Nos mienten
24. Diego
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Diego
Diego no recuerda el barrio de otro modo diferente a como lleva existiendo los últimos veinte años, de los cuales él lo ha conocido solo quince. Para él no hay nostalgia de otros tiempos con un sistema médico gratuito, colegios e institutos, servicios públicos de limpieza y alumbrado.
Su realidad ha sido siempre la de los patios entre bloques; la de las pandillas corriendo entre escombros y basura, asistiendo a las lecciones que algunos vecinos instruidos daban a los que ni siquiera podían ir a los colegios de último recurso, pequeñas escuelas con aspecto de prisiones donde había más de cien niños por aula y el castigo por cualquier infracción eran golpes y encierros.
Diego no había envidiado a los amigos a los que sus padres obligaban a asistir a aquellos colegios de triste fama. Él había descubierto que todos los conocimientos, al menos todos los que él necesitaba, estaban en la red.
Al principio había ido a los centros de conexión, como todos los chavales, a burlar el frío y a esperar que les cayese algún recado, un trabajillo sencillo que fuera recompensado con alguna propina o una chuchería.
Pero incluso en aquellos lugares, donde la gente que se conectaba de forma ilegal iba exclusivamente a ganar dinero, no a divertirse, siempre había alguien que dedicaba algo de tiempo a enseñar a los chiquillos que parecían más espabilados.
Así comenzó a aprender a conectarse, a entender los sistemas y los protocolos; a programar bots y arañas, inyectores y fantasmas. Y se le daba bien. Con once años ya hablaba con la tecnojerga y, aunque aún no era un profesional, podía encargarse de hackeos sencillos y labores de mantenimiento que los mayores le pagaban con dinero contante y sonante, y que lo convirtieron en una figura entre los chicos de su bloque.
Todo eso fue antes del asunto del fantasma booleano, una pequeña aplicación que programó como diversión; un bot que se ocultaba de los
sistemas, que vivía del tiempo de proceso en los nodos de la red para realizar tareas sencillas. El suyo se volvió súbitamente famoso porque descubrió una vulnerabilidad del propio tejido de la red. En vez de aprovecharla para entrar en los sistemas, Diego programó su bot para reproducirse sin control ni medida. El resultado fue que casi consigue colapsar el sistema financiero de medio continente.
Aquel acto tuvo varias consecuencias. La primera, la fama. Diego ascendió a la categoría de pro, algo que con trece años es raro alcanzar. La segunda es que el barrio estuvo patrullado por densas nubes de drones y abundantes helicópteros durante meses. La tercera consecuencia cambió la vida de Diego. Una persona, alguien que veía todos los días en el centro de conexión, se acercó a él y le habló de los Hermanos.
Desde ese día Diego ya no estuvo más solo. Como tantos otros en la periferia, los Hermanos se volvieron su familia. Le acogieron, le enseñaron más aún y, lo más importante, dieron un objetivo y un sentido a su existencia.
Una tarde Diego vio entrar a Nora en el centro de conexión con evidentes ganas de hablar con alguien para obtener algo. La gente le conocía y respetaba, no hubo oposición cuando se acercó a ella. Al principio Nora le pareció muy diferente a la imagen que se había hecho de ella. Tenía su foto, como todos los Hermanos. Sabía que tendrían que ayudarla para evitar que la policía o las familias la cazasen. La Nora real le pareció dura, muy dura; no sonreía nunca y, aunque no era desagradable, tampoco era amable.
No obstante, para él fue una suerte que ella eligiese ese preciso centro de conexión, el que él tenía asignado.
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