Nos mienten
20. ¿Amor?
20
¿Amor?
Deambular por el centro es llamar a la catástrofe. Aunque le gustaría, no puede ni soñar con acercarse a su antiguo apartamento para recoger sus objetos más queridos y algo de ropa. Todo ha quedado súbitamente tan lejos de ella que es como si hubiera viajado a un país diferente, un lugar donde su vida anterior, sus esfuerzos para encontrar un buen puesto, el apartamento, su relación, todos sus planes y deseos han dejado de tener importancia.
Ahora sus únicas posesiones son su vida, la sangre que late en sus venas, sus músculos, órganos y piel; y también eso quieren arrebatárselo.
Se detiene en una esquina. Ha dejado de llover y algún tímido rayo de sol despunta entre las nubes. Delante de ella, arrumbado contra un muro sucio de pintadas y carteles medio arrancados, hay un cadáver. Sabe que está muerto por el color de la piel. Viste con harapos y a su lado hay una bolsa llena de comida podrida que despide una fetidez horrible.
No puede dejar de mirar al mendigo. La gente muere todos los días por hambre, por frío; con más frecuencia a causa de enfermedades cuya cura es demasiado cara. Sin embargo, no es lo mismo la muerte genérica, lejana, que la que te encuentras en la boca de un callejón, en el centro de una ciudad empapada, de tu ciudad, el lugar donde vives.
¿Cómo será su propia muerte?
Hay gente que pasa por la misma bocacalle en la que está Nora. Echa a andar y deja atrás el cadáver. El sol, a pesar del viento helado que corre entre las calles, comienza a brillar con fuerza. No se siente como el mendigo, no se ve a sí misma apoyándose en un muro y dejándose morir, aún no. Mete la mano en el bolsillo y calibra el peso del arma. Al menos todavía tiene algún colmillo con el que revolverse y morder.
La gran incógnita es Domingo. ¿Vendrá con ella? ¿Dejará su puesto y todo lo que ha conseguido por estar a su lado? Nora siente como si el sol hubiera vuelto a esconderse detrás de las nubes. Hace menos de dos días estaban empezando a discutir acerca de tener un hijo. Ahora debe llamarle y
pedirle que lo abandone todo y huyan los dos, sin futuro, sin dinero, a ciegas, perseguidos por el rencor corporativo de los Ramoneda.
Intenta imaginarse a Domingo junto a ella, pertrechados con identificaciones falsas, atravesando, quizá a pie, remotos pasos nevados en los Pirineos. Todas esas fantasías se deshacen, no tienen sustancia donde agarrarse, las lava la lluvia y terminan por desaparecer en un sumidero.
Ha caminado sin ver hacia dónde y ha desembocado en una plaza pequeña atestada de vehículos eléctricos aparcados junto a las aceras. Hay una maraña de cables que salen de los puntos de recarga y terminan en los coches.
Aquel es un sitio tan bueno como cualquier otro para hacer una prueba.
Respira hondo y se baja la capucha. En cada punto de abastecimiento eléctrico hay un enlace de seguridad. Camina por la acera, siente los mecanismos zumbar mientras giran las lentes en su busca. Sabe que los enlaces estarán enviando una pregunta al hardware de su consola. Este responderá mediante un paquete de datos. Los ordenadores de seguridad abrirán el paquete encriptado con las claves oficiales, leerán la información biométrica de Isabel y la compararán con los movimientos corporales, las facciones, la altura, el tipo de ropa, hasta el olor que los sensores están captando.
Desconfía, no entiende cómo Cástor ha podido cambiar el perfil de Isabel por el suyo. Todo el mundo sabe que la seguridad de los sistemas de identificación es inquebrantable.
Respira hondo. Si la identidad no funciona, en escasos segundos habrá una nube de minidrones volando hacia ella.
Espera.
Nada.
Sonríe por primera vez en todo el día. Es como tener una nueva cara. No tiene ni idea de cómo Cástor ha podido lograrlo. Ahora, a todos los efectos electrónicos, es Isabel y no Nora. Sigue haciendo pruebas. Se acerca a una máquina expendedora. Su consola se conecta con el menú del aparato.
Flotando delante de la vista aparece una lista de productos. Elige una bolsa de patatas fritas y ve como en la portezuela se deposita una bolsa de plástico con letras coloridas, mientras que el precio se le carga a la cuenta de Isabel. Con un par de comandos, accede al saldo. Se asusta un poco al ver la cifra. El regalo de Cástor es mayor de lo que pensaba. Ese dinero le permitiría algunos lujos muy caros.
Camina por las calles del centro mientras el sol juega al gato y al ratón con las nubes. Como suele suceder, la ciudad después de la lluvia tiene un aspecto de animal amedrentado de cuyo pelaje, hecho de ladrillos, tejados, cemento y barandas de acero, chorrea agua sin cesar.
Sabe que está dilatando el momento de llamar a Domingo. Coge del bolsillo el teléfono. Es un mazacote pesado, incómodo, sin pantalla táctil.
Parece que esté hecho de acero; seguro que si se le cae al suelo hará un agujero.
No se sabe de memoria el número de Domingo, nadie recuerda ya los números de nadie. La red proporciona el contacto y los enlaces, y te dirige al sistema de identificación de las consolas estés donde estés y por el canal que sea conveniente. Todo eso no funciona con el teléfono de Cástor. Es tan primitivo que hay que suministrarle una primitiva secuencia de dígitos que identifique el terminal de destino.
Sin saber cómo, ha llegado a las cercanías del antiguo Museo del Prado, ahora llamado Museo Corporación Arrazola. Hay turistas, de los pocos que no prefieren las visitas virtuales, que admiran el edificio. Pasean, hablan, se juntan y separan, caminan y, de vez en cuando, se quedan quietos un segundo, a veces en posturas extrañas. Están tomando fotos con los sistemas de la consola. Aún hay locos, nostálgicos que siguen haciendo fotografías con cámaras, enormes trastos de lentes complicadas que no alcanzan el resultado de una buena consola con lentes de holograma.
Se detiene y recuerda que Domingo también tiene una afición. Se sienta en un banco, es el único modo de que la consola le deje entrar en una interfaz profunda y el mundo real sea totalmente sustituido por una representación virtual de un espacio de trabajo. El nombre del sitio web que Domingo mantiene con sus amigos es «Armas Personales». El buscador lo localiza enseguida. La página tiene una presentación horrorosa. Es tan austera, tan de aficionados como la última vez que accedió. Domingo y los otros miembros se reúnen allí a conversar sobre armas personales, pistolas, Taser, cuchillos, granadas de luz y sonido. Hace mucho tiempo él la convenció para que tuviera su propio usuario y entrase en el foro, que compartiera afición, pero ella siempre ha visto las armas como una herramienta de trabajo, nunca como una diversión.
Accede al foro y allí le es fácil encontrar el perfil de Domingo. Descubre el teléfono al final de una larga ristra de datos de contacto.
Desactiva el espacio de trabajo y el mundo vuelve a ser visible. De repente hay una bandada de palomas que surcan el cielo y aterrizan a su lado, ávidas de pan. El sol después de la lluvia ha multiplicado los turistas y también las palomas.
Tiene el teléfono en la mano. No ha olvidado cómo funciona aunque hace años que no usa uno. La siguiente generación a la suya no sabrá utilizar un teclado físico; pulsar teclas mecánicas será tan extraño para ellos como leer en papel. Marca el número en la botonera, pulsa el icono de llamada y se lo lleva a la oreja. La línea da la señal de llamando. No aparece el icono de un reloj, un minijuego de espera o música; es un zumbido intermitente en el altavoz que representa los timbrazos remotos en la consola de Domingo.
—¿Sí? ¿Quién es?
—Soy yo.
Hay una pausa tan larga como una era glacial o como el latido de un corazón muerto.
—¡Nora, estás viva! Gracias a Dios, ¿qué ha pasado?
—Yo no lo maté, Domingo. Alguien quiere culparme.
—¿Por qué?
—No lo sé. No sé quién, cómo ni por qué me han culpado a mí. Supongo que era la más tonta en las cercanías.
—¿Dónde estás? Voy para allá. ¿Por qué no puedo acceder al vídeo ni a la posición de tu consola?
—Domingo, me gustaría tenerte cerca.
—Dime dónde estás.
—¿Domingo?
—Sí.
—Tengo que huir. ¿Vendrás conmigo?
Hay un silencio en la línea, tan solo unas décimas de segundo de demora en la respuesta, en las que unas uñas afiladas le rajan el corazón de arriba abajo.
—Claro, mi vida. ¿Qué hago? ¿Dónde voy?
Nora se separa un poco el teléfono de la oreja y contesta:
—Coge ropa, todo lo que quepa en la maleta de viaje pequeña, y dinero en tarjetas desechables. Te espero en Atocha, en el neojardín. Allí decidiremos qué hacer.
—¿Ahora mismo?
—Sí.
Cuelga y se limpia con el dorso de la mano la humedad que le ha nacido en los ojos. Vuelve a imaginarse a Domingo a su lado, acurrucados uno junto al otro en un rincón de un vagón de carga que se dirige al norte, muy lejos, quizá a la estepa siberiana. Recrea la escena en el blanco y negro de las películas muy antiguas, una imagen ligeramente borrosa, irreal. Quizá por eso no termina de creérsela. El mundo de verdad, sobre todo ahora que ha salido el sol, está lleno de vivos contrastes; el rojo de un quiosco, el color muy azul del cielo, el ocre de la piedra con la que está construido el museo.
Comienza a moverse en dirección a la estación de Atocha. No está muy lejos de donde se encuentra. Mientras camina por el paseo del Prado, recuerda el día que firmaron el contrato de sociedad marital. Había sido impreso en papel grueso, con tacto de tela. Después de la ceremonia les entregaron las dos copias, selladas y envueltas en un lazo ornamental. El papel no era más que un símbolo del contrato real, digitalizado, encriptado con las claves de los dos a modo de firma, y almacenado en la memoria de varios servidores de referencia legal. A la salida del ayuntamiento llovía tanto que los contratos se mojaron hasta convertirse en una pasta inservible sobre la que sus amigos habían bromeado durante el banquete.
Después el trabajo agotador, pagar el alquiler, el gimnasio, las ocasiones sociales; todo adornos accesorios a los momentos más importantes de sus vidas, los que transcurrían cuando estaban juntos, lado a lado en el sofá, o en la cama, intentando reventar el colchón, compartiendo sudor.
Así habían pasado dos años. El brillo se perdió con el transcurrir de los meses y llegó otra cosa, ni peor ni mejor, distinta. Nora lo imaginaba como un fuego pequeño. No eran las llamas abrasadoras del principio, sino un calor fiable y constante en el fondo del pecho, que la calentaba al regresar del trabajo a las tantas de la mañana, cuando encontraba a Domingo ya dormido pero respetando su hueco en el colchón. El fuego esperaba siempre encendido tras interminables turnos cruzados que les impedían coincidir; después de horas de gimnasio en las que solo se veían de lejos, ocupados cada uno en forzar su cuerpo hasta alcanzar el entrenamiento necesario.
Al final de los días, de las semanas coincidían de nuevo en el hogar y el pequeño fuego no se había ido; aún los calentaba la piel del alma.
Eso había sido ayer, solo ayer, y ya veía ese tiempo como lejano, desgastado, irrecuperable.
Está llegando a Atocha. Tiene que comprar un acceso al neojardín. Antes de acercarse a la puerta, se detiene y simula buscar algo en un bolsillo. El programa táctico de la consola intenta evaluar el espacio, pero no puede hacer mucho sin acceder al sistema de seguridad de la estación, a las redes de sensores, minidrones, plataformas de observación y mecanismos integrados en todos y cada uno de los dispositivos electrónicos.
Estudia los alrededores. Nada anormal. Pueden estar ahí, en los tejados, en los vehículos, vigilándola, y seguiría sin verlos.
Accede a la taquilla virtual y la consola le notifica el cargo de la entrada.
El antiguo espacio de la estación la recibe con una bofetada de aire húmedo y cálido. Huele a bosque, a hojas mojadas y también a podredumbre vegetal. El neojardín está lleno de árboles y plantas, todos ellos especies no naturales, recombinantes de ADN, experimentos, variaciones estéticas; todo lo que la genética de los laboratorios de los Ramoneda ha podido hacer con las plantas ha sido puesto en práctica. La luz del sol, tamizada por el agua micronizada, traza en el aire caminos luminosos, entre una maraña de hojas de colores y formas imposibles. Su consola, obediente, comienza a enmarcar las plantas. El nombre de la variedad y algunas notas científicas aparecen junto al marco. Desde ahí podría acceder a más información, explicaciones someras o auténticas descripciones enciclopédicas. Anula esa capa de información.
Hay poca gente, es un día de diario. Algún viejo está sentado mirando al cielo, seguramente leyendo noticias, escuchando música o viendo vídeos porno. Pasa delante de uno de ellos sin que se altere lo más mínimo. Nora no entiende qué hacen allí hasta que se le ocurre pensar que al menos están calentitos y que quizá en su casa no haya calefacción.
Se mueve despacio, atenta a cualquier señal de que está siendo vigilada de una manera especial. Nadie parece sospechoso.
Se sienta en uno de los bancos con buena vista del acceso. No tiene que esperar mucho. Domingo entra en el jardín vistiendo una gabardina gris y un jersey de cuello vuelto. Lleva una maleta pequeña, de viaje. No la arrastra, la transporta sin esfuerzo. Nora levanta una mano y él la reconoce.
Se sienta a su lado y se besan. Domingo pretendía que fuera solo un saludo, pero ella necesita sentir sus labios un rato más, unos segundos que son como regresar a casa desde una tundra helada. Nora se despega de su cuello.
Se miran sin decidirse a hablar. Domingo baja la vista y coloca la maleta de modo que no estorbe y le pregunta:
—¿Qué ha pasado? ¿Ha sido una trampa?
—Mataron a Ernesto delante de mí, un francotirador. Creo que una bala entró por el cristal.
—Imposible, esos cristales lo aguantan todo.
Domingo la contempla y ella no puede hacer otra cosa que mirarle también a su vez. Tiene tensa la mandíbula, le cuesta mantener la mirada.
No sonríe. Nora descubre un rictus en la comisura de los labios, un gesto ínfimo, apenas perceptible, pero que aumenta según lo observa; domina el espacio y se hace tan grande que es ella la que rompe el silencio para evitar que la devore.
—Has traído la maleta.
—Sí, aquí está. Tiene poca cosa, lo que ha cabido dentro. ¿De verdad crees que deberíamos irnos? Si no eres culpable, Stearsky…
—Domingo, no tengo futuro, ya no. Aunque no sea culpable, estoy muerta. ¿Quién me va a defender? El que ha preparado la trampa tiene muchos más recursos que nosotros.
—Quizá si hablamos con Stearsky…
—¡Stearsky no va a salvarme el culo, cumplirá órdenes y me meterá una bala en la nuca cuando le digan! ¡Joder, Domingo!
Él dirige la mirada hacia abajo con el ceño fruncido. Nora se apoya en el respaldo del banco. No puede evitar mirar a su alrededor. De nuevo no hay nada anormal y una vez más eso no significa nada.
Respira hondo, se inclina hacia él y lo coge del antebrazo; la garganta le tiembla por la tensión y la voz le sale forzada.
—Domingo, ¿vendrás conmigo?
—No lo sé, Nora. Siempre he estado ahí para ti. He pensado que en lo del niño tienes razón, es el momento. No podemos huir ahora. —A Nora el nudo que tiene en la garganta se le hace doloroso—. He visto los extractos, el fondo-cuna. —Esta vez es Nora la que baja la vista—. Iba a decir que sí.
Nos cambiaría la vida: adiós a las aficiones, al buceo, los caprichos, las suscripciones a los canales de deportes y de películas. Incluso empecé a preguntar por hipotecas para un piso de más habitaciones.
—Domingo, lo siento, yo…
—Y ahora me pides que huyamos como si hubiéramos cometido un delito. —Domingo abre y cierra las manos. El rictus de su boca se adueña
de la cara por completo. La mira a los ojos y la coge de la mano tan fuerte que le hace daño—. ¿Por qué? No lo entiendo. ¿En qué te he fallado?
—Tú en nada, es una trampa, no he sido yo.
—Lo he visto, Nora, me han enseñado el vídeo.
A la consola de Nora le llega una petición para aceptar un fichero. Es Domingo quien se lo está enviando por un protocolo de proximidad. Nora duda, quizá no sea buena idea exponer su nueva consola. El protocolo de intercambio que está usando Domingo no necesita conocer la identificación, solo establece un lazo con la consola más cercana. Lo acepta y comienza a reproducirse delante de su campo visual. Las imágenes parecen tomadas desde una cámara en el techo del ático. Es ella quien cabalga, desnuda, encima de Ernesto. La escena parece durar eones; la reproducción es semitransparente y le deja ver a Domingo enfrente de ella, los dientes apretados y la vista fija. Luego la escena cambia. Se ve a Ernesto sentado en el suelo, mirando hacia fuera del ático y a ella detrás, ya vestida. Toma su arma reglamentaria del suelo, la levanta y dispara a Ernesto en la nuca.
El corazón se le acelera. Ella no le disparó, así lo recuerda, sin embargo las imágenes dicen otra cosa. No le van a creer, nunca.
Domingo la mira en silencio durante unos segundos, un tiempo que para Nora se hace eterno.
—¿Por qué?
—No lo sé, Domingo. Solo puedo decirte que no significó nada, tan solo un polvo cansado, estúpido. No supe negarme, nada más. Puedes pensar lo que quieras, pero te sigo queriendo.
Domingo se está poniendo colorado. Aferra el borde del banco en el que están sentados y parece capaz de doblarlo. Por un momento se teme que saque la pistola y le pegue un tiro allí mismo. Luego los gestos se relajan.
Él baja la vista. Ahora es Nora la que se tensa. Sin mover la cabeza, intenta espiar los alrededores.
Al final Domingo vuelve a levantar la mirada. Es un hombre derrotado.
Ve cariño y mucha tristeza en su mirada. Domingo le sonríe y le acaricia el mentón. Por unos instantes Nora vuelve al pasado, a las tardes de domingo en silencio, observando por la ventana sin hacer nada, acurrucados uno junto al otro. Su marido se tapa una parte de la cara con una mano para que solo ella pueda verle la boca y silabea una frase en silencio:
—Te quiero, Nora. Solo tienes una oportunidad. Corre, sal de la estación.
—Cariño…
Domingo se levanta y eleva la voz.
—Me lo has ocultado. No te obligó, estabas disfrutando; seguramente fuiste tú la que se lo propusiste, solo que yo no lo había visto hasta ahora, que te tengo delante.
—¡No!
—Y después lo mataste. ¿Qué ha pasado? ¿Los que dijeron que te iban a pagar han pasado de ti y ahora tienes que acudir a mí?
Nora se pone de pie. Desvía de un manotazo el arma que su marido ha sacado muy despacio de la sobaquera, tanto que teme que vean que ha sido intencionado. La pistola salta por el aire y cae unos metros más allá.
Ella da dos pasos hacia atrás sin dejar de mirar a Domingo. Su marido solo es un poco más alto que ella, sin embargo en esos momentos parece un gigante. El corazón se le quiere salir del pecho. Las pupilas dilatadas intentan captar toda la luz posible, dar información a su cerebro saturado.
No puede estar pasando lo que está pasando. Es incapaz de pensar, pero su entrenamiento sigue dictándole sus acciones. Cuando su marido tira la maleta y hace ademán de ir a recoger la pistola, Nora ya ha saltado la pequeña valla de separación y corre entre helechos que huelen a Chanel número 5 y arbustos con hojas del color del arcoíris.
Las balas comienzan a zumbar a su alrededor. Grita, aprieta los dientes y corre por su vida esquivando troncos, saltando pequeños fosos llenos de agua verduzca.
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