Nos mienten

Eduardo Vaquerizo · Capítulo 42 de 47

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Nos mienten

41. Edificio

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Edificio

Conseguir un vehículo que pueda avanzar por la espesa nieve y que además no estuviera registrado, ni cargado de chips de identidad y no fuese susceptible de ser seguido por los drones y redes de control no ha sido fácil.

Lo que le han facilitado no es una maravilla, pero hace su trabajo. Se trata de una motonieve eléctrica hackeada para poder moverse fuera de los límites de un recinto de esquí y con una pila de supercondensadores retocados para darle mucha más potencia de la que su diseñador original hubiera creído posible.

La máquina es como un potro salvaje que escala las cuestas y tiende a saltar en las zonas más abruptas, derrapa en las curvas y acelera con un zumbido electrónico constante hasta velocidades que, de tener alas, la harían despegar.

A Nora le cuesta orientarse por la ciudad cubierta de nieve. No usa la consola para navegar, de hecho la lleva en el bolsillo; no se atreve a volver a ser espiada o manipulada. Una o dos veces evita patrullas de policías de la corporación o de polizos gracias a las indicaciones que le dan los Hermanos usando una vieja radio no digital, un dispositivo pesado y difícil de manejar que arroja torrentes de estática y, alguna vez, palabras inteligibles.

—Nora, esta vez no podemos hacer un bloqueo efectivo, estamos demasiado lejos para interferir sus sistemas.

—No os preocupéis, ya me apañaré.

En ese «apañaré» Nora incluye una gran dosis de falsa seguridad. Tiene un plan, claro, pero no sabe si va a servir para subir setenta plantas, hasta el ático de Ernesto, dentro de un edificio plagado de polizos y dispositivos de seguridad.

Ese problema deja de preocuparla en cuanto comienza a ver signos de lo que ha estado sucediendo en la ciudad. La nieve ha sido apartada de las vías principales y se acumula en sucios montones sobre las aceras, casi cubriéndolas. Nora detiene la moto la primera vez que ve restos humanos

sobresaliendo de los montículos de nieve. Los muertos han sido dejados allá donde han caído y las máquinas quitanieves se han limitado a empujarlos a un lado junto con la basura, el barro y la nieve sin derretir.

Contempla manos, pies, torsos; cabezas destrozadas, con los ojos arrancados por alimañas; cuerpos mezclados con plásticos, ramas, latas. No hay nadie por las calles, el silencio es sepulcral. Parece que todos los que iban a morir han muerto ya y la ciudad está vacía. Pero esa sensación es falsa. A lo lejos siente el retumbar de un vehículo. Acelera y se esconde en una calle lateral. Por la vía principal pasa un convoy de camiones de gruesos neumáticos todoterreno, pintados de blanco y con cruces rojas.

Nora advierte que a esos blindados, a pesar de la pintura, no les han quitado el armamento. Pasan deprisa, transportando ¿más enfermos? ¿Muertos?

¿Médicos?

No lo sabe.

Mientras está medio oculta en el callejón, una puerta se abre y alguien intenta golpearla con una pala. El intento es torpe. Esquiva el arma y se la quita al agresor. Es una mujer muy joven que, al verse desarmada, vuelve despacio, sin dejar de mirarla, a la puerta de la que ha salido.

—Eh, chica. ¿Qué quieres?

Da media vuelta y huye corriendo. Nora ni se plantea seguirla al interior del edificio. Mira a su alrededor. Ni un alma por la calle, nadie en las ventanas; sin embargo se siente vigilada.

Arranca y sigue su camino mientras activa de nuevo la radio.

—¿Actividad de drones?

—Nada, parece que el cielo está vacío.

—Qué raro.

—Se avecina una tormenta de nieve, una gorda.

La tormenta puede ser una ventaja.

Conduce sin querer mirar los montones de nieve acumulados en las aceras. Hay coches abandonados por todas partes y algunos edificios han ardido. Abundan los vehículos destruidos y los restos medio quemados de barricadas. La ciudad entera parece haber sufrido un asedio o una invasión.

Imagina la histeria de la enfermedad haciendo mella en la gente. El primer enfermo preocupa; al cuarto o quinto, todo el mundo decide irse a casa de algún amigo o familiar. Solo que pasa en todas partes; la gente enferma y luego muere. O no, como en su caso: enferman y siguen vivos, sanos pero condenados a una muerte de convulsiones y asfixia. Eso, día tras día

durante las dos semanas que han transcurrido desde que la epidemia apareciese. Serán años, una generación, lo que le costará a la humanidad perecer. La degradación, la miseria, la lucha por la supervivencia solo acaba de empezar.

Nora se detiene a dos manzanas del edificio de los Ramoneda, muy cerca ya del paseo de la Castellana. Los grandes rascacielos llenan de cristal el cielo grisáceo. El viento comienza a soplar arrastrando gruesas nubes cargadas de nieve que cubren la ciudad y que se reflejan en las fachadas acristaladas. Hay luces en los rascacielos, no muchas. La calidez de la iluminación artificial hace parecer, en contraste, casi confortables aquellos edificios corporativos diseñados para asemejarse más a tumbas que a lugares cómodos.

Toma la bolsa que transporta en la parte de atrás de la motonieve y una vez más se detiene. ¿Qué puede hacer ella enfrentada con el fin del mundo?

Morir en silencio, quizá con una o dos botellas en la mano. Es lo que muchos van a hacer. Otros, los más afortunados, huirán a sus islas remotas, a sus búnkeres subterráneos. Solo conseguirán retrasar lo inevitable unos años, pero serán años agradables.

No puede pensar; si lo hace, se pegará un tiro. Sonríe. En realidad es lo que está haciendo, buscando que alguien le pegue un tiro en la cabeza para que todo termine de una vez.

Morir matando. La bolsa de lona que ha retirado de la moto pesa más de cincuenta kilos. Matando mucho, si la dejan.

En las cercanías del edificio se viste con un mono de tecnopiel que la convierte, al activarlo, en un elemento más del paisaje.

Activa la radio por última vez.

—Voy a subir.

—Cuidado con las arañas, no te interpongas en su camino, son muy agresivas.

—No lo haré, te lo aseguro, Diego. Corto y cierro, no creo que podamos volver a hablar. Saludos a los Hermanos.

Hay un silencio un poco más largo y la estática amenaza con delatar su posición. Nora baja el volumen. Las siguientes palabras suenan muy bajas, como dichas desde una distancia de ultratumba.

—Suerte, Nora. Venceremos.

Ella no sabe si vencerán, si hay una victoria posible o tan solo derrotas con aspecto de supervivencia, pero le da igual.

Abre la bolsa y vuelca parte de su contenido sobre la nieve. Se derraman un par de docenas de cilindros hechos de metal oscuro. Toma un mando de su bolsillo y lo pulsa. En los cilindros se encienden unas luces y suena el chirrido de motores y sistemas activándose; les salen largas y fuertes patas metálicas sobre las que se yerguen con agilidad nerviosa. Comienzan a caminar por la nieve. Son como insectos, veloces, inseguros, dando cortas carreras en todas direcciones. Aún no tienen su objetivo.

Nora toma el mando y lo usa como un catalejo. En el visor encuadra el rascacielos y, con mucho cuidado, selecciona una zona concreta del piso veinticuatro: cuatro ventanas que no son de cristal, sino de metal negro con aletas. Son el sistema de refrigeración de una batería de generadores-transformadores, pilas de combustible que abastecen de electricidad a una buena parte del edificio. Cuando está segura de haber escogido la zona correctamente, presiona un botón y las arañas dejan de rondar por el paisaje y emprenden la marcha a toda velocidad, subiendo y bajando sobre los coches aparcados y los montones de nieve.

Echa de menos la consola, sin ella se ve obligada a consultar el reloj de pulsera. Es aún peor carecer del sistema de tiro integrado en la consola.

Necesita una tasa de aciertos muy alta y no sabe si la conseguirá sin ayuda.

Abandona la motonieve escondiéndola entre dos coches aparcados. No cree que pueda necesitarla porque lo más probable es que no vuelva, pero nunca está de más ser previsor. Luego espera, agazapada en una esquina, fuera de la vista del edificio. Debe aguardar cinco minutos; es el tiempo que tardarán las minas araña en llegar hasta su objetivo.

Se obliga a respirar más despacio, a intentar no pensar en nada, pero no lo consigue. De nuevo aparece en su memoria su madre, recostada en la cama. Casi ha olvidado los detalles de la escena; el color de la colcha, si brillaba el sol o no. Sin embargo, recuerda con precisión su rostro exánime, amarillento; el mismo rostro que solía sonreír con calidez, casi toda una vida intentando ayudar a todo el mundo. Su padre había sido muy diferente; gritaba, luchaba, pero su determinación no le sirvió de nada cuando llegó el cáncer. A ambos se los había llevado la muerte como hojas que arrastra el vendaval.

Luego vuelve a pensar en Domingo. ¿Dónde estará? ¿Seguirá vivo?

Recuerda su arranque de rabia en Atocha, sus reproches. ¿Añoraba el mundo, falso y frágil, que compartía con Domingo? Nora no lo sabe, ni siquiera sabe si existía un sitio al que llamar hogar. Duda de todo; sus

vivencias anteriores le parecen como de papel, recortadas por manos expertas, y con apariencia de vida, pero destinadas a arrugarse en el fuego, a convertirse en cenizas y a ser olvidadas.

En un extraño giro de sus pensamientos vuelve a sentir el tacto de Ernesto en su espalda; los largos y suaves dedos recorriendo el contorno de sus caderas, la curva de un pecho. En ese momento, las arañas estallan en rápida sucesión. Las explosiones resuenan como truenos en la ciudad vacía.

Nora corre sobre la nieve. Muy arriba una sección del rascacielos está en llamas. Hay detonaciones secundarias provocadas por el hidrógeno de las pilas de combustible sobrecalentadas, que lanzan llamaradas de fuego al frío aire de la mañana.

No puede detenerse a contemplarlas. Sabe que se estarán activando todas las medidas de seguridad, solo tiene una ventana de unos pocos segundos.

Llega a la puerta principal cuando grandes planchas de acero están subiendo desde el suelo para proteger todo el perímetro. Salta sobre una de ellas. Uno de los sensores la ha detectado, se activa una alarma, pero es una más de las muchas que hay sonando a la vez. En la puerta, detrás de la barrera, hay una docena de polizos con las armas listas que aún no la han visto gracias al traje mimético. Corre a la derecha y se cuela entre la barrera que se alza y el edificio. Encuentra la trampilla que estaba buscando y no se detiene en consideraciones; usa la palanqueta, la abre de un golpe y se tira dentro. Dos segundos después el acero ha cubierto también esa trampilla y los primeros pisos del edificio quedan protegidos por enormes placas de blindaje reactivo.

Está a oscuras en un pasillo de servicio. Parece que no se ha roto nada al caer, solo tiene algunas contusiones no demasiado dolorosas. Abre la bolsa que lleva y, a tientas, encuentra una linterna que se coloca en la cabeza.

Comprueba que dentro hay ropa, un cuchillo, dos pistolas Sig Sauer de alta cadencia con doble cargador, un subfusil ruso del que no conoce ni el modelo y algunas cosas más. Ha practicado con aquellas armas hasta saber que no le van a dar problemas.

Sigue por el pasillo. Ha memorizado el plano completo de su trayecto.

Llega enseguida a su primer desafío, una puerta de seguridad que da acceso a una escalera de servicio. La cerradura es electrónica. Si fuerza la puerta, sabrán que está dentro demasiado pronto. En el mapa que los chicos consiguieron robar no había indicación de qué tipo de cerraduras se habían usado en puertas como aquella. El aspecto del cerrojo es imponente: una

caja de acero azul con dos luces iluminadas. El mecanismo se abrirá solo con una clave de identificación enviada por una consola certificada. Nora saca de la bolsa su arma secreta, un paquete de aspecto anodino envuelto en papel metálico. Lo adosa al cerrojo y lo fija con cinta de alta velocidad.

Cuando está sujeto, tira de un cable y los reactivos químicos que hay en su interior se mezclan. En cinco segundos la temperatura de la cerradura alcanza los tres mil grados. El acero se funde; los cierres por trinquetes y muelles se vuelven fluidos y saltan. Nora inserta la palanqueta y la puerta se abre. Ahora, en algún monitor, habrá activa una alarma por fuego, pero no por apertura forzada. Espera que el polizo al cargo priorice la locura de avisos que tendrá en su consola y considere este un problema técnico para resolver después.

Nora no se puede parar a pensar. Comienza a subir por el pozo de la escalera de servicio. La poca variedad de la decoración favorece a su traje mimético. No engañará a los sensores térmicos, pero confundirá a los visuales. No necesita más.

Está sudando bajo la tecnopiel cuando va por el piso quince, pero no se ha topado con nadie. Ha pasado delante de muchas cámaras, una o dos por piso, y sabe que las protuberancias en paredes y techos son sensores de muchos tipos distintos. Espera que el follón del incendio dure lo suficiente como para que la leve huella que está dejando no sea muy llamativa.

En el piso veinte se encuentra con otra puerta que la impide subir. Esta es mucho más gruesa, de hecho parece la puerta de un submarino o de una central nuclear. Nora no puede abrirla; aquella vía de ascenso ha terminado.

Se quita la tecnopiel y se viste con un traje chaqueta, incluyendo una falda que le llega por encima de la rodilla, medias oscuras y gafas a juego que ha sacado de la bolsa. Saca también un bolso de cuero de aspecto lujoso y dentro guarda el subfusil. En una funda en el antebrazo aloja el cuchillo de hoja ancha. Las pistolas las esconde en dos sobaqueras disimuladas debajo de la chaqueta.

No hay espejos, no sabe qué aspecto tendrá. El pelo le ha crecido mucho, se lo sujeta con una cola de caballo. Encuentra hebras canas mientras se prepara el peinado. No estaban ahí unas semanas antes. Ha perdido la noción del tiempo, de la normalidad. Agarra el pomo de la puerta que le dará acceso al edificio. Antes de abrir recuerda que ni siquiera sabe cuándo fue la última vez que tuvo la regla y no ha traído tampones. Después de la minuciosa preparación, una cosa así puede resultar muy incómoda.

Desecha esos pensamientos, gira el pomo y entra en la parte habitada del edificio con paso decidido, que amortigua la espesa alfombra que cubre el suelo.

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