Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 6 de 47

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Nos mienten

5. Ernesto

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Ernesto

Nora espera en la planta baja del edificio de los Ramoneda, un rascacielos que acoge la sede de sus empresas menos virtuales. Para el resto de las compañías basta una dirección electrónica y cientos de miles de conexiones informáticas cruzando de un lado al otro del planeta. En el último piso del edificio, en el ático, le espera Ernesto, el único hijo de los Ramoneda y, por tanto, el heredero de todo el imperio familiar.

El mostrador de seguridad es engañoso. El sistema táctico de su consola ha sido reconocido por la seguridad del rascacielos y le muestra los alojamientos de las armas automáticas y los soportes para los escudos blindados que sellarán el hall en caso de que fuera necesario.

La chica tras el mostrador es una muñeca de cutis perfecto, tanto que parece de plástico. Se vuelve y le sonríe. Nora aparta la vista.

Lleva esperando cinco minutos. Cinco minutos, cinco horas, cinco días, cinco meses, cinco años, toda una vida pagando cuotas, obligaciones, alquileres. La hipoteca de sus padres es como una losa sobre su futuro.

Todos los planes han de ser variados, cambiados, readaptados. De repente su sueldo le parece ínfimo, ridículo.

La chica se dirige a ella.

—Puede subir.

Agradece con un gesto de la cabeza. No le piden el arma. Si no está autorizada en el entorno del edificio, no se activará nunca. No es más que un pedazo de hierro y plástico inútil.

Aún no sabe por qué la han llamado, pero no le da buena espina; estar demasiado cerca de los poderosos, a pesar de lo que dice Domingo, no es bueno. Al contrario de lo que ella hubiera creído, a él la idea le ha entusiasmado, la ve como un signo claro de promoción.

Mientras el velocísimo ascensor escala metros y metros, se imagina como una pequeña hormiga al lado de un gigante. Las opciones que se le ocurren

son oscuras: una caja de cristal y un duro alfiler atravesándole el pecho, un pisotón inadvertido, una lupa que la quema tan solo por ver qué pasa.

El ascensor se detiene, la puerta se abre sin emitir ningún ruido y le permite acceder a un largo recibidor. La pared del edificio es de cristal. Tras ella se ve el cielo de Madrid en todo su esplendor. La luz solar la ciega hasta que las gafas de sol reaccionan y se oscurecen.

La pared opuesta del recibidor es por completo de metal. El único acceso al apartamento es una puerta entreabierta. Mira a un lado y a otro, y decide entrar. El ático es diáfano, sin más separaciones entre habitaciones que algunos muros de cristal. Allá donde mire hay un ventanal desde el que se ve un universo de nubes doradas en el que el sol se hunde sin remedio. Sus pasos resuenan en el mármol. Escucha una música suave que no reconoce, un piano y un saxo.

Alguien la habla desde su derecha:

—Pase, por favor, Nora.

Sigue el sonido de la voz. Gira y tras una esquina de metal y encuentra a Ernesto en la cocina.

—Buenas tardes, señor Ramoneda.

—Ernesto tan solo, por favor. De momento el apellido es de mi padre más que mío.

Ernesto está picando cebolla mientras hay una sartén humeando en el fuego. Nora le ve manejar el cuchillo. La coordinación motora es perfecta, la ancha hoja de acero cercena la cebolla a una velocidad de vértigo, sin un solo error. Echa la cebolla picada en la sartén y comienza a remover con una paleta.

—Me he tomado la libertad de hacer una pequeña cena. Siéntese.

Ernesto sonríe y señala un taburete delante de una enorme pieza de granito que hace las veces de encimera. Sobre ella algunos botes de diseño estilizado contienen pasta, setas desecadas y hierbas varias.

—No puedo tomar nada, estoy de servicio, señor.

Ernesto apaga el fuego, deja a un lado la sartén, coge una botella de vino que estaba abierta y sirve dos copas.

—No está de servicio, lo he comprobado. Venir aquí no ha sido una orden, tan solo una invitación. Insistí mucho a Stearsky para que quedase claro. ¿No ha sido así?

Nora traga saliva. Claro que quedó claro, Stearsky en persona se presentó en su apartamento para decírselo. El viejo cabrón utilizó las mismas

palabras, solo que la entonación era otra.

—Sí… Ernesto.

El nombre se le queda atorado en la garganta y cuando sale es todo aristas que rascan y la hieren.

—Así mejor. Lo primero que quiero aclararle es que esta visita no tiene ningún interés más allá de intercambiar unas palabras. Haga lo que haga, no va a suponer ningún empeoramiento de sus condiciones laborales. Tampoco una mejora. En realidad no tiene que ver con el trabajo, con las empresas de mi padre o con mis puestos en ellas.

Nora suspira en silencio.

—Se trata de un asunto privado.

Nora imagina que será algo relacionado con drogas, violencia a terceros, algún tipo de ilegalidad que Ernesto no quiere que quede dentro del radar del sistema de seguridad de su padre. Solo que eso es imposible. Ella sabe, como lo saben todos los polizos, que aunque puedes ordenar a los sistemas que dejen de vigilar, de grabar, nunca descansan, todo se graba, hasta lo más privado, incluso esa conversación en aquella cocina de ensueño, donde no reconoce la mitad de los electrodomésticos que ve.

Ernesto se vuelve y saca de la nevera un par de filetes de carne que brilla muy roja bajo las luces de espectro ancho que decoran la cocina.

—Espero que le guste la carne. Es de Kobe.

—Lo que haya elegido estará bien.

En un parpadeo, su consola le informa de que el kilo de carne de buey de Kobe, al que masajean los músculos con cerveza y crían mejor que a la mayor parte de la población del planeta, cuesta lo mismo que su sueldo de un mes.

La carne comienza a chisporrotear en el fuego.

—Es un asunto muy sencillo. Solo quiero que me responda a unas preguntas. Tengo mucha curiosidad.

Ernesto saca los filetes de la plancha, apenas han estado unos minutos chisporroteando, y los sirve en dos enormes platos de cerámica blanca. Se sienta en un taburete frente a Nora. Toma la copa y bebe muy despacio. Ella aún no ha puesto las manos sobre la encimera. Su copa está intacta.

—¿Sobre mí?

—En realidad no. Más bien sobre los que son como usted.

—¿Los polizos?

Ernesto le señala la carne con la mano y le sonríe. Una vez más Nora queda atrapada por el gesto. No sabe si la sonrisa es condescendiente, burlona, triste o todo eso a la vez. Baja la vista y comienza a cortar el chuletón. Es firme y fibroso, el cuchillo cerámico se abre paso con facilidad y expone un corte sangrante. Bebe de su copa. El vino le parece lleno de un sabor complicado y con bastante alcohol. Hubiera preferido una cerveza. El bocado se le deshace en la boca dejando un intenso sabor a sal, a hierbabuena, mantequilla y carne correctamente cocinada, casi cruda.

—El sabor, ¿verdad? —Ernesto ha cortado un pedazo de su chuletón, lo ha pinchado con el tenedor y lo mira reflexivo—. Estamos programados para volvernos locos con su sabor. Nuestros antepasados se hicieron más fuertes e inteligentes cuando pasaron de una dieta de frutas a una carnívora.

El gusto por la carne no es cultural, no es necesario aprenderlo, lo tenemos grabado en los genes y respondemos a él automáticamente.

Ernesto deja la carne de nuevo en el plato, sin morderla.

Nora levanta la vista y se aparta un mechón rebelde de la cara.

—¿Qué quiere de mí?

—Como podrá ver, aquí arriba estoy bastante lejos de la gente. Mi padre cree que eso es bueno, que bajar del pedestal nos degrada, que estamos más arriba por algo y que ese algo hay que cuidarlo manteniendo la distancia.

Hay muchos que piensan como él.

—¿Y qué quiere? ¿Observar a las hormigas de cerca?

Ernesto sonríe. De inmediato Nora sabe que ha metido la pata. Si alguien escucha sus palabras, la pueden acusar de insubordinación. ¡Mierda! Se concentra de nuevo en la comida.

—Cree que nos escuchan. No la culpo. Solo hay un modo de que lo compruebe.

El heredero de los Ramoneda le tiende un engarce dorado, el terminal de conexión de su consola personal. Nora abre mucho los ojos. Ese tipo de conexión convertirá la consola del millonario en esclava de la suya. Será como tener todos sus sistemas subordinados a los suyos.

—Tome, diviértase mientras termino de comer.

Y esta vez sí que se mete la carne en la boca y comienza a masticar. Nora toma el terminal con manos temblorosas y lo conecta a su consola. De inmediato es como si la habitación se iluminase. Hay cientos, miles de configuraciones tridimensionales distribuidas en el espacio virtual, que coincide, punto por punto, con las paredes, suelo y techo reales del ático.

Son como un jardín de complejos fantasmas geométricos que hubiera estado oculto hasta ese momento. No quiere curiosear con esos datos. En ellos estará codificada mucha información, en realidad toda una vida de datos privados. Accede al control del monitor y ahí es donde las cosas se vuelven locas. Descubre que los procesadores que hay integrados en las paredes y muebles están ejecutando una simulación, perfecta en todos los detalles, de la cocina y de ellos dos. Los maniquíes hablan de vuelo con traje, una perfecta conversación de dos deportistas del aire. Esa es la escena que están grabando todos los sistemas de seguridad del ático, no la real.

Devuelve la conexión.

—No sabía que algo así se pudiera hacer.

—No se puede si no se sabe cómo llevarlo a cabo, y nadie sabe, salvo quizá una docena de personas en todo el mundo.

Ernesto ha terminado. Rellena las copas de vino.

—¿Qué quería decir antes con eso de las hormigas?

Nora no tiene otra opción, nunca la ha tenido. Aunque no existiera la escena de cobertura, su papel será siempre obedecer. Es una hormiga y el pie gravita sobre ella. Seguramente la pisará haga lo que haga.

—Hormigas es lo que parecemos desde los pisos altos de los rascacielos.

Insectos sin importancia que nacen, viven y mueren lejos. —Ernesto no dice nada—. Si ven una hormiga retorciéndose porque ha perdido dos o tres patas, lo mismo se apiadan de ella y la rematan de un pisotón, pero no se detienen a considerar lo que hacen en el subsuelo. Somos otra especie, es lo que creo.

Ernesto termina la copa de vino de un trago y su mirada cambia, se hace mucho más inquisitiva. No hay rastro de la sonrisa.

—Vamos afuera, a ver las hormigas.

Nora lo sigue a la terraza. El viento sopla fuerte y le roba el calor de la piel. La camisa de Ernesto y su pelo flamean con violencia. Se asoman por la barandilla. Abajo, muy abajo, los coches se mueven deprisa. Hay gente caminando entre los edificios, los últimos que salen de las oficinas y vuelven a sus casas.

—Hormigas es una buena definición, pero no es exacta. Las hormigas de verdad son los verdaderos dueños del planeta. Ahora mismo, incluso en las zonas de exclusión donde hay poca vida que subsista, hay más hormigas que el resto de los seres vivos multicelulares sumados. Llevan en el planeta ciento treinta millones de años. Nos sobrevivirán, sin duda. Eso que vemos

desde aquí no son hormigas sino seres humanos que hemos hecho pequeños alejándonos de ellos.

—Y ahora, desde tan lejos, ¿tienen curiosidad por nosotros?

—Mi padre tiene departamentos enteros dedicados a analizar a esas hormiguitas lejanas. Cualquier aspecto de su vida que se pueda imaginar ha sido evaluado, medido, modelizado. A pesar de los esfuerzos, mi padre y sus analistas no consiguen entenderlos del todo, fallan en lo esencial: les tienen miedo y eso los condiciona.

—¿Miedo? ¿De qué? ¿De que dejemos de pagar las hipotecas? Jamás va a suceder.

—¿Pagar las hipotecas? Si una persona deja de hacerlo, está perdida. Si diez millones deciden no pagar, es el sistema el que está perdido. Pero incluso eso no les preocupa demasiado. El dinero no es más que dígitos binarios en sus ordenadores. Lo hacen aparecer o desaparecer a conveniencia. No, el auténtico miedo es que las condiciones se vuelvan tan duras que ya no haya forma de contenerlos.

Nora deja de mirar hacia abajo. En el cielo del norte, donde hay menos contaminación lumínica, se pueden ver brillar algunas estrellas.

—Las condiciones ya son duras.

—Pueden volverse mucho peores. Ya no hay petróleo para todos. Ni siquiera las energías renovables sirven. La agricultura hace mucho que llegó a su máxima producción. Los recursos son finitos, se agotan, la producción irá cuesta abajo sin remedio.

Nora no deja de observarlo ni un segundo. Parece una polilla encandilada por una luz demasiado potente.

—¿Y cuál es su interés?

—Quiero saber por qué aún existimos, por qué no han venido hasta este edificio con picos y palas para demolerlo hasta los cimientos.

Nora retira la vista. Los ojos de Ernesto relucen como dos estrellas.

Aprieta tanto los puños en la barandilla que parecen a punto de romperse.

¿Miedo? No, aquel hombre no tiene miedo, siente rabia.

Rabia. Recuerda el piso de su madre, el traje de su hermana. Quizá ahora mismo está trabajando; hombres y mujeres anónimos pagarán la cuota y se conectarán mediante su consola o con un traje sensorial. Todo lo que hagan en los espacios virtuales, incluidos penetraciones, golpes, calor y frío, tacto y gusto, se transmitirá hasta su piel con el único límite quizá de las heridas inciso-cortantes. Y todo eso para hacer frente a unos pagos imposibles que

irán creciendo y ahogándola. Y Nora, una hormiga más, cuando acabe la conversación dejará el ático y tendrá que regresar a los túneles subterráneos de donde no debería haber salido nunca.

—La rabia —Nora se señala el pecho— está adormecida, drogada por el hastío. Es un animal entrenado para no morder. Sin esperanza, sin dignidad, la rabia termina por morir y se pudre en el pecho hasta envenenarte. Luego, una noche, te levantas, llamas a la puerta del vecino y le clavas un martillo en la cabeza. Cuando te preguntan, respondes que hacía mucho ruido con la televisión. O te da un infarto porque tu equipo no ha ganado, o te mueres inundado de falsa alegría porque en el curro te han concedido un ascenso de mierda, una limosna disfrazada de promoción.

Ernesto parece calmarse. La mira con interés. La sonrisa enigmática vuelve a aparecer.

—La suya parece que aún muerde.

—Todavía no está domesticada del todo. Pensaba que sí, pero aún muerde.

Nora deja de mirarle y se apoya en la barandilla. Qué sencillo sería saltar, volar en el fresco vacío.

Ernesto se le acerca.

—Nora, me gustaría que me contestase con toda la sinceridad de que sea capaz. Es un favor que le pido.

Nora asiente y espera.

—¿Qué le permite levantarse por las mañanas, seguir trabajando, esforzándose, viviendo?

Nora abre la boca, va a decir una obviedad, pero luego se detiene. No es porque tiene una profesión que le gusta, porque quiere a su pareja o porque sienta devoción empresarial por los Ramoneda. No es tampoco porque tenga ambición, ninguna ambición. No sabe por qué, pero en cuanto ha escuchado las palabras de Ernesto ha sabido que sí, que hay algo por lo que sigue en movimiento.

—A pesar de todo, me gusta respirar. A pesar de todo, hay días hermosos, noches luminosas, un polvo que sabe a gloria, un trago que te llena, incluso unas palabras intercambiadas con un compañero en medio de una guardia bajo la lluvia, calados hasta los huesos, hartos y ateridos. No sé explicarlo mejor.

—Seguir viviendo.

—Sí. Seguir viviendo mientras no te coma el dolor y la pena, mientras puedas dejar de pensar en las deudas al menos un rato cada día. Parece sencillo, pero no lo es.

Ernesto no contesta. Nora vuelve la cabeza hacia la ciudad, plagada de luces. En el sur, como una cordillera artificial, se perfilan macizos cubos de cristal, enormes hoteles y casinos, prostitución y juego. Columnas de potentes rayos láser se elevan hasta inflamar las nubes. En oleadas llegan los sonidos de los casinos y casas de sexo. Si no tuvieran filtros en las consolas, con solo mirar hacia esa zona de la ciudad, su espacio de trabajo se llenaría de reclamos para apostar, para jugar al póquer 3.0, al redjack, y de anuncios de prostitución, de porno virtual crudo y sin cocinar.

En el norte, las mansiones se extienden sobre las montañas sin hacer ruido, sin brillar. Piscinas enormes, casas de ensueño en lo alto de los picos más altos, fortalezas preparadas para aguantar la siguiente guerra corporativa, igual que lo está el ático de Ernesto y todas las viviendas y oficinas de los poderosos.

Ernesto le habla sin mirarla, de nuevo la vista perdida en la oscuridad.

—Vivir, solo vivir, a veces es lo más complicado.

—No le entiendo.

—La sociedad sirve para intercambiar libertad por seguridad, incluso ahora, en una época en que hay tan poca seguridad. De ahí mi pregunta.

¿Por qué vivir aún en sociedad? ¿Por qué respetar las normas, a sabiendas de que son injustas? ¿Por qué mantener a los padres, a los hermanos, a los hijos si, en menos de un segundo, un dron furtivo que te mande un rival de la junta de accionistas te puede volatilizar junto con varias plantas del edificio donde te escondes?

Nora vuelve a mirarle. Por un momento casi comprende la distancia que los separa, construida por legiones de polizos y toneladas de blindajes reactivos y electrónica de seguridad. Luego recuerda a su hermana y a su madre. Su vida no es mejor que la de ellos por mucho que Ernesto se sienta solo en su ático.

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