Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 11 de 47

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Nos mienten

10. Un agujero de cristal

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Un agujero en el cristal

De repente el suelo es duro y frío. Se levanta como movida por un resorte.

Tiene la ropa arremangada sobre la piel, todavía sudorosa y febril. Se viste mientras pide un estatus a los sistemas de seguridad. El edificio va respondiendo: todo está en orden. Solo cuando el último programa ha informado a la IA táctica de su consola, se permite considerar lo que ha sucedido.

Ernesto no se ha molestado en vestirse. Se ha sentado en la postura del loto sobre el suelo sin importarle el frío y mira hacia el este, el rostro en calma absoluta. Por dos veces Nora está a punto de comenzar a hablar, pero romper aquel silencio le parece algo sacrílego. El rostro del heredero de los Ramoneda, el hombre destinado a convertirse en uno de los más influyentes de las confederaciones empresariales europeas, tiene una expresión que reconoce: ella tuvo una parecida el día que supo que había aprobado el último examen de la academia y que, por tanto, tenía un futuro lejos de las afueras de la ciudad. Luego comprendería que lo que había ganado con tanto esfuerzo solo era más esfuerzo, pero entonces el mundo estaba a sus pies.

Tuerce el gesto; un polvo con ella no podía significar tanto.

Se levanta y se sirve un vaso de agua en la cocina. El líquido parece despejarla. De pronto las repercusiones de lo que ha sucedido empiezan a aparecer en su imaginación: problemas con sus jefes si lo que ha ocurrido ha quedado registrado en alguna cámara, problemas muy graves con Domingo si se entera.

Se sienta en el sofá sin decir nada, con el vaso de agua aún en la mano.

La calma total de la madrugada le quita extrañeza a la situación. ¿Qué ha pasado? Nada, en realidad. Quizá ahora él no volvería a reclamarla como escolta personal, todo un alivio.

Desde el este, el brillo de la aurora comienza a difuminar la negrura del cielo. El sol asoma ya desde detrás del horizonte. Mira la espalda desnuda

de aquel hombre enigmático. Debe de tener su edad, quizá algo menos. No parece haber nada fuera de lugar en aquel cuerpo; una peca, un dedo torcido, un grano. La luz dorada del amanecer brilla sobre la espalda bronceada de Ernesto.

Justo entonces la cabeza le estalla.

Nora rueda por el suelo mucho antes de comprender que una bala ha atravesado el ventanal, le ha abierto un agujero en la frente al hijo de Ramoneda —heredero de la corporación y su directa responsabilidad— y luego ha estallado reventando el cráneo desde dentro. Con el arma en la mano, activa todas las alarmas del sistema táctico. Las comunicaciones se convierten en un infierno, los sistemas aumentan su actividad de modo exponencial. Si antes recolectaban miles de datos y mediciones, ahora hay gigabytes de lecturas siendo evaluadas en tiempo real. El propio aire se recalienta por las ondas de radar milimétrico y láseres de interferómetro que exploran el espacio alrededor del edificio.

No hay nuevos disparos. Han conseguido su objetivo de un solo tiro limpio y preciso, atravesando un cristal que, al menos en teoría, no podía ser traspasado por balas. La consola le muestra varias trayectorias posibles.

Todas indican que el tirador estaba en el cielo, en una plataforma aérea seguramente.

Ernesto está muerto. Su consola no responde, el impacto de bala la ha destruido.

El corazón le late como un enorme pistón dentro del pecho. Ella puede ser la siguiente, no hay forma de ocultarse en aquel espacio diáfano. La consola le informa de que hay varios equipos tácticos volando hacia allí. En los minutos que tardan en llegar, encuentra un refugio detrás de la barra del bar que hay en el centro de la sala. El sol, brillando en el horizonte, llena de reflejos y sombras todo el espacio. Algo zumba en el exterior. Hay nuevos brillos metálicos provenientes de un enorme objeto que flota fuera y del que saltan varios hombres en trajes de combate.

Más lejos y mucho más rápidos, varios drones vigilan y exploran los alrededores del edificio. El equipo táctico entra por la terraza. En segundos han tomado posiciones. La consola le muestra que ella es un punto más en el despliegue. Hay algo raro allí, algo que no comprende. Pide confirmación de acción. El mando central, la IA táctica, le vuelve a enviar la orden mantener posición. Los puntitos verdes del equipo de intervención

confluyen desde las dos terrazas hacia ella, como si estuvieran…

rodeándola.

La ráfaga de un fusil de alta cadencia rompe el silencio; las balas impactan contra la estructura de acero inoxidable de la barra donde se oculta y comienzan a demolerla. Nora se agacha, el arma en la mano, sintiendo el golpeteo constante de las balas contra el metal.

Grita por el comunicador. Nadie le responde y, cuando el primer tirador agota el cargador, un segundo atacante, desde otro ángulo, empieza a disparar. Vuelve a mirar el esquema táctico; se da cuenta entonces de que ella es un punto rojo, el enemigo. Podía ser un fallo del sistema de identificación encriptada, pero no se va a arriesgar a preguntarlo.

Espera a que el segundo tirador agote el cargador. Estudia la consola. Las posiciones confluyen, pero hay un pequeño vértice libre. Salta de su escondite moviéndose deprisa dentro del ángulo ciego de los tiradores, llega hasta una columna y luego se desplaza hacia la puerta del ascensor, al lado de la cocina. Alguien se asoma desde detrás de otra columna. Dispara dos veces y las dos balas aciertan en el casco de un polizo que bien podía ser un compañero. El plástico aguanta pero lo atonta lo suficiente para que, cuando levante su arma, ella ya haya desaparecido.

Cuando los otros ganan posición, Nora ya ha rodeado la isla central y está en la puerta del ascensor, pulsando el botón de llamada.

Mientras la puerta del ascensor se abre y ella entra, reflexiona con furia.

Puede disparar. Le extraña, no han bloqueado su pistola. ¿De nuevo un fallo? Necesitan que se defienda, que mate incluso a algún compañero.

Aquello es una trampa. Por eso todavía funciona la consola; el sistema encriptado amigo-enemigo es común para su consola y el arma, no se puede desactivar uno sin el otro.

Una sensación como hielo dentro del pecho le confirma que está jodida, muy jodida. Huir es la única opción.

Sabe que la estarán esperando abajo y por eso detiene el ascensor en una planta intermedia. Sale a un pasillo del área de servicio pobremente iluminado. Pasa delante de cuartos de almacén rotulados con el nombre de distintos deportes. Supone que dentro habrá material para cualquier tipo de actividad deportiva que se pueda hacer en ese complejo; todo nuevo, de último modelo y con suficientes tallas para cualquiera de los Ramoneda y sus invitados.

Por supuesto, también hay cámaras, cientos de ellas. Y sensores de presión, radares y mil cosas más. No piensa en ello mientras corre buscando algún modo de huir. El pasillo termina en una puerta cerrada. La derriba de una patada y entra en una sala de control. A través de un ventanal se aprecia una vista panorámica de la piscina. Hay hombres armados avanzando por los laterales. Aún no la han visto pero sabe que no se pararán a preguntarle, van a disparar primero y a disparar también después.

Mira los cuadros de mando que la rodean. Son sistemas redundantes. La mayor parte del control es automático y las IAs son capaces de recibir órdenes verbales desde cualquier punto del complejo; subir y bajar persianas, activar la calefacción, las luces. Hay un armario en la pared cubierto por grandes llaves de corte. Todo está rotulado. Una palanca llama su atención.

El cristal del ventanal estalla. Los balazos comienzan a incrustarse en el techo.

Un plan estúpido y suicida se forma en su mente. No tiene opción. Sale al pasillo. Aún no hay nadie. Se mete en el primer cuarto a la derecha, uno que tiene un cartel que dice MATERIAL PARA DEPORTES AÉREOS. Dentro hay filas y filas de trajes activos. Escoge uno que cree es de su talla y se lo pone todo lo rápido que puede. Al salir al pasillo casi se tropieza con un hombre armado con una escopeta que intenta apuntarle. Agarra el cañón y lo usa para golpearle contra la cara. La máscara le protege y el polizo reacciona golpeándola con la culata en el pecho. Nora retrocede. El traje activo ha amortiguado el impacto, pero ahora el polizo vuelve a apuntarle. Instintivamente, ella levanta su pistola y dispara primero al pecho, protegido por el chaleco, luego a los codos, el único lugar donde una bala no blindada puede hacer algo de mella. Se queda sin balas, pero el polizo está en el suelo, sangrando con los dos codos rotos.

Tira el arma ya inútil. Se vuelve y corre por el pasillo, entra en la sala de control y, de un golpe, activa la palanca que había visto antes. Salta sobre el panel de mandos y luego a través del ventanal ya sin cristal. Cae veinte metros sin abrir las alas del traje, convertida en una flecha de Kevlar y grafeno, dispuesta a estrellarse contra el agua de la piscina. Se oye un enorme chasquido y el suelo de la piscina se abre. Nora entra en la masa de agua que está comenzando a caer mientras las balas le buscan la carne con saña.

Cae junto con el agua, que traspasa el abierto fondo barriendo a su paso una nube de drones. Las máquinas se estrellan contra las rocas arrastradas por la avalancha. Nora abre las alas del traje y planea todo lo cerca de la montaña que se atreve. Con el zumbido del aire en los oídos, desciende por las empinadas laderas esquivando pinos y rocas.

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