Nos mienten
8. Terrorismo
8
Terrorismo
A Nora le despierta el murmullo de una voz conocida, palabras en forma de anzuelo que la extraen de las profundidades abisales del sueño. Poco a poco, mientras sus neuronas comienzan a lanzar chispazos de consciencia, va entendiendo lo que el locutor dice.
«Madrid ha amanecido hoy con un nuevo atentado. Son cinco las víctimas mortales. La bomba era un dispositivo móvil autopropulsado que escaló cincuenta pisos del edificio Corporación Uno en el centro de la ciudad, en pleno paseo de la Castellana, antes de estallar y destruir una sección del rascacielos. Los cristales y restos de la explosión que cayeron al suelo han provocando también numerosos heridos, aunque ninguno de gravedad.»
Corporación Uno es un edificio del clan Ramoneda. Nora intenta hacer memoria, no conoce a nadie que trabaje en el piso cincuenta. El más cercano es Cástor, que trabaja en el piso veinte. El ático de Ernesto Ramoneda está en la última planta, en la setenta.
Nora activa la televisión. Con un centelleo, los muros de la casa se convierten en enormes pantallas virtuales distribuidas según la configuración estándar que ella y Domingo han prefijado: varios canales de noticias, un par de autoblogs de interés, y el omnipresente directorio de sus actividades en la red social corporativa. Uno de los canales de noticias muestra imágenes de una oficina ennegrecida, las vigas de acero descubiertas, los cristales y el mobiliario despedazado y rodeado de escombros humeantes.
Masculla un par de maldiciones. Aquellas noticias le producen una sensación de rabia e impotencia difícil de contener. Son la esencia del terror, acciones a las que no se puede responder salvo bombardeando las afueras de la ciudad y torturando a los terroristas que se capturen para conseguir que delaten a sus compañeros.
Termina el café y desvía la vista a la pantalla que muestra las actualizaciones de su muro de la red social corporativa. Ya hay una entrada automática que informa de que se ha levantado y va a desayunar. Debería cambiar la configuración ¿Qué le importa a sus amigas a qué hora desayuna? Si la entrada dijera con quién durmió, eso sí provocaría interés.
Alguna de ellas, cuando eran más jóvenes, había incluido esa información, incluso con vídeos grabados directamente de su consola, pero aquellos fueron otros tiempos, que se habían vuelto casi incomprensibles desde la distancia.
No hace tanto de eso, menos de cinco años, y ya piensa como una vieja.
Domingo, aunque todavía le queda algún achaque de la pelea en el bar, ha vuelto a trabajar. Ha comenzado la jornada a las cinco de la mañana acompañando al viejo Stearsky a un consejo en Dinamarca. Con suerte, y si podía regresar en el reactor corporativo, estaría de vuelta para la cena. Si el viejo tiene que llevar a Madrid a algún amigo o gerifalte, él se quedaría en tierra. Tendría que tomar varios trenes de alta velocidad para cruzar Europa y no llegaría hasta el día siguiente.
Aún con la taza de café en la mano, se acerca a la cama y pasa la mano por el lugar en el colchón donde suele dormir Domingo. No queda nada de su calor, ni una sola huella de su presencia. Antes de activar el mecanismo de succión que eliminará todas las arrugas y comprimirá el colchón hasta convertirlo en una fina lámina, acerca la nariz e intenta captar algo del olor de su marido. Ni siquiera queda eso. Pliega la cama y la mete en el armario, dejando libre el lugar que ocupaba en el suelo del diminuto apartamento.
Mientras termina el café comienza a ser consciente de que es su día libre.
Casi no recuerda lo que es eso. Tendría que ir al gimnasio, claro. Por un instante, solo un instante, piensa en visitar a su madre. En una de las pantallas murales que solo existen en su córtex visual, corren notas de sus apuntes bancarios. En vez de hacer que la información se traslade hasta la mesa, prefiere levantarse, seguir bebiendo café y observar el baile de las cifras. Se fija en el traspaso de una cantidad apreciable de su sueldo a la cuenta de su madre. Antes, esa cantidad había estado yendo a un depósito abierto para pagar su embarazo y el tiempo de baja que tendría que reembolsar a la empresa. De haber contado con más ingresos, el fondo-cuna podía haber cubierto incluso los pagos de la guardería para cuando terminase la baja, a la semana del parto. Ella no había podido aportar más y no podía pedírselo a Domingo, no sin entrar en una discusión que no sabía
si quería afrontar. Miró durante unos segundos la cantidad depositada hasta ese momento. Ahora aquella cifra crecería mucho más despacio. Si tan solo las horas extras se las pagasen mejor…
El mundo parpadea y se congela, la consola ha vuelto a fallar. A pesar de que se mueve, sigue viendo la misma imagen estática. Tropieza con el borde de un mueble y cae al suelo. Se arranca la consola y la tira con rabia.
—¡Menuda mierda!
Ya sabe en qué tiene que emplear la mañana.
Cástor ha llegado a su taller antes del amanecer. Prefiere encontrar el edificio casi vacío, no cruzarse con nadie hasta llegar a su sancta sanctorum. Allí dentro nadie irá a verle si no es por un motivo profesional.
Todo el mundo sabe ya que es un bicho raro, que no participa de las comidas ni las celebraciones, que no acude a los discursos de los Ramoneda y que apenas habla cuando le dirigen la palabra. Es consciente de que lo mantienen ahí porque no pide promociones y no protesta. Pese a ello, su posición es precaria. La jerarquía valora más la sumisión que la eficacia.
Lleva toda la mañana con la consola de ingeniería calada en el rostro, ensamblando una placa de proceso tan densa que tiene que trabajar con muchos aumentos. Es el último prototipo de una larga serie de ellos, hardware diseñado para poder ejecutar la simulación de un pequeño mundo artificial que alimente una proyección holográfica instalada dentro de una esfera de cristal, un juguete que proyecta varias imágenes en una secuencia repetitiva y que él quiere convertir en algo mucho más avanzado.
Ese es su verdadero trabajo: satisfacer la necesidad de estar constantemente haciendo algo.
No siempre ha sido así. Los días malos, en los que nada parece salir bien y le cuesta encontrar el motivo por el que sigue yendo a trabajar, le asalta el recuerdo de un breve lapso de tiempo en que todo era distinto. Los Ramoneda lo habían contratado debido a la brillantez de su expediente académico y le habían dado carta libre para realizar el proyecto que le apeteciese. Había elegido el diseño de un sistema de inteligencia avanzado que había resultado mucho más difícil de lo esperado.
Cástor nunca había agradecido ese estrellato. La constante presión por los resultados había terminado por agotarle, por hacerle abominar del puesto que ocupaba y del maldito cerebro espintrónico que estaba diseñando y que
se resistía a funcionar. No colaboró a mejorar su estatus que ridiculizase a dos primos lejanos de una rama menor de los Ramoneda, que pretendían darle lecciones sobre programación de autómatas. Descubrió, por la vía más dura, que podía permitirse ciertas libertades solo mientras su trabajo diera frutos rentables para la corporación. Sin ellos, sus libertades le costaron muy caras.
Cuando se dispara una de las muchas alarmas que tiene integradas en el sistema de seguridad del laboratorio, Cástor abandona su trabajo y mira las imágenes virtuales que la consola le muestra flotando justo delante de la cara.
El corazón le da un pequeño vuelco cuando reconoce a Nora. Conservan una vieja amistad desde los tiempos del instituto. Ella no le visita mucho, una o dos veces al año. A pesar de los años que han pasado, el verla acercarse por el pasillo hace que el corazón le lata con una intensidad desconocida.
Abre la puerta y se quita la consola, de modo que puede verla sin intermediarios electrónicos. Entra una mujer menuda, muy fibrosa, de pelo negro y facciones regulares. Él le sonríe y ella le devuelve el saludo.
Durante todo el tiempo que habían compartido en el instituto y después en ocasionales reuniones de amigos, Nora le había sonreído poco o nada. Ella nunca había sido risueña, esa clase de chicas propensas a la carcajada vacía.
Las escasas ocasiones en que la había visto sonreír, a Cástor le había parecido que estaba amaneciendo después de una noche de tormenta.
El dolor no se ha ido, sigue allí casi tan intenso como cuando lo torturaba mientras la veía coquetear con otros, a escasos metros de donde él se cocía a fuego lento dentro de su concha de timidez. El tiempo no ha podido apagarlo, solo sofocarlo con capas y capas de condescendencia, de conformismo, de autodesprecio.
Nora llega hasta él, le vuelve a sonreír y le entrega la consola.
—¿Ha vuelto a fallar?
—Así es.
—Voy a echar un vistazo…
Nora, sin consola, se entretiene curioseando por el desordenado taller-laboratorio. En un rincón encuentra una estantería donde alguien, sin duda Cástor, ha apilado diferentes consolas, un minimuseo que exhibe ejemplares de las aparatosas gafas de conexión cortical que habían servido para
devolver la vista a los ciegos junto a modelos de consola mucho más avanzados que el suyo.
—Esto es muy raro —dice Cástor.
Nora vuelve a la mesa donde trabaja su amigo.
—¿Qué sucede?
—Mi monitor no es el único programa espía dentro de tu consola. El otro programa no es parte del software sino del firmware; está embebido en el código del propio procesador. —Cástor se quita la consola y levanta la vista. Tiene unos ojos azules, pequeños, huidizos y brillantes—. Sabía que se podía infectar procesadores sencillos, pero todos los telecos creíamos que las clases A y B no eran infectables. Estábamos equivocados.
—¿Y para qué sirve ese otro programa?
—No lo sé, se ha evaporado junto con el chip. Tu consola no ha soportado el calor que los procesos extras han generado y se ha fundido; las puertas ópticas de nanotubos orgánicos están fritas, kaput, son irrecuperables.
—¿Eso quiere decir que tengo que comprarme otra consola?
—Sí, si no fuera por mí. Te puedo poner un procesador nuevo y en menos de dos minutos volverá a funcionar sin fallos. Es una buena noticia. —
Cástor le rehúye la mirada y vuelve a colocarse su consola-máscara—.
Siempre que no te importe lo que ese firmware haya estado haciendo con tu consola.
—¿Puedes averiguarlo?
—Voy a volcar los estados de memoria que mi programa ha recuperado en un sandbox de virtualización y los vamos a ejecutar al revés, a ver qué sale. Voy a volcar la salida aquí.
Cástor comienza a mover las manos en el aire creando pantallas virtuales.
—No puedo ver nada.
—Es cierto, no me había dado cuenta de que no tienes consola.
Cástor coge de una estantería una pantalla, un viejo dispositivo de tecnología láser, y lo enciende. El monitor es una pieza de museo, pero todavía funciona. Al principio la pantalla está cubierta de incomprensibles ristras de números. Los listados son sustituidos por un complejo juego de iconos que muestran, en forma de esquema, el funcionamiento de alguna pieza de hardware, o software, o wetware, que Cástor está manipulando y ajustando. El conocimiento de Nora sobre la tecnología de las consolas, a
pesar de lo importantes que son para su trabajo, es elemental, como el de todo el mundo.
La imagen cambia. Se reproducen en secuencia varias grabaciones retinales, escenas que los sistemas ópticos de la consola han grabado según se producían. Nora se ve a sí misma realizando varias tareas cotidianas; vistiéndose, duchándose, caminando, en el metro, durmiendo…
—Cástor, si hay imágenes de anoche, bórralas de inmediato.
—Aún no puedo indexarlo, no puedo fechar los fragmentos, estoy haciendo un muestreo.
Nora sabe que no lo hará, que no borrará nada, pero le da igual: lo que más teme no es que Cástor la vea desnuda o que la escuche jadear mientras Domingo la penetra, lo peor es que ese firmware dentro de su consola haya grabado lo que ha sucedido durante su trabajo de escolta con Ernesto. ¿Por qué siente miedo? Ella no ha hecho más que obedecer, pero Ernesto…
Intuye que él y sus amigos, los malditos Ángeles, ocultan algo.
—¿Han podido grabarlo todo, todo lo que he visto y oído durante semanas? Todos sabíamos que nos espiaban desde fuera, con cámaras por todas partes, pero esto es… excesivo.
—Llevo bastante tiempo sospechando algo así. Hasta ahora les ha bastado, como bien dices, con registrarlo desde miles de cámaras y micrófonos por todas partes y luego activar patrones de reconocimiento y encontrar lo que buscan. Pero no es suficiente, hace falta un sistema de seguimiento más específico, más enfocado, más personal. Ahí lo tienes.
—Y ese firmware ¿no se puede eliminar?
—No lo sé. Se carga o se activa a distancia. Habría que filtrar el proceso principal completo. Para eso se necesita otro procesador, mucho más potente, que encapsule y aísle al otro. Ese nuevo procesador, a su vez, es vulnerable. Es una trampa endiablada. La he descubierto porque tu consola tenía un defecto de refrigeración que hacía que el firmware espía bloquease el procesador por exceso de calor. De otro modo, jamás lo habría detectado.
Es una obra maestra.
Cástor manipula la consola de Nora durante unos segundos más.
—Toma, llévatela, está arreglada. Buscaré alguna forma de impedir la contaminación.
—Gracias, Cástor.
Nora activa la consola que le entrega su amigo. De inmediato el mundo vuelve a mostrársele nítido, saturado de formas y colores, lleno de opciones
de visualización.
—Una última cosa. ¿Quién crees que tendría interés en espiarme?
Cástor hace una seña con el dedo señalando hacia arriba. Nora no necesita más información.
—Son los únicos con la tecnología necesaria para realizar algo así.
Nora asiente en silencio. Ellos, los de arriba. No imagina a Ramoneda, al viejo Ramoneda, frente a un espacio virtual lleno de pantallas, observando minuciosamente la vida de sus empleados. No es un «ellos», es más bien un
«nosotros». Nosotros espiamos, protegemos, limpiamos, investigamos y, algunas veces, morimos para ellos, por encargo, por un sueldo, por una mísera seguridad.
Nora se acuerda del atentado y sus cinco víctimas. Se vuelve hacia Cástor.
—Por cierto, ¿estabas aquí cuando ha estallado la bomba? ¿Te ha afectado de alguna forma?
—¿Qué bomba?
—El piso cincuenta ha sido arrasado por un atentado, lo han dicho las noticias.
—No sé nada de una bomba. —Cástor se inmoviliza durante unos segundos. Nora imagina que estará consultando la red—. Sí, hay una noticia: en la red, piso cincuenta, en este edificio. Pero no ha habido ninguna explosión, mis sensores la hubieran registrado. Mira.
Cástor le envía una vista de vídeo en tiempo real de la fachada del edificio tomada desde una cámara externa. No se aprecian desperfectos.
—Lo han reparado rápido.
—Nunca ha habido nada que reparar. —Cástor le envía registros sísmicos, de audio, imágenes del instante en el que las noticias decían que había estallado la bomba. Nada.
—Habrá habido un error, no será este edificio.
—He buscado incidentes en los edificios vecinos, en todos aquellos de Madrid que contasen con más de cincuenta pisos. Nada, nada de nada.
—¿Eso quiere decir que la noticia es… falsa?
Cástor la mira sin quitarse su consola, que le cubre casi todo el rostro.
Podría pasar por un mecanismo cibernético completo, el ser artificial que los ingenieros y científicos no han conseguido desarrollar aún.
—¿Recuerdas el último incidente gordo con otra corporación, la batalla de Manuel Becerra?
—Por aquel entonces estaba en protección seis, en las afueras, de prácticas.
—Fue un enfrentamiento por un desacuerdo con las cuotas de la confederación entre los Ramoneda y los Marín. Hubo treinta muertos; algún descerebrado lanzó misiles de implosión y se tuvieron que derribar cinco edificios para evitar que se cayesen encima de algún transeúnte. La noticia que apareció fue: «Los desacuerdos entre la familia Ramoneda y Marín se resuelven sin violencia, a satisfacción de las partes».
Nora no dice nada. Aunque siempre ha sospechado algo así, nunca lo ha creído posible. Todo el mundo decía algo parecido en las conversaciones de bar: nos vigilan, nos mienten, el hombre no llegó a la Luna, no queda petróleo, la humanidad ha crecido tanto que en breve nos tendríamos que matar unos a otros por los recursos, se han visto de nuevo ovnis volando en el cielo de la ciudad… Enfrentada a la evidencia, prefiere no pensar en ella.
Sale del edificio Corporación Uno cuando aún a la tarde le quedan un par de horas. Recibe un mensaje: Domingo debe volver en tren, no hay plazas en el reactor corporativo, esa noche dormirá sola. En vez de ir al gimnasio decide coger el metro hasta el centro para mirar algo de ropa, pasear, cenar sushi o un bocadillo de calamares y luego volver a casa.
Es su forma de desconectar, de olvidar: darse un baño de luz artificial, contemplar frivolidades que no puede pagar, compartir la irrealidad de los escaparates de lujo con el resto de los habitantes de la ciudad.
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