Nos mienten
43. Ático
43
Ático
El ascensor alcanza lo más alto de su recorrido, se detiene y la puerta no se abre. Nora se pone la consola, ahora le es imprescindible. Hay un signo de interrogación flotante que la consola crea en su campo visual. Nora responde con el número que Diego sacó del cubo. La puerta se abre con un siseo.
En el espacioso atrio no hay nadie esperándola. Se yergue, apunta a un rincón y a otro. Nada. La antesala está vacía. El suelo es de mármol, reluce.
A derecha e izquierda hay grandes ventanales azotados por la nevisca.
Enfrente, una gran pared de acero. En el centro, una puerta de aspecto anodino; el acceso al apartamento.
El ascensor, a su espalda, se cierra. El corazón parece dispuesto a salírsele del pecho. De repente las luces se apagan. Ni siquiera quedan las de emergencia, tan solo consigue ver algo gracias al tenue brillo de la ciudad nevada en el exterior. El viento gime y hace crujir los ventanales con sus golpes desesperados.
Durante uno o dos segundos espera un disparo, un golpe, algo. Ni los sensores térmicos, ni la visión mejorada le informan de nada fuera de lo habitual.
Camina sobre el suelo de mármol con precaución y pone la mano sobre el pomo de la puerta, que cede suavemente.
Algo, una voz parecida al gemido del viento, le susurra dentro del cráneo:
— Están detrás de la puerta.
Nora tira del pomo, la puerta se abre hacia la derecha y ella se mueve hacia la izquierda, fuera del umbral. Hay una ráfaga de balas que sale desde dentro del ático y hace estallar los cristales que contenían el frío y la furia de la tormenta. Siente el aire helado morderle la piel. Permanece agachada, la espalda contra la pared metálica, atenta. Si fuera ella la que estuviera emboscada, no saldría, tendrían que entrar a buscarla.
Escucha un chasquido, un leve chirrido metálico que apenas distingue a causa del vendaval. Gira la cabeza y ve como la puerta de acceso a la escalera se abre. Intuye detrás varias siluetas en traje de combate.
No puede mantenerse en esa posición entre dos fuegos. Se levanta, toma una maceta ornamental y la arroja al interior del apartamento. Una ráfaga estalla en la oscuridad. Hay dos tiradores. Nora sonríe. Descarga el subfusil contra la puerta de la escalera. Las balas rebotan en el metal, alguna lo atraviesa. El equipo que pretendía entrar se parapeta.
Disparar los dos a la vez ha sido un error; ambos deben parar a recargar simultáneamente y le ceden un lapso de tiempo, un par de segundos a lo sumo, que puede aprovechar. Mientras están cambiando los cargadores, activa una granada de luz y la tira dentro del ático a la vez que se lanza a través de la puerta. El flash es intenso e intermitente, diseñado para colapsar cualquier sistema de visión mejorada. Nora no ve nada, pero sus enemigos tampoco. Avanza a ciegas, intentando recordar cómo era el apartamento. Se mueve hacia la derecha. Como consecuencia choca contra una columna.
Siente sangre derramándose desde las fosas nasales, pero no se queja; esa columna es el acceso que busca hacia la cocina.
Cuando la luz de la granada se extingue, está en lo que antes era una cocina y ahora… algo diferente. La rodean equipos y complejos sistemas electrónicos sobre baldas metálicas. Parece un laboratorio o algo así.
Lámparas de luz muy blanca iluminan largas mesas llenas de frascos de cristal y máquinas de todo tipo.
No tiene tiempo para muchas disquisiciones. Se agacha y escucha. Hay susurros, voces tapadas por pasamontañas que hablan a sus micrófonos de garganta, ruido de armas rozando contra sus correas, cargadores que son arrojados al suelo y otros que ocupan su lugar. La consola le informa de que tiene cinco balas en el suyo.
—Te he esperado mucho tiempo.
¿Ha sido una voz o de nuevo el susurro del viento? Se enciende un potente foco que viene de fuera y traspasa las muchas superficies acristaladas que rodean el ático. La luz, intensa, casi dolorosa, la encuentra con facilidad. No hay ya lugar donde esconderse. Se levanta y dispara contra el dron que cuelga del aire en el exterior. Las balas logran atravesar las ventanas y destruyen el foco, pero el aparato responde a su vez. Los disparos de las dos ametralladoras pesadas de la aeronave comienzan a martillear contra todo lo que la rodea. Pedazos de hormigón, metal y cristal,
mezclados con copos de nieve, vuelan por el aire y se convierten en una niebla mortífera. Esquirlas de acero y metal le cortan la piel, abren surcos en la piel de los antebrazos con los que se protege, hacen jirones la tela y algunos se clavan en la carne haciéndola sangrar profusamente.
Nora se tira al suelo, se cubre la nuca con las manos y espera que a aquella máquina infernal se le acabe la munición. Cuando el dron deja de disparar, quizá para desplazarse y encontrar un ángulo mejor, ella se levanta y se mueve todo lo rápido que puede. Entra en el amplio salón. Se encuentra de bruces con la aeronave y dos polizos equipados con trajes de combate completos. Nora levanta el subfusil pero no aprieta el gatillo. Ni la máquina ni los polizos parecen darse cuenta de su presencia. Le dan la espalda y miran hacia fuera a través de las ventanas rotas, con cuidado de no caer.
—Dura de matar.
—¿Por qué habrá saltado?
—Y yo qué sé. ¿Por qué venir hasta aquí después de lo que hizo? ¿Quién lo sabe?
Miran en su dirección y no parecen verla. El dron se eleva en el cielo y el sonido de las palas batiendo el aire se hace lejano. Solo queda el rugir de la ventisca llenando de nieve el destrozado salón y el ruido que hacen las botas de los polizos pisando cristales y restos de la decoración mientras abandonan el ático. Los ve salir por la puerta y encontrarse en el atrio con el grupo que ha llegado desde el pasillo. Hay voces, preguntas, alguna risa.
—¿Qué…?
Nora se arranca la consola de un manotazo. La escena no cambia, sigue observando el salón destrozado y la nieve amontonándose en los rincones.
Vuelve a ponérsela. Hay alguien en medio de la habitación. Es Ernesto vestido con un traje ajustado, elegante y sonriente. Nora se acerca. Es idéntico a su recuerdo de él en cada minúsculo detalle, sombra, flexión, arruga, sin embargo pasa la mano a través de él como si no estuviera allí.
No está allí.
—Sube —dice el fantasma sin dejar de sonreír.
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