Nos mienten
33. Violencia
33
Violencia
Nora descansa junto a Domingo. Mira hacia un horizonte marino, una gran extensión de agua calmada que, sin embargo, ruge despacio, como un gran tigre azul dormido. Nunca ha estado de vacaciones en la playa. A otras parejas de polizos se les había concedido un fin de semana, incluso una semana, en alguno de los complejos propiedad de la familia Ramoneda: hoteles aislados de la masa de chabolas y de las ruinas en las que se habían convertido las costas con la subida del nivel del mar. Las excavadoras y los explosivos habían tallado bellas playas delicadamente diseñadas para anular la vista de puertos desolados y grandes rascacielos medio hundidos.
Si nunca habían ganado un premio como aquel, ¿por qué están allí, en bañador, sobre unas tumbonas y tomando el sol? Nora mira a Domingo, es una masa de músculos moldeados a base de retromejoras; huesos reforzados, nervios con aceleración biónica, mayor proporción de fibras rápidas, ni una gota de grasa superflua; todo efectos medidos, probados y comprobados una y mil veces antes de aplicárselos en una de las clínicas de los Ramoneda.
A Nora le molesta el sol en los ojos y también la barriga de embarazada que le abulta el abdomen hasta límites absurdos. Un niño, eso explica las retromejoras de Domingo. Una vez fecundada, él se había sentido libre de modificar su ADN sin miedo a influir en la reproducción y gestar un feto con malformaciones. ¿Por qué tenía la sensación en la boca del estómago de que todo aquello estaba mal? Siempre había deseado tener un hijo.
Hay una gaviota que grazna en el cielo. Domingo se gira para verla volar y Nora descubre que su rostro es el de Ernesto. Grita y grandes pedazos del paisaje se rompen y caen hechos añicos. Detrás está el mundo real, una cueva de cemento manchado por los hongos, agua encharcada, susurros y muchas siluetas de niños famélicos llorando de hambre en la oscuridad.
Se despierta de un salto, completamente alerta. No ha podido dormir más de veinte o treinta minutos. Son las cuatro de mañana. Explora su pequeña
habitación, un privilegio que no ha podido rechazar. Todo está en silencio, un silencio tenso, de chasquidos, de gorgoteos en las tuberías, mal iluminado por la luz led sobre la puerta. Algo ha debido despertarla. Se pone los pantalones militares que le han prestado y las botas con cierre de presión, muy parecidas al uniforme de campo que ha usado en muchas ocasiones. No tiene su arma, no se la han devuelto. La echa de menos a pesar de que no hay nada que justifique la mariposa de dientes afilados que le está royendo el estómago.
Lo escucha muy lejos, parece el sonido de un fusil automático. Se coloca la consola. De inmediato una alarma le avisa de que no hay conexión de datos. Eso no solo es raro, confirma su miedo. Sale al pasillo con precaución. Las luces son tan pequeñas y vacilantes como siempre, sin embargo hay algo más: huele a humo; seguramente, está siendo recirculado por el sistema de ventilación. Corre por el pasillo hacia el hangar. Se detiene cuando oye, muy claro, el sonido de los disparos. Hay gritos.
Avanza despacio. De repente su consola vuelve a conectarse, ha accedido a algún tipo de red de emergencia. Hay un mensaje de evacuación que se repite una y otra vez, y enormes fechas rojas flotando en el aire que muestran una ruta de escape. Toma la dirección contraria, hacia los ruidos de combate. La conexión vuelve a fallar antes de que dé dos pasos; ruido, interferencias. Se detiene y cambia de canal hasta que encuentra uno que sabe que siempre estará ahí cuando haya una operación dirigida por los polizos de Stearsky. El canal 29 de datos encriptados es su marca de fábrica.
Con su consola no puede interceptarlo, pero le basta con saber que está activo.
Llega al hangar y descubre una barricada que ocupa la antigua zona de equipos médicos. Detrás, protegidos de mala manera por bancos y carcasas de computadores humeantes, se defienden un grupo de diez Hermanos armados hasta los dientes. Se enfrentan a una brigada blindada; trajes de penetración, pesados, potenciados con músculos mecánicos, construidos a prueba de todo, que sirven para avanzar mientras reciben impactos de todo tipo sin siquiera resultar arañados. Detrás habrá otra brigada de asalto o dos esperando tomar posiciones de tiro y limpiar el terreno.
El hombre alto que la recibió, Kirlian, apunta con una ametralladora pesada hacia una de las armaduras y dispara sin mucho éxito. Cuando los blindados monopersonales responden con sus armas antiposición, se resguarda detrás del montón de bancos mientras las balas de uranio
empobrecido destrozan los muebles del parapeto y los desintegran en busca de cuerpos que morder.
Nora se refugia a su lado.
—Así no lograrás nada —le dice en voz alta—. Dame acceso al canal táctico.
—¿Qué canal táctico?
—No me lo puedo creer. ¿No tenéis hub de comunicaciones? —pregunta.
Una nueva andanada de calibre pesado los hace encogerse. De la barricada queda ya poco—. Conéctame con Diego o con los controladores de equipos que os queden.
—¿Cómo?
—¡Hazlo ya, imbécil, o nos destrozan!
Kirlian se queda quieto un segundo y Nora, de repente, recibe una algarabía de conversaciones. No hay jerarquía, no hay órdenes de equipo o un plan de defensa, tan solo la cantinela continua de las líneas de evacuación y los gritos de gente asustada.
—¿Diego?
No hay respuesta. Nora insiste. Los iconos y los protocolos le son extraños. Buscando encuentra un directorio y consigue una comunicación punto a punto. La red falla, se desconecta, pero logra una línea paupérrima, suficiente para que Diego le pueda contestar.
—¿Eres Nora?
—Lo soy. Es urgente. ¿Tenéis cómputo?
—¿Cómo?
—¿Que si tenéis acceso a equipos, contramedidas, hackeo, ciberdefensa de red?
—Eh… Sí, tenemos los equipos personales, estamos a dos niveles de la brecha, creo. De momento esta sala se defiende.
—Tenéis que cegarles. No podréis bloquear las conexiones de corto radio, son enlaces láser, pero sí sus enlaces de comunicaciones con el mando. Con eso tendrá que bastar.
—¿En qué frecuencias?
—Las que van del treinta al quinientos. Todas ellas. Por encima no tienen capacidad y por debajo no hay ancho de banda.
—Ok, yo me encargo. Bienvenida.
Nora no responde. Los atacantes blindados siguen avanzado y disparando. Mira a su alrededor y descubre algunos lanzagranadas recién
sacados de sus embalajes, varias ametralladoras pesadas y muchas armas ligeras, demasiado ligeras para parar un traje de asalto. Cierra los ojos.
Recuerda el hangar, la disposición de las paredes, la esquina desde la que atacan, la sala elevada donde hablaron con ella el primer día. Lo ve todo de un vistazo, tal y como le enseñaron en la academia; procesamiento holístico de combate. Era buena en eso, pero nunca lo ha usado; una polizo de base no tiene que pensar, solo obedecer.
—Déjame el lanzagranadas.
—No sirve de nada, les hemos dado varias veces. Tienen blindaje reactivo.
—No les voy a disparar a ellos.
Nora toma el arma. Al contacto el lanzagranadas establece un vínculo de confianza con su consola. El sistema de tiro que le instaló Cástor es excelente, como ya ha comprobado en varias ocasiones. Acepta sin problemas el arma, que no es en absoluto un modelo habitual. Ahora su consola tiene acceso a todos los parámetros del lanzagranadas, los tiene disponibles en su espacio de trabajo en forma de iconos de configuración.
Arrecian los disparos sobre su posición. Nora y los demás se parapetan como pueden. Eso solo puede significar que están avanzando. No puede esperar mucho más. Levanta la cabeza lo justo para que la consola adquiera una vista tridimensional del espacio del hangar. No se la vuelan de milagro.
Traza una trayectoria y programa la carga del lanzagranadas para una demolición. Con esos datos, el proyectil penetrará en el hormigón unos centímetros antes de que la carga secundaria y la terciaria estallen. El vuelo de la granada, si no es derribada con contramedidas, está asegurado.
—¿Diego?
—Ya lo tengo. No están ciegos del todo, pero sus sistemas de guía están comprometidos, solo tienen línea visual, comunicaciones punto a punto por láser.
—Me basta con eso.
Nora no aprieta el gatillo, es la consola la que lo hace. El proyectil se eleva un par de metros en diagonal y luego acelera cincuenta ges hasta impactar en un punto concreto de la pared. Nora no lo ve, pero escucha el estruendo de la explosión y le llega una inmensa nube de polvo que, de repente, impide ver y respirar.
—Vamos por ellos.
Salta fuera del parapeto sin esperar a que Kirlian la siga. Ha cogido un subfusil de un montón de armas que hay en el suelo, con la mala suerte de que es un modelo totalmente mecánico. No hay sistema de puntería ni información sobre munición en la consola. Es poco más que un hacha de piedra, pero tendrá que servir.
No mira atrás, pero siente a los Hermanos resoplar, toser y maldecir en su cogote. Los disparos de sus enemigos no llegan. Cuando alcanzan su posición comprende por qué. Están sepultados bajo grandes trozos de hormigón arrancados de la pared, una montaña de escombros que los aplasta. Dentro, los polizos seguro que aún están vivos, aunque no puedan moverse ni salir de su encierro.
Usa el enlace para hablar con Kirlian.
—Ahora mismo están en repliegue. Han perdido las comunicaciones con el mando. Tienen que volver a una posición segura. Antes de que lleguen tenemos que caer encima de ellos con todo lo que tengamos.
—Si asomamos la jeta, nos la acribillan.
Como respuesta, Nora se apoya en una esquina, mira en dirección al pasillo por el que han huido los atacantes y luego salta sobre los restos de hormigón sin dejar de barrer con el subfusil todos los rincones. No se ve un solo polizo. Se han replegado como había previsto.
Abre el canal de comunicaciones para que todos la puedan oír.
—Hay que ir al pasillo norte antes de que se reorganicen. Si no consolidan la posición, tendrán que ir a la anterior. Hay que hostigarlos, estar siempre encima, arremetiendo contra ellos.
Decirlo es más fácil que hacerlo. Corren sobre los escombros. La luz es escasa y el polvo y el humo los hacen toser. No tienen equipos de respiración ni de filtrado. A pesar de todo, nadie cuestiona sus órdenes; avanzan por los corredores derruidos y sembrados de cascotes y muertos, hasta que Nora levanta la mano. Los sensores de su consola han detectado radiación láser, ecos de las comunicaciones de los enemigos. Comienza a buscar por las paredes y el suelo. Localiza una bomba-trampa bajo unos pedazos de ladrillo. Es un dispositivo de activación remota. Detrás de la siguiente esquina estarán esperando a la explosión para volver a atacar.
Algunos de los Hermanos mantienen la sangre fría, no así Kirlian, que no puede dejar de moverse. ¿Y ella? Respira hondo y despeja la cabeza de todo lo que no sea la amenaza que tienen delante.
—¿Granadas?
Alguien le pasa un par de granadas robóticas. Son modelos antiguos, pero servirán. Despliega las patas de insecto de los artefactos y los sincroniza con su consola con una frecuencia de comunicaciones fuera de los espectros habituales. Las armas se activan, sus luces de color azul se vuelven rojas y empiezan a desplazarse como enormes arañas metálicas sobre el suelo.
Nora las dirige manteniendo como objetivo la bomba-trampa.
—¡A cubierto!
La explosión es dos veces más potente de lo que ella había esperado. De repente los oídos se le han convertido en una masa de pitidos, le sangra la nariz y no ve nada; el polvo y el humo ciegan el pasillo. Algunos quieren retroceder hacia espacios donde se pueda respirar. Ella los detiene con un movimiento del brazo.
Se parapetan. Primero ven los haces láser traspasar las densas nubes de polvo, luego las siluetas de los atacantes se hacen nítidas. Corren hacia ellos sin fuego de cobertura. Es un error. A la orden de Nora los Hermanos comienzan a disparar. El primer pelotón cae al instante. A pesar del Kevlar, de los chalecos, el fuego es tan denso que los enemigos se derrumban segados como trigo maduro.
Cuando no queda ninguno en pie, Nora les ordena ponerse a cubierto con gestos frenéticos. Casi enseguida, empiezan a restallar los cañones rotativos de tiro rápido del segundo pelotón. Mientras la lluvia de balas satura el corredor, Nora sigue el cronómetro de la consola. Cuando pasan doce segundos exactos, justo la duración de los tambores, sale de su escondite y vuelve a descargar el subfusil aprovechando la pausa de dos segundos entre un tambor y el enganche del siguiente. El segundo pelotón tiene que retirarse dejando atrás algunos de los artilleros tendidos.
No puede ser tan fácil. Nora no se cree que sigan el manual de forma tan rígida. Es como saber lo que van a hacer siempre unos segundos antes de que lo hagan. Ahora realizarán un despliegue secundario con una lluvia de bombas de metralla; para eso tendrán que retroceder aún más si no quieren verse afectados.
Es lo que estaba esperando.
Nora grita. El alarido se alimenta de la rabia subcutánea, del odio feroz, de la hoguera que comenzó a arder desde el mismo momento en que se convirtió en una nonumen. Corre, sus compañeros la siguen, avanzan sin encontrar resistencia hasta que ven las espaldas de sus enemigos. Les
disparan a pesar de que el fuego de cobertura arranca chispazos de las paredes del pasillo y algunos de los Hermanos caen heridos o muertos.
De repente Nora se detiene. ¿No han montado un punto de resistencia, una barricada? Como si ese simple engranaje fuera de sitio arruinase la máquina al completo, comprende que los han engañado: la batalla no se está librando allí.
—Diego, ¿cuál es la salida de emergencia?
—Hay cinco o seis. Todo el mundo está saliendo por ellas.
—¿Puedes cerrarlas?
—Eh, no, son manuales.
—¡Mierda! ¿Cuál es la más cercana a mi posición?
—¿Y cuál es tu posición?
Nora recita una serie de números y recibe una indicación en su consola.
El pequeño grupo corre en la dirección que marcan las flechas de evacuación, dejando atrás la zona de combate. Atraviesan a toda prisa muchas instalaciones abandonadas. Nora desea no tener razón, haberse equivocado, pero no. Cuando llegan a la salida, encuentran la compuerta metálica en el techo del búnker abierta de par en par. Del orificio gotea agua y se filtra una luz fantasmal, muy blanca. Domina el aire un inconfundible aroma a lluvia. Hace una señal y se detienen. Escuchan el ruido de transportes pesados. Se agarra a la escalerilla y empieza a subir. Afuera la lluvia es torrencial. Grandes focos llenan el aire de briznas de agua helada.
En las proximidades hay una docena de grandes camiones todoterreno, algunos con las puertas aún abiertas, otros ya marchándose. Dentro de ellos se agitan multitud de hombres, mujeres y niños.
Por suerte, nadie presta ya atención a la compuerta. Sale mientras dispara a uno de los polizos. Cae, pero hay toda una brigada a su lado que comienza a responder al fuego. Sus armas son mucho mejores y en un combate abierto eso les proporciona una gran ventaja. Se refugia a duras penas detrás de un montículo de escombros mientras escucha como los transportes blindados aceleran y se alejan. Los han capturado como a conejos. ¡Qué imbécil! La batalla era solo ruido y humo para hacerlos salir del agujero.
El fuego de armas automáticas arrecia. Cierra los ojos. Acude a la memoria de la consola y consulta las imágenes grabadas de lo que ha visto al salir por la compuerta. Hay algo que llama su atención: un camión con grandes tanques en el lomo. Sabe lo que es. Se levanta a pesar de los disparos, abre todos los canales y grita a pleno pulmón:
—¡Fuera todos!
Responde Diego:
—¿Cómo? Estamos ganando. Ya han salido del búnker.
—¡Fuera todos! ¡Diego, fuera, por favor, antes de que…!
Los disparos le obligan a cubrirse. Han mejorado sus posiciones. Si no hacen nada, avanzarán y los cogerán en fuego cruzado. Para empeorar las cosas, aparece un dron de combate que desciende del cielo y empieza a dispararles desde un lateral de su posición. Una combinación de suerte y de imprecisión de los sistemas de la aeronave debido a la lluvia la salva en el último momento. Otros no tienen tanta suerte.
Cuando la máquina encuentra otro grupo de Hermanos y se gira para disparar contra ellos, Nora corre hacia el dron mientras los atacados se parapetan como pueden para cubrirse de la lluvia de balas. Sabe que solo tiene una oportunidad, una muy pequeña. Dispara a las lentes del vehículo aéreo y lo ciega. La máquina deja de atacar, se estabiliza y asciende hacia una altura de seguridad.
Nora salta y agarra el patín del dron que se eleva. El pequeño helicóptero la arrastra. Ve como la altura aumenta. La lluvia lo empapa todo y vuelve el patín resbaladizo. El robot no la detecta porque todavía no ha podido recuperar el uso de las lentes. Es capaz de repararlas y volver a atacar, pero necesita tiempo para rotar los cabezales.
El dron se mueve con dificultad debido al peso de Nora; una o dos veces está a punto de desestabilizarse. El interruptor que está buscando se halla aún muy arriba. Consigue aferrarse con las dos manos al patín y se eleva hasta quedar apoyada en un brazo. Con el otro, a duras penas abre una pequeña puerta de mantenimiento. Mete la mano y busca el interruptor. Lo gira y pone la máquina en modo secure. De inmediato el robot acepta órdenes solo del sistema más cercano, que es la consola de Nora. Es una medida de seguridad de la que dispone el dron para cuando se trabaja en las cercanías.
Nora contempla como su espacio de trabajo se llena de iconos técnicos que no entiende. Mientras asciende cada vez a mayor altura, pasa menús, páginas y más páginas, sin encontrar lo que necesita. El suelo está ya a más de veinte metros. Los músculos del brazo y el hombro le duelen, pero sigue aferrándose con fuerza al pedazo de hierro que le impide caer.
Localiza al fin el sistema de control de altura. Lo pone a cero. La máquina baja deprisa. Mientras desciende, ella sigue buscando. Tiene que
moverse arriba y abajo por densos árboles de comandos. Para cuando queda flotando sobre el suelo ha encontrado lo que quería. No tiene acceso al sistema de puntería ni al de adquisición y seguimiento de objetivos; hubiera sido mucha suerte, pero sí puede activar las ametralladoras. Da la orden. El dron comienza a disparar una ráfaga ininterrumpida de balas de calibre antiaéreo. Nora, ya con los pies en el suelo y cegada por el agua y el polvo que están levantando los rotores de la máquina, agarra la estructura del dron y lo hace girar. Las balas trazan una línea de fuego que captura a un vehículo blindado haciéndolo explotar. Sigue dirigiendo la máquina; el parapeto de protección de los polizos se desintegra en una lluvia de chispazos.
Los polizos que quedan vivos deciden huir.
Las ametralladoras agotan su munición en menos de medio minuto. Nora ordena a la máquina que se eleve a la vez que la suelta.
—¡Vamos, rápido!
El camión con los depósitos ha desaparecido, pero hay otras entradas, otros camiones. El suelo tiembla. De repente, de la boca abierta de la compuerta, surge un chorro de fuego de más de veinte metros de altura. Lo han hecho, han inyectado una mezcla de oxígeno a presión y queroseno en forma de aerosol y luego le han prendido fuego a la mezcla. Dentro, el hormigón de las paredes se estará derritiendo. Cualquier ser humano, máquina o enser resultará consumido por las altísimas temperaturas.
El suelo se sacude con más explosiones, el géiser demoníaco sigue aumentando de altura, quemando el mismísimo cielo. Nora se tapa la boca con las manos entrecruzadas. Los Hermanos, que se han librado por los pelos, miran la columna de fuego mientras el brillo de la destrucción se refleja en sus rostros, húmedos por la lluvia.
Luego todo se detiene, el fuego desaparece y la noche reclama la oscuridad. El agua lava muy rápido el olor a queroseno. Nora sigue mirando a la compuerta del búnker bajo la lluvia, dejando que la lluvia le empape la ropa, sin conseguir que la rabia deje de arder; todo lo contrario.
Son capaces de planificar la muerte de toda una especie, la suya propia.
¿Acaso pensaba que se iban a detener por unas decenas de niños en un agujero?
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