Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 38 de 47

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Nos mienten

37. En el complejo

37

En el complejo

Nora no consulta, apenas reflexiona, no hay tiempo para eso. Sabe que desde que la señal llegue al cielo tiene escasos minutos para poner en marcha su plan de emergencia. Reagrupa sus fuerzas, cada vez más escasas, y las dirige en dirección a la única puerta que no opone resistencia. La nube de puntos rojos que representa a sus ex compañeros polizos oscila y cambia en función de si logran ocultarse de los drones o no. El número no baja ostensiblemente. Mierda de entrenamiento. Nora corre sobre la nieve atenta a las posibles alarmas de proximidad. El edificio, según se acercan, comienza a exhibir sus verdaderas dimensiones: enormes muros de hormigón y altos tejados de pizarra que pueden ocultar cualquier cosa detrás.

Al lado de la única puerta libre se encuentran con un grupo de Hermanos parapetados. La puerta está reventada, el acero abierto como una flor y el muro manchado por el hollín de las explosiones. Los alojamientos de armas y sensores humean convertidos en pequeños cráteres en la sólida superficie del hormigón.

Allí el ataque ha sido un éxito total.

Nora activa el modo de penetración. Accederá solo un equipo, pero deberá bastar. Si su nuevo plan funciona, sus enemigos van a tener muchas fuentes de distracción.

—¿Entramos?

Jaime, desmintiendo de nuevo su edad, está ansioso por luchar.

—Espera.

—¿A qué?

—¡Chis!

Nora mantiene al equipo en detenido con una mano alzada. El silencio del bosque se interrumpe tan solo por el sonido de disparos y explosiones en la distancia. El sol hace brillar la nieve, dora los altos muros de hormigón. El bosque se llena de destellos y las largas sombras de los

árboles multiplican la confusión visual. Las consolas luchan por compensar el contraluz brutal y lograr una interpretación de la escena sin zonas oscuras.

Siguen esperando; los Hermanos miran a un lado y a otro, nerviosos.

Nora escucha los ecos de grandes rotores rebotando contra las rocas de las laderas. Se acerca desde el valle una flotilla de convertiplanos. Ahí vienen los refuerzos de los polizos, dice en voz baja. Aún falta algo. Cuando escucha el siseo y las primeras explosiones, sonríe. Del cielo comienza a caer una lluvia de misiles, una oleada densísima de armas robóticas plagadas de contramedidas que buscan los tejados del complejo y cualquier vehículo de gran tamaño. De repente el bosque estalla; la nieve y la madera destrozada llenan el aire de astillas y metralla.

Jaime, a su lado, se protege tras una peña mientras la mira sorprendido.

—¿Qué está sucediendo?

Antes de que pueda responder, una nueva andanada de misiles cae del cielo y se abate sobre el centro de desarrollo biológico. Uno tras otro se estrellan contra los techos reforzados y explotan. Nora y su equipo se refugian enterrándose en la nieve, agazapados detrás de las rocas. Las explosiones son como los inmensos mazazos de un dios. Cada golpe lo sienten en el pecho, el aire parece hincharse con su furia salvaje. Aun así, el complejo resiste, la estructura soporta la intensidad de los ataques sin mayores consecuencias que un acné de cráteres negruzcos.

Durante unos segundos, el silencio vuelve a adueñarse del bosque. Nora se levanta y hace una señal con la mano. Todos se ponen en movimiento y corren hasta la puerta mientras del cielo llega una nueva oleada de destrucción. Probablemente, dentro del centro estarán mucho más seguros.

Ya en el umbral de la puerta, Nora arriesga una mirada hacia el cielo.

Distingue cápsulas que caen como piedras hasta que a pocos metros del suelo activan pequeños paracaídas. Ya sobre la nieve, se abren como huevos mecánicos y expulsan más destrucción: perros, drones asesinos, bombas autónomas, trampas tóxicas; la lista de iniquidades es infinita.

Una explosión muy cercana le obliga a entrar. Quizá, a la vuelta, tengan que lidiar con lo que quede vivo después de la batalla. No esperaba nada tan brutal. Nora sabe que los equilibrios entre las familias son delicados. Como sucede en las manadas de hienas, basta que una muestre signos de debilidad para que las otras la devoren, y los Ramoneda se han ganado desde antiguo muchos enemigos. Solo han tenido que escuchar la señal de socorro para

activar arsenales ocultos, anónimos, pensados para hacer el máximo daño posible sin dejar huellas.

Pronto descubren que el interior del complejo es muy diferente al macizo y austero exterior. Las paredes de los pasillos están pintadas en colores suaves. Cruzan patios agradables, corredores elevados que dan acceso a despachos y habitaciones. Pasan delante de un gran invernadero acristalado donde cientos de especies crecen frondosas. Nora cree ver tumbonas y una barra de bar entre la vegetación, pero no se para a confirmarlo.

No encuentran a nadie hasta que la suerte se les acaba tras una esquina, cuando falta muy poco para llegar al núcleo de laboratorios. Hay una barricada detrás de la cual han situado varias armas pesadas que comienzan a dispararles un chorro interminable de munición. Tienen que parapetarse tras un recodo del pasillo, medio derruido por las andanadas de ametralladoras pesadas con las que les atacan.

El estruendo es ensordecedor y el aire se llena de esquirlas de plomo y polvo de cemento.

—¡Uf!

Jaime, a su lado, se apoya en el muro. Su subfusil aún desprende humo por la bocacha.

—¿Se te ocurre algo?

Nora señala con la cabeza a la barricada.

—En los viejos tiempos usábamos una marea de minas araña, pero no tenemos nada de eso.

—Habrá que ponerse las tecnopieles para llegar hasta ellos.

Jaime tuerce el gesto pero asiente antes de contestar.

—Tú no puedes ir. Si no funciona, no podemos permitirnos el lujo de perderte. Te necesitaremos para otro intento.

Nora no está de acuerdo, quiere ir, pero asiente. Jaime y tres Hermanos más se ponen los monos de tecnopiel, un tejido orgánico plagado de células de biorreacción lumínica. Activan las baterías y como resultado las pieles adquieren el color y la textura de la pared del pasillo. No engañarán a un sistema de tiro por radar, pero sí a uno óptico y, por supuesto, también a un usuario humano, sobre todo si se mueven despacio. No puede verles las caras mientras avanzan. Tampoco puede escucharles. Han cortado el enlace de radio de sus trajes.

Esperan uno, dos, tres minutos y al fin oyen disparos, ráfagas de armas ligeras. Nora arriesga una mirada. La posición enemiga está siendo

diezmada. Los hombres que sobreviven al primer ataque levantan las manos.

Vuelven a activar el enlace.

—Libre.

—Vamos.

Giran la esquina y, de inmediato, Nora reconoce a uno de los hombres que han tenido que rendirse y están quietos, con las manos sobre la nuca. Es Miguel Ángel. Él también la reconoce. Sonríe de medio lado y no deja de mirarla mientras ella avanza.

—Vaya, parece que tenías un segundo trabajo. Aparte de puta también eres una traidora.

Nora no responde aún. Está atenta a la consola, que le informa de que en el exterior las cosas van mal. El ataque ha cesado y han desembarcado refuerzos de los Ramoneda. Los Hermanos que están fuera sobreviven a duras penas. Regresa a la visión completa y se encuentra con la mirada de Miguel Ángel, llena de desprecio. Nora se le echa encima, lo agarra por la pechera.

—Parte de mi trabajo era aguantar imbéciles como tú. Menos mal que eso ya ha pasado.

Nora le da un rápido beso en los labios. Miguel Ángel, completamente desorientado, tarda medio segundo en realizar la maniobra de ataque que tenía preparada. Ella la bloquea y le estampa el codo blindado de su traje de campaña en plena cara. Por el sonido juraría que le ha partido un pómulo.

Desenfunda su pistola y le dispara en la rodilla. Grita como un animal a punto de ser sacrificado. No será eso lo que lo mate, sino el virus que acaba de pasarle con el beso.

Los Hermanos atan a los vencidos unos contra otros. Luego los dejan inconscientes con una inyección de algún tipo de anestésico.

El pelotón de polizos protegía una enorme puerta de acero liso.

—Diego, ¿me recibes? ¿Ves lo mismo que yo?

—Sí, alto y claro. Tengo tu visual.

—¿Puedes ayudarme a abrir la puerta?

—Déjame ver… No está conectada al sistema principal, es autónoma.

Nora la mira con atención, la toca con los dedos. Consulta los datos de Ernesto. No está ahí, es algo que han instalado hace poco o que nadie incluyó en los planos. Es de acero reforzado con capas de cerámica; está anclada al muro y el suelo por un marco de más de cincuenta toneladas. No

van a abrir la puerta con el explosivo que llevan encima. Se acerca a la consola de acceso. Es un dispositivo de identificación.

Nora maldice en voz baja. Los Hermanos la miran alternativamente a ella y al extremo del pasillo. En cualquier momento pueden venir refuerzos.

Del otro lado no van a abrir hasta que alguien les asegure que no hay peligro. Incluso entonces se lo pensarán. Tiene que intentarlo. Pulsa un botón rotulado con un teléfono. En algún punto suena un zumbido de llamada. Contesta una voz joven, impersonal.

—¿Sí?

—Soy del comando de seguridad. Polizo Nora Robles. ¿Todo bien por ahí?

—Sí. Hemos escuchado ruido. ¿Qué ha sucedido?

—Hemos rechazado un ataque. La cosa se está poniendo turbia aquí fuera.

—Lo sabemos.

—Por cierto, necesitamos asistencia para los heridos.

—Supongo que quedará poco para que lleguen los refuerzos del cuartel general.

—¿Podrían abrir y tratarlos ahí? Algunos están muy graves.

—Conoce las reglas. El santuario debe quedar sellado hasta el fin de la emergencia. No hemos recibido información del fin de nada.

Nora corta. Es idiota seguir hablando. Piensa con furia. Necesita abrir esa puerta. Si no lo consigue, todas las muertes, todo el esfuerzo, habrán sido en vano.

Recibe una llamada de urgencia. Es Diego.

—¿Nora?

—Sí.

—Tengo algo. Un código.

—¿Qué?

—Un número primo enorme. Se suelen usar para codificar claves.

—Sigo sin entender. ¿Cómo lo encontraste?

—En un fichero llamado «ER» que sacamos de la memoria del cubo había dos números primos, cada uno asociado a una coordenada espacial.

Una de ellas es precisamente la del complejo. En el cubo había mucha información, muchas cosas raras. Hasta ahora no se me ha ocurrido pensar que el número pudiera servir como llave.

—¿A qué esperas para probar?

Nora contempla la puerta. Tras unos minutos que parecen interminables, un código alfanumérico de veinte cifras aparece en su espacio de trabajo.

Lo marca en la consola. Durante unos segundos eternos no sucede nada.

Luego se escucha un chasquido, el sonido de motores eléctricos moviendo unos grandes goznes y el inconfundible sisear de un sello de presión al ser abierto. La puerta, de más de tres metros de alto y cuatro de ancho, se abre por sí misma y gira hacia dentro.

Hay una alarma de contención biológica que comienza a sonar en alguna parte. Ni Nora ni los Hermanos hacen caso, abstraídos por lo que ven más allá de la puerta blindada: lo que parece un prado, un suave e incongruente prado en pendiente, desciende hacia el centro de una vasta depresión techada por una cúpula que remeda casi por completo la apariencia de un cielo de verano. Se adivinan edificios de una arquitectura caprichosa, deslumbrante. Avanzan. La hierba es real y huele a primavera. Al fondo, entre los árboles, se entrevé el brillo de un estanque o una piscina de aguas muy azules.

—¿Qué demonios es esto?

Nora mira a su alrededor.

—Desde luego no es un centro de desarrollo biológico.

Hay un edificio más alto que el resto, una esbelta torre de metal brillante.

Al lado se extiende una pequeña ágora embaldosada de mosaico y rodeada de una columnata. Hombres y mujeres pasean por la plaza, se sientan, conversan como si lo que está sucediendo fuera del santuario no fuera con ellos.

Nora empieza a andar y los Hermanos la siguen. Las distancias son engañosas. No tardan en llegar junto a la torre y el ágora. Los están esperando, tranquilos, bellísimos e impasibles, hombres y mujeres vestidos con túnicas ligeras, pantalones holgados. Nora los reconoce, lo había hecho desde que los vio de lejos, pero no confió en sus sentidos. Ahora no tiene más remedio que aceptarlo: ha accedido a un refugio para superhumanos, los dioses de la perfección que sustituirán al hombre como especie dominante en el planeta.

Ha reconocido a uno de ellos. Se dirige a él.

—¿Dónde están los virus?

Pablo da un paso al frente. No sonríe, pero tampoco parece asustado. Ni lo más mínimo.

—Es usted una persona tenaz. De todos modos, bienvenida a nuestra casa, lugar al cual no ha sido invitada.

Los Ángeles hablan entre ellos tal y como los vio comunicarse en las ruinas del Parlamento, a un volumen muy bajo y con un chorro de palabras densas, incomprensibles.

Jaime se encara con él y le apunta con el subfusil. La consola de Nora le advierte de que el seguro del arma ha sido retirado.

—¿Dónde está el centro de desarrollo?

Nora mira a su alrededor. Hay algo que apenas consigue aprehender, una idea esquiva, extraña, que daría sentido a todo, pero se le escapa una y otra vez. La desecha con energía, no hay tiempo para muchas reflexiones.

Le responde Pablo:

—Los virus de desarrollo y las vacunas han sido destruidos. Mantenerlos era demasiado peligroso después de que Ernesto quisiera robar una muestra para contagiar a todo el mundo e inmunizarlos. Fue lo que nos llevó a deshacernos de ellos. Estaba loco. No nos alegramos de su muerte, pero la verdad es que quien lo asesinó nos hizo un gran favor. Ya es irremediable, Nora, han perdido. Solo es cuestión de tiempo que la humanidad desaparezca.

El gatillo del arma de Jaime se activa. Sin embargo, no hay ninguna bala que salga por la bocacha. El sistema de tiro está bloqueado. Pablo sonríe.

Los otros hombres y mujeres presentes, inhumanamente hermosos, miran la escena con calma. Al parecer no hay nada que los altere. Nora se siente como un mono al que un humano lo ha engañado con un burdo truco que no es capaz de ver.

El anciano enarbola el arma como un garrote e intenta atacar a Pablo. El ángel lo esquiva con un movimiento suave, fluido, y luego le golpea una sola vez, un impacto tan rápido que apenas se percibe. El anciano se agarra la garganta, gorgotea; los ojos abiertos como platos. Le ha aplastado la laringe y se ahoga.

Nora da un paso atrás. Sabe que su pistola no funcionará. Mira como el anciano se debate en el suelo y al fin se ahoga echando espumarajos sanguinolentos por la boca.

—¿Diego?

No hay comunicaciones. Su consola está aislada, comprometida también.

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