Nos mienten
38. Revelaciones
38
Revelaciones
Los Ángeles se mueven despacio, pero no desperdician ni un solo gesto; en pocos pasos los han rodeado. Nora no siente miedo, solo perplejidad. Es evidente que esos superhombres los superan no solo mentalmente, también en lo físico. Serán expertos en combate sin armas, asesinos suaves y sonrientes. Quizá ha llegado su fin, sin embargo solo puede pensar en que hay muchas cosas que no cuadran: la clave de la puerta, puesta en el cubo para que la encontraran; la bomba de barrido en el hospital, que le salvó de una muerte segura; la ayuda sin la cual no hubiera podido escapar de la maquinaria policial de los Ramoneda; la joya de Ernesto, demasiado inteligente. Y lo que acaba de decir Pablo, que ellos no fueron los causantes de su muerte. Todo comienza a encajar como un puzle muy complejo al que solo la pieza final da sentido.
Ernesto ha fingido su desaparición y sigue la evolución de los acontecimientos, manipulando desde la sombra. Por algún motivo que se le escapa aún, ha querido que lleguen hasta allí, quizá para que acabasen con los Ángeles. Si es así, el fracaso ha sido enorme.
Pablo no se ha movido desde que le asestó el golpe mortal a Jaime.
¡Tanta inmovilidad! Peligro, peligro, grita una voz en medio de su mente.
Lo comprende cuando casi es demasiado tarde.
—¡Quitaos las consolas!
Ella misma lo hace. El espacio donde antes habían visto una multitud está ahora casi vacío. Solo permanecen a la vista Pablo y otros tres hombres.
Pablo no está a varios metros de distancia, sino casi encima de ella. La consola le había mentido. Da un paso atrás y esquiva un golpe terrible.
Los Hermanos, todavía intentando comprender qué ha pasado, dan media vuelta y encaran a sus enemigos. Nora no tiene tiempo para dar órdenes; su instinto y su entrenamiento, funcionando a toda velocidad, apenas bastan para contener la avalancha de golpes que Pablo le lanza. Bloquea, gira, esquiva, bloquea. Su enemigo no parece cansarse. Como es inevitable, un
error le proporciona a Pablo un hueco en su defensa. Siente un puño de acero golpearle en las costillas. Hay un ardor instantáneo, diluido por la adrenalina, que se le extiende por un costado. Nora resiste el dolor apretando los dientes mientras sigue aguantando el ataque. A diferencia de todos los polizos que conoce, a ella el dolor le llena el alma de hielo. Lo que le estorba para la violencia ha sido siempre lo contrario: la ternura, la amabilidad, y en Pablo no hay nada de eso.
Nora comienza a enlazar bloqueos con contragolpes fortuitos, fuera de cualquier previsión y escuela. Pablo nota el cambio de ritmo, pero no puede hacer nada. No es un soldado, solo un atleta. Vuelve a golpearla, esta vez en el mentón; un golpe de refilón que casi le arranca la mandíbula, pero Nora lo esperaba, era el cebo para poder agarrarle el brazo y aprovechar el impulso a su favor. La articulación del hombro de Pablo cruje, pero no se disloca. El daño físico es pequeño; a lo sumo habrá sentido un dolor muy agudo, no ha perdido la movilidad del brazo. El ángel comprende que Nora muerde. La mirada de superioridad ha desaparecido. Eso lo hace el doble de peligroso.
Empieza a atacarla sin compasión, sin darle ni tiempo ni espacio para asestar otro contragolpe. La apabulla con su fuerza y su velocidad. Nora aguanta. Recibe dos, tres impactos muy fuertes en los abdominales, en el muslo. Gracias a las protecciones de Kevlar no le rompe nada y continúa peleando, esquivando daños mayores, sabiendo que no durará mucho.
Ahora Pablo ya no se confía, no le da oportunidad para nada. Es cuestión de tiempo que se canse y que él pueda propinar un golpe mortal.
Nora intenta despegarse, respirar, descansar. Agotada, no puede evitar dejar huecos en su defensa. Tiene puesto el chaleco y, a pesar de ello, el impacto del puño de Pablo le saca todo el aire de los pulmones, justifica que se doble sobre sí misma y que la deje desprotegida para un rodillazo en la cara que Pablo no perdona. La rodilla del ángel avanza hacia ella como un rayo, pero no llega a impactar porque Nora saca un cuchillo de la bota y lo usa para interrumpir el golpe. El metal saja piel y músculo, corta tendones.
La pierna herida falla y Pablo cae de rodillas. Sorprendido, no mantiene la guardia. Nora se levanta y mueve el filo en un arco muy veloz a la altura del cuello de su enemigo. Pablo, en un reflejo rapidísimo, se cubre con el brazo.
De nuevo el acero impacta contra piel, músculo y tendón. El cuchillo abre el antebrazo de lado a lado y expone el hueso.
Hay sangre por todas partes. Nora salta hacia atrás y contempla el espectáculo. Sabe que si hubiera sacado el cuchillo al principio no hubiera servido de nada. Pablo lo hubiera tenido en cuenta y la habría desarmado.
Comprueba que es la última de los Hermanos con vida. La sangre, muy roja, mancha el ágora embaldosada sobre la que han peleado. Los otros Ángeles se mantienen a distancia. Se da la vuelta y corre.
Alcanza la puerta y no se detiene a comprobar si la persiguen. Es la única superviviente del grupo. Se aleja del santuario deprisa mientras la consola y su arma vuelven a funcionar con normalidad. Deja que los datos llenen el espacio táctico. Las noticias no son buenas. Los polizos han diezmado a las fuerzas de los Hermanos en el exterior del complejo.
Abre las comunicaciones para todos los enlaces aún activos.
—Activamos los fantasmas. Nos vamos.
Sigue corriendo por los pasillos desolados. Hay un contador inquietante superpuesto por la consola en una esquina de su campo de visión. Marca el tiempo que queda hasta que se inicie la cobertura de la retirada. Debe llegar al bosque cuanto antes o tiene muchas probabilidades de que el plan, en vez de ayudarla a escapar, la lance en brazos de sus enemigos.
Respirar le supone una puñalada en las costillas. Los golpes de Pablo le están pasando factura. Tiene que detenerse a recuperar el resuello. Eso le salva de caer de bruces contra un grupo de polizos que están parapetados en la puerta que ha usado para entrar en el complejo. No conoce a ninguno; son difíciles de identificar con el traje negro de combate y las máscaras faciales, pero sospecha por las insignias que son polizos de su misma unidad.
El contador sigue avanzando. No puede pararlo; toda la retirada depende de que engañen a sus enemigos lo suficiente como para poder escapar.
Los mira moverse con calma, sosteniendo las armas con naturalidad.
Están en su elemento. Recuerda la pesadilla de aire ardiente que acabó con el búnker. Son los mismos soldados que pusieron las mangueras, que dispararon el gas a presión y luego le prendieron fuego. Hacen su trabajo; asesinan, obedecen órdenes, como hacía ella, sin cuestionarlas.
Recuerda también lo que acaba de descubrir. Ernesto debe estar vivo. Los ha engañado a todos. Ha sido él quien la ha conducido hasta allí, a ese preciso momento. ¿Por qué si sabía que no había vacunas ni virus de desarrollo?
Nora sacude la cabeza, no entiende qué está pasando. Tensa la mandíbula y se jura que sobrevivirá para poder preguntárselo cara a cara. Espera a que el contador avance un poco más. El cálculo para su huida le deja muy poco margen de maniobra. Cuando la cuenta se vuelve peligrosamente baja, corre hacia la salida. A media distancia, la advierten, se aprestan para dispararle, pero es ella la que comienza a abrir fuego. Tienen que parapetarse. Nora llega hasta ellos, lanza una granada, les supera y empieza a correr hacia el bosque. La granada estalla y ella se ve lanzada hacia delante, contra la nieve.
El contador sigue avanzando.
El plan se activa. De nuevo cientos de drones salen de sus alojamientos.
Han sido cuidadosamente construidos y programados por los Hermanos y son lo más ingenioso que Nora ha visto nunca. Cada uno de ellos reproduce todas y cada una de las firmas térmicas y electromagnéticas de un soldado armado, tomadas de Hermanos reales y reproducidas con variaciones aleatorias. Son varios miles y en las pruebas que han hecho han logrado engañar a los más avanzados sistemas de sensores.
Espera unos segundos. Mira atrás, nadie parece dispuesto a salir desde sus posiciones en el interior del complejo. Se levanta y corre. Ese ejército de fantasmas habrá aparecido en las consolas tácticas como si hubieran descendido de transportes ocultos o salido de debajo de la tierra. El despliegue ha sido cuidadosamente diseñado para que los polizos concentren en ellos su atención mientras el resto de las tropas huyen, suben a sus vehículos, la mayor parte motos de nieve y todoterrenos, y desaparecen en medio de la nada o se ocultan en refugios preparados con antelación.
Un ejército aparece y otro desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
Nora corre entre los restos destruidos de pinos, cráteres humeantes, cadáveres y rocas despanzurradas. Pronto encuentra a otros Hermanos que se mueven en la misma dirección. Se escuchan disparos a su espalda. En menos de cinco minutos está en la parte de atrás de una moto con tacos todoterreno y una suspensión que la mantiene pegada al suelo a pesar de los obstáculos a más de ciento veinte kilómetros por hora, avanzando por estrechas pistas forestales, huyendo.
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