Nos mienten
7. Viejas ruinas
7
Viejas ruinas
Después del fin de semana y de la pelea en el bar, Nora tiene que doblar turno. Domingo, Marcos y Miguel Ángel están de baja, sin sueldo, por supuesto. Las facturas de la clínica van a ser monstruosas. Nora espera que suceda como otras veces y Stearsky haga que los Ramoneda las paguen; la lealtad de sus hombres está en juego. Si no, los ahorros de Domingo se verán recortados en una porción apreciable.
Cuando está saliendo de la central, una oficina en el sótano de uno de los edificios de la corporación, recibe un mensaje con una asignación codificada. Protección cercana. Asignación de escolta.
De nuevo Ernesto.
Aún tiene algo de tiempo y se acerca al taller de consolas donde trabaja su amigo Cástor, en uno de los pisos intermedios del edificio Ramoneda.
Allí los códigos implantados en la consola le abren varias puertas y consigue llegar a lo que parece un laboratorio por el que hubiera pasado un huracán. Cientos de implantes, de consolas abiertas, de cables, tarjetas y herramientas están desperdigados por los mostradores y estanterías de un amplio espacio iluminado por lámparas articuladas que cuelgan del techo.
—Hola, Cástor.
—Nora. Cuanto tiempo sin verte.
Cástor se levanta con dificultad del taburete; no hace ejercicio y ha engordado bastante. Para besarla en la mejilla no se quita la consola especializada que le cubre media cara con lentes y sensores.
—¿Qué te trae por aquí?
Nora sonríe. Cástor es incapaz de mantenerle la mirada. Se conocen desde el colegio. Mientras ella luchaba por entrar en la academia de polizos, él estudió becado en la universidad. Siempre fue un genio de la tecnología.
Su sueño había sido emigrar a Asia; lograr entrar en un laboratorio japonés, chino o coreano y dedicarse a la investigación básica. Sin embargo, la beca con la que estudió lo obligó a un contrato preferente con los Ramoneda, y
los de recursos humanos del grupo no lo dejaron escapar. En venganza se negó a colaborar en los proyectos oficiales mientras seguía desarrollando sus propias ideas usando el tiempo, materiales y laboratorios de los Ramoneda. Lo descubrieron y acabó en aquel cuchitril, rodeado de chatarra.
Allí es feliz. Nora creía que, de haberlo sabido, los de recursos humanos lo hubieran mandado a otro lugar.
—Mi consola no parece funcionar bien.
—Déjame ver.
Nora desengancha de la conexión encefálica la pequeña pieza metálica que es la parte externa de su consola. Al perderla, el mundo se vuelve borroso, se oscurece: la imagen ya no está artificialmente mejorada.
Tampoco dispone de los familiares iconos de la barra de herramientas controladas por los movimientos de la pupila. Es una sensación rara, equiparable a ver entre nieblas o bajo el agua.
Cástor conecta la consola a una matriz, mira al aire y, mediante gestos, comienza a crear y manipular objetos virtuales que Nora no puede ver. Cada consola está dotada de un software específico. La suya dispone de un gestor de espacio táctico y diversos módulos para enfrentar amenazas. Supone que la de Cástor está plagada de herramientas técnicas. En ese momento estará viendo correr estructuras de datos en varias pantallas y listados virtuales que la consola representará para su córtex visual en forma de fantasmales hojas brillantes colgando del aire.
—No veo nada raro. Quizá va un poco más lenta de lo que debiera, pero puede ser normal. No todos los procesadores rinden igual, menos desde que los hacen crecer como si fueran seres vivos.
—¿Entonces?
—Voy a ponerte un monitor y en un par de días vuelves para hacer un volcado y ver si encontramos algo. ¿Qué has notado exactamente?
—Algún fantasma, retrasos y desconexiones. Apagones muy breves. Si me pasa una cosa así en medio de un tiroteo, voy lista.
—Esperemos que no haya ninguno hasta que pueda repararla.
Nora le da las gracias con otro beso y se marcha hacia la salida mientras su consola se reinicia y el mundo vuelve a ser diáfano, lleno de detalles e información.
Recuerda algo y se da la vuelta.
—Una cosa…
Cástor, que ya se ha vuelto a volcar en la masa de elementos miniaturizados en la que estaba trabajando, levanta la cabeza y la mira.
—Dime.
—¿Sabes algo de Ernesto Ramoneda?
—Lo mismo que todos, lo mismo que dice la red, que va a ser el sucesor del jefe.
—Me está tocando escoltarle y no sé nada de él.
—Es raro. —Cástor vuelve a fijar la vista en lo que está haciendo. Un destello láser surge del brazo de un robot y quema algo en la masa de densa circuitería que tiene delante. Un leve penacho de humo se eleva hasta el techo.
—¿Por?
—Dicen que es amable y atento, pero no como los otros de la familia.
Cuando te pregunta cómo estás, no está fingiendo amabilidad, es interés genuino. Eso dicen al menos. Por lo visto jamás protesta ni pide nada especial, nunca se enfada. No se le conoce una carcajada, ni siquiera con sus amigos, de los cuales no tiene muchos. Ernesto y otros parecidos a él, todos hijos de padres poderosos, forman un círculo cerrado. Los llaman los Ángeles, por su aspecto y su comportamiento.
—Para no saber nada, sabes mucho.
—La gente cuenta cosas.
—No temes… —Nora señala el techo.
—¿Tú crees que el sistema de recuperación de información de esta sala funciona como debiera?
—Otra cosa. ¿Has oído hablar del proyecto Cielo e Infierno?
Cástor vuelve a levantar la vista. Nora casi espera ver los centelleos de las redes ópticas de la banda ultraancha mientras su amigo consulta remotos repositorios de información.
—No, no tengo nada sobre eso. ¿Proyecto Cielo e Infierno? Suena a algo de los de sistemas, solo ellos ponen esos nombres tan idiotas.
Nora sonríe y se despide con un gesto.
Recoge el coche de Ernesto del garaje. Es un Maybach antiguo y enorme, un tanque obsoleto y pesado que se mueve sin un solo ruido a pesar de que sus sistemas de blindaje son de una o dos generaciones anteriores.
Aunque hizo un curso de conducción de personalidades, nunca antes ha realizado una asignación doble, de conductor y escolta. Empieza a ponerse nerviosa: doble asignación, doble posibilidad de cagarla y un solo sueldo.
Eso es lo que se dice entre los polizos y solo ahora está dándose cuenta de que es cierto.
Espera al hijo del jefe en la puerta del edificio. Ernesto es el responsable de que no haya escolta extra. Si no fuera porque todos sus instintos le dicen que no quiere nada con ella, hubiera sospechado una encerrona.
—Buenas tardes, Nora.
—Buenas tardes, señor Ramoneda.
Ernesto se sienta detrás y se acomoda mientras el coche comienza a rodar. Es de gasolina; ni biodiésel, ni supercondensadores, ni baterías, carísima gasolina comprada a precio de oro. La última vez que condujo un vehículo de explosión era aún una adolescente. Se sentó a los mandos de una moto prestada que consumía gasolina de síntesis, casera. Aquel engendro restaurado se movía como un misil en la noche por las carreteras radiales M-60 y M-70. Nora recordaba que el rugido furioso del motor era como una droga que invitaba al salvajismo, nada que ver con el zumbido inane de los vehículos eléctricos.
El Maybach no vibra, no se escucha nada, no parece de combustión interna.
—¿Adónde vamos?
—Acabo de meter unas coordenadas en el sistema del coche.
Nora interactúa a través de la consola. Dirige la vista a un par de puntos activos en la interfaz de su consola para cargar la ruta programada en la base de datos de seguridad de los Ramoneda y comprobar así posibles amenazas durante el trayecto, pero la consola se niega a obedecer. Dirige el coche según el navegador le va indicando, pero no tiene información de seguridad, va a ciegas mientras maldice en silencio. Lo intenta un par de veces más sin éxito. Al final, con un gesto brusco, se arranca la consola y se la vuelve a conectar, lo que provoca un reseteo del sistema.
—¿Sucede algo?
—Nada, señor, un pequeño problema informático. Llegaremos en quince minutos.
Al fin la información vuelve a fluir. La zona a la que se dirigen y el trayecto son seguros, ambos están dentro del perímetro de seguridad que la policía mantiene libre de problemas. Se mueven hacia el noroeste de la ciudad, al interior de lo que antes se llamaba Monte del Pardo. Ahora es parte del Club de Campo Villa de Madrid, una zona neutral para las
empresas. Un acuerdo lo mantiene libre de guerras corporativas. Ha oído decir que allí dentro hay ciervos y otros animales salvajes.
El Maybach franquea el portal de acceso sin problemas y Nora pasa de conducir por una ciudad completamente asfaltada, rodeada de luz y rascacielos, a conducir en medio de un bosque silencioso.
Vuelve a mirar el mapa. Se dirigen a un punto en el interior de aquel parque, un lugar sin nombre. El sistema táctico le muestra el plano tridimensional de varios edificios en ruinas o a medio construir. Es un espacio fantasma, un territorio donde no hay sensores policiales suficientes como para que los sistemas aseguren que no haya amenazas.
—Señor, nos dirigimos a una zona sin aseguramiento.
—Lo sé. Por favor, soy Ernesto para todo el mundo, me gustaría que para usted también.
Las luces del Maybach horadan la oscuridad, iluminan encinas de piel oscura, abigarradas masas de hojas desde las que, a veces, relucen ojos de animales. Ernesto baja la ventanilla. De inmediato el coche se satura de un aroma que Nora apenas reconoce; humedad, rocío nocturno empapando la tierra.
El sistema de navegación le indica que abandone la ruta principal y se interna en un camino de grava. La suspensión no consigue amortiguar los baches. Recorren así un par de kilómetros y, tras una pequeña colina, llegan a un claro lleno de maquinaria desechada. El lugar es más fantasmal de lo que Nora había supuesto. Nada más ver los agujeros en las chapas y los restos de incendios sabe que aquello es un campo de batalla abandonado.
—Pare y apague las luces, por favor.
Nora detiene el coche, apaga el motor y las luces. De repente un tsunami de negrura agobiante los alcanza e inunda. Ernesto sale del vehículo y Nora tras él. Sopla un aire frío que remueve las hojas de las encinas. El resplandor de la ciudad ilumina el cielo, recortando en negro las copas de los árboles y los perfiles de los enormes edificios de cemento que les rodean. Nora adivina vigas, agujeros, muros, pozos y desniveles, un complejo laberinto de sombras que los sistemas de la consola no consiguen resolver. Nora no lo entiende, la amplificación lumínica y los sistemas de resolución espacial deberían mostrarle con claridad todo lo que los rodeaba aunque no haya nada de luz.
Ernesto se interna en las ruinas. Ella lo sigue con ansiedad. De esa oscuridad puede salir cualquier cosa. Necesitaría una nube de detectores,
apoyo aéreo, un pequeño ejército de polizos para asegurar la zona, pero no tiene a nadie más que a ella misma y sus sentidos. El contacto con el metal de su arma reglamentaria la calma un poco mientras intenta anticiparse a los movimientos de su protegido, que no parece tener problema en evitar obstáculos que ni siquiera el analizador espacial de la consola puede delimitar.
—Confía demasiado en ese cacharro.
—En la academia nos enseñaron a depender de las consolas, señor.
Ernesto se detiene. Viste ropa clara, de verano, a pesar de que las noches de octubre no son ya cálidas. Su ropa lo convierte en un objetivo muy fácil para cualquier atacante emboscado.
—Sus viejos sentidos han sido afinados por millones de años de caza en noches como esta. La tecnología no ha llegado a tanto. Prueba a quitártela, por favor.
Nora lo mira un segundo. ¿Ha sido una orden o una sugerencia? Con ese hombre nunca podrá saberlo. Se quita la consola. De nuevo está casi ciega y sorda. Siente que se ahoga en la oscuridad como si esta fuera un fluido que la absorbiese. No ve nada y los sonidos de la noche se vuelven aterradores.
Hace ademán de volver a conectarse la consola. Ernesto la detiene levantando la mano con la palma abierta. Obedece y espera. Poco a poco comienza a reconocer formas, ramas, piedras que antes eran objetos apenas marcados por los sistemas de la consola, claroscuros que se convierten en arbustos y montañas de escombros. Al mover un pie, la tierra cruje y los ecos le dan información de obstáculos cercanos. La masa de información que está absorbiendo cristaliza en una sensación de percepción que la consola nunca le ha dado, ni siquiera en los mejores momentos de sinergia.
—Vamos.
Caminan en la oscuridad, Ernesto moviéndose con la misma seguridad de antes, Nora comenzando a descubrir lo que la consola le había ofuscado.
Aun así, si sufren un ataque, no tiene ninguna oportunidad de defenderse, caerá antes de ver o sentir a los agresores. A pesar de lo que dice Ernesto, los sistemas modernos son letales. Sin una red de detección, estás muerto.
Es algo en lo que insistían siempre los veteranos de las guerras corporativas que les dieron clase en la academia.
El camino, repleto de vegetación y obstáculos, desemboca en lo que parece un cráter, una inmensa depresión sobre la que penden los restos de una antigua cúpula acristalada.
—¿Qué es esto?
—El nuevo Parlamento —responde Ernesto. Nora conoce la palabra, la recuerda de alguna lección ya olvidada—. El antiguo ardió hasta los cimientos cuando fue asaltado por una coalición de empresas en el año 2035. Mi padre estaba entre los asaltantes. No consiguieron más que eso, cargarse el edificio. Esta construcción iba a ser su sustituto, parte de un enorme complejo parlamentario rodeado de naturaleza y amplias medidas de seguridad; un lugar para que los diputados se reuniesen para aprobar leyes. No llegó a estrenarse, antes se desintegró la Unión Europea, la moneda única se fragmentó en euros nacionales y las empresas se hicieron con los pedazos de todo el sistema. A partir de ese momento, las leyes se dictaban desde la Confederación de Empresarios Paneuropeos y sus delegaciones locales. Los que las diseñaban y aprobaban eran los presidentes y vicepresidentes, elegidos por los accionistas en votación ponderada según el valor en bolsa de las acciones de cada empresa.
—¿Antes no era así?
—El sufragio era universal: un hombre, un voto. Aunque en la práctica no hay mucha diferencia, los fundamentos del sistema son completamente diferentes.
Nora tropieza con algo, un pedazo de acero que cae rebotando hacia el centro de la depresión de cemento; parece un casco manchado y agujereado.
Identifica entonces los objetos que los rodean, son restos de armaduras rotas, quemadas, perforadas por impactos de munición de carga hueca.
Ernesto levanta un húmero recubierto de restos de tela y carne momificada.
—Los consejos de administración reaccionan mal cuando pierden.
Después de establecer el sistema, las guerras corporativas asolaron Europa durante casi una década.
Nora conocía las guerras corporativas. Sabía que había lugares de Europa donde se habían detonado armas nucleares. Se habían destruido ciudades completas, zonas ahora prohibidas, aisladas por alambradas y muros.
Desde entonces los combates nunca llegaban a tanto, como máximo a refriegas urbanas cuando una empresa o un clan empresarial sucedía a otro en el control del consejo, venganzas, defensas de opas hostiles y cosas por el estilo.
Las palabras de Ernesto la han sorprendido. Nunca se había planteado que el actual sistema no hubiera sido siempre así.
La luna surge de detrás de las nubes e ilumina todo aquel espacio. Los huesos blanquecinos relucen en la oscuridad como si ardiesen. El anfiteatro está cubierto de cadáveres olvidados. ¿Es ese su futuro? ¿Morir en alguna lucha absurda y que ni siquiera la enterrasen?
Nora se pone en tensión, ha oído algo. Con un par de gestos frenéticos activa la consola y apunta con el arma hacia abajo. Alguien entra en el recinto.
—Son amigos, Nora. Hoy es el aniversario de la caída de la Unión Europea. Todos los años celebramos una pequeña reunión aprovechando la efeméride. Espérame aquí, por favor.
Ernesto baja hasta el escenario del anfiteatro y se reúne allí con una docena de hombres y mujeres. Gracias a los amplificadores de la consola, Nora los puede contemplar con detalle. El sistema de reconocimiento facial los va identificando uno a uno, poniéndoles nombres y apellidos. Todos son hijos de la élite empresarial de la ciudad y el sur de Europa.
Los observa con curiosidad. Se saludan sin estridencias y luego encienden algunas antorchas led y se sientan en piedras o piezas de maquinaria oxidada, mirándose unos a otros, sonriéndose. Le hubiera extrañado menos si se hubieran desnudado e iniciado una orgía salvaje.
Recuerda su tarea, activa el espacio táctico de la consola y comienza a analizar los alrededores en busca de amenazas. No es lógico que todos aquellos hijos de ricachones hayan venido sin escolta. Después de un rato escudriñando el espacio ruinoso del anfiteatro, no consigue localizar a los guardaespaldas, lo cual no quiere decir que no estén allí, tan invisibles como ella.
Transcurren algunos minutos. Todo está tranquilo, en silencio. La luna, al ocultarse tras jirones de nubes nocturnas, cubre de tinieblas el lugar. La consola no le ayuda. Los sistemas visuales parecen empeñados en no funcionar correctamente. Sin embargo, la amplificación auditiva le permite escuchar el aleteo de insectos y aves, el corretear de pequeños roedores y a los gatos que los cazan. Cuando la luna vuelve a aparecer, Ernesto y sus amigos continúan sentados, mirándose, sin haber cambiado sus posiciones ni un ápice.
La consola elige ese momento para encasquillarse durante unos segundos en los que no actualiza la representación del mundo que alimentaba el córtex visual de Nora. Como consecuencia se queda a ciegas. Tiene que desconectarse y fiarse de sus ojos para no marearse y caer al suelo. Al
reiniciarla, la consola vuelve a funcionar. Nerviosa y cabreada por los continuos fallos de su equipo, comienza a entrar en menús y submenús sin saber muy bien qué hacer. Sus manipulaciones solo empeoran las cosas, pierde del todo la amplificación luminosa y recibe un audio de baja frecuencia, un murmullo insoportable.
Encuentra un poco de paz desactivando la mayoría de las funciones. Al hacerlo, el murmullo empieza a cobrar sentido, son voces aceleradas, una conversación pronunciada tan rápido y en un tono tan bajo que apenas es inteligible. Graba cortes y los reproduce más lentamente; hay preguntas, respuestas, toda una conversación. Tarda unos minutos en comprender que son ellos, Ernesto y sus amigos, quienes se comunican de ese modo tan extraño.
Unión de partes mayores, integración del conjunto, eso no es posible, fallaremos, no hay opción, Cielo e Infierno están ya activos, lo sabéis.
Se queda helada al oír la frase. Cielo e Infierno otra vez.
La charla se detiene. Escucha pasos y voces acercándose. Treinta o cuarenta personas, vestidas con trajes de fiesta de aspecto anticuado, caminan hacia la depresión. Hay música virtual en varios canales abiertos.
Alguien arrastra un carro de efectos especiales que comienza a proyectar juegos de luces láser hacia las ruinas. La iluminación transforma los restos de cemento y acero hasta convertir lo que ha sido una cripta silenciosa en una discoteca de barrio.
De repente Ernesto está a su lado. ¿Cómo ha subido tan rápido?
Le hace una seña para que se agache y se esconden detrás de un armazón metálico corroído. En la parte central del proscenio, varios camareros y operarios despejan el suelo y colocan una barra de bebidas automática. En menos de cinco minutos hay una fiesta desarrollándose con total normalidad.
—Vienen del Club de Campo, creen que es gracioso festejar aquí, rodeados de cadáveres, en el corazón de lo que una vez fue un sistema democrático.
—¿Por qué?
—No lo sé, pero puedo aventurar una respuesta. Todos esos hombres y mujeres que ves son los niños mimados de esta sociedad. Aunque ni siquiera lo saben, echan de menos los viejos tiempos, sin guerras corporativas ni contaminación, con agua, petróleo y comida abundantes para todos. Juegan a que, durante una noche, vuelven a vivir en esa época.
Nora no dice nada. Son ricos, millonarios que se gastan en una juerga estúpida lo que ella gana en dos meses. No ha entendido qué hacían Ernesto y sus amigos, pero lo de la fiesta es aún peor porque sí puede comprenderlo.
—Se aburren mucho, ¿no?
Ernesto no contesta. Se marchan en silencio. El coche sigue donde lo dejaron. Nora conduce sin encender las luces hasta que se alejan lo suficiente como para que no les delate su brillo.
Nora duda si preguntar. Al final se decide.
—Hay una cosa que no comprendo.
—Dígame.
—¿Por qué usted y sus amigos no hacen lo mismo que los otros? Quiero decir, ir a fiestas, pasarlo bien.
—Somos diferentes, no nos gusta hacer lo que hacen los demás.
Nora no insiste. Ernesto es tan inteligente, de un aspecto tan saludable y tan elegante, que entiende que no quiera relacionarse con nadie que no tenga su mismo nivel. Lo vuelve a mirar por el retrovisor interior. Nada de lo sucedido aquella noche lo ha alterado lo más mínimo.
Y lo que aún entiende menos es que, si los hijos de los ricos no son compañía suficiente, ¿por qué lo es una triste polizo como ella?
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