Lios, libros y mas lios
¼
–¡Seguro que tu madre te adoraba! – exclama riéndose de camino al frigorífico-. No conozco a nadie, aparte de mí misma, a quien le guste tanto la comida como a ti.
–Ya, ya… -digo muy a mi pesar, con la boca llena de magdalena de plátano y chocolate-. Ojalá no se me notara tanto.
–¡Pero qué dices!
–Cuando tienes la boca llena de magdalena de chocolate ¡no es muy apropiado quejarse de los problemas de peso! – asiento riéndome.
–¿Problemas de peso? – se extraña Lucy, que no es precisamente una sílfide-. ¿De qué hablas? Eres una mujer, Cath, y ése es el aspecto que se supone que hemos de tener. Eres guapísima, y no quiero volver a oírte decir nada igual. De todas formas, acuérdate de que esa magdalena no tiene grasa.
Me la acabo, saboreando ese momento de puro éxtasis, y noto que Lucy me mira con tristeza.
–Jesús, ¿qué pasa? Parece que vayas a echarte a llorar.
–No, estaba pensando en lo maravilloso que es que podamos realizar este sueño, y que lo único que falta para que todo sea perfecto es que encuentres a un hombre estupendo. No entiendo por qué no lo tienes todavía, ni Josh tampoco -responde borrando la expresión de pena de su cara.
–Me da igual -replico un poco molesta porque lo hayan estado comentando, aunque tampoco me sorprende-. Estoy bien contigo, Josh y Simon.
–Ya lo sé -asiente con una sonrisa-. Eso es lo que me preocupa.
¼
ocho
Los domingos siempre me tomo las cosas con calma. Me quedo zanganeando en la cama y escojo los periódicos que llevaré al desayuno con el resto de la banda.
Pero hoy Josh y Lucy van a llevar a Max con unos amigos que viven en el campo y Simon está tan acaramelado con Will que no habrá desayuno.
Simon ha decidido que su amigo es algo más que un rollete, y, por lo tanto, ya es hora de que le dé el visto bueno. Ha decidido traerlo a tomar el té.
Le he dicho que sería mejor hacerlo en su casa, ya que es mucho más agradable que la mía, pero van a ir juntos y «asquerosamente emparejados»
-según palabras de Simon, que lo ha dicho con visible regocijo- a ver anticuarios y pasarán por aquí de camino a casa.
No puedo entender cómo en tan sólo dos semanas ha encontrado a alguien con quien ir de anticuarios. ¿Acaso no es ése un privilegio de las parejas estables o de las personas que se conocen muy bien y saben cuáles son sus respectivas debilidades?
Quizá no debería estar tan sorprendida, porque siempre ha hecho lo mismo.
Siempre decide en cuestión de segundos que esa vez ha encontrado a la persona adecuada, e inmediatamente trata de crear la intimidad y el nivel de comodidad que suele alcanzarse después de, como mínimo, seis meses. Por supuesto, eso es algo que espanta a todos sus amantes. Espero que esta vez sea diferente. Me gustaría que Will fuera alguien especial y sospecho que esta tarde me enteraré de cuáles son sus intenciones.
Salto de la cama, me pongo unos pantalones de chándal, un jersey amplio, unas zapatillas de deporte y, de camino al cuarto de baño, me desenmaraño el pelo para lavármelo.
Sé lo que está esperando. Seguro que piensa que voy a servirle un buen té de bolsa, pero hoy le voy a dar una sorpresa. Voy a preparar un clásico té inglés. No con pastitas y crema de leche, pero sí con sandwiches de pepino.
Y, por extraño que parezca, me apetece cocinar. No tengo ni idea, pero, en su intento por transformarme en algo que vagamente recuerde a una mujer, Simon me ha regalado varios libros de cocina durante todos estos años, y antes de salir de casa saco unos cuantos y busco alguna receta.
Bizcocho de chocolate. No parece muy difícil. Hago una lista de los ingredientes, me meto el papel en el bolsillo y me voy a comprar.
–¡Santo cielo! – exclama Simon con la boca abierta mientras Will y yo permanecemos en la puerta mirándolo sorprendidos-. Catherine Warner, no puedo creérmelo -profiere, de pie, al lado de la mesita de centro, en la que he colocado unos platos con unos primorosos sandwiches de pepino, una tetera que en contadas ocasiones ve la luz del día y unas delicadas tazas y platillos de porcelana fina-. Huele a manjar, ¿qué has preparado?
–¡Shhh! – le replico corriendo hacia la cocina justo a tiempo de evitar que el bizcocho se queme.
–Bueno, ¿qué te parece? – me pregunta Simon, que me ha seguido-. ¿Te gusta?
–¡Simon! – contesto riéndome-, dame una oportunidad, acabo de decirle hola.
–¿Pero qué sientes en las tripas?
–Que tengo hambre.
–Venga, en serio.
–Te lo digo de verdad, no tengo ni idea. Ya sé que piensas que soy bruja, pero mis poderes sólo empiezan a funcionar pasados los primeros veinte minutos, ¿de acuerdo? Cuando hayan pasado vuelve a preguntarme, ¿vale?
Simon pone mala cara y se dirige hacia el cuarto de estar para ocuparse de Will.
Cuando entro con el pastel veo que se ha sentado en el sofá junto a él. Están cogidos de la mano y parecen haberse conocido en el cielo. Hacen muy buena pareja. Will tiene el pelo rubio y revuelto y no está mal, pero -esto no se lo diré todavía a Simon porque no sé muy bien por qué lo pienso- no estoy segura de que sea de fiar.
No hay ninguna razón para que lo piense. Ha sido muy agradable cuando me ha dado la mano; sin embargo, hay algo duro y frío en su mirada, y ya presiento que Simon saldrá muy mal parado de ésta.
–¿Té? – pregunto mientras empiezo a servirle a Will.
–¿Tienes Earl Grey? – me pregunta.
–Suerte que tiene PG Tips; no hay mucha variedad en la despensa -se burla Simon mientras me disculpo por no tener lo que pide y empiezo a sentirme mal por ofrecerle sólo una clase de té.
–¿Un sandwich? – digo pasándole el plato a Simon, que se mete uno en la boca y se pone otros tres en su plato, mientras Will pone uno en el suyo y lo deja después en el suelo.
¿Piensa que tengo pulgas o qué?
–Bueno, ¿habéis visto algo que os haya gustado? – pregunto sintiendo que se ha creado una atmósfera un tanto enrarecida, lo que me parece ridículo porque Simon es uno de mis mejores amigos.
–He visto un precioso aguamanil Victoriano. Además he conseguido que el
dueño nos haga una oferta muy buena…
–¡Qué bien!, ¿no?
–¡Bah! – contesta meneando la cabeza y provocando la risa de Will.
–Lo que Simon intentaba comprar era un enorme tocador Victoriano, pero se notaba que era una reproducción.
Will parece un poco petulante y no sé por qué se otorga el derecho a tratar con condescendencia a mi amigo. Al menos ésa es la impresión que da, aunque Simon no parece notarlo, o quizá prefiera hacer como que no se da cuenta.
–Will sabe más que yo -reconoce como deferencia hacia su nuevo compañero-. De antigüedades, claro, y no mucho más -añade propinándole un cariñoso pellizco, pero este último comentario no parece sentarle muy bien a Will.
–¿A qué te dedicas? – pregunto. Odio hacer ese tipo de preguntas. No porque no me interese lo que hace la gente, sino porque ése es uno de los tópicos de las conversaciones triviales. Es algo que detesto y aborrezco, que no tiene ningún sentido para mí. Muy pocas veces se hace una pregunta así y se obtiene una respuesta tan interesante como para conversar animadamente durante horas.
La mayoría de las veces se oyen cosas como: «Soy programador informático» o «Soy abogado», y hay que pensar con rapidez en otras preguntas cuyas respuestas tampoco tienen el menor interés, todo por no parecer maleducado: «¿Ah, sí?», «¿Qué programas usas?», «¿En qué rama del Derecho trabajas?»…
–Trabaja en relaciones públicas -aclara Simon con impaciencia-. Ya te lo dije, ¿no te acuerdas?
–Sí, sí, es verdad -asiento mientras pienso la siguiente pregunta-. ¿Para
quién trabajas?
–Soy jefe de prensa en Select FM.
–¿En serio? ¡Qué interesante! – exclamo intentando parecer entusiasmada y tratando de hacer una señal a Simon con la mirada, pero él está demasiado ocupado contemplando a su acompañante.
–Es un puesto de mucha responsabilidad, pero me gusta lo que hago.
–¿Cuánto tiempo llevas allí? – ¡Dios mío!, parezco una cría.
–Entré como redactor, y cuando se fue el anterior jefe, enseguida me dieron el cargo.
–Muy bien, Select es muy famosa -afirmo recordando todos los artículos que he leído últimamente sobre su nueva imagen-. Hacéis un buen trabajo de relaciones públicas. ¿Cuánta gente trabaja contigo?
–Tengo un equipo de cuatro personas.
–Es muy importante -comenta Simon mientras el orgullo le sale por todos los poros del cuerpo-. ¿Verdad?
Will se encoge de hombros, demasiado henchido de engreimiento como para dar una respuesta.
Simon se inclina hacia delante y coge más sandwiches.
–Toma otro -animo a Will, ya que si no se los acaban estaré comiendo lo mismo una semana entera.
–No, gracias -contesta desdeñoso, sin haber probado todavía el que tiene en el plato.
–Perdona -se excusa Simon-. Tengo que confesarte algo. Lo siento, Cath,
pero venimos de darnos una gran comilona. Por eso Will no puede comer más.
Vale, hombre, lo que nos faltaba. «¡Pues que lo diga él mismo!» Me callo porque sé que Simon sólo está tratando de protegerlo.
–No te preocupes, no pasa nada -miento mientras pienso: «Si habéis comido tanto, ¿cómo es que Simon puede seguir cebándose?»-. Conozco a alguien que trabaja en Select -comento mirando a Will, que de repente se muestra interesado en lo que digo; Simon pone cara de pillo porque, si tengo un amigo allí, podrá enterarse de todo lo que quiera saber con sólo hacer una llamada telefónica-. Alison Bailey.
–Sí, la conozco. ¿De qué os conocéis?
–Hace un montón de tiempo que somos amigas. Trabajamos juntas en una agencia antes de que cambiara de bando y se pasara a las ventas. Ocupa un alto cargo, ¿no?
–Es la subdirectora de ventas, así que no es para tanto -aclara con risa canina.
Me gustaría poder decir que la velada está mejorando. Pero no es así, está empeorando. Hasta Simon ha empezado a sentirse un poco incómodo y ha aprovechado la primera oportunidad para arrastrarme a la cocina.
–Lo odias, ¿verdad?
Suspiro y miro a mi encantador amigo; yo hubiera deseado que Will fuera diferente. Me gustaría, al menos, ser capaz de mentir, pero no puedo, aunque tampoco puedo ser del todo franca.
–Parece majo -digo entre dientes.
–Venga, cielo. Puedes hacerlo mejor. Sé sincera. Dime lo que piensas de verdad.
–¿La verdad de verdad?
–Sí.
–¿Aunque no te guste lo que diga?
–Si no puedo confiar en mi mejor amiga, ¿en quién voy a confiar?
–¡De acuerdo! – exclamo respirando hondo-. Lo único que pasa es que parece un poco arrogante. – Hago una pausa para ver cómo se lo toma-. Y
ya sabes que la arrogancia es algo que no soporto.
–Normalmente no es así -susurra mirando a la puerta para asegurarse de que Will no nos pille por sorpresa-. Te lo juro, Cath, no le había visto nunca comportarse de esta forma.
–Así que hasta tú piensas que hoy está un poco gilipollas.
–No he dicho eso. Lo que quiero decir es que suele ser muy agradable.
–Y lo sabes porque lo conoces muy bien, ¿no?
–No seas mala. Bueno, a lo que iba, ¿conoces mucho a Alison Bailey?
–¿Quieres decir que si la conozco lo suficiente para llamarla y que me cuente todos los cotilleos sobre tu amigo Will?
–Puede -concede Simon pasando el dedo por encima de la mesa y mirando al suelo.
–Vaaale -digo, y su cara se ilumina y me da un beso-, la llamaré en cuanto os vayáis.
–Que te lo cuente todo. Absolutamente todo.
–¿Cath? Santo cielo, hacía años que no hablaba contigo. ¿Qué tal estás?
–Muy bien, ¿y tú?
–Ya sabes, sigo siendo la misma y sigo haciendo lo mismo.
Se produce un incómodo silencio porque, por mucho que la aprecie, las dos sabemos que no la llamaría sólo para hablar un rato, ya que hace mucho que no nos vemos, y si la llamo de pronto es por alguna otra razón. Ahora puedo hacer dos cosas: andarme por las ramas y preguntarle por la familia, el trabajo, si hay algún nombre en su vida…, o ir directamente al grano.
Me inclino por la segunda opción.
–Te diré por qué te llamo -empiezo diciendo-. Acaba de venir a tomar el té tu jefe de prensa y me gustaría saber qué opinas de él.
–¿Will Saunders ha ido a tu casa a tomar el té? – pregunta después de un largo silencio.
–Sí, ¿por qué?
–Es un hijo de puta -afirma después de otro silencio.
He de confesar que casi cuelgo el teléfono. No sólo por la brusquedad de su respuesta, sino porque ése es un calificativo que no me gusta. De hecho, casi no puedo acordarme de la última vez que lo oí, y menos aún de la última vez que lo usé.
Alison es una de las personas más sensatas que conozco. Es tan prudente que hace que Mary Whitehouse parezca una rebelde.
–¿Estás de broma? – inquiero todavía impresionada por el lenguaje que ha utilizado.
–No, y no puedo creer que lo hayas invitado a casa. Deberías habérmelo dicho y habría ido a poner arsénico en los sandwiches.
–¿Por qué lo odias tanto?
–¿De cuánto tiempo dispones? Bueno, escucha: cuando quiere puede ser la persona más encantadora del mundo. Supongo que te ha encantado, ¿no?
–Bueno, la verdad es que no. Me ha parecido que era un poco arrogante, por no decir algo peor.
–Es un egocéntrico y está obsesionado consigo mismo, una basura.
–Tienes un buen problema con él, ¿eh? – pregunto después de soltar un largo silbido.
–Todo el mundo lo tiene. La empresa la dirige un chaval que lo adora y ésa es la única razón de que tenga ese trabajo. Dos de las chicas de su equipo son amigas mías y dicen que es todo un cabronazo. Una de ellas tuvo que coger una baja de tres semanas por agotamiento nervioso.
–¿Por qué no lo mandan a paseo?
–No se puede. He visto de cerca su táctica. Primero hace como que es tu mejor amigo y después, de repente, empieza a llamarte a casa todas las noches para gritarte, decirte que la has cagado, tratarte con condescendencia y acusarte de ser el peor publicista que ha conocido.
Ha cogido carrerilla, así que la dejo hablar.
–Después las llamadas empiezan a ser diarias. Vi cómo humillaba a Caroline delante de sus compañeros.
–¿Caroline?
–La amiga que casi tuvo una crisis nerviosa por su culpa. Le amargó la
vida, y eso que es una mujer fuerte, hasta que poco a poco acabó con ella.
Eso es lo que hace. Es un completo misógino, odia a las mujeres y a todo el mundo que pueda representar una amenaza para él. Caroline no le aguantaría toda esa mierda a nadie, pero, después de ese enfrentamiento, no es capaz ni de matar una mosca. Se quedó aterrorizada con las llamadas a casa y enfermó a causa de la tensión. Odio a ese cabrón. ¿Qué coño estaba haciendo en tu casa?
–Está liado con un amigo mío, pero preferiría no dar nombres.
–Pues, sea quien sea, dile que tenga cuidado. Es un tipo de lo más desagradable. Falso, embustero y muy inseguro. Y un mentiroso compulsivo. Y un tremendo esnob, cosa que no me extraña porque su familia no tiene dónde caerse muerta, supongo que eso lo explica todo.
–Te cae bien, ¿eh?
–Yo le diría a tu amigo que, si ya es malo tenerlo cerca, mucho peor tener cualquier tipo de relación con él.
–Me alegro mucho de haberte llamado. Alison. Ahora tendré que encontrar la forma de contárselo.
–Encantada. Como siempre digo, hombre prevenido vale por dos.
¿Cómo se lo digo? Casi no he colgado el teléfono cuando llama Simon.
–Qué, ¿la has llamado?
–¿Dónde está Will? – le pregunto mientras busco una excusa.
–Se ha ido a casa, lo dejé cuando volvíamos de la tuya.
–La he llamado pero no estaba. He dejado un mensaje, ya te llamaré en cuanto hable con ella.
–Vale, supongo que tendré que esperar.
Su voz suena cargada de decepción. Nos decimos adiós y me alegro de que no me haya hecho más preguntas sobre qué pienso, si cambiaré de idea, si creo que harán buena pareja…
Hojeo la programación para ver qué hay en la tele esta tarde, pongo agua a calentar y me acuerdo de que me he quedado sin leche. Me dirijo hacia la puerta pero doy media vuelta porque, aunque sea verano, por la tarde refresca y no creo que una camiseta sea suficiente para salir a la calle.
Voy hasta la tienda de la esquina y, cuando ya he cogido la botella, oigo que alguien pronuncia mi nombre.
–Hola, Cath.
Me vuelvo y veo a un sonriente James, el agente inmobiliario, y casi me echo a reír. Lleva puesta la ropa que imaginé el día que lo conocí, excepto que el jersey, en vez de ser grueso y de ochos, es de fina lana gris.
–Hola, James. ¿Qué tal estás?
Me sorprende que mi voz suene tan normal. Ya casi había olvidado lo atractivo que es este hombre y la inseguridad que me invade cuando estoy cerca de personas que pueden hacerme sentir ciertas cosas que ya me creía incapaz de sentir.
–Bien, gracias.
Aprovecho el momento para echar un vistazo a su cesta y veo un paquete de pasta fresca, un limón, una bolsa de queso parmesano, una lata de coca-cola y cosas para ensalada. ¿Sólo una lata? Qué curioso. No es que me interese, pero no me pega que no tenga pareja y, si mis habilidades deductivas no me fallan, una sola bebida indica que va a cenar solo.
–La cena -me indica señalando la cesta con una sonrisa y pasándose los dedos por el pelo con un gesto que me resulta muy atractivo, porque, aunque no parezca tímido, hay algo en ese movimiento que dice que sí lo es, y eso hace que todavía me guste más.
–Ya veo -afirmo sonriendo-. Siempre había pensado que los agentes inmobiliarios tendrían la despensa llena de comida precocinada de Marks Spencer.
–Te olvidas de que ésa no es mi verdadera profesión -sonríe dejando la compra en el suelo delante de sus botas de montaña, que están llenas de motas de pintura-. El artista combativo que llevo dentro sigue sintiéndose culpable por gastar mucho dinero en comida. Sabía que Lucy vivía por aquí, pero no sabía que tú también. ¿Dónde vives?
–¿St. James Mansions? – digo como si fuera una pregunta, pero James sabe dónde está.
–Vendí uno de esos apartamentos el mes pasado, los conozco bien. ¿Sabes qué es lo mejor que tienen? La mayoría de las molduras son originales y los techos altos son fantásticos.
Me echo a reír y James deja de hablar.
–¿Qué pasa?
–Lo siento, pero es que… ¡suenas muy profesional!
–Muchas gracias por advertirme; la próxima vez que lo haga dame de inmediato una patada para que me calle.
Estamos hablando en uno de los rincones de una tienda minúscula y los clientes se abren paso entre nosotros disculpándose e intentando aprovisionarse para la cena del domingo. En ese momento me doy cuenta de que, aunque no sea exactamente una cita, lo estoy pasando bien.
Parece muy sencillo y natural. Aun en el caso de que no se le notara el acento, uno se daría cuenta de que no es de Londres. No tiene el tono ni el aire taimado que tanto abunda en su profesión. Da la impresión de que se sentiría a gusto con un par de botas de agua viejas en el campo, así que no me sorprendo cuando, a mitad de conversación, me informa de que nació en una granja, en Wiltshire.
Al cabo de un rato mira el reloj y me duele un poco que tenga que irse porque, aunque en ocasiones nada me guste más que tumbarme en un sofá y vaguear frente al televisor, esta noche no es el caso. Evidentemente, Simon no es la persona más adecuada para charlar en este momento, ya que el único tema del que quiere hablar es Will; y Lucy y Josh todavía no han vuelto de su excursión. Además, ya he estado buscando en la agenda de teléfonos alguien a quien llamar, pero no he encontrado a nadie.
Estoy disfrutando de la conversación con James. Es una persona muy interesante y, como ya he dicho antes, encantador, además de guapísimo.
¿Ya lo había mencionado? No, seguro que no. No me hagáis caso.
–¿Te apetece tomar un café o alguna cosa? – pregunta de repente-. Resulta un poco extraño estar hablando en mitad del pasillo.
–Sí, estupendo.
Sonríe y nos dirigimos hacia la caja. El chaval que hay detrás del mostrador nos mira con mala cara por haber estado obstruyendo su precioso espacio durante los últimos quince minutos y salimos afuera riéndonos.
–¿La Brioche? – decimos los dos al mismo tiempo, y nos encaminamos hacia West End Lane.
–¿Sabes?, si nos hubiésemos encontrado dentro de seis meses, iríamos a tomar un café a tu librería -comenta mientras caminamos.
–A estas horas no -digo señalando el reloj-. A las siete ya estaría cerrada.
–Pero podría haber algún tipo de acto, ¿no? Una lectura, una tertulia con algún autor de la zona, incluso un club de amantes de los libros.
–Todavía no hemos pensado con detenimiento en ese tipo de cosas. Pero sí, tienes razón, eso es lo que tenemos que hacer.
–Se ha corrido la voz, ¿sabes? – me informa mientras sujeta la puerta del café para que entre-. Muchos de los comerciantes de la zona ya saben para qué se va a utilizar el local, sabe Dios cómo se habrán enterado.
–¿Y cuál ha sido la reacción?
–La mayoría piensa que es una buena idea, pero siempre hay voces discordantes. En realidad los que más gruñen son los que han intentado hacerse con ese local y ahora están enfadados por no haber tenido ellos la idea.
–Ya me imagino, es un edificio muy bonito.
–¿Qué tal está Lucy? Espera -la camarera está delante de nosotros esperando a que pidamos y James me mira-, ¿un capuchino?
Asiento con la cabeza.
–Está entusiasmada, pero también algo preocupada; bueno, yo también lo estoy. Hace semanas que no duermo. Mira qué ojeras tengo. – Bajo la cabeza para enseñarle las bolsas de los ojos, y James menea la cabeza como si no pudiera ver nada.
–Estás muy bien.
–No lo estoy, pero gracias. Cuando me acuesto, paso un buen rato pensando en el color de las paredes, reviso cada paso del pulido de los suelos. Cada noche decoro la tienda del todo y me despierto por la mañana como si hubiese tenido un duro día de trabajo.
–O una noche muy agitada. No me extraña que estés exhausta.
–Exhausta pero contenta. Presentar mi dimisión es lo mejor que he hecho en mi vida. Aunque esto no funcione, quiera Dios que no ocurra, no creo que pueda echar la vista atrás y arrepentirme de haberlo intentado.
La cara de James se ilumina.
–Sé muy bien lo que quieres decir. Siempre he pensado que una de las cosas que más odiaría en la vida sería llegar a los setenta, echar la vista atrás y decir: «Si hubiera…» Es necesario que realicemos nuestros sueños, y creo que eres muy afortunada. En primer lugar por tener uno, pero también por ser capaz de llevarlo a cabo.
–Así que si tu sueño es ser un artista… -empiezo a decir intentando apartar la conversación de mi persona-, ¿por qué sigues siendo agente inmobiliario a los…? Por cierto, ¿cuántos años tienes?
–Treinta y seis -declara, y casi me caigo de la silla-. Ya sé, ya sé. – Pone los ojos en blanco e intenta no parecer molesto por tener que repetir lo que seguramente le dice a todo el mundo que le comenta lo mismo-: Parezco diez años más joven. Lo tengo todo pensado. ¿Por qué crees que no me gasto el dinero en Marks Spencer? Estoy ahorrando para dejarlo todo cuando tenga cuarenta y pasar el resto de mi vida pintando.
Estoy impresionada. Conmovida por su pasión y su entrega. Por su forma de exponer un plan que a buen seguro funcionará. Por su confianza en que todo le saldrá bien.
–Me encantaría ver tu obra.
–¿De verdad? – pregunta con timidez.
–Sí, claro, suponiendo que todavía pintes.
–A todas horas. El único despilfarro que me he permitido últimamente ha