Nos mienten
30. Adiós
30
Adiós
Nora entra en el piso de su madre. La puerta estaba abierta. Traga saliva y le cuesta avanzar, poner el pie en aquel espacio en silencio. Acaba de subir por una escalera que muestra huellas recientes de granadas. Ha encontrado rastros de sangre seca en el suelo, escombros por todas partes, impactos de bala en las paredes; sin embargo, no ha visto ni un solo casquillo. Los niños del barrio los han recogido todos y los han llevado al taller de armas que hay en la esquina. Mientras ella compraba munición, los ha visto entrar cargados con bolsas de plástico repletas de cartuchos que entregaron a cambio de un montón de chucherías. Los niños salieron corriendo con los bolsillos llenos de caramelos. Los que lleva Nora en la mochila son de plomo, de acero con punta hueca, proyectiles con cabeza perforante, de bajo impacto, para tirar en interiores delicados y enormes, y amenazadoras balas de largo alcance, que salen despedidas como un proyectil normal pero luego pueden propulsarse ellas solas hasta alcanzar una velocidad de misil antiaéreo.
Ha decidido ser previsora y ha comprado todos los tipos de munición que puede disparar su arma y estaban disponibles.
Respira un poco cuando comprueba que el interior de la casa no muestra signos de violencia.
—¡Hola!
La mochila pesa en su espalda. La casa esta silenciosa y fría. La luz del otoño se cuela por la ventana de la cocina y dibuja un cuadrado dorado en mitad del pasillo. Pisarlo le reconforta como si estuviera bañándose en el agua cálida e inocente de un pequeño lago.
Escucha un quejido distante y avanza hasta el dormitorio de su madre. La encuentra apoyada en el cabecero y con medio cuerpo destapado. Tiene los ojos cerrados y respira con dificultad. La mesilla de noche está repleta de medicinas. Hay una botella de oxígeno medicinal a su lado. La mascarilla pende de su cuello y el indicador de la botella está a cero.
Se acerca y le sacude el hombro con suavidad.
—¿Mamá?
Abre los párpados y la mira desde muy lejos. El claro marrón del iris se ha disuelto, confundido en un gris indefinido, desenfocado.
Le toma la mano e insiste.
—¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
—¿Nora?
Hay una sonrisa que emerge desde una distancia inconmensurable, que se abre paso aleteando desde la lejanía de la muerte. Nora sabe que debe atesorarla como si fuera la sustancia con la que se construye la felicidad porque será lo último que recordará de su madre. Dura menos de un minuto, luego las fuerzas la abandonan y cierra los ojos de nuevo.
—¿Mamá?
Responde sin abrir los ojos:
—Estoy mal. El médico ha dicho que es la gripe.
Escucha abrir y cerrarse la puerta de la calle. Hay una pausa, pasos cautos, su hermana entra en la habitación sin quitarse el abrigo, con una bolsa de plástico en la mano. No le sonríe, no le saluda.
—¿Qué sucede, Luisa?
Le hace una seña y ambas salen al pasillo.
—Se está muriendo. Hay un virus nuevo, una gripe muy fuerte. Hay gente que no dura ni dos días.
Nora no puede mantener la mirada a su hermana. Luisa sigue hablando en voz baja:
—Las medicinas no han servido de nada. Me dijeron que debido a su edad el virus le está afectando mucho. Ahora mismo tiene los pulmones encharcados, respira muy mal.
—¿Por qué no la habéis llevado al hospital?
Los ojos de Luisa se desvían hacia la puerta del piso y luego regresan muy rápido. Está mintiendo. Contesta con un tono de voz distinto, frío como el hielo:
—¿Con qué dinero?
—¡Yo tengo dinero!
—¡No estabas aquí! Hemos tenido que enfrentarnos a la policía. Por un momento creí que iban a tirar el edificio abajo. He intentado llamarte, mandarte mensajes. Nada.
Nora no encuentra fuerzas para volver a mirar a su hermana. Entreabre la puerta y posa la vista en su madre. El pecho le sube y baja con mucha dificultad.
Sigue observándola mientras le hace una pregunta.
—¿Cómo estás, Luisa?
—Ahora bien. Me he curado, como tú.
La voz es firme, ya no miente. ¿Por qué lo ha hecho antes? Nora quiere contarle lo del virus, que todos están condenados igual que su madre. Se calla, no puede. En el fondo rechaza las palabras de Pablo, no se las cree.
Todo tiene que ser un montaje, una patraña. Sin un médico, un biólogo que mire su sangre y sus células, puede ser una mentira, una trampa más, otra manipulación.
Ve a su hermana aferrarse al marco de la puerta, mirar de nuevo en dirección a la puerta de salida. Nora tiene que salir de allí a toda velocidad, pero la rabia no le deja, aún no. Se vuelve hacia su hermana y las palabras apenas pueden salir de entre los dientes apretados.
—¿Les has dicho…?
—¿Cómo?
—¿Les has dicho que estoy aquí?
Su hermana enrojece. Señala su consola con un dedo. Acaba de hacerlo, les ha avisado.
—No tenía otra opción. Van a curar a mamá.
—No lo van a hacer, Luisa.
Se acerca al lecho de su madre, le toma la mano a pesar de que sabe que están a punto de llegar y le besa en la mejilla.
—Adiós, mamá. Lo siento, siento no haber estado más cerca… —Se le rompe la voz. Su madre no responde, el pecho apenas se levanta. Deja de mirarla, duele demasiado. Se vuelve hacia su hermana que ha ido reculando y ahora la pared no le deja seguir huyendo—. Luisa, no creo que volvamos a vernos. Te quiero.
Corre hacia la puerta de la calle. Abre y atisba el descansillo con el arma lista. Hay ruido de gente abajo, en las escaleras. Solo puede huir por un sitio, hacia arriba. Se dirige a la escalera y comienza a subir saltando los escalones de dos en dos. La puerta de acceso a la azotea está abierta. Eso la detiene. ¿Hay alguien fuera? Tendrá que arriesgarse. Se asoma con cautela.
No se ve nada raro: una terraza de suelo parcheado, llena de cuerdas y ropa tendida.
Cierra la puerta y coloca una granada en el borde del marco, de modo que, si se vuelve a abrir la puerta, estallará.
Corre en dirección a la fachada norte. El edificio contiguo está muy cerca; de niña saltó hasta él en alguna ocasión. La ropa tendida aletea y el viento sopla muy frío; le eriza la piel del rostro. De pronto, desde detrás de una de las sábanas, surge un puño que la golpea en la cara. Siente el sabor de la sangre mientras se gira y rueda de medio lado. La interfaz de la consola, que es increíblemente rápida, ya está intentando identificar objetivos. Nada. Para el sistema de tiro la terraza está vacía.
El puño parece haber salido de la nada. Pero no ha sido así.
—¿Domingo?
—Sí, soy yo. —Su marido sale desde detrás de la ropa tendida—. Nora, ríndete. Será mejor así, veremos qué ha pasado; me lo han dicho, lo investigarán y, si eres inocente, te restituirán a tu puesto.
—Domingo, no he hecho nada.
Nora lo mira, estudia su cara, las facciones, la tensión de los labios en un gesto forzado. Domingo ya ha decidido.
Escucha el zumbar de un dron que acaba de superar el borde de la azotea.
Identificar el objetivo, disparar y convertirlo en una nube de piezas mecánicas es algo que sucede en un solo movimiento fluido. Algo muy duro la golpea en el brazo. La pistola no se le cae de la mano, como hubiera sido el caso de no tener una protección del codo a la muñeca. Las compras en la tienda de la esquina están resultando muy útiles.
Se gira y allí está Domingo, a dos pasos de ella, esgrimiendo una larga porra extensible. El siguiente golpe va dirigido a su cabeza; si la alcanza no será mortal, pero la dejará inconsciente. Mientras lo esquiva a duras penas, hay un pensamiento que le preocupa: Domingo no era así de rápido antes.
Se aleja un par de metros y se refugia detrás de una sábana. La ropa tendida, que antes era un inconveniente, ahora es una ventaja. Corre por uno de los pasillos que las sábanas han creado, intentando llegar de nuevo al borde de la azotea. Se tira al suelo cuando escucha un sonido como de motor eléctrico y un traqueteo intermitente, parecido al sonido de un motor mal ajustado. Se refugia como puede detrás de un promontorio de ladrillo.
Le están disparando desde un dron con una picadora, un arma de alta cadencia: veinte balas por segundo de pequeño calibre pero de uranio empobrecido.
La lluvia de proyectiles destroza sábanas, soportes, cables, baldosas y hasta parte de la barandilla de ladrillo que rodea la azotea. Nora se encoge tras su pequeño refugio, intentando no dejar ninguna parte de su cuerpo sin cubrir.
No es un arma elegante. Tampoco efectiva. Hace demasiado ruido, crea mucha distracción. Además, la munición no dura. Sin embargo, nadie en su sano juicio se expondría a semejante potencia de fuego.
La picadora deja de zumbar. El silencio es peor que el estruendo de la destrucción. Huele a cordita. El suelo humea y a la mitad del terrado parece que lo han carcomido unas termitas locas y enormes. El dron se aleja.
—¡Nora, entrégate!
Hay más polizos en la azotea. Quizá por eso tiene que actuar así, para no demostrar que está con ella, que aún la quiere. Nora sacude la cabeza; aquello no tiene nada que ver con el amor. Elige subir al promontorio con el que se protegía y de ahí a un pequeño tejado. Es una escalada que de niña hizo mil veces.
—Nora, ¿dónde estás?
Cae sobre él y lo derriba contra el suelo. Nora ha tratado de noquearlo con el impacto pero no lo ha conseguido. Domingo intenta revolverse, pero ella está encima y le bloquea con una llave.
—Nora, no podrás escapar. Entrégate.
Lo siente debatirse contra su presa. No tiene mucho tiempo, quería dejarlo inconsciente, pero le está resultando imposible llegar a presionarle la aorta lo suficiente para conseguir que se desmaye. Comprende que su marido no solo ha accedido a un programa completo de retromodificación, sino que también va hasta arriba de betabloqueantes, uno de los cócteles químicos que de vez en cuando tienen que usar los polizos.
Nora no puede seguir apretando, no puede vencer la resistencia de Domingo. Al estar tan cerca siente su olor, huele a tardes de siesta y a sexo, a reposo y a futuro, todo lo que ha perdido para siempre. Le habla muy despacio, en un susurro, mientras Domingo gruñe y lucha por liberarse.
—Si me entrego, ¿tú crees que duraré mucho tiempo viva?
Domingo se revuelve y casi se suelta. Nora se indigna. ¿Es que no se cuestiona nada? ¿No sabe que los manipulan? No, no lo sabe ni lo puede suponer. Comprende al fin por qué le fue tan fácil engañarle con Ernesto: el ángel era alguien libre, hacía lo que quería, nada lo limitaba, no había un guión escrito para él, no había hipotecas, ni un trabajo bajo constante
amenaza, siempre expuesto a una mala contestación a los superiores, a un desliz, un error.
Lo deja liberarse. Domingo lanza la mano abierta en dirección a su pecho. Nora bloquea el golpe, pero no logra detener los dos que lo siguen.
Los encaja como puede; la cabeza le arde y siente de nuevo el sabor de la sangre en la lengua.
Al final deja pasar otro impacto más, finta y le golpea en la sien con la pierna, gracias a un movimiento que no está en los manuales y que, por tanto, ni Domingo ni ningún polizo hubiera esperado.
Nora ya peleaba por su vida antes de entrar en la academia.
Domingo cae al suelo al instante. Nora espera que no se haya roto el cuello, pero no puede pararse a comprobarlo. Sale corriendo y no se detiene al llegar al borde de la azotea: salta y cruza hasta el edificio de enfrente.
En el aire ve abajo, en la calle, un par de vehículos blindados.
Aterriza en el terrado del otro edificio. El impacto la deja sin aliento, piernas y rodillas temblando. Levanta la cabeza y ve gente rodeándola; un grupo de hombres armados, solo que no llevan los uniformes de los polizos.
Visten chalecos de camuflaje térmico sobre placas reactivas, pantalones de colores, grandes cascos con soporte de combate avanzado; una mezcolanza entre tecnología de vanguardia, incluso más que la estándar de los polizos, y equipo obsoleto, como algunos viejos y aún fiables Kalashnikov.
Todo eso es una impresión veloz, inmediata. Por sus venas corre más adrenalina que sangre; no termina de rodar por el suelo y ya está a punto de disparar, a la vez que busca una salida.
No la hay.
Una onda de presión le impacta en el pecho. Es un disparo de un cañón sónico, un arma exótica que ha visto funcionar solo una vez. El shock le remueve los órganos internos, le altera el latido del corazón; termina por derribarla en el suelo y hacerla convulsionar hasta que se acerca alguien y le inyecta algo en el cuello.
Luego llega la nada, vacía y oscura.
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