¡qué vergüenza! Está empezando a ir solo al váter y Josh le enseña lo que tiene que hacer, pero prefiere que se lo hagamos uno de nosotros -explica Lucy conteniendo una risita.

–Y tiene razón, así no se ensucia las manos -sonríe Simon-. Espero que se las lave antes de acercarse a mí.

–No seas cruel -le reprendo-. Adoras a Max y te gusta todo lo que hace, y si te gusta todo lo que hace, también te gustan sus caquitas.

–No -niega solemnemente con la cabeza Simon-. Mi amor no es tan grande como para aceptar sus caquitas.

–Vamos, chicos, ¿quién va a poner la mesa? – Lucy me pasa los cubiertos, le da los vasos a Dan y las servilletas a Simon, que enseguida las dobla en forma de cisnes, lo que provoca las exclamaciones de admiración de la anfitriona; aunque lo haya visto un montón de veces siempre se sorprende.

–Es tan bonita que no quiero deshacerla -explica colocando una en su plato.

Nos sentamos los cinco y nos servimos ensalada.

–¡Mierda! – exclama de pronto Lucy, y se apresura hacia el horno para sacar una hogaza de pan que nos resulta familiar.

–Lucy, te quiero. – Simon le lanza unos empalagosos besos desde el otro lado de la mesa-. Nunca te olvidas.

–Ya sabes que lo hago por ti. Jamás se me ocurriría servirle a nadie más pan de ajo. Es tan de los setenta…

–Pues los setenta vuelven -comenta Josh dedicándole una inclinación de cabeza a Simon, que ya se ha comido un trozo de pan y se está relamiendo la mantequilla que le chorrea-. Así que, como siempre, Simon nos lleva la delantera.

–¿Os acordáis de aquella fiesta en plan años setenta que organizó Portia? –

pregunta entre risas Josh-. ¡Cuando tú y Cath quemasteis mi peluca afro!

–Casi se te pega a la cabeza -sonrío al acordarme-. Hacía mucho que no me acordaba de esa historia.

–¿Portia? – pregunta Dan-. Conozco a una Portia. ¿Cómo se apellida?

–Fairley -contestan Simon y Josh al unísono.

–Es que no es un nombre muy común. – Dan sonríe y nosotros nos quedamos inmóviles-. ¿De qué conocéis a Portia?

¿Cómo es posible que un nombre, un nombre que pertenece al pasado y que ya no tiene ningún poder siga causando un impacto tan grande en las tres personas de la habitación que la conocemos? El tiempo parece detenerse y estoy demasiado ensimismada en mis recuerdos para darme cuenta de que Josh y Simon se están sumergiendo al mismo tiempo en los suyos.

Lo más curioso es que no dejo de preguntarme si nos habrá perdonado. Yo sí la perdoné por romperle el corazón a Josh, hace mucho tiempo. He llegado a pensar que tendría sus razones, que no lo hizo a propósito, pero nunca supe si ella nos disculpó por romper nuestra amistad a raíz de aquello.

Al cabo de diez años, ninguno de nosotros esperaba oír su nombre en aquella cocina.

–Fuimos juntos a la universidad -le aclaro a un desconcertado Dan que ha notado el efecto de sus palabras, aunque desconoce por qué. Suavizo la voz y pongo cuidado en el tono, haciendo lo posible por ocultar mi nerviosismo-. Y tú, ¿de qué la conoces?

–Compró el piso en el que vivía -dice riéndose y mirándonos algo confundido.

–¿Dónde? – pregunto desesperada por saber qué ha sido de ella, si la vida ha satisfecho todas sus aspiraciones y el destino la ha tratado bien.

–En Sutherland Avenue. Era un bonito apartamento, lo echo de menos.

Ojalá no se lo hubiera vendido. Pero bueno, ya está hecho. Me temo que cuando se deja un trabajo en la City por necesidades psicoterapéuticas, el pisito de soltero pasa a la historia. – Se encoge de hombros y sonríe a Simon y a Lucy, que le devuelven una mirada compadecida.

–Cuando estaba en la universidad era guapísima -apunta Simon pensativo-.

Una de esas chicas con una vida perfecta. Tenía dinero, clase, era guapa, amable. De buena cuna, vamos. Seguimos su carrera como periodista un tiempo, pero le perdimos la pista. ¿Sabes qué está haciendo ahora?

–Claro. Me extraña que no lo sepáis. ¿No veis la tele?

Menciona el nombre de una serie que nos gusta a todos. Una serie semanal que cuenta las vidas de un grupo de treintañeros y, antes de que Dan continúe hablando, adivino que debe de ser la guionista. ¡Claro! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? ¡Los personajes están basados en nosotros!

Miro a los demás. Josh se ha quedado boquiabierto y los ojos de Simon se salen de sus órbitas: los dos han pensado lo mismo que yo.

–¡Dios mío, ella escribe los guiones! – resopla finalmente Simon, medio asombrado, medio horrorizado.

–No sólo los escribe. Al parecer la serie fue idea suya y se la vendió a la cadena: escribe y prepara los guiones y, para rematarlo, ha vendido los derechos a diecisiete países. Se está haciendo de oro -aclara Dan.

Simon contempla a Josh abriendo la boca casi hasta las rodillas y tose intentando recobrar la compostura.

–Perdona, ¿puedes pasarme la sal, «Jacob»?

–No seas idiota, Simon, no son… -Lucy se detiene porque, en la fracción de segundo que le ha costado verbalizar ese pensamiento, ha tenido otro. Un recuerdo. Se ha acordado de los personajes.

La protagonista principal de la serie es Mercedes. Buen chiste, sí señor, porque es hija de un millonario y se ha pasado la vida peleando por su independencia. Al principio parecía un pendón sin escrúpulos, pero, claro, no lo es. En el fondo es encantadora, sólo que tiene problemas para encontrar a un hombre que no se quede en la fachada, que esté interesado en conocerla realmente.

Después está Jacob, cansado de la vida, amable y bastante débil, que está casado con Lisa, una pija dominante demasiado ocupada en las compras y en comer en restaurantes para ocuparse de su hijo pequeño, Marty, que suele presentarse en la oficina de Jacob casi todos los días.

Steen es el perfecto amigo gay que provoca la risa con sus ocurrencias.

Mark es bien parecido y sensible. Ama a Mercedes sin ser correspondido, ya que es demasiado majo para que esto suceda (o sea, Matt, el novio de Portia en la universidad).

Entonces, horrorizada, me acuerdo de Katy: una chica sencilla, sin estilo y completamente acomplejada. Katy, que sólo viste de negro o, en ocasiones, de verde caqui. Katy, cuyo pelo da la impresión de poder albergar cientos de gorriones necesitados de alojamiento.

De repente, Lucy se atraganta y nos miramos unos a otros temiendo que esté demasiado impresionada, pero toma un sorbo de agua y empieza a reírse, reírse y reírse.

–Es para morirse de risa -dice mientras empezamos a descubrir la parte divertida-. ¡Tú eres Katy! – afirma señalándome con el dedo, a la vez que se ríe a carcajadas y casi se cae de la silla, con los brazos agotados por tanto movimiento.

–Ríete si quieres -le digo-. A ti ni siquiera te conoce. Evidentemente, sólo sabe que Josh se ha casado con alguien cuyo nombre empieza por L y que tiene un hijo cuyo nombre empieza por M. ¡Que yo soy Katy! ¡Por Dios!

Katy es una egoísta, no puedo creer que me haya hecho esto.

–¿Estáis seguros de lo que decís? – pregunta Dan, un poco preocupado por la acogida que ha tenido su comentario-. ¿En serio sois vosotros?

–Sólo tienes que mirarnos -le aclara Josh encogiéndose de hombros.

–A mí me parece bien -acepta alegremente Simon-. Steen es muy guapo.

–¿No os importa? – pregunta de repente Dan-. ¿No os importa que alguien que conocéis haya escrito sobre vuestras vidas y se las muestre a miles de personas?

–A millones, según los índices de audiencia -añade Josh tranquilamente.

–No son exactamente nuestras vidas -aclara Lucy levantándose para mirar el pudín-. Josh no es realmente Jacob; Josh es mucho más fuerte. Katy no es Cath; para empezar, ella es mucho más guapa -dice dándome un pellizco al pasar para animarme, y la verdad es que lo consigue-. Y en lo que respecta a Steen, Simon es bastante más agradable -afirma mirando a Simon de arriba abajo.

–Aparte de mucho más guapo -apunta Simon.

–Por supuesto, mucho más guapo.

–¿Sabéis por qué lo ha hecho? – reflexiona Josh mirando su vaso de vino como si éste contuviese todas las respuestas-. Es una especie de venganza,

¿no os parece? Ha cogido lo peor de cada uno de nosotros y lo ha exagerado hasta construir unos personajes sólo con nuestros defectos. Pero lo más extraño de todo es que los ha construido basándose en cómo éramos cuando ella nos conocía, y creo que yo he cambiado muchísimo desde entonces.

Todos lo hemos hecho.

–Sigue -le pido, reconfortada por su interpretación.

–En la universidad era débil, inseguro, no había estado nunca fuera de casa y por eso Portia ha pensado que a los treinta y tantos sería un apocado. Y tú, algunas veces eras egoísta -declara mirándome, y, aunque no quiero estar de acuerdo con él, sé que es verdad-. Pero no con Portia -continúa-. Ella era la más débil de todos nosotros y tú eras un poco irreflexiva, así que te ha convertido en una adulta obsesionada. Y en cuanto a Steen…

–Ya lo sé -afirma Simon-. No hace falta que me lo digas, tengo un punto venenoso. Pero me he calmado un poco, ¿no? – Me mira con la duda reflejada en los ojos-. Soy mejor persona, ¿verdad, Cath?

–¡Claro! – le digo riendo y dándole un abrazo-. Eres encantador.

–Bien, me alegro de que no seas egoísta.

Le doy un golpe y él me aprieta la pierna y me da un prolongado y romántico beso en la mejilla.

–¿Venganza por qué? – pregunta intrigado Dan cuando se hace el silencio y todos empezamos a parecer sospechosos.

–Es una larga historia -aclara Lucy con toda naturalidad, ya que, a pesar de no estar implicada, hace tiempo que se enteró de lo ocurrido. Josh le contó la historia una vez, cuando hablaban de sus primeros amores. Le dijo que Portia había sido el suyo, que le rompió el corazón y le costó mucho tiempo recuperarse, pero que pertenecía al pasado y hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella-. Es agua pasada -continúa, y en la cara de Dan se dibuja una expresión de disgusto, aunque es lo suficientemente educado para no seguir con el tema.

–¿Qué hay de Portia? – pregunta finalmente Simon, después de retirar los labios de mi cara-. ¿Es ella la imponente Mercedes? Perfecta por fuera, pero incapaz de encontrar a su media naranja.

–¡Quién sabe! – contesta Dan encogiéndose de hombros-. Es muy guapa, pero sólo la he visto las pocas veces que vino a casa con los decoradores y

demás.

–Decoradores… -comento sonriendo-. Típico de Portia.

–Puedo daros mi antiguo número de teléfono -ofrece Dan de repente-. No creo que lo haya cambiado, y da la impresión de que a todos os apetece volver a verla. Aunque sólo sea para echarle una bronca.

–No, no -contesta Josh-. Eso fue hace mucho tiempo.

Veo cómo lanza una mirada preocupada a Lucy, pero a ésta no parece importarle en absoluto.

–Teníamos curiosidad -aclara Simon quitándole importancia al asunto-. Eso es todo.

–Dámelo a mí -me descubro diciendo, aunque no había previsto que esas palabras salieran de mi boca-. ¿Qué pasa? – pregunto volviéndome hacia Josh y Simon, que me miran alucinados.

–¡Mierda! – grita Lucy saltando y tirando la silla-. El maldito pudín de pan.

Esta noche nos ha traído muchos recuerdos a todos. Simon y yo volvemos a casa en silencio, pensando en Portia, en nuestro grupo y en el cariño que nos unía.

–Todavía la echo de menos -me dice al oído cuando me da un abrazo de despedida.

–Puede que hayamos conocido a Dan esta noche por eso. Todo tiene una razón, ¿no? Puede que estuviera predestinada a conseguir su número de teléfono. Puede que ninguno de nosotros la eche de menos nunca más.