Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 13 de 47

Páginas del PDF

Nos mienten

12. El barrio

12

El barrio

Por primera vez desde que ha comenzado a conducir aquella máquina, Nora retuerce a tope el acelerador. La moto lo estaba deseando. De repente los coches parecen estar parados y tiene que esquivarlos buscando los huecos entre ellos. En las zonas despejadas, el motor ruge y alcanza un rango alto de revoluciones. Como si la potencia que tenía ya fuera escasa, cuando la aguja sobrepasa las nueve mil revoluciones por minuto, el motor empuja de un modo que hace difícil mantener la rueda delantera apoyada en el asfalto.

No quiere ni mirar las cifras del velocímetro.

El primer coche de policía queda muy atrás enseguida. Nora reduce la velocidad e intenta camuflarse. Sabe que mucha velocidad durante mucho tiempo atraerá más atención de la deseada, pero ya es tarde. Hay un helicóptero flotando sobre ella. Supone que estará intentando activar los sistemas de intervención policial de la moto para hacer que se detenga por sí sola, pero esa máquina es demasiado vieja. Puede que se trate incluso de una moto de competición, no destinada a circular por carreteras.

En todas partes hay cámaras y sistemas de seguimiento, pero no para un vehículo tan viejo, incapaz de entenderse con las IAs de tráfico. Sigue por la M-40 acercándose a un laberinto de retención. Sabe que allí les será muy fácil detenerla. El helicóptero es de los tripulados, eso es bueno, piensa.

Sabe que hay un túnel en la dirección contraria, a menos de veinte kilómetros. El gran inconveniente es que para llegar a él debe cambiar de sentido. Solo tiene una posibilidad. Si los del helicóptero son listos, adivinarán lo que va a hacer.

Vuelve a acelerar. La carretera se convierte en un río de asfalto donde flotan obstáculos en forma de coches y camiones. El helicóptero queda atrás después del primer acelerón. Lo ve de lejos, un puntito peleando por alcanzarla. ¿La cifra de los trescientos cuarenta kilómetros por hora se asoma en el velocímetro? No quiere ni imaginar lo que quedaría de ella si se estrellase a esa velocidad. Increíblemente, la moto aún tiene fuelle. Nora

sigue exprimiéndola y acelerando. El desvío aparece tras una corta curva y conduce a un puente sobre la autovía que le permitirá cambiar de sentido.

Va demasiado rápido. Frena, mordería el asfalto si pudiera. El helicóptero la sobrepasa y escucha un chirrido de neumáticos a su espalda. Gira hacia la salida y un camión se desvía hacia el arcén para no aplastarla, choca contra los quitamiedos y vuelca. Varios coches se estrellan contra él.

Sube hasta el puente, acelera, cruza, vuelve a bajar y entra en la autopista en dirección contraria a la que llevaba. Aumenta la velocidad de nuevo guiándose solo por el sonido del motor y el bramido del viento, que parece querer arrancarle la cabeza.

Cuando entra en el túnel los dos o tres helicópteros que la persiguen no pueden seguirla al interior.

Aprieta los dientes. Su plan se vuelve aún más loco. Comprueba cuánto le queda de depósito y acelera lo suficiente para lo que quiere hacer. Más adelante, dentro del túnel, hay una curva, debería girar, pero no lo hace. Por el contrario, se tira al suelo y deja que la moto comience a resbalar por el asfalto hasta estrellarse contra una zona específica de la curva, un centro de registro lleno de ordenadores, cámaras y sensores. Mientras ella rueda golpeándose contra el duro asfalto, la moto impacta contra el armario, estalla y convierte el aire en una sopa de llamas abrasadoras.

El humo es sofocante. Enormes turbinas intentan extraer el aire ardiente.

Se encienden las luces de emergencia y comienzan a sonar las alertas de seguridad con órdenes para que la gente evacue el túnel. Nora se levanta. El traje de vuelo le ha salvado de nuevas heridas. Los ocupantes de los coches los abandonan y caminan hacia las salidas. Lo mismo hace ella.

Está sorprendida. Nunca hubiera esperado sobrevivir tanto tiempo. El caos de la gente saliendo del túnel apresuradamente colabora en que pase desapercibida. Toda una sinfonía de sirenas, de helicópteros y el zumbido de muchos drones volando sobre sus cabezas no contribuye a aclarar la situación. Siempre con la cabeza baja, busca un modo de alejarse. La multitud espera que alguien les diga qué hacer, muchos tienen la expresión ausente de estar hablando con alguien a través de las consolas. Quizá la policía está dando órdenes. La salida de emergencia del túnel da a un descampado, una explanada de árboles quemados, llena de basura, que una vez fue un campo de golf. Lo reconoce por la forma de las colinas y por los bancales de arena en los que acampan lo que parecen familias completas de nonúmenes. Ahora tiene más cosas en común con ellos que con los demás

ciudadanos, los que poseen dinero para una consola y una conexión.

Durante un instante mira las precarias viviendas construidas con chapas, plásticos y cartones. Hay una chimenea hecha con un tubo de PVC de la que surge una nube de vapor.

Comprende, al fin, que ha llegado a las afueras. Para su suerte, más allá de la zona de exclusión, que termina en lo que antes se llamaba el barrio de Cuatro Vientos, los sistemas de seguridad urbana tienden a ser escasos. Los propios habitantes destruyen todos los que pueden, incluidos, a veces, algunos drones.

Se aleja del grupo de hombres y mujeres que acaban de salir del túnel.

Pronto está lejos del tumulto, en una zona de pisos de cuatro alturas, que una vez fueron residenciales de lujo. Algunas de las ventanas y terrazas tienen signos de haber sido incendiadas. Hay pintadas en todas las paredes.

Las calles, muy anchas, solo conservan un estrecho carril central libre de chatarra, piedras y basura.

No le gustaría estar ahí de noche.

Calcula que tendrá que andar horas para llegar a casa de su madre. Al menos tiene que recorrer treinta kilómetros. Necesita beber agua y comer algo. El barrio está desolado, pero pasa por delante de algo que parece una tienda. Dentro comprueba que sí, que es una tienda, pero también un bar y un supermercado. Venden desde consolas nacionales de baja calidad hasta bicicletas, pasando por jamones, juguetes inteligentes hechos en Marruecos que solo hablan en árabe, condones y muñecas hinchables que exhiben sus proporciones exageradas y la siguen con los ojos robóticos desde que entra y mientras avanza hacia la barra que hay al fondo.

Le es fácil recordar su acento de barrio.

—Agua, del grifo, por favor.

Un hombre barbudo y tatuado con tinta activa le pone una botella de agua mineral delante mientras las formas de sus tatuajes sobre el rostro oscilan levemente.

—No le recomiendo que beba agua de nuestros grifos.

—Ha habido un accidente, no tengo consola para pagar.

—Acabamos de verlo en la tele —comenta una voz.

En la penumbra de la tienda descubre a dos o tres hombres que beben con calma. Han pasado desapercibidos entre la mercancía. La miran con curiosidad.

—Ha sido en el túnel. Dicen que buscan a una mujer pequeña y morena, de pelo con coleta y vestida con ropa negra, de carbono, así como la que tú vistes.

El barbudo le señala una pantalla que cuelga de la pared justo detrás de él. En ella se ve una moto esquivando el tráfico a una velocidad endiablada.

Repiten varias tomas y la parte baja de la pantalla se llena de comentarios superpuestos de un canal llamado #moteros. Todos son elogiosos para la motorista e insultantes para los policías.

El barbudo le acerca el agua y una tarjeta de prepago sucia y usada miles de veces, seguramente ilegal. Nora lo mira asombrada.

—Hace tiempo que no veíamos a nadie conducir así, ¿verdad, chicos?

Nora es consciente entonces de los viejos cascos en las paredes, de los manillares usados como percheros, los faros iluminando la barra y las pantallas mostrando viejas grabaciones de competiciones motociclísticas.

Abre la botella, el sello electrónico canta el análisis del contenido y la garantía de no apertura previa. Bebe de un trago el medio litro.

Se le acerca un anciano vestido con la cazadora de cuero más vieja que ha visto nunca.

—Era una Yamaha, ¿verdad? Les he dicho a estos idiotas que era una Yamaha, una ZR45 del año 2031, ¿no? Seis cilindros en «V», turbo doble, frenos de cerámica. El sonido, la he reconocido por el sonido.

Le ponen otra botella delante y esta vez tarda un poco más en beberla.

—No lo sé, solo le puedo decir que corría como si la estuviera persiguiendo la mismísima corte roja.

Todos estallan en carcajadas. Nora ríe también sin saber por qué. Es una risa sincera. La imagen de la corte roja —la enfermedad que invadió Europa desde China, haciendo huir en masa la población rusa— persiguiéndola es tan estúpida que casi se atraganta con el agua.

Cuando deja de reír, vuelve a beber agua.

—Tengo que irme.

El barbudo le alarga la tarjeta.

—No es buena idea que sigas en el barrio pasadas las ocho.

—Gracias.

El viejo la mira marcharse. Le brillan los ojos y sonríe. Ninguno de ellos podrá, seguramente, permitirse una moto eléctrica, las únicas que venden ahora, pero aún pueden soñar con los viejos tiempos.

En aquel barrio no hay transporte público, hace mucho que las líneas de metro y autobús no pasan por allí. Está segura de ello al ver la parada en ruinas. Cuando ve el taxi aparcado sobre una acera no lo duda. El dueño, un chico de rasgos árabes y con el pelo casi al cero, está sentado en el capó, bebiendo de una lata y fumando una pipa de agua electrónica.

—¿Cuánto por ir a Alcorcón?

Aquel vehículo de taxi solo tiene el color de la chapa. Le faltan los distintivos, los sistemas de telepago y la licencia, pero seguro que el motor funciona y los neumáticos solo son de tercera mano.

—Doscientos cincuenta.

Nora mira la tarjeta prepago, presiona una parte de la superficie y lee la cantidad de dinero que hay cargada: quinientos euros.

—Te doy doscientos.

—Está bien.

El taxi tarda casi una hora en llevarla al barrio de su infancia. Sin que ella diga nada, el chico, en vez de las autopistas principales, ha elegido vías secundarias, atajos, a veces caminos de tierra.

OceanofPDF.com