Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 31 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

–Pero… es que jamás habíamos estado en una situación como ésta -se excusa Simon-. Estoy de acuerdo en que lo que hicimos fue una equivocación y no volveremos a comportarnos así nunca más. Si algún día tenemos un problema, te juro que lo hablaremos.

–¿Te refieres a cuando creáis que me ha entrado de nuevo la golfería? –

pregunta, aunque percibo que su voz no tiene ninguna dureza y que nos ha perdonado.

Antes de que Simon pueda contestar, se abre la puerta del estudio y aparece Max con los ojos brillantes y muy abiertos; ya se ha olvidado de la guerra entre Pokémon y Furby.

–Papá, ¿puedo ir a la feria yo también? – le suplica sentándose en sus rodillas-. ¿Podré comerme una manzana de caramelo y tomar algodón de azúcar?

Los tres nos echamos a reír. Creo que es la primera vez que siento ganas de besar a Max.

¼

treinta y uno

–¡No…! ¿SEXO? – grita Simon cuando finalmente se lo confieso.

Había conseguido ocultárselo, pero ahora decido que tengo que darle algo para cuando vuelva de Tenerife. ¿Y qué mejor que un buen cotilleo?

–Sí -confieso de mala gana después de unos cuantos suspiros-. Lo hicimos.

¡Follamos!

Simon chilla al otro lado del teléfono y los dos nos echamos a reír.

–Y lo que es más -añado con regocijo-, tenías razón en lo de que era como montar en bicicleta… ¡Fue fantástico!

–¡Zorra! ¡Guarra! No puedo creer que hayas esperado una semana para decírmelo. Lo sabía. Te notaba diferente. ¿Cómo te sientes?

–Sorprendida.

–¿Pasaste todo el fin de semana con él?

–Sí.

–¿Y cuántas veces lo has visto desde entonces?

–Casi todas las noches -musito con timidez.

–¡Santo cielo! – Esta vez grita tan fuerte que casi me revienta los tímpanos.

Después recobra el tono normal-. Ahora no hagas lo que haces siempre. No te precipites y busques el gran amor de tu vida. Despacio, tómatelo con calma.

–¡Vete al cuerno! – le suelto, porque eso es lo que siempre le aconsejo yo a él.

–Dame detalles. Quiero saberlo todo, con pelos y señales. ¡Oh, no! Mierda, tengo que irme.

–¡Ya lo sé! – digo riéndome como una loca-. Por eso no te lo he dicho hasta ahora. Me temo que tendrás que esperar hasta que vuelvas de Tenerife. ¡Que lo pases bien! Hasta pronto…

–¡CATH! – exclama-. ¡Ni te atrevas! ¡Dios mío! Voy a tener que esperar

una semana… Dime sólo una cosa, ¿cuándo vas a volver a verlo?

–El miércoles por la noche. Vamos al teatro.

–¿Al teatro? – repite con voz incrédula-. La cosa parece ir en serio.

–¡Vas a perder el avión! Te echaré de menos… ¿Te vas a cuidar?

–Sí, sí… No seas pesada.

–Te lo digo en serio. Cuídate. Te veo el próximo fin de semana. No te olvides de que el sábado vamos a casa de Lucy.

–Ya, ya… -Me envía un beso telefónico-. Yo también te quiero mucho.

Para ser una persona que ha estado levantando barreras alrededor de su intimidad, creo que no lo estoy haciendo del todo mal.

Lo más extraño es que ya no tengo miedo. Me siento segura. Hasta puedo afirmar que me resulta fácil.

Tan fácil… A pesar de que hayan transcurrido años, recuerdo bien a los hombres que no me llamaron, a los que me llamaron diez minutos antes para cancelar una cita, a los que dijeron que llamarían pero nunca lo hicieron…

Puede que ahora sea diferente, porque conozco a James desde hace un tiempo o porque es más íntegro que cualquiera de los hombres que he conocido (y eso es mucho decir tratándose de un agente inmobiliario).

Siempre cumple sus promesas.

Cuando dice que me llamará, lo hace. Si asegura que pasará a recogerme a las siete y media, aparece en la puerta a las siete y veintinueve. No bromea, y con él siempre sé el terreno que piso.

Estoy segura de que podría acostumbrarme a él.

Por primera vez en mi vida entiendo de qué están hechas las parejas estables. No es que antes no lo supiera, sino que nunca lo había experimentado. Desde que conozco a James, sé lo que las hace funcionar.

Nos llevamos muy bien. En su compañía me siento relajada por completo.

No juega conmigo, no hace que me sienta insegura; nunca había estado tan a gusto con nadie, excepto con Simon, Josh y Lucy.

Sé que no llevamos mucho tiempo, pero cuando se está con alguien toda la noche casi todos los días es increíble lo rápido que avanza la relación.

Mi miedo a abrirme del todo también parece haber desaparecido. De hecho, desde la mañana siguiente a la primera noche que pasamos juntos no he sentido ningún temor. Al fin y al cabo, supongo que no había ninguna razón para tener miedo.

Me llama todos los días a la librería al menos un par de veces y, como ya he dicho, pasamos juntos todas las noches. Sé que es un poco pronto para decirlo, pero parece que nos estamos acostumbrando a este ritmo de vida.

Lucy está como unas pascuas; se puso como loca cuando se lo dije y ahora tengo muchas ganas de que vuelva Simon para poder contárselo todo.

He de decir que normalmente no iría en coche a buscar a nadie al aeropuerto de Heathrow, ni siquiera a Simon; pero, en fin, unos días antes de irse apareció por casa y, como quien no quiere la cosa, apuntó en un papelito la fecha y la hora de llegada de su vuelo. En aquel momento no pensé en ir a buscarlo. Pero bueno, eso fue antes de mi gran aventura con James.

Así que aquí estoy, el vuelo viene con retraso, hay cientos de personas pululando a mi alrededor y es demasiado temprano para que yo esté haciendo esto.

Me pido un café y compro el periódico. Cuando acabo de leerlo, me fijo en que el avión ya ha aterrizado y corro hacia la zona de llegadas para sorprender a Simon.

Es casi el primero en salir, algo que no me choca en absoluto; hace tan bien el equipaje que siempre consigue viajar con una bolsa de mano. Me abro camino hasta la primera fila para que pueda verme.

Comparte el carrito con otro chico, más o menos de su edad, y los dos hablan animadamente y se ríen mientras caminan. No se percatan de mi presencia hasta que estoy casi delante de ellos.

–¡Cath! – Me abraza y me levanta del suelo, lo cual es toda una hazaña, y cuando me vuelve a depositar en tierra, veo su sonrisa de oreja a oreja-. ¡No puedo creer que hayas venido! Íbamos a coger el tren hasta Paddington.

Gracias por ser tan amable…

–No soy tan amable -digo dándole un golpe. Finge que le he hecho daño.

–Cath, éste es Paul -nos presenta, apartándose un poco para que pueda estudiarlo bien. Al sonreír se le forman unos simpáticos hoyitos en las mejillas y me estrecha la mano calurosamente.

–Supongo que no te creerás que Simon me ha hablado mucho de ti, y que todo lo que me ha dicho es bueno -comenta sonriendo.

–Lo estabas haciendo muy bien hasta la última parte -afirmo pensando en lo atractivo que es y preguntándome cómo se habrán conocido.

–Paul estaba en el apartamento de al lado -me explica Simon, que parece haberme leído el pensamiento-. Nos conocimos el primer día.

–Y no nos hemos separado desde entonces -añade Paul pellizcándole en el brazo y mirándolo con cariño.

Simon me clava la mirada, se encoge de hombros y me guiña un ojo, y debo

contenerme para no cogerlo y ponerme a bailar con él en medio del vestíbulo por lo feliz que me siento y por lo orgu-llosa que estoy de mi amigo.

Tiene un aspecto estupendo. No es que esperara menos de él. Está moreno, sano, radiante, pero sé que, aunque haya disfrutado de un sol espléndido en pleno mes de diciembre, no es sólo el sol, el mar y la arena lo que le han dado ese brillo.

Me agarro al carrito y salimos hacia el aparcamiento dejando a Paul a cargo de las bolsas porque Simon ha insistido en acompañarme a pagar.

–Bueno, ¿qué opinas? – me susurra nada más alejarnos de él-. ¿A que es guapo?

–¿Guapo? – repito riéndome-. Esperaba que volvieses fantástico y bronceado, pero no con un tío bueno del brazo.

–Yo tampoco, cariño. – Lo miro picaramente mientras introduzco las monedas en la máquina-. Te lo juro. Sabes que no quería… ¡Pero así es la vida! Para una vez que no voy a buscar pareja me encuentro con alguien encantador.

–¿He oído la palabra «pareja»? ¿Acaso ha llegado el momento de los anillos de cebolla? – pregunto volviéndome hacia él.

–¡No! – contesta riéndose-. No es una relación formal, pero lo hemos pasado muy bien. Es dulce, inteligente y divertido, y por primera vez en muchos años no me he enamorado con locura.

–Ya, seguro.

–Te lo digo en serio, Cath. Él ha sido el que ha estado todo el tiempo persiguiéndome. Por cierto, hablando de perseguir… Sigues follando, ¿no?

Se te nota en la cara.

–No cambies de tema, ¿he oído bien? ¿Tú haciéndote de rogar? Venga ya, que te conozco.

Pero su expresión sigue siendo muy seria.

–Te lo prometo. Estuve diciéndole todo el tiempo que no me interesaba, pero no me hizo ni caso.

–¿Sabe que…? – Corto la frase porque no estoy muy segura de si debería nacerle esta pregunta.

–De eso se trata. Yo no hacía nada más que decirle que no y él no paraba de preguntarme que por qué no. Al final se lo conté y me dio mucho miedo porque, a pesar de que le decía que no, me gustaba y pensé que no querría saber nada de mí al enterarse.

–¿Y?

–Me equivoqué. Lo entiende muy bien. Me dijo que se lo había imaginado.

–¿Y?

–Pues que, por fortuna, había llevado condones -dice empujándome con cariño.

–¡No eran necesarios tantos detalles, señor Gray! – digo alzando una mano y poniendo voz de profesora-. Vamos, o pensará que nos hemos largado.

Regresamos y lo encontramos sonriendo.

–Ya te hemos hecho el examen -le anuncia Simon mientras vamos hacia el coche-. Y lo has pasado con buena nota.

–No recuerdo haber dicho eso… -digo fingiendo que estoy enfadada.

–Ni falta que hacía -afirma triunfalmente, y Paul me mira como diciendo,

¿qué le vamos a hacer?

–¿Qué tal va el gran idilio?

Es sábado y Simon acaba de recogerme para ir a casa de Lucy.

–Mmm… Bien -contesta con franqueza.

–¿Bien? ¿Qué quiere decir «bien»?

–Quiere decir que bien.

–Vale -suspiro con la impresión de que estoy intentando sacarle la información con sacacorchos- Vamos a hacerlo más sencillo. ¿Todavía lo ves?

–Sí.

–¿Todavía le gustas?

–Sí.

–¿Todavía te gusta?

–Sí.

Contengo la respiración y le pregunto rápidamente (aunque ya sé la respuesta):

–¿Quieres decir que éste es el definitivo?

–No seas ridicula Cath, casi no lo conozco.

Me deja desconcertada, ¿qué puedo decir? ¡Es Simon! ¡El que siempre, siempre se enamora a los cinco minutos!