Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 27 de 47

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Nos mienten

26. Preguntas

26

Preguntas

Para cuando Nora se ha alejado unos cuantos cientos de metros, el jaleo ya ha comenzado. Escucha disparos. Supone que serán balas de goma. Hasta ahora, y en todos los casos que ella conoce, nunca se ha tomado un edificio con munición real. Recuerda entonces lo que le enseñó Cástor: noticias falsas, manipuladas, y deja de estar segura.

Por un momento se siente tentada de volver. De todos modos no puede hacer nada; si aparece por allí, la cazarán como a un conejo y comprometerá a su familia. Antes de salir se ha preocupado de no dejar huellas, de eliminar la ropa vieja, cualquier rastro. Debería huir de una vez, desaparecer de Madrid, pero no puede, necesita saber qué está pasando, porque cada vez tiene más claro que algo está sucediendo. Saberlo no le es imprescindible para sobrevivir, o quizá sí, pero lo necesita para volver a sentirse parte de un mundo que funciona de un modo que pueda prever. No hay garantías de que lo consiga.

Echa mano a la joya que le cuelga del cuello. No ha vuelto a brillar, ni a emitir sonido. Duda si las palabras de Ernesto fueron un sueño, un espejismo provocado por sus ansias de entender. Cuando está a punto de meterse en el metro, que, por una vez, está bastante vacío y ausente de controles, recuerda el vídeo que le pasó Domingo. Estaba encima de Ernesto, desnuda y disfrutando, moviéndose a base de ondas largas, sinuosas. Le es difícil separar esas imágenes de sus recuerdos reales. Todo termina con la cabeza del heredero estallando como una sandía madura. Un milisegundo antes estaba vivo; un milisegundo después, no. El vídeo daba otra versión, obviamente falsa, en la que es ella la que empuña el arma y le dispara.

Por primera vez duda. ¿Y si en realidad fue ella la que le mató? ¿Cuántas balas tenía en el cargador cuando dejó la pistola entre las peñas? ¿Cuántos disparos había hecho en la huida? No podía recordarlo. Quizá su antigua consola hubiera grabado toda aquella información.

Sacude la cabeza. No, su memoria no le puede fallar de ese modo. Ella no lo hizo. Respira hondo, termina de bajar las escaleras y llega a tiempo para meterse en un vagón a punto de arrancar. Se concentra en el plano del edificio que Diego le ha conseguido. Para cuando el metro la deja en las cercanías del hospital, Nora tiene un esbozo de plan, algo muy burdo, pero que, por serlo, quizá funcione.

El hospital ocupa un pequeño edificio de cuatro plantas cerca del paseo de La Habana, un barrio lleno de clínicas privadas de estética y regeneración frecuentadas por la capa social más elevada, la de los dueños de empresas, sus familias o los altos ejecutivos.

Camina por la acera. A cada paso hay una cámara, un sensor que se activa ante su presencia y la sigue hasta que pasa de largo. Está dejando muchas huellas, demasiadas. En algún momento su suerte puede cambiar.

A menos de una hora andando hacia el norte está su apartamento. ¿Qué habrá hecho Domingo con sus cosas? ¿Quemarlas? Apenas guardaba algunos objetos, pero había una foto muy antigua de ella y de su padre, la placa de la academia, los zapatos negros de tacón y el vestido ajustado, el mismo que Domingo decía que era de puta cara. Solo se lo puso las pocas ocasiones que habían salido a cenar desde que vivían juntos.

El hospital aparece entre pequeños edificios blancos, un paralelepípedo de cristal con una fachada lisa. La consola lo marca con una etiqueta flotante como Clínica San Bartolomé, sin más referencias. Hay una recepción y un poco más a la derecha, en la misma acera, una entrada de vehículos. Es imposible desde la calle ver lo que sucede detrás de las ventanas espejadas. Entrar a las bravas es imposible. Cada habitación, cada pasillo cuenta con identificadores de consola. Si Isabel Mendoza no tiene un motivo para estar allí, y no lo tiene, sería detenida sin siquiera dar dos pasos en el interior del edificio. Con equipo suficiente, mediante un sistema de interdicción avanzada, sabe que se puede engañar a cualquier dispositivo de seguridad y hacerle creer que un intruso es personal autorizado. Todo eso queda muy lejos de sus posibilidades.

Encuentra un bar desde el que se puede ver la puerta del hospital. Se sienta eligiendo la mesa adecuada y pide un café. Le sirven café de verdad.

Hace tanto tiempo que no toma uno que le sabe raro, demasiado amargo, espeso. Apaga su sabor con azúcar mientras emplea una larga hora en vigilar de reojo el hospital. Ve entrar y salir ambulancias, furgonetas, coches, pero nada que llame su atención. Una hora y cuarto después de

empezar su vigilancia, las puertas se abren lo justo para que entre un enorme vehículo blindado. No necesita investigar la matrícula, sabe qué tipo de personas usan esos coches.

Bien, si ella no puede entrar, tendrá que hacer salir a Pablo Villamil; no hay otra opción. Lo que no sabe es cómo. Escucha un zumbido agudo y el batir de unas palas; un dron de transporte se está acercando. La máquina frena en el aire y desciende sobre el tejado del hospital, deja su paquete y despega con rumbo desconocido, todo en menos de medio minuto.

Al rato aparece otro y, un poco después, otro más. Los drones de transporte llegan y se van cada cuarto de hora más o menos.

Nora sabe que su pistola es bastante precisa, pero la altura a la que vuelan los drones está casi fuera de su alcance máximo. Solo necesita que al menos una o dos balas hagan blanco; si son más, mejor. Tendrá que disparar en ráfaga; lo ha hecho muchas veces en entrenamientos, pero ahora el objetivo está en alto y se mueve rápido.

Sale del bar. El café genuino le ha costado lo mismo que una buena comida en un restaurante de su antiguo barrio. Eso sí, el camarero le ha sonreído mucho. Incluso ha inclinado la cabeza a su paso. Supone que las reverencias estaban incluidas en el precio.

Camina por la acera intentando aparentar aburrimiento. Solo hay un sitio posible donde pueda situarse, detrás de unos andamios de obra medio tapados por lonas. Por suerte, es mediodía y los obreros no están por allí. La obra es el acondicionamiento de un local que parece un híbrido de consulta de dentista y tienda de moda. No sabe qué venden pero imagina que será algo muy caro; orejas regeneradas, dentaduras completas, iris modificados por bioingeniería o incluso repuestos de colon e intestino construidos con células madre en soportes tridimensionales. Cosas así son rutinarias para aquellos que puedan pagarlas. Ella, para poder tener un hijo, necesitaba ahorrar un mínimo de cinco años, y eso suponiendo solo dos semanas de baja y ausencia de complicaciones.

Aquello no es justo, nunca lo ha sido. Siente una ola de calor en el rostro.

Antes lo aceptaba de forma automática, así eran las cosas. Ahora desea hacer añicos esos escaparates lustrosos. Una piedra, todo lo que hace falta es una piedra y luego otra; muchas piedras que derriben esas fachadas cristalinas, y que vuelvan a derribarlas cada vez que las reparen.

Tiene que serenarse, necesita pensar con calma y mantener el pulso firme. Ahora no es momento de sentirse engañada, sino de poner en

práctica el plan que ha pensado.

A la sombra de las lonas, carga el arma y elige el modo de disparo en ráfaga. La mira integrada en la consola funciona. No tiene que esperar mucho, un zumbido insistente y agudo anuncia la llegada de un dron de color amarillo chillón. Las letras estarcidas en la panza son las de una conocida compañía de paquetería. El aparato frena al acercarse al edificio.

Comienza a desplazarse buscando el puerto de entrega automática. Para ser un dron, sus dimensiones son bastante generosas, casi como las de un helicóptero biplaza.

Nora toma el arma con las dos manos y apunta. La máquina está a punto de desaparecer en el tejado cuando dispara. La ráfaga de veintidós balas sale del arma en un chorro casi continuo en menos de tres segundos. La mira le ayuda a corregir la deriva y, aunque las primeras balas no dan en el blanco, al menos de diez a quince sí logran morder el aluminio y el acero del dron. Saltan chispas, hay una pequeña explosión y un humo negro y espeso surge del motor. El dron oscila, gira sobre sí mismo, termina por empotrarse contra la fachada del hospital y estalla. De repente hay llamas, pedazos de metal y cristal volando por todas partes.

El parapeto de las lonas le ayuda a evitar lo más grueso de la lluvia de fuego, pero no puede quedarse en el refugio, tiene que actuar. Se acerca al edificio. Hay alarmas sonando sin parar y luces rojas encendidas en la fachada y en los vehículos aparcados. Como esperaba, las puertas se abren y los empleados salen a la calle en bata blanca de trabajo o en mangas de camisa. La acera se llena de gente espantada. Las cámaras y los sistemas de detección siguen funcionando; los flashes que captan imágenes de alta resolución, los sensores térmicos y de olor siguen activos, pero la inteligencia del sistema ya no está enfocada en detener a una mujer joven y menuda que se cuela por una puerta abierta, que camina por un pasillo, roba una bata y se la pone encima.

Encuentra una escalera y desciende intentando, siempre que hay una cámara cerca, que el pelo le tape la cara. Llega al aparcamiento con facilidad. Espera oculta en un rincón en sombras. Las alarmas no cesan. Las puertas se han abierto de par en par y el reluciente coche blindado espera a su dueño.

Recuerda la cara de Pablo Villamil, lo ha reconocido en las fotos que le consiguió Diego. Lo había visto el día en que Ernesto le llevó a aquella extraña reunión en las ruinas y, sobre todo, el día en que él y otro amigo lo

acompañaron a volar. No esperaba que bajase solo y no lo hace, lo protegen dos hombres muy altos y robustos, polizos como ella. Lo que hace a continuación le sabe mal, muy mal, pero no hay otra manera. Cambia el cargador vacío de la pistola por otro que saca de un bolsillo. Sale de la oscuridad y grita. Uno de los hombres se gira y coloca a Pablo detrás de él mientras retroceden hacia el coche. El otro desenfunda su arma. No le da tiempo a descargarla. Nora, con la rodilla en tierra, dispara dos balas en rápida secuencia. Impactan en el pecho de los polizos y estallan en los chalecos de grafeno y cerámica. Los polizos caen hacia atrás como si hubieran sido golpeados por un puño invisible y dejan de moverse.

Nora se acerca hacia ellos. Sabe que no están muertos. Las balas no están diseñadas para matarlos. Son proyectiles explosivos cuya intención no es tanto romper el blindaje como generar una potente onda de choque que haga entrar en shock a los que visten los chalecos. Solo con potentes drogas se puede evitar ese efecto. Nora sabe que únicamente se toman cuando se inicia una acción donde se prevé resistencia muy fuerte y especializada, nunca para una labor rutinaria de escolta.

Pablo está debajo de la mole de uno de sus guardaespaldas. Nora se acerca y le ayuda a liberarse. El chico no parece asustado, ni siquiera contrariado. Se levanta y se alisa la camisa.

—Es usted Nora, ¿verdad?

Tiene un rostro anguloso y la estructura física de un deportista: hombros anchos, caderas estrechas, brazos largos y una facilidad de movimientos que le asombra.

—Sí. Me gustaría hablar un rato con usted.

En ese momento alguien le da el alto. Un grupo de hombres armados, probablemente la seguridad del hospital, han entrado en el aparcamiento.

Nora le pone la pistola en la cara a Pablo y le obliga a retroceder. Entran en el ascensor mientras los hombres se acercan agazapados, aún sin decidirse a disparar. Nora pulsa una planta cualquiera y las puertas se cierran.

Suena una música estúpida. Pablo Villamil no parece nervioso, no tiene miedo. Nora, por el contrario, tiene la frente perlada de sudor y la mano con la que aferra el arma la duele por la tensión de mantenerla contra la cabeza de su rehén.

Al fin Pablo le habla:

—No creo que nos dejen hablar en medio de este caos.

—¿Y qué sugiere? ¿Una suite en un hotel de lujo?

Se detienen con un traqueteo, la luz principal se apaga y se enciende una roja, de emergencia. Suenan alarmas a lo lejos. Las puertas se abren solas.

El ascensor está entre dos pisos, pero es sencillo bajar hasta el inferior. Nora empuja a Pablo delante de ella. El pasillo está vacío. Hay cámaras por todas partes, pero también un fino humo que se le mete en los pulmones y la hace toser. Nora mira a derecha e izquierda. Una puerta le llama la atención.

Empuja al heredero de los Villamil hasta el interior de la habitación a la que da paso.

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