Lios, libros y mas lios
¼
me he dado pintalabios.
Tras sonreír ante mi imagen, y a falta de maquillaje y brocha, he hecho lo que recuerdo que hacían las chicas en el colegio cuando tenían once años y eran demasiado niñas para maquillarse, pero estaban desesperadas por parecer mayores e impresionar. Me he pellizcado las mejillas hasta que se han puesto de color rojo y me he chupado los dedos para pasarlos por las pestañas e intentar curvarlas. No es que hayan quedado muy bien, pero, desde luego, se nota la diferencia.
Para cuando cojo el abrigo y salgo por la puerta, ya llevo cinco minutos de retraso, pero no me importa. Estoy más guapa que nunca en estos últimos diez años, y eso, para ser sincera, es la única cosa que me importa.
¼
dieciséis
–Cath, ¡estás fantástica! – exclama Portia en la puerta de su apartamento.
Me besa en las mejillas y me invita a entrar, por un amplio y ventilado pasillo, a un enorme cuarto de estar con grandes ventanas que dan a unos jardines de Sutherland Avenue.
Hay velas encendidas aquí y allá y huele a naranja y canela. Sobre la mesita de cristal, junto a un jarrón con lirios blancos, hay una botella de champán abierta y dos copas.
Todo es de colores claros y parece muy caro. Los sofás son tan blancos que casi me da apuro sentarme, no vaya a ser que me baje de golpe la regla, cosa que por supuesto sólo ocurre cuando te sientas en un sofá
inmaculadamente blanco que, encima, no es tuyo.
Es justo el tipo de sitio en el que esperaba encontrarla, el tipo de apartamento que sólo se ve en las revistas de decoración y en el que jamás en mi vida había estado.
Me sirve una copa y se sienta con elegancia a mi lado en el sofá. Su estrecha falda, que le llega hasta las rodillas, muestra lo largas que son sus piernas; lleva unas sandalias de cordones largos.
Da la impresión de ser rica, de no tener ninguna preocupación en la vida. A pesar de que llevo los pantalones de franela gris, el jersey de cachemira rosa y unos brillantes rizos que descansan con elegancia sobre mis hombros, me siento más anticuada y menos agraciada que esta mañana.
Su belleza parece totalmente «natural». De cerca, su cara revela que lleva maquillaje, y mucho además, pero a menos que se esté a un palmo de distancia, ni se nota; como si acabara de levantarse, se hubiese cepillado el pelo, un poco de carmín en los labios…, y ya está.
Todo su aspecto: la falda de tubo, el ceñido top de complicados brocados con lazos y estrechas cintas de terciopelo, las sandalias de tacón alto sujetas al tobillo con tiras de cuero, huele a Vogue. Supercaro es quedarse corto.
–¡Salud! – brinda acercando su copa a la mía. Sonríe, bebe un poco, suspira y se reclina como si estuviera protagonizando una película o, al menos, un anuncio de televisión.
–Tienes un apartamento precioso. Es enorme y los techos son altísimos.
–Ya, la primera vez que lo vi era de día y el sol entraba a raudales por todas las ventanas. En cuanto entré en este salón me enamoré de su amplitud.
¿Quieres verlo todo?
Asiento con la cabeza y me lleva a la cocina, al comedor, me señala la terraza que hay en la parte de atrás y me muestra el dormitorio. Todo es
increíblemente hermoso. En la última puerta, duda y sonríe antes de abrirla.
–Ésta soy yo de verdad. Es la habitación que no enseño a nadie porque está muy desordenada. Bueno, vamos allá. ¡Ta, ta, ta, chan!… Mi estudio.
No me extraña que tenga el apartamento inmaculado. Toda la basura, los papeles y libros están aquí. Las paredes están llenas de estanterías y cada centímetro disponible está abarrotado. Una mesa enorme ocupa uno de los lados de la habitación y, en ella, montones de papeles, cartas y guiones amenazan con caerse a ambos lados de un ordenador último modelo.
–Ésta es mi verdadera casa -confiesa sonriendo-. Es la única habitación en la que me siento cómoda.
No me sorprende en absoluto, porque el resto parece un museo. Se deja caer en un sofá azul marino con cojines aplastados.
–Aquí lo reviso todo. Es mi lugar preferido.
Por un segundo alcanzo a ver a la verdadera Portia antes de que se acuerde de que tiene que representar su papel, antes de que vuelva a convertirse en la sofisticada adulta que es hoy en día. Siempre había tenido un toque de esnobismo, está claro, pero en la universidad se le notaba menos. Todos sabíamos que era de buena familia, pero hacíamos como si no lo supiésemos.
Ahora lo utiliza como escudo y pienso que, si yo estuviese en su pellejo, si me hubiese fabricado una armadura de sofisticación con la que presentarme al mundo, también me pondría en contacto con amigos a los que llevo diez años sin ver, porque seguramente serían los únicos con los que podría bajar la guardia.
Volvemos al cuarto de estar. Le pregunto si se siente a gusto desempeñando ese papel y por un momento parece dolida, pero rápidamente recobra la compostura y deja escapar una risita.
–Es el papel que estaba destinada a representar. Podía haber sido mucho peor. Más vale ser una chica soltera de ciudad que una esposa de campo, encerrada en una mansión que se desmorona en medio de la nada, con hijos, perros labrador y caballos como única compañía. De todas formas -dice mirándome de cerca-, ¿qué papel crees que estoy desempeñando?
–Lo siento, no pretendía ofenderte. Lo que pasa es que todo a tu alrededor es tan perfecto, tan brillante… No conozco a nadie que viva así. Me refiero a que, si yo viviese en un sitio así, los sofás estarían grises y nada haría juego, habría platos sucios por toda la cocina…; creo que vivir así debe de costar un gran trabajo.
–No tanto, acabas acostumbrándote; y supongo que eso es lo que se esperaba de mí.
–¿Qué quieres decir?
–Cada vez que alguien escribe algo sobre la nueva generación de supermujeres solteras me encuentro la primera de la lista y siempre quieren fotografiarme, ver lo que tengo en el frigorífico y, la verdad, no quiero defraudar.
–Vaya, ¿y qué es lo que tiene una supermujer en el frigorífico?
–¡Sírvete tú misma! – contesta riéndose; me levanto y lo abro.
–¡Portia!, a Lucy le daría un ataque si viera esto.
Porque no hay nada ni remotamente comestible. Hay dos estantes dedicados al champán y al vino blanco, otro al agua, con y sin gas, y algunas latas al fondo. Al examinarlas mejor descubro que son… Sorpresa, sorpresa, ¡de caviar!
–¿Qué comes? – pregunto, y vuelvo al salón balanceando la cabeza, asombrada.
–Casi siempre como fuera y, de vez en cuando, compro algo de camino a casa.
–¿Y si das una fiesta? Porque, por el tamaño de la mesa del comedor, debes de darlas con frecuencia…
–Querida -dice con expresión de burla-, ¿para qué crees que se inventaron las empresas de catering?
Me echo a reír y entonces se me ocurre una nueva pregunta.
–Ya veo por qué te consideran una supermujer soltera… A todo esto, ¿por qué lo estás?
–¿Por qué estoy qué?
–¿Por qué estás soltera? No lo entiendo.
¿Está un poco cortada o son imaginaciones mías?
–Todavía no he encontrado a la persona adecuada -contesta con toda tranquilidad, pero no la creo.
Típico de ella. Seguramente esconde alguna terrible historia de amor y desengaño que haría que mi escarceo con Martin pareciera un juego de niños; pero cuando no quiere hablar de algo, desconecta.
Sirve más champán, se recuesta, me mira por encima del borde de su copa y, antes de que tenga oportunidad de seguir con el interrogatorio, cambia hábilmente de tema.
–¿Qué tal os ha ido estos últimos años a vosotros? – pregunta, y continúa sin esperar respuesta-. Simon y tú me contasteis algo el otro día en la librería, pero… ¿Qué tal Josh? ¿Es feliz? Tengo que confesar que Lucy parece… parece encantadora. Quizá Lucy no es como yo esperaba, pero parece que su relación funciona… ¿Es así?