Nuestro hombre
Capítulo VII
En Saigón, Holbrooke llegó a conocer a muchas personas poderosas y aprendió el salvaje arte de la burocracia.
El verano de 1964, el presidente Johnson reemplazó a Harkins por Westmoreland y a Lodge por Maxwell Taylor. Este no era un político como Lodge (quien se comportaba en Vietnam del Sur como si fuese el jefe de un partido político en Massachusetts), pero había sido uno de los héroes del desembarco de Normandía y uno de los generales favoritos de Kennedy. Creía fervientemente en el poder militar, en especial en la supremacía aérea. Su nombramiento acallaría cualquier crítica del ala dura, a la que Johnson temía más que a los pacifistas, aunque estos fueran cada vez más numerosos. Taylor encajaba bien en ese nuevo planteamiento bélico en que el mando se hallaba en manos de los generales.
Jamás quedó claro quién dirigía en realidad los esfuerzos bélicos estadounidenses en Vietnam. En 1961, Kennedy firmó un misterioso documento que colocaba a todas las agencias estadounidenses presentes en el teatro de operaciones bajo el mando del embajador, excepción hecha del ejército y la Marina, que rendían cuentas al presidente por mediación del
Pentágono[96]. Así pues, la autoridad en Vietnam estuvo dividida desde el inicio, y la doctrina de la contrainsurgencia exigía unidad en el mando. Lodge había intentado salvar esas dificultades puenteando a Harkins en sus comunicaciones con la Casa Blanca, pero ni siquiera un embajador tan poderoso como él podía hacer frente a los militares, que disponían de las tropas y los aviones. La militarización de la política exterior estadounidense empezaba a cobrar impulso. «Es muy triste ver lo que está ocurriendo para alguien formado en postulados teóricos según los cuales el Servicio Diplomático dicta las premisas de la política exterior y las embajadas dirigen
y coordinan las labores estadounidenses en el extranjero»[97], escribió Holbrooke a David Rusk el verano de 1964.
Taylor y Westmoreland no eran el tipo de mentores que Holbrooke habría elegido de manera natural: se trataba de militares modernos, rectos, corporativistas, apasionados de la estadística y la tecnología. No obstante, no dudó en jugar con ellos al tenis en las canchas del Cercle Sportif. Cuando los Rusk llegaron a Saigón, fue a ver con el matrimonio un partido de la Copa Davis entre Vietnam y la India. Acompañó a McNamara a comprar una antigüedad vietnamita para su esposa (el secretario de Defensa resultó ser más agradable de lo esperado). Estar en Saigón implicaba mantener muchos cara a cara con visitas importantes y, de ser necesario, ir a comprar helado de chocolate si alguien lo pedía. Así comenzó el ascenso de Holbrooke como hombre público, más rápido y a una edad más temprana de lo habitual, debido a la guerra.
McGeorge Bundy dijo en una ocasión que 1964 había sido «un año raro»
en Vietnam[98]. Johnson siguió el ejemplo de Kennedy y retrasó la toma de decisiones cruciales hasta pasadas las elecciones. La única pregunta era si Vietnam del Sur, con su retahíla de golpes de Estado, sobreviviría como país hasta noviembre. Lo logró por los pelos: llegado ese mes solo restaban dos opciones: perder la guerra o americanizarla. Como perder —o siquiera negociar una retirada— era intolerable para Johnson, la escalada del conflicto se hizo inevitable. La versión oficial, tanto en Saigón como en Washington, se volvió profundamente pesimista en 1964, cuando se demostró no más esclarecedora que el engañoso optimismo del año anterior. Habiendo fracasado en la gestión política de Vietnam del Sur, Estados Unidos optó por la militarización: la Resolución del golfo de Tonkín, aprobada por el Congreso en agosto, dio a Johnson vía libre. Imaginemos a un tipo intentando clavar un clavo en una pared y dándose cuenta en última instancia de que no entra porque lo que creía que era un listón de madera es en realidad una tubería de hierro fundido. El tipo suelta el martillo, agarra una almádena y continúa golpeando.
El periodo de servicio de Holbrooke terminaba supuestamente en junio de 1965. Después, lo destinarían a Viena, lugar que a Holbrooke se le antojaba
tan poco apetecible como Luxemburgo[99]. Un día de finales de 1964, se topó con U. Alexis Johnson, quien había llegado a Saigón para ejercer como viceembajador con Taylor. Johnson le preguntó a Holbrooke si querría trabajar un tercer año en Vietnam, y como este estaba más que dispuesto, Johnson lo reasignó a la embajada, donde por recomendación de Lake tomó el antiguo puesto de este como asistente del embajador, con un escritorio de trabajo justo ante la puerta del despacho de Taylor, en la quinta planta del edificio.
Los Lake no estaban ya en Saigón. En agosto, Tony había sido destinado como vicecónsul a la vieja capital imperial, Huế, cerca ya de la zona desmilitarizada. A sus veinticinco años, era el mando estadounidense número dos en toda la costa central. Huế era una ciudad tranquila y encantadora. Los niños iban a la escuela en bicicleta y los monjes recorrían las anchas calles vacías en fila india, con sus cuencos limosneros y sus campanas de mano. Desde las faldas de la cordillera Annamita bajaba el río Perfume, cuya parsimoniosa corriente atravesaba la ciudadela amurallada, última morada de los emperadores Nguyễn.
En un primer momento, Hu ế dio a los Lake la vida que ambos deseaban, algo parecido a aquel sueño de Tony de ser embajador en un recóndito país del África Occidental. Se instalaron en un bungaló de madera junto a un canal que daba al río. Toni Ella paseaba al bebé por la ciudad en un carrito de ratán; le gustaba explorar la ciudadela, de una hermosa decadencia. Allí se encontraba el conservatorio de la ciudad, donde tomó clases de dan tranh, un instrumento típico de dieciséis cuerdas. Enseñaba además inglés a estudiantes
de medicina y a niños de etnia [100] montagnard. Él, por su lado, impartía clases de relaciones internacionales en la universidad. Había practicado remo en Harvard, así que se hizo con una vieja canoa individual. Se ejercitaba en el río Perfume, remando en ocasiones hasta un monasterio situado en un pueblo de las afueras, adonde se había retirado Thích Quảng Ðức, el monje disidente que encabezase la revuelta contra los Ngo Ðình, y que acostumbraba comer flores pétalo a pétalo mientras daba enigmáticas respuestas a las preguntas de Lake. De vuelta en el consulado, este intentaba transcribir las charlas en cables diplomáticos. Los Lake invitaban a músicos y a líderes estudiantiles, y prestaban oídos a las críticas que hacían a los generales de Saigón.
Cuanto más escalaba uno en el escalafón de poder en Vietnam, menos sabía. Tras su primer año y medio en la embajada, después de haber estado destinado en provincias, Lake superó a Holbrooke en el escalafón, pero quedó un poco a la zaga en las dudas al respecto de la coyuntura de la guerra. Como asistente de Lodge, Lake leía los optimistas informes redactados tras alguna batalla y acto seguido el periodista Neil Sheehan se presentaba en la embajada y daba al embajador un testimonio de primera mano que contradecía frontalmente la versión oficial. Fue así como Lake empezó a darse cuenta de que los informes mentían. En Huế, el desengaño se aceleró.
En una ocasión, Lake fue invitado a visitar un campo de batalla al sur de la ciudad para ver con sus propios ojos los resultados de la victoria gubernamental sobre un comando del Vietcong. Los vecinos paseaban por los campos embarrados disfrutando de la contemplación de los cadáveres enemigos: a un muerto le pusieron un cigarrillo encendido entre los labios y una zanahoria donde antes tenía el pene, mientras una anciana se acuclillaba junto a un cuerpo carbonizado, balanceándose adelante y atrás. Lake se obligó a continuar con la visita, pues no en vano era el vicecónsul estadounidense y su país estaba en guerra. En una zanja paralela al río Perfume había caído media docena de combatientes del Vietcong, hechos trizas por una ametralladora de calibre 50. El último de ellos casi había alcanzado la orilla cuando un proyectil le había rebanado el cuerpo en dos. Era un hombre de la edad de Lake: su delgado rostro, de aire intelectual, tenía un rictus de terror, y las gafas torcidas estaban aún enganchadas en las orejas. Se hacía raro toparse con un rostro así entre el barro y la sangre. Lake contempló aquella mirada largo tiempo, sin prestar atención al oficial de Vietnam del Sur que le informaba. Aquel chico le recordaba a sus alumnos; se preguntó si, en circunstancias distintas, podría él mismo haber terminado así, y qué significado tenía todo aquello. No podría compartir con nadie esa pregunta íntima, ni siquiera con su mujer, pues lo haría parecer débil. Se encontró, así, con un muro interior: dar demasiadas vueltas a aquello podría hacerle concluir que los estadounidenses no deberían estar allí. Algo que a ningún estadounidense destinado en Vietnam se le habría ocurrido pensar aún.
En Navidad los Holbrooke fueron a visitar a los Lake. En enero de 1965, se desató el caos en Huế.
Los estudiantes y los monjes budistas que se manifestaban contra al último gobierno sudvietnamita ocuparon la universidad. Lake simpatizaba con ellos. Como el Alden Pyle de Graham Greene, esperaba que los budistas ofreciesen una tercera vía entre el Vietcong y los generales de Saigón. Debido a las protestas se interrumpieron las clases de música de Toni, pues su profesor temía que lo vieran en compañía de una estadounidense. Se dispuso un soldado vietnamita para que hiciera guardia en casa de los Lake y cada vez que Toni Ella salía a la calle, se llevaba siempre al bebé y a su perro, por miedo a jamás volver a verlos.
El 23 de enero, una muchedumbre asaltó la biblioteca estadounidense, situada a dos manzanas del consulado. Lake se acercó y vio, entre cientos de manifestantes, a algunos de sus alumnos que estaban prendiendo fuego a los
libros[101]. El enojo le dio el coraje que siempre había buscado en Vietnam sin encontrarlo. Este hecho lo había llevado incluso a dudar de sí mismo; Toni Ella, por su lado, apuntalaba su tambaleante compromiso con la causa estadounidense en el miedo a que cualquier día entrase por su ventana una granada del Vietcong. Conceptos como el de «agresión comunista», el de «autodeterminación» o el de «contención» no alimentan en una situación bélica la lealtad, sino la ira, el miedo y los instintos. Lake se abrió paso entre la multitud y consiguió entrar en la biblioteca. Por alguna razón, recordó un libro que leyera de niño, en el que un gaitero del ejército británico se enfrentaba a un grupo de malayos insurrectos. Aquella absurda imagen victoriana le sirvió de inspiración para lanzarse a apagar el fuego él solo. Lo apedrearon, pero aún bajo el influjo del gaitero se volvió y lanzó una mirada furiosa a la muchedumbre. Las piedras dejaron de caer y al poco el fuego se extinguió; se habían calcinado miles de volúmenes. Esa noche, algunos estudiantes acudieron a casa de los Lake para charlar con el matrimonio y presentar sus quejas, y él les señaló que los carteles de la biblioteca escritos en inglés contenían un montón de erratas.
Las manifestaciones eran cada vez más frecuentes y concurridas. Huế era el epicentro de un levantamiento nacional: tras años de guerra, la población sudvietnamita se volvía contra los estadounidenses y exigían una paz negociada. Miles de budistas emprendieron una marcha hacia el consulado, y Lake recibió un informe del Servicio de Inteligencia según el cual el Vietcong se había infiltrado en la manifestación. Dio instrucciones a los guardias del ejército de que no disparasen, mandó al resto del personal a casa y se encerró tras la puerta blindada de la sala de comunicaciones. Aquello fue mucho peor que las trece horas sentado dentro de una despensa durante el golpe de Estado en Saigón: en esta ocasión, el objetivo era él. Oyó el tumulto y esperó las explosiones, llorando de miedo. Tras una hora y media, los manifestantes decidieron llevar la protesta a otro lugar.
Taylor autorizó a Lake a ordenar la evacuación de todas las familias estadounidenses del Vietnam central. El peligro no procedía únicamente del Vietcong y de los regimientos de Vietnam del Norte, que avanzaban ya hacia el sur a través de la zona desmilitarizada. La propia población sudvietnamita presentaba ya una amenaza en sí.
La guerra promovida por los estadounidenses alcanzaba un punto de no retorno. La primera semana de febrero Johnson envió a McGeorge Bundy, su consejero más agresivo, a Vietnam, donde permaneció cuatro días. No para llevar a cabo una evaluación del conflicto, pues la suerte estaba ya echada (Bundy redactó su informe al poco de llegar), sino con miras a preparar a Estados Unidos para la subsiguiente escalada del conflicto. Bundy visitaba por primera vez Saigón, donde se había producido otro golpe de Estado más. Si su prudencia hubiera estado al nivel de su inteligencia, habría visto, oído y entendido que ese alzamiento de monjes y estudiantes (que había obligado a Tony Lake a encerrarse en lugar seguro y a Toni Lake a huir de Huế) suponía toda una revolución social en el sur, que el apoyo a la guerra estaba evaporándose entre los vietnamitas, que ni todas las tropas de tierra y bombardeos del mundo servirían para que el gobierno sudvietnamita se ganase a su gente, y que la única medida sensata era una retirada pactada. Pero así era McGeorge Bundy, el consejero de Seguridad Nacional de dos presidentes estadounidenses.
El 6 de febrero, en su última noche en Saigón, Bundy reunió a un grupo de estadounidenses en la casa del viceembajador, U. Alexis Johnson. Holbrooke, que estaba presente, durante varias horas escuchó a Bundy hacer una pregunta tras otra a las personas que lo rodeaban en la mesa del
comedor[102]. Algunas llevaban años en el país y tenían mucho que enseñar al consejero, pero, por el contrario, se vieron puestas a prueba por aquel tipo agudo y elocuente, el decano más joven de la Universidad de Harvard. En el momento en que alguien dudaba o hablaba con menos seguridad que Bundy, este dejaba de prestar atención y pedía opinión a otra persona. Holbrooke reverenciaba a Bundy como el tipo de hombre de éxito e «intelectual de acción» en que él quería convertirse. Aunque Holbrooke seguiría aprovechando cualquier oportunidad para conocer a altos cargos como Bundy, aquella noche se le cayó un mito. Dejaron de embelesarlo su inteligencia y tampoco lo perturbó ya su frío desapego al respecto de la guerra, las muertes y la realidad de Vietnam.
De madrugada, pocas horas antes de la vuelta programada de Bundy a Estados Unidos, un comando del Vietcong atacó una base de helicópteros norteamericana cercana a Pleiku, en la planicie central. Ocho soldados estadounidenses murieron, ciento veintiséis resultaron heridos y diez aeronaves quedaron destruidas. Bundy se apresuró a visitar Pleiku junto con Westmoreland para evaluar los daños. La destrucción impactó a ese hombre que jamás había visto la guerra. Dispuso una línea segura con la Casa Blanca e instó a volver a bombardear de inmediato el norte. Johnson ya había elegido los blancos mucho antes. Puesto que Estados Unidos había estado esperando una provocación para lanzar los bombardeos, el ataque del Vietcong podía
juzgarse de providencial[103]. Cuando, de regreso en Washington, un periodista preguntó por qué Estados Unidos había lanzado represalias tras el ataque a Pleiku pero no tras otros ataques anteriores del Vietcong, Bundy replicó: «Los Pleikus son como los tranvías». Siempre vendría otro por detrás y uno podía elegir subirse al que quisiera.
El 8 de febrero, el gobierno de Johnson dio a los dos mil trescientos familiares de militares y funcionarios norteamericanos una semana para dejar el país. Cerraron las escuelas estadounidenses, se vaciaron las mansiones, se despidió a las criadas y las familias se prepararon para despedirse. Toni Lake y su bebé fueron los primeros en llegar a Estados Unidos. Cuando fue entrevistada en el aeropuerto Kennedy de Nueva York por el programa Today, declaró: «Siento mucho haber tenido que dejar a mi marido allí». Al preguntarle qué ocurría en Vietnam, respondió: «El problema en Vietnam es el Vietcong», como buena esposa de un alto funcionario del Servicio
Diplomático[104]. Su esposo se mostró orgulloso de ella, aunque, a decir verdad, cada vez estaba menos convencido de que esa fuese la respuesta correcta. Tras los episodios de violencia vividos en Huế, el matrimonio Lake recibió las noticias de la evacuación con alivio. En unos meses, Tony Lake regresó al Departamento de Estado. Su estadía de dos años en Vietnam había terminado.
Por lo contrario, los Holbrooke no recibieron la orden de evacuación de buen grado. El peligro en Saigón no había aumentado sensiblemente, y dejar el país suponía un gran trastorno en sus vidas. Decidieron que Litty se instalaría en Bangkok durante el último año de Dick en Vietnam, para que él pudiera visitarla al menos una vez al mes. En Tân Sơn Nhất, cuando embarcó en el C-130 de las Fuerzas Aéreas junto a otras compatriotas, Litty lloró. Acababa de enterarse de que estaba embarazada de tres meses.
Tras semanas en curso, la evacuación se justificó ante la ciudadanía estadounidense en los mismos términos, tan retorcidos como engañosos, en que solía operar la Casa Blanca de Johnson: puesto que a partir de 1965 se iría agregando personal estadounidense para dar apoyo a la ampliación del ejército sudvietnamita, se había procedido a repatriar a las familias de los militares a fin de evitar un número desproporcionado de población estadounidense en el país. Sin embargo, en un cable clasificado, Taylor explicaba los motivos reales, políticamente explosivos: se extendían las turbamultas y la violencia en el sur, y era necesario «despejar el terreno como
paso previo a cualquier ampliación de las acciones militares»[105]. Tenían que sacar de allí a las mujeres y a los niños para preparar la escalada del conflicto que Johnson seguía negando públicamente.
En el informe redactado durante su visita, Bundy urgía al presidente a empezar a bombardear de manera sostenida Vietnam del Norte antes de que Vietnam del Sur cayera. La Operación Rolling Thunder comenzó el 2 de marzo y se desarrolló a lo largo de más de tres años y medio, hasta la víspera de las elecciones presidenciales de 1968, en los que se dejaron caer sobre Vietnam del Norte tres veces más bombas de las que se lanzaron en toda la Segunda Guerra Mundial. El 8 de marzo, dos batallones de marines desembarcaron en Da Nang, al sur de Huế, para proteger la base estadounidense: eran las primeras tropas de tierra estadounidenses en Vietnam. Muy pronto, los marines estaban llevando a cabo operaciones en las aldeas y los arrozales de la costa central. Taylor, quien como consejero de la Casa Blanca había defendido en 1961 el envío de tropas al país, se oponía a su intervención ahora que era embajador, y se había familiarizado con el caos de Saigón: en su opinión, estaba arrebatándosele la iniciativa a los vietnamitas y los estadounidenses terminarían convirtiéndose en colonos. Sin embargo, Johnson hacía caso a Westmoreland, no a Taylor, quien para mediados de verano ya se había marchado de Vietnam, al ser reemplazado por el hombre al que él había sucedido, Henry Cabot Lodge. Los bombardeos sobre el norte no produjeron el efecto deseado, así que los suministros continuaron llegando a Ho Chi Minh y las unidades del ejército norvietnamita siguieron infiltrándose a través de la zona desmilitarizada. Hanói, en consecuencia, se negó a dar un paso atrás y en julio Johnson ordenó el envío de otros cincuenta mil efectivos. Para finales de año, había casi doscientos mil estadounidenses en Vietnam.
La orden de evacuación de febrero de 1965 merece apenas una nota al pie en la historia de la guerra, pero en mi opinión marca un antes y un después. Fue el final de la bella Saigón colonial, del pequeño aeropuerto civil de Tan Son Nhut y de la aldea de pescadores de Da Nang. Se terminaron las siestas de sobremesa, las chicas de los clubes nocturnos hablando francés, las meriendas en casas de los diplomáticos y el zoo de Saigón lleno de niños estadounidenses. Se multiplicaban las bases norteamericanas y los B-52, y se extendía el Marlboro de contrabando y la prostitución a escala industrial. Desapareció la vieja embajada junto al río, un edificio de oficinas donde la seguridad era tan laxa que el 30 de marzo de 1965, dos miembros del Vietcong metieron un coche hasta las ventanas de la planta baja e hicieron detonar cien kilos de explosivos, lo que causó la muerte de veintidós personas, casi todas transeúntes vietnamitas. Terminó el opio y empezó la heroína. Los civiles desaparecieron y arrancó la máquina de matar de Westmoreland.
Rufus Phillips regresó a Vietnam en septiembre, por primera vez desde 1963. Hizo un viaje en coche desde Saigón y se quedó atónito al toparse con quince kilómetros de vehículos militares estadounidenses que colapsaban la carretera de Biên Hòa, como si al otro lado los esperasen las divisiones acorazadas soviéticas en el frente europeo de la Segunda Guerra Mundial en lugar de unos guerrilleros escondidos en la selva. John Negroponte, amigo de Holbrooke, declaró que la calle Tu Do era como la neoyorquina calle Cuarenta y dos en Nochevieja a todas horas. «El ambiente en Saigón se está
deteriorando [106] —escribiría Holbrooke más adelante—. Los estadounidenses se están corrompiendo a manos de los vietnamitas. Se están convirtiendo justo en eso que dijimos que íbamos a combatir a lo largo y
ancho del mundo[107]». Los estadounidenses se habían hecho con el control de la ciudad y ahora estaba todo en venta.
A Holbrooke llegó a disgustarle profundamente la orden de evacuación, porque obligaba a los funcionarios a elegir entre la guerra y sus familias, y algunos de los mejores renunciaron a ampliar sus periodos de servicio. Justo cuando Estados Unidos necesitaba personas fiables y entendidas en Vietnam, cayó en picado la calidad profesional. La misión estadounidense acumuló sobras de matrimonios rotos y jóvenes con la cara comida de acné. Algunos tenían talento, pero otros muchos eran refugiados de la vida convencional y curtidos adictos a la guerra, y no tanto la flor y nata del gobierno. En Saigón se acuñó un nuevo proverbio: «No puedes trabajar en contrainsurgencia sin
haberte cargado antes tu matrimonio»[108]. Aquel agosto, en Bangkok, Litty dio a luz en soledad al pequeño David.
La guerra a base de grandes unidades militares arrancó de cuajo lo que quedaba de los frágiles plantones de pacificación que la Oficina de Asuntos Rurales había sembrado en provincias. Los pilotos estadounidenses tenían la orden de regresar a las bases con el compartimento de las bombas vacío. Holbrooke participó en cierta ocasión en un vuelo de inspección junto con Lodge y Westmoreland: «Estos aviones tienen la orden de dejar caer bombas en cuanto vean algo moverse en el suelo —se quejaba un asistente de veinticuatro años al procónsul y a un general de cuatro estrellas de vuelta en
Saigón—. Ahí abajo vive gente»[109]. Holbrooke argumentaba con vehemencia que la «zonas libres de fuego» y el «fuego de acoso e interdicción» eran contraproducentes: la matanza a ciegas solo servía para crear más simpatizantes del Vietcong. Eso lo había aprendido de primera mano en el delta del Mekong, dos años antes, y ahora lo veía en todo Vietnam del Sur. Cuando le dijeron que se trataba de áreas controladas por los comunistas, él respondió: «No, eso es una locura».
Pocos funcionarios, y menos aún de nivel medio o bajo, hablaban a los altos cargos militares de ese modo en Vietnam. Sin embargo, a esas alturas Holbrooke no consideraba a los pares de Lodge y Westmoreland sus superiores. Veía en ellos a hombres bienintencionados pero mal informados que podrían corregir tácticas erradas gracias a la asesoría de alguien que sabía más que ellos. Lodge, por fin, lo atajó: «Está bien que hagas caso a tus miedos, muchacho, pero no te dejes gobernar por ellos».
La duda de Holbrooke, no obstante, se encontraba ya a punto de pasar a una tercera etapa. Tras cuestionar tanto las tácticas como las evaluaciones de estas, empezaba a dudar de la estrategia general estadounidense. La guerra de desgaste de Westmoreland quería alcanzar lo que el general llamaba «el punto de cruce», momento hipotético en que Vietnam del Norte no podría ya restituir sus combatientes al ritmo en que eran eliminados. La estrategia estadounidense era desangrar al enemigo hasta doblegarlo.
El otoño de 1965, Holbrooke se sumó a la sección política de la embajada como periodista de provincias, y fue recopilando información por todo el país
en esa nueva etapa de la guerra[110]. Uno de sus viajes lo llevó a la costa central, concretamente a la provincia de Quảng Nam, donde pasó una semana en compañía del 9.º Regimiento de Marines, destacado al sur de Da Nang. Se presentó ante un general llamado Lewis Walt, un tipo enorme que había luchado con valentía en el Pacífico Sur, marine por los cuatro costados. Walt creía que la pequeña aldea costera donde se entrevistó con Holbrooke era una especie de Iwo Jima, una cabeza de playa que mantener a salvo. Ante la atenta mirada de un grupo de niños, Walt se arrodilló, aplanó con su gran brazo la arena y dibujó dentro de un gran semicírculo el esquema de cómo los marines se desplegarían desde la aldea hacia la zona circundante, la limpiarían de combatientes del Vietcong y luego la entregarían al ejército sudvietnamita, con el objetivo de tender un puente con una zona liberada más al sur: reaparecía el concepto de la «mancha de aceite». «Lo que ocurrirá, señor, será que el Vietcong nos ganará la espalda y volverá a ocupar la zona liberada en cuanto nos retiremos», advirtió Holbrooke, que llevaba en Vietnam dos años más que el héroe de Guadalcanal. Sin embargo, Walt siguió dibujando en la arena. Tenía plena confianza en su plan.
Los marines habían construido una escuela en una aldea cercana. Cuando llevaron a Holbrooke a conocerla, se encontraron con unas ruinas humeantes. Un niño del pueblo le había prendido fuego horas antes, nadie sabía por qué. Algunos vietnamitas odiaban a los marines por el reguero de destrucción que dejaban a su paso o por el mero hecho de que aquella no era su tierra; otros, sin embargo, querían que se quedasen para siempre, porque eran más amables y generosos con los niños que las tropas sudvietnamitas. En cualquier caso, los marines estaban atrapados, pero no parecían haberse dado cuenta.
Unos meses más tarde Holbrooke regresó a Qu [111] ả ng Nam. Lo que vio allí lo conmovió profundamente: los marines habían hecho un trabajo extraordinario al construir escuelas, distribuir fertilizantes y vacunar a niños, pero no habían sido capaces de acabar con el Vietcong. Pese a todos sus esfuerzos, los guerrilleros seguían infiltrándose, poniendo minas y tendiendo emboscadas desde la retaguardia. Los marines no hablaban vietnamita y no tenían ningún interés en conocer la historia del país. No sabían ni dónde estaban. No obstante, todo eso era fundamental para que la estrategia funcionara. «Empezaban a darse cuenta (poco a poco y con un elevado coste de dinero) de que la zona que intentaban limpiar no era una mera cabeza de playa olvidada de la Segunda Guerra Mundial. En aquel conflicto, lo importante era tomar una playa, protegerla de los contraataques japoneses e ir avanzando poco a poco hacia el interior —escribiría más tarde Holbrooke—. No, en esta ocasión, la cabeza de playa era mucho más que una cabeza de playa. En esa costa vivía gente, parte de la cual llevaba años e incluso décadas bajo el control de los comunistas. No iban a cambiar de bando porque regaláramos pastillas de jabón».
Holbrooke concluyó que la estrategia no funcionaría y, además, costaría innumerables vidas, porque lo que los estadounidenses consideraban una pacificación era en realidad una ocupación. Habían sustituido a los franceses.
El informe que Holbrooke redactó sobre la labor de los marines impactó tanto a Lodge, que este se negó a enviarlo a Washington.
Un día de principios de diciembre de 1965, mientras Holbrooke estaba ocupado en el habitual trasiego de funestos cablegramas entre Saigón y
Washington, Lodge lo abordó con un asunto importante[112].
—Muchacho —le dijo el embajador—, he estado reflexionando sobre las Navidades. Aquí estamos, rodeados por la guerra, y todo el mundo cree que vivimos cagados de miedo por la guerrilla. Tenemos que encontrar la manera de dar a entender que no es así en absoluto. ¿Tienes alguna idea?
—No, señor embajador —respondió Holbrooke.
Pero Lodge sí la tenía: celebrar una fiesta de Nochevieja.
—Un fiestón —recalcó— para olvidar por una noche que estamos viviendo en este lugar horrible.
Lodge había perdido parte de la autoridad recabada durante su primer periodo de servicio en el país. En ocasiones, parecía totalmente fuera de juego, y trabajaba apenas cuatro o cinco horas al día, mientras a su alrededor arreciaban las peleas entre los generales y políticos sudvietnamitas. Sin embargo, el asunto de la fiesta de Nochevieja lo cautivó por entero. Se volcó en la elección de los adornos y de la música —a cargo de un conjunto formado por miembros de las Fuerzas Aéreas, llamado The Blue Notes— y, sobre todo, en la confección de la lista de invitados. Una lista de invitados era un importante documento político, aseguró a Holbrooke, pues potencialmente puede crearle a uno enemigos de por vida. Habiendo perdido durante ese segundo periodo en Vietnam su puritana reserva, Lodge dejó claro que sobre todo quería que acudiesen jóvenes, gente «viva de verdad» con ganas de olvidar la guerra bailando hasta el amanecer. Puesto que la evacuación había despojado a la comunidad estadounidense de casi todas sus mujeres, aquellos bon vivants tendrían que recurrir a lo que Lodge llamaba «flores», nombre en clave para las chicas de los clubes. Así, la lista de invitados no dejó de crecer —serían invitados el implacable embajador de Filipinas y también el de Italia, incluida su hermosa secretaria vietnamita—, hasta sobrepasar los trescientos nombres.
Había un problema: en Saigón imperaba un toque de queda a partir de las once de la noche. La embajada no podía anularlo, ni siquiera para una fiesta de Nochevieja, así que como formalidad la invitación rezaba «de ocho a once». Los diplomáticos se presentaron en la residencia de Lodge a las ocho en punto y los «vivos de verdad» comenzaron a llegar un poco más tarde. A las diez y media ambos grupos empezaron a marcharse, para desesperación de los funcionarios de la embajada, que habían creído que nadie respetaría el toque de queda y querían hacer lo posible para que se convirtiera en la juerga para los anales de la historia que había deseado su jefe. Holbrooke rogó, suplicó e incluso amenazó a sus colegas, pero los festejantes, en especial los «vivos de verdad», tenían otros lugares a donde ir, salvo Lodge, que bailaba con la secretaria del embajador italiano y algunas de las «flores», y, por supuesto, los asistentes de Lodge, que no podían irse. Se acercaba la medianoche y la residencia había quedado casi vacía. El embajador seguía feliz en su mundo, bailando aún con la secretaria italiana y cantando al compás de la versión que la banda tocaba de «Georgia on my mind». Holbrooke pensó que, pese a aquel panorama, probablemente a Lodge le parecería que la fiesta había sido un éxito.
Cuando dieron las doce, uno de los músicos gritó «¡Feliz Año Nuevo, mamones!», y acto seguido The Blue Notes se bajaron del escenario, pero el embajador sacó su colección de discos para entretener a sus asistentes cautivos. Así fue como la misión americana de Saigón despidió 1965 —el año de la Operación Rolling Thunder, de los ciento setenta y cinco mil soldados estadounidenses, de las casi doscientas mil muertes y de la total americanización de la guerra— e inauguró 1966, año en que morirían más de seis mil estadounidenses y decenas de miles de vietnamitas, y un millón de personas se verían obligadas a abandonar sus hogares destruidos como refugiadas.
Cuando Holbrooke se marchaba ya discretamente junto con los últimos invitados, Lodge gritó desde la puerta de la calle de su residencia a la cálida y fragante oscuridad: «¡Bueno! ¡Se lo hemos dejado claro!». Holbrooke no lo entendió. «Me refiero a esos guerrilleros… —le explicó Lodge—. Les hemos demostrado que no les tenemos miedo. Aquí podemos emborracharnos y hacer burradas y tonterías igual que en casa».
Fue un extraño giro del destino que, a esas alturas de la historia, con Estados Unidos volcado en una guerra de desgaste que acarrearía una destrucción de alcance demencial, regresara a Vietnam por fin Edward Lansdale.
Hacia principios de 1966, el presidente Johnson pareció darse cuenta de repente de que en la guerra hay que ganar también las mentes y los corazones. Trató de revivir esa premisa con el mismo frenesí ciego que marcó todas sus decisiones sobre Vietnam. Para Johnson, la pacificación era una prolongación de su concepto de la Gran Sociedad, la guerra contra la pobreza librada en las aldeas de las provincias de Quang Ngai y Long An. (Ya había fracasado en su intento de sobornar a Ho Chi Minh proponiéndole una serie de proyectos hidroeléctricos en el río Mekong). El último proyecto en que Holbrooke trabajó en Vietnam tuvo que ver con pacificación y lo desarrolló desde la embajada: «La presión que se ejerce sobre la población para que la producción no se detenga se ha visto incrementada más allá de cualquier medida anterior —escribió a David Rusk—. En consecuencia, reaparece el grave riesgo de que los informes vuelvan al tipo de pensamiento positivo que
plagó la misión de autoengaños en 1963, bajo el mando de Harkins»[113].
El vicepresidente, Hubert Humphrey, quería que Lansdale estuviera en Saigón y Lodge se mostró de acuerdo. Lansdale se instaló en una casa de campo de paredes estucadas de blanco con un equipo de sus antiguos colaboradores de la década de 1950, como Lou Conein y George Melvin, y un entusiasta oficial de los marines, propuesto por el Pentágono, llamado Daniel Ellsberg. Nombraron a Lansdale «asesor especial» de Lodge, cuya misión sería la de insuflar energía y coherencia al calamitoso gobierno de Saigón. La casa de campo se convirtió en punto de encuentro de los líderes vietnamitas, donde se reunían para charlar hasta la madrugada y entonaban canciones populares tradicionales. Sin embargo, Lansdale no contaba con fondos ni tenía autoridad, mientras que la embajada, por su lado, se había convertido en una organización gigantesca, con cientos de funcionarios tratando de llevar a término todos los programas que había traído consigo la americanización. Los métodos de Lansdale sorprendieron a los funcionarios por pintorescos, cuando no por absurdos. Llevaba casi una década sin pisar Vietnam. Su amigo Diem había muerto hacía mucho. Ya no conocía el país como antes y se le había olvidado el idioma vietnamita.
Uno de los principales detractores de Lansdale era Holbrooke, algo que llama la atención, pues tenían la misma perspectiva sobre la guerra. Los gobiernos, no obstante, están formados por seres humanos y no por cargos políticos, y un lugar tan intenso como Vietnam hacía a las personas aún más propensas de lo habitual a rivalidades mezquinas y a odios debilitantes. Si miras las cosas muy de cerca y estás de mal humor, la función pública parece convertirse en un montón de papeleos y enfrentamientos personales. A Holbrooke le disgustaba la burocracia, pero más todavía perder ante un competidor, y su equipo competía directamente con el de Lansdale por ganarse la simpatía de los sudvietnamitas más prominentes, incluidos los últimos gobernantes, el teniente general del ejército del aire Cao Kỳ y el general Nguyễn van Thieu. Además, peleaban por la atención de Lyndon Johnson. «E[dward]. L[ansdale] ha cometido un grave error —escribió Holbrooke a los Lake en Washington—. Ha traído de vuelta consigo a gente que en su día podría haber volado los puentes del río Kwai, pero están ya
mayores y se exponen demasiado[114]».
Holbrooke hizo correr el rumor de que a Lansdale se le había pasado el arroz. Stanley Karnow, periodista del Washington Post, escribió un artículo que apareció en primera plana titulado «Lansdale y sus legendarios milagros,
venidos a menos en Vietnam»[115], que terminaba con una cita anónima de «un curtido oficial estadounidense»: «Estamos enfrentándonos a una organización comunista de enorme eficiencia que debe ser erradicada por otra organización superior. Eso no pueden hacerlo, sin más, unos pocos hombres de buena voluntad».
Enfurecido, Lansdale trató de dar con la fuente. Holbrooke recordó a sus colegas que cada vez que Karnow visitaba Saigón, se alojaba en casa de un joven funcionario de la embajada llamado Frank Wisner. Quien quisiera conocer las fuentes de Karnow debería comenzar por ahí.
Wisner no era un funcionario cualquiera, sino un príncipe del establishment. Su padre, también llamado Frank Wisner, era una leyenda de los operativos de inteligencia que en la década de 1950 había dirigido las operaciones especiales de la CIA; fue, por ejemplo, la mente pensante tras el derrocamiento de gobiernos electos en Irán y Guatemala, así como tras otras tantas dudosas acciones encubiertas, muchas trágicas, llevadas a cabo en el marco de la guerra fría. Wisner padre era también dado a la depresión; en octubre de 1965 puso fin a su vida con una de sus escopetas de caza en la casa de campo familiar de la costa oriental de Maryland. Wisner hijo regresó a Estados Unidos desde Vietnam para asistir al funeral paterno, pero se reincorporó a la guerra de inmediato.
Era un tipo bajo y erguido, apuesto y vividor. Hablaba, entre bromas y veras, un inglés sembrado de expresiones un tanto anticuadas y frases hechas pasadas de moda, y creía en ideas caducas como la de «hacer una buena guerra», es decir, la imperiosa necesidad de ver la acción de primera mano en
algún momento[116]. Acompañaba a los soldados sudvietnamitas en las patrullas nocturnas y una vez se metió en un lío por viajar en un deportivo Triumph hasta la frontera camboyana junto con un par de amigos. Su casa, situada en el número 47 de Phan Thanh Giản, junto al puente de Biên Hòa y a orillas del río Saigón, había sido construida para una de las queridas del emperador. Contaba con un encantador jardín cerrado por un muro y estaba decorada con la colección de porcelana china de Wisner y atendida por un cocinero y una criada. Wisner hijo solía presidir libertinas veladas en que trinchaba carne, servía coñac y proponía historiados brindis.
Vladimir Lehovich, Frank Wisner y unas amigas en una cena en el barrio de Cholon,
Saigón. Cortesía de Vladimir Lehovich.
Aquella casa se convirtió en el epicentro de una elitista vida social que reproducía fielmente en Saigón los vínculos establecidos en Georgetown, en el Upper East Side neoyorquino, en Princeton y en Harvard. Holbrooke no había nacido ni se había educado en ese mundo —las universidades Scarsdale y Brown no entraban en esa liga, ni muchísimo menos—, pero gracias a la guerra lo conocía de primera mano, así que se convirtió en comensal habitual en las cenas organizadas por Wisner. Otra de los habituales era una esbelta periodista de pelo rubio y grandes ojos llamada Frances FitzGerald, a quien todo el mundo llamaba Frankie. Su padre, Desmond FitzGerald, había sido uno de los principales fichajes de Frank padre, y su madre, Marietta Peabody, era una progresista militante, mujer de mundo que había sido amante del director John Huston y del político Adlai Stevenson. Había también un teniente de las Fuerzas Especiales llamado Tobias Wolff. El hermano de este, Geoffrey Wolff, crítico literario en el Washington Post, había trabado amistad con Wisner en Princeton y era su proveedor de novedades literarias. Se había casado además con una de las amigas que Frankie FitzGerald había hecho en Radcliffe. Frecuentaba también esas cenas John Negroponte, futuro embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, quien compartiría apartamento en Saigón con Holbrooke después de que, en una vivienda que compartiera antes, un marinero estadounidense borracho lo había perseguido cuchillo en mano creyendo equivocadamente que quería ligarse a su novia vietnamita. También solía hacer acto de presencia Ward Just, corresponsal del Washington Post que escribiría libros de éxito, como también hicieron Frankie FitzGerald o los hermanos Wolff. Y así otros varios nombres más. Espero que de este modo los lectores sepan entender que hubo tantas versiones de Vietnam como estadounidenses, y que no todos se parecían a los de películas como El cazador o Platoon.
Wisner no tenía a Lansdale en muy alta estima. Decía que su equipo era como un grupo de dobles agentes británicos entrados en años que luchaban por conservar su protagonismo, igual que en El espejo de los espías, la nueva novela de John Le Carré que Geoffrey Wolff le había hecho llegar. Sin embargo, Wisner no era el tipo de hombre que da citas anónimas a periodistas, ni siquiera aunque sean sus invitados. No, Wisner no era la fuente de Karnow. Era Holbrooke. A este le gustaban los periodistas, y disfrutaba jugando a filtrar información para acercarse a sus objetivos. Conoció a Karnow en casa de Wisner y quiso disimular señalando a su anfitrión.
Un capitán del ejército llamado Pete Dawkins dijo en una ocasión a Holbrooke que se le había ocurrido una idea: revertir el ritmo del enfrentamiento bélico y convertir a las tropas norteamericanas en un ejército nocturno como el Vietcong, capaz de luchar a la vez que se desplazaba. Dawkins —delegado de clase y mediocampista estrella en el equipo de fútbol americano de la academia militar de West Point, ganador en 1958 del trofeo Heisman y portada de Life— estaba pensando en presentar la idea a Westmoreland. Intrigado, Holbrooke le pidió echar un vistazo al documento clasificado en que la exponía. Dawkins se lo entregó reticente, con la condición de que le fuera devuelto en veinticuatro horas y no lo mostrara a nadie. Unos días más tarde, la idea del «ejército nocturno» era objeto de reflexión en un artículo de R.W. Apple Jr. Aparecido en el New York
Times[117]. Dawkins, quien temió que aquello pusiera fin a su carrera, perdonó al final a Holbrooke, a quien le había gustado la idea y quería apostar por ella. Con respecto al engaño… así era Holbrooke.
Lo que no he llegado a comprender es por qué Wisner guardó silencio tras conocer la traición de Holbrooke a Lansdale. Por qué, en lugar de hundirlo, Wisner se convirtió en su mejor amigo de por vida. Quizá aceptó la traición como el precio que pagar por el placer de contar con una amistad así. Quizá fuera la caballerosidad de Wisner, y que Holbrooke supiera que podía contar con ella. Frank, pensó, actuaba con la apuesta gracilidad de los personajes de
F. Scott Fitzgerald, compañero suyo en Princeton[118].
Comoquiera que fuese, los episodios de este tipo empezaron a multiplicarse: eran los primeros gusanos de la manzana podrida. Los conocidos de Holbrooke se percataron de que los febriles aires del Saigón ocupado estaban subiéndosele a la cabeza. A Ward Just le pareció demasiado ambicioso para darle su confianza y evitó recurrir a él para recabar información. «Tienes un resplandeciente futuro por delante —le dijo a Holbrooke un alto cargo administrativo de la embajada—. Pero ascenderás
más rápido si vas más despacio[119]».
Había llegado el final de sus días en Vietnam. En la primavera de 1966, Litty y el bebé zarparon desde Bangkok para, rodeando medio mundo en barco, llegar hasta Roma, donde Holbrooke se reuniría con ellos. En la Casa Blanca le esperaba un puesto, y en Georgetown algo igualmente importante: Wisner había avisado a su madre, la recién enviudada Polly Wisner, de que lo invitara a cenar. En su salón, le serían presentados a Holbrooke los grandes hombres del siglo americano.