Lios, libros y mas lios
¼
Lo más curioso es que, de haberme preguntado si creía que seguiríamos siendo amigos diez años después de licenciarnos, hubiera dicho que sí, pero sólo en el caso de que Portia permaneciera en el grupo, ya que ella era el astro alrededor del que girábamos todos. Sin embargo, aun sin ella, seguimos siendo amigos.
Hablamos de ella y yo la echo de menos. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero ahora, a medida que pasan los años, cada vez la echo más de menos.
Josh tiene un amigo que trabajaba en el Standard y nos dijo que al parecer Portia se marchó para escribir un libro. Nos contó que sigue soltera y que vive en Maida Vale. Recuerdo que sentí una punzada cuando me enteré: Maida Vale, al final de la calle. Podía tropezar con ella en Waitrose, o pasar a su lado en Swiss Cottage, o verla tomando un café en West End Lane.
No es que no quisiera verla. Sí que quería, pero cuanto más tiempo pasaba, más difícil se me hacía coger el teléfono. Pasaron unos cuantos años más y mi carrera despegó. Empecé a conocer gente y a tener aventuras, y todos mis maravillosos amigos, en particular Simon, se preocuparon de llenar el vacío que Portia había dejado. Con el tiempo logré pensar menos en ella, aunque, para ser sincera, siempre estuvo en mis pensamientos.
Una vez creí verla: estaba tomando un café en el West End y, cuando me daba la vuelta para irme, juraría que la vi pasar con el rabillo del ojo. Tenía un andar distinguido y el pelo color caoba. Si era ella, estaba estupenda, con mucho más estilo que antes, pero no estaba segura y tenía demasiada prisa para seguirla. Y si hubiese ido detrás de ella, ¿qué habría podido decirle?
¼
tres
–¿Qué me pongo? – se queja Simon al teléfono.
–¡Por todos los santos, Simon, estoy ocupada! ¿Entiendes lo que significa estar trabajando? ¿Por qué tengo la sensación de que no haces nada en todo el día?… Excepto telefonearme un millón de veces, claro.
–Vaaale -contesta en el tono que esperaba, y me lo imagino sacando el labio inferior como si estuviese enfadado-, te dejo trabajar.
Simon cuelga antes de que yo pueda decir nada. Suspiro cansada y lo llamo sabiendo que lo cogerá incluso antes de que suene.
–¿Te he dicho alguna vez cuánto te odio? – dice al descolgar el teléfono.
–No, tú me quieres, por eso puedo decirte estas cosas.
–Está bien -refunfuña-. ¿Qué llevas puesto? ¡No, déjame adivinar!
¿Pantalones negros tal vez? ¿Un jersey grande como una tienda de campaña para que te tape el culo? ¿Botas negras?
–Bueno, si sabes tanto, ¿por qué preguntas?
–Cath, ya no eres estudiante, ¿por qué sigues vistiéndote como si lo fueras?
Me paso la vida dándote lecciones de cómo vestir y sigues teniendo los mismos problemas de siempre con la elegancia. ¿Qué vamos a hacer contigo?
–Querido, la ropa no me interesa tanto como a ti, lo siento. Ojalá fuera de otra manera. – Sollozo un poco por si acaso y Simon se echa a reír-. Soy un caso perdido -continúo, sollozando cada vez más, hasta echarme a llorar histéricamente-. ¡Una causa perdida!
–Venga, venga -me tranquiliza-. No existen las causas perdidas. Lograré llevarte a Armani aunque muera en el intento.
–¿Lo dejamos ya? – le reto en el mismo tono de exasperación, preguntándome si debo avisar a mi secretaria para que entre y me diga en voz alta que ha llegado la persona que esperaba a las tres-. ¿Has acabado?
Estoy ocupada, Simon, te lo digo en serio.
–No tiene ninguna gracia. Iré a tu casa a las siete y media.
–Vale, nos vemos lúe… -me detengo suspirando porque por fin se ha ido.
Después de colgar el teléfono sigo con la sonrisa en los labios un buen rato, todavía no sé cómo lo consigue. Se supone que trabaja como jefe de montaje, aunque sabe Dios lo que eso significa realmente. Lo único que sé es que trabaja en el Soho; como él mismo reconoce, el sitio perfecto para él porque, si quiere, puede irse a ligar todas las noches.
Es lo que hacía cuando era veinteañero, y cuando el Soho se convirtió en el barrio gay y todos los sórdidos cabarés de la zona pasaron a ser bares gay minimalistas, pensó que se moriría e iría al cielo (cosa que hacía muy a menudo en aquellos tiempos), aunque ahora parece que se ha calmado un poco. Entonces hablaba de guapos jovencitos, estómagos musculosos y culos de acero, mientras que ahora sueña con encontrar a alguien para quien cocinar, con quien crear un hogar y compartirlo todo. Está tan desesperado por tener una relación estable, por comprometerse en serio, que cualquiera que se le acerca se asusta a los pocos días.
–Es por mi mousse de chocolate, ¿verdad? – me comenta haciendo un mal chiste para ocultar el dolor-. Ya sé que bato demasiado las claras.
–O porque al cabo de media hora les pones un aro de cebolla en el dedo anular de la mano izquierda -le aclaro. Y los dos suspiramos decepcionados, pues no entendemos por qué no encuentra a nadie.
No es que sea un adonis, pero es mono: tipo Matthew Broderick. Es divertido, sensible, amable, considerado y, cuando se siente a gusto en compañía de alguien, hace gala de un sentido del humor de lo más mordaz.
Aunque nunca lo utilizaría contra sus amigos; al menos eso es lo que dice.
Tiene un cuerpo -trato de ser lo más objetiva posible- muy atractivo. Como él mismo dice, a pesar de odiar «el ambiente», se da cuenta de que tiene pocas posibilidades de encontrar a don Perfecto en un McDonald's, y si uno tiene que acudir a los bares, y algunas veces a los clubes, debe vestirse de la forma adecuada. Al parecer, las camisetas blancas sólo quedan bien si se tiene la piel bronceada.
Todas las nocheviejas hacemos un trato. Si ninguno de los dos está casado cuando cumplamos treinta y cinco años, nos casaremos. Hicimos el primer trato para los veinticinco, después para los treinta y, sin duda, cuando lleguemos a los treinta y cinco, lo pospondremos hasta los cuarenta.
Supongo que estoy un poco enamorada de él, platónicamente, aunque ha habido numerosas ocasiones en las que me hubiese gustado que fuera de otra manera. Pongámoslo así: mis promesas de Nochevieja son sinceras.
Tiene todo lo que busco en un hombre; sin contar su lado gay, por supuesto.
Sería un excelente marido y un buen padre. No tendría que mover ni un dedo en casa, él se ocuparía de la limpieza y me prepararía unas deliciosas cenas de gourmet todas las noches.
Si estuviésemos casados nos lo pasaríamos en grande. Pero sé que nunca se casará conmigo. Sé que me quiere más que a nadie en este mundo, pero también que cuando se acuesta y cierra los ojos sueña con Brad Pitt, algo a lo que nunca renunciará. Ni siquiera por mí.
Vuelve a sonar el teléfono. Mi número directo. Lo que quiere decir que es una de estas tres personas: mi madre, Simon o Josh. Me sorprende que este último también pueda llamarme tan a menudo; la verdad es que tampoco sé muy bien a qué se dedica, ya que el mundo del dinero y las finanzas siempre ha sido un misterio para mí.
Sé que trabaja para uno de los grandes bancos de la ciudad, que tiene a su cargo un equipo de diez personas y que consigue llegar todos los días a casa
a las siete en punto porque entra en la oficina a las seis de la mañana.
Aparte de eso, creo que se ocupa de algo relacionado con fusiones y adquisiciones o, como dicen los entendidos, FA. Sé que le va lo bastante bien para no tener que preocuparse por el dinero, y que seguramente el hecho de haber ido a un colegio privado, aunque fuera durante poco tiempo, le ha ayudado a alcanzar la posición que tiene ahora.
«Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar», dice siempre entre risas, cuando Simon y yo le tomamos el pelo por tener una vida tan acomodada a los treinta y dos años, cuando lo que le correspondería es estar trabajando como un loco. A pesar de que sigue sorprendiéndome su libertad en la oficina, también lo admiro, y sé que su familia es tan importante para él que nunca sacrificaría su vida por el dinero.
El teléfono sigue sonando y podría ser Josh, así que descuelgo y corro el riesgo.
–¿Qué quieres ahora, Simon?
–Decirte simplemente… -hace una pausa para conseguir un efecto dramático- ¡que me ha llamado don Guapísimo!
–¡Fantástico! ¿Cuándo va a venir a romperte el corazón? Esto…, quiero decir, ¿cuándo va a venir a cenar?
–¿Cómo sabes que esta vez no se trata de «él»?
–Lo siento, cariño, tienes razón. Podría serlo. Así que todavía no lo has invitado, ¿eh? Déjame adivinar, te va a llevar a cenar a un fabuloso y elegante restaurante mañana por la noche.
–Caliente, caliente… -continúa alegremente-. Voy a prepararle una fabulosa y elegante cena en casa.
–No tienes remedio.
–Ya lo sé -admite con una voz repleta de entusiasmo.
–No le hagas mousse de chocolate.
–Ya lo sé, ya lo sé. Además, he enterrado los aros de cebolla en el jardín.
Llego a casa a las siete, maldiciendo la falta de aparcamientos cerca del trabajo e imaginando lo bien que estaría trabajando por mi cuenta, sin tener que coger el maldito metro nunca más. A veces no me importa, incluso me gusta, pero otras, como esta tarde, en que no hay asientos, vas apretujada, todo el mundo está empapado por la lluvia y el vagón tiene un horrible olor a humedad, no lo soporto. Cojo una toalla del cuarto de baño, me quito la goma del pelo y empiezo a frotármelo con fuerza, poniendo los ojos en blanco cuando veo mi reflejo en el espejo. No debería haber nacido con este pelo. No es justo, es inhumano. Es una maraña encrespada que me rodea la cabeza como si fuese un halo y, ahora que me lo estoy dejando largo, se parece cada vez más al de los Jackson Five en un mal día. A comienzos de los setenta hubiera estado bien, pero ahora es ridículo.
Tengo un armarito lleno de productos para desrizar y alisar el pelo que Simon suele dejar «sin querer» cuando se va de casa, alegando que él no los necesita y que puedo quedármelos, pero no los uso. Alguna vez leo las etiquetas, pero siempre me olvido de ellos y salgo de casa con el pelo mojado, recogido en una coleta, que es la única forma de tener un aspecto medianamente decente en el trabajo.
Hubo un tiempo en que hacía algún esfuerzo. Me maquillaba, me hacía reflejos y flirteaba con desconocidos en los bares, pero, cuanto más envejezco, menos me interesa ir en ese plan. Creía en el amor, en la pasión, pero ahora sé que son cosas distintas; la pasión no es ni podrá ser nunca amor. De hecho, la gran pasión de mi vida fue alguien que ni siquiera me gustaba, aunque, por supuesto, entonces no lo sabía.
Tenía veinticuatro años cuando conocí a Martin. No era nada del otro mundo, al menos no cuando lo conocí en un curso de marketing en Luton.
Había ejecutivos de todo el país y pasamos cuatro días allí. Martin dirigía el curso.
Recuerdo que salió al estrado con uno de esos grandes portafolios que se usan para las presentaciones, con su rotulador azul eléctrico, y lo descarté mentalmente al considerar que era un aburrido hombre de marketing. Era de estatura media, de lo más normal y corriente, y llevaba ropa insulsa. En resumidas cuentas, del montón.
Pero, al final del día, pensé que era el hombre más increíble que había conocido nunca. Todos lo pensamos. Claro que, en ese momento, todavía no sabíamos cómo era en realidad. Eso vino más tarde, en el cóctel, cuando me eligió y vino a hablar conmigo. Me miró a los ojos, me dijo que yo tenía unas ideas muy interesantes y, de repente, los colores de la habitación me parecieron más brillantes, las líneas más definidas. Recuerdo que pensé que eso debía de ser lo que pasaba cuando una se enamoraba.
Después nos sentamos en un rincón con otras personas que habían pagado una fortuna para asistir a aquel curso, y Martin nos maravilló a todos con sus historias, su seguridad, su encanto. Me sentí especial; noté que había una gran conexión entre los dos, algo mágico que iría a más.
Los compañeros de mesa empezaron a irse poco a poco. «Mañana tengo que levantarme temprano», decían guiñándole el ojo a Martin, y éste se reía amablemente cada vez que se lo decían. Al final nos quedamos solos, se volvió hacia mí y me quitó la goma del pelo, algo que suele doler bastante; en silencio, hice una ligera mueca de dolor, ya que se suponía que había sido un gesto romántico.
–Tienes un pelo muy bonito -dijo, y me ruboricé mientras buscaba una respuesta.
–Es una maraña -acabé confesando, arrepintiéndome al instante de haber echado a perder el momento.
–Qué va -murmuró-, es encantador. ¿Quieres subir a tomar una copa? Aquí hay mucho ruido, ¿no crees? Tengo un whisky estupendo.
Por supuesto, sabía que eso quería decir sexo, pero de alguna manera estaba como hipnotizada por él, por el hecho de que el hombre con el que todos los asistentes al curso querían hablar me estuviera prestando atención a mí sola, y lo seguí dócilmente.
Pasamos tres noches juntos. Durante las charlas me sentaba en primera fila y sentía una especie de cálido resplandor cada vez que me miraba, sin que me importasen los rumores que ya habían empezado a correr. Sólo me preocupaba que él me mirara cuando yo terminaba de contar hasta doce porque eso significaba que se iba a enamorar de mí. Era lo bastante inocente para creer que ya estaba enamorado.
Me gusta pensar que, si lo hubiese conocido con la sabiduría y el cinismo de mis actuales treinta y dos años, en vez del romanticismo y los sueños de los veinticuatro, dos cosas habrían sido diferentes: En primer lugar, no me habría acostado con él tan deprisa, porque ahora sé que esos profesores normalmente buscan a alguien tal y como yo era entonces: una jovencita tímida, poco agraciada, que se siente adulada e impresionada por su falso encanto y por sus atenciones.
En segundo lugar, cuando la relación continuó después de los cuatro días de cursillo, habría sabido que las ocasiones en las que me decía que no podía verme porque estaba trabajando, las noches en las que salía corriendo de la cama después de hacer el amor o el hecho de que no me hubiese dado su número de teléfono sino el de su busca, sólo querían decir una cosa…
Por supuesto, habría adivinado que estaba casado. Pero a veces sólo se ve lo que se quiere ver y sólo se oye lo que se quiere oír. Yo entonces era muy inexperta. Me sentía tan halagada, tan arrastrada por cualquiera que me dijera que era hermosa, que no me paré a pensar.
Simon lo sabía, aunque no dijo nada. Una vez trató de sacar el tema, me preguntó si se me había ocurrido pensar que pudiese estar casado, y me enfadé tanto que no volvió a mencionar el asunto. Hasta que lo descubrí.
–Te lo dije -comentó Simon con desdén.
–Odio a la gente que dice «te lo dije».
–Lo sé, lo siento, pero te lo dije.
Y así siguió la historia.
El «cuelgue Martin» (expresión de Simon, no mía) duró dos años. Que casi acabaron conmigo. Dos años que hicieron añicos mis sueños sobre el romanticismo y el amor eterno, que me enseñaron a no mostrar nunca mis sentimientos por miedo a que me hicieran daño.
De hecho, la única cosa buena que saqué de toda aquella historia fue que perdí peso. Incluso después de que me confesara que estaba casado, seguí creyendo que quería a su mujer pero que no estaba enamorado de ella. Creía que ella había aceptado de buena gana su deseo de dormir en la habitación de los invitados y que no habían hecho el amor en dos años. Creía que la única razón por la que seguía allí eran sus hijos, pero que, en cuanto empezaran a ir al colegio, se iría.
Creí todo lo que me decía hasta que me enteré de que su mujer estaba embarazada. No me preguntéis cómo lo descubrí, es una larga y complicada historia, pero lo hice, y Martin lo negó hasta que se dio cuenta de que ya no me tragaba sus mentiras y de que habíamos terminado.
Así que, como iba diciendo, perdí peso. No podía comer. Literalmente. No pude comer durante varias semanas.
–Comienzas a parecer un chupa-chups -me decía Simon-. Con todo ese pelo y ese cuerpecito que parece un palo… Cómete esto -me rogaba ofreciéndome un pastel casero de coco con chocolate, o una tarta de melaza,
o un pastel de salmón-. Estamos empezando a preocuparnos.
Josh y Lucy me invitaban a cenar e intercambiaban miradas inquietas cuando suspiraba y jugueteaba con la comida con el tenedor; creían que no lo notaba.
Finalmente, Simon me arrastró hasta Bond Street.
–Tenemos que aprovechar que ahora no tienes caderas -susurró metiéndome en Ralph Lauren.
–No me pondré eso nunca -le dije entre dientes, aunque tengo que admitir que, si fuera una fanática de la ropa y tuviera recursos ilimitados, seguramente me lo habría comprado.
Al final, para horror de Simon, nos decidimos por Fenwick y me compré un par de pantalones de la talla 38 y un jersey ajustado, para que se quedara tranquilo, aunque la verdad es que me encantó no tener que comprar la talla 44 por primera vez en muchos años.
–Eres una mujer -me decía enfadado, y movía la cabeza con sorpresa-.
Tienes que entender que ir de compras es una terapia.
Llevé aquellos pantalones una temporada, hasta que volví a sentirme bien, recuperé mi talla y se los regalé a mi secretaria. Desde entonces no he vuelto a liarme en serio con nadie.
He tenido algún que otro rollete, pero todos los tíos acababan pareciéndome demasiado bajos o demasiado altos; demasiado guapos o no lo bastante guapos; demasiado jóvenes, demasiado viejos; demasiado ricos, demasiado pobres… Para ser sincera, últimamente prefiero un buen libro.
–¿Y Brad? – me preguntó un día Simon.
–¿Qué Brad?
Estábamos sentados en una cafetería de West Hampstead, con Josh y Lucy, y una montaña de periódicos dominicales. Una especie de tradición: a la una en Dominique's, todos los domingos, para tomar café, cruasanes, huevos revueltos y leer los periódicos.
Estábamos absortos. Yo leía el News Review del Sunday Times, Josh tenía el suplemento de economía, Lucy el Style y Simon el dominical.
–¿Qué Brad? ¿Qué Brad? – repitió indignado-. Sólo hay un Brad: ¡Brad Pitt! – exclamó finalmente, enseñándonos una foto en la que se le veía saliendo de un restaurante.
–¿Qué te parece? – preguntó Lucy.
–¿Qué me parece para Cath?
–Sí, claro -respondí como si estuviera hablando con un niño-. Porque Brad Pitt dejará a Jennifer Aniston para irse con una chica bajita, sencilla, castaña…
–Eres casi rubia -me interrumpió Simon-. Y a él le gustan las rubias.
Acuérdate de Gwynnie.
Josh dejó el periódico y lo miró sacudiendo la cabeza.
–¿De qué coño estás hablando? ¿De qué va todo esto? ¿Os habéis vuelto locos o qué?
–No, sólo quería demostraros que Cath encuentra defectos a todos los hombres que se le acercan. Brad es perfecto, pero seguro que le encuentra alguna cosilla, ¿verdad?
–Por supuesto -respondí mirando la foto antes de decir con total seriedad-: Tiene el pelo demasiado graso.
Josh y Lucy se dieron por vencidos y dejaron de presentarme gente: los
hombres no parecían algo prioritario después de Martin.
No es que me hiciera gracia pasar el resto de mi vida sola, pero tenía a Simon, a Josh y a Lucy.
Mierda, Simon llegará dentro de quince minutos y la casa parece un basurero. Como os imaginaréis, la casa de Simon, a pesar de encontrarse en la zona más insalubre de Kilburn, está siempre como los chorros del oro.
No es especialmente elegante, lo reconozco, pero es por culpa de su trabajo; su horario es tan irregular que no le deja tiempo para recrear las habitaciones que ve en la revista Wallpaper y con las que se le cae la baba.
La mía, por el contrario, es un desastre. El piso está en un gran edificio y, aunque es espacioso y agradable, la decoración de interiores nunca ha sido lo mío, nunca me ha preocupado lo más mínimo que la mayoría de los muebles hayan pertenecido antes a parientes o amigos bienintencionados.
Sin embargo, a Simon le molesta. Siempre que viene a casa se sienta en el sofá, empieza a ponerse nervioso y acaba ordenándolo todo.
Saca los libros de las estanterías y los coloca bien apilados en la mesita de centro, junto a los tazones que encuentre desordenados por la casa.
Ahueca los cojines y busca en el armario ropero pañuelos viejos para ponerlos encima de los muebles. Simon es firme partidario de cubrir los muebles, aunque diga que lo odia y que son sólo medidas desesperadas para ocultar los trastos más horribles. Recoge las tazas cubiertas de moho echándome miradas asesinas, las lleva a la cocina y las mete en el fregadero con agua caliente y jabón.
A veces incluso coge la aspiradora y la pasa por todo el piso, a pesar de que, según su propia confesión, pasar la aspiradora no es su tarea favorita.
Sin embargo, si le das unos guantes de goma y un bote de detergente, parece un niño con zapatos nuevos.
Así que me pongo a dar vueltas por el cuarto de estar recogiendo periódicos, vídeos y libros, y los apilo haciendo equilibrios detrás del sofá, para que Simon no pueda verlos. Al dejar las tazas en el fregadero me acuerdo de la cama y corro a estirar el edredón.
«Sólo los muy guarros no hacen la cama», me dijo una vez, y desde entonces procuro acordarme. Al menos cuando viene él.
A las siete y media en punto suena el timbre. No he tenido tiempo de darme un baño y corro hacia la puerta metiéndome una chaqueta de color crema por la cabeza porque no me apetece desabrochar los botones.
–¿Es cierto lo que ven mis ojos? ¿Color… crema? ¡Qué atrevida! ¿Qué ha pasado con el negro riguroso? No te he visto llevar nada de otro color en muchos años.
–No es de colorines… -le gruño-, es crema y punto. ¿Te importaría pasar y ver lo ordenada que me he vuelto?
Echa un vistazo por el cuarto de estar y se va directo a la parte trasera del sofá. La parte que supuestamente estaba fuera de su vista. Le da un toquecito con el pie y todo se desparrama por el suelo.
–Cath, cielo, ¿creías que me iba a fallar el instinto? O crees que soy tonto…
–Vale, vale. Lo siento. Pero no me negarás que no está nada mal.
–No. Aunque con reservas, tengo que admitir que no lo está. – Mira su reloj-. Josh ha dicho que a menos cuarto, ¿vamos dando un paseo?
Asiento con la cabeza, cojo el abrigo y noto que Simon me está mirando.
–Cariño, deberías hacer un esfuerzo. Ponte un poco de maquillaje en esta hermosa tarde de primavera. ¿Y si aparece el hombre perfecto?
–No lo necesito -contesto cerrando la puerta y tomándole cariñosamente del