Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 27 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo XII

 

El lugar que primero se nos viene a la cabeza al pensar en una conferencia de paz es París o Ginebra. Holbrooke no quería negociar ni en una ni en otra. Aquellas ciudades centelleantes habían seducido, por ejemplo, a los diplomáticos que habían pasado años hablando sobre Vietnam, comiendo bien y haciendo turismo, mientras al otro lado del mundo las matanzas no cesaban. Holbrooke deseaba que la conferencia se celebrase en Estados Unidos, y en una base militar, donde el control estadounidense fuera total. Sin distracciones y sin tentaciones de dejar las cosas para más adelante. Quería que el éxito tuviese el marchamo estadounidense y estaba dispuesto a asumir el riesgo de que todo quedara en fracaso. Aunque fuera un mero secretario de Estado adjunto, ese posible éxito o posible fracaso también sería suyo, porque aquel show lo había montado él y era él, Holbrooke, quien estaba jugándose el todo por el todo, por su país y por sí mismo.

A nadie más le gustaba la idea de celebrar la conferencia en suelo estadounidense, salvo a Lake. ¿Por qué arriesgar la imagen del presidente justo a un año de las elecciones? Lake, en cualquier caso, le pasó la patata caliente a Holbrooke, que era quien había llevado hasta ese punto las conversaciones de paz.

El lugar elegido se encontraba a unos kilómetros de Dayton, en el estado de Ohio. Se trataba de la base Wright-Patterson de las Fuerzas Aéreas, una de las mayores del país: más de tres mil hectáreas en mitad de una llanura llena de explotaciones agrícolas, veintitrés mil empleados y una pista de aterrizaje de cuatro kilómetros de longitud. Las delegaciones aterrizaron la noche del 31 de octubre, Holbrooke era el primero en la alfombra roja en estrechar la mano de los tres presidentes. Junto a la entrada a la base había cuatro edificios de ladrillo de dos pisos que abrazaban un aparcamiento rectangular: los alojamientos para los oficiales visitantes. Allí se hospedarían las delegaciones. Bosnios y croatas vivirían enfrentados, en los lados norte y sur del aparcamiento; serbios y estadounidenses, en los lados este y oeste. Los europeos ocuparían un quinto edificio, situado en el exterior del rectángulo. Los edificios tenían pasillos largos y estrechos, y las habitaciones no eran muy grandes, con muebles algo desvencijados y suelos de linóleo, como un motel de carretera de 49 dólares la noche.

El oficial al mando de la base había mandado tirar tabiques, poner moqueta nueva y cambiar los muebles a fin de crear, en el segundo piso de cada edificio, suites más amplias y agradables para los tres presidentes y también para Holbrooke y Carl Bildt, que encabezaba la delegación europea. Los únicos lugares para comer eran el Club de Oficiales, al que había que ir en coche, y Packy’s, un bar deportivo que se hallaba en el hotel y centro de congresos Bob Hope, un bloque de hormigón situado a doscientos metros, del otro lado del prado que rodeaba los alojamientos. Se mandó también abrir un sendero en el prado que comunicase los alojamientos con el hotel, flanqueado con focos de suelo, un modesto toque de elegancia entre tanta austeridad. De todas todas, no ha habido en la historia conferencia de paz menos elegante que la celebrada en Dayton.

Sin embargo, esa combinación de lo titánico de la base y lo espartano de la vida que en ella se llevaba —ese ambiente estadounidense y, de manera específica, del Medio Oeste, a la vez mundano, imponente y grave— ponía en evidencia los palacios y el pan de oro de los europeos. Se transmitía muy claro este mensaje: ustedes tendrán la historia y la belleza, pero han sido incapaces de poner fin a una guerra en su propio continente. Nadie había movido un dedo hasta que los estadounidenses se involucraron, hasta que Holbrooke, ese tipo vulgar e insomne, entró en escena.

Llegó nervioso y agotado. Llevaba dos meses cruzando el charco y viajando por Europa a toda velocidad, durmiendo tres horas por noche, echando siestas de diez minutos cuando podía, comiendo pesado y devanándose los sesos en reuniones interminables. Tenía el rostro pálido e hinchado. Había conseguido por fin arreglárselas para que todo el elenco balcánico se reuniera a ocho mil kilómetros de la antigua Yugoslavia y al otro lado de una valla de seguridad de una base estadounidense.

No puedo dejar de hacer una analogía con las artes escénicas: Holbrooke sería el empresario teatral que hace también de productor y director, todo a la vez. Se negaba a vender entradas para el espectáculo: el descomunal cuerpo de periodistas internacionales quedó confinado en un anodino edificio en un extremo de la base. Al final del día, se les alimentaba con una magra ración de partes informativos. (La regla de no dar entrevistas era de aplicación para todo el mundo, salvo para Holbrooke, quien cenaba a veces con Roger Cohen, del New York Times, y cada tanto le filtraba alguna noticia a través de Kati, para que pudiera redactar una semblanza en detalle del hombre que acabaría con aquella guerra). Holbrooke relegó a los europeos a un papel secundario: sus larguísimos debates, centrados en los procedimientos, lo enloquecían, y muy pronto empezó a mandar a las reuniones matutinas de los europeos a su adjunto, John Kornblum. También supo mantener a raya a Washington, tildando de injerencia inaceptable cualquier pregunta u objeción presentada por Lake.

Había en la obra de teatro de Dayton unos doscientos extras, y de dar vida al melodrama se encargaban media docena de protagonistas. El plató era tan íntimo que se sabía quién estaba despierto simplemente echando un vistazo al aparcamiento y los edificios, y viendo qué luces se hallaban encendidas. La trama se iba desarrollando a base de encuentros no planeados sobre el asfalto, entre los cuatro edificios. Holbrooke había creado aquella escenografía claustrofóbica para producir un vacío existencial que obligara a los personajes a enfrentarse a las verdades por él reveladas.

No había fecha de clausura de las conversaciones, aunque Holbrooke no creyó que debieran pasar más de dos semanas en aquella base. Habían empezado los ensayos sin programa y sin guion: aquella era una pieza improvisada que podría cancelarse en cualquier momento.

Pensó que era probable que fracasaran. Y aun así, no cejó en su empeño, metiéndose en todas y cada una de las escenas.

Tuđman aterrizó en Dayton en calidad de ganador de las guerras balcánicas. Croacia llegaba limpia de polvo y paja étnicamente hablando, salvo por la parte oriental de Eslavonia, la región al otro lado del Danubio donde estallara la guerra. Lo único que Tuđman pretendía obtener de Dayton era esa región, Eslavonia oriental: estaba dispuesto incluso a volver a la guerra por ella, así que no dudó en ir y venir desde Zágreb con su obsequioso séquito, enfrentando a las otras dos partes una contra otra para su propio beneficio.

De Dayton, Milosevic quería la paz. Quería que los estadounidenses lo ayudaran a salir de lo que él mismo había puesto en marcha años antes. Encontró en Holbrooke a su redentor, y el mero hecho de poner el pie en Estados Unidos, donde la prensa lo tachaba de malvado ingeniero de la guerra, era ya una suerte de victoria. Quería asegurarse el poder en Serbia y que se levantaran las sanciones. Holbrooke había intentado suspenderlas antes de que comenzaran las conversaciones, como incentivo para lograr un acuerdo, pero Lake y Albright bloquearon la iniciativa. El estrangulamiento sin remisión volvía a Milosevic más vulnerable, pues en Belgrado se temía que pudiera haber un golpe de Estado en su ausencia e incluso que se atentara contra su vida a su regreso. A Dayton, Milosevic llegó con poca voluntad de negociar, siendo, no obstante, quien más dispuesto estaba a alcanzar la paz. Karadžić y Mladić, criminales de guerra condenados, habrían sido detenidos por las fuerzas de seguridad estadounidenses, así que no viajaron con la delegación serbobosnia. Milosevic tenía al resto de serbobosnios enclaustrados en el segundo piso del edificio de los serbios, aislados del resto.

Los bosnios musulmanes eran el comodín. Izetbegovic odiaba negociar porque no quería tomar decisiones, y cualquier decisión podría, bien hundir a su gente de nuevo en el marasmo de la guerra, bien ratificar las atrocidades

cometidas por los serbios[165]. Para él, las conversaciones de paz eran una especie de chantaje, y las falsas cordialidades de las diplomáticas charlas de sobremesa con gente que quería destruirlo le resultaban tan desagradables que terminaba retirándose antes de tiempo. Dormía mal en Dayton y se despertaba

de madrugada con el corazón desbocado[166]. «Me sentía camino del Calvario, como si me fueran a crucificar», escribiría más tarde. Sus dos principales asesores. Silajdzic y Sacirbey, se odiaban y lo único que les preocupaba era su futuro político. No había espacio en la Bosnia de posguerra para tres líderes como aquellos.

Nadie estaba seguro al cien por cien de qué postura tomarían al final los bosnios. Querían una Sarajevo indivisa y también enclaves como Srebrenica o Zepa, que estaban en manos de los serbios. Querían recuperar territorios recientemente ocupados por los croatas. Y que los criminales de guerra fuesen juzgados en La Haya. Los bosnios eran igual que la víctima de una violación que, traumatizada y furiosa, no soportara ver cómo el violador se declaraba culpable para que le redujeran la condena.

Los tres bandos en liza se mostraban tan hostiles unos con otros que tras el primer día de la conferencia de paz no hubo más reuniones oficiales, hasta el último. Aquello no eran Estados Unidos y Vietnam discutiendo sobre la forma de la mesa y luego repitiendo las posturas oficiales año tras año. Aquello no era una partida de ajedrez entre dos grandes maestros como Kissinger y Zhou Enlai. Era diplomacia en su forma más humana; violentos choques entre psiques al desnudo.

 

La primera noche, Holbrooke se llevó a Milosevic al Packy’s, el bar con grill del cercano hotel Bob Hope. Haris Silajdzic y Chris Hill estaban sentados a una mesa cerca de una de las televisiones panorámicas. Silajdzic, el primer ministro bosnio, era un académico formado en Sarajevo, acababa de cumplir cincuenta años y creía en una Bosnia multiétnica, pero adolecía de un humor cambiante y era dado a melancolías, ataques de furia y posturas revanchistas e inmisericordes. Holbrooke, que siempre se había mostrado encorsetado con Izetbegovic, sí se sentía cómodo con Silajdzic, al que trataba de tú a tú. Como Izetbegovic no estaba por la labor de negociar, Holbrooke supo desde el principio que si quería sacar algún acuerdo de Dayton tendría que sentar a hablar a Milosevic y a Silajdzic.

Sin embargo, en el Packy’s no hicieron sino ignorarse uno a otro,

estrechándose fríamente la mano[167]. Milosevic estaba de un humor de perros a cuenta de las sanciones. Le dijo a Holbrooke que el enfoque que estaba dando a las negociaciones era una estupidez:

—Usted no entiende los Balcanes.

—Estoy seguro de que no los entiendo, señor presidente —repuso Holbrooke—. Pero estamos aquí para alcanzar la paz y espero que usted pueda ayudarnos.

La comida de Packy’s era un asco, en opinión de Milosevic. Después de la primera noche, el líder serbio reservó una mesa en el Club de Oficiales, algo más elegante, y cenaba langostas que le llevaba un simpatizante estadounidense desde Maine, las cuales regaba con whisky. Fue de compras a un centro comercial que había cerca de la base y se hizo con un par de botas

Timberland para su pérfida esposa[168]. Parecía dispuesto a quedarse a vivir en Dayton.

Esa segunda jornada, las cosas no fueron mucho mejor[169]. Milosevic y Tu đman se reunieron con Holbrooke y Warren Christopher para charlar sobre Eslavonia oriental. Los dos presidentes inauguraron el encuentro gritándose improperios uno a otro en una mezcla de inglés y serbocroata. «¡Franjo! ¡Slobo!», tuvo que intervenir Holbrooke, quien se obstinaba en que ambos hicieran concesiones y llegasen a algún acuerdo que permitiese tomar decisiones en otros temas. Milosevic se resistía: «Señor Holbrooke, es usted muy poco realista. Este asunto debe dirimirse sobre el terreno. Yo no tengo capacidad para controlar a los serbios de Eslavonia oriental. —Milosevic se volvió hacia Christopher—. Tuđman volverá a Zágreb durante unos días, pero yo soy prisionero del dictador Holbrooke».

Esa noche, Holbrooke escribió en su diario: «Las posturas son realmente monolíticas. No sé cómo coño vamos a hacer esto».

La tercera noche, Holbrooke celebró una cena oficial en el Museo Nacional de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses, que ocupaba varios enormes hangares llenos de aeronaves de todas las guerras libradas por Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Lo preparó todo para que los líderes balcánicos se

hicieran una idea clara del poderío militar estadounidense. Los serbobosnios cenaron sentados debajo de un misil Tomahawk del tipo que habían lanzado los submarinos estadounidenses desde el Adriático y habían caído sobre Banja Luka menos de dos meses antes.

Kati había viajado a Dayton para oficiar como anfitriona junto a su marido. Este había aprendido de Henry Cabot Lodge que las fiestas y cenas eran herramientas esenciales en diplomacia, y le encantaba jugar con los detalles más nimios, como el lugar donde se sentaría cada uno. A ella la colocó a la cabecera de la mesa, con su chaqueta de seda roja de Yves Saint Laurent, entre Izetbegovic y Milosevic. «Vas a sentarte entre estos dos y los

vas a obligar a que hagan las paces», le ordenó su esposo[170]. Kati intentó que los líderes charlaran entre sí, relatando sus años de niñez en el bloque soviético y contando cosas sobre los húngaros que se habían refugiado en Yugoslavia tras la revolución de 1956: «¡Siempre admiramos mucho a

Yugoslavia! ¿Qué les ha ocurrido?»[171]. Izetbegovic se mostró prácticamente inmune a los encantos de Kati, pero gracias a las artes de esta, los dos líderes terminaron recordando el día que se conocieron, cuando Yugoslavia aún existía. Ambos afirmaron que la guerra los había pillado por sorpresa, y que tampoco esperaban que se extendiera tanto en el tiempo ni que fuese tan violenta. Como si no tuvieran nada que ver en ello.

«¡Qué hijos de puta! —quiso gritarles Holbrooke—. ¡Si fuisteis vosotros quienes empezasteis todo esto!». Pero la banda de música empezó a tocar temas de Glenn Miller y los invitados no tardaron en divagar hacia otros asuntos bajo el ala de un gigantesco B-52 Stratofortress de los que habían sembrado la destrucción en Vietnam.

 

Pasó la primera semana en Dayton y no se logró cerrar nada. El aislamiento hacía del resto del mundo un lugar de fantasía, incluido aquel rincón llamado Bosnia que se derrumbaba poco a poco. Las partes enfrentadas, al parecer, habían decidido tomarse un respiro más largo de lo habitual en el Medio Oeste norteamericano.

Sacirbey viajó en coche con Izetbegovic a Kentucky para ver un partido de fútbol americano de Tulane, el equipo en que había jugado aquel de joven, que perdió contra Louisville. Silajdzic se dedicaba a hacer footing por la base. El representante francés recibió una caja llena de botellas de Beaujolais nouveau de parte de la embajada francesa y descubrió un restaurante bastante decente en Dayton llamado L’Auberge, que hizo el encierro más soportable. Holbrooke y Hill perdían un set tras otro a dobles contra Tuđman —que había vuelto de Zágreb— y su pareja, un médico croata que jugaba muy bien.

«Lo más difícil en esta situación es calibrar cada momento desde el punto de visto psicológico y saber dónde presionar y dónde no —escribió Holbrooke en su diario—. ¿Cómo podemos hacer que estos líderes debatan los asuntos realmente importantes? Aún no lo sé. Lo que sí sé es que esto parece cada vez más una terapia de grupo. Nos va a llevar muchísimo trabajo

sacar algo en claro de aquí[172]».

Holbrooke, no obstante, se apuntó un tanto esa primera semana. David Rohde, joven periodista del Christian Science Monitor, primer medio que había informado sobre las masacres de Srebrenica, había recibido un chivatazo de inteligencia a finales de octubre, se había metido en territorio serbobosnio en un coche alquilado sin documentación ni permisos y había empezado a buscar restos humanos al norte de Srebrenica, en una presa colmatada de lodos donde se había perpetrado una ejecución en masa. Por desgracia, lo capturaron unos milicianos serbobosnios, que amenazaron con darle trato de espía.

La familia de Rohde voló a Dayton para pedir su liberación. Holbrooke le dijo a Milosevic que no habría acuerdo final hasta que Rohde fuese liberado, lo que llevó al presidente serbio a preguntar: «¿Serías capaz de algo así por un

periodista?»[173]. Uno de los serbobosnios de Dayton, Nikola Koljević, profesor de literatura inglesa especializado en Shakespeare y perrito faldero del líder serbio, vio la oportunidad de apuntarse un tanto con los estadounidenses y se ofreció como mediador. Los padres de Rohde ignoraban que Koljević carecía de toda autoridad sobre los milicianos que retenían a su hijo. John Menzies, el embajador estadounidense en Sarajevo, pasó horas al teléfono en conferencia con Dayton para garantizar el acceso seguro a un diplomático estadounidense que pudiera visitar a Rohde en la cárcel. Kati, que presidía el Comité para la Protección de los Periodistas, advirtió a Milosevic de que los periódicos de medio mundo se le echarían encima.

Sin embargo, fue una persona en concreto la que consiguió que liberasen a Rohde: Jovica Stanišić, el secuaz de Milosevic. Lo hizo al modo tradicional: cogió el teléfono, llamó a Karadžić y le gritó al auricular: «¡Suelta al periodista americano o me cargo a tu madre!».

 

Holbrooke se sentía cada vez más tenso. Warren Christopher, que había inaugurado oficialmente las conversaciones de paz, estaba a punto de regresar y no había ningún resultado real que mostrarle. Cada vez que salían a la palestra los asuntos más espinosos —la Constitución bosnia, el futuro de Sarajevo, las fronteras—, los negociadores se atrincheraban. La acritud iba concentrándose en aquel extraño lugar, tras un grueso velo de silencio, bajo el cielo plomizo de noviembre.

«Es cada vez más improbable que alcancemos aquí un acuerdo de paz, aunque no pierdo la esperanza. Tenemos demasiado trabajo por delante y demasiado poco tiempo. No contamos con suficientes apoyos desde Washington y los europeos están todo el tiempo refunfuñando y quejándose de que no se les consulta nada. El problema principal, no obstante, es que los bosnios se niegan a ceder en los asuntos más serios. Sin hacer alguna

concesión es imposible negociar[174]».

El viernes, 10 de noviembre, Christopher regresó a Dayton a tiempo para poder anunciar dos avances. Los musulmanes bosnios y los croatas de Bosnia estaban dispuestos a firmar un acuerdo para fortalecer su federación, que a efectos prácticos había dejado de existir. Por otro lado, los serbios y los croatas habían llegado a un entendimiento y Eslavonia oriental pasaría a manos de estos últimos. Resueltos esos dos puntos, las partes podrían quizá tratar de abordar el conflicto principal. Holbrooke cuenta en su diario:

El sábado, el domingo y el lunes no haremos más que pintar líneas en mapas. Christopher

volverá esa noche y el martes saldrá hacia Asia. En caso de que obtengamos un acuerdo en ciernes,

alargará su estancia y retrasará el viaje a Asia. Si no, se quitará de en medio y tendremos que

empezar a inventar algo para salir de aquí enteros antes del final de la semana. Habrá que anunciar

acuerdos provisorios, suspender las conversaciones en Dayton y anunciar que, dentro de unas

semanas, después de haber digerido todo esto, volveremos a viajar entre las capitales balcánicas.

Bueno, espero que todo quede en una táctica de serbios, bosnios y croatas. No quiero volver a los

viajes interminables de una capital a otra, pero tampoco pasarme el resto de la vida encerrado en

Dayton, así que vamos a poner toda la carne en el asador. Saldremos de aquí dentro de una semana.

Creo que tenemos un buen plan. Si estos tipos quieren hacer las paces, en una semana lo

conseguirán[175].

 

El sábado 11 de noviembre, Holbrooke fue a ver a Silajdzic en su habitación

del edificio bosnio[176]. El primer ministro, de quien Izetbegovic desconfiaba y a quien Sacirbey había dado de lado, se sentía furioso y desesperado.

—¿Qué ocurre? —inquirió Holbrooke—. Hemos empezado a debatir sobre los mapas y usted ni siquiera estaba.

—¿No se da cuenta de a lo que me tengo que enfrentar? ¡Yo tampoco sé qué ocurre! ¿Se da cuenta del follón que están armando con todo esto?

—Tiene que volver a entrar en el partido, Haris —sentenció Holbrooke, añadiendo que si cuando llegara Christopher no se habían hecho progresos este suspendería las conversaciones.

—¿Suspenderlas o abandonarlas?

—Supongo que suspenderlas. Posiblemente nos envíe de vuelta a los Balcanes para seguir negociando. No estoy seguro.

—Eso es un error. Tienen ustedes que amenazar con que, si las conversaciones terminan aquí, será definitivo.

Holbrooke cruzó entonces el aparcamiento hasta el edificio de los serbios. Barría la base un viento frío y cargado de aguanieve. Tocó a la puerta de la suite de Milosevic y le soltó el mismo discurso que a Silajdzic respecto del posible fin de las conversaciones.

—La culpa es de los musulmanes —dijo Milosevic—. Son unos estúpidos y unos cabezotas.

—Esa no es la cuestión —respondió Holbrooke, preguntándole acto seguido si querría hablar con Silajdzic en ese mismo momento.

—Sí, claro.

Holbrooke regresó entonces al edificio bosnio.

—Haris, va a tener la reunión más importante de su vida —le dijo a Silajdzic mientras bajaban al gélido aparcamiento.

Este era uno de sus trucos, infundir a sus interlocutores la impresión de

que un momento histórico se hallaba en sus manos[177]. A Silajdzic le habló de Mandela; a Milosevic, de Sadat. No tenía vergüenza. Silajdzic, no obstante, respondió con un escueto gesto de la cabeza.

—No pierda los estribos. Aguante. Con Milosevic ocurre a veces que la conversación empieza justo en el momento en que crees que está terminando.

Dejó a Silajdzic en la entrada del edificio serbio.

—Mire, no sé qué estoy haciendo aquí —le dijo Milosevic a Silajdzic en su suite—. Estoy intentando ayudarles. Están ustedes en guerra. Lo que yo quiero es volverme a Belgrado a seguir haciendo mi trabajo.

—¿No desempeña usted ningún papel en esto? —preguntó Silajdzic, tratando de controlar su rabia.

—Claro que no. Son esos estúpidos serbios de Bosnia paisanos suyos. Son como ustedes. Esos serbios son suyos, no míos.

—Pero ¿y las armas? ¿Y las tropas serbias que entran en Bosnia?

—Haris, es usted un tipo listo. Sabe que en los Balcanes todo el mundo tiene armas.

—¿Y las fotografías por satélite de los tanques cruzando el Drina?

—Haris, un tipo arranca un tanque y decide tomar la carretera hacia el Drina montado en él. ¿Qué puedo hacer yo? —Tras una pausa, continuó—: Mire, mi padrino es musulmán. Yo no los odio. Es ese tipo, Tuđman. Él les odia, yo no.

Hablaron durante dos horas. A Silajdzic, Milosevic le pareció un tipo jovial y de trato fácil. Ni siquiera Izetbegovic era capaz de explicarse que aquel conversador borrachín de Dayton fuese el déspota que había hecho

estallar la guerra en los Balcanes[178].

 

Pasaron el sábado y el domingo, y llegó el lunes, y no hubo progresos.

Milosevic propuso un mapa de todo punto demencial, donde aparecían

varias localidades importantes de su lado de la raya[179]. Silajdzic explotó al verlo, haciendo aspavientos y con los ojos desorbitados, hasta tal punto que Holbrooke y Hill pensaron que se había tomado algo. El mapa de los bosnios era aún peor, pues añadía una nueva línea de alto el fuego al viejo límite impuesto por el Grupo de Contacto, lo que dejaba a la entidad serbia con un

tercio del territorio bosnio[180]. Los bosnios se lamentaban enormemente de la división acordada en 1994, al 51-49 por ciento, si bien su posición en lo

militar era mucho peor[181]. Las negociaciones de Holbrooke con Milosevic habían partido de aquel reparto y los estadounidenses no volverían atrás en ese sentido.

Las familias Frasure, Kruzel y Drew visitaron la base un día, por invitación de Holbrooke, que les pidió que se reunieran con cada uno de los presidentes por separado para que pudieran entender mejor que sus esposos y

padres habían muerto trabajando por la paz[182]. El objetivo era que los dirigentes balcánicos se sintieran compelidos a realizar un último esfuerzo. Holbrooke se levantó al final de la visita y les dijo: «No estaríamos aquí hoy si no fuera por Bob, Joe y Nelson. Siempre estarán con nosotros». Y no pudo seguir, porque se emocionó.

Christopher despegó hacia Asia apenas puso el pie en Dayton. Pasaron martes y miércoles, y no hubo progresos.

Cayeron las temperaturas. Holbrooke empezaba a desesperarse. Llevaban encerrados en aquella base dos semanas y todo el mundo estaba cabreado y exhausto. A los europeos en particular les resultaba insoportables tanto la base como la comida que se servía, y estaban deseando irse. Una noche, durante una cena en el Club de Oficiales, Holbrooke se quedó en silencio, observando a los tres presidentes discutir encorvados sobre el mapa, y se dio cuenta de que estaba intentando poner de acuerdo a tres personas

horribles[183]. Aquellos tres hombres tenían en su mano acabar con la guerra que ellos mimos habían desencadenado y ayudar a millones de personas que anhelaban la paz. Pero no estaban dispuestos a hacerlo.

Christopher volvería a pasar por la base el viernes, 17 de noviembre, fecha en que daría a las partes veinticuatro horas para llegar a un acuerdo. De lo contrario, pasado ese plazo se pondría punto final a las conversaciones en Dayton.

Kati había vuelto a la base. Holbrooke quería presumir de ella y también ante ella. Solo la presencia de su mujer lo tranquilizaba. Su incansable labor dramatúrgica sobre aquel escenario diseñado por él mismo la enamoró aún más. Kati se había propuesto escribir un libro sobre Dayton y participaba en algunas de las reuniones, a veces sentada en el regazo de su marido, con libre

acceso a información clasificada[184]. Él le escribía papeles para que ella los interpretara: tenía que acorralar a Milosevic en asuntos humanitarios o llevar a Silajdzic a reflexionar sobre sus tácticas durante un improvisado paseo. Su implicación contravenía todos los protocolos e irritaba a los compañeros de Holbrooke. Chris Hill, falto de sueño como todos los demás, durante una reunión matutina hizo un comentario sobre algún tema relacionado con Goražde:

—Lo incluiremos en los temas que tratar por Kati.

Holbrooke lo miró, ofendido:

—Nos vemos después de la reunión. —Metió a Hill en su suite, se le acercó a la cara y le dijo—: No vuelvas a decir algo así nunca más.

Holbrooke estaba tan quemado que despellejaba ya a cualquiera. Hill se mordió la lengua y salió de la habitación. Kati era intocable.

El miércoles por la noche, Holbrooke y Kati llevaron a Silajdzic a cenar a

L’Auberge, en Dayton[185]. Le preguntaron acerca de su juventud en Sarajevo, de su familia, de sus esperanzas para Bosnia. Silajdzic, sin embargo, no era capaz de remontar su pesimismo. Era como si Dayton y la posibilidad de alcanzar la paz lo hubieran retrotraído a toda la tragedia de la guerra, como si no soportase dejar ir todo aquel mal, pues significaría aceptar sin más las injusticias y traicionar a los muertos.

—Ustedes no lo entienden —insistió—. No entienden por lo que hemos pasado.

—Tal vez no —admitió Holbrooke—, pero fueron ustedes quienes nos pidieron que creáramos un único Estado. ¿Por qué estamos intentándolo entonces, si no creen que vaya a funcionar?

—Lo que quieren habría sido fácil en 1992, o incluso en 1993 —repuso Silajdzic—. ¿Dónde estaba el mundo entonces? ¿Dónde estaba Estados Unidos?

Holbrooke conocía la respuesta. Pero ¿qué podría contestar a eso, sino que tampoco más muertes servirían para honrar a los muertos?

 

Al día siguiente, jueves, 16 de noviembre, Holbrooke y Hill almorzaron con Milosevic en el Club de Oficiales. Dos colegas estadounidenses paseaban por la base junto con Silajdzic, y Holbrooke se las apañó para convencerlos y que acudieran los tres al club. Silajdzic se sentó él solo, al otro extremo de la mesa donde normalmente se sentaba Milosevic. La tenue iluminación y la ajada elegancia del Club de Oficiales lo hacían el tipo de establecimiento que esos dos hombres podrían haber frecuentado en la antigua Yugoslavia.

Holbrooke cruzó la estancia y se dirigió a Silajdzic:

—Milosevic está dispuesto a hablar sobre Goražde[186].

Pero Silajdzic se negó a sentarse con él a su mesa. Sin arredrarse, Holbrooke regresó a la mesa de Milosevic.

—Silajdzic está dispuesto a hablar sobre Goražde —repitió.

Entonces Milosevic cogió una servilleta de papel y dibujó un mapa donde aparecían Sarajevo, Goražde y las carreteras que conectaban ambas poblaciones a través de territorio serbio.

—Podemos ofrecer un salvoconducto para circular por estas dos carreteras.

—Los bosnios nunca confiarán en semejante oferta —replicó Holbrooke.

—Bueno. Entonces les daré un kilómetro a cada lado de la carretera.

Holbrooke cogió la servilleta de Milosevic y cruzó el restaurante con ella en la mano hasta donde se encontraba Silajdzic. Este observó el mapa garabateado, cogió una servilleta de su mesa y dibujó otro mapa con un corredor terrestre mucho más ancho, que conectaba Goražde con Sarajevo y el resto del territorio de la federación bosnia. Holbrooke fue de una mesa a otra media docena de veces con ambas servilletas, mientras Milosevic y Silajdzic analizaban mutuamente sus reacciones desde el otro lado de la sala.

—Milosevic está dispuesto a venir a su mesa —anunció por fin Holbrooke a Silajdzic.

—No, iré yo a la suya.

—¿Por qué?

—Porque yo soy primer ministro y él es presidente. Es lo que dicta el protocolo.

—Déjese de tonterías. ¿Por qué? En serio. Quiero saberlo.

—Si viene él a mi mesa, es como si ya estuviera concediendo algo. Es como si dijera: «Soy un buen tipo, un hombre humilde. Y ahora, ¿qué vas a hacer tú por mí?».

—Jamás los entenderé.

Silajdzic, sin embargo, estaba convencido de que Holbrooke los entendía muy bien. No era uno de esos estadounidenses inocentones de ojos muy abiertos, tan generosos y confiados que a Silajdzic le parecían sumamente adorables. «Cuando estos desaparezcan, Estados Unidos seguirá siendo una gran potencia, pero no un gran país», pensaba Silajdzic.

 

Mapa con los límites acordados en Dayton. David Lindroth.

 

Este respondió que quería seguridad para Goražde, el último enclave musulmán en el este de Bosnia. Después de lo ocurrido en el resto de enclaves, los musulmanes necesitaban una conexión defendible entre Goražde y el resto del país.

—¿Para qué necesitas ese corredor?

—Porque lo que queréis es partir Bosnia en dos.

—Bueno, ya basta —dijo Milosevic—. Dejaremos el corredor.

Pasaron la tarde entera sentados a la mesa de Milosevic y charlaron sobre todas las mezquitas y los pueblos que había en la carretera de Goražde a Sarajevo y que iban quedando integrados en la parte musulmana a medida que el corredor se ensanchaba. Holbrooke y Hill fueron testigos de la primera negociación cara a cara sobre el territorio después de dieciséis días en Dayton.

 

Holbrooke había estado dando largas a Lake para que se quedara en Washington, pero aquel jueves se plantó por fin en Dayton. Dijo a Holbrooke que en la capital federal todo el mundo se mostraba renuente a que aquello

terminara bien[187]. El Congreso, dominado por los republicanos, quería evitar esa victoria de Clinton, los militares no tenían aún hambre de guerra para enviar tropas que impusieran la paz, y algunos asesores del presidente pensaban que un despliegue sobre el terreno en Bosnia, en una fecha tan tardía como 1996, se hallaría abocado al fracaso. Por ello, Dayton marcaría el fin de los cien días de esfuerzos estadounidenses en el marco de esa guerra. Si no se alcanzaba una solución, tendrían que relevarlos los europeos. Lake pasó solo unas horas con los líderes balcánicos.

—He oído que usted es el más contrario a Serbia de todo Washington —le espetó Milosevic.

—No, soy el más contrario a las agresiones militares —replicó Lake. Mientras caminaba con Holbrooke por el aparcamiento, Lake dijo—: Menuda

fauna tienes aquí metida[188].

Al día siguiente, 17 de noviembre, Don Kerrick, uno de los altos funcionarios de la Casa Blanca que formaban parte del equipo de Holbrooke, escribió en su parte informativo diario a Washington: «Las dinámicas personales en este fin de partida están entrando en barrena. A Milosevic y los serbobosnios de Pale nunca se los ve juntos. Rara vez hablan. Izetbegovic, Mo y Haris continúan asombrándonos con su deseo de torpedearse unos a

otros, aunque eso signifique echar a pique también la paz»[189].

Christopher regresó aquella noche. Había que cerrar el trato al cabo de veinticuatro horas o la conferencia se clausuraría. Si las cosas salían bien, dispondrían de otro día más para atar cabos sueltos. Clinton podría estar allí el lunes para la ceremonia de firma.

Ahora Holbrooke necesitaba desesperadamente a Christopher, porque apenas le quedaban ya energías. Algo había cambiado en la relación entre ambos. Christopher seguía encontrando desagradable a Holbrooke, y este seguía reclamando todo el crédito para sí. El secretario, no obstante, confió en él y le dejó tomar la iniciativa. «Aun sin estar seguro de por qué hacer algunas de las cosas que haces —le dijo—, me doy cuenta de que siempre tienen un motivo, al parecer». Les quedaban veinticuatro horas para hacerlo casi todo. Fuera de Goražde, el mapa seguía siendo un desastre: no había acuerdos sobre Sarajevo ni sobre la localidad de Brčko, en el noreste, tampoco sobre la frontera entre las dos entidades que formarían la federación. Los estadounidenses, que habían redactado la Constitución, dejaron esa negociación a los europeos, y los asuntos esenciales —si Bosnia tendría nueve presidentes o tres, una o dos cámaras parlamentarias, un primer ministro o solo un presidente, o si los refugiados podrían votar en sus ciudades y pueblos de origen— se resolverían sobre la marcha. Bildt opinaba que la importancia que los estadounidenses daban a las cuestiones cartográficas y militares —que en lo fundamental, todas tenían que ver con la división de Bosnia— suponían un paso atrás: Bosnia solo podría sobrevivir y sanar como país unido a través de la política. Aquello parecía cada vez más

un reparto que una reunificación[190]. La cuestión de cómo llevar a la práctica todo aquello quedó relegada casi al hecho consumado.

El símbolo de la guerra era Sarajevo. Los serbobosnios querían dividir la ciudad más mezclada de Yugoslavia en distritos por etnias, como el Berlín de la guerra fría o los Jerusalén Este y Oeste (Karadžić llegó a proponer un muro). Los musulmanes querían que Sarajevo fuera la capital indivisa de Bosnia y estuviese íntegramente en su territorio. Holbrooke se mantuvo inflexible al respecto: no podía levantarse otro muro de Berlín a finales del siglo XX en Sarajevo. Los estadounidenses propusieron un tercer modelo, un distrito federal al estilo del Distrito de Columbia. La discusión era la pescadilla que se muerde la cola.

El sábado, Holbrooke dio un paseo por el aparcamiento con Milosevic y lo amenazó de nuevo con echar el cierre a todo aquello.

—El asunto de Sarajevo debe salir resuelto de aquí —lo conminó[191].

—De acuerdo. —Milosevic se rio—. Hoy no me siento a comer hasta que lleguemos a un acuerdo.

Un poco más tarde, Milosevic entró en la suite de Holbrooke.

—Está bien, está bien. Al diablo con su modelo de distrito federal. Es demasiado complicado, no funcionará. Resolveré lo de Sarajevo.

Holbrooke estaba aturdido. Milosevic iba a renunciar a la capital bosnia. Hasta ese punto había llegado a despreciar a sus protegidos, que habían destruido Sarajevo durante tres años y medio. «Son unos mierdas». Milosevic pidió a Holbrooke que no dijera ni una palabra a los serbobosnios de su delegación: el líder serbio los había excluido por completo y se había negado a mostrarles un solo mapa. Krajisnik, el contrabandista de cemento de ceja única, consideraba que su finca de cinco hectáreas, cercana al aeropuerto, era tierra sagrada para los serbios; para Krajisnik, en efecto, la guerra se reducía a Sarajevo. Quedaban por trazar sobre el mapa las líneas cruciales, pero toda la ciudad, incluidos los barrios controlados por los serbios, irían a parar a manos de los asediados. «Se merecen ustedes Sarajevo porque cavaron un túnel y entraron y salieron como zorros —dijo Milosevic más tarde a Silajdzic—.

Lucharon por ella y esos cobardes les mataron desde las montañas[192]».

 

El domingo amaneció frío. La fecha límite había quedado atrás. Christopher prorrogó el plazo hasta el lunes por la mañana. Pese a haberse resuelto el asunto de Sarajevo, nadie creía que quedasen tiempo y voluntad para arreglar el resto de contenciosos, y se impuso la sensación de fracaso inminente. Holbrooke, que caía en el marasmo pero luego resurgía, cíclicamente, dijo a los estadounidenses que hicieran las maletas y las bajasen al aparcamiento, como si fueran a llevarlas a la pista de aterrizaje, y que lo vieran bien el resto de delegaciones. Fue un farol que falló de manera estrepitosa. Por la noche las maletas estaban de vuelta en las habitaciones.

John Menzies había preparado un par de gráficos sobre una cartulina para mostrar a los bosnios todo lo que habían ganado hasta ahora en Dayton. Holbrooke dejó que los bosnios se quedaran con los gráficos. Por la tarde, Milosevic fue a hablar con Izetbegovic en la suite de este. Entre el brazo del sofá y una mesa con una lámpara, vio una carta con una única línea escrita: «La federación obtiene el 58 por ciento del territorio». El corredor de Goražde y otras concesiones se habían llevado el 7 del 49 por ciento asignado originalmente a los serbobosnios. Milosevic no era consciente de a cuánto había terminado renunciando, porque cada vez que intentaba averiguarlo en detalle, Holbrooke —que tenía acceso a un mapa militar en formato informático, en una habitación vigilada, al final del pasillo en que se encontraba su suite— le daba largas.

Al ver la carta, Milosevic salió a toda prisa del edificio bosnio, se dirigió al cuartel estadounidense y cuando encontró a Holbrooke, que estaba en su habitación, le gritó: «¡Me ha engañado! ¿Cómo voy a confiar en usted

ahora?»[193].

Milosevic estaba dispuesto a renunciar a cualquier cosa por un trato —no le pareció mal ni siquiera la idea de que el cementerio serbio de Sarajevo estuviera fuera de la ciudad, en la montaña—, pero no estaba dispuesto a bajar ni un punto porcentual del 51-49, y los estadounidenses no se sentían capaces de obligarlo.

Al rato, Milosevic y Silajdzic estaban escudriñando los mapas en una pequeña sala de reuniones del edificio estadounidense. Discutieron toda esa tarde y esa noche a qué territorios correspondía ese 7 por ciento, y el debate se alargó hasta primeras horas de la mañana. Silajdzic no cedía: exigió Grbavica, el barrio de Sarajevo desde el que los artilleros serbios tenían la línea de visión más clara de la Avenida de los Francotiradores, quería un embalse situado a las afueras de Sarajevo que había caído del lado de la Republika Srpska, y reclamó también una aldea lindante con el corredor de Goražde, donde los serbios habían destruido una antigua mezquita. «¿Me vas a quitar también los pantalones?», se quejó Milosevic, aunque al final entregó a Silajdzic el embalse, el barrio de Grbavica y la aldea de la mezquita destruida, y siguió tratando de recuperar su 7 por ciento por otro lado. La conferencia de paz de Dayton había quedado reducida a pintar rayas en un mapa.

En la habitación donde se guardaban los mapas, al final del pasillo en que se encontraba la suite de Holbrooke, los ingenieros informáticos convertían las imágenes aéreas de Bosnia tomadas para la planificación de los bombardeos por parte de la OTAN en un videojuego tridimensional. Mediante un joystick, podían volar sobre el país y ver en detalle las características del terreno. Holbrooke invitó a Milosevic y a su compinche, el presidente de Montenegro, Momir Bulatović, a conocer aquella maravilla de la tecnología estadounidense, y se dio cuenta de que en las imágenes no aparecían pueblos ni casas. Solo montes y roquedales. Se lo señaló a los dos dirigentes.

 

(De izquierda a derecha). Hombre no identificado, Haris Silajdzic, Slobodan Milosevic,

Wesley Clark, Warren Christopher y Richard Holbrooke negociando en las dependencias

estadounidenses en Dayton. Departamento de Estado de Estados Unidos/Aric R. Schwan.

 

—En efecto —repuso Bulatović—, pero es Bosnia.

Holbrooke se sostuvo la cabeza entre las manos.

—Esto va a arruinar mi matrimonio, me va a arruinar la vida. Mira por lo

que estás luchando. Ahí no hay nada[194].

Sobre las tres y media de la madrugada del domingo, Silajdzic tuvo una idea: entregar a los serbios un trozo del territorio que las fuerzas musulmanas y croatas habían ocupado en el oeste de Bosnia justo antes del alto el fuego. Para Silajdzic la mayor parte de ese territorio no tenía valor y Milosevic lo

único que quería era llegar al 49 por ciento[195]. Sin que nadie lo esperase, consiguieron un acuerdo. Eran las cuatro de la mañana. Christopher pidió una botella de su Chardonnay californiano favorito. Brindaron en torno a una pequeña mesa circular.

Como Tuđman estaba en el séptimo sueño, fue convocado el ministro de Asuntos Exteriores croata, Mate Granić, para que diera el beneplácito de su país. Izetbegovic sí se despertó, y se presentó en pijama y con un abrigo encima, con pinta de estar muy triste. Granić, un tipo calvo y de modales delicados, echó un vistazo al mapa y montó en cólera. Todos los territorios que Silajdzic había dado a los serbios eran de los croatas de Bosnia. Pegó un puñetazo sobre la mesa: «¡Imposible! Cero coma cero por ciento de posibilidades de que mi presidente acepte esto». Se marchó enfurecido. Milosevic y Silajdzic se sentaron en silencio. La paz había durado poco más de media hora.

Izetbegovic observaba fijamente la esquina noreste del mapa: la ciudad de Brčko, a orillas del río Sava, donde Bosnia, Croacia y Serbia convergían,

llevaba en manos serbias desde la limpieza étnica de 1992[196].

En Brčko el territorio serbobosnio se estrechaba hasta quedar casi totalmente estrangulado entre la federación bosnia y Serbia. Por ello, los serbios lo consideraban un enclave vital desde el punto de vista estratégico. Todos los mapas diplomáticos, incluidos los del Grupo de Contacto, daban Brčko a los serbobosnios. Milosevic había tratado de deshacer ese estrangulamiento y abrir un corredor de quince kilómetros que, con esa población en su centro, uniera las partes este y oeste de la Republika Srpska, mientras que Silajdzic quería reducir esa conexión a dos viales, de treinta metros en total, que pasaban bajo el puente del tren, con ánimo de cortar el territorio serbobosnio casi en dos.

Esa misma noche, más temprano, Izetbegovic había animado a Silajdzic a

reclamar Brčko[197]. El primer ministro había respondido que eso pondría fin a las conversaciones. Izetbegovic miraba fijamente de nuevo Brčko en el mapa. Silajdzic se lo había dejado al final a los serbios.

Holbrooke sabía que algo andaba mal.

—¿Qué opina, señor presidente? ¿Está dispuesto a poner fin a la negociación? Podemos conseguirlo, ahora mismo.

Izetbegovic siempre se tomaba su tiempo para responder las preguntas difíciles.

—No puedo aceptar este acuerdo —dijo en inglés con un hilo de voz.

—¿Qué dice usted? —preguntó Christopher. Izetbegovic lo repitió, más fuerte.

Silajdzic tiró sus papeles sobre la mesa.

—¡No lo aguanto más! —gritó y salió apresuradamente de la habitación.

El domingo había sido el día más largo de todos los vividos en Dayton, pero desembocó en un triste fracaso.

 

El lunes salió el sol. Los exhaustos delegados caminaban sin rumbo por el aparcamiento, y se detenían a hablar entre sí, como aturdidos. Esa noche

Christopher fue a ver a Izetbegovic[198]. El presidente bosnio estuvo diez minutos recitando de nuevo los agravios sufridos por los musulmanes a manos de serbios y croatas, y Christopher acabó perdiendo su buen carácter habitual. Temblando casi, a voces, regañó a los bosnios por su comportamiento irracional y le dio a Izetbegovic una hora para cambiar de opinión. De lo contrario, las conversaciones se daban por acabadas. Pasó la hora e Izetbegovic respondió al ultimátum. Para que los croatas aceptaran el acuerdo, él cedería el uno por ciento de las tierras musulmanas de Bosnia a los serbios, pero ahora quería Brčko costara lo que costara. Los estadounidenses rechazaron en rotundo aquella nueva exigencia.

Con la certeza de que la conferencia quedaría definitivamente clausurada al día siguiente a primera hora, Izetbegovic se fue a la cama y durmió por primera vez de un tirón en mucho tiempo. No sería él el presidente bosnio que

aceptó un país nacido de un genocidio[199].

¿Y Holbrooke? Aquel fue el peor día de toda su vida diplomática. Apenas había dormido en tres noches. No le quedaban más maniobras en la manga. Su personaje se había quedado sin guion. Su resistencia sobrehumana flaqueaba. El espectáculo escénico se había venido abajo y gran parte de la culpa recaería sobre él. Reunido con los europeos, se desplomó en su silla y se quitó zapatos y calcetines. Con la camisa abierta y los pantalones hechos un guiñapo dijo: «Pues ya está, nos vamos de aquí».

No era un farol. Se pidió a las delegaciones que revisaran un comunicado de prensa en que se anunciaba el fracaso de la conferencia de paz. La visita del presidente Clinton se canceló y al día siguiente, martes, 21 de noviembre, todo el mundo volvería a sus casas. Holbrooke estaba tan destrozado que incluso Pauline Neville Jones, la diplomática británica con quien mantenía una relación especialmente difícil, se compadeció de él. Los líderes de los Balcanes estaban todos locos, le dijo a Bildt, pero los bosnios —las víctimas de la guerra, por quienes los estadounidenses habían ido tan lejos y habían

hecho tanto— eran los que más lo cabreaban[200]. Sospechaba que la voluntad de los bosnios era que las conversaciones fracasaran para volver a la guerra y

ganarla[201]. De ser así, los estadounidenses ya no los apoyarían.

 

Sin embargo, había una persona que no quería tirar la toalla ni que Dayton fuera un fracaso.

Milosevic se encontró con Bildt en el aparcamiento y le rogó que siguiera intentando rascar territorio para que los serbobosnios tuvieran su 49 por ciento: «Denme algo, montes, pedregales, un pantano, lo que sea. Ya da

igual»[202]. Y reprendió al adjunto de Holbrooke, John Kornblum, como si Izetbegovic fuera el Karadžić de los estadounidenses: «No pueden dejar que esto ocurra. Son ustedes Estados Unidos. No pueden dejar que los bosnios los

mangoneen de esta manera. Díganles lo que tienen que hacer»[203].

El martes por la mañana nevó. Milosevic, el responsable de millones de tragedias individuales a lo largo de los cuatro años anteriores en los Balcanes, estaba solo, esperando en mitad del aparcamiento. Aguardaba a que Holbrooke saliera de una reunión con sus colegas estadounidenses, a los que estaba agradeciendo sus valientes esfuerzos por poner fin a la guerra. Kati vio a Milosevic fuera, bajo la nieve, y se apresuró a llevarlo a la habitación atestada e indescriptiblemente desordenada de Holbrooke.

Milosevic anunció que quería marcharse de Dayton con, al menos, un acuerdo firmado por Tuđman y por él. Holbrooke estaba desesperado y se

mostró abierto[204] [205] , pero Christopher se negó: «No es viable».

«Está bien, está bien», dijo Milosevic a los estadounidenses. «Haré yo un último gesto por la paz». Aceptaría someter la situación de Brčko a un arbitraje internacional en un año. Era la última carta que tenía por jugar. Holbrooke recuperó al instante las fuerzas. Se quedó a solas con el secretario de Estado, cerró la puerta tras de sí y le dijo:

—Chris, la próxima reunión puede ser la más importante de todo tu mandato como secretario. —Christopher no lo miró con desdén. Estaba escuchando muy atento—. Podemos cerrar un acuerdo o podemos perder la oportunidad para siempre. Olvídate de Washington. Esto está por entero en nuestras manos. Debemos convocar una última reunión y acudir con la absoluta determinación de tener éxito.

Fueron al edificio bosnio. Se negaron a pasar y sentarse. Desde la misma entrada, Holbrooke presentó la oferta de Milosevic. Izetbegovic, Silajdzic y Sacirbey escucharon. Holbrooke repitió la oferta.

—¿Acepta el arbitraje de Brčko?

Izetbegovic vivió un momento de confusión. No esperaba que Milosevic cediera de ese modo. La pausa pareció durar una eternidad.

—No es una paz justa —dijo entonces. Transcurrió otro siglo entero de

silencio—. Pero mi pueblo necesita paz —agregó[206].

—Entonces, tenemos acuerdo —dijo Holbrooke. Silajdzic lo miró y le pareció que acabasen de sacar a aquel hombre de una cámara de gas. Holbrooke murmuró al oído a Christopher—: Vámonos de aquí cuanto

antes[207].