Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 45 de 47

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Nos mienten

44. Él

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Él

Nora cruza el salón y llega hasta la escalera que lleva a la planta de arriba, el verdadero ático del edificio. Sube con precaución. Hay una puerta muy gruesa, protegida por una cerradura electrónica. Se abre antes de que pueda tocarla. Comprueba que su subfusil está muerto, no la obedece. Lo deja apoyado en la pared. Empuja la puerta, traga saliva y da un paso adelante.

La furia del viento, la nieve y el frío quedan atrás.

Alguien le habla desde el interior:

—Pasa, Nora.

Esta vez la voz es real. El piso superior del ático es, una vez más, sobrio y elegante; un gran salón casi sin muebles, cuadros enormes colgando de las pocas paredes que no son de cristal; líneas rectas, metal y vidrio, y luz difusa, suave, que permite ver el hermoso paisaje de la ciudad y las montañas de la sierra de Madrid cubiertas de nieve, mucha nieve.

El mundo más allá de las ventanas es negro y gris, sin solución de continuidad. Cerrada la puerta a sus espaldas, apenas se escucha el rugido de la ventisca. Más allá parece haber una habitación de la que viene luz y un tenue olor a hospital, a desinfectante.

Nora camina despacio temiendo lo que se va a encontrar.

La estancia es, de nuevo, un espacio despejado de todo adorno y rodeado de ventanales de cristal que dan al exterior. En el centro de la amplia habitación hay un sistema médico completo. Largos y complejos apéndices de porcelana, plástico y acero cuelgan y se pliegan sobre una especie de camilla rodeada de luces y monitores. En el corazón de toda aquella densa tecnología hay un colchón que, más que contener al paciente, parece rodearlo como una mano amorosa.

Por supuesto, el paciente es Ernesto o una versión de él. No es el hombre joven, atlético, lleno de vitalidad y de fuerza sosegada que ella recuerda, que acaba de ver en versión fantasma. El hombre que está tendido en la cama tiene la piel deshidratada y amarillenta. Yace sin fuerzas, los ojos

cerrados. Los abre al oír sus pasos sobre la tarima. Su mirada es distante, helada, como si sus ojos perteneciesen más al exterior —oscuro, nuboso y lleno de ventisca— que al interior caldeado y silencioso del cuarto.

Hay una luz que le ilumina el rostro, dorada y suave, que a Nora le recuerda el brillo del sol una tarde de primavera. Se trata de una lámpara solar.

—Hola, Nora.

—Creía que te había matado.

Ernesto inicia una leve risa que se queda tan solo en una intención.

—No, no lo hiciste. Les hice creer eso a los demás. Lo siento, era necesario.

Nora busca la violencia, la rabia. No está. Al menos no todavía.

Encuentra un asiento acoplado a la masa de la estación médica y lo usa.

Como no podía ser menos es cómodo y le permite mirar de frente al enfermo.

—¿Sabes lo que me hiciste?

—Sí.

—No lo creo. Me han disparado, golpeado, traicionado y vuelto a disparar. Mi marido me quiere matar, mi madre ha muerto y mi hermana me vendió por un puñado de medicinas. He peleado hasta dejarme la piel del culo por medio Madrid. ¿Dónde están los virus?

Ernesto intenta de nuevo reír, esta vez casi lo consigue hasta que la risa se convierte en una tos bronca y luego en un estertor. La cama se pone entonces en marcha, le incorpora y le coloca una máscara de oxígeno. Nora deja de mirar cuando una sonda autopropulsada se le mete por la nariz y comienza a sorber moco, a limpiarle la obstrucción de los pulmones.

Cuando la máquina termina, Ernesto tiene las fosas nasales enrojecidas y le lloran los ojos. Sonríe y la mira con algo parecido al cariño antes de volver a hablar.

—Destruyeron las muestras, ya no queda ninguna. Mis amigos, Pablo y los otros, decidieron que era peligroso mantenerlas dadas mis intenciones.

Nora se deja caer contra el respaldo de la silla.

—Eso significa que habéis ganado. La humanidad está condenada.

—En realidad nunca lo ha estado —comenta. Ella lo mira con incomprensión—. El plan era estúpido. ¿Un virus que mate a catorce mil millones de seres humanos? Algo completamente imposible. Hubiera acabado con el setenta, el ochenta por cierto de la gente, algo terrible, pero

no habría extinguido la humanidad. El virus solo era la primera parte del plan. Pablo y los otros creían que bastaría con meterse en sus refugios y esperar que el mundo quedase vacío para ellos. Imbéciles. Mi padre y los otros sabían lo que vendría después, una masacre, la caza a muerte de todos los humanos que sobreviviesen.

Nora mastica las palabras de Ernesto. Recuerda la mirada del viejo Ramoneda, pasando sobre sus posesiones y sus empleados sin diferenciar unos de otros.

—¿Quién acabaría con los humanos sobrevivientes?

—Otros humanos y luego drones. Te puedo enseñar los números. Se tardaría un mínimo de veinte años.

—Pero sería posible.

Ernesto se incorpora y la mira con algo parecido a la furia.

—No es posible. La evolución al Homo sapiens novus no puede producirse así, tiene que ser algo gradual, incruento. Unas generaciones tienen que dar paso a otras. Por eso robé un virus, justo al que más miedo tenían. Lo salvé del único modo posible: me lo inoculé.

—¿De eso estás enfermo? ¿No erais inmunes a ellos?

—Al virus del Apocalipsis sí, pero no a algunas de las versiones del virus desarrollado. De hecho somos más vulnerables a estas por culpa de nuestra bioquímica mejorada, diseñada para vencer a todos los virus del pasado y posiblemente del futuro. La prueba la tienes en mí. Me estoy muriendo.

Nora no dice nada. Mira por la ventana. La nieve sigue cayendo. Se vuelve hacia Ernesto y se sorbe la nariz. Aún le sangra.

—¿Vamos a morir?

—Del cuarenta al sesenta por ciento de la humanidad sobrevivirá.

—¿Cómo?

Ernesto manipula algo en la máquina y un brazo robótico se acerca a la gota de sangre de Nora que ha caído al suelo. La recoge con un pequeño succionador y se repliega.

—¿Qué estás haciendo?

—Chis, un momento… Sí, tienes la enzima correcta. Gracias al contagio, la caspasa que pretende activar el fragmento de ADN modificado por el virus se codificará mal y no funcionará. —Una gran sonrisa ilumina la cara de Ernesto—. No soy un monstruo, no tenía intención de dejar que mis compañeros siguieran con el plan de nuestros padres, de nuestros equivocados y despiadados progenitores. Te contagié cuando estuvimos

juntos. Funciona como algo parecido a una vacuna contra el virus del Apocalipsis, una versión permanente de las medicinas que tienen que tomar mis padres y los padres de mis amigos para no sucumbir a la plaga. Como todas las cosas en biología, no es cien por cien efectivo. Es lo máximo que he podido conseguir.

—Mi madre se contagió y murió.

—Es posible que tuviera el sistema inmunológico deprimido. Lo siento.

Mi padre murió ayer, decidió no ir a las Canarias, al refugio donde se han escondido los arquitectos humanos de este plan. De todos modos, aunque el virus no mate a todos, mucha gente morirá no tanto por la enfermedad sino por el colapso del sistema.

—¿Por qué engañarme? ¿Por qué no darles el virus a los Hermanos para que lo propagasen?

Ernesto desvía la vista hacia el exterior antes de contestar. Afuera sigue nevando, parece que nunca dejará de hacerlo.

—Quizá tendría que haberte preguntado, pero no podía exponerme a que dijeras que no. Tampoco podía dejar que la información fuera pública demasiado pronto. El virus tenía que expandirse en un tiempo específico.

—¿Que dijera no a qué?

—A llevar el virus fuera, a contagiar a los otros Ángeles para que murieran. Nora, has sido parte central en todo lo que ha sucedido, he cargado mucho sobre tus hombros. Por supuesto, tenía otras alternativas, pero no eran tan elegantes, tan precisas.

Nora se levanta y camina sobre la tarima. Toca el cristal con los dedos; está muy frío, tanto como el corazón del invierno que va a llegar, de los muchos inviernos mortales que les quedan por sufrir. Se vuelve con brusquedad.

—Entonces ¿todo el follón de atacar el refugio para buscar los virus era perfectamente inútil?

—Sirvió para que los Ángeles se contagiaran. Ellos y los que hay por todo el mundo. El refugio tan solo era un lugar de concentración previo al viaje a una isla remota donde vivirían hasta que la Tierra quedase vacía de seres humanos. Ahora esa isla se convertirá en su tumba.

Nora lo mira con incredulidad creciente. La cama vuelve a erguirlo. Su sonrisa desaparece. Por un momento le brillan los ojos de nuevo y eleva la voz.

—Yo no decidí nacer y tampoco fue mío el proyecto Cielo e Infierno. No soy un monstruo.

—Tampoco te opusiste. Peor todavía, lo has transformado a tu gusto. El objetivo es diferente, pero los métodos son los mismos.

—¿Qué querías? ¿Seguir hundidos en la mierda día tras día, mes a mes, año tras año, cada vez más cerca de un colapso definitivo, del final de la especie y de la vida en la Tierra? ¿Vosotros qué habéis hecho para evitarlo?

¿Trabajar y ser explotados a diario en un mundo que hace mucho que no necesita trabajo? Teníais el poder en la punta de los dedos; con tan solo un leve movimiento organizado, todos los poderosos estarían muertos, acabados, obsoletos de un plumazo. Sin embargo, permanecíais cegados por cuatro entretenimientos estúpidos y unos mínimos lujos, como agua caliente y una cama cómoda. No, seres humanos, no tenéis mucho que reprocharme.

Ninguno de los Ángeles, que ahora están condenados, quiso participar en la matanza. ¿Cuántos de los humanos podrían decir lo mismo aun siendo su misma especie? ¿Qué ejércitos crees que se usarían para la limpieza final?

Están ya reclutados, armados, entrenados y esperando. No, Nora, no tienes nada de lo que enorgullecerte como ser humano. Tengo mis esperanzas en lo que viene, pero no en lo que la ciega evolución ha producido.

—¿Qué quieres decir?

—Que tras este Apocalipsis, si todo funciona como lo he diseñado, las cosas van a cambiar. Cuando todo colapse, posiblemente a lo largo de este año, ya estarán maduras las organizaciones que tomarán el poder. Tienen una agenda muy clara.

—No puedo creer que estés jugando de ese modo con el futuro de la humanidad.

—No tenía más remedio. Era tomar las riendas, transformar lo que ya se había iniciado o vivir con la mancha de un enorme crimen en las manos. No podía dejar que la humanidad se lanzase por el barranco de la autodestrucción.

Ernesto se inclina y toma un vaso de zumo de una bandeja. Bebe con esfuerzo y sigue hablando:

—Nora, hay muchos factores que tener en cuenta, muchas cosas pueden torcerse, pero si tan solo una mínima parte se alcanza… ¡Qué glorioso futuro! Las estrellas, ese es nuestro destino natural. Crear un edén aquí y usarlo como plataforma para volar al espacio. Ahí sí que se sentirá motivada la humanidad, dueña de un reto infinito.

Ernesto sonríe, cierra los ojos y se recuesta sobre el colchón. Respira con dificultad. Apenas se le escucha cuando habla.

—De todas maneras esta conversación es superflua. Tú y yo somos ya pequeños guijarros sin importancia. Quizá iniciamos la avalancha, pero ahora solo somos parte de ella, sin poder ni para cambiarla ni para contenerla.

Nora se acerca de nuevo a la camilla. Tiene los ojos arrasados en lágrimas.

—¿Sabes cuántos inocentes van a morir?

—No hay inocentes, Nora.

—¿Y los niños?

Ernesto no dice nada. Cierra los ojos otra vez.

—No puedo pensar en las víctimas, una a una, con sus nombres y apellidos, con sus vidas, sus penas y sus futuros truncados.

—Pues yo sí, porque no soy como vosotros. Hace unos días, las tropas de tu padre quemaron a unas cuantas decenas de inocentes. ¿Quién mandó a ese ejército allí? —Ernesto aprieta la boca, como luchando por no responder—. Solo pudiste ser tú, el mismo que movía los hilos, el mismo que consiguió mantenerme con vida huyendo de unos y otros. Tenía que salir de ese búnker. Me proporcionaste una motivación que me hiciera atacar el refugio según tus planes. Siempre hay víctimas, como los niños, como Nora Robles, una de esas personas pequeñas y estúpidas que vivían engañadas, que no se rebelaban porque las cadenas son largas y gruesas, invisibles e irrompibles.

»No te atrevas a acusarme de nada, monstruo. No hay mucha diferencia entre tú y tu padre, ambos os creéis por encima de los demás, construís vuestra propia moral y se la imponéis al resto de la gente por la vía de los hechos consumados. Nosotros, en el mejor de los casos, solo somos objetos de colección o herramientas de usar y tirar.

Ernesto abre los ojos y se vuelve hacia ella. Nora es incapaz de descifrar su rostro. Es, en ese momento, más extraño que nunca. No hay en sus facciones, en su mirada, nada humano.

—Claro que me interesan los niños. No todos, me interesa el que llevas dentro. Y no porque sea hijo mío. Él es el futuro; será un híbrido, un paso adelante para la humanidad cargado de mejoras en todos los aspectos: mentales, físicos, de resistencia frente a la enfermedad, de compromiso con la sociedad. Los Ángeles somos un proyecto de nueva humanidad,

imposible sin que se retocase también el modo en que nos relacionamos unos con otros.

Nora siente que le tiemblan las piernas. Tiene que apoyarse en los equipos médicos para no caer. No puede dejar de mirar a Ernesto, sus ojos son como los faros del camión que va a atropellar al futuro. Sabe que dice la verdad. Un hijo ahora, cuando el mundo se desmorona y se destruye bajo sus pies, cuando va a haber una batalla por la supervivencia. En menos de un minuto acaba de saber que no morirá y que va a tener un hijo. Una niña o un niño que llevará el futuro, el futuro de Ernesto, el de toda la humanidad, en lo más profundo de sus células. Y ella tendrá que ayudarle, alimentarle y cuidarle mientras el mundo se termina.

La única solución le llega como una aguja de hielo inserta en la base del cráneo: si se mata, acabará con los planes de Ernesto.

Saca una pistola de la sobaquera. Es una automática muy antigua, pesada e incómoda, pero totalmente mecánica, que todavía no ha usado. Se quita la consola. La escena no cambia, cada detalle sigue inamovible. Vuelve a mirar al enfermo. Los ojos de Ernesto se han comido la luz; son la noche, el viento helado, la nieve; son el mañana que vendrá, el paso de las estaciones, el rumor del trueno, la lluvia suave, el sol surgiendo desde detrás del horizonte, el sabor de una fruta fresca, la caricia de una mano infantil, el dolor de una herida, el abismo eléctrico de un orgasmo, la última respiración de su madre. Su mirada acumula un resumen del horror y el gozo de vivir y morir.

Sabe que ha perdido. Levanta el arma, le apunta y dispara una, dos, tres veces. La máquina emite un largo pitido, los apéndices médicos se activan y comienzan a trabajar a toda velocidad para salvar al paciente. Suenan alarmas y siseos por todas partes. Nora dispara a la máquina, a las cajas de donde salen los cables, a los ordenadores y pantallas. Le cuesta el resto del cargador que la estación médica se detenga.

Algunas balas han rebotado, rompiendo los ventanales del ático. En un instante la ventisca hace suya la cumbre del edificio. Nora camina pisando cristales, se asoma al exterior y deja que el aire helado le robe todo el calor del cuerpo. Madrid está envuelta en un grueso sudario de nieve.

Saltar, dejarse llevar por la tormenta, ser brevemente libre.

Puede que haya libertad para el ser humano en el nuevo mundo que llega, pero no para ella. Deja caer el arma edificio abajo y camina hacia la puerta.

Aún tiene un largo camino para salir de allí.

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