Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 14 de 47

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Nos mienten

13. Enferma

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Enferma

Su madre la mira una vez más. Desde que ha llegado, sus ojos son una especie de cámara de seguridad perpetua, incansable, llorosa. Y Nora no le ha devuelto la mirada más que una vez, cuando le contó por qué estaba allí un día de diario, vestida con harapos y con la piel llena de rozaduras y suciedad.

—Soy una nonumen perseguida. Me acusan de un crimen que no he cometido.

Al contrario de lo que hubiera podido pensar, su madre no se desmayó, no se deshizo en lágrimas. Tampoco comenzó a gritar, tan solo se derrumbó en el sofá que ocultaba su decrepitud bajo una colcha de flores, el mismo sofá en el que Nora y su hermana jugaron juntas hasta reventar los muelles, donde su padre había dormido incontables siestas y donde ella y uno de sus primeros novios habían intentado perder la virginidad. No había funcionado, el condón se había roto, no habían sabido encontrar la postura; lo habían dejado tras media hora de trajinar sin éxito. Había sido culpa del sofá, estaba maldito, siempre lo había estado. Nora se había sentado en él apenas una semana atrás y ahora volvía al barrio con las mismas manos desnudas con las que se fue de él. Odiaba aquel mueble casi tanto como odiaba el pequeño piso medio destartalado, el patio de vecinos lleno de sonidos y olores, la calle que se veía por la ventana y su habitación, su pequeña cama con un colchón casi tan viejo como ella.

Pero el tiempo en que podía elegir había pasado.

—Hija, ¿y qué vas a hacer ahora?

—Voy a buscar la forma de hablar con Domingo. Intentaremos huir al extranjero, a otro continente.

—¿Y la policía?

—Me estará buscando. Ellos o los Ramoneda, no sé qué es peor.

—Esta mañana vinieron dos policías a preguntar por ti. Les dije que hacía más de un año que no te veía.

Nora da gracias a que aquella zona sea tan hostil a los sistemas de seguridad invasiva. La policía y las corporaciones han intentado con poco éxito mantener las afueras vigiladas. Los vecinos están todos organizados y regularmente hacen batidas en busca de minicámaras, drones, arañas y demás dispositivos robóticos. Con la práctica, en las afueras se ha creado un ejército de auténticos expertos en sabotear los intentos de vigilancia de los poderosos.

Ha intentado dormir después de comer algo, lavarse con agua fría —no había gas— y vestirse con las ropas de su hermana que, por suerte, tiene turno doble y no volverá en dos días. No lo ha conseguido. Cierra los ojos y ve una vez más la cabeza de Ernesto estallando. Al deshacerse de la ropa de vuelo sucia y maloliente, se ha acordado de su regalo. Antes de meterse en la cama, ha estado un rato mirando al pequeño cubo de cristal, dándole vueltas entre los dedos. No entiende por qué Ernesto le había regalado aquella baratija, ni por qué la había seducido. Tampoco comprende por qué le había costado tan poco ceder, dejarle entrar dentro de ella y por qué lo había disfrutado tanto. El mundo ha pasado de ser un sitio medianamente previsible a llenarse de preguntas sin respuesta. Quizá siempre había sido así y ella no se había dado cuenta.

Tiene frío a pesar de la manta que le ha dado su madre. Se toca la frente, tiene fiebre. Ponerse enferma en ese momento es lo peor que le puede ocurrir. La tos la agota. Respira hondo y recuerda a Domingo y sus brazos calientes y duros abrazándola por la noche. Luego le vienen a la memoria los dedos de Ernesto, largos, suaves, sin la fuerza salvaje y embriagadora de las manos de Domingo, pero a cambio infinitamente sabios.

Domingo está lejos y no se ha atrevido a llamarlo ni a enviarle un mensaje. ¿Le habrían dicho que había muerto? ¿Que se había vuelto loca y había matado a Ernesto? ¿Que estaba en busca y captura?

No recuerda un caso igual, un polizo matando a un protegido. Se da la vuelta y se tapa, está temblando; ya lo ha aceptado, la trampa ha sido tan perfecta que hasta ella, que conoce la verdad, la asume por completo. No lo entiende. No sabe qué ha pasado aunque puede suponerlo. Juegos de poder entre las familias o dentro de ellas, envidias, estrategias, acciones preventivas. Mientras que ellos, las personas normales, están atadas por unos contratos, la ley escrita y aceptada por las partes, los poderosos solo se someten a la jurisdicción de la sangre.

Amos y siervos. Son tan diferentes que parecen seres de otro planeta. El dolor en el centro del pecho se vuelve más fuerte que nunca. Se dobla sobre sí misma. Le falta el aire. Quiere llorar, dejar salir fuera la frustración; gritar a las cuatro paredes del cuarto que ella y su familia están malditas, todo por culpa de un sofá de Ikea que tiene más de veinticinco años.

Es absurdo, contiene las lágrimas y las reduce a un leve sollozo.

Escucha un ruido en el pasillo. Sin la consola no puede ver en la oscuridad, ni disponer de un oído mejorado ni de las interpretaciones de la IA táctica. Tiene que quedarse muy quieta, atenta al siguiente sonido que quizá sea el silbido de una bala en busca de su cabeza. Escucha el rozar de las zapatillas de su madre regresando a su habitación.

Como hace desde siempre, su madre la espía durante el sueño, provocándole pesadillas.

Necesita dinero, un arma y una consola. De haber sabido que todo era ficticio, que la seguridad y el futuro estaban solo en su imaginación, habría ocultado oro, chips, superbaterías fáciles de vender en el mercado negro, un arma sin conexión y una consola nonumen, cosas caras pero no imposibles de obtener, menos si sabes dónde buscar. Ahora todo es más difícil.

Y está Domingo. No puede irse sin más, tiene que intentar convencerlo de que huya con ella. Necesita hablar con Cástor, pedirle una consola, dinero. Sabe que tendrá que ir al centro, arriesgarse como no lo ha hecho en su vida, no le queda más remedio. La habitación a su alrededor parece pequeña y deshecha, el campo de batalla de una guerra perdida que se encoge sobre ella para ahogarla.

Vuelve a escuchar las zapatillas. Esta vez la puerta se abre. Su madre trae un vaso de agua y una pastilla.

—Es un antitérmico. Me lo dio el médico. Tómalo, lo necesitas.

Nora no dice nada, se incorpora y se traga la pastilla, y luego se bebe el vaso de agua. Cuando se tumba su madre le acaricia el pelo. Por alguna extraña razón no le molesta. Cierra los ojos y se queda dormida.

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