Nos mienten
14. Madre
14
Madre
Son más de las tres de la mañana. Acaba de levantarse de la cama, ha caminado en silencio evitando los baldosines del piso que están rotos y hacen ruido al pisarlos, una senda que sus pies saben recorrer a oscuras, en dirección al cuarto de su hija. La casa es una masa de oscuridad en perpetuo movimiento; paredes y techo son el escenario de un continuo teatro de sombras creadas por los visillos y las plantas que agita la brisa nocturna.
Se detiene delante de la puerta de la habitación de Nora. Tanto tiempo vacía, ahora está ocupada. Su niña está de nuevo allí, durmiendo en su cama. No puede resistirse y entreabre la puerta. La mira dormir durante un par de minutos. Comprende, lo sabía ya, que no es ya su niña, que es toda una mujer con sus propios problemas, muy graves, y también con sus propios recursos para resolverlos. Nora siempre ha sabido qué hacer hasta en los momentos más difíciles. La mira en silencio y la recuerda muy quieta, agarrándole la mano mientras el ataúd de su padre se desliza en la boca del horno. A pesar de lo que cree todo el mundo, el apretón no sostiene a Nora ni le impide a esta gritar y llorar de pena, sino que la sostiene a ella, su madre, al adulto. La empecinada presión de una niña de cinco años sustenta a la mujer de casi cuarenta y evita que grite, que se arranque el pelo y que luche por caer en las llamas que van a quemar su pasado, su presente y, sobre todo, su futuro.
Sin embargo, ahora su hija está allí, en su casa, de nuevo bajo su protección. Respira hondo y yergue un poco la espalda. Cierra la puerta y vuelve despacio a su cama aunque sabe que no va a dormir nada en toda la noche. Se tumba de todos modos y deja que los recuerdos, el viejo ballet de la memoria, dance en el techo de la habitación y le muestre una vida, la suya, que se desgasta en las paredes de gotelé mal pintado, los baldosines mellados, las ventanas que ya no cierran bien y dejan escapar todo el calor de una calefacción que no puede pagar casi nunca.
Escucha gritos arriba. Eugenia y Pedro vuelven a discutir. Lo hacen casi todas las noches. No entiende sus palabras, solo el tono, pero podría transcribir uno por uno los reproches, los insultos, los conoce todos. Son similares a los que ella misma oyó en su momento. No hay dinero, el trabajo escasea y las penurias se sortean recurriendo a la delincuencia.
Pedro no es un mal hombre. En el patio se comenta que, después de muchos años de evitarlos, ha estado juntándose con una banda de butroneros y pasa semanas perdido en las alcantarillas buscando resquicios para colarse en negocios y viviendas de donde robar mercancías, dinero, lo que encuentren.
Ella sabe lo que sucede, lo ha visto muchas veces. Estar allí abajo, perseguidos por drones capaces de electrocutarlos y amenazados por enfermedades y ratas, los hace beber, chutarse blanco, azul o negro para soportar la tensión y las incomodidades. Dicen que después de un par de semanas abajo ya no recuerdas por qué estás allí. Al menos él aún regresa a casa y trae comida y dinero para su mujer y el niño. Otros no vuelven a salir a la luz del día. Si él comienza a pegarle, cosa que puede pasar cualquier noche, sabe que tendrá que denunciarlo al comité del bloque. Tampoco sería la primera vez que le toca ejercer ese amargo papel.
Tras un rato de gritarse, todo queda en calma. Los gritos se ven sustituidos por los gemidos y el sonido monótono del somier. El momento de placer de los vecinos pasa y la deja de nuevo en silencio, a solas con sus recuerdos.
Durante un rato hace cuentas del dinero de la pensión de aquel mes, de los pagos del agua y el gas, de las cuotas del seguro médico y las medicinas.
Le queda suficiente como para comprar comida para las tres. Ahora son tres, no va a sobrar a no ser que Luisa traiga uno de sus infrecuentes pagos acumulados y durante dos o tres semanas tengan bastante para hacer todas las comidas del día.
Cambia de postura. Aquella cama es demasiado grande para ella sola, pero no sabría vivir en otro lugar. Su cuerpo también es ya demasiado grande para lo que necesita hacer, le sobran miembros, tamaño. Hace tiempo que no tiene ya pretensiones de nada, ya no vive, tan solo sobrevive.
Mañana irá al comité, prometió llevar las medicinas para el corazón que le había pedido al médico del seguro, engañándole con los síntomas.
Paquita, la del cuarto piso, ha comenzado a quejarse de nuevo. Quizá las medicinas solo sirvan para retrasar lo inevitable, pero por ella no va a quedar, como no quedó por Paqui cuando murió el padre de Nora y ella los
ayudó comprándoles cestas y cestas de comida hasta que el dinero de la pensión comenzó a llegar.
Hoy por ti, mañana por mí, se lo repite una y otra vez durante las largas noches de insomnio. Casi siempre el mantra no basta. Cuando ha agotado el cupo de visitas al médico y ella misma se pone mala, piensa que la ayuda no es equilibrada, que ella y su familia siempre han dado más a la comunidad que la comunidad a ellos.
Luego recuerda a Samuel. Nunca olvida a Samuel, todas las noches la imagen de su rostro abotargado y bonachón asoma su cara desde las sombras. Dos meses después de que su marido falleciera, llamó a la puerta de su vecino a las cuatro de la mañana. Luisa no había vuelto y no contestaba al móvil. Ambos sabían que en aquella época su hija se movía con un grupo de neuroadictos que conectaban sus interfaces corticales a estimuladores de alucinaciones. Luisa le había jurado que ella nunca lo haría. Su madre sabía que le había mentido. Había hablado con el comité, nada podían hacer más allá del bloque.
Samuel se vistió y salió a buscarla. La trajo dos horas después, empapada en sudor, con la vista vidriosa. El estimulador, como solía suceder, se había quedado enganchado en bucle. Los amigos de Luisa la habían dejado tirada en un rincón de la sala donde se conectaban sin prestarle más atención.
Llamaron a uno del comité y trajo un neurodesconector. El aparato logró freír los circuitos de realimentación que habían enganchado a su interfaz neuronal y Luisa despertó gritando, todavía dentro de una pesadilla geométrica.
El resto de la noche fue horrible, pero Samuel estuvo a su lado todo el tiempo, ayudándolas.
Samuel era de su edad, musculoso y pasado de peso, con una sonrisa que aún la cautivaba al recordarla. Lo había matado la policía dos meses después, cuando estaban a punto de irse a vivir juntos. Un control en el metro terminó en tumulto. Alguien comenzó a disparar y una bala perdida la volvió a dejar sola. Había vuelto a tener esperanza, a permitirse pensar en el futuro, y el futuro se había secado como una planta que no arraiga. No volvió a pasar.
Tendida en la cama cerró los ojos y pensó en su hija, perseguida, metida en un problema que no entendía en todas sus implicaciones. Creía que Nora había salido del cono de negrura que rodeaba su vida, que había peleado y
ganado el privilegio de no volver a aquel piso sin esperanza. Había perdido, como ella, como Luisa.
No sintió placer, ningún placer, al saber que nadie escapaba durante demasiado tiempo de aquel lugar donde el sueño es imposible.
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