Nos mienten
39. Cortina
39
Cortina
Gloria levanta la vista del pecho abierto en el que está trabajando con un láser quirúrgico. Nora abre las manos. Están vacías. La doctora baja la mirada y sigue suturando los bordes de una herida de aspecto espantoso.
—¿Qué ha sucedido?
—Destruyeron los virus y las vacunas.
—No tiene sentido.
Nada tiene sentido. Nora recuerda lo sucedido a trozos; imágenes sueltas, fragmentos sin una narración que los una: la huida vertiginosa en moto por entre peñas y pinos, la cortina de fuego cayendo del cielo, Pablo riendo, Miguel Ángel mirándola con odio. Se sienta en un taburete que casi se rompe bajo su peso.
—Lo sé. Por más vueltas que le doy, sigo sin entenderlo.
Gloria levanta la cabeza y deja el láser en una bandeja. Varios Hermanos, vestidos con trajes estériles, se ocupan de terminar de limpiar la herida y estabilizar al enfermo. Se quita los guantes y los tira a un cubo. Cuando mira a Nora sus ojos arden con destellos azules.
—Es estúpido. Nadie haría desaparecer una cosa así. Los pueden volver a necesitar, el virus puede mutar, se pueden requerir copias sin alterar… Hay miles de motivos.
—Que nosotros los consiguiésemos era un peligro mayor.
—¿Hay alguna posibilidad de que te hayan mentido?
—Sí, claro, pero no lo creo. Yo hubiera hecho lo mismo.
Nora cierra los ojos. El cansancio se le aposenta sobre los hombros, es un peso muerto que la aplasta contra el taburete. Se sostiene apoyando las manos en el borde del asiento. Tras los párpados, aún no ha regresado del bosque: entierra la cara en la nieve mientras el cielo sigue ardiendo.
Abre los ojos cuando Gloria pregunta.
—¿Cuántas bajas?
Duda. Ha mirado la cifra una o dos veces en el espacio táctico de su consola. Vuelve a consultarla. La consola contabiliza los nodos activos de la red y muestra un recuento actualizado.
—Doscientas treinta y dos.
Gloria se sienta a su lado. A su alrededor, el suelo del hospital está cubierto de camillas. En las escasas horas que han estado fuera, el número de enfermos ha aumentado. A ellos ahora se les suman los heridos en la batalla.
A su madre tuvo que dejarla tendida en la cama. ¿Alguien la habrá enterrado? ¿Alguien la habrá llorado? ¿Llorará alguien por los miles de millones de muertos que se avecinan?
—¿Cómo está la situación afuera, Gloria?
—Empeorando. Hay toque de queda, aunque no lo cumple nadie. La gente sale de la ciudad y en el campo es lo mismo; enfermos y muertos por todas partes. No tenemos datos completos, es difícil evaluar nada sin información fiable. —Gloria levanta la vista. Tiene los ojos enterrados en profundas cuevas violáceas—. Nora, esperábamos conseguir la vacuna o el factor de bloqueo, en su defecto los virus de desarrollo. A pesar de todo, hay otras esperanzas, muy leves, pero esperanzas. Si consiguiéramos algún medio de detectar el virus, si supiéramos cuál es su tiempo máximo de incubación en la segunda fase o saber cuál es el factor de activación, podríamos hacer cuarentenas, aislar a los grupos de posibles contagiados hasta que pase el tiempo suficiente. Así es como se acabó con la peste.
—¿Y se puede?
Gloria responde a Nora con voz cansada:
—¿El qué?
—¿Que si se puede detectar el virus?
—Sí, cuando está activo. Cuando está latente es imposible. No hemos avanzado con el análisis del ADN de los núcleos infectados. Hay que dar con las células durmientes y no son todas. El material inyectado no es siempre el mismo, tiene partes aleatorias. Es muy complicado.
—Necesitas dormir, Gloria.
—Ahora es imposible. —La doctora hace un gesto que abarca todo el espacio a su alrededor—. Hay que pensar en alternativas, Nora. El triunvirato se va a recomponer. —Gloria no le pregunta por Jaime, por cómo murió; nadie pregunta por los detalles del combate, todo quedó
grabado en el espacio táctico y Nora supone que lo estarán revisado bit a bit
—. Luego te llamarán para hablar contigo.
Gloria se levanta y camina hasta otro enfermo que acaban de situar en el quirófano de campaña. Nora sale de aquella planta esquivando camillas.
Ella también necesita descansar, pero no puede, no hasta que comprenda qué ha pasado. Recuerda las palabras de Pablo, Ernesto era una amenaza.
Intentó robar los virus.
Se queda parada en mitad del pasillo, mirando a la nada. De repente lo comprende: no lo intentó, lo consiguió. Ernesto tiene los virus y engañó a todos para hacerles creer que está muerto. Entonces… ¿para qué mandar a buscar los virus en el santuario? ¿Por qué no dárselos a los Hermanos directamente?
Son preguntas que solo puede responder el propio Ernesto. Puede estar equivocada; Ernesto podría estar muerto, la cabeza reventada o no, o quizá podría estar vivo y no tener los virus. Puede haber otras motivaciones que a ella se le escapan, sin embargo no tiene otra opción que intentar localizarlo.
Echa de menos la joya que ha destruido. Era, sin duda, un pequeño espía que ahora podría usar para encontrarle.
Espías.
Aunque Ernesto es bueno con los sistemas, los Hermanos son aún mejores. Han nacido y crecido tecleando, pirateando, hackeando, evitando a las corporaciones y a sus ejércitos de superequipos y técnicos hiperespecializados.
Abre el espacio táctico de su consola. Todavía funciona. Localiza a Diego. Está marcado como no disponible para el combate. Indaga un poco más. No está herido, solo enfermo. Lo han metido en el sector de contaminados, en la planta inferior, donde los afectados por el virus pasan la primera y más infecciosa fase de la enfermedad.
Su consola está desactivada. Baja por las escaleras y llega a la puerta de la sección de infecciosos, donde dos Hermanos armados le cierran el paso.
La reconocen, Nora lo sabe por la expresión de sus caras. Le dejan pasar solo para que se tope con una enfermera vestida con un traje estéril que la detiene con una mano en el pecho.
—No puede entrar. Solo personal autorizado.
—Es urgente.
—Me da igual.
Nora la mira con ojos de hielo y habla muy, muy despacio:
—No tengo tiempo para tonterías. A cada segundo que me retrasa, ahí afuera mueren miles de personas. ¿Cuántas más quiere tener sobre su conciencia?
Encuentra al joven hacker sentado en un catre, jugando con una viejísima consola no cortical.
—¿Diego?
—Sí.
—¿Estás bien?
—Tengo fiebre y me duele el pecho. Por lo demás no estoy demasiado mal.
—Necesito algo muy importante.
—No ha funcionado, ¿verdad? Lo dice todo el mundo.
—A medias. Conseguí cierta información. No fue un éxito, pero aún hay esperanzas. Diego, tengo que localizar a alguien.
—¿A quién?
—Ernesto Ramoneda.
—¿No está muerto?
—Creo que no. Se esconde en algún sitio. Será casi imposible encontrarlo, pero tengo una pista. Creo que ha pirateado vuestras redes.
—Imposible.
Diego baja la vista hacia la consola donde el viejo videojuego ha entrado en bucle.
—Nora, ¿estoy contagiado, verdad?
—¿Qué te han dicho los médicos?
—Nada, que puede que sea el virus, pero que también puede que sea una gripe normal. Es como que te digan que no estás ni muerto ni vivo.
—Yo pasé una gripe antes de llegar aquí, pero yo sí que sé que era el virus. Estoy esperando que en algún momento… ya sabes.
Diego la mira y por un instante parece a punto de echarse a llorar. Luego recupera la sonrisa.
—Lo puedo intentar. Me dejarán mi consola si tú se lo pides.
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