Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 35 de 47

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Nos mienten

34. Decisiones

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Decisiones

Nadie sabe cuántas personas han muerto en el asalto al búnker. Nadie sabe cuántos han fallecido en sus casas, sin atención médica o desatendidos en oscuros pasillos de hospitales atestados. Las ambulancias resbalan suaves sobre sus ruedas movidas por motores eléctricos, recorren las calles como una versión moderna del medieval carro de los muertos. Nora las ha visto en muchas ocasiones. Pasan varias veces al día por delante del edificio en ruinas que ocupan los supervivientes de los Hermanos.

Nadie sabe cuánta gente va a morir, excepto quizá Nora y algunos otros que comienzan a ser conscientes de que no quedará nadie vivo, de que es el fin del mundo, de que, pasadas semanas, meses, años, a lo sumo décadas, la naturaleza reclamará de una vez lo que es suyo, lo que nunca dejó de serlo.

Nora no solo no ha podido dormir desde que salieron del búnker, es que ni siquiera lo ha intentado. Pasa horas en la azotea del edificio, protegida por una capa impermeable de color gris bajo la que oculta un enorme fusil de francotirador que retiró de las manos de un enfermo. A pesar de que es bastante moderna, es un arma grande, pesada, incómoda, de tiro lento.

Dispara balas del tamaño de un lápiz. No la ha usado, pero espera hacerlo cuando vea a algún polizo cerca, uno de los que llenaron el búnker de oxígeno mezclado con combustible de avión y le prendieron fuego.

Por suerte para ellos, ninguno ha pasado por las cercanías del edificio ocupado.

Hace frío, el viento sopla con fuerza y remueve la tela térmica de la capa.

El tiempo se ha vuelto crudo, quizá nieve.

Nora no come, no duerme, apenas piensa. Hay un muro de fuego en mitad de su mente. A un lado está el mundo que conocía. Al otro, ese mundo ha ardido: su marido es su enemigo y quiere matarla, su madre ha muerto y ella ya no es un polizo, no tiene empleo y es perseguida por una muerte de la que no es responsable.

Nada tiene sentido.

—Bienvenida al brillo de tu locura.

Nora escucha las palabras, pero ni las entiende ni le importan. La joya en su cuello brilla con tonos azulados.

—Siento que dentro de tu concha de caracol se estuviera confortable, no hubiera que pensar. Compraste a plazos y con sudor y sangre un pequeño futuro, pero te estafaron; no existe el futuro, solo el presente y, en este presente, la enfermedad se expande con cada respiración de un infectado.

Nora mira hacia su pecho y le sorprende el brillo del pequeño cubo de cristal. Alguna vez significó algo. Ahora lo escucha, no sabe si a través de la consola o con sus propios oídos. La joya se dirige a una persona que ya no está.

—Nora, bienvenida a la realidad.

Algo hace crac en su cabeza. ¿Cómo sabe la IA del cubo lo que ha sucedido? Es una reconstrucción sencilla, apenas un autómata programado burdamente para imitar la forma de hablar de Ernesto, capaz tan solo de comunicar una serie de datos en plazos determinados. ¿Puede reaccionar a lo que pasa en el entorno? ¿En realidad es una IA más compleja de lo que parece?

Mira a un dron cruzar el cielo. Se mueve deprisa, a más de un kilómetro de distancia, atravesando las nubes en dirección a los rascacielos del centro.

Nora se tumba en el suelo y prepara el fusil. El sistema de tiro es tan complejo que apenas sabe manejarlo. La consola parece acoplarse correctamente al arma. En una serie de zooms sucesivos ve como el helicóptero autónomo aumenta de tamaño. La mira estabilizada mantiene la imagen enfocada. La consola señala varios puntos vitales de la aeronave para que Nora elija dónde disparar. Decide desactivar la puntería asistida y desacopla los amortiguadores. El fusil pasa a modo manual. De inmediato el dron desaparece del campo visual. Amplía, lo localiza y lo sigue; está moviéndose muy rápido, lo va a perder. Aumenta el zoom mientras apunta suavemente, con una delicadeza infinita.

Disparar así es desperdiciar una bala, le decían en la academia. Lo que no le decían era que dejar que el arma hiciera todo el trabajo era como no disparar, no intervenir, ser tan solo un espectador.

Sitúa el punto de mira en el bulto de la turbina de la aeronave, cerca del conjunto de engranajes que mueve el rotor. No espera, aprieta el gatillo y el arma dispara. Por culpa del retroceso, pierde el dron de vista. Regresa a la visión estándar de la consola. Hay un arco de humo negro que cruza el

cielo. La máquina intenta aterrizar, pero se estrella sin remedio. Surge un resplandor y una densa columna de humo que el brillo del sol poniente ilumina.

Si han localizado el sonido del disparo, pueden estimar desde dónde ha partido la bala. Los estará esperando. Mantiene el fusil armado y listo.

Pasan varios minutos, luego media hora. No sucede nada. Demasiado lejos, demasiado poco interés.

—Ahora el mundo es real; lo que hagas con él también. No hay nadie al que obedecer, no hay nadie más que tú y tus decisiones, y la trascendencia que tengan. Nora, eres libre.

Está a punto de coger la joya, arrancársela del pecho y tirarla a la calle.

¿Es la joya la que está hablando? Está sola en la azotea, el cubo ya no brilla.

¿Quién la ha declarado libre? ¿Libre para qué? ¿Para sufrir el fin del mundo? ¿Para añorar el calor de un sueño perdido, de un futuro tasado?

Comprende que es libre para morir, para pelear, para llorar; para todo eso y para salir corriendo y buscar un rincón en el que morir, preferiblemente en compañía de alguna droga tan fuerte y exótica como desagradable y potente es el mundo del que huir, el mundo que aborrece, que odia, que ya aborrecía y odiaba antes.

Diego, que pudo escapar del fuego por los pelos, le ha dicho que los camiones se han llevado a los supervivientes a Meco. Allí los han metido en un recinto especial para presos políticos. Hombres, mujeres y niños hacinados en un antiguo pueblo rodeado de una alambrada, dentro de una inmensa cárcel donde los presos trabajan, tienen sus normas, su dinero, sus condenas. Una prisión dentro de una prisión, dentro del fin del mundo.

Y han comenzado a enfermar y a morir. Igual que fuera. Solo que en Meco no hay medicinas, no hay médicos, es la Edad Media con señores feudales pero sin caballeros andantes ni princesas y sí muchos dragones.

¿Eso es lo que espera a la humanidad si sobrevive?

Es una buena pregunta. Sería un futuro, al menos uno.

Comienza a nevar. El cielo se ha cerrado del todo. No hace mucho frío.

El sol empieza a desaparecer por el oeste, un globo candente que tiñe de oro los últimos minutos del día. Nora deja que los copos se acumulen sobre la capa de camuflaje. La ciudad comienza a vestirse de blanco.

—Nora, ¿vienes? Están esperando.

Gloria acaba de subir a la azotea. Kirlian está enfermo y nadie sabe dónde está Roberto. Ella sigue siendo parte de la tríada que dirige a los

Hermanos.

Se levanta y la acompaña al interior del edificio. Hace más frío que fuera.

Las estufas de cerámica queman desde zapatos viejos hasta restos de neumáticos sin desprender ni humo ni olor. Maravillas de la tecnología que no bastan para calentar todo el enorme edificio.

Cruzan por salas llenas de escombros e iluminadas por el fuego de hogueras improvisadas en bidones. La gente hace corros alrededor, lejos de las ventanas y puertas tapiadas con lonas. Por todas partes hay enfermos envueltos en sacos térmicos, tosiendo en la oscuridad. Muchos de los Hermanos aún tienen en la cara restos de la batalla: cicatrices y suciedad.

Lo peor son sus expresiones, desoladas, de cansancio infinito; campos de invierno donde no crecen sonrisas.

Gloria camina a su lado, todavía más delgada y demacrada que cuando la conoció. Nora la mira de reojo buscando signos de enfermedad, pero no tose ni respira con dificultad. Puede tener el virus incubándose en lo más íntimo de sus células. Como ella, que ya pasó la fase de contagio y ahora solo espera al desconocido factor de activación que la matará.

—¿Por qué seguís las instrucciones de Ernesto?

Gloria no contesta enseguida.

—Fue el único que nos dio un motivo para luchar. No puedo explicarlo de otro modo. Antes ya existía la conciencia de estar siendo explotados, pero no se podía articular, no había nadie que nos diese una forma de… No sé… De visión. Sí, una visión común, un futuro, un lugar al que ir, una promesa de algo mejor. No sé si lo entiendes.

Nora lo entiende, claro que sí. Recuerda la voz suave y los ademanes sencillos de Ernesto. Y la mirada lejana, desapegada, que compartía con los otros Ángeles. Ernesto podía haberlos convencido de que había futuro o de que no lo había; de que había que construirlo o de que había que demolerlo.

Bajan por unas escaleras. No hacen falta linternas, los sistemas de amplificación de luz de las consolas bastan para ver en la oscuridad.

Cuando llegan al siguiente piso, Gloria se detiene.

—¿Qué pasa?

—¿Estás segura de que quieres ir a la reunión? Si decides huir, nadie te lo va a impedir.

Nora levanta la vista y mira a Gloria a los ojos. Hay un sentimiento de esperanza luchando por tomar el control de su mirada. Puede entender el miedo pero no la esperanza; a ella no le queda nada dentro para poder

alimentar una esperanza que pueda fructificar en acciones. Sin embargo, Nora tiene algo que Gloria jamás podrá compartir: odio bullendo bajo la piel, carne y sangre saturadas de ganas de matar.

—Vamos.

Entran en una habitación que ha sido mínimamente acondicionada. Hay equipos electrónicos sobre tableros sujetos con ladrillos. Una pequeña estufa en un rincón reluce en tonos anaranjados. No hace tanto frío como en el resto del edificio. Alguien enciende una luz de campaña. El resplandor blanquecino revela dos rostros fantasmales: un hombre de barba rala y una mujer con el pelo largo, sucio y alborotado. Son los dos nuevos miembros del triunvirato que dirige a los Hermanos.

Nora los mira, saluda con un gesto de la cabeza, apoya el fusil en la pared y se quita los guantes. Se frota las manos cerca de la estufa.

El hombre de la barba, Jaime, se dirige a ella.

—¿Has tomado una decisión?

Es mayor, quizá ronde los setenta, sin embargo es el que menos cansado parece de todos ellos. Tiene una voz lenta, dura, como si se transmitiese no por el aire, sino a través de piedra. Nora le devuelve la mirada de reojo. Los ojos del hombre, negros y pequeños, se esconden en unas cuencas hundidas, acentuadas por la poca luz.

—¿Puedo hacer alguna pregunta antes de contestar?

—Sí, aunque no tenemos mucho tiempo.

—Seré muy breve. En primer lugar, ¿sabéis si todo lo que nos ha contado Ernesto es cierto?

Las dos mujeres y el hombre se remueven inquietos. Contesta la mujer del pelo alborotado. A pesar de la suciedad y el cabello sin arreglar, tiene una belleza salvaje, de esas que el cansancio y la mugre resaltan en vez de ocultar.

—Esa pregunta nos la hicimos al principio. Todo lo que nos dijo Ernesto se ha ido cumpliendo palabra por palabra.

—Gloria, ¿les has preguntado a los de sistemas sobre el origen de la filtración que produjo el ataque al búnker?

—Sí. No han logrado averiguar casi nada. Dicen que los informáticos de las familias han blindado las redes. Que podrían lograr algo más adelante, cuando todo se normalice. De momento no han conseguido capturar más que comunicaciones secundarias, pedidos de tropas y material, ninguna indicación de por qué nos atacaron.

Gloria se queda pensativa.

—¿Algo más?

—No, nada. Los chicos me dijeron que era algo raro, que al consorcio empresarial la operación no parecía haberles interesado demasiado, que estuvieron a punto de anularla un par de veces, pero que hubo órdenes de seguir adelante.

—Gracias.

Nora continúa calentándose las manos. Mira a la estufa mientras los miembros del triunvirato esperan. Al fin sigue hablando:

—¿Cuántos Hermanos enfermos hay ahora, Gloria?

—Quinientos cuarenta y dos declarados, pero es una cifra engañosa. Hay muchos más que aún no presentan síntomas y otros tantos que los han superado y tienen el virus en la fase dos, donde es asintomático.

—¿Y fallecidos?

—Desde que comenzó el brote, cuarenta y cinco.

—¿Tenemos estadísticas de lo que sucede ahí afuera?

—No. Ni siquiera estimadas. Las redes de los hospitales que hemos intervenido para buscar datos no tenían ninguna información fiable. Nada está integrado; los sistemas de salud corporativos están fragmentados y no comparten información.

La mujer joven destapa una cantimplora y bebe. La pasa y los demás toman un trago. A Nora le llega la última. Huele. Es licor. Toma un pequeño sorbo y deja que el aguardiente le queme el esófago y le caliente el estómago.

La mujer se sienta en una piedra, pone una pierna sobre un equipo informático de función desconocida, que zumba y se ilumina intermitentemente; mira a Nora y vuelve a beber.

—¿A qué tantas dudas? Estamos ya muertos. Solo se trata de ver si morimos solos.

Nora levanta la vista. Por un momento Gloria cree que va a golpear a la mujer. No llega a suceder. Se ríe despacio y se sienta en un cascote plano.

Los demás la imitan. Cuando habla, parece que lo hace para niños, despacio, con afectación.

—¿No os dais cuenta? Nos manipulan, lo han hecho siempre, lo siguen haciendo. No tenemos pruebas, no podemos conseguirlas con los medios y el tiempo de que disponemos. Tomaremos las decisiones que Ernesto ha previsto, no otras.

Nadie dice nada. El hombre mayor mira al suelo. Gloria no deja de mirarla con los ojos muy abiertos y Nuria, la chica más joven, tuerce el gesto. Ha escuchado muchas veces la cantinela de los escépticos. Al fin se levanta y gesticula.

—¿Y qué? ¿Cambia algo que lo sepamos? ¿Podemos hacer otra cosa?

—Para mí sí es diferente. Voy a liderar el ataque al complejo biomédico.

Si eso es lo que os preocupa, la decisión está tomada. Como bien dices no se puede hacer otra cosa. Pero hay que comenzar a pensar. Quizá la siguiente decisión, o la siguiente, o la que le siga después, tenga que ser algo distinto a lo que Ernesto esperaba que hiciéramos. ¿Lo entendéis?

Nuria no lo comprende, mira a Nora con odio contenido.

—¿De qué me hablas? Vamos a morir todos, hasta el último de nosotros, lo haya planeado Ernesto o no. El tiempo de las opciones ha pasado, si es que alguna vez lo hubo. Si no me pego un tiro ahora mismo, es porque quiero ver el color de sus tripas de mierda antes de morir.

Golpea el equipo electrónico con una pistola que unos segundos antes no estaba en su mano. El equipo parpadea, las luces comienzan a brillar de forma rara. Sonríe y las chispas de su juventud le colorean las mejillas.

Nora siente ganas de aplastarle la nariz de un golpe. Luego comprende que tiene razón. Ella no duda, no tiene miedo porque el fin del mundo le circula ya por las venas. ¿Quién es la ingenua? Ella, por supuesto. Ella que cree que habrá otras decisiones, un futuro.

Nora no dice nada. Tan solo libera el plan de ataque que ha estado puliendo en las largas horas que ha pasado en la azotea. En él está toda la rabia que ha podido quemar, que solo es una parte de la que almacena. Sabe que es una de las pocas opciones de que no mueran todos en los diez primeros minutos de la ofensiva. Sin sus conocimientos de la academia, sin saber lo que sabe de sistemas avanzados de seguridad y los usos y costumbres de los polizos de la corporación de los Ramoneda, hubiera sido imposible concebir un ataque mínimamente efectivo.

Todo encaja demasiado bien, suave y aceitado: las personas correctas, en los lugares correctos y motivadas del modo correcto. Pero, como dice Nuria, de momento no pueden hacer otra cosa que seguir la corriente.

Se saca la joya del cuello y la pone en el suelo. Luego coge el fusil y la machaca a conciencia con la culata. Los otros la miran sin comprender.

Nora sí cree que haya una diferencia entre saber por qué se hacen las cosas, aunque no tengas más opción que seguir el curso de los acontecimientos.

La edad de la inocencia ha terminado. Al menos para ella. Acaba de salir de ella a golpe de sangre y destrucción.

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