Nuestro hombre
Puesto que he perdido la esperanza
Doce años. Los que correspondieron a su cuarentena y un par más. Tres elecciones presidenciales. Las guerras en Camboya, El Salvador, Nicaragua, Etiopía, Mozambique, el Líbano, Irán e Irak ardieron con furia hasta extinguirse. La guerra en Afganistán no terminaba nunca. Llegó la democracia a la cuenca del Pacífico. Sadam Husein engulló Kuwait y luego tuvo que regurgitarlo. Cayó el muro de Berlín y terminó la guerra fría, con sus millones de víctimas sin nombre. Yugoslavia se desmembraba, la Unión Soviética desaparecía y Estados Unidos se convertía en superpotencia. Holbrooke engordó cinco kilos y sus hijos se hicieron hombres mientras él esperaba nuevos avatares del destino.
El escenario cambió a Nueva York, justo cuando estaba inaugurándose el carnaval de Wall Street. Holbrooke ganaba dinero por primera vez y se hizo un nuevo grupo de amigos de alcurnia, porque eso es lo que ocurre cuando uno va cumpliendo años y escalando en la sociedad. Y también se echó novias, ¡claro! Todas esas cálidas luces de Manhattan hacen que nuestro hombre se nos difumine por temporadas a lo largo de la década de los ochenta: el resplandor mismo que desprende nuestra cámara lo torna cada vez más indistinto. Sin embargo, jamás se atenuó la luz interior de ese cerebro inasequible a la fatiga. Sin descanso, Holbrooke se posicionaba, se vinculaba, aprendía, se abría de miras, sondeaba, se preparaba para lo único que contaba de verdad.
Doce años eran muchos años de espera. Al final de ese periodo, estaba ya royendo los barrotes de su celda.
Holbrooke sabía que Carter perdería en 1980. La crisis de los rehenes estadounidenses en Teherán y la invasión soviética de Afganistán permitieron a Ronald Reagan afirmar con rotundidad que el presidente de la paz, el presidente de los derechos humanos, había debilitado a Estados Unidos. Las cosas tenían cada vez peor pinta en los hogares, en el centro de las ciudades, en las gasolineras, en la economía en general. Carter terminó su legislatura igual que el típico conductor que en mitad de un deslizamiento de tierra se pone a hurgar en el motor de su coche para intentar averiguar por qué no arranca. En algunos aspectos, se adelantó en una generación a su época, pero no tenía madera de líder, y un líder es lo que quieren los votantes, aun cuando les mienta.
Clark Clifford, que supo susurrar al oído del poder desde tiempos de Truman, vio un cambio político mayúsculo, de esos que se extienden durante más de un ciclo electoral. Holbrooke apuntó en su cuaderno: «Clifford. Los demócratas llevan en punto muerto cuarenta años, viviendo de las rentas de la
coalición de Roosevelt. Esta coalición, sin embargo, está desintegrándose»[1].
A unos días de las elecciones, Holbrooke se dispuso a meditar sobre cuál sería el siguiente paso que daría. Llegada la segunda semana de noviembre, propuso a editores y agentes escribir un libro sobre el futuro de las relaciones
entre Estados Unidos y los países asiáticos[2]. Cada vez que se salía del gobierno, planeaba ponerse a escribir, algo que llevó a término solo en una ocasión (y no fue esta). A. M. Rosenthal, redactor jefe del Times, le ofreció un
puesto en el periódico que lo había rechazado en 1962[3]. La oferta, no obstante, llegaba en un mal momento. Holbrooke tenía deudas y algunos de sus amigos, como Clifford, al que le iba muy bien económicamente, le aconsejaron buscarse un segundo trabajo más lucrativo. Holbrooke no necesitó que lo convencieran. «En el mundo del periodismo me consideraban un burócrata y en el gobierno, un periodista, de modo que siempre me he sentido un extraño en ambos ámbitos —escribía a principios de 1981—. Así pues, ahora intentaré dedicarme a algo que siempre me ha sido ajeno: los
negocios[4]» En su cuaderno, anotó un verso del poeta Robert Frost, «el
trabajo es un juego en el que te juegas la vida»[5]..
En Georgetown, a principios de la década de 1970, Holbrooke había llegado a intimar con Peter Peterson, hijo del propietario de un restaurante griego en Nebraska, que fue secretario de Comercio de Nixon durante un año y luego se hizo con la vetusta firma de Wall Street, Lehman Brothers. Holbrooke había contratado al hijo de Peterson para Foreign Policy, el cual le abría las puestas de su casa a Holbrooke cada vez que este pisaba Manhattan. Dos semanas después de la derrota de Carter, almorzaron juntos en el hotel
Carlyle, en el Upper East Side[6]. Holbrooke enumeró las empresas a las que había ayudado a entrar en los mercados asiáticos: Chase Manhattan, Pan Am o Weyerhaeuser, entre otras. Dejó claro que conocía a todos los cabecillas de los gobiernos de Extremo Oriente. Contaba con las referencias de Rockefeller, Cyrus Vance e incluso de Henry Kissinger.
Entre las empresas de Wall Street había una larga tradición de contratar a grandes hombres de gobierno, y a la inversa. Lehman Brothers sumó a sus filas a un ya anciano George Ball, vicesecretario de Estado de Kennedy y Johnson, quien había ayudado a organizar el derrocamiento de Diem en Vietnam y pasó a ser luego una de las voces discrepantes respecto a la guerra dentro de la Casa Blanca. Holbrooke también tenía cierto nombre, pero no podía compararse con Ball. El declive de las élites WASP estrechaba el túnel que conectaba Washington y Wall Street. Los fondos de inversión contrataban a licenciados en empresariales con conocimientos de banca provenientes de las mejores universidades. Holbrooke no tenía ni idea cómo funcionaban los bancos y Lehman no tenía sitio para alguien con su perfil.
Sin embargo, en enero, un banco de larga trayectoria le propuso un acuerdo diferente: Lehman contrataría a Holbrooke como consultor privado en Washington y Pekín, lo que en tiempo de trabajo le exigiría un cuarto de su jornada laboral, a cambio de una remuneración de cuarenta mil dólares
anuales más bonificaciones[7]. La idea le resultaba atractiva y no tenía otras propuestas en el horizonte.
Sin embargo, lo llamó entonces su amigo Jim Johnson con una propuesta. Johnson y Holbrooke se habían conocido en Princeton en 1969 y aquel, originario de Minnesota, había terminado convirtiéndose en el asesor más cercano de Walter Mondale (y único amigo de Holbrooke en el terreno hostil en que se había convertido para este la Casa Blanca de Carter). Mondale era el candidato presidencial más probable del Partido Demócrata para 1984 y Johnson, por así decirlo, le guardaba la puerta. Todos los demócratas ricos del país querían conocerlo, así que ¿por qué no entrar juntos en el mundo de la consultoría y ofrecerse a empresas que buscaban desenvolverse mejor en el sector público?
Era este un nicho de mercado relativamente novedoso en Washington: no se trataba de ejercer presión al estilo lobby, sino de ofrecer asesoría estratégica: abrir puertas y, a la vez, vender opiniones. La tarjeta de visita más eficaz de Holbrooke era China. Tras la normalización de las relaciones diplomáticas, él se había encargado de gestionar los vínculos económicos y culturales, y en el verano de 1979 acompañó a Mondale a un viaje de alto perfil a Pekín que supuso el primer remache en la nueva relación. Johnson ofreció a Holbrooke el cargo de subdirector de asuntos internacionales y le ofreció una participación del cuarenta por ciento. En caso de que a alguien se le pasara por alto el carácter político de la iniciativa, tendrían su sede en un edificio de la calle M, donde también se encontraba el bufete de Mondale. La empresa se llamaría Public Strategies, Inc. Holbrooke aceptó en la misma conversación telefónica.
Empezó a sacudir el árbol de las empresas que podían tener interés en expandir su actividad comercial por Asia y el Pacífico: Seagram’s, John Deere, Levi Strauss. Escribió a Lester Crown, principal accionista de General Dynamics y excompañero de clase de Jack Valenti —director de la Motion Picture Association of America— en la Escuela de Negocios de Harvard, a quien Holbrooke había conocido en la Casa Blanca de Johnson (esto es lo que hoy llamaríamos «capital social»):
Estimado señor Crown: Por sugerencia de Jack Valenti me pongo en contacto con usted para
proponerle entablar con ustedes una relación profesional mutuamente beneficiosa, la cual, además,
favorecería a los intereses estratégicos y de política exterior de nuestro país. Me interesa debatir con
ustedes la posibilidad de desarrollar una minuciosa y eficaz estrategia mercadotécnica para vender
la aeronave FX a los cinco estados miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático[8].
El señor Crown no mordió el anzuelo, pero Edgar Bronfman, de Seagram’s, sí (por cincuenta mil al año), y también Hyundai (por treinta mil más seis mil en dietas) y Nike, que quería abrir fábricas en la República Popular. Holbrooke aconsejó a Philip Knight, presidente de Nike, que eliminase de las etiquetas de sus zapatillas el Made in Taiwan R. O. C. para
no ofender a Pekín[9].
Durante los viajes de negocios, incluidos los muchos que hizo a la capital china, Holbrooke era recibido por los más altos cargos como si siguiera representando al gobierno estadounidense. Fue el primer funcionario en sacar partido de su antiguo cargo público para beneficio propio: en 1981 había casi siete mil grupos de presión en Washington, número que crecía astronómicamente. No sería ni mucho menos el último. Sin embargo, aquellos tejemanejes olían un poco a corrupción, lo suficiente, al menos, para
incomodarlo[10]. Su coartada fue siempre el interés nacional de su país.
Holbrooke compró una elegante casa en el límite de Georgetown y dejó el cuarto de invitados de la casa Harriman en la calle N, donde había vivido como un ocupa durante dos años. Harriman ya había cumplido los noventa, pero insistió en caminar con Pam las tres manzanas que los separaba de la nueva casa de Holbrooke para conocerla. Echó un vistazo al piso de arriba y al de abajo, baños incluidos.
—Bonita casa —declaró—. [11] ¿Cuánto te ha costado? —Ya conocía la respuesta, pues le había prestado a Holbrooke cincuenta y siete mil
dólares[12].
—Doscientos cincuenta mil.
—Vaya, la misma cantidad que pagué por la mía.
—Averell, eso fue hace más de veinte años —puntualizó Pam.
El Cocodrilo no solo se había quedado medio sordo y medio ciego, sino que se le había agriado el carácter. Pero sonrió.
Holbrooke nunca había tenido dinero. Seguía siendo un poco tacaño: jamás dejó el hábito de endosar las cuentas de los restaurantes a los amigos. Invertía el dinero en hacer que su estilo de vida se pareciese un poco más al de las personas que lo rodeaban. Fue como cuando descubrió a los treinta y un años que las mujeres querían meterse en la cama con él, algo que jamás digirió del todo. «El dinero no me interesa —escribió en una ocasión—. Lo
que me interesa es lo que uno puede hacer con él[13]». Era una manera algo moralista de aclarar que las complejidades de las finanzas le aburrían, que no tenía ningún interés en hacer un seguimiento de lo que ganaba y que se había metido en todo aquello por las cosas a que el dinero le franqueaba acceso: el poder y la cercanía a personas que podrían resultarle útiles en su otra profesión, la que de verdad le importaba.
A lo largo de la década de 1980, muchos creyeron que jamás volvería a haber un presidente demócrata. Reagan había descubierto la fórmula perfecta para la supremacía republicana: ondear la bandera y no preguntar nada a la ciudadanía. Hinchar el presupuesto de Defensa y recortar impuestos. Hacer que Estados Unidos ganase más medallas que nadie en las Olimpiadas. Contraatacar al comunismo con pequeñas guerras sucias que no costaban ni una vida estadounidense. Si tocaba enviar tropas al campo de batalla se declaraba la guerra a un pequeño país isleño, como Granada. Si en Beirut casi trescientos estadounidenses saltaban por los aires al inmolarse unos terroristas secundados por Irán, se retiraba a los marines del lugar y se cambiaba de tema (por el amor de Dios, ¡no se podía airear la propia impotencia, como hizo Carter con la crisis de los rehenes!). Aquello bastaba para seguir ganando, aparentemente.
La generación de demócratas de Holbrooke no era capaz de quitarse de encima el sambenito de la debilidad. Se lo habían colgado en Vietnam: el apellido que los republicanos habían asociado de manera más inmediata con los demócratas no era McNamara, sino McGovern, como si arrastrarnos a una guerra imposible de ganar fuese perdonable, pero oponerse a ella, no. No había manera de revertir aquella situación: Carter había sido un corolario del Watergate, un inútil paréntesis en veinticuatro años de mandato republicano desde 1968. Holbrooke pensó que los activistas demócratas estaban escorando el partido demasiado a la izquierda. Los progresistas no podían seguir a la defensiva y debían empezar a aplicar un discurso fuerte, haciendo sangre de los errores cometidos por la derecha. Respaldó que se les proporcionaran armas a los rebeldes anticomunistas en Afganistán y Nicaragua. «Una política exterior progresista no tiene por qué identificarse con una política exterior débil —escribió al senador Gary Hart, un nuevo astro que ya ascendía en el cielo demócrata—. Es necesario no quedarse en afirmar, sin más, que conocemos los males del comunismo. Debemos saber, por ejemplo, cómo demostrar que entendemos la importancia estratégica de América Central mejor que Reagan y que podríamos aplicar políticas mejores para proteger
nuestros intereses allí[14]».
Holbrooke clamaba por los derechos humanos en política exterior, pero
tampoco con gran ímpetu[15]. Quería que Estados Unidos fuese fiel a sí mismo dando un ejemplo de presión calma, no intimidando ni interfiriendo. Era un excepcionalista estadounidense, pero deseaba que el Departamento de Estado dejase de publicar su informe anual sobre el estado de los derechos de humanos en el mundo. No le gustaban la arrogancia moral de la izquierda aislacionista ni tampoco la de la derecha chovinista. Los derechos humanos debían ser una baliza, no una maza. Holbrooke trataba de posicionarse en algún lugar a medio camino entre palomas y halcones.
Una de las cosas buenas de la política exterior es que uno puede disponer determinados términos abstractos de la manera que mejor le convenga: «los valores e intereses», «la paz a través de la fuerza», «el pragmatismo wilsoniano», «un idealismo realista». Libros, congresos y facciones de partidos se empapaban de este lenguaje sin sentido, sobre todo cuando uno u otro partido político perdían poder. Este lenguaje, sin embargo, no solucionó los problemas de Holbrooke ni de los demócratas, que necesitaban imperiosamente volver a entrar en liza. Para ello, habría que esperar al final de la guerra fría.
Holbrooke sabía que daba igual si la ciudadanía estaba o no de acuerdo con los demócratas sobre asuntos específicos, como los referidos al control de armamento. Lo que importaba era la impresión de liderazgo. A finales de 1982 escribió a Mondale:
Quieren como comandante en jefe a alguien de quien fiarse a pies juntillas y que sepa verse las
caras con el líder soviético de turno. Alguien que haga a los estadounidenses sentirse fuertes y
orgullosos, que proteja el honor y la seguridad del país sin meternos en guerras ni embrollos en el
extranjero. Los detalles de casi cualquier asunto relativo a la política exterior se le hacen demasiado
complejos al estadounidense de a pie, así que tenemos que mostrarnos dispuestos a dejarlos en
manos del presidente, al menos mientras nos fiemos de él. El simbolismo, creo, tiene un peso
mucho mayor en asuntos de política exterior que en las cuestiones domésticas cotidianas, en que el
votante puede calibrar los discursos, y comparar las promesas con la realidad de los hechos[16].
Reagan era imbatible en lo referido a ese simbolismo. En 1984, Mondale perdió todos los estados, salvo el propio, Minnesota. Fue una derrota peor que la de Carter, ya de por sí devastadora. Esas elecciones marcaron asimismo el final del modelo de negocio de Public Strategies. ¡Se acabó estar guardando la puerta de entrada a la Casa Blanca!
Tras la votación, el constructor multimillonario Larry Tisch preguntó a Jim Johnson que tenía pensado hacer después de aquella nueva victoria conservadora. Johnson no tenía ni idea. Los socios estaban ganando cientos de miles de dólares al año, pero para mediados de la década de 1980, las cifras dejaron de revestir importancia. Johnson se sentaba en el despacho de Tisch en Manhattan solo porque a este le caía bien y porque el apellido de Mondale aún tenía peso. «¡Ya está! —exclamó Tisch—. Vende la empresa a Saatchi & Saatchi». Pidió a gritos a su secretaria que le pusiera con Goldman Sachs y al tipo de Goldman le pidió, también a gritos, que llamase a Maurice Saatchi a Londres para solicitarle que comprara Public Strategies y que Goldman avalase la operación.
Holbrooke, sin embargo, objetó: si iban a vender, primero tendrían que hacerle una oferta a Lehman. La firma, que había sido comprada por Shearson/American Express, había dado de lado a Peterson. El nuevo director general, Peter Cohen, le dijo a Holbrooke: «Si vais a vender, me lo tenéis que vender a mí». Al día siguiente, Lehman ofrecía cinco millones de dólares por Public Strategies. Johnson y Holbrooke se llevarían sendas indemnizaciones de un millón de dólares. Así pues, en 1985, se convirtieron en directores ejecutivos en Lehman y entraron a trabajar como banqueros de inversión en el recién inaugurado World Financial Center, junto a las Torres Gemelas de Manhattan. Holbrooke ni siquiera se esforzaba por disimular que aquel nuevo empleo no le interesaba lo mínimo.
Se había mudado ya a Nueva York. Su novia, Diane Sawyer, trabajaba allí.
Se habían conocido en Washington, en 1979. Ella mediaba la treintena y era corresponsal en la redacción de la CBS en Washington. Para acallar los cotilleos se veía obligada a trabajar muchas horas extras. A sus espaldas, se le criticaba que hubiera sido coronada Miss América Júnior en el certamen celebrado en Louisville en 1963, cuando estudiaba el último curso de secundaria, y siguiera conduciéndose con la gracilidad de una dama, algo bastante provocativo dado el estilo desgarbado imperante en la década de los setenta. Por otro lado, hubo de imponerse a su propio glamour y atractivo: tenía largas piernas, boca sensual, ojos azul oscuro y un pelo tan sedoso que podría hacer las veces de edredón de lujo, y tan resplandeciente que servía de lamparita para leer en la cama. Lo peor de todo es que había trabajado seis años codo a codo con Richard Nixon: dos en el gabinete de prensa de la Casa Blanca, a las órdenes de Ron Ziegler, levantando endebles parapetos para contener el Watergate, y a continuación cuatro años más en la casa de Nixon en San Clemente (California), ayudando al malogrado expresidente a escribir sus memorias. Solo alguien realmente leal a Nixon podría hacer algo así. Eso sorprendió a los veteranos de la CBS, como Dan Rather, que fue incapaz de
comprenderlo y juzgó que alguien así no podía trabajar en esa cadena[17]. Sawyer hubo de reivindicarse aceptando todos los pequeños encargos que le hicieran, por poco apetecibles que le pareciesen. Era tan diligente, tan inteligente y tan agradable que muy pronto se había ganado a la redacción entera.
Al cabo, fue ascendida para cubrir la actualidad del Departamento de Estado. En los primeros días de la crisis de los rehenes de Irán, se hizo fuerte en las oficinas y estuvo durmiendo en un sillón una semana. Llamó a todos los funcionarios que encontró en los listines telefónicos de la cadena y, cuando se dirigió a Holbrooke, este se ofreció de modo voluntario como
fuente y le brindó instrucciones diversas[18]. Las filtraciones que consiguió elevaron su estatus en la CBS. Cuando Blythe desapareció del panorama, Holbrooke empezó a quedar con ella. Se creaba así un patrón de relaciones con mujeres que, en su opinión, estaban por encima de él, socialmente hablando. Su amiga Sally Quinn lo veía cada vez más inseguro y obsesionado por complacerlas; lo cual, según ella, lo hacía a la vez muy abrazable, pero poco atractivo en el plano sexual.
La ansiedad que le despertaban las mujeres por las que tenía sentimientos prendía en él breves fuegos de introspección. Le ocurrió con Kitty, con Toni y, de nuevo, con Diane. En su cuaderno, a principios de 1981, apuntó: «DS: ¿Estará tranquila? ¿O está manteniendo el control? Está controlada, pero no estoy seguro de que esté tranquila. Yo creo que estoy tranquilo, pero creo que no mantengo el control […]. Me estoy vaciando, porque ella recibe, pero es incapaz de dar; no es capaz de aceptar el amor como algo real porque se ve inferior, indigna de ser amada, aunque lo entiende todo. Es como lo que decía Groucho Marx, que no entraría en un club que lo aceptara a él como miembro. Tiene que mostrarse más sincera respecto a en qué punto se
encuentra esta relación»[19].
Holbrooke mostró a Diane el mundo como ella jamás lo había visto. Hicieron un duro viaje a través del Tíbet, soportando baños sucios de las estaciones de autobuses a mareantes altitudes de más de cinco mil metros, con espectaculares vistas del Everest. Las entradas de su diario de viaje a cuatro manos son largas disquisiciones sobre los monasterios budistas y la historia y cultura de ese pueblo. La entusiasta curiosidad viajera de Holbrooke se entrevera con comentarios joviales, como cuando se mete con Diane por dar propinas sustanciosas a fin de aliviar su sentimiento de culpa conservador. Su prosa, en efecto, parece siempre mirar de reojo, como a la expectativa de ser leída. Diane, por su lado, hace observaciones breves, no demasiado personales. En la carretera hacia Lhasa, un camión se cruzó con ellos. El lector tiene la impresión de estar leyendo las palabras de una mujer que se permite acomodarse entre los brazos de un hombre a quien está condenada a abandonar algún día.
—¿Has visto a los que iban en el camión? —pregunta él.
—No —responde ella—. Estaba mirando hacia el otro lado.
—¡Tienes que ser más observadora! Si te cruzas con un camión, hay que
mirar a la gente que viaja en él. Así es como se conoce un país[20].
Diane caía bien a todo el mundo, tanto a sus amigos como a sus compañeros de trabajo, y siguió siendo maravillosa con su equipo aun tras ascender en el escalafón hasta trabajar en los noticieros matutinos de la cadena. Holbrooke la animó intentar copresentar el programa y, cuando ella obtuvo el puesto, él negoció el contrato y, por fin, decidió seguir sus pasos
hasta la Gran Manzana[21]. Vivieron como ocupas en el apartamento de Diane, situado en el Beresford, un lujoso edificio que se alzaba junto al lado oeste de Central Park, con los colchones en el suelo y una nevera siempre vacía: la morada de dos personas sumamente ocupadas. Ella se despertaba antes de las dos de la madrugada y la recogían para ir al estudio; algunas madrugadas, Holbrooke la acompañaba por las calles oscuras, proponiéndole preguntas con que buscarle las cosquillas a McGeorge Bundy o acorralar a Zbigniew Brzezinski. Además, Holbrooke incordiaba al productor del programa para que le diera más tiempo a su novia en el noticiero matutino. Por fin, una vez terminado el programa, le hacía a Diane una crítica pormenorizada, que iba desde la postura hasta al atuendo, pasando por el pelo. Una vez llamó a Larry Tisch, propietario de la CBS, para quejarse de que Howard Stringer, el director general de noticias, no había felicitado a Diane, cuando no era cierto. Stringer no entendía por qué una mujer tan capaz como Sawyer dejaba que su novio interfiriese de ese modo en su trabajo. «No hagas así las cosas —le reprochaba Sawyer—. ¿Por qué no acudes directamente a mí?».
El caso es que ella se lo permitía. Holbrooke realizaba el trabajo sucio pero necesario que Diane quería evitar para preservar su enigmática gracilidad. Nadie tenía la llave que abría la caja fuerte de Diane (al menos, Holbrooke no) y esa realidad lo llevó a esforzarse aún más en ello. Durante una visita a la casa vacacional que Peter Tarnoff tenía en Nueva Escocia, en Canadá, Holbrooke le dijo a Diane: «Tú lo has tenido todo fácil. Yo he tenido que pelear como un animal por todo lo que tengo, porque por algún motivo no le caigo bien a la gente».
Diane y Holbrooke formaban una de esas parejas poderosas de Manhattan en una década marcada por la ostentación televisada. Se hace raro recordar que en los ochenta no había nadie más famoso que los presentadores de los informativos televisivos. Cuanto tenía que ver con esos hombres y mujeres — sus salarios millonarios, sus rivalidades, hasta sus peinados— era noticioso, a veces incluso más que las propias noticias que narraban (como cuando la ABC y la NBC trataron de fichar a Sawyer; al final, se llevó el gato al agua la ABC). Las cadenas daban comienzo así al largo proceso de evisceración de su división de noticias. Fue la última época en que los estadounidenses dejaron de ver, desde sus salas de estar, a quienes les servían el mundo en bandeja (algunos de ellos, periodistas) como autoridades que unificaban la realidad. Se trataba de un punto intermedio entre la sobriedad de la guerra fría y la morralla del famoseo, entre Walter Cronkite y Laura Ingraham. La nación seguía necesitando las noticias, pero quería entretenimiento, así que las cadenas derramaron purpurina y polvos mágicos sobre sus presentadores y los convirtieron en estrellas de cine. Todo eso llamó la atención de Holbrooke, que se buscó la manera de aparecer en el programa Nightline cada vez que la actualidad internacional requería su presencia.
Diane Sawyer y Richard Holbrooke. Jeanne Trudeau.
Una vez, probablemente en 1985, una vecina del edificio Beresford vio a Dick y Diane de pie junto a Central Park esperando un coche, y se detuvo a observarlos. Holbrooke lucía elegante y apuesto con un abrigo de cachemira azul marino con el cuello levantado. Sawyer, tan alta y tan rubia, era como una aparición. Aquella vecina, Kati Marton, estaba casada con otra personalidad de las noticias televisivas, Peter Jennings. Pensó: «Qué pareja tan glamurosa. Este es sin duda el lugar que les corresponde».
Holbrooke se declaró a Diane y le pidió matrimonio. Quería tener hijos. Ella declinó. Los amigos dejaron de notar la calidez entre ambos. Eran afectuosos y se hacían favores el uno al otro; ella dependía de su consejo y protección, él se solazaba en su compañía mientras la veía consolidarse en su celebridad, al pasar del informativo matutino al programa 60 Minutes, también en la CBS. Diane, sin embargo, solía quejarse a Judy Gelb de que Holbrooke la agotaba: llenaba de amigos la casa de vacaciones de Connecticut cuando Diane lo único que quería era leer en paz, y nunca parecía disponer de efectivo para pagar los taxis cuando viajaban juntos. Esas quejas llegaron a oídos de Holbrooke, como ella pretendía, pero él lo negaba todo.
El otoño de 1987, un amigo le dijo a Diane en presencia de Dick:
—El tiempo pasa, ¿cuándo os vais a casar?
—Cuando aparezca el hombre adecuado —soltó ella.
Y el hombre adecuado terminó apareciendo. Se trataba del escenógrafo y director de cine Mike Nichols. Diane lo había conocido a finales de 1986, en la sala de espera de primera clase del aeropuerto parisino Charles de Gaulle de París, antes de volar en supersónico Concorde a Nueva York. Nichols se le
acercó por detrás de una palmera: «Eres mi heroína», le dijo[22]. «Y tú el mío», repuso ella. Nichols acababa de divorciarse de su tercera esposa y estaba dispuesto a tener un romance con una mujer que estaba teniendo un romance con otro hombre (Sawyer y Holbrooke vivían juntos). El verdadero obstáculo, no obstante, fue la adicción de Nichols al somnífero Halcion, que lo hacía delirar. Cuando se rehabilitó y recobró la cordura, él y Diane empezaron a verse más asiduamente para almorzar juntos.
Una jornada de septiembre de 1987, poco antes de regresar de un viaje de trabajo al extranjero, Holbrooke propuso a Diane que fueran a cenar la noche de su vuelta. Ella le dijo que no, que había quedado con Mike esa noche, y que, por favor, se marchara de su apartamento. Y eso hizo él al día siguiente.
Para hacerlo oficial, Diane filtró la historia a Liz Smith, amiga y columnista del corazón. Antes de que saliera, fue a buscar a Holbrooke a su escondite de turno, el apartamento de Pete Peterson a orillas del East River, y le explicó lo que iban a contar en el Daily News. La pieza decía: «Es cierto: tras su divorcio, Mike Nichols parece profundamente enamorado de Diane Sawyer. Pero ella sigue dejándose ver con su pareja de varios años, el antaño gran valor del Departamento de Estado, el alto y guapo Richard
Holbrooke»[23].
Holbrooke se recompuso —como siempre— y garabateó una nota para Liz Smith: «Mis amigos (los tres) me han preguntado si, en su columna del 1 de octubre, lo de “antaño” se refiere solo a “gran valor del Departamento de Estado” o también a “alto y guapo”. Estoy persuadido de que, como he vuelto a ser el mismo tipo sin remedio de siempre, tengo que procurar, al menos, seguir siendo alto y guapo, pero mis amigos (ambos) me dicen que eso es
evidentemente absurdo»[24].
Fue un esfuerzo valiente. Los amigos de Holbrooke nunca lo habían visto tan decaído. Había intentado ser grande para que Diane Sawyer lo admirase, pero la perdió a manos de un refugiado judío alemán que la hacía reír. Tras siete años, tuvo ocasión de relajarse. Una noche, Holbrooke, muy desanimado, compartía una pasta al nero di seppia con su amigo Wisner, quien se vio impelido a preguntarle qué sentía más magullado, si su corazón o su ego. ¿Cuál era la diferencia? Ya resulta difícil para quienes gestionan su vida afectiva lejos del centelleo de los diamantes, pero la distinción se desdibuja cuando tu novia te deja el mismo mes en que es portada de Vanity Fair. En ese número, Diane aparecía con un vestido negro enseñando el hombro, una pose y atuendo cuyos riesgos y beneficios habían calculado juntos, precisamente.
Sawyer y Nichols se casaron en la primavera de 1988 y su matrimonio duró hasta la muerte de este, en 2014. Ella continuó acudiendo a Holbrooke en busca de consejo profesional y él en su despacho colgó otra portada de revista enmarcada, en la que aparecía el rostro de Diane.
En julio de 1986 murió Averell Harriman, a los noventa y cuatro años. Holbrooke escribió a Pam una carta de diez páginas que rebosaba dolor, amor
y agradecimiento[25]. Le dijo que su difunto marido había vivido «la vida del siglo». Holbrooke intentó describir cómo había sido trabajar para Averell, lo impaciente que se mostraba Harriman con el pensamiento abstracto, su perenne confianza en sus propios instintos. «Parecía capaz de resolver ecuaciones muy complejas en su cabeza, pero no de explicar cómo lo hacía». En esa carta de pésame también se preguntaba por qué Harriman no había consumado sus más elevadas ambiciones —convertirse en un político exitoso y ser secretario de Estado—, especulando que se debía al malestar que le causaba el progreso personal sin tener misiones concretas en pos de las cuales trabajar. (La falta de sentido del humor de Averell decidió pasarla por alto). «Era en especial eficaz cuando lo enviaban a solucionar algún problema o a poner arreglo a una crisis concreta —escribió Holbrooke—. Sin embargo, será a él, y no a los hombres galardonados con los premios que él codiciaba, a quien recuerden por sus logros históricos y, en última instancia, por su personalidad imponente».
En este halago había algo más que una pequeña aspiración. ¿Puede alguien convertirse en un gran hombre sin detentar un gran título? ¿Se puede hacer historia sin haber sido más que secretario de Estado adjunto para Extremo Oriente? Uno puede contemplar decepcionado cómo su carrera va extinguiéndose poco a poco, chisporroteando igual que una vela a punto de apagarse, y esperar luego, cuando uno se ha muerto, una carta escrita por su discípulo predilecto. Y eso, siempre y cuando la personalidad de uno encaje con el sentir del momento, las crisis superadas gracias a sus esfuerzos hayan sido lo bastante graves y, en general, sus logros perduren en el tiempo.
Holbrooke se encontraba entre las setecientas u ochocientas personas que acudieron al funeral de Harriman, celebrado en una iglesia episcopaliana de la Quinta Avenida, y formó parte también del reducido grupo de amigos y familiares que acompañaron el coche fúnebre. Este, escoltado por la policía de Nueva York (la estatal y la de la ciudad), cruzó el río Hudson por el puente George Harrison y remontó sus orillas hasta la finca de los Harriman. El obispo Paul Moore —el mismo que había casado a Holbrooke y Blythe— ofició otro responso con Harriman de cuerpo presente, junto a la sepultura de Marie Harriman. Los invitados se reunieron a continuación para almorzar en la mansión familiar, mientras los enterradores remataban la faena. Solo dos o tres familiares de Harriman sabían que la tumba estaba vacía (aunque la historia se filtró al Washington Post dos meses después, pese a los esfuerzos
de Holbrooke, quien, por Pam, intentó que aquello jamás se supiera[26]). El cadáver de Harriman se hallaba en realidad en un tanatorio de un barrio residencial de las afueras de Nueva York, donde se conservaría refrigerado hasta que finalizaran las obras del lugar de reposo final que Pam había escogido en secreto, junto a la orilla de un lago, a unos cinco kilómetros de la supuesta tumba oficial. En ese segundo trozo de tierra se erigiría una lápida con la siguiente inscripción: PATRIOTA, SERVIDOR PÚBLICO, ESTADISTA, y habría espacio para una segunda sepultura, la de Pam.
Durante los ochenta, en esos años en que se volcó en cuidar de su avejentado esposo y aun tras la muerte de este, Pam se convirtió también en la principal recaudadora de fondos para el Partido Demócrata. Puso en marcha su propio comité de acción política, al que llamó PamPAC, con razón social en la casa-pensión de los Harriman. El PamPAC organizaba «veladas de debate» sobre cuestiones candentes, que se celebraban en el gran salón de la
casa principal y en las que se servían langosta a la crema y champán[27]. Los participantes conversaban sobre, por ejemplo, políticas energéticas. Los comensales eran notables acomodados —el astronauta John Glenn, el gobernador Mario Cuomo, el senador Gary Hart— que pagaban el cubierto a mil dólares para echar un capote financiero al debilitado partido. Pam se anticipaba a las necesidades de todo el mundo, como hiciera antes con el heredero de Fiat, el productor de Broadway y el gran hombre que se le acababa de ir. Ayudó a los demócratas a recuperar la mayoría del Senado en 1986. Finalizada la década, había conseguido recaudar doce millones de dólares.
Holbrooke se había convertido en uno de los miembros más importantes del círculo intelectual creado por Pam: cuando telefoneaba a su despacho, siempre le atendían al primer timbrazo y en ocasiones ella grababa las
llamadas para tenerlas como[28] [29] referencia. Holbrooke aconsejaba a Pam respecto a cuestiones de diversa índole y también a la hora de confeccionar las listas de invitados. La ayudó asimismo a conseguir una codiciada plaza en el Consejo de Relaciones Internacionales. Solía oficiar los actos de recaudación del PamPAC Clark Clifford, el caballero de voz aterciopelada, cabello plateado y corteses maneras, que también era cofideicomisario del patrimonio legado por Harriman, valorado en cien millones de dólares (casi la totalidad fue a parar a manos de Pam, con fideicomisos para sus herederos). Clifford era el último de los eslabones que seguían vinculando a Holbrooke con el amanecer del siglo americano y la mesa de póquer de Harry Truman. Harriman estaba más alto en el panteón que Clifford, el cual había prestado servicio en el gobierno solo seis años a lo largo de su carrera de cuatro décadas en Washington. Sin embargo, los ventanales del bufete forrado de boiserie de Clifford daban directamente a la plaza Lafayette y a la Casa Blanca, y tanto su trayectoria como su estilo eran los de un insider tan bien conectado y respetado por todos, tan enterado de todo (abogado de Jack Kennedy, miembro del consejo de Phillips Petroleum y Knight Ridder y el único de los altos cargos de Johnson que salió de la guerra con mejor reputación de la que entró), que seguía infundiendo respeto con solo levantarse de su sillón de oficina o alzar el auricular del teléfono.
(De izquierda a derecha). Richard Holbrooke, Pamela Harriman, Sandy Berger y hombre
no identificado. Cortesía de Estate of Robert Knudsen. Robert L. Knudsen Photography, Inc.
En una ocasión, la empresa DuPont fue investigada por incumplir la legislación antimonopolística cuando estaba siendo representada por Clifford. Este habló con gente que conocía en el Departamento de Justicia y se las arregló para convencerlos de que los cargos no tenían fundamento. Envió a DuPont una factura por setecientos cincuenta mil dólares, lo que motivó la airada respuesta por escrito de su presidente, Irving Shapiro. Clifford habló con él por teléfono y le explicó que le había ahorrado a la empresa diez millones de dólares en costas al impedir que el procedimiento siguiera adelante. «Ahora puedes hacer dos cosas —propuso Clifford a su cliente—: pagar la factura por el monto que indica, y que no pienso rebajar, o no pagarme nada. Si no me pagas, seguiremos siendo amigos y jugando al golf, pero jamás me pidas que trabaje con vosotros de nuevo». DuPont terminó pagando.
Harriman había alcanzado logros que Holbrooke admiraba (se sentía especialmente orgulloso de la negociación con los soviéticos del Tratado de Prohibición de Ensayos Nucleares en 1963), pero de Clifford admiraba la personalidad y el carisma, algo que jamás podría emular. «Tú y yo jamás seremos así», le dijo una vez a Peter Duchin, pianista y director de orquesta judío que se había convertido en una especie de hijo putativo de Averell y Marie. Ellos estaban destinados a observar desde fuera el mundo WASP, como niños que mirasen dentro de una casa asomados a una ventana. Sin embargo, Holbrooke no era capaz de resistirse al cálido resplandor que desprendía aquel interior. «En ocasiones, Clark Clifford genera a su alrededor un halo de magia —dejó escrito en un cuaderno—. Uno sabe que ese halo es, al menos en parte, una ilusión, pero es muy intenso, así que al final te lo crees
o quieres creer en él[30]». Cuando en 1987, Clifford, a sus ochenta años, se dirigió a él para pedirle ayuda en la redacción de sus memorias —la guinda a una carrera de leyenda—, Holbrooke aceptó de inmediato. ¿Acaso McGeorge Bundy no había escrito en la sombra las memorias de Henry Stimson, otro viejo titán del siglo americano por antonomasia? Holbrooke cobraría medio millón de dólares que Mort Janklow, agente literario de Clifford, había obtenido de Random House. Decidió ayudar a uno de sus ídolos mientras esperaba que las cosas se pusieran de nuevo en marcha en su vida profesional.
Sin embargo, antes tenía que preguntar en Lehman.
Con la salida de Peterson en 1983, Holbrooke había perdido a su principal paladín en el seno de la firma, aunque en general seguía gozando de las simpatías del consejo de administración. No porque llegase a cerrar ningún acuerdo —cosa que nunca hizo—, sino porque esos mismos banqueros que tan conscientes eran de sus propias carencias vivían fascinados por la inteligencia y mundología política de Holbrooke, de igual modo que este vivía fascinado por el dinero de ellos. Con independencia del éxito y la riqueza, los banqueros tendían a ser personas obtusas y grises, y Holbrooke era un compañero abierto, multicolor. El responsable en Lehman de las relaciones con el gobierno nunca había trabajado en Washington, así que Holbrooke se encargó de instruirlo. A los ejecutivos les gustaba volver al despacho y contar que habían almorzado con Holbrooke. Este les explicaba a los altos cargos de Lehman la actualidad de China y Corea, e incorporaba a las charlas nombres como Phil Knight o John Glenn, les hacía hueco a algunos colegas en el Consejo de Relaciones Internacionales, y se inventaba sus propias normas, porque las finanzas simple y llanamente le aburrían.
Aun así, para sobrevivir en ese mundo había que andar con un cuchillo entre los dientes. En Lehman, la codicia y el humo de los puros nublaban el juicio y espoleaban la cuchillada por la espalda. Un día de finales de 1986, Holbrooke subió a la planta decimoctava, donde se encontraban los despachos de los directores financieros —Sherman Lewis y el enfant terrible Peter Solomon— para pedir una mayor bonificación anual. Aquel era un aspecto del mundo financiero al que sí dedicaba toda su atención: desde la compra de Lehman por parte de Shearson/American Express, Holbrooke había estado cortejando al presidente de esta, James Robinson (pese a encontrarlo intelectualmente anodino y absorto en sí mismo), al punto de descuidar el
departamento que le pagaba el salario[31]. Así pues, sus jefes decidieron divertirse un poco a su costa:
SOLOMON: Me alegro de verte, Dick, ¿cómo estás? Sherman, este es Dick Holbrooke. HOLBROOKE: ¿A qué te refieres con eso de «verte»?
LEWIS: Dick, no te he visto en todo el año. ¿Qué te trae por aquí? HOLBROOKE: Peter me ha pedido que suba para que hablemos de mi bonificación. LEWIS: Pero ¿por qué con nosotros? Creía que estabas dedicando todo tu tiempo a Jim
Robinson. No creo que nosotros podamos subirte la bonificación.
La conversación se prolongó unos diez minutos. Holbrooke salió de la sala disgustado.
Al día siguiente, abordó a Solomon en la puerta de su despacho.
—Peter, ¿alguna vez te has planteado entrar en el CRI?
—No, ¿qué es eso?
Holbrooke le explicó el trabajo que se hacía en el Consejo de Relaciones Internacionales.
—Alguien como tú tendría que estar en el CRI.
Lo que Holbrooke le planteaba como una obviedad se volvió para Solomon irresistible. Holbrooke imaginó que al final se saldría con la suya. Era el tipo de maniobra de Holbrooke que obligaba a aguantarle cualquier cosa, si uno tenía redaños. Al cabo, consiguió que le subieran la bonificación (aquel año fue de un cuarto de millón de dólares), que se sumaba a su salario de medio millón de dólares anuales.
Llegado el otoño de 1987 (más o menos la época en que Diane estaba a punto de dejarle), hubo cambios en el terreno de juego. Fue un año de tendencias a la baja en la bolsa que culminaron en el peor crac bursátil desde 1929. Shearson Lehman se había volcado en el mercado de acciones y trataba de encontrar financiación para no quedar a la zaga de su contrincante, Drexel Burnham, así que no restaba ya espacio en la firma para un banquero de inversión que no cumplía objetivos. Cuando Clifford le ofreció trabajar con él un tiempo, Holbrooke pidió autorización a Vincent Mai, alto cargo de Lehman, de origen sudafricano, y uno de sus pocos amigos en Wall Street, sin sospechar que este iba a comunicarle su inminente despido.
«Me encanta trabajar aquí y creo que tengo un gran futuro —argumentó Holbrooke—. Pero si crees que me perjudicará, lo asumiré».
Mai, que era un tipo de una decencia impecable, vio la manera de evitarle un desagradable incidente a Lehman y de salvar a Holbrooke del desastre. Aconsejó a Holbrooke explicar a la empresa que le habían hecho una oferta muy interesante, aceptar trabajar menos horas por menos salario y ayudar a aquel gran estadista a escribir sus memorias.
A finales de octubre, Clifford y Holbrooke se reunieron con el editor de Random House, Peter Osnos, en el despacho que el primero tenía en el centro de Washington; no en su bufete, sino a tres manzanas de distancia, en First American Bankshares. Esta era una nueva empresa donde Clifford había entrado con un cargo ejecutivo cuando comenzó el lento declive de su bufete de abogados, durante los años de Reagan. En una ocasión, Clifford dijo a Mort Janklow que quería ser el tipo que amenazase a los congresistas más hostiles con no concederles la hipoteca que necesitaban. Las dependencias del banco estaban forradas de caoba y decoradas, en el mismo estilo clásico estadounidense de la séptima planta del Departamento de Estado, con piezas de la colección familiar de la señora Clifford, entre ellas un sillón que había pertenecido al estadista Daniel Webster y una serie de estampas firmadas por Currier & Ives que representaban a veintisiete presidentes estadounidenses a
caballo[32]. Por esta razón, sorprendió a Peter Osnos enormemente que los propietarios que aparecían en los folletos del banco tuvieran aspecto árabe.
Durante el almuerzo, Clifford confesó que le había costado trabajo terminar la autobiografía de su amigo Dean Acheson y aún más las de Henry
Kissinger y George Ball[33]. Le preocupaba no tener la capacidad de escribir un libro interesante, que vendiera. De hecho, las memorias de los grandes hombres casi siempre resultan decepcionantes (de esto hablaré más adelante).
Osnos dijo a Clifford y a Holbrooke que sin duda terminarían escribiendo un libro de éxito, pero que «debería transmitir toda la verosimilitud. Los lectores han de tener la certeza en todo momento de que las cosas ocurrieron así».
Holbrooke se entregó en cuerpo y alma al proyecto. Dedicó horas y más horas a trabajar en el elegante despacho de Clifford, registrando sus declaraciones y relatos en una grabadora: este hablaba con el mismo deje teatral, con una cadencia segura y énfasis susurrados que se habían ganado la confianza de los presidentes demócratas y sus potentados clientes, si bien su dicción se había ralentizado y vuelto pastosa. Holbrooke peinó los recuerdos de Clifford y lo obligó a evocar nombres propios largo tiempo olvidados. Ahí estaba Holbrooke, a los cuarenta y seis años, en su culmen intelectual, convertido ya en un emblema de la ambición descontrolada, subyugando su ego alegremente a la tarea de sacar con sacacorchos antiguas batallitas a un hombre ya antiguo de por sí. ¿No resulta sorprendente? La magia de Clifford lo había hechizado, pero ¿qué lo impulsó a dejarse las pestañas en aquello durante meses, sino el encantamiento de la historia?
Desde su llegada el verano de 1945 a la Casa Blanca en calidad de asistente de Truman, Clifford había representado el internacionalismo progresista que luego Holbrooke haría suyo. En los asuntos nacionales, Clifford siempre tiró de Truman hacia la izquierda. En política exterior, lo ayudó a hacer realidad la doctrina Truman, el Plan Marshall, el reconocimiento del Estado de Israel por parte de Estados Unidos y la ley de Seguridad Nacional de 1947, en virtud de la cual se crearon el Departamento de Defensa, la CIA y la Consejo de Seguridad Nacional. En palabras de Acheson, Clifford estuvo presente en la creación de las estructuras que habían convertido Estados Unidos en una potencia global, cuando dimos la espalda a un siglo y medio de mirarnos el ombligo y asumimos el liderazgo del mundo libre.
Podría decirse que Clifford encarnaba lo mejor y lo peor de los Hombres Sabios. En julio de 1965, en Camp David, intentó en calidad de ciudadano particular convencer a Johnson de no enviar cincuenta mil soldados a Vietnam, argumentando de manera apasionada y contrariamente a la postura de los asesores del presidente, en especial McNamara, que la guerra era imposible de ganar, que se alargaría al menos cinco años más y costaría cincuenta mil vidas de compatriotas y cientos de miles de millones de dólares:
«Será nuestra ruina»[34].
Sin embargo, cuando el presidente hizo caso omiso de sus consejos, Clifford pasó al otro lado del espectro y se convirtió en un halcón exaltado, que argüía las mismas razones a favor de la guerra que había descartado antes en Camp David; todo ello por pura lealtad a Johnson, por un mal entendido compromiso con las políticas en curso y por la necesidad de no cerrarse puertas en la Casa Blanca. Entonces, en enero de 1968, justo antes de la ofensiva del Tet, Johnson lo llamó en sustitución de McNamara en el Pentágono. Por primera vez, Clifford se volcó en el estudio concienzudo de Vietnam y retomó su opinión primera, la de que la guerra no podía ganarse. Se pasó su año como secretario de Defensa intentando cambiar el rumbo del barco. Para Holbrooke, que había trabajado en Vietnam sobre el terreno, todo aquello era un auténtico manjar intelectual.
Ahora tocaba ponerse a escribir. Eso es lo que hacen los «negros» de los famosos: apuntar cada puñetera frase que sale por boca de estos para ganarse el honor de aparecer en versalitas —y antecedido el nombre por una conjunción copulativa— en la portada del libro (el contrato obligaba a que el nombre del autor apareciese al doble de tamaño que el del «coautor»: CLARK CLIFFORD y RICHARD HOLBROOKE). Entregaron su muy trabajado manuscrito y Holbrooke se sintió como la madre de alquiler que entrega a su bebé tras parir cuando aún no ha dejado de sangrar. Solo lo recordarían, si acaso, las matronas de aquel parto. John F. Kennedy, entonces senador, publicó Perfiles de coraje (su padre movió hilos para que le concedieran el Premio Pulitzer de 1957), pero un periodista afirmó que el verdadero autor del libro era su ayudante, Ted Sorensen, sin acreditar; fue entonces cuando Clark Clifford, abogado de Kennedy, obligó a los informativos de la ABC a retirar la acusación, amenazando educadamente con una demanda judicial. Los «negros» son un escándalo literario tolerado, pero su presencia queda flotando en el ambiente como el eco de una voz ajena, que desvirtúa veracidad y verosimilitud. Por esta razón, entre otras, digo que las memorias de los grandes hombres suelen decepcionar.
En su despacho del Senado, Kennedy tenía a una despampanante
recepcionista llamada Pam Turnure[35]. Un día de 1958, con la campaña presidencial en el horizonte, Kennedy mandó llamar a Clifford. El senador estaba metido en un buen lío. Solía verse regularmente con su recepcionista en el apartamento de esta, situado en el segundo piso de una casa de Georgetown. La pareja que vivía en el primero, que se había percatado de las idas y venidas del famoso senador, se coló en el apartamento de Turnure, instaló un micrófono en su dormitorio, taladró un agujero en el suelo, tendió un cable hasta su casa y lo conectó a una grabadora. Tras hacerse con el explosivo material, se pusieron en contacto con Kennedy y le exigieron como rescate un cuadro de Modigliani propiedad de su padre.
«No soy el tipo de abogado ideal para un caso como este —confesó Clifford a su cliente—, pero conozco a otro que sí lo es». Propuso que Joe Kennedy se pusiera en contacto con un exagente del FBI llamado James McInerney, quien sabía manejarse muy bien por las cloacas de Washington. McInerney investigó el pasado de la pareja chantajista y descubrió que ambos tenían antecedentes por malversación de fondos. Les hizo una visita en su casa y les dijo que tenían dos semanas para dejar la ciudad: «Si no os marcháis, os arrepentiréis toda la vida. De hecho, si no os largáis y volvemos a saber de vosotros, os mataremos».
Matar, lo que se dice «matar».
Por estas cosas, entre otras, algunos hombres poderosos contrataban los servicios de Clifford, a fin de que los sacara de líos. Desde luego, esa historia no tenía cabida de ningún modo en sus memorias. Clifford no quería avergonzar a Jackie Kennedy y tampoco sentirse él mismo avergonzado. Ni siquiera dejó que Holbrooke grabara su voz mientras lo relataba. El «negro», no obstante, escribiría en sus notas esta historia, entre signos de exclamación.
No era de esperar que Clifford contase la verdad sobre Pam Turnure. Pero ¿y la esposa de aquel? Cuando Holbrooke entrevistó a Marny Clifford, esta le
contó cómo había conocido al que se convertiría en su marido[36]. En 1929, recién cumplidos los veinte años, coincidieron en un crucero por el Rin. Marny jugaba al bridge con sus compañeras del Wellesley College, con quienes había emprendido aquel viaje de estudios, cuando un apuesto joven se acercó a la mesa y dijo: «No he podido jugar una buena partida de bridge desde que salí de Estados Unidos». «Tendrás que inventarte una excusa mejor para hablar con nosotras», le espetó Marny. Se levantó así la veda del coqueteo. Ella estaba bebiendo vino blanco y, entre el alcohol y el calor, empezó a encontrarse muy mal, pero no le importó: «Bueno, no lo veré nunca más». Sin embargo, Clark y un amigo suyo siguieron los pasos de Marny y las amigas de esta, incluso tras haber terminado el crucero, a través de Italia y hasta París.
No es una historia demasiado elegante, pero es buena. Su traslación al formato de las memorias, sin embargo, no le hace justicia:
Había a bordo un grupo de seis jóvenes chicas estadounidenses de viaje de estudios
universitarios. Me fijé de inmediato en una chica rubia, alta y delgada, y Lou eligió a una pelirroja
preciosa. Las estuvimos observando desde cierta distancia; luego nos acercamos y les preguntamos
audazmente si podíamos acompañarlas y pasar el día juntos para hablar inglés, porque el francés y
el alemán solo los chapurreábamos. La oferta fue aceptada cortésmente[37].
Cuando Holbrooke terminó el libro, Clifford insistió en leérselo en voz alta de principio a fin, vertiendo sobre cada palabra esa voz suya, como de bourbon que se derramaba sobre cubitos de hielo, igual que si quisiera apropiarse de la historia: un ejercicio de droit du seigneur que restauraba el vínculo entre autor y escribiente.
Sin embargo, Clifford hacía bien en preocuparse. Lo último que un gran hombre quería ver en sus memorias era verosimilitud. Holbrooke había escrito de esa manera desde los días del delta del Mekong, en un momento en que no era una figura lo suficiente importante como para mostrarse insincero. Ahora atesoraba cierta celebridad, y había escrito un libro con la voz de otro personaje más célebre que él mismo, acerca de una serie de acontecimientos históricos en que aparecían personajes aún más famosos que uno y otro. En el fondo, un libro como aquel estaba abocado a ser un fraude. No quiero decir que lo que se cuenta en él sea inventado y tampoco que sea demasiado autocomplaciente (todas las autobiografías lo son). Me refiero a que tras el abnegado funcionario público y serio estadista al que otros calificaban de «amable», «encantador» y «cautivante», tenía que haber, por fuerza, un monomaníaco insaciablemente ambicioso. Y lo era tanto que había aceptado dirigir un banco con ochenta años (sobre First American aparece media frase
en todo el libro[38]). En efecto, tras ese personaje debía ocultarse un tecnócrata tan sutilmente despiadado que era capaz de espantar a una pareja de chantajistas o hacer desaparecer una demanda por prácticas monopolísticas; un hombre tan obsesionado por el poder y el dinero que en
ocasiones renegaba de dos de sus tres hijas adultas[39]. Ese personaje, mucho más vivo que cualquier Hombre Sabio, quedó tan bien disimulado en esas memorias como Pam Turnure. Clifford, igual que Acheson y Kissinger, se las arregló para pasar por un tipo aburrido.
Richard Holbrooke y Clark Clifford en Washington. Diana Walker/ The Life Images
Collection/Getty Images.
Counsel to the President: A Memoir fue un gran ejemplo de título de su género. En la primavera de 1991 apareció por fascículos en el New Yorker (a Holbrooke también se le acreditó) y terminó escalando hasta la cima de los superventas. Pam Harriman organizó una fiesta en la calle N para su amigo el
literato, a la que asistieron cuatrocientos dignatarios de Washington[40]. Sin embargo, en el momento de su coronación última, a Clark Clifford se le torció todo.
La semana en que iba a celebrarse la fiesta en casa de Pam, saltó a la prensa que el First American Bankshares había cometido una ilegalidad, pues su verdadero propietario era el Bank of Credit and Commerce International (BCCI), con sede en Pakistán. El BCCI se había servido de esos inversores de aspecto árabe que aparecían en el folleto de First American como testaferros para formalizar la compra, recurriendo asimismo a la excelente reputación de Clifford, al que se consideraba dotado de gran habilidad para engañar a las autoridades estadounidenses. El BCCI se dedicaba a lavar dinero para los cárteles de la droga, para terroristas y para dictadores como Sadam Husein o Manuel Noriega. Clifford no solo era el presidente de First American, sino que representaba como letrado a esta firma y al BCCI. Tanto él como su socio, Robert Altman (casado con Lynda Carter, la primera actriz que encarnó a la Mujer Maravilla), habían sido agraciados con un generoso préstamo en forma de acciones del BCCI por un valor inferior al real, por la venta de las cuales obtuvieron unos pingües beneficios compartidos de 9,8 millones de
dólares[41].
Cuando salieron a la luz las actividades delictivas del BCCI, Clifford afirmó desconocer quiénes eran los verdaderos dueños de First American. «Tengo dos opciones: quedar o bien como un estúpido, o bien como un
mercenario»[42]. Y como es habitual, eligió lo primero. El senador John Kerry celebró una serie de audiencias que tuvieron gran repercusión y en Manhattan se presentaron cargos por soborno. Altman fue absuelto en última instancia, y Clifford evitó el juicio por su edad y su delicado estado de salud, aunque se enfrentó a demandas civiles con multas de cien millones de dólares. El escándalo manchó su reputación para los restos, mandó a pique su bufete de abogados y hundió las ventas del libro, que salió de la lista de superventas a la vez que su autor se erigía como símbolo de la corrupción washingtoniana. «Me he convertido en un paria —se lamentó ante Holbrooke—. Ni mis
amigos de toda la vida me devuelven las llamadas[43]».
Pero había más. En los seis años posteriores a la muerte de Harriman, su patrimonio, del que Clifford era uno de varios fideicomisarios, menguó en treinta millones de dólares, y específicamente se vieron reducidos los fondos reservados para el futuro de los descendientes de Averell. Una parte se perdió en malas inversiones inmobiliarias y otra financió el caro estilo de vida de Pam. Para compensar esas pérdidas, hubo de vender un Matisse, un Picasso, un Renoir, y las dos casas de la calle N. Pam culpaba a su viejo amigo Clark por negarse a pagar más de un millón de dólares como aportación para
compensar esa pérdida[44].
Para entonces, Clifford se había retirado de la vida pública. Murió en 1998, a los noventa y un años. Sobre su lápida no aparecen inscritas las palabras: «Aquí yace un titán en Washington del que probablemente no hayas oído hablar». El negro que escribió la autobiografía de Clifford nunca dejó de creer en la magia de este. Holbrooke siempre pensó que los escándalos de corrupción fueron un lapsus de madurez que no llegaba a empañar la figura del gran hombre.
Holbrooke desentrañaba la vida y las obras de Clifford, mientras intentaba no dejar de vivir las suyas propias. Las diferencias entre unas y otras resultan instructivas y, a mis ojos, hasta conmovedoras.
A finales de los ochenta, Holbrooke compartía un apartamento tríplex en el Upper East Side con su hijo menor, Anthony, al que habían expulsado del internado por fumar marihuana y estaba terminando la secundaria en Nueva York. La vida académica de Anthony se había visto llena de vaivenes y tropiezos, y a Litty se le había agotado la paciencia. «He pasado demasiado poco tiempo con él, sobre todo a finales de los setenta», reconoció
Holbrooke[45]. Así pues, padre e hijo vivieron juntos varios años, como dos solteros desaliñados. Iban juntos a ver la lucha libre al Trump Plaza, en Nueva Jersey, e incluso salieron por la misma época con una madre y una hija. David también pasaba tiempo con ellos y consiguió, gracias a su padre, un empleo en la NBC. Holbrooke empezaba por fin a intimar con sus hijos.
Las novias iban y venían. Una de ellas era una elegante y esbelta holandesa que trabajaba en una agencia de fotografía y pasaba los fines de semana en la casa de campo que Holbrooke poseía en los bosques del condado de Litchfield, en Connecticut. Pero Holbrooke terminó cansándose de su cándida alma artística, y la dejó por la descarada y pícara redactora de una revista nacida en Inglaterra, a la que ya veía en Nueva York de vez en cuando, y que le presentó a famosos como Mick Jagger. Estuvo quedando también por una temporada con una interiorista bastante reconocida pero emocionalmente frágil; se vio con la viuda del crítico de teatro británico Kenneth Tynan; frecuentó a la futura vicegobernadora del estado de Nueva York (republicana); tuvo un lío con una célebre actriz de cine y otro con una chica con quien un compañero de trabajo lo vio meterse en el baño de un avión de Eastern Airlines; salió asimismo con una tal Stormy y, por fin, con la esposa de un taimado político local neoyorquino. Fue en ese momento cuando las cosas empezaron a cobrar forma de vodevil.
Holbrooke acompañó a la mujer del taimado político a un viaje a Puerto Rico, donde ella poseía una empresa de telefonía móvil. Reservaron vuelos y hoteles distintos. Sin embargo, el político —que había grabado conversaciones telefónicas de los amantes y las había filtrado al New York Post (aunque luego cambió de opinión y contrató a un abogado para que la historia no saliera a la luz)— siguió a los dos amantes hasta San Juan. De madrugada, empezó a aporrear la puerta de la habitación de hotel de ella, gritando «¡Sé que estás ahí, Holbrooke! ¡Abre la puta puerta!». Holbrooke, quien en efecto estaba allí, agarró su ropa y se ocultó en el balcón, hasta que por fin el político dejó de gritar y se marchó. También Holbrooke decidió marcharse. Tuvo la prudencia de esperar y bajar con el ascensor directamente al garaje, pero resultó que el tipo estaba esperándolo allí, sentado en un banco, carcajeándose.
Cuando Holbrooke quiso poner fin a aquella aventura romántica, la esposa del político, también muy proclive a los ataques de celos, se presentó en el apartamento de aquel y empezó a aporrear la puerta, como hiciera su marido. Holbrooke tuvo que pedir silencio a sus hijos, que disfrutaron de una gran oportunidad de conocer la faceta más mundana de su padre, hasta que la mujer se cansó y se marchó. (A ella le salió bien la jugada: tras divorciarse de aquel político taimado, Kissinger le presentó a un Rothschild con título nobiliario y, ganándole la espalda a Pam Harriman, se casó con él).
Holbrooke se convirtió en objetivo de los medios de comunicación de la Gran Manzana. Tras una prolongada batalla con su propio buen criterio, no fue capaz de resistirse a caer en la trampa de una entrevista insidiosa en Spy, donde debía confirmar esa imagen que la revista daba de él, la del
«prototípico político [46] New Age con infinidad de contactos». En el verano de 1988, la revista Time se burló de él por intentar meterse por las bravas en la campaña de Dukakis, después de que se retirase el candidato de Holbrooke, Al Gore. Iracundo y ofendido, Holbrooke se quejó al periodista de que aquello era falso y dañaba su imagen. «Ambicioso, quizá —reconoció en una ocasión ante la esposa de Les Gelb, Judy, a colación de una semblanza suya publicada en otra revista—. Pero ¿trepa? ¿Yo?».
Aquel julio, Vanity Fair publicó un artículo sobre Pam Harriman, quien parecía encontrarse en su salsa como madrina del Partido Demócrata. Holbrooke quiso contribuir a la causa de ella —y a la suya propia— sirviéndose del ascendiente que tenía tanto sobre la periodista como sobre una
de las redactoras, que no era otra que su descarada y pícara novia inglesa[47]. Al final, terminó metido en una fea discusión con la periodista y Pam no le agradeció su mediación, pues el texto no le había gustado. El motivo: no hablaba de su vida anterior como cortesana. En venganza, Pam no incluyó a Holbrooke en la lista de invitados de la fiesta benéfica que había organizado para Michael Dukakis y que estaría tachonada de estrellas. «A la larga dará igual, pero este desplante ahora mismo solo sirve para acentuar mi sensación de soledad —escribió Holbrooke en un diario—. Todo ello, pese a mis sentimientos encontrados con respecto a la posibilidad de entrar en un
gobierno de Dukakis[48]». En noviembre, Dukakis perdió (era la tercera derrota seguida de los demócratas) y Holbrooke no se vio obligado a dirimir esos sentimientos encontrados.
Creó a su alrededor un remolino de desorden e indignidad que Clifford habría sido incapaz de imaginar siquiera en la ignominiosa recta final de su vida. Este había perfeccionado el arte de la discreción y en apariencia no deseaba ya nada, pero aun así las cosas parecían ir en su busca (las ofertas de trabajo con el presidente, los clientes adinerados). Ese modelo de poder ejercitado en privado por unos pocos hombres rectos que no necesitaban justificarse por nada había desaparecido hacía tiempo, otra más de las víctimas de Vietnam. Holbrooke, sin embargo, era una criatura de las élites pos-WASP, en las que el poder se difuminaba y había que vociferar para llamar la atención y conseguir grandes cosas.
Sí, grandes cosas. Los lectores podrían pensar que a estas alturas a Holbrooke le importaba un comino si la redactora de tal revista o el cámara de tal televisión estaban presentes para registrar los hechos. Quería que estuvieran en las cercanías, pero también intentaba que no hicieran acto de presencia o, al menos, no daba la impresión de que le importara que no apareciesen. Daré un ejemplo.
En 1991, Holbrooke regresó al Tíbet no para pasear y mostrar a una novia glamurosa, sino para descubrir si el budismo y la cultura tradicional tibetana sobrevivían al puño de hierro chino. Viajó acompañando a un equipo humanitario, fue interrogado a conciencia por sus anfitriones chinos, se reunió con disidentes políticos, presionó para visitar el interior de los templos y las cárceles. El último día, durante el vuelo de vuelta, escribió lo siguiente en un diario que, en su opinión, nadie leería jamás:
Delante de nosotros se desarrolla la vida al ritmo cotidiano: llamadas telefónicas, reuniones,
crisis, dramas, contactos tangenciales con acontecimientos de gran calado, problemas personales
grandes y pequeños. A nuestras espaldas se extiende el Tíbet, un atractivo lugar, aún sin parangón.
Si no pensamos en él, ni siquiera existe: es una región sin salida al mar, en el interior de Asia, que
sigue manteniendo pocos contactos con el exterior, con problemas peculiares tan ajenos a los
nuestros que quedan relegados sin miramientos a la parte más baja de cualquier lista de prioridades.
Cuando regrese a Nueva York, me dirán sin duda que a nadie le importa o le debería importar los
problemas del Tíbet, con sus dos millones de habitantes, con la profunda crisis que atraviesa la
ciudad de Nueva York, con el cuádruple de población. Sin embargo, no creo que los problemas de
Nueva York (y, por ende, los del resto del país), que son muy reales, deban hacernos mirar hacia
otro lado dadas las apremiantes tragedias humanas que se producen en otras partes del mundo.
¿Terminaremos tan absortos en nosotros mismos que no podremos dedicar el mínimo de nuestras
vidas a otras personas [49]?
Cuando oiga estos ataques (que sin duda se darán), recordaré a Tashi, sentado en su sala de estar en el templo de Jokhang, rompiendo a llorar al hablar sobre Estados Unidos, país al que no ha podido volver desde 1964, pero cuyo espíritu e ideales le sirven de inspiración. Yo recordaré ese país que siempre es mejor cuando se muestra leal a sus propios valores + ideales; no a través de la injerencia gubernamental, que por su propia naturaleza niega los valores que trata de promover, sino del ejercicio astuto de la presión y una hábil articulación de medidas.
Holbrooke seguía ardiendo con la llama dura y diamantina de aquella viñeta del New Yorker que había visto en la mesita de café de los Lake, tiempo atrás. Sin embargo, tras doce años alejado del único asunto que en realidad contaba para él, tras una década plagada de execrable corrupción — los ochenta asquearon incluso a Clark Clifford—, entre novias, platós de televisión y dinero, era difícil darse cuenta de que, en realidad, Holbrooke estaba intentando remendar los deshilachados retales de su vida, con miras a aprovechar alguna oportunidad que solo él podía vislumbrar tenuemente en el futuro. Su hambre indisimulada lo volvía más vulnerable que a sus héroes y —al menos en mi opinión— más humano también.
En cualquier caso, me pregunto si habré sabido transmitir a los lectores cómo se sentía uno en su compañía. No sé si lo habré logrado. Holbrooke saltaba en la cama elástica de su casa de campo de Connecticut junto con Strobe Talbott y la goma se tensaba y destensaba con toda la energía de su celo adolescente. Se acostaba con la elegante agente fotográfica y le preguntaba cómo le había ido el día y cómo estaban sus hijos, fundiendo intimidad y jovialidad, dando rienda suelta a su amor por la conversación mientras durase el hechizo poscoital que disipaba temporalmente el estrés. Les hacía a los Gelb resúmenes y análisis de todas las películas que había visto la semana anterior (hasta nueve, a veces). Jugaba al Donkey Kong en unos recreativos durante horas, metiendo monedas de cuarto de dólar sin parar, maldiciendo y riéndose mientras buscaba esa épica victoria que siempre lo esquivaba. ¿Que cómo era? No quería desperdiciar ni un solo minuto de su vida.
En la primavera de 1991, cuando estaba a punto de cumplir cuarenta —tras once años sin ejercer en el gobierno y sin perspectivas de cambio en ese aspecto, con los éxitos de los dos primeros años del primer mandato de Bush: el comunismo en ruinas e Irak derrotado—, Peter Tarnoff, que dirigía el Consejo de Relaciones Internacionales, planeó una fiesta de cumpleaños para Holbrooke junto con una decena de amigos. Holbrooke le reconoció a Pete Peterson que, en su opinión, aquel hito vital demandaba algo más. Era pura arrogancia, pero Peterson y Tarnoff se avinieron a sus deseos, y al final reservaron una cena en el 21 Club, en la Midtown neoyorquina, donde cenaban los presidentes y Donald Trump y Frank Sinatra disponían de mesas a su nombre. En un reservado de la primera planta se reunieron unas ochenta o cien cabezas visibles de la aristocracia neoyorquina —Tom Brokaw, Tina Brown y Harry Evans, los Halberstam, los Janklow, etcétera—, junto con la madre, el hermano y los hijos de Holbrooke. Los oradores se turnaban en el estrado para reírse de la libido descontrolada del cumpleañero, de su debilidad por las mujeres de mundo y por su manía de cancelar planes cuando le salía algo mejor que hacer. La novelista chino-estadounidense Bette Bao Lord llamó la atención sobre el hecho de que había nacido en el año de la Serpiente, lo que le iba que ni pintado, por lo sibilino. Jim Hoge, editor del Daily News, declaró: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Dick, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». David Holbrooke, su hijo, describió cómo llevaba tener por padre a un tipo que obligaba a sus amigos a organizar una fiesta de cumpleaños de ese nivel.
Aquello estaba torciéndose. Los oradores improvisaban y trataban de mejorar el discurso del anterior, lo que llevó a alguno a atreverse a denunciar el alto peaje que cobraba Holbrooke por su amistad. No supieron ser ingeniosos y los chistes eran demasiado crudos y aludían a realidades muy en carne viva. Hicieron sangre y el olor de la sangre hizo que se saliera todo de madre. Holbrooke, que jamás se reía de sí mismo —según decía, porque no se conocía lo bastante bien— se reía a carcajadas desde su mesa, al pie del estrado, porque era la única manera de sobrevivir a aquella catástrofe, y no dejaba de mirar alrededor para que el resto de invitados lo secundara. No tuvo éxito. Nadie más reía.
Entonces, dio un paso adelante Gelb, su mejor amigo de entre los presentes. El humorista Jackie Mason, que tenía un espectáculo en Broadway, había estado cenando hacía poco tiempo en casa de los Gelb y se había topado con Holbrooke en la cocina. «¿Eres judío?», le había preguntado Mason. Holbrooke respondió afirmativamente. A Judy Cohen Gelb, que lo conocía desde hacía veinte años, casi se le cae la bandeja de las manos. Mason miró a Holbrooke y luego a Judy. «¿Ahora dice que es judío? Lleva toda la vida negándolo».
Este descubrimiento sirvió a Les Gelb para su discurso del día del cumpleaños. Representó ambos papeles en una entrevista ficticia con el invitado de honor:
PERIODISTA: ¿Es usted judío?
HOLBROOKE: No.
PERIODISTA: ¿Está usted seguro?
HOLBROOKE: Sí, estoy seguro.
PERIODISTA: Tenemos datos.
HOLBROOKE: Bueno, una bisabuela mía era judía.
PERIODISTA: Según nuestros datos, su filiación es más directa. HOLBROOKE: Bueno, igual soy judío a medias.
PERIODISTA (al público): Bueno, nosotros nos lo creemos… a medias.
Holbrooke fingió con toda jovialidad que los discursos le habían hecho disfrutar mucho y al final se levantó para dar las gracias. Gelb, sin embargo, detectó el dolor en su rostro. Más tarde, sus propios amigos se mostraron bastante horrorizados unos con otros. Años después, seguían sin explicarse de dónde había nacido aquella saña. «Fue el peor día de mi vida», le contaría Holbrooke a su hermano.
Tony Lake se mantuvo deliberadamente ajeno a aquella fiesta de cumpleaños.
Los Lake se habían marchado de Washington en 1981 —la guerra entre Vance y Brzezinski había agriado el trabajo de Tony en el gobierno— e instalado en el oeste de Massachusetts. Compraron treinta hectáreas de terreno de labor y pastos junto a una sinuosa carretera, al pie de las colinas Berkshire. Toni Ella se dispuso a criar caballos y Tony Él, treinta cabezas de ganado. Además, plantaron heno y extraían casi seiscientos litros de sirope de un arcedo que crecía en la finca. Él impartía clases de relaciones internacionales en la Universidad de Amherst y en el Mount Holyoke College, y se dedicó también a escribir. Sus hijos adolescentes crecieron como chicos de campo. Esa era la vida que Toni Ella quería —y también Tony Él, al principio—. Le tocaba a ella elegir y la cosa funcionó por un tiempo.
Lake y Holbrooke apenas se veían. Cada cuatro años intercambiaban textos o artículos con ideas acerca del último candidato presidencial demócrata condenado al fracaso. En una ocasión, Holbrooke invitó a los Lake a su casa de campo de Connecticut; al llegar, se la encontraron llena de gente de dinero y no les gustó. En otra ocasión, almorzando en Nueva York, Holbrooke trató de explicar a Lake cuánto ganaba en Lehman (diez veces más que cualquier profesor universitario) y Tony hizo un gesto displicente, para irritación de su amigo: «Dick, no quiero saberlo». Lake el caballero, el agricultor y el profesor, era un personaje al que Holbrooke no entendía y que tampoco le caía bien. Aquella actitud le olía a falsa humildad, como cuando Lake le juraba que no quería ser secretario de Estado, aunque quería decir justo lo contrario. Wisner y Holbrooke lo apodaban Cincinato, por el dictador romano que tuvo que dejar a regañadientes su labor como agricultor para salvar la república.
Tras el drama vivido a principios de los años setenta, Toni Ella y Dick pasaron años sin verse. Ella puso tanta distancia entre ambos como pudo. El vínculo, sin embargo, no se rompió. A principios de la década de los ochenta, en una visita a la granja, Judy Gelb se los encontró en la cocina, enfrascados en una charla tan agitada que se dio la vuelta inmediatamente. En 1984, la madre de Toni, aquejada de cáncer, se quitó la vida. Ella necesitaba a alguien con quien hablar del tema. Su marido no se prestaba, así que acudió a Holbrooke y quedaron para comer un día. A Tony no le hizo ninguna gracia, pero no se lo prohibió. Así que ella bajó a Nueva York y durante tres horas disfrutó de la plena atención de Holbrooke.
A finales de esa década, Lake temía que en Washington se hubieran olvidado de él. Como un intento de volver al ruedo, se propuso escribir un libro sobre la política exterior del Partido Demócrata. Cada cuatro años, los demócratas volvían a declarar figuradamente la guerra de Vietnam y se embarcaban en el mismo estéril conflicto civil entre halcones y palomas;
mientras, los republicanos seguían ostentando la presidencia[50]. Con el final de la guerra fría, esas diatribas pasaron a la historia y Lake quiso saber si la nueva era brindaría a los demócratas la oportunidad de desarrollar propuestas y planteamientos novedosos para recuperar la mayoría. Su plan era hablar con los candidatos presidenciales para 1992 y redactar un ideario de campaña. Sin embargo, los candidatos demócratas no querían hablar de política exterior: ya habían entregado la iniciativa en ese asunto al presidente Bush.
Sandy Berger, abogado de Washington que fuera la mano derecha de Lake dentro del equipo de planificación de políticas de Carter, asesoraba a Bill Clinton, del que era viejo amigo, pues se habían conocido durante la campaña de McGovern. En noviembre de 1991, Berger movió los hilos para que Lake lo acompañara en los viajes de campaña. Se reunió con Clinton en una cena para recaudar fondos celebrada en las afueras de Boston; también acudió Hillary, quien confesó su admiración a Lake —que se mostró sorprendido— por haber salido de la Casa Blanca a raíz de la invasión de Camboya. Después de cenar, Lake mantuvo una charla de diez minutos con
Clinton en la parte de atrás del coche del candidato[51], que le preguntó a Lake dónde vivía, y este, que creía que iban a hablar sobre los misiles de Europa, terminó contándole los problemas económicos de los pequeños agricultores del oeste de Massachusetts. Clinton se interesó vivamente y quiso saberlo todo sobre esos vecinos en apuros. No hablaron de política exterior, pero Lake quedó de igual modo impresionado.
Una semana después, el asesor y periodista Stephanopoulos llamó a Lake para pedirle que redactara un primer discurso de Clinton sobre política exterior. Lake voló hasta Little Rock y revisó línea por línea el borrador con el candidato. Clinton le decía «Está bien, estoy de acuerdo con lo que se dice en este párrafo» y pasaban al siguiente. En el discurso se culpaba a Bush de centrarse en los asuntos exteriores y descuidar la economía, si bien los estadounidenses, paradójicamente, se miraban cada vez más el ombligo, hasta
un punto peligroso[52]. En un momento en que el mundo se disponía a abrazar por entero la democracia y el libre mercado, la política exterior de Bush se atascaba en el pasado y traicionaba los valores estadounidenses: el gobierno se negó a apoyar la democratización en China tras la masacre de la plaza de Tiananmen, dejó a los kurdos a su suerte tras la primera guerra del Golfo y no hizo mucho por los estados recién independizados de la antigua Unión Soviética. «Habiendo ganado la guerra fría —dijo Clinton—, no debemos perder la paz».
Ahí encontró Lake la respuesta a la pregunta que había estado haciéndose. La política exterior de su partido rechazaba el aislamiento en nombre de la democracia. Lake aparcó el proyecto del libro y sumó fuerzas a la campaña como asesor de Clinton junto con Berger.
Durante la última noche de la convención demócrata en Nueva York, Lake se encontraba charlando en su habitación de hotel con Sandy y Susan Berger mientras Clinton estaba a punto de salir al escenario del Madison Square Garden para pronunciar el discurso de aceptación de la candidatura. El discurso en sí (el cual, como señaló Gelb en una columna del Times, contenía solo 141 palabras sobre política exterior) fue menos memorable que el conmovedor documental sobre la vida de Clinton que lo precedió, The Man from Hope, o que el espectáculo posterior, con los Clinton y los Gore abrazándose y bailando al son de «Don’t Stop» de Fleetwood Mac. Fue un momento extático para los anhelosos demócratas, pero Lake se sentía abrumando por la tristeza.
«¿Qué te pasa?»[53], le preguntó Berger, que había detectado el pesar en su rostro. «Creo que esto va a funcionar», respondió Lake. Clinton ganaría y a Lake le tocaría regresar a Washington, y sabía lo que eso significaría para Toni.
En la larga historia de la relación entre Holbrooke y Lake, este estaba poniéndose en cabeza de carrera. Holbrooke le envió su primer informe de campaña justo antes de la Navidad de 1991. Tras las primarias del estado de Nuevo Hampshire, Holbrooke empezó a hacerle llegar un informe mensual. Durante la convención enviaba informes todas las semanas y en el periodo previo a los debates de otoño, los envíos eran casi diarios. Estos informes hablaban del presupuesto de Defensa, de comercio, de Hillary, de los problemas de carácter de Bill, de los debates, de Japón (adonde viajó en abril), de las antiguas repúblicas soviéticas (en mayo), de Italia (en junio), de China (en julio), de la antigua Yugoslavia (en agosto). Su consejo en política era acusar a Bush de retrógrado en asuntos exteriores y buscar el empate técnico en ese ámbito, para luego imponerse en asuntos internos. Pensó que la pasividad de Bush frente a la guerra civil que se sobrevenía en Bosnia lo hacía particularmente vulnerable. Clinton pidió ataques aéreos contra la
artillería serbia que asediaba Sarajevo[54].
Holbrooke sugirió formar un triunvirato de asesores junto con Lake y Gelb. A Lake la idea no lo entusiasmó. Pilló a Holbrooke contándole una mentira venial sobre cierto asunto y eso lo llevó a telefonear a Gelb desde una carretera en mitad de Connecticut: «¿Por qué me miente?». A lo que Gelb respondió: «Es su naturaleza». Se habían tolerado durante los años de Carter, pero la acritud acumulada durante dos décadas los había conducido al punto de convertirse en enemigos.
Dirigía los preparativos del debate de Clinton un abogado y militante demócrata llamado Tom Donilon, que había sido asistente de Carter durante veinte años. Holbrooke lo conocía por un mutuo amigo, Jim Johnson, con quien había trabado amistad en la campaña de Mondale. Los preparativos del debate regalaron a los asesores horas preciosas junto al candidato: Lake, Berger y una asistente a tiempo completo llamada Nancy Soderberg prepararon todo el material informativo, y Lake y Berger estudiaron los ensayos y comprobaron las respuestas de Clinton. Holbrooke trató de infiltrarse en el círculo más cercano del candidato a través de Donilon. «Dick, eso no va a ocurrir», tuvo que reconvenirle este. Todos los puestos estaban asignados y la gente importante no quería tenerlo cerca. No obstante, siguió redactando informes, hasta la revolucionaria victoria demócrata en las elecciones.
Varias semanas después de la votación, Holbrooke tuvo que preparar una reunión con Al Gore, vicepresidente electo. Doce años más tarde volvía a encontrarse en una situación parecida a la de aquella otra vez con Carter. No quería meter la pata por elegir mal las palabras, así que tomó notas previas:
Gran campaña. Orgulloso de ser tu amigo. Tu selección marca incuestionablemente el punto de
inflexión de la campaña. […] Hay que gestionar mejor la evolución desde la guerra fría a un mundo
posguerra fría: antigua Unión Soviética, Yugoslavia, Camboya, Somalia, etcétera. […] Personal:
(equipo). Baloncesto o béisbol. SEG. NAC.: 5 puestos principales + 5 siguientes puestos prioritarios
= equipo […] CSN — Tony o Sandy— gran trabajo de campaña. También: Tarnoff […] Personal:
Es un honor que me lo pida. Tras dieciséis años en el gobierno y doce en Wall Street, creo que he
aprendido a integrar la política económica y la política exterior tradicional. Sería para mí un honor
que me tuviera en cuenta para alguno de los altos cargos de que acabamos de hablar. No para del
Departamento de Defensa ni CIA ni el Tesoro. Sería un gran privilegio para mí prestar servicio
como secretario de Estado adjunto; podría administrar el departamento: soy buen administrador;
conozco todas las regiones del mundo; conozco el Servicio Diplomático; creo en su agenda. Si no,
creo que podría resultar útil aplacando las inquietudes de los países asiáticos como embajador en
Tokio (sin conflictos de interés) o embajador de EE.UU. ante la ONU, pero entiendo que esto es
menos factible [55].
Holbrooke no sacó nada en claro de aquella reunión. El puesto de embajador ante las Naciones Unidas no es que fuera poco probable que se lo dieran, sino que estaba fuera de toda discusión: le tocó a Madeleine Albright, excolaboradora de Brzezinski en la Casa Blanca de Carter y quien, gracias a ese tipo de congresos, programas académicos y campañas que encumbran a los expertos de cada partido político, logró convertirse en la experta oficial en política exterior del Partido Demócrata.
Strobe Talbott, amigo de Clinton de los tiempos de Oxford que se planteaba abandonar la revista Time porque le habían ofrecido un cargo en el nuevo gobierno, se reunió con el presidente electo en el hotel Hay-Adams de
Washington justo antes de Acción de Gracias[56]. Talbott era el único amigo leal que le quedaba a Holbrooke dentro del círculo mágico, y habló bien de este. ¿Por qué no figuraba en ninguna de las listas de quienes estaban encargándose de gestionar la transición de una administración a la siguiente? Clinton apenas conocía a Holbrooke, pero aseguró que le caía bien y que lo tendría en cuenta para el cargo de secretario de Estado. Lo único que lo echaba para atrás era que provocara tantas controversias y tuviera tantos detractores. Clinton optó finalmente por Warren Christopher, el abogado de trajes inmaculados y buenos modales que justo había dirigido su incorporación al nuevo gobierno como presidente y se había presentado al cargo motu proprio. Dejar Asuntos Exteriores en manos de Christopher fue la manera de Clinton de tenerlos bajo control, garantizando una gestión predecible y sin sobresaltos. Christopher conocía a Holbrooke de los años compartidos en el Departamento de Estado de Carter y no le era nada simpático, más por cuestiones relacionadas con las formas que con el contenido. Eran diametralmente opuestos: Christopher no tenía enemigos y tampoco opiniones formadas sobre política exterior; a Holbrooke le sobraban ambas cosas. Que Christopher estuviese en el Departamento de Estado significaba que el cargo de secretario adjunto, o de cualquier otro tipo de secretario, quedaba fuera del alcance de Holbrooke.
Lake, por su lado, aseguró a Clinton que no quería ningún tipo de puesto, «a menos que bajase el precio de la ternera», lo que, claro está, significaba que sí que quería un puesto. Fue nombrado asesor de Seguridad Nacional. Berger, que podría haber obtenido el puesto número uno, cedió ante la mayor experiencia y conocimientos de Lake y accedió a ser su mano derecha. Lake prometió a Toni que trabajaría en Washington solo dos años. El caso es que los principales cargos relacionados con política exterior, tanto en la Casa Blanca como en el Departamento de Estado, iban a parar a dos personas que no querían a Holbrooke ni en pintura.
Su amigo Les Aspin, congresista por Wisconsin y uno de los niños prodigio del Pentágono de los tiempos de Saigón, fue nombrado secretario de Defensa. Wisner pasó a ser el número tres de Aspin; Tarnoff, por su parte, se hizo también con el tercer cargo más importante del Departamento de Estado. Parecía que toda la pandilla de Holbrooke en Vietnam, con Lake a la cabeza, ascendía poco a poco hasta las mismas copas de los árboles, encarando los años noventa con todas las cicatrices y la sabiduría acumuladas desde Vietnam y decididos a dar forma a la política exterior estadounidense de la posguerra fría. Entretanto, Holbrooke se tiraba de los pelos en su apartamento, escribiendo informes como un loco y hablando por teléfono con Talbott: «¿Los ha leído el presidente? ¿En la mesa de quién están? Warren Christopher y yo hemos estado llamándonos todos los meses durante veinte años y ¿ahora nunca puede ponerse?».
Cierto instinto lo llevó a hacer frente a ese dolor buscando la acción fuera del país. Pasaría las Navidades en Camboya y celebraría el Año Nuevo en Bosnia.