Nos mienten
4. Familia
4
Familia
Dicen que las sucesivas crisis desde principios del siglo XXI se han comido a la clase media. Nora mira a su madre, sentada en el sofá. Su sonrisa es luminosa, amplia, pero desvela dientes desparejos, amarillentos, huecos infames. Las bocas así, las de los que no pueden pagarse el dentista, abundan en las afueras y son más raras cuanto más cerca del centro. Las crisis no se han comido a la clase media, simplemente la han aniquilado y han dejado detrás las carcasas de los hombres y mujeres obnubilados por la idea de esfuerzo y recompensa, pudriéndose en vida, anclados a pisos minúsculos y casi en ruinas, donde no hay dinero para arreglar el ascensor y solo hay agua y electricidad unos cuantos días al mes.
Bebe del líquido que su madre llama «café» mientras se somete a su escrutinio silencioso. Sonríe mientras recuerda por qué no ha vuelto: duele.
A pesar de ello, no se arrepiente de haber ido, aún no. Su madre ha llorado al verla y se ha arrojado a sus brazos, un frágil esqueleto de pájaro que le dio miedo de quebrar con su abrazo. Nora sabe que pasa los días y las noches allí, a solas.
Al fin su madre comienza a hablar.
—¡No sabemos nada de ti desde hace mucho, Nora!
—He estado ocupada, trabajando, mamá, trabajando mucho.
—Entonces ¿tienes trabajo?
Claro que tengo trabajo, piensa Nora. Todos los que no viven en las afueras tienen trabajo. Solo así podemos pagar los alquileres, los recibos, la conexión de la consola y los plazos, la ropa inteligente, las conexiones virtuales de ocio, el restaurante japonés una vez al mes y las vacaciones de verano. Está a punto de decírselo tal cual, pero se detiene a tiempo.
—¿Y mi hermana?
—Los días que viene a dormir llega a esta hora más o menos.
Nora desvía la vista. Hay más información de la que desea en esa frase.
La televisión a un lado del salón es un modelo anterior a las consolas, dos
generaciones antes de que se volvieran obsoletas, sustituidas por la proyección directa en el córtex visual.
—Llámala.
—No le gusta que la moleste en el trabajo.
Nora no quiere saber cuál es el trabajo de Luisa si no le permite salir de aquel piso que se hunde irremediablemente en el fracaso, que grita auxilio con bocas en forma de desconchones en las paredes.
—Tu hermana…
—No quiero saberlo, mamá.
—Es lo único que encontró. Le permite ganar algo.
—¿Sigue metiéndose?
Su madre se levanta despacio, recoge la bandeja con el café aún sin tocar y lo lleva a la cocina. La sigue. No es una anciana pero camina con dificultad, como si los huesos se le fueran a romper con cada paso.
Osteoporosis o algo peor.
—Mamá, ¿mantienes el seguro médico de papá?
—Sí, pero no me da para casi nada.
—¿Cómo?
—Había una cláusula de actualización. La póliza de tu padre cubre lo mismo que antes. El problema son los precios. Han subido y si quiero que me atiendan, debo pagar el incremento. —Su madre se lleva las manos a la cintura, como si de esa forma cubriera una vergüenza profunda—. No me llegó para la regeneración, así que me pusieron unas prótesis recicladas. No funcionan bien del todo, pero al menos puedo andar.
—¿Por qué no me llamaste?
—Lo hice, pero el número que nos diste no funcionaba.
Nora se da la vuelta y sale de la cocina. Siente la piel arder. Es furia, es vergüenza y sobre todo es rabia. La sensación la atrapa y la zarandea.
Respira con dificultad. La rabia, la había olvidado, la vieja rabia de ver como el mundo se despedaza a tu alrededor y no puedes hacer nada. Lleva menos de una hora en su antiguo hogar y ya ha recuperado la interminable sensación de ahogo que convirtió su adolescencia en un infierno.
La foto de las vacaciones que pasaron en Guardamar en el año 2055
preside el aparador del salón. En ella se reconoce como una preadolescente de pelo crespo, con el cuerpo todavía sin desarrollar. A su lado, su hermana, que le saca una cabeza, es una mujer ya. Luce con orgullo sus recién
estrenados pechos, amplios y turgentes, cubiertos por un minúsculo biquini rosa.
Suena la cerradura y la puerta de la calle se abre. Aparece una mujer de mediana edad. Por un instante se le iluminan los ojos con alegría. Luego regresa el cansancio y los ojos vuelven a apagarse. Del recuerdo que tiene de Luisa, su hermana, solo sobrevive el pelo, abundante, limpio y salvaje.
—Hola, Nora. ¿Cómo es que te has decidido a venir a vernos?
Nora no contesta, espera que se acerque y que le bese la mejilla. Tiene la piel sucia, hay algunos moratones apenas disimulados por el maquillaje.
Huele a sudor, a aceite, a goma. Se esfuerza en ocultar la bolsa de deporte que lleva. Viste una falda muy corta, botas altas y un sujetador dos tallas pequeño bajo una camiseta que es todo escote.
—Déjame un momento que me cambie, enseguida estoy con vosotras.
¿Hay agua, mamá?
—No, hoy no ha habido en todo el día, pero te he dejado preparado un cubo.
Se escucha abrir y cerrar la puerta del baño. Nora no hace caso al gesto de su madre y se dirige a la habitación y abre la bolsa. Le basta un vistazo rápido. Hay un traje completo para sexo remoto, un mono de contacto total que incluye un juego de cables para las conexiones. Las cremalleras y las correas están desgastadas por el uso. Huele a sudor, a aceite, a goma.
Su madre está detrás, la mira y baja la cabeza.
Nora cierra la bolsa y vuelve al salón.
Sin que ella le pregunte, su madre sigue hablando:
—Lo ha pasado muy mal. Estuvo buscando trabajo durante mucho tiempo. Consiguió un par de sustituciones en un supermercado. Al final estuvo contratada unos días en la recepción de una empresa. Luego le ofrecieron trabajar en las conexiones. Al parecer no todo el mundo vale y pagan bien. Aún tiene que hacer frente al préstamo por lo del embarazo.
—¿Julián no se hizo cargo?
—Después de que se separaran lo detuvieron por un robo en una tienda.
Fue a Meco y no volvió. El banco dijo que ella tenía que hacerse cargo.
Nora recordaba el embarazo de su hermana. Había sucedido mientras sudaba sangre en la academia. Se enteró de todo tarde. De haber podido estar cerca, no hubiera aprobado que se endeudase de ese modo por un embarazo de diseño, no cuando tampoco había una seguridad absoluta de que todo fuera a ir bien.
—Ya me he lavado. —Su hermana se sienta en el borde del sofá, junto a su madre. También sonríe y le faltan algunas piezas. Nora se avergüenza de su dentadura perfecta, se la arregló con sus primeros sueldos, y mantiene la boca cerrada—. Bueno, ¿qué tal, Nora? Cuéntanos algo. ¿Trabajas en lo mismo? ¿Sigues con Domingo?
—Sí, sigo trabajando de polizo. Es duro a veces. —Recuerda por un instante el peso del arma después de disparar el día anterior—. Pero me sirve para vivir.
—Y, bien por lo que parece, vives en el centro, como la gente importante.
—No todos los que viven allí son ricos, Luisa, ya lo sabes. Hay que dejarse los cuernos para pagar un pequeño apartamento.
—Aquí las casas nos las regalan, sabes. Esta es gratis si nos olvidamos de la hipoteca que heredaremos, hermana.
—¿Cómo?
—Nos lo dijo el del banco. Papá había firmado una extensión de la hipoteca que al parecer nos obliga legalmente a seguir con los pagos.
¿Mamá no te lo ha contado?
Nora activa la consola y comienza a investigar en sus registros. A la consola le cuesta acceder a las bases de datos remotas, la conexión en esa zona no es buena. Encuentra un correo del banco archivado entre miles de avisos. Es una notificación de pago solidario extendido, una vinculación heredable con acuse de recibo automático. El significado legal de ese término se le escapa, pero debe de ser lo que su hermana acaba de comunicarle. El monto es astronómico.
—La hipoteca no puede ser por tanto.
Su hermana la mira. Esta vez no sonríe.
—Papá la extendió para pagarte la academia.
—Pero ¿no fue el dinero de la tía Juana?
Su madre le habla sin mirarla:
—La tía Juana no ha tenido nunca un euro, Nora. Papá y yo lo decidimos.
Era la única manera de que salieras de aquí.
—Pero no puedo pagar esa hipoteca, no con el alquiler del apartamento y…
—Nosotras tampoco y sin embargo nos apañamos.
Nora vuelve a consultar la nota. Los pagos de la hipoteca están diseñados para mantenerse bajos en el caso de fallecimiento de uno de los padres y pasarán a ser cada vez más altos al heredarse. Nora se levanta y camina
hasta la cocina. Domingo y ella no habían decidido nada aún, pero si iban a tener un hijo querrían lo mejor que la ingeniería genética pudiera darles.
Eso no era barato.
Toma un vaso y abre el grifo esperando un chorro de agua. Solo sale un hilillo marronáceo y un gorgoteo insultante. Tira el vaso de plástico en el fregadero. Su madre y su hermana están en la puerta de la cocina, mirando.
—¿Y cuándo pensabais decírmelo?
—Lo hicimos por ti, por tu futuro.
Nora golpea con fuerza contra la pared. Un baldosín se parte y cae al suelo entre una nube de yeso. El golpe resuena en toda la casa.
—No tenemos futuro, mamá. Si naces aquí, tu futuro no existe.
OceanofPDF.com