Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 33 de 47

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Nos mienten

32. Motivos

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Motivos

Nora ha subido los pies sobre uno de los bancos adosados a las mesas comunales del hangar. Se abraza las rodillas y se mece muy despacio, con la vista perdida en el infinito. Unas horas atrás, algunos de los Hermanos han ido a su barrio, a buscar a su madre y a su hermana. A la vuelta le han dicho lo que ya sabía: que su madre ha muerto. A su hermana no la han encontrado. Creen que se ha ido a vivir con un conocido de la factoría de sexo virtual donde trabaja. Ahora, gracias a la organización de los Hermanos, es fácil enterarse de todo, saber qué hace Domingo, qué sucede en el resto del mundo. Gran parte de los hackers que trabajan para ellos se ocupan de obtener datos usando complejos sistemas de intervención, para lograr superar los muros invisibles, los sistemas automáticos de aislamiento de sectores ideológicos que han convertido la red en un campo de minas mental.

También le dan protección y la alimentan, aunque lo hagan mirándola como si fuera su salvación, como si de su ayuda dependiese que los enfermos, que a duras penas siguen vivos en los camastros, se fueran a curar, ante un movimiento mágico de sus manos. Esas miradas de admiración, de esperanza, perviven a pesar de que, en los dos días que lleva allí, los casos de enfermedad no hacen sino aumentar. A diario, de dos a diez personas tienen que ser llevadas a las camillas. Algunos, muy pocos, se levantan de pronto curados. Todos los días mueren hombres y mujeres jóvenes, viejos, niños, con los pulmones encharcados, incapaces de respirar.

Al menos allí tienen algo de atención médica, que no sirve de mucho a largo plazo pero que les alivia. Las noticias que llegan del exterior son terribles. La epidemia, que oficialmente no existe, sigue arrasando los barrios pobres. Los muertos se cuentan por decenas de miles. Nora esperaba que la cosa fuera igual en el resto del mundo, pero no. Hay algunos brotes, pero nada tan dramático como en Madrid. Es un experimento, una

avanzadilla; lo están probando o no han tenido más remedio que empezar antes. Nadie lo sabe.

Da igual, eso no cambia el hecho de que el virus es invencible, no responde a ningún tratamiento y es indetectable cuando está latente. El grupo de investigación de los Hermanos aún no ha descubierto cómo funciona. Los antivirales solo logran que se oculte, que mute, que desaparezca de los test, pero no lo eliminan, siempre vuelve dos o tres días después, una semana a lo sumo. Sigue multiplicándose implacable y, con cada nueva generación de virus, nuevas células resultan invadidas, y el ADN alterado con instrucciones mortíferas.

Los Hermanos le devolvieron el cubo unas horas después de la entrevista.

Habían conseguido acceder a la información que guardaba. Era un diminuto ordenador óptico con una densa memoria holográfica. Aparte del software de emulación, habían encontrado información acerca del virus y los planos de un complejo de investigación biológica propiedad de la familia Ramoneda y situado al norte de Madrid.

Lo más importante de todo: el cubo decía que las vacunas que se habían desarrollado para proteger a familiares y empleados se guardaban en el complejo de investigación.

Desde entonces la joya ha permanecido en silencio, muda, como un simple mineral. Nora la tiene en la mano. Ha cogido la costumbre de hacer rodar el pequeño cubo de cristal entre los dedos. A veces cree que el calor lo hace reaccionar, que brilla un instante, pero no es así, permanece obstinadamente en silencio.

Es todo tan estúpido. Hace menos de un mes su vida era la de otra persona, alguien que no se preocupaba por plagas ni por asaltos a complejos, que no era perseguida y que tenía planes sencillos, mínimos, nada ambiciosos, pero muy placenteros. Todo había sido una mentira, una tramoya, un montaje adormecedor, desplegado mientras ellos planeaban el fin del mundo.

Quizá todo lo que la rodea ahora también sea mentira. Cuando sorprende a algún hermano mirándola arrobado, o recibe muestras de afecto de desconocidos que delegan en ella su esperanza, siempre piensa que es una broma, que la gente no puede ser tan crédula.

Descubre una y otra vez que la esperanza es la más adictiva de las sustancias.

Al menos nadie la está forzando a tomar una decisión, no de forma obvia.

Los planes de los Hermanos le parecen ridículos, destinados a un fracaso estrepitoso. El lugar donde están los laboratorios, el enorme complejo de desarrollo que ha visto en los planos, está defendido por un ejército de polizos y otro de dispositivos de seguridad de ultimísima generación. Si van allí, habrá una matanza. De cualquier modo van morir, en eso tiene razón Gloria, la mujer con la que habló el primer día. Solo que, tras los primeros momentos de rabia, a Nora se le ha acabado la energía. Está harta de ser engañada, de correr, de disparar, de ver morir gente a su alrededor.

Recuerda mucho a su madre, tendida en la cama. También a su padre.

Creía que los recuerdos del hospital, del entierro, tan antiguos, habían perdido definición, pero no. Estaban ahí, perfectos y nítidos, esperando para pasar por su memoria durante largas noches de insomnio, para unirse a las últimas imágenes de su madre recostada en la cama y respirando apenas.

Gloria se acerca en silencio, se sienta a su lado e inicia una conversación.

—¿Qué tal? ¿Dormiste anoche?

—No.

—¿Tomaste las pastillas que te di?

Nora niega con la cabeza, sin mirarla. Gloria viste bata blanca y tiene el rostro arrasado por el cansancio. Los ojos, de un azul intenso, se ven velados, sin brillo. Ninguna de las dos dice nada durante un rato. Gloria ya no la mira como se mira a una imagen en una iglesia. Eso le ha producido a la vez alivio y tristeza.

Es Nora la que interrumpe el silencio.

—¿Cuántos hoy?

—Once muertos, cuatro nuevos enfermos y tres altas. Está acelerándose.

El virus está sobrepasando nuestros antivirales.

—¿Es cierto que no hay supervivencia posible? ¿Y los que se curan?

—No se curan. El virus sigue allí, pero no muestra síntomas. Lo hemos cazado en algunas células. También aparece en las autopsias. Ha pasado ya una docena de veces. Uno de los que se han curado cae muerto de repente.

Fallo generalizado del organismo. Las células se suicidan en masa, las fibras musculares se rompen, los órganos se licúan; la sangre se acumula en los órganos internos y desaparece de las capas externas de la dermis, de modo que deja a los cadáveres con ese aspecto de haberse pasado un mes bajo el agua.

—¿Y no se puede contrarrestar?

—No. Es una muerte celular programada. Algo induce a las células a suicidarse; ese algo dispara la apoptosis, que es un mecanismo que no tiene vuelta atrás. Tal vez sea algún factor de activación o una combinación de factores, desconocidos aún, que dispara cadenas de ADN insertadas por el retrovirus. Quizá con tiempo podríamos corregir esas cadenas alteradas, aunque es muy complicado. Tampoco es fácil desarrollar una vacuna, ya que una de las primeras cosas que hace el virus es secuestrar el sistema inmune por completo. Necesitaríamos años y mejores laboratorios. No tenemos nada de eso.

—¿Y si conseguimos las vacunas…?

—Entonces todo sería más fácil. Este virus no ha nacido de la nada, es la última generación de un largo proceso. Tiene que haber, por fuerza, virus más sencillos, menos eficaces, aunque del mismo tipo. Solo las últimas generaciones serían tan letales. A los virus lo que les interesa es la pervivencia del huésped. Son parásitos. Viven de nosotros, no quieren matarnos. Lo ideal desde el punto de vista evolutivo sería que no nos causasen síntomas. Lo que hace este virus es estúpido. Ha sucedido antes debido a callejones sin salida a los que conduce a menudo la evolución. Sin embargo, esto no es evolución, es diseño. La vacuna será un virus imperfecto que no sea capaz de matarte y del que tu sistema inmune pueda aprender. Si eso sucede, cuando llegue por ti la versión letal, es posible que el organismo ya sepa cómo pararlo. No podremos comprobarlo hasta poner las manos encima de esas vacunas de las que habla el cubo.

—Quizá las hayan destruido junto con todos los virus de desarrollo.

—No creo. El virus puede fallar. La humanidad es muy grande, puede que haya algún grupo de individuos naturalmente resistente en algún pueblo perdido de Asia, en un barrio de Sudamérica, en alguna aldea africana.

Necesitan esos virus para desarrollar variantes si es necesario.

—¿Y por qué Madrid? ¿Por qué empezar aquí?

—No sabemos si Madrid ha sido el primero. Si las noticias que nos llegan de nuestra propia ciudad no son fiables y las redes están llenas de cortafuegos, es probable que no hayamos descubierto las consecuencias de los experimentos a gran escala. Creemos que hay laboratorios por todas partes, allá donde llega la corporación biomédica de los Ramoneda asociada con el grupo Van der Vaalen, que ha sido siempre el que ha llevado la voz cantante; los líderes del proyecto, por decirlo así.

—Nos vendían productos médicos mientras planeaban asesinarnos.

—Así es.

—Hay algo que no entiendo. Vale, Ernesto y los suyos son inmunes por el diseño de sus cuerpos. Pero ¿y sus familias? ¿Y las familias de los que no quisieron ser modificados o no se enteraron?

Algo llega a la memoria de la interfaz de su consola. Nora autoriza el trasvase. Es un perfil familiar de los Ramoneda, uno real, no el filtrado y completamente falso que se encuentra en la red. Ernesto tuvo un hermano que murió muy joven, un chico afectado por un retraso severo que los Ramoneda habían ocultado con celo.

—¿Genes defectuosos?

—Así es. Pasa como en la Edad Media. Las grandes familias tienden a emparentarse con ellas mismas. Es una receta perfecta para los problemas genéticos. Ni siquiera las retromejoras pueden arreglar un fallo de crecimiento fetal como ese.

—Y por eso decidieron tener el hijo perfecto. Y luego quisieron darle la herencia perfecta: un mundo entero para él y los que son como él.

Gloria se recuesta en la silla y suspira.

—Me resulta complicado meterme en la cabeza de un genocida, pero sí, esa es la idea. Si yo hubiera diseñado este Apocalipsis, habría hecho lo mismo: desarrollar en secreto un asesino implacable que dependiese de un factor de activación desconocido, que podría bloquearse temporalmente tomando algún medicamento. Serviría para que los familiares y empleados imprescindibles viviesen hasta poder aniquilar cualquier resto de la humanidad que hubiera sobrevivido al virus. Sería el trabajo de uno o varios ejércitos de asesinos. Después, al dejar de proporcionarles la sustancia, morirían sin remedio. Serían barridos en un par de semanas. Lo que quedaría de la humanidad sería una enorme pila de huesos.

A Nora, al contrario que a Gloria, no le resulta difícil entenderlos, ha convivido con ellos, sabe cómo piensan. Una nueva especie, apartada del normal discurrir del resto de los humanos, no es algo raro. Nora recuerda sus casas, enormes, vacías, silenciosas, repletas de tecnología invisible, atendidas por un ejército de drones e inteligencias electrónicas, y también por seres humanos. A veces había fantaseado sobre cómo sería nacer en ese entorno, relacionarse con otros como tú desde niño, viendo tan solo versiones de la realidad pulcramente higienizadas, sabiendo que la tierra que pisas es de tu propiedad y que los fantasmas que te visten, te protegen, te educan y te transportan son objetos, como tus juguetes. Para alguien así

eliminar a toda la raza humana no es algo raro, abominable, sino natural. Lo antinatural hubiera sido tomar una decisión diferente, empatizar con los que no son como tú, con los niños que no pueden ir al colegio porque en su barrio no hay escuelas, que apenas tienen para comer con las raciones de mínimos que consiguen sus padres, y eso los que tienen padres.

Niños.

Los ve moverse a su alrededor, es lo que más le ha llamado la atención de los Hermanos: los niños. Hay cientos de ellos, caras pequeñas, ojos abiertos, gritos, risas; sí, incluso risas en medio del Apocalipsis.

Hay grupos de adultos que, de vez en cuando, se los llevan a comer, a clase, que los atienden, que juegan con ellos. Se ha pasado horas viéndolos correr detrás de una pelota medio deshinchada o tumbados en jergones uno al lado del otro, durmiendo. La mayoría son huérfanos de la miseria, hijos de hombres y mujeres con poca suerte que acabaron en Meco o muertos, o enganchados a algo que les hizo olvidarse de ellos.

Los Hermanos los atienden.

El concepto de solidaridad con los débiles le es tan extraño que al principio no lo comprendió. No eran sus hijos, no sabían de quiénes eran.

¿Por qué los atendían? ¿Por qué los alimentaban? Luego los vio sonreír, abrazarse a sus cuidadores, y lo entendió. Sintió envidia de aquellos hombres y mujeres agobiados por mil problemas y aun así empeñados en dar cariño a tantos niños y niñas a la vez.

La hermandad podía ser un montaje, una mierda más, pero eso no.

Aquellos Hermanos terroristas podían ser lo que decían las noticias oficiales, asesinos despiadados, pero que atendiesen a esos niños significaba algo completamente diferente. O al menos lo parecía.

Gloria sigue la mirada de Nora, absorta en los juegos de los niños.

—¿Has tenido hijos?

—Ahorraba para ello. A mi marido la idea le parecía bien. Después de la fecundación, además, él tendría vía libre para retromejorarse el ADN, que era lo que más deseaba.

—¿Es polizo?

—Sí; yo pensaba que teníamos la misma vocación, pero me cansé bastante pronto de las tonterías competitivas, las marcas, los refuerzos, las amonestaciones y las recomendaciones. Pero estaba bien considerada, decían que mi genética era muy buena incluso sin retromejoras. Para mí era un simple trabajo; para él no, era su vida. Mejor dicho, es su vida.

—Yo no sobreviví a la muerte de mi hijo, soy una versión de como era antes. Quizá a tu marido le ha pasado igual y todo lo que ha sucedido le ha hecho cambiar.

—No lo sé. Soy yo la que ha cambiado. El mundo es otro, uno diferente que estaba oculto ahí, justo detrás de unos decorados mal hechos en los que nadie se fijaba a pesar de lo cutres que eran. Él era un decorado más, una silueta casi sin pintar. Lo lloré al principio, ahora no entiendo cómo fue posible que estuviera tanto tiempo a su lado sin darme cuenta.

—¿De qué?

—De que es un imbécil. De que yo era una imbécil, de que la corporación me estaba explotando, que este mundo es una mierda y que todo lo que hacía, todo lo que luchaba para conseguir una minúscula parte del pastel, era al precio de mi sangre y la de otros como yo.

Nora siente la rabia volver a bullir dentro de ella. No le es fácil contenerla. Cuando lo logra nota como las lágrimas le humedecen los ojos.

No se permite ir más allá. No puede abrir esas compuertas. Dentro hay más monstruos, más dolor, más llanto, tanto que no sabe cuánto tardaría en vaciarse por completo, ni siquiera si alguna vez acabaría de hacerlo.

Se levanta de la mesa. Gloria la mira marcharse, rígida como un palo, hacia los dormitorios, hacia una noche más en vela. Ella tampoco dormirá, pero cuando, de madrugada, termine su turno y se tumbe en la cama, se quedará dormida al instante. Quizá justo antes añorará, como muchas noches, una respiración a su lado, un brazo grande y pesado en su cadera, pero será por poco tiempo.

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