Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 36 de 47

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Nos mienten

35. Virus

35

Virus

El día y la noche anterior ha estado nevando con fuerza. En Madrid, a diferencia de cuando ella era pequeña, ahora nieva todos los inviernos. El calentamiento global ha logrado que la corriente del golfo, que transporta grandes masas de agua caliente desde África y Sudamérica hasta Europa, se debilite cada vez más. El resultado es el de inviernos más largos, con más nieve y hielo. La ciudad, vista desde la azotea del edificio que ocupan los Hermanos, se ha convertido en el futuro: una masa indefinida y suave de blancura irreconocible que rompen unos cuantos rascacielos demasiado altos para poder desaparecer bajo la nieve.

Desde allí ha visto llegar los taxis, los viejos camiones biodiésel, las motos eléctricas, las bicicletas, motocarros y otros vehículos más exóticos.

Ni un solo tanque, transporte blindado, láseres autopropulsados, unidades combatware, transportes de suministros, contenedores médicos autónomos, drones y helicópteros.

Nora sabe que nadie espera regresar ni poder sobrevivir lo suficiente como para que le atienda un médico. ¿Y ella? ¿Espera regresar? ¿Para qué?

Decide volver a recorrer la azotea esquivando las chimeneas, los postes de las antenas y los montones de escombros sepultados por la nieve. Podría quemar la ansiedad de la espera chequeando todos y cada uno de los equipos que ha pedido, entrevistando a los soldados, repasando los planos de Ernesto, pero sería algo inútil, una forma de estorbar. Ellos saben más de sus propios hombres, de sus suministros y, sobre todo, de sus equipos y de cómo manejarlos. Y los mapas se los sabe de memoria, hasta la posición de cada ladrillo y cada tubería del enorme complejo que se extiende en la vertiente norte de la sierra.

Consulta la hora, tiene que hacer algo antes de la batalla.

Desciende al vientre del edificio, a la sala más interior, el lugar más protegido del frío, el hospital. Desde que llegaron el sitio ha mejorado su aspecto; ya no hay basura ni escombros por todas partes; unos biombos

separan las camas; los contenedores médicos han desplegado complicadas unidades de diagnóstico, hay robots de microintervención que reptan por el interior de pacientes heridos, restañando los efectos de balas y explosiones.

Permanecen las pintadas obscenas en las paredes, los restos de viejas hogueras y el frío. Ni las estufas de cerámica ni los sistemas de aislamiento por chorros de aire ionizado han podido evitar las fugas. Aun así, comparado con el resto del edificio, allí hace calor, mucho calor.

Se acerca al lugar donde sabe que encontrará a Gloria. En uno de los rincones de la sala, un contenedor médico ha desplegado múltiples apéndices, pantallas, placas, luces y brazos articulados. Es una unidad de diagnosis de campaña, un completo sistema de análisis tanto bioquímico como por resonancia: tomografía, drones invasivos y microcopia electrónica, láser y óptica. Toda esa masa de tecnología confluye en una consola que ocupa casi toda la cabeza de Gloria y que cuelga de un brazo articulado para que su peso no le aplaste el cuello.

Se detiene a su lado y espera. La médico mueve las manos, la cabeza y los labios. No emite sonido alguno, solo pronuncia algunas frases que Nora confunde con comandos subvocalizados hasta que se da cuenta de que está canturreando. Siente envidia. Ella nunca ha sido feliz trabajando. Como mucho disfrutaba del esfuerzo de ponerse en forma, de los ejercicios de tiro, de algunas clases de ataque y defensa, siempre maldiciendo a los polizos que hacían trampas y eran más rápidos y más fuertes solo gracias a las mejoras inducidas por retrovirus de ingeniería genética.

Ser polizo no había sido una vocación, solo un medio para poder salir del extrarradio, para conseguir una pequeña isla de estabilidad que, a la larga, había demostrado ser tan falsa como las noticias de las corporaciones.

Gloria se gira hacia ella. Es como si la mirase una gigantesca mantis religiosa.

—Hola, Nora. Dime.

—Quería preguntarte algo.

—Sí.

—¿Todo lo que me dijo Pablo sobre el virus es cierto? Quiero decir, ¿hay evidencias científicas de que sea así?

Gloria se quita la consola médica y se arregla el pelo. Los ojos azulones la miran con simpatía.

—¿Un café?

—¿Químico?

—Todo el café es química. La cafeína natural es indistinguible de la sintética.

—¿Y el sabor?

—El sabor también es química.

Gloria abre un armario y saca una pequeña cafetera. La enchufa al equipo médico y la carga con agua de una botella y una pequeña cantidad de café molido que extrae de una caja metálica sellada.

—¿Eso es café de verdad?

—Mi última dosis, mi tesoro.

El café tarda veinte segundos en comenzar a humear. La cafetera es un dispositivo bastante complejo. Nora adivina un serpentín transparente, varias cámaras y un depósito final donde se acumula el líquido negro.

Gloria sirve dos tazas. El aroma parece fuera de lugar allí, en medio de ruinas y desolación. Al primer trago Nora recupera memorias que creía olvidadas: las tazas que se tomaban en su casa después de comer, antes de que la planta de café sufriera el virus que hizo imposible su cultivo natural.

Gloria toma un sorbo y sonríe.

—Es química pero no es lo mismo. Es química más azar y moléculas creadas durante el proceso de tostado; azúcares y aminoácidos complejos.

El aroma básico es predecible, reproducible, pero los matices…

—Como un ser humano entonces.

Gloria la mira con interés mientras Nora bebe pequeños sorbos. Después de una pausa, contesta.

—Es complicado, Nora. No hemos descubierto casi nada del virus.

Sabemos que se contagia con suma facilidad, incuba y se implanta produciendo una infección primaria en todo similar a una gripe. En esa primera fase altera el ADN de las células infectadas y prepara, de ese modo, la segunda fase. Sobre esta tenemos aún menos información. Un factor o una combinación de factores la activa. Una vez activada, el ARN codifica una enzima llamada «caspasa», que induce la inevitable muerte celular por apoptosis. Las células del organismo mueren, los músculos se deshacen, los órganos se licúan y el cerebro deja de funcionar. Eso sucede en pocas horas.

—¿Y en el segundo estadio entonces cómo se contagia?

—No se contagia. Eso lo hace en la fase gripal.

—O sea, que una vez que has pasado la primera fase no sabes que tienes el virus actuando en tu organismo, esperando para matarte.

—Hay mucho por hacer. Tendríamos que desarrollar algún sistema para detectar las huellas que deja en el sistema inmunológico la infección primaria. Así sería sencillo programar cuarentenas y combatir el contagio, pero no tenemos tiempo. Además, todo se complica con otras gripes normales, que añaden complejidad a la sopa genética de virus que estamos manejando.

—¿Crees que estamos condenados?

Gloria termina el café con un último trago muy lento.

—No lo sé. Al principio creía que sí. Pero si conseguimos algún virus intermedio, quizá tengamos posibilidades de crear un mutante menos dañino que prevenga la infección de la cepa asesina y haga funcionar del modo adecuado al sistema inmune. Y si no… Bueno, la naturaleza es complicada. Es un poco como el café. Ese virus es demasiado perfecto, eso lo hace invencible a corto plazo, pero débil a la larga. Algún humano sobrevivirá, su sistema inmune encontrará una forma de combatir el virus y este será desactivado con el paso de los años y las generaciones. Pero es una mala apuesta, no hay muchas posibilidades.

—Si eso sucede, se salvará la especie.

—Se salvará un número suficiente de humanos como para que se cree una nueva humanidad. Ya ha pasado otras veces. Estudiando el ADN

mitocondrial, se sabe que todos los humanos actuales provenimos de tan solo dos mil parejas.

—Eso quiere decir que la humanidad completa alguna vez solo estuvo formada por cuatro mil personas.

—Así es.

Gloria no irá al asalto, es demasiado valiosa en el hospital y trabajando en el comité científico. Si tienen éxito, alguien deberá analizar las muestras que consigan y desarrollar una vacuna a partir de ellas.

Nora lucha por contener la esperanza. Se le ocurre pensar que nunca vivió de verdad. Huyó de cuestionarse nada, de preguntarse si la vida que había construido con tanto esfuerzo era algo más que una mala opción que se volvió única por falta de expectativas, por pereza. Ahora que va a perderla, la vida le parece maravillosa y escasa, un tesoro que debe ser cuidado a toda costa. No se engaña, sabe que la esperanza es un lujo que no puede permitirse.

Se despide de Gloria y se va al camastro que le han asignado en una habitación ligeramente caldeada. Se tumba boca arriba, vestida, sin

intención de dormir. La cafeína aún está en su sangre, bullendo. Nora mira el paisaje del techo. Las grietas y manchas en sombras se convierten, poco a poco, en las líneas maestras del plan que ha trazado. Está orgullosa de él. Es quizá muy complejo, pero es su primer plan, se tiene que conceder el derecho de que no sea perfecto. Puede que no tenga ninguna oportunidad de hacer más.

Tal vez por culpa de la cafeína siente náuseas. Lleva días en los que la sensación viene y va. Acumula días comiendo mal, sometida a mucha tensión. Respira hondo y se sorprende al descubrir que la tensión ha desaparecido. Queda tan solo la sed de venganza.

Pensar en el plan, en cómo van a coordinarse, en las fuerzas que usarán y la oposición que les espera, le distrae el resto del tiempo que transcurre hasta quedarse dormida.

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