Lios, libros y mas lios
¼
atropelladamente.
–Ya veo, tú eres Ellen y Lucy es Audrey, excepto que ella no está majara, no es pelirroja y viste mejor. Si Portia estuviera aquí sería Paige. Supongo que Josh, por ser guapo y decididamente heterosexual, aunque a veces le confundan, sería Adam, o Spence, dependiendo de si eres fan de los primeros capítulos.
Me echo a reír, conozco a Simon muy bien y sé lo que viene ahora.
–Lo que quiere decir que yo soy Joe, el gordo del café, ¿no?
–Por supuesto que no -contesto borrando la sonrisa de mi boca de inmediato-. ¿Nos vamos. Joe?
¼
siete
No puedo creer la velocidad a la que está sucediendo todo. Hace seis semanas estaba atrapada en el trabajo, horrorizada de tener que coger el metro, preguntándome si algún día podría dejarlo todo y rezando por que llegase pronto el verano para sentirme mejor.
Y ahora me encuentro sumergida en un torbellino de diseño de interiores, recetas de cocina de Lucy y ansiosas llamadas al agente inmobiliario para asegurarnos de que el local sigue siendo nuestro. Me alegro de no haber seguido los consejos de Simon. No puedo imaginarme nada peor que contemplar a mi amiga haciendo todo esto sin mí, porque estoy disfrutando mucho con cada momento del proceso.
Lo más duro de todo fue decir que me iba de la agencia. Me ofrecieron más dinero para que me quedara, pero estaba decidida. Cuando me fui, el jefe hizo todo un discurso; me confesó que él siempre había soñado con irse al campo y comprar una granja, y dijo que me envidiaba por haber conseguido realizar mi sueño, ya que él no había tenido valor para hacer lo mismo.
Aun así, cuando dejé el trabajo me asaltó el pánico. El primer lunes por la mañana que no tuve que levantarme al alba para coger el metro e ir a trabajar, me di cuenta de lo que había hecho, del gran paso que había dado.
¿Qué ocurriría si todo iba mal?
Por la tarde, Lucy me llevó a una reunión con el carpintero y después de hablar más de media hora sobre barras, mostradores y estanterías, volví a sentirme viva y, lo que es más importante, empecé a sentirme bien.
Después comenzó la reunión. Esperábamos no tener que hacer una declaración de objetivos y miras de la empresa, ya que entre las dos podíamos reunir 120.000 libras, pero no habíamos contabilizado lo que iba a ser la inversión inicial real: sueldos, facturas, gestión de existencias, gastos menores y todos los desembolsos diarios en los que no se piensa cuando la cosa es todavía un sueño.
Josh nos dijo que había que ir al banco. Nos reservamos parte de una semana y nos sentamos a la mesa de la cocina de Lucy para intercambiar ideas y diseñar la declaración, y, todas las noches, cuando llegaba Josh, le pedíamos opinión y protestábamos porque no paraba de decirnos que tenía que parecer más serio.
Finalmente lo conseguimos: la llevamos al banco y accedieron a prestarnos 100.000 libras, mucho más de lo que esperábamos. Josh y Lucy volvieron a hipotecar su casa, lo que quería decir que podríamos optar a la compra del local.
Después tuvimos que ocuparnos de la inspección de Sanidad. No necesitábamos un permiso de obras, ya que no íbamos a cocinar en el local
y la preparación de la comida que íbamos a vender sólo requiere algo parecido a lo que llaman «Categoría de explotación A1»; perfecto, porque así no hubo que cambiar de licencia de explotación.
Lucy y yo fuimos a Derbyshire y pasamos el día con Ted y Linda, los propietarios de una librería de los que Josh nos había hablado, y sus consejos fueron inestimables.
Por último, firmamos el contrato de alquiler y entregamos el depósito: ya podíamos empezar a trabajar. Al principio no parecía nada claro que consiguiéramos la tienda, pero, a pesar de los competidores que surgieron a última hora, James logró inclinar la balanza a nuestro favor.
Se ha portado muy bien con nosotras, y cuanto más le conozco, más me gusta. Quizá no debería sorprenderme tanto el hecho de que parezca honrado, serio e íntegro. Lucy me comentó que está muy bueno, pero, la verdad, no es mi tipo. Si es que sigue habiendo un tipo de hombres que me vaya, claro.
Además, es un crío. Bueno, no literalmente, pero seguro que es mucho más joven que nosotras. Calculo que andará por los veintiséis, aunque Lucy opina que debe de tener unos veintiocho, edad a la que, según ella, los hombres son imparables. Vete a saber lo que quiere decir con eso.
Un día, Lucy consiguió que le hablara de su pasado. En un tiempo fue artista, sólo que, por falta de medios económicos, tuvo que buscar otra cosa y las inmobiliarias le parecieron la opción más lucrativa en aquel momento.
El proyecto está avanzando y la semana pasada, cuando acabaron los albañiles, pudimos empezar con el trabajo que habíamos estado deseando hacer desde el primer día, pintar la tienda.
Inicialmente pensamos en buscar arquitectos y contratar a los mejores profesionales que se pudieran encontrar en la Inglaterra de los noventa, pero, como bien dijo Lucy, son una pesadilla. Así que, en vez de pagar una fortuna por complicarnos la vida, ¿por qué no ahorrarnos un dinerillo
haciendo nosotras mismas algunas cosas?
A pesar de no ser especialmente perfeccionista con las tareas de la casa, he de confesar que me encanta la idea de pintar con mis propias manos Bookends. Ya sé que es un nombre un poco cursi, pero suena bien, y hasta Simon tuvo que admitir que le gustaba.
Lucy y yo nos hemos acercado a Homebase, los grandes almacenes del hogar, hemos seleccionado el tono perfecto de amarillo para las paredes y hemos entrado en contacto con una empresa de maquinaria de la zona para alquilar una lijadora profesional y pulir los suelos nosotras mismas.
También hemos encontrado a un carpintero, «como caído del cielo», según palabras de Lucy, que nos va a hacer la barra que irá en medio de una de las salas por un precio ridículo.
Lucy ha estado inventando nuevas recetas que no permite probar a nadie hasta que estén listas del todo, y mi factura de teléfono ha aumentado mucho a causa de mis continuas llamadas a Edward, un primo lejano que trabaja en el departamento de ventas de una editorial muy famosa, a quien he estado acribillando a preguntas sobre el funcionamiento de las existencias en una librería.
Incluso Simon está impresionado, aunque se niegue a admitirlo, y sé que no lo confesará hasta que nos pongamos en marcha.
–¿Has visto su casa? ¿Has visto lo que le ha pasado a su casa? – me pregunta Simon.
Ha pedido prestado un chucho enorme y peludo que se llama Ratón para pasear por el parque. Pero no estamos paseando por el parque para disfrutar de los placeres de la naturaleza. Simon pasea al perro porque busca a don Perfecto. Tiene la teoría de que todo hombre o mujer gay debería tener un perro porque así se liga más. Y no se refiere a los pequeños, sino a los grandes y robustos, como los alsacianos, labradores o perdigueros. Perros de verdad.
Ratón es de Steve y Joe, y Simon descubrió las ventajas de tenerlo cuando éstos compraron una casa de veraneo en Tenerife, al norte de Tenerife dicen ellos, lejos de los hooligans cerveceros. Es divina, según sus palabras, aunque la única pega es que no pueden llevarse al perrito.
Así que a Simon le tocó hacer de canguro. Fuimos juntos a buscarlo en su brillante escarabajo descapotable. Ya conocía de alguna que otra vez a esta pareja, aunque no se puede decir que seamos amigos. Todavía no estábamos a mitad de camino cuando empezamos a oír los ladridos.
–¿Estás seguro de lo que vas a hacer? – le pregunté mirándole a la cara mientras esperábamos en la entrada, oyendo lo que parecería ser un rottweiler lanzándose contra la puerta.
–Completamente -contestó, aunque era evidente que le habían entrado dudas.
La puerta se abrió y un enorme oso de peluche con aspecto de perro se nos echó encima y empezó a darle lametazos a Simon en la cara, mientras giraba a nuestro alrededor muy alborotado, llorando y ladrando de alegría.
A la mañana siguiente, Simon me llamó por teléfono.
–Está claro que tengo que comprarme un perro.
–¿Por?
–Porque nunca me he encontrado con tantos hombres tan guapos en mi vida.
Al parecer, Simon y Ratón habían estado paseando tranquilamente por Frith Street y tres atractivos hombres se pararon para acariciar al perro y comentar lo encantador que era. Ninguno de ellos fue más allá ni le propuso salir, pero fue suficiente para que decidiera que el único obstáculo entre él y don Perfecto era carecer del mejor amigo del hombre.
Como era de esperar, una semana más tarde todo había cambiado.
–¡Santo cielo! – me bufó al teléfono-. El maldito pelo se mete en todas partes.
–Es un perro lanudo, ¿qué esperabas?
–No esperaba tener una alfombra de pelo encima de todos los muebles.
¡Virgen santa! He estado toda la semana pasando la aspiradora y no ha servido de nada. ¡Ratón! ¡Baja de ahí!
–Así que no te vas a comprar un cachorrillo de Ratón…
–No creo, aunque ayer me encontró a un jovencito muy atractivo en Hampstead.
Ya no se ocupa de cuidarlo, pero lo saca a pasear algún día que otro para intentar averiguar dónde se meten los gays del norte de Londres. Y sí, ya sé que estáis pensando que suelen estar detrás del Spaniard Inn, en la parte alta del parque, pero a Simon no le interesa un polvo rápido; además, no quiere darle mal ejemplo a Ratón.
–¿Qué le ha pasado a la casa? – le pregunto mientras me quito la chaqueta y me la pongo en la cintura contenta de haber tenido la previsión de ponerme una camiseta debajo, pues al fin el sol ha conseguido abrirse paso entre las nubes y está haciendo un día espléndido.
Miro a Simon un poco perpleja, preguntándome en qué estará pensando exactamente, aunque tengo la sospecha de que habla de la casa de Josh y Lucy.
–¡Ni que hubiera estallado una bomba dentro! Hay miles de catálogos de editoriales desparramados por todos los sillones. Casi no puede uno ni moverse.
–Me temo que ése va a ser el nuevo paisaje.
Aminoramos la marcha para recobrar el aliento porque, por muy bonita que sea Primrose Hill, no lleva en vano el nombre de una colina, y cuando llegamos a lo alto, nos sentamos en un banco para admirar el panorama.
–Bueno -dice Simon buscando en el bolsillo una galleta para Ratón, que la engulle y se dirige en busca de un poco de bronca hacia un perro pastor inglés llamado Dylan y que parece estar loco-, ¿no vas a preguntarme por mi cita?
–¡Es verdad! – exclamo avergonzada por haberlo olvidado.
Ayer noche volvió a ver a Will y, a pesar de que Simon se ocupó de la cocina, parece que sigue interesado en él.
–Soy tu mejor amiga, así que ya me lo estás contando todo.
–¿Todo?
–Puedes omitir los detalles desagradables. Empieza con el menú.
–Espárragos para empezar. Pan de ajo, naturalmente…
–Por Dios, tienes que aprender a superar esa fase, se está convirtiendo en algo muy hortera. Espera, déjame adivinar. ¿A que usaste tu libro de cocina francesa para preparar el segundo plato?
–Por supuesto -contesta desdeñoso-. ¿Desde cuándo he acudido yo a otras fuentes para preparar cenas seductoras?
–Mmm… Déjame pensar… ¿Pescado?
Una amplia sonrisa se dibuja en el rostro de Simon.
–Vale. Así que… o salmón fresco envuelto en pasta de hojaldre o salmón con cuscús.
–Muy bien -aprueba arqueando las cejas-. Pero ¿cuál de los dos?
–Bueno, sé que querías impresionarle y, a pesar de que los dos son igual de espectaculares, el fresco tiene cierta ventaja por la presentación, así que supongo que eso fue lo que preparaste.
–Ya que eres tan condenadamente lista, ¿qué pudín le preparé?
–No hiciste ninguno -afirmo dándole con el codo, y los dos nos echamos a reír al acordarnos de la mousse de chocolate.
–Bueno, no creo que hicieras un pudín porque el salmón es bastante pesado, con todo el arroz y el hojaldre que lleva… ¿Tengo razón?
–Si quieres decir que no hice bizcocho de melaza, sí, tienes razón.
–Anoche hacía calor, ¿verdad? ¿El suficiente calor como para un… -hago una pausa para crear tensión-, ¿una granita de fresa? – aventuro acordándome de repente de que es una de las recetas predilectas de Simon en las ocasiones especiales.
–¡Eres bruja! Bueno, el caso es que ahora dirás que estoy pensando en dejar mi trabajo y abrir un restaurante.
–Estupendo, podrías llamarlo El Rincón Francés.
–O Mis Mejores Recetas.
–Porque, por supuesto, no faltaría el salmón…
–No paramos de hablar en toda la noche -continúa, ansioso por seguir hablando de Will-. Es fantástico. Es guapo, inteligente, divertido, encantador. Te gustará, tengo muchas ganas de que lo conozcas.
–Ya sabes lo que eso significa, que lo odiaré -afirmo mirándolo y arqueando
las cejas con cinismo.
–Si vas en ese plan, claro que acabarás odiándolo. Pero esta vez creo que te gustará. Además, trabaja de relaciones públicas, así que tenéis algo en común.
–¿Cuántas veces te he dicho que las relaciones públicas y la publicidad no tienen nada que ver?
–Es creativo, al igual que tú. Lleva zapatos negros; tú te vistes del mismo color, seguro que os caéis bien.
–¿Y cuál es su historial sentimental?
–¿Crees que lo sé? – pregunta horrorizado.
–¿No le has preguntado? Deberías haberlo hecho. Siempre es la primera pregunta que se hace.
–Cath, cariño. Es gay, tiene unos brillantes ojos azules y un cuerpo para morirse. Me imagino que se habrá acostado con todo el Reino Unido y que ahora está cansado y busca algo de seguridad.
–¿Por qué no le preguntaste?
–Porque me hubiera mentido, todo el mundo miente.
Me coge del brazo y bajamos por el otro lado de la colina, bien acompasados, mientras Ratón y Dylan trotan felices por la hierba persiguiéndose el uno al otro.
Andamos un rato en silencio hasta que Simon me hace una pregunta.
–Si pudieras encontrarte en este parque a la persona que quisieras, ¿a quién elegirías?
–¿Vivo o muerto?
–Vivo, cariño. Tiene que ser un encuentro posible; si no, ¿qué sentido tendría?
–Vale, ¿alguien que conocemos o no?
–Por el amor de Dios, Cath, sigue el juego.
–Bueno, bueno, perdona. – Continuamos avanzando mientras intento pensar en alguien y borro mentalmente todos los nombres que me vienen a la cabeza sabiendo que no son buenos candidatos, pero no sé a quién elegir.
Al final sólo se me ocurre un nombre.
–Portia.
–Por Dios, Cath, eres tan aburrida… Pensaba que ibas a decir Brad Pitt.
Como mucho hubiera aceptado Tom Cruise, pero Portia… Estás un poco obsesionada, ¿no? – contesta mirándome espantado.
No lo estoy. De hecho, aparte de nuestra adicción semanal a la serie, reforzada ahora que sabemos la verdad, casi no he vuelto a pensar en ella desde que dejé el mensaje en el contestador.
Me enfadó un poco que no me devolviera la llamada, que nos rechazara de una forma tan evidente, que no quisiera saber nada de nosotros. Aparte de eso, no le había prestado mucha atención, aunque seguía habiendo demasiadas preguntas sin respuesta. Supongo que lo que intento decir es que no parece que hayamos llegado a un punto final con ella.
Recuerdo que Lucy dijo una vez que las relaciones que seguía conservando, las que no habían desaparecido por muy lejanas que fueran, eran las que no habían llegado a ningún punto final. Las que se habían interrumpido antes de que su duración se hubiese agotado. Las relaciones en las que una persona decidía que ya había sido suficiente (siempre los hombres) y la otra
no había tenido oportunidad de dar su opinión, de explicar cómo se sentía, de que no se le hiciera caso en absoluto. Utilizaba este argumento para hablar sobre las relaciones que había tenido antes de Josh, de hombres con los que había salido, con los que había vivido, a los que había amado. Pero no veo por qué no puede aplicarse también a los amigos, pues ¿qué es una buena amistad entre mujeres sino una relación casi de pareja? Sin sexo, por supuesto.
Y lo nuestro era algo más que una simple amistad. Recuerdo que a veces Portia y yo nos sentíamos unidas con tanta intensidad que no era nada raro que hiciésemos bromas sobre el hecho de que éramos como amantes, salvo que no queríamos acostarnos juntas.
–Si pudiera encontrar a un hombre como tú, me casaría con él mañana -
solía decirme, y yo le contestaba lo mismo.
Había ocasiones en las que me sentía abrumada por mi amor a Portia. Era como la hermana que nunca había tenido. La mejor amiga, madre, padre, hermano, todo, y no creo que una se pueda deshacer sin más de una relación así. No es tan fácil dejarse llevar y no volver a pensar en la otra persona.
Eso fue lo que más me molestó, que no me devolviese la llamada. Si yo hubiese vuelto a casa y me hubiera encontrado un mensaje suyo, la habría llamado de inmediato. Aunque puede que me hubiese puesto de los nervios, lo habría hecho. Pero bueno, quién sabe, puede que haya cambiado por completo. Puede que me esté acordando de alguien que ya no existe o de quien sólo permanece el nombre.
–Creo que estabas un poco enamorada de Portia, ¿no? – me comentó una vez Lucy, y me quedé sorprendida y consternada, sintiéndome culpable porque era algo que ya sabía-. No quiero decir que quisieras acostarte con ella. Sólo que teníais un vínculo emocional muy fuerte. Amar a alguien de esa forma no es para avergonzarse, y no deberías negártelo a ti misma ni anular tus recuerdos. Tu amistad con ella era muy especial y pura, y eso es lo que debes recordar.
–Es una historia que no se acabó. Me gustaría volver a verla, eso es todo -
respondo encogiéndome de hombros cuando Simon comenta lo de mi obsesión con Portia.
–Sabes que si te contesta tendrás que ponerle al día con lo de la librería,
¿no? Creo que deberías dejarle otro mensaje, sólo para asegurarte de que la incluye en la serie. Tendrá que volver a escribir los guiones para darle a tu personaje una librería polvorienta que se llame algo así como Obras Completas.
–Ya, y llamará a Steen para que la decore con sillones forrados de chintz y cojines de cuadros.
–Bueno, ahora me toca a mí. ¿Quién, aparte de Will, me gustaría que apareciese aquí ahora mismo? Mmm, déjame pensar, ¿Rupert Everett o John Travolta?
Pinto, pinto, gorgorito…
–No, Max. Ve y lávate las manos antes de tocar nada -ordena Lucy.
Se vuelve hacia el frigorífico y Max se me acerca con una sonrisa, lo que interpreto como una buena señal.
–Hola, Max, ¿has ido hoy al colegio?
Como buen Damien, Max no contesta y, manteniendo la sonrisa, se acerca y me coge de la chaqueta color crema con las manos llenas de chocolate, antes de salir de la habitación riéndose y dejándome paralizada, no porque me importe la chaqueta, sino porque este niño es un monstruo.
–¡Es un monstruo! – grito enseñándole el desastre a Lucy, que refunfuña y empieza a limpiarla con un trapo de cocina mientras llama a Ingrid a grito pelado.
Una sombra aparece en el pasillo y sonrío débilmente, maravillada de que una au pair pueda tener un aspecto tan pulcro y arreglado. Luego, pienso en cómo es posible que Lucy confíe en Josh teniéndola en casa. ¿No pasa siempre lo mismo? La esposa vuelve al hogar y se encuentra al marido en la cama con una nubil putita escandinava…
Ingrid se pasa perezosamente la mano por el pelo y entra en la cocina con cuidado. Entonces observo que entre los dedos de los pies, color rojo sangre, lleva unos trozos de algodón para proteger sus recién pintadas uñas.
Así que eso es lo que hace durante todo el día.
–¿Me llamaba? – pregunta, lo que no deja de sorprenderme, ya que Lucy ha estado gritando su nombre durante los últimos tres minutos.
–Sí, ¿te importa quedarte con Max un rato? Juega con él, déjalo en el cuarto de los juguetes, lo que sea.
–¡Pero si acabo de pintarme las uñas! No puedo jugar con él ahora -
responde perpleja.
–Mujer, no te pido que juegues a policías y ladrones -alega Lucy mirándola estupefacta a los pies, a punto de perder la paciencia, algo rarísimo en ella porque no conozco a nadie que tenga tanta-. ¿Qué te parece algún juego tranquilo?
Ingrid se da cuenta de que esta vez no puede librarse, se encoge de hombros y desaparece por el pasillo.
–¿Cómo la aguantas? – le susurro cuando estoy segura de que no puede oírme.
–No es tan mala, de hecho es bastante maja. Lo que pasa es que está un poco obsesionada con la ropa y el maquillaje. Maxy la adora y eso es lo único que me importa.
–Así que el que a ella no le guste Max no te importa.
–Sí que le gusta, sólo que tiene una extraña manera de demostrarlo.
–¿Y no te preocupa tener a alguien así en casa?
–¿Preocuparme? ¿Por qué tendría que preocuparme?
–Bueno, ¿qué tal se lleva Josh con ella? – Lucy me mira un poco extrañada y luego empieza a reírse a carcajadas.
–Venga, Cath, cariño, eso sí que tiene gracia, ¡Josh e Ingrid! ¡Ingrid y Josh!
–Me alegro de que te parezca divertido -mascullo sin verle la gracia.
–Lo siento -se excusa Lucy apretándome la mano-. Es que no se me había ocurrido. No sabía a qué te referías. Para Josh no es más que una inocente jovencita que está lejos de su casa y que cuida bien de Max. Y, por parte de ella, lo más seguro es que piense que mi marido tiene la edad de su padre.
Cath, casi me muero de risa.
Se pone las gafas, se sienta al otro lado de la mesa y saca una libreta.
–Esta semana he estado probando recetas y ésta es la lista definitiva -me informa pasándome una copia.
–Mmm… Suena de maravilla.
–Las he preparado todas personalmente para ver qué tal salían y, después de hacer algunos experimentos, he elaborado alguna nueva. Las magdalenas de plátano y chocolate sin grasa y sin azúcar seguramente son muy poco sanas, pero están buenísimas, y estoy segura de que serán todo un éxito -explica mirándome con atención y quitándose las gafas-. He pensado que podrías ser mi conejillo de Indias…
–¿Así que me vas a dejar probarlas? – pregunto con los ojos encendidos.