Nos mienten
23. Luisa
23
Luisa
Escucha a alguien llorar. ¿Es su madre? No, suena más bien en el cuarto de su hermana. ¿Nora? Entiende que ahora llore, aunque nunca lo ha hecho, ni siquiera de pequeña, y tenía que ir ella a rescatarla de las peleas a puñetazos con los niños del barrio, en las que se veía enfrascada casi todas las tardes.
En cualquier momento llegarán unos polizos y se la llevarán, está segura.
Solo tiene que procurar no estar cerca cuando suceda, no verse implicada, que la mierda de su hermana no la salpique. Ya tiene suficiente con la suya propia.
Tose y parece que quiere expulsar los pulmones por la boca. Mierda de gripe. Es por culpa del curro, la deja hecha polvo y débil y luego coge cualquier cosa. Mira la bolsa donde está el traje de sexo remoto, en un rincón de la habitación. Lo odia, odia el olor del electrolito que hay que untarse para hacer buen contacto con la piel; odia la sensación de perder el aire, de meterse en un saco lejos de la frescura y la realidad. Lo detesta pero es lo único que le permite seguir viva, alimentar a su madre, a la idiota de su madre que aún cree que viven con lo que les quedó de la pensión del otro idiota, su padre. Toda la vida trabajando, sufriendo, acatando órdenes. ¿Para qué? Para morirse poco a poco en vez de por un balazo.
Menuda mierda.
Vuelve a toser. Cuando termina tiene que ir al baño. Necesita un analgésico. Tiene algunos muy potentes en la bolsa, para el trabajo. La resaca después de varias horas conectada no se puede afrontar sin drogas.
Menos mal que no se las cobran, al menos les debe eso.
Se traga la pastilla y no puede evitar acordarse de Julián antes de que se volviera imbécil, antes de decidir tener la niña. Julián tenía un empleo de instalador en una compañía de datos. No era un gran trabajo, pero ganaba dinero suficiente para los dos, lo bastante como para soñar en tener un hijo de diseño y firmar los papeles que los endeudaron de por vida. Cuando lo echaron por robar material de la empresa, todo el castillo se vino abajo.
Bueno, en realidad fue antes, con el aborto. Nadie les explicó que los embarazos no eran cien por cien seguros, que había fallos que no podían preverse y que no estaban cubiertos por el contrato.
Probabilidad, errores, nunca piensas que pueda sucederte, pero pasa.
Perdieron a la niña. A partir de ahí todo fue mal. Julián trabajaba a turnos dobles para pagar la deuda que habían contraído por el embarazo. Comenzó a robar del almacén y le pillaron. No era muy listo. Leal sí, guapo también, pero con poca cabeza. Terminó en la calle, con una mano delante y otra detrás. Solo pasó dos meses buscando curro antes de que tirase la toalla y empezase a moverse por las cibertiendas, a mariconear con imbéciles desocupados como él mismo y a liarse con las primeras guarras que se le pusieron a tiro. Le mandó a tomar por culo; firmó con la consola los papeles unilaterales del divorcio la misma tarde que se enteró de que le ponía los cuernos.
A la noche tuvo que abrirle la puerta, no tenía dónde caerse muerto.
Un mes después seguía igual, tumbado en el sofá, el sofá maldito. Día y noche, sin ganas de hacer nada. Depresión, decían las vecinas; gilipollez, decía ella.
Por más vueltas que le da, Luisa no entiende cómo ha podido pasarle algo así a Nora. Ella es la lista de la familia, la más capaz, la que tenía un futuro. No tiene explicación si no es por la maldición que las persigue.
Acabará con ellas, con todas ellas. Una vez más Luisa se imagina saliendo de aquella casa y no volviendo. Dicen que aún hay lugares en el mundo donde la vida es más fácil, más hermosa, no hay basura en las calles y la luz no se va cada dos horas. Es en el norte, allí abunda el frío, los fiordos, la nieve, las ciudades invernales, la gente parca en palabras y que habla bajito; ese es su sueño, tomar un tren o un avión hacia allí y no volver.
Pero está su madre. Su madre todavía cree que el mundo se mantiene en pie. Ella lo ve caer todas las noches que trabaja, cada vez que sale a tomar algo cuando se puede permitir el lujo, cada vez que mira por la ventana y ve a un niño rebuscando en los cubos de la basura.
Son las doce de la mañana, no debería estar en la cama. No tiene sueño, los estimulantes aún siguen haciendo su función, su efecto durará unas horas más. Se pone la consola y conecta con un par de canales en abierto.
Uno de ellos habla continuamente de lujos, moda, lugares exóticos, hoteles de ensueño. El otro es una consola de conexión para profesionales de su trabajo. Allí puede leer las últimas noticias, comentarios privados y
públicos; lo necesita para estar al día, para poder elegir bien los servicios y que no la engañen mucho con las tarifas. Es trabajo, pero no la parte que la deja postrada y llena de moratones.
¿Y Domingo, el marido de Nora? No ha dicho nada de él. Eso es porque la ha rechazado. No quiere saber nada de ella. Normal. Es una nonumen, una delincuente. Si la detienen, irá a Meco de cabeza. Eso si tiene suerte y sobrevive a la detención, que es más de lo que muchos pueden decir.
La policía no frecuenta la zona y menos de forma rutinaria. Cediendo a un impulso abre también la consola virtual de la comunidad de bloques en la que viven, Rosas 2. Lo primero que puede leer es un aviso. Es posible que la policía prepare una intervención. Más de dos tercios de las casas están en el tramo final del desahucio, y los bancos deben estar presionando para obtener su propiedad. Solo que no lo lograrán. Y si lo consiguen, será solo un edificio quemado hasta los cimientos en un solar que no valdrá nada. Es por el estatus. Saben que no ganarán nada, pero el estatus lo es todo, hay que salir en las noticias para que los que tienen hipotecas que sí pueden pagar, allá en el centro o en las zonas ricas del noroeste, lo hagan religiosamente.
Cuánta mierda. Cada vez está más contenta con haber dejado de pagar el piso. Ahora que ya da igual que el impago pueda salpicarle, Luisa no está dispuesta a darle un solo euro nuevo o viejo a un banco vampiro de mierda.
Por supuesto, su madre tampoco sabe nada. Ese dinero irá a parar a un fondo para medicinas y tratamientos suplementarios que su madre va a necesitar ya mismo. Sí, vale, piensa Luisa, si no es un vampiro es otro, pero al menos este te salva la vida.
Al final, como siempre, es ella la que sacará adelante a la familia; y Nora, la que se llevará todas las caricias de su madre. No le importa, está acostumbrada.
Por eso también se alegró cuando lo de Julián no funcionó. Si hubiera seguido con él, no hubiera podido atender a su madre de la forma correcta.
Bueno, si le hubiera seguido el rollo, con toda probabilidad estaría muerta o en Meco. Dios, ¿por qué atraía a los ineptos? Era la maldición de nuevo, no había otra explicación. Muchas veces había estado tentada de pedirle un exorcismo a la del segundo interior, una anciana silenciosa que se anuncia en la boca del metro como madame Bitou.
Luisa se da la vuelta en la cama. Si sigue así, no va a dormirse nunca. Al principio había querido a Julián con locura. Aún más cuando habían
decidido endeudarse para pagarse una hija. Y lo había seguido queriendo cuando todo salió mal y el embarazo se malogró. No había hija, no consiguieron estabilidad genética para ella y los pagos no alcanzaban para una segunda oportunidad. Si querían un hijo, tendrían que tenerlo a la antigua usanza, confiando en el azar. Ella se negó; no aceptaba que el niño pudiera salir mal, con problemas, tan tonto como ella o Julián; quería a alguien que se abriese camino en la vida con la facilidad con que un cuchillo corta la mantequilla.
Ahora entendía que eso no dependía de la genética sino de la geografía.
Lo amaba con locura, pero era demasiado idiota. Quizá hubieran podido huir, como iba a hacer Nora; lo hablaron un par de veces, pero no decidieron nada. Después de una temporada en casa, Julián volvió a las cibertiendas, a sus chanchullos y sus putas, y no volvió a llamar a su puerta.
Un par de semanas después un policía se presentó en su casa preguntando por él. El agente era todo sonrisas y amabilidad pero le dejó claro su mensaje: querían echarle mano. Si su falta de memoria no remitía, lo mismo la metían un par de días en el calabozo por si allí se acordaba de algo más.
No hubo ocasión; le dijo dónde lo podían encontrar casi con total seguridad.
Luisa volvió a darse la vuelta en la cama. La puta sonrisa de aquel policía rubio y de dientes desparejos seguía apareciéndosele noche tras noche.
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