Nos mienten
3. Actividades deportivas
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Actividades deportivas
El fundamento del vuelo con traje activo es muy sencillo: tomar altura, mucha, y dejarse caer planeando gracias a la aerodinámica de un traje con superficies activas y extensiones alares. La realidad se parece más a gritar y seguir gritando mientras saltas desde un helicóptero sobre el parque natural de Guadarrama y el aire comienza a chillar aún más que tú; un concurso de alaridos bestiales que te sacuden y remueven las tripas mientras las alas del traje, una estructura de materiales compuestos de matriz de titanio y tela de Kevlar reforzada por hilos de nanotubos, se mantienen plegadas.
Y no las abres, a pesar de que podrían detener el loco descenso, porque Ernesto, el objeto de tu trabajo, el único hijo de los Ramoneda, y dos amigos suyos, que han saltado justo antes que tú, aún no han abierto las suyas y no puedes perderlos de vista. El suelo, las praderas verdes moteadas de rocas blancas, se acercan a más de doscientos kilómetros por hora.
Aprietas los dientes mientras la consola sustituye la escala numérica de velocidad por una cinta que va engrosándose, pasando del amarillo al rojo y del rojo a un incendio incandescente. Salta una alarma que no recuerdas qué significa y la pequeña inteligencia artificial integrada en el traje le dice a tu consola que tienes que dar la orden de desplegar las alas. Muestran un perfil de frenado muy justo y un mapa esquemático en tres dimensiones del paisaje a tu alrededor. Solo con esa información podrías volar en mitad de la noche más oscura. Quizá fuera mejor así, no ver el horizonte azulado y las rocas que brillan al sol como pequeñas lápidas anónimas.
Los otros dos escoltas hace rato, casi al principio del descenso, que desistieron y abrieron las alas. Planean muy alto, invisibles. Ernesto y sus amigos siguen descendiendo en caída libre. ¿Qué pretenden demostrar?
Los chicos han pasado ya los límites de dos perfiles de seguridad; la optimización del planeo está olvidada, con ese vuelo no van a romper ningún récord de distancia. Siguen perdiendo altura. Nora ve los tres cuerpos que la preceden, los brazos pegados al tronco, hendiendo el aire
como flechas. Los oídos le pitan, han descendido dos mil metros en menos de treinta segundos. Restan menos de mil para que impacten contra la ladera de la montaña. Se está acercando. Ve como los mecanismos de apertura, movidos por gruesos músculos artificiales, abultan la espalda de los trajes.
Salta otra alarma. El traje le informa de que ha alcanzado una velocidad tal que, si en ese momento abriese las alas, su integridad no estaría garantizada. El ordenador estima que en esa maniobra la estructura sobrepasaría los esfuerzos máximos de diseño en un cinco por ciento.
Entiende lo que van a hacer cuando alcanzan los primeros pinos y siguen sin abrir. No quieren ganar distancia, sino velocidad. El primero de ellos peina la cima del Alto de los Leones y pasa a la otra vertiente esquivando árboles y rocas, pegado al terreno. Los otros dos se separan, buscan vías de descenso a casi doscientos cincuenta kilómetros por hora, zigzagueando entre robles, peñas, collados y calveros, zumbando como flechas humanas.
Traga saliva y aprieta los dientes. La cantidad de adrenalina que circula por su torrente sanguíneo le provoca sequedad en la boca y una tensión casi insoportable en los músculos.
Grita.
Y vuelve a gritar.
Los insulta, esquiva una roca, sonríe por dentro y vuelve a gritar con todas sus fuerzas. Alcanza el estado mental que se crea cuando la excitación no puede crecer más; el corazón no es capaz de seguir aumentando su ritmo y el cerebro se estabiliza rindiendo al doscientos por ciento de su capacidad normal. Todo se vuelve cristalino, el viento susurra. Su cuerpo es como un cuchillo que hiende el aire. Gira para abordar una peña por la izquierda; vuelve a girar para evitar una rama de abeto que aparece de la nada; sigue descendiendo, roza la superficie de un pequeño valle sin saber si tendrá alguna forma de sortear el montículo que lo cierra; y sí, hay un resquicio entre dos peñas enormes por el que se cuela y vuela entre las abruptas paredes de una pequeña torrentera.
Y sigue bajando y acelerando.
Dos segundos más y al fin Ernesto y sus amigos despliegan las alas, primero tan solo diez grados, intercambiando velocidad por sustentación. Se elevan casi en vertical. Luego las abren más y ascienden seiscientos metros en un instante.
Nora se prepara para hacer lo mismo. Los sistemas del traje le indican que si extiende las alas en ese momento el margen de seguridad estructural será superado en un treinta por ciento. Está volando totalmente fuera de la envolvente de seguridad, tanto que ni el rapidísimo procesador del traje puede asegurar qué va a pasar en los próximos segundos.
A pesar de ello, aprieta los dientes y sobrepasa el punto donde los chicos han cedido. Sigue descendiendo. En el fondo del valle hay una pequeña represa, un espejo de agua azulada perdido entre rocas y verdor. Insinúa un leve movimiento y siente su cuerpo virar treinta grados de golpe. Recupera el rumbo, esquiva masas de árboles y se dirige hacia el agua. Cuarenta por ciento. No puede retrasarlo más. Comienza a desplegar las alas. El soporte del mecanismo de despliegue en su espalda cruje, los músculos plásticos acusan el esfuerzo. La pequeña represa está cada vez más cerca. Nora arriesga cinco grados de apertura. Las alas se abren tímidamente. Apenas se eleva. La consola le informa de que el dispositivo está sufriendo un esfuerzo de un sesenta por ciento por encima de su resistencia máxima. Si las alas se rompen, muere; si no se extienden lo suficiente, muere también; las opciones son escasas.
Está ya encima del embalse.
El viento hace rielar el agua y los destellos del sol se funden en un solo reflejo enorme. Parece que vuela sobre un inmenso resplandor dorado.
No hay tiempo. Si no abre más, va a estrellarse contra el agua a casi trescientos kilómetros por hora. Abre treinta grados y es como si un puño enorme la embistiera por debajo y la lanzara al cielo. Se eleva medio desmayada, sin respiración, y con la visión comprometida por la aceleración, la famosa niebla roja de los pilotos de caza. Por suerte, la consola sigue dándole información visual sin parecer afectada en lo más mínimo. El traje, a pesar del abuso al que se está viendo sometido, cumple con su tarea y mantiene el ascenso estabilizado. Cuando la aceleración deja de ser tan brutal, la sangre consigue regresar a su retina y Nora ve que está más de doscientos metros por encima de Ernesto y los otros dos chicos, en transición a un vuelo de planeo. Las alas de sus trajes, de estructura reticular y telescópica, se extienden por más de cinco metros de envergadura.
Después de la velocidad, el lento planeo es como flotar inmóvil. Abajo, los chicos están descendiendo hacia el valle en amplios círculos. Los sigue sin esfuerzo. El traje le informa de que hay microfisuras en toda su
estructura, que la seguridad está comprometida y que deberá pasar por mantenimiento en cuanto tome tierra.
Unos minutos después, los chicos están empaquetando los trajes en la trasera de un todoterreno de conducción autónoma que les estaba esperando. Nora, antes de aterrizar, evalúa los alrededores. Los sistemas tácticos de su consola, alimentados por los datos recolectados por una nube de drones del tamaño de un moscardón que vuelan por toda la zona, le aseguran que no hay ninguna amenaza cercana.
Toma tierra y las piernas no logran sostenerla. Trastabilla y está a punto de caer. Ernesto, de repente a su lado, la sujeta.
—Gracias. He tropezado.
—De nada.
Ernesto se acaba de quitar la parte de arriba del traje. Le sonríe y continúa desnudándose hasta quedarse en ropa interior. Nora lo mira de reojo mientras hace lo mismo. No ha visto nunca una masa muscular y unas proporciones esqueléticas tan perfectas. Luego supone que aquellos chicos tienen a su alcance tratamientos de bioingeniería que ella no puede ni soñar.
Se visten con ropa que sacan del coche. Nora lleva un chándal ligero y la pistola en una micromochila. Se viste también y comprueba el arma antes de guardarla en la sobaquera.
—¿Viene?
Se han montado en el coche y la están esperando. Se sienta al lado de Ernesto, en el asiento del copiloto. Es rubio, del mismo rubio muy claro de su madre. Tiene un rostro franco, risueño, de mentón redondeado y ojos muy azules. No mantiene la pose afectada de su madre ni la dureza de roca de su padre, sin embargo parece mucho más seguro de su posición en el mundo que cualquiera de ellos.
Los otros dos chicos bromean y ríen. Ernesto anula el pilotaje automático y comienza a conducir por el camino en mal estado. Nora usa los sensores de seguridad del vehículo para espiar a los chicos. Son diferentes, los dos morenos, uno con rasgos orientales, el otro con la piel cetrina. Narices, ojos, mentones, no hay nada igual entre ellos, sin embargo comparten con Ernesto una mirada libre de complicaciones y una seguridad apabullante.
Todos ellos tienen rostros bellísimos y cuerpos flexibles, proporcionados, de miembros largos y fibrosos. Allá donde mira, Nora ve brillar las marcas de la más moderna y cara bioingeniería de retromodificación.
Deja de espiarlos y pasa a sumergirse en el espacio táctico que la consola ha creado usando los datos que le envían el todoterreno y los sensores flotantes. No hay ningún indicio de problemas. El coche marcha rápido mientras Ernesto conduce sin cometer un solo error, como si conducir por aquella pista irregular fuera lo más natural del mundo.
—Mañana hay una fiesta de cumpleaños, la de Laura.
—Tendremos que ver qué le regalamos.
—Sí. ¿Quizá unos vectores de computación?
—No, sería de mal gusto. Querrá algo intrascendente, artístico quizá.
—Será difícil encontrar algo bueno de verdad.
—En realidad no. Mi padre compró el otro día dos salas del Museo de Arte Contemporáneo. No creo que haya problema en que escojamos alguna obra de allí para regalársela.
—No sé si tu padre va a estar de acuerdo.
—Las ha comprado por los impuestos, le da igual lo que haya en esas salas.
Los chicos detienen el coche junto a una terraza. Se sientan al sol y piden agua mineral. Nora se queda al lado del vehículo, atenta al perímetro de seguridad coloreado en rojo que le indicaba el sistema táctico de su consola.
Cualquier persona u objeto que entrase en esa zona sería tratado de inmediato como una amenaza.
—Nora, ¿puede venir, por favor?
Tarda en entender que se dirigen a ella.
—¿Señor?
—Siéntese con nosotros, pida algo de beber.
—Lo siento, estoy de servicio, me temo que no me lo puedo permitir.
—Entiendo. Stearsky, ¿podría concederle un descanso a Nora, por favor?
Tan solo unos minutos. Tiene a sus bichos volando por ahí para seguir vigilando. Le prometo que será solo un momento.
La voz de Stearsky le llega por la consola.
—Esto es muy irregular y peligroso, señor.
—No va a pasar nada, se lo aseguro. Confíe en mí.
—Positivo. Nora Tango November, desconexión de modo activo en tres, dos, uno, ya, hasta nueva orden.
Ernesto le señala la butaca a su lado. Sin saber muy bien a qué atenerse, se sienta.
—¿Qué tomará?
—Agua, por favor.
Al instante se la sirven, muy fría. Bebe mientras mira a unos y a otros.
No detecta un solo gesto de amenaza o de burla, nada que le ayude a saber qué piensan, por qué la han invitado a su mesa.
—No se alarme, tan solo queremos que descanse un poco. Estamos impresionados por su descenso.
—Ustedes bajaron igual que yo, al límite.
—Sí, pero no lo sobrepasamos. Había riesgo, pero controlado. Usted salió del entorno de seguridad por completo.
—Esos trajes están bien diseñados, aguantan más de lo que dicen los límites.
Los chicos sonríen y luego se miran entre sí con intensidad, como si sus palabras hubieran corroborado una opinión previa.
—Nos interesa su actitud, Nora. Nosotros no pudimos ir más allá.
—Lo entiendo, en su posición…
—No tiene nada que ver con nuestra posición, más bien con nuestra herencia.
Nora consulta en la consola. Guillermo van der Vaalen, uno de los chicos morenos, es el heredero de las industrias pesadas Vaalen, fabricantes de generadores eólicos y parques de energía termal, un entramado de empresas de acumulación de energía. Pablo, el otro moreno, es un Villamil, el miembro más joven de un clan de abogados dueños de una serie de firmas, despachos y consultorías presentes en casi todas las grandes ciudades del mundo. Y por último, Ernesto, el hijo de los Ramoneda, heredero de un conglomerado de empresas de biotecnología que se extiende por cuatro continentes, en competición de igual a igual con los chinos.
Con la asignación para gastos mensuales de uno de ellos, ella podría vivir varios años. La herencia tiene su importancia, sin duda. Nora no dice nada.
Entiende que ella no tiene mucho que perder, sin embargo ellos sí.
—Su maniobra ha sido notable. Tan solo quería preguntarle por qué.
Nora se encoge de hombros y no piensa la respuesta.
—A veces es mejor dejarse llevar, sin importar las consecuencias.
Los chicos la miran y ya no es solo envidia, también hay un muy leve toque de admiración en sus miradas.
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