Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 10 de 47

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Nos mienten

9. La piscina

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La piscina

El cuerpo de Ernesto es una combinación perfecta de esqueleto, músculo y grasa. Nora está acostumbrada a ver a hombres con figuras muy cuidadas; el gimnasio de los polizos está lleno de gente que hace de su cuerpo una obsesión, incluso mucho más allá de los requerimientos del contrato que todos han firmado con la familia Ramoneda. Ernesto parece una antigua escultura puesta en movimiento.

Está a solas con él en la piscina olímpica del complejo deportivo de los Ramoneda, en la sierra de Madrid, mirándolo bracear por la calle central apenas salpicando agua. Son más de las tres de la mañana. Nora siente los párpados pesados. De no ser por los estimulantes, seguramente se habría quedado dormida en la grada.

Respira con fuerza. Huele a mar, al agua salada donde nada Ernesto.

También al aroma de la sierra que se cuela desde el exterior aportando matices de hielo de los neveros y algunas pizcas de aroma nocturno a romero y tomillo.

Por no aburrirse más, hace un chequeo rutinario de los sistemas de seguridad del complejo. Hay varias nubes de minidrones flotando en la oscuridad; una docena de guardias patrullando en los alrededores y miles de sensores de todo tipo atentos a cualquier señal de intrusión: misiles, balas, insectos mecánicos, ondas de presión, radiaciones ionizantes dirigidas, láseres y cien modos más de matar a distancia. Todo parece normal, activo y sin un solo atisbo de problemas.

Se sienta en la grada y, aburrida, empieza a tomarle tiempos al Ramoneda heredero. Al rato comprueba que tiene marcas casi olímpicas y que van mejorando con cada tanda de largos. Aquel hombre es un atleta de élite, podría ir a las olimpiadas si no fuera porque las guerras corporativas las han convertido en un lugar ideal para dejarse matar.

Ernesto sale del agua y comienza a secarse con un chorro de aire. Nora recibe una comunicación por la consola.

—Nora, ¿puede acercarse, por favor?

—Enseguida, señor Ramoneda.

Nora baja de la grada mirando hacia el fondo transparente de la piscina.

Los focos iluminan la ladera empinada y llena de rocas sobre la que cuelga.

En un carísimo alarde de ingeniería, ha sido construida por completo en voladizo; cincuenta metros de largo y veinticinco de ancho, más de dos mil quinientas toneladas de agua suspendidas en el aire por una cuba cuyo fondo y paredes están hechos con un plástico transparente de alta tecnología. Dicen que la sensación de nadar allí sobre todo de día, cuando la luz del sol incide en el agua y la vuelve diáfana, es algo maravilloso, como volar o flotar en el espacio.

Ni Nora ni nadie de su clase social podía aspirar a ver la piscina más que así, en horas de trabajo y de lejos. Aquel complejo megalítico era de uso exclusivo de la familia y allegados.

Ernesto está ya seco cuando llega a su lado.

—Nora, voy a comer algo, ¿me acompañará?

—Soy su escolta, estaré a su lado mientras no termine mi turno.

—Gracias, no me gusta comer solo.

El Ramoneda sonríe. Una vez más Nora no consigue adivinar por qué.

¿Superioridad abusiva, una invitación lasciva o una forma de desprecio?

No. Esa expresión entra en una categoría de la que Nora solo ha visto un ejemplo: el del propio Ernesto. No le desagrada, tampoco le atrae. Hay algo distante en sus ojos, una apreciación remota, como la que tendría el objetivo de una cámara de vídeo o un ojo de cristal, que le quita todo su atractivo.

Él se dirige hacia el vestuario y ella espera fuera. En unos minutos sale vestido con un pantalón sencillo y una camisa. Ernesto le indica el camino y, en un sutil baile de gestos, la obliga a caminar a su lado, ni detrás ni delante, como ella se sentiría cómoda.

—Me gusta venir aquí cuando no hay nadie. A pesar de que es un claro exceso exhibicionista, esta es la única obra de mi padre a la que le encuentro valor artístico.

—De arte no entiendo nada. Creo recordar que en el colegio alguna vez llegamos a pintar con ceras o algo así.

—El verdadero arte es evidente. —Hace un gesto como para abarcar el inmenso voladizo—. Si no fuera así, no tendría sentido. Es lo maravilloso de la arquitectura, no se puede ocultar, ni hacerse incomprensible; no tendría función alguna y, por tanto, dejaría de ser arquitectura.

Nora no sabe de qué está hablando y asiente en silencio. Ernesto la precede a un ascensor que les transporta a lo que parece una vivienda situada en la parte de arriba del edificio, una mole de cemento reforzado que crece sobre la cima del risco de los Claveles.

Como pasaba en el ático del edificio corporativo, la vivienda es un espacio diáfano cerrado por paredes de cristal. Hay algunas columnas de cemento en la parte central, rodeando la estructura del ascensor; varios baños y una cocina que parece una clínica ultramoderna, todo cromados y con luces cenitales.

Los grandes ventanales se abren, por un lado, a las montañas y las enormes fincas de los millonarios, y, por el otro, al inmenso lago luminoso en que se convierte la ciudad y sus alrededores por la noche.

Nora mira el sofá, la tarima de madera oscura, los cojines sobre las alfombras y piensa que es el picadero ideal para el padre, para el hijo o para los dos. Una vez más sabe que debería estar alerta, pero no lo cree necesario. No encuentra nada sexualmente activo en Ernesto a pesar de su indudable perfección física, o quizá debido a ella. Pese a Domingo, pese a los problemas que eso le pudiera provocar, casi lo lamenta.

—Aquí está la cena.

Sobre la mesa, servida en fuentes térmicas, los espera una sopa especiada y algo de carne en salsa. Se sientan uno enfrente del otro. Son cerca de las cuatro de la mañana. A Nora se le despierta el hambre en cuanto Ernesto destapa las fuentes y el olor de la comida le llega a la nariz.

Ernesto sirve dos copas de vino y empieza a comer. Durante un instante ella valora si retirarse a un rincón a cumplir el papel que le han enseñado en la academia, proteger sin ser evidente, convertirse en un accesorio más de la decoración hasta que los protegidos olvidan que es un ser sintiente y no una máquina entrenada para defenderlos.

Los olores la asaltan como redobles de un tambor enorme que repercuten en el pecho, intensos y claros, como suele sucederle cuando la regla está a punto de manifestarse. El vino que Ernesto acaba de decantar emite un aroma nada delicado, huele a madera, a fruta, a especias. La sopa es un compendio de cúrcuma, de pimienta y albahaca. La salsa de la carne retiene aromas de trufa, de queso fresco y cebolla.

Hay algo más, una leve nota de fondo, un olor diferente, suave y con un toque intenso, ancho e implacable como el abrazo de una avalancha. Debe de ser él.

Prueba la sopa. Ernesto hace lo mismo.

—Está muy buena.

—La prepara el cocinero de la familia. La receta es muy sencilla, lo que sucede es que las verduras son especiales, semillas elegidas y criadas en los jardines hidropónicos de la familia.

Toda la agricultura es ya así, sin sustrato. No obstante, la diferencia entre esas verduras y las que ella puede comprar en el súper es la misma que separa sus clases sociales.

Nora levanta la cabeza del plato de sopa vacío y bebe de la copa. Es como si un ser vivo, mimoso y juguetón, se licuara en su garganta. Mira a su protegido, que come muy despacio, saboreando cada cucharada. Hace un gesto con la mano abarcando todo lo que les rodea antes de preguntar.

—¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

—Esa respuesta puede ser muy corta o muy larga.

—Por favor.

—La versión corta: porque podemos. Este edificio y los otros de mi familia son manifestaciones de poder. Se puede, se hace, aunque sea absurdo. El poder es algo muy frágil. Somos poderosos porque hay gente como tú que lo cree. En realidad no somos especiales. Es un juego de espejos, un recurso de trileros, una fantasía de efectos especiales. Al poder hay que cuidarlo y alimentarlo con ficciones lo más convincentes posible.

Si ahora mismo una bomba reventase este complejo tan maravilloso, la posición que tiene mi familia se vería resentida. Serían otros los que dirían:

«Porque podemos». De ahí que la vida de mi padre esté cargada de amargura. Su posición es frágil y está continuamente amenazada. Yo no quiero heredar eso.

—No tiene mucha elección.

—Tiene razón en que no tengo mucha elección.

En silencio, pasan a degustar el segundo plato: carne de venado en salsa de trufas, pimienta y queso fresco.

Cuando lo terminan Ernesto se dirige de nuevo a ella.

—Me gustaría que me hiciera un favor.

Nora lo mira y espera que continúe.

—Es algo que quiero que me guarde.

—¿Y no sería mejor una caja fuerte?

—No, por muchos motivos.

Nora siente una punzante necesidad de contarle lo que ha descubierto de la consola, pero las palabras se le mueren a medio camino de formarse. No olvida quién es y lo peligroso que puede ser inmiscuirse en los juegos de los hombres poderosos. Ernesto saca algo del bolsillo. Es un pequeño cubo de cristal que cuelga de un hilo de acero. Es un collar, un adorno sencillo.

—Guárdelo. Quizá lo necesite dentro de un tiempo.

—¿Lo escondo?

—No. Llévelo a la vista. Es tan solo un adorno sin importancia.

Durante un momento Nora lo mira y sonríe. Una elaborada estrategia para que acepte un pequeño regalo. Sabe que ella, por contrato, no puede aceptar nada que un miembro de la familia le regale sin el conocimiento y aquiescencia de sus superiores. Otra cosa es un encargo. Mientras Ernesto se levanta y abre otra botella de vino, Nora mira de cerca el cubo. Parece cristal tallado, algo sencillo y barato, pero duda que lo sea.

Se sientan a terminar el vino en un sofá con vistas a la parte menos iluminada de la sierra. Ernesto da órdenes a las consolas de los dos para que dibujen las estrellas que la contaminación lumínica ha borrado del cielo.

Poco a poco, una multitud de ficticios puntos azules comienzan a brillar en la bóveda celeste.

—Así se vería la noche hace, no sé, cien o doscientos años.

Nora sigue con la vista los dibujos insinuados, las líneas que unen las constelaciones. Reconoce muy pocas.

Ernesto está a su lado, recostado en el sofá y mirando hacia la oscuridad sin decir nada.

Una débil alarma empieza a sonar en alguna parte remota de su mente.

Hay algo extraño en aquella situación. No estás de vacaciones, se dice, te estás relajando en exceso, esto no traerá nada bueno.

Mira a su patrón. La lejanía de Ernesto se está diluyendo en la luz azulada de estrellas que en realidad no son visibles. Se acerca a él y se detiene a unos centímetros de su cara. Cierra los ojos. Su aroma, que antes ha percibido como un tono lejano, es en ese momento un tóxico intenso, una mezcla nociva. Siente el calor de su piel muy cerca. No abre los ojos, no puede, si lo hace se retirará avergonzada. La mano de Ernesto toma la suya y el olor de su piel la invade, rompe todos los diques y barreras. Sin abrir los ojos, Nora hurga en su cinturón. Allí, en una pequeña funda, guarda un dosificador de noradrenalina, un recurso de emergencia que tienen todos los polizos para combatir en espacios contaminados por

químicos de supresión emocional. Aquella dosis es su última línea de defensa, lo sabe. Ernesto también. La impide alcanzar el dosificador con unos dedos que parecen ser, por un instante, de acero y al siguiente, cuando recorren su cuerpo, de seda.

Nora da con su espalda desnuda contra el suelo. La dureza de la tarima no logra apagarle la excitación que, como golpes de calor, la recorren el cuerpo. Lo tiene encima, una masa de carne y sangre, de labios, dedos y lengua; una avalancha de largos músculos en tensión; huesos, caderas, codos, pómulos como picos de montañas rompiendo la monotonía de extensos espacios carnosos. Nora pierde la identidad de su cuerpo, es tan solo un lugar remoto del que su mente apenas es consciente, ocupada en asimilar latigazos de un placer cada vez más intenso, cimas que escala con una facilidad pasmosa. Lo tiene dentro de ella, golpeándola contra el suelo, causándole cardenales en los glúteos, en los codos y talones, y sin embargo flota, despegada de la realidad.

Cuando llega al clímax, un punto lejano, sin oxígeno ni compasión, grita hasta que le duele la garganta. Un poco después, mientras busca el camino de retorno hacia sí misma en sucesivas mesetas llenas de espasmos, escucha un gemido alejado, bajo y profundo. No es el bramido animal de Domingo, sino una melodía, un canto delicado y hondo, armónico.

Al menos el que les puso el nombre acertó en algo: follan como los ángeles.

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