Nos mienten
22. Gripe
22
Gripe
Hay una voz en su sueño.
—Nora.
Huele a Ernesto. Está debajo de ella, desnudo. Le sonríe de un modo triste y la mira con sus ojos de hielo. Cuando habla no abre la boca, sus palabras resuenan en su mente.
—Nora. Ahora empieza todo.
De repente la cabeza le estalla. Nora grita y se despierta. Alcanza a ver como la joya, que ha dejado en la mesilla, aún brilla. Vuelve a cogerla. No se activa, no hay forma de que ese condenado dispositivo le obedezca.
Intenta recordar lo que ha dicho Ernesto. «Ahora empieza todo.» ¿Qué significa? Comienza a dolerle la cabeza. No sabe qué mensajes ha guardado Ernesto en aquel cubo diminuto. ¿Debería destruirlo? Sí, tendría que tirarlo por la ventana y correr hasta llegar al fin del mundo, pero no lo hace.
Se toca la frente, está caliente. Desde que estuvo enferma sigue teniendo episodios de fiebre.
Vuelve a tumbarse. Todavía no ha amanecido. No ha ido a un médico, a uno bueno de verdad, no los que atienden a la gente del barrio sino uno con acceso a analizadores genéticos y sistemas de regeneración.
Escucha voces desabridas que vienen de fuera del cuarto. Se levanta. El suelo está frío, el aire también. Allí no hay calefacción y el otoño está muy avanzado. Al incorporarse, todo le da vueltas. Una arcada la revuelve de arriba abajo. Respira hondo y lucha por recuperarse.
Primero fiebre, ahora vómitos y mareos. ¿Qué vendrá después?
Al fin se envuelve en la manta, se calza y camina hasta la cocina. Allí encuentra a su madre sentada a la mesa y a su hermana con el rostro congestionado. Hace unos segundos discutían, ahora se callan. Luisa compone una sonrisa de oreja a oreja. Su madre comienza a toser. Espera que no la haya contagiado.
Su hermana le da dos besos sin llegar a posar los labios en las mejillas y la mira con los ojos inyectados en sangre.
—Mamá me lo ha contado todo. Seguimos con la racha familiar.
Nora se sienta en una de las sillas, sube los pies hasta el borde del asiento y se abraza las piernas.
—Tengo que huir, salir de aquí. ¿Vendréis conmigo?
Por un momento a Luisa se le ilumina el rostro, luego una sombra le cubre las facciones.
—Seríamos una carga. —Se derrumba en una silla—. Estoy destrozada, he trabajado una semana seguida. Me han pagado unos dos mil, te los puedo prestar.
—Tengo algo de dinero, no te preocupes, lo suficiente para subir a Barcelona y allí comprar un pasaje a otro continente.
Nora no puede evitar mirar a su hermana; le tiemblan las manos y los brazos son dos palillos bajo la ropa.
Su madre vuelve a toser.
—Mamá, ¿te encuentras bien?
—Sí, hija, solo es tos, algún catarro de otoño, como siempre.
—Toma naranjas.
Luisa se ríe con amargura.
—No podemos pagarnos un lujo así.
Las tres mujeres se quedan sin palabras. El sol se cuela por la ventana y calienta el cuarto, por lo demás gélido. El agua gotea del grifo en un balde colocado debajo. Su madre se levanta con trabajo y abre el grifo. Descarta el primer chorro, que es de color marrón, y luego llena el cubo con agua relativamente limpia.
—Parece que hay agua. Nora, aprovecha y dúchate.
—Yo me voy a dormir. Estoy deshecha.
Luisa desaparece y Nora se queda a solas con su madre.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Qué le pasa a Luisa?
Su madre usa el escaso chorro para lavar la pila de cacharros que se acumulan en el fregadero.
—No entiendo de eso, hija, no le pregunto, pero creo que es de la red, una cosa de esas que te dan cuando te conectas mucho.
Nora asiente.
—Voy a ducharme.
—Tienes toallas limpias en el baño. Creo que también hay gas, déjame que lo compruebe. Sí, hoy estamos de suerte, podrás darte una ducha en condiciones.
El agua no está muy caliente, pero le basta para restregarse jabón hasta que la piel se le enrojece y para empaparse el pelo. Tendría que cortárselo aunque quizá no fuera mala idea dejarlo crecer más.
El cuarto de baño se ha caldeado por el vapor. Limpia de vaho el pequeño espejo y se mira en él; apenas se reconoce. Tiene bolsas bajo los ojos y la mirada nebulosa, turbia. La piel, normalmente bastante oscura hasta en invierno, está pálida. La herida en el muslo ha sanado, pero ha perdido peso; se le notan las costillas bajo los senos, más pequeños que nunca.
Mirarse desnuda le recuerda que a Domingo le encantaba follar en el baño.
Algo de la dureza y frialdad de los baldosines, la calidez del agua empapándolos, le excitaba hasta el paroxismo. Domingo podía ser un amante insistente, de mucha paciencia, sin prisa, siempre que estaban en la cama, no en la ducha, donde la urgencia y la pasión a veces no le permitían ni quitarse el jabón de la piel y terminaban jadeando bajo el chorro del agua caliente, a medias bebiendo los besos del otro y el agua que caía desde lo alto.
Siente que el llanto le surge desde el lugar donde ha estado guardándolo.
Lo deja salir con cuentagotas. Allí dentro hay tanto que podría estar llorando semanas, meses, y no se lo puede permitir. Se contiene; cierra el grifo y se viste con ropa interior de su hermana y un chándal de su madre.
Entre muchas otras cosas debería comprar ropa para el viaje. Allí ya no la retiene nada, pero aun así pensar en marcharse le produce una ansiedad difícil de controlar.
Cuando vuelve a la cocina encuentra a su madre sentada en una de las sillas, apoyada en el respaldo y respirando con dificultad. La frente le arde.
Está enferma.
—¿Mamá?
—Estoy bien, hija, solo muy cansada. Enseguida termino la comida.
Tendrás hambre.
—Vamos a la cama. ¿Tienes medicinas?
—Sí, paracetamol. En el salón.
—Hay que llamar al médico.
—Este mes ya no puedo, hija, he agotado el cupo de gasto.
A Nora le cambia el gesto. ¿Qué tipo de póliza era aquella?
Desviste a su madre y la mete en la cama de matrimonio anticuada, enorme, que ocupa toda la habitación sin dejar espacio alrededor. Debajo de las mantas sigue temblando. La fiebre sube. Si su madre tuviera consola, saber su temperatura sería algo trivial. Busca en el botiquín, que sigue en el mismo armario que cuando vivía allí diez años atrás, y encuentra un termómetro digital. Coge también una pastilla de paracetamol y un vaso de agua.
—Gracias, hija, y perdona, nunca me pongo mala, casi nunca.
—¿Y las visitas al médico?
—Para las vecinas, a veces voy para ayudar a las vecinas.
—¿Cómo?
—Ellas no tienen seguro. Voy y cuento al doctor sus síntomas, y luego vuelvo con lo que él ha dicho que necesito. Creo que el médico lo sospecha pero no dice nada.
Su madre siempre ha sido así. Cuando vivía allí, muchas tardes veía como abría la puerta de forma furtiva y alguien, una mano anónima, tomaba una bolsa con leche, galletas, algo de pan, queso, fruta, embutido. A pesar de que a la familia nunca le fue bien del todo, siempre hubo otros con peor suerte, mucho peor.
Accede desde la consola a un servicio médico. Lo primero de lo que le informan es del coste de una visita. No es barata, pero con el saldo que le ha dejado Cástor puede asumir el gasto. Eso alejará un poco sus posibilidades de fuga, pero solo un poco. A continuación, el robot de acceso le dice, con una voz melosa, que el tiempo de espera es de dos días, que hay saturación del servicio. Además, le informa, también amablemente, de que si el caso es grave puede contratar una recogida de emergencia y una plaza en el hospital. El precio es astronómico, supone más de lo que tiene. Mira a su madre, tiene los ojos llorosos, le gotea la nariz, parece haberse contagiado de un catarro, un simple catarro. Mira en dos o tres servicios médicos más, en todos obtiene resultados parecidos: saturación; dos, tres, incluso cuatro días de espera.
Podía levantarla e ir a un hospital. Eso sería más barato, pero seguramente el esfuerzo y la exposición al frío la harían empeorar.
—Estoy mejor.
Le toca la frente. La fiebre ha bajado un poco. Recurre al médico de los pobres, sistemas expertos online de baja calidad, baratos pero poco fiables.
Sirven para casos sencillos como parece aquel. Después de alimentar con los síntomas a dos o tres de ellos, llega a la conclusión de que, o bien es una gripe común, o las IAs no tienen ni idea de lo que está infectando a su madre.
Duda si llevarla a urgencias cuando su hermana entra en la habitación. Se ha puesto una bata de felpa sobre el camisón. Está descalza y tiene el pelo alborotado, aún más alborotado que al llegar.
—¿Qué pasa?
—Mamá está mala.
Luisa también tose. Nora le pone la mano en la frente. Tiene fiebre.
—Tú también estás enferma.
—No, yo no, será el cansancio, necesito dormir.
Vuelve a toser, esta vez con espasmos que resuenan en los pulmones. El acceso de tos dura un minuto y la deja medio asfixiada, apoyándose en el borde de la cama para mantenerse de pie.
Nora comienza a alarmarse. Abre la consola y busca las actualizaciones de noticias. Hay una epidemia de gripe bastante fuerte en la ciudad. Los servicios hospitalarios están colapsados. Nora sabe que se refieren a los hospitales de los pobres. Los superhospitales de las sociedades más caras, las que solo puedes permitirte con un sueldo alto y con una rebaja por trabajar en una corporación, no están a rebosar, con enfermos en los pasillos y colas de personas tosiéndose unas a otras en las salas de urgencias abarrotadas.
—Todos los otoños sucede igual, las puñeteras gripes. Si tuviéramos dinero, nos vacunaríamos.
Nora se calla. En la empresa, la vacuna es obligatoria y aun así ella también ha estado enferma.
—¿Qué habéis hecho otros años?
—Nada. Dormir y tomar paracetamol. A ti te ha durado solo unos días, a nosotras nos pasará lo mismo.
Luisa se acerca hasta la cabecera de la cama de su madre, que se ha dormido. Le toca la frente. Y se arropa con la bata.
—Está bien. Me vuelvo a la cama.
Nora se queda sola en la habitación. La ve dormir durante unos minutos y luego vuelve a su cuarto y toma la joya cúbica de la mesilla. Atrapa la luz y brilla como si estuviera hecha de diamante, pero sigue tan inerte como siempre.
Hay un ruido en su mochila, un sonido chirriante. Imagina un insecto o un dron espía. Abre el bolso y descubre el teléfono de Cástor iluminado, vibrando. Hay un botón con un dibujo de un auricular descolgado. Lo pulsa.
Para Nora es un misterio cómo aquella antigualla todavía puede funcionar.
—¿Sí?
—Soy yo; Cástor. ¿Aún sigues por aquí?
—Estoy reuniendo fuerzas para marcharme.
Durante unos segundos se extiende un silencio espeso.
—¿Y Domingo?
—No vendrá.
—Han formado un grupo para capturarte o eliminarte. Ha pedido participar.
Cástor se interrumpe para toser durante unos segundos.
—¿Cástor? ¿Estás bien?
—Una gripe, como casi todo el mundo en el edificio. Parece que este año la vacuna no sirve para nada.
—¿Vas a ir al médico?
—No merece la pena, se pasará. ¿Nora…? —La voz se le quiebra—.
Escucha, no tengo mucho tiempo, cada vez me cuesta más mantener esto libre de bichos espías.
—Dime.
—¿Te acuerdas del proyecto Cielo e Infierno, el que mencionó Ernesto?
—Sí.
—Las referencias estaban ocultas en las capas más profundas de la seguridad de los Ramoneda. Cuando las descifré encontré muchos códigos de localización. Es algo de la confederación o aún mayor, a escala europea, puede que involucre incluso a otros continentes.
—¿Qué es?
—No lo sé, todavía no he descodificado todo. La protección es endiabladamente difícil de romper, capas y capas de encriptación. Lo único que sé es que es algo gordo, muy gordo, tanto como para matar a un Ramoneda o a toda la puta familia.
—¿Cómo puedo saber más?
—Intentaré descifrar los ficheros por completo, pero tengo una pista. Los Ángeles, ellos están involucrados de algún modo. Aparecen sus nombres; todos y cada uno de los hijos de los poderosos, más de cinco mil jóvenes en cinco continentes, en ciudades, complejos de lujo, incluso en órbita.
Cástor continúa tosiendo.
—Tengo que hablar con ellos.
—No te lo aconsejo. Desde lo de Ernesto, la seguridad aquí ha aumentado. Supongo que será igual en todas las familias. ¿Nora?
La voz de Cástor ha perdido su languidez; ahora habla con prisa, angustiado.
—Voy a transferir a las cuentas a las que te di acceso el resto de mi dinero. Empléalo como mejor veas.
—Cástor, no deberías. Quizá lo necesites.
—Está decidido. ¿Nora?
—Sí.
Hay un silencio más largo de lo normal. Nora traga saliva. Casi puede ver los esfuerzos de Cástor por expresarse, por lograr extraer de su garganta las palabras que ella sabe desde hace mucho que no necesita pronunciar, que nunca significan nada y siempre llegan tarde.
—Nora, creo que me han descubierto. No soy como tú, no voy a huir. Si vienen por mí, haré saltar esto por los aires.
—¡Cástor! Podemos huir juntos.
—No lo creo. Te estorbaría. No soy un hombre de acción, tú lo sabes mejor que nadie. Puede que sea la última ocasión que tengamos de hablar.
Nora… Yo…
—Lo sé, Cástor, lo he sabido siempre.
—Desde lo que sucedió en mi casa, y a pesar de lo que me dijiste, te he seguido queriendo. No es algo voluntario, simplemente no pude dejar de sentirlo.
Nora quiere contestar, decir algo, pero se le han agotado las palabras.
Escucha al otro lado de la línea un ruido muy fuerte, algo parecido a una explosión. El teléfono de Cástor cae al suelo. Se oyen varios golpes secos que solo pueden ser disparos.
—¿Cástor?
Escucha cosas moverse, pasos, algo se cae, quizá una estantería, alguien gime y comienza a toser. Luego oye una voz que reconoce preguntando por ella con insistencia. Cástor no puede responder, solo tose cada vez más fuerte. Nora agarra el teléfono con tanta fuerza que casi se le resbala de la mano. Ha reconocido la voz, es la de Stearsky.
Intervienen otros hombres; se oye un gemido, están golpeando a Cástor.
Después alguien dice «Lo vas a matar, no puede respirar». Cástor se queja
más fuerte y algo grande cae al suelo.
Sigue escuchando, deseando volver a oír a su amigo. Hay gritos, órdenes, no entiende lo que dicen. Las voces se acercan.
—… todo lleno de chatarra. Cuánta mierda.
—¿Y qué tenía que ver el gordo este con Nora?
El que responde es Domingo hablando con el mismo tono que usaba en las reuniones con sus amigos, en el trabajo.
—El muy imbécil estaba enamorado de ella desde que fueron juntos al instituto. Estuve tentado de darle lo suyo unas cuantas veces, pero no lo hice, Nora no me lo hubiera perdonado.
—Pena que ha estirado la pata. Seguro que había contactado con él y estaba ayudándola. Cuando los de sistemas peinen esto, encontraremos alguna pista más.
—Oye, ¿y esas chispas?
—Joder, salgamos de aquí.
El teléfono deja de funcionar. Nora lo apaga y se sienta en la cama, mirándolo. Las lágrimas están ahí, en el borde de sus ojos. Una vez más lucha por no liberarlas, insegura de si podrá cerrar el grifo de sus lágrimas si alguna vez lo abre.
Debería regresar al edificio de los Ramoneda y hacerlo arder hasta los cimientos. Malditos hijos de puta. Aprieta los puños y los dientes e intenta relajarse, cabeza fría es lo que necesita ahora. Primero tiene que ocuparse de su madre y su hermana. Después huir, marcharse lejos. Quizá el tiempo le conceda la venganza.
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