Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 29 de 41

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Nuestro hombre

Una de dos: o ganas o te caes

 

No sé muy bien cómo narrar lo ocurrido en esos meses. No hay un único asunto del que hablar, sino un desdibujamiento ininterrumpido de actividades llenas de intención y propósito. Temo que los lectores se queden con la impresión de haber visto un vídeo resumen de momentos destacados. Holbrooke no aguantaba perder veinte segundos esperando un ascensor y, mucho menos, veinte minutos cruzando la ciudad en su coche con chófer. La primera mañana, trató de despedir a dos empleados que trabajaban en la misión estadounidense, en la otra acera de la Primera Avenida, frente a la ONU (a uno de ellos, por no reconocer al nuevo embajador al coincidir con él en el ascensor). Su jefe de personal no cumplió la orden, pero el mensaje llegó a todo el mundo: con el nuevo embajador había que andarse con cuidado.

Holbrooke se comparaba con «un esquiador en una carrera de descenso

que va a toda velocidad: o ganas o te caes»[1]. Él no se cayó. Hizo cosas de las que probablemente los lectores nunca hayan oído hablar, no tan espectaculares como Dayton, pero casi igual de importantes. Salvó, por ejemplo, la posición de Estados Unidos en las Naciones Unidas, lo que equivale a salvar a las Naciones Unidas. Nunca fue más productivo ni más feliz.

Ayudó mucho vivir en Nueva York en lugar de en Washington. Él y Kati dormían en el Beresford, y no en la residencia oficial del embajador ante las Naciones Unidas, en el piso 42 del Waldorf Astoria, en el East Side, que a veces usaban por motivos puramente recreativos. Holbrooke se forjó su propio feudo y se ocupó de sus problemas, esos de los que en Washington no querían oír hablar. Era imposible ganarle a Albright, su superior en el escalafón burocrático. Eso no impedía que la desacreditase frente a sus ayudantes («No podemos tener a una aficionada en ese cargo») y tampoco que Albright dijese a Talbott: «Espero que Gore sea presidente, pero que me

aspen si Holbrooke se queda con mi puesto»[2]. El odio que se profesaban, a diferencia del que se tenían él y Lake, no se debía a rencillas acumuladas en el pasado. Holbrooke fue disciplinado y procuró no tener que lidiar con el Departamento de Estado y la Casa Blanca. Esquivó las cuestiones de política exterior más importantes para Clinton durante el año anterior —el programa de armamento iraquí y el conflicto palestino-israelí—. Desde los inicios de su carrera se había mantenido alejado de Oriente Próximo, y explicaré por qué: era demasiado fácil enojar a las organizaciones judías estadounidenses, lo que habría fastidiado su escalada en el poder. En su primera semana de trabajo, a principios de septiembre de 1999, se produjeron episodios masivos de violencia en Timor Oriental, cuando milicias respaldadas por el ejército indonesio masacraron a los timorenses que acababan de votar a favor de su independencia. Holbrooke telefoneó al ministro de Asuntos Exteriores indonesio, a quien había conocido durante los años de Carter, cuando Holbrooke había intentado vender aviones militares estadounidenses a Indonesia haciendo oídos sordos a los derramamientos de sangre provocados por la anexión forzosa de la excolonia portuguesa. Dos décadas más tarde, se sirvió de su antigua red de contactos a fin de reconvenir al ministro de Asuntos Exteriores indonesio y engatusarlo para que dejara irse a Timor Oriental. Hizo que el Consejo de Seguridad trabajase durante todo el fin de semana y consiguió que se aprobara a la carrera una resolución para enviar una fuerza internacional liderada por Australia. Las tropas llegaron a Dili el 20 de septiembre.

Era la primera misión de mantenimiento de la paz desde las catástrofes de Somalia, Ruanda y Bosnia. Se demostró que las Naciones Unidas —con la presencia de una potencia en la región, como Australia, y bajo liderazgo estadounidense— podía prevenir atrocidades y estabilizar países rotos por la guerra.

Sus meses en las Naciones Unidas podrían resumirse en dos o tres cuestiones.

La primera cronológicamente hablando, y también en significado y dificultad, resultaba también la más enrevesada. Estados Unidos era quien más fondos aportaba a las Naciones Unidas y debía en torno a mil millones de dólares. La deuda venía acumulándose desde hacía años, en parte debido a senadores republicanos como Helms, que consideraban la ONU un pozo sin fondo de gastos, y también un vivero de actitudes antiestadounidenses y una amenaza para la soberanía del país. El Partido Republicano ya había enfilado la solitaria carretera que lo alejaba del internacionalismo rumbo al America First.

Como condición previa al pago de la deuda, Helms pedía reformas draconianas en la ONU. Primero, una reducción de la deuda. La propuesta de ley Helms-Biden había sido aprobada en el Senado, pero muchos miembros de la Cámara baja querían ver caer la institución. Un representante republicano de Nueva Jersey, por ejemplo, paralizó los avances en el desarrollo de la ley debido a una propuesta en virtud de la cual se dispondrían fondos para planificación familiar en los países pobres. Los predecesores de Holbrooke —Albright y Richardson— no habían sabido o podido solucionar ese problema, y le dejaron la patata caliente. Para cuando juró el cargo, Estados Unidos estaba a apenas meses de perder su voto en la Asamblea General de la ONU, lo cual se la traía al pairo a Helms y a otros congresistas partidarios del America First, encantados de que el país se viera obligado a abandonar la organización. Pero el gobierno de Clinton no estaba dispuesto a morder el polvo por un dinero debido a la ONU justo en año electoral.

Así pues, Holbrooke —cuyo apoyo a las misiones de paz y los tribunales para crímenes de guerra personificaba esa idea de la soberanía nacional, más bien laxa, que Helms repudiaba— colocó en lo alto de su lista de prioridades ganarse a los republicanos del Congreso. Ese otoño viajó a Washington todas

las semanas[3]. Allí, abordaba a completos desconocidos en el patio de columnas o en el tren subterráneo del Capitolio, escuchaba sus quejas y les explicaba por qué la supervivencia de las Naciones Unidas importaba al electorado de su distrito.

En la salita de espera del despacho de Bart Stupak, un demócrata de corte conservador oriundo de la península Superior de Michigan, Holbrooke y su representante en Washington, Robert Orr, fueron recibidos por un póster en que se leía «MI PRESIDENTE ES CHARLTON HESTON». Heston presidía entonces la

Asociación Nacional del Rifle (ANR).

—Por el amor de Dios —le susurró Orr a Holbrooke—. ¿Adónde me has traído?

Holbrooke se sentó con Stupak para charlar.

—Me doy cuenta de que las cuestiones de seguridad le preocupan —dijo, pisando fuerte desde el principio. Stupak había sido policía y guardia estatal.

—Desde luego —dijo Stupak—. En mi distrito tenemos milicias, y un montón de armas.

—Bueno, yo he venido para hablar con usted sobre seguridad nacional con esa misma pasión.

Holbrooke le contó entonces que las Naciones Unidas no tenían que ver con los «valores» estadounidenses, sino que funcionaban como una herramienta para ejercer con contundencia el poder en nombre de nuestros intereses. En nueve de cada diez países del mundo, la influencia estadounidense se dejaba sentir a través del papel que Estados Unidos desempeñaba en el seno de la ONU, sobre todo en las misiones de paz. Cuando Stupak mencionó el trabajo que hacía la ONU para limitar el comercio global de armas ligeras —algo contra lo que la ANR protestaba airadamente—, Holbrooke restó importancia al asunto con un gesto desenfadado: aquello no era más que un paripé de cara a la Asamblea General. Lo que contaba en verdad era el Consejo de Seguridad, donde él tenía la responsabilidad de proteger los intereses patrios, valiéndose de todas las herramientas posibles, incluido el veto.

—No sabía qué esperar cuando oí que quería venir a verme —confesó Stupak al terminar Holbrooke su exposición—. He de decir que me ha convencido.

Holbrooke se reunió individualmente con más de cien congresistas [4]. La mayoría nunca se había sentado con un miembro del gabinete y se sintieron halagados por recibir la atención de una estrella de la diplomacia como él. Los más suertudos fueron invitados a las cenas EHD alguna celebridad que Holbrooke y Kati organizaban periódicamente en el Waldorf. Unos pocos incluso fueron los homenajeados. En diciembre de 1999, la Cámara aprobó el proyecto de ley Helms-Biden y Clinton lo sancionó.

El 20 de enero de 2000, Holbrooke invitó a Helms a Nueva York para concederle el honor de dirigirse al Consejo de Seguridad. Aquel viejo racista y aislacionista de ojos de lechuza se sentó en la famosa mesa en forma de herradura para advertir a la ONU que no se atreviera a juzgar la legitimidad de las acciones de Estados Unidos en política exterior. Los embajadores lo escucharon en un silencio gélido, pero el efecto en general fue positivo y contribuyó a rebajar tensiones. Al día siguiente, la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado celebró en el Midtown neoyorquino una sesión sobre la reforma de la ONU. Helms la presidió con una gorra de béisbol de las Naciones Unidas de color celeste: soñaba ya con ocupar un lugar en la historia. En marzo, correspondió al Consejo de Seguridad invitándolo a Washington en pleno y, en mayo, Kofi Annan, el primer secretario general de la ONU africano y de raza negra, pronunció el discurso de inauguración del curso en la Universidad de Wingate, en Carolina del Sur, el alma máter de Helms, que hasta hacía unas décadas había segregado a los negros.

Como condición para pagar las deudas pendientes con la ONU, la ley Helms-Biden obligaba a que la aportación estadounidense se redujera del 25 por ciento al 22 por ciento del presupuesto general y, en el rubro de mantenimiento de la paz, del 29 por ciento al 25 por ciento, lo que obligaría al resto de países a aumentar sus aportaciones respectivas (algunos tendrían que triplicarlas). A Holbrooke le pareció bastante humillante ese racaneo por parte

del país más rico del mundo[5]. «Sin embargo, vamos a hacerlo, porque Estados Unidos no puede ser el país que rompa la ONU», le garantizó a sir Jeremy Greenstock, el embajador británico. Holbrooke necesitaba los votos de toda la Asamblea General, donde se toparía con resistencias igual de feroces que las del Congreso republicano. Dirigió su implacable mirada a las otras 188 misiones ante las Naciones Unidas y dedicó tiempo a los representantes permanentes de países pequeños o poco desarrollados como Mauricio —los equivalentes geopolíticos de Bart Stupak—, cuyo representante jamás se había reunido con un embajador estadounidense. Holbrooke quiso conocer sus inquietudes y deseos. Además, acompañó a un grupo de embajadores africanos a una visita privada a la colección africana del Museo Metropolitano y se empolló todos los aspectos financieros de los

presupuestos de cada país[6]. Llevaba encima a todas horas una hoja plastificada con los presupuestos actuales y estimados para el siguiente ejercicio de cada país.

La víspera de Año Nuevo de 2000, durante la votación final, Holbrooke no dejó dormir a sus colegas en Nueva York en toda la noche. Los embajadores debatían con los gobiernos de sus países sobre si aprobar o no el nuevo presupuesto. Greenstock se resistió a las instrucciones que había recibido de rechazar la propuesta de aportación británica. «Siento que sea tan tarde, he tenido que tratar con Holbrooke este tema —informó al subsecretario, que seguía despierto en el Ministerio de Asuntos Exteriores británico a las cuatro de la mañana—. Lo he hecho bastante bien. Tenemos que aceptarlo». Las reformas fueron aprobadas y Estados Unidos comenzó a saldar la deuda que tenía con la organización de su creación.

Holbrooke —que era demasiado práctico para creer en el sueño de su padre, pero demasiado idealista para renunciar a él— salvó a las Naciones Unidas de la disolución que habría supuesto la pérdida del liderazgo estadounidense. Freud dijo que el trabajo del psicoanalista era transformar la infelicidad neurótica en infelicidad común. Holbrooke conservó el papel histórico de las Naciones Unidas como la organización que puede intentar resolver los principales problemas del mundo y fracasar.

 

Holbrooke necesitaba un terreno de juego más amplio. No lo satisfacía presionar a los legisladores y hacer cuentas de dinero en Washington y Nueva York. Encontró uno enorme: África, donde nunca había puesto un pie, a excepción del norte musulmán.

En 1998, Bill Clinton había saludado un «renacimiento africano» encabezado por una nueva generación de dirigentes. La salve se hizo antes de tiempo, por desgracia. A finales de 1999, varias guerras de gran violencia, declaradas por algunos de esos mismos líderes, acabaron con la vida de decenas de miles de personas en la frontera entre Etiopía y Eritrea, en Sierra Leona y en el este del Congo, donde media docena de países del entorno se habían enzarzado en un enfrentamiento marcado por las limpiezas étnicas y el control de los recursos minerales. Si la política exterior de la era posterior a la guerra fría se definía como gestión del caos, África parecía un buen punto de partida.

A principios de diciembre de 1999, Holbrooke coordinó un viaje de doce días —lo acompañaron el senador Russ Feingold, varios funcionarios de Clinton y Kati— a diez países africanos, entre ellos el Congo, Sudáfrica y

Zimbabue [7]. Ese ritmo no dejaba a Holbrooke tiempo para hacer cosas como entrar en una pagoda y escudriñar el corazón carbonizado de un monje. Cuanto más importante es la gente, menos aprende: no leen tanto, no tienen tiempo que perder de manera productiva, hablan con pocos locales, los que habitan el lado malo de la historia. Holbrooke luchó contra ese mal como pudo, pero también se vio aquejado, aunque su patrón oro de la diplomacia seguía siendo su año en el delta del Mekong.

Su propósito era exponer los problemas del continente ante el Consejo de Seguridad, sobre todo la guerra del Congo y la epidemia de sida, que estaba destruyendo el tejido social de cada uno de los países que visitó. En enero de 2000, le tocó a Estados Unidos presidir el Consejo de Seguridad, y Holbrooke lo declaró «el mes de África». Invitó a Nueva York a jefes de Estado de los países que se enfrentaban en el territorio del Congo y, pese a las objeciones de Rusia, China y Kofi Annan, logró incluir el sida en la agenda del Consejo de Seguridad en cuanto amenaza para la paz y la estabilidad mundiales (empezando por la propagación de la enfermedad en África y otros lugares por parte de los Cascos Azules de la ONU). No llegó muy lejos en su celo por acabar con la guerra en el Congo. Sin embargo, arrojar luz sobre el problema del sida tuvo óptimas consecuencias: por un lado, para las Naciones Unidas, donde por primera vez una crisis de salud recibía la atención colectiva de las potencias mundiales y el Consejo de Seguridad tomaba en consideración temas «blandos» distintos a la guerra y la paz (los niños soldado, las víctimas civiles); por el otro, para el propio Holbrooke, pues después de dejar el trabajo en las Naciones Unidas dirigió una alianza de multinacionales volcadas en tratar el sida y divulgar las pruebas del VIH. Entendió de antemano que la diplomacia cambiaría en el siglo XXI, que tendría más que ver con la organización de individuos y grupos ajenos al gobierno como respuestas complejas a crisis humanitarias que con conversaciones entre hombres trajeados sentados en torno a una mesa de conferencias.

Una breve nota al pie en esta historia que estoy contando. No me da tiempo para relatar de qué manera bloqueó él solo al gobierno genocida de Sudán para que no diera la espalda al Consejo de Seguridad, como era de esperar, o espoleó a las Naciones Unidas para que agilizaran el reasentamiento de los refugiados de Timor Oriental tras la guerra con Indonesia, o intentó que los chinos se reunieran con el dalái lama y otorgaran la autonomía cultural al Tíbet a cambio del reconocimiento del gobierno de China (esto no sucedió). Este es el tipo de cosas que Holbrooke hacía cuando nadie miraba.

 

En las Naciones Unidas, Holbrooke se creó un nuevo enemigo de peso.

Burocráticamente, la única persona que se interponía entre África y él era una adjunta de la Secretaría de Estado de treinta y cinco años llamada Susan Rice. Nacida de la intelligentsia negra de Washington, era una mujer inteligente y combativa, una atleta, protegida por Lake desde el CSN y por Albright desde el Departamento de Estado, todo lo cual presagiaba un más que probable choque con Holbrooke. El día que se conocieron, en el verano de 1998, Rice estaba charlando con unos congresistas en el Capitolio cuando su asistente la llamó para comunicarle que el nuevo candidato para la embajada ante la ONU estaba en su despacho del sexto piso del Departamento de Estado y no pensaba marcharse hasta que ella regresara y pudiera verla. Rice indicó a su asistente que dijera a Holbrooke que tardaría un rato en volver, pero que podía esperarla allí si lo deseaba. Que es justo lo que él habría hecho en su lugar.

Cuando Rice regresó, se encontró a Holbrooke tendido en el sofá de su despacho. «No me gusta nada que hayas batido el récord que yo ostentaba de adjunto regional del secretario de Estado más joven de la historia», le dijo a modo de recibimiento.

Se intentaba mostrar encantador a su manera algo tosca, pero a Rice no le hizo ninguna gracia, y en ese preciso instante decidió que aquel tipo era un estúpido arrogante. Al año siguiente, Holbrooke movió agresivamente el foco de sus intereses al continente africano, que había vuelto a convertirse en campo de batalla donde medían sus fuerzas potencias de otras partes del mundo. Su sexto sentido para las debilidades del prójimo le decía que el punto flaco de Rice era Ruanda. Ella fue el más alto cargo del CSN dedicado a África durante el genocidio ruandés y había desempeñado un pequeño papel, junto con Lake y Albright, a la hora de evitar que Estados Unidos movieran siquiera un dedo para evitarlo o detenerlo. Aquello atormentaba a Rice y Holbrooke lo sabía.

El mes que Holbrooke pasó en África a comienzos del nuevo milenio fue probablemente el más largo de su vida. Convocó a diversos líderes africanos y a los embajadores ante la ONU en Nueva York para entablar conversaciones acerca del Congo, lo que equivalía a mearse a lo largo y ancho del territorio de Rice. Las cosas se pusieron especialmente feas durante una reunión en una sala de conferencias de la embajada estadounidense ante la ONU. El asunto que se discutía era si los Cascos Azules deberían recibir el mandato de desarmar a las milicias congoleñas, como opinaba Rice, o simplemente actuar como observadores, que era la postura de Holbrooke. Este se puso en pie en uno de los extremos de la mesa y se dirigió a ella con condescendencia, dando a entender que su criterio estaba marcado por sus fracasos anteriores. Entonces dijo: «Sé muy bien lo que es ser el adjunto regional al secretario más joven de la historia». Fue la gota que colmó el vaso. Desde su asiento, al otro lado de la mesa, Rice le levantó lentamente el dedo corazón de la mano.

Él hizo caso omiso y continuó hablando. Tras la reunión, Rice llamó a Albright para avisarle de que le había hecho la peineta a un miembro del gabinete. La secretaria la felicitó. Todo aquello tendría sentido años después.

Tampoco puedo dejar a Tony Lake fuera de esta historia. Estaba impartiendo clase en Georgetown y, dado que había trabajado en África desde finales de los sesenta, había sido enviado especial no remunerado de Clinton en Etiopía y Eritrea. La guerra de fronteras entre ambos países, a base de trincheras y artillería, recordaba a la Primera Guerra Mundial y estaba acabando con la vida de los soldados de infantería al mismo ritmo que aquella. En una ciudad limítrofe entre ambos países, ya de por sí golpeada por la hambruna y la sed, murieron cien mil personas. Las armas entraban a raudales desde los países vecinos y los intentos estadounidenses de promover el fin de las hostilidades fracasaban una y otra vez.

A principios de mayo de 2000, las conversaciones de paz de Argel, mediadas por Lake, entraron en un callejón sin salida a cuenta de la secuencia

de pasos exigibles para implementar un alto el fuego[8]. Eritrea y Etiopía parecían muy dispuestos a reanudar los enfrentamientos y las tropas etíopes se agolpaban en la frontera. Lake regresó a Washington llamado a consultas; en ese momento Holbrooke estaba viajando por África acompañado por media docena de embajadores ante la ONU de países del Consejo de Seguridad. Holbrooke y sus colegas despegaron desde Kampala, la capital de Uganda, rumbo a El Cairo, pero decidieron hacer escala en el Cuerno de África para tratar de evitar que se reavivara el conflicto y, en el caso particular de Holbrooke, a fin de demostrar cómo se hacía la diplomacia con músculo. Lake sabía que si intentaba bloquear la injerencia de Holbrooke, parecería otra más de la larga lista de mezquindades fruto de su animadversión mutua. Como siempre, Holbrooke sacó tajada táctica del sentido de la dignidad de Lake.

El gobierno de Clinton consideraba a los eritreos los agresores y Rice tenía una relación especialmente cercana con el primer ministro etíope, Meles Zenawi. Holbrooke creía que ese sesgo formaba parte del problema general. Tras visitar Adís Abeba, viajaron a Asmara, donde Holbrooke y sus compañeros consiguieron que el presidente Isaias Afwerki aceptara las demandas etíopes, lo que dejaba a Meles —entre cuyas filas se disipaba por momentos el ardor guerrero— acorralado. Holbrooke discutió vehementemente con los etíopes, como si fueran sus pares: «Señor primer ministro, usted ha malentendido su posición como líder del gobierno». Dejó a Meles echando humo por las orejas.

A las treinta horas de la partida de los embajadores de Adís Abeba, los etíopes lanzaban una ofensiva que duró dos semanas y en la que murieron miles de personas. La guerra terminó los últimos días de mayo.

La ofensiva se habría producido de todos modos, pero los funcionarios de Washington concluyeron que la intromisión de Holbrooke la había precipitado. Por el Departamento de Estado empezó a circular un correo electrónico cuyo asunto rezaba «Para empezar una guerra». Lake, que había recibido el Premio Samuel Nelson Drew de la Casa Blanca por su labor en las conversaciones de paz, juró que no volvería a dirigir la palabra a Holbrooke.

 

Richard y Kati nunca habían sido tan felices ni volverían a serlo como cuando él trabajó en las Naciones Unidas. Por fin habían cumplido el sueño de ser una gran pareja ante el ojo público. Los almuerzos y las cenas que organizaban en la suite 42 del Waldorf Astoria —siempre ajustados a su agenda y objetivos políticos— se hicieron legendarios. Por la mañana, sentados en su cama del Beresford, dibujaban la mesa y decidían qué lugar ocuparía cada invitado, colocando sus nombres en notas adhesivas y moviéndolos de un lado a otro según conviniera («dos generales que preparan una batalla sobre un plano», en palabras de Kati). A una cena EHD Nelson Mandela, pagada con dinero del contribuyente, acudieron Robert De Niro, Dikembe Mutombo (había mucho ambiente NBA en esas cenas), Wes Clark, Barbara Walters, Hillary Clinton, Al Gore (Holbrooke estaba prestando al vicepresidente mucha atención entonces, pues se iniciaba ya la campaña presidencial de 2000), Helms, Biden y el ocasional presidente de alguna subcomisión oriundo de Kentucky. El chef, el sous-chef y los dos jefes de protocolo que trabajaban para Holbrooke vivían en un sinvivir.

 

(De izquierda a derecha). David Stern, Hakeem Olajuwon, hombre no identificado, mujer

no identificada, Dikembe Mutombo y Richard Holbrooke en el hotel Waldorf Astoria de Nueva

York. Holbrooke Papers.

El dalái lama y Richard Holbrooke en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Holbrooke

Papers.

 

Robert De Niro y Richard Holbrooke en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

Holbrooke Papers.

Una Acción de Gracias, la familia de Holbrooke acudió a cenar al Waldorf. Asistían también Kofi Annan y varios embajadores ante la ONU. Alguien propuso que todo el mundo dijera, por turnos, por qué cosas daban gracias. A Andrew, el hermano de Holbrooke, todo aquello, como dar las gracias por «la paz del mundo», le sonaba beato e impostado y, cuando le tocó, dijo: «Doy gracias por tener un hermano tan amable, atento y cariñoso». Todo el mundo se rio, incluso Holbrooke. Entonces, Trudi, su madre, quien acababa de perder a su segundo marido y había sido recientemente diagnosticada de alzhéimer, dijo: «Yo no tengo nada por lo que dar gracias. Me siento desgraciada». En ese momento se hizo un silencio interminable.

Kati siempre se ofrecía a hacer el brindis de apertura, pero no intervenía en el menú. Era Holbrooke quien planeaba los platos acomodándolos a su gusto, sobre todo los postres (por ejemplo, la île flottante, merengue a la deriva sobre un mar de natillas). Eran compañeros y ella vivía su propia vida. Se había embarcado en la escritura de su sexto libro, que sería el de más éxito hasta entonces (que trataba sobre matrimonios presidenciales, el de Clinton incluido) y trabajaba recaudando dinero para el Comité para la Protección de los Periodistas y Human Rights Watch, visitando a escritores encarcelados en el extranjero y dando conferencias sobre libertad de prensa a dictadores de otros países. Richard y Kati estaban en la cima del mundo.

Corrían rumores acerca de que él habría tenido una aventura con una mujer más joven. Eran ciertos. Estaban en el Beresford trabajando y él acercó su cara a la de ella y le dijo: «Quiero darte un beso». No esperó una respuesta: la reclamó al modo de los grandes hombres que se creen con todos los derechos. Sin embargo, a esa mujer joven le pareció más cariñoso y atento que otras celebridades que conocía. Mantuvieron el contacto aun cuando ella lo dejaba en el dique seco por estar saliendo con alguien. El rumor saltó a las páginas de la prensa del corazón en el verano de 2000, cuando Holbrooke calculaba que le faltaban meses para convertirse en secretario de Estado con Gore. Entró en pánico e ideó un plan: él y Kati irían a comer al reservado de Pete Peterson en el hotel Four Seasons con este y Dick Beattie, para dejarse ver y demostrar que seguían felizmente casados. Por supuesto, nadie se fijó porque a nadie le importaba.

Cuando el rumor llegó a oídos de Kati, manejó el asunto con mucha sofisticación: sí, aquel era el savoir faire de la comtesse de Marton en acción. Fue toda una declaración de intenciones el mostrarse amable con aquella joven en público, e incluso expresar preocupación por sus problemas personales. Kati no se dejaría echar a los caballos.

Y sí, el caso es que estaban felizmente casados. Al menos, él lo estaba, y en su caso un affaire no desmentía esa realidad. La mujer más joven simplemente le excitaba cierto apetito, en un ámbito social donde las aventuras extraconyugales eran casi la norma. Holbrooke seguía enamorado de Kati.

No se habría convertido en secretario de Estado de Gore, sin embargo, ni aunque el Tribunal Supremo le hubiese quitado la presidencia a George W. Bush. El asesor de política exterior de Gore, Leon Fuerth, le dijo a Les Gelb que Holbrooke no tenía ninguna opción «por razones obvias»: reconocía que su talento era menospreciado, pero se metía en demasiados líos, tenía demasiados detractores. Gelb argumentó que Holbrooke siempre había sido leal a Clinton, pero Fuerth se mostró impasible y Jim Johnson, que preparó a Gore para los debates y el eventual acceso a la presidencia, confirmó la mala noticia.

Tras dejar el gobierno, Holbrooke ocupó un cargo en el Consejo de Relaciones Exteriores e hizo planes para escribir otro libro —una secuela de American Diplomacy, 1900-1950, de Kennan— sobre la diplomacia durante la segunda mitad del siglo XX, que fue en su mayor parte el siglo americano, en el cual aparecían algunos episodios de su propia carrera diplomática. No llegó siquiera a empezarlo: seguía siendo un hombre demasiado inquieto para sentarse a escribir. Johnson lo invitó a presentar su currículum en otra empresa de Wall Street, en esta ocasión un banco comercial llamado Perseus, por un sueldo de un millón y medio, bonificaciones aparte, más de lo que Holbrooke había ganado en su vida. Beattie trató de ponerle sobre aviso — Frank Pearl, el director de Perseus, le parecía un tipo falso y calculador—, pero semejante dinero era demasiado tentador. El puesto traía consigo secretaria, asistente personal, coche y un chófer que había trabajado para un alto cargo de la policía y todavía tenía la placa del Departamento de Policía de Nueva York, gracias a lo cual, llegaba a cualquier rincón de la ciudad a toda pastilla.

Holbrooke no puso en bandeja demasiados negocios a Perseus. Hizo su trabajo sobre el sida y presidió la Asia Society, se sentó en poderosas juntas corporativas, escribió columnas para el Washington Post y dictó una conferencia ante oligarcas ucranianos a cambio de cien mil dólares. No se

estaba quieto, y tanta actividad le pesaba mucho a Kati[9].

Holbrooke comenzó a tener problemas de salud. En concreto, arritmias y mareos provocados por una fibrilación auricular. Ocurrió tres veces en seis años, y en cada una de esas ocasiones los técnicos le aplicaron el desfibrilador en pecho y espalda para darle una descarga eléctrica tan fuerte que lo dejó brevemente inconsciente, con el objetivo habitual en estos casos: detener el corazón a fin de que reanudase su latido normal. Los episodios le metieron el miedo en el cuerpo.

El matrimonio sufría cuando él estaba fuera del poder. Durante los periodos de escalada rumbo a la cima, la cordada formada por Kati y Holbrooke mantenía tensa la cuerda, pero en general, la cuerda empezó a combarse. Apenas pasaban tiempo solos en casa y la intimidad se evaporaba con cada salida nocturna —a restaurantes con amigos, como recaudadores de fondos, en cenas en honor de una u otra persona—. Ambos tenían miedo de quedarse quietos porque entonces llegaría el escrutinio, tanto de los otros como de sí mismos, igual que si al dejar de moverse se trasluciera algo que no querían ver. Era más fácil protegerse mutuamente cuando los ojos azul hielo de Holbrooke se iluminaban como podía iluminarlos el trabajo bien hecho, el que le estaba encomendado hacer.

Mientras tanto, Holbrooke trató de mantenerse ocupado con frenesí, pero no fue capaz de procurar suficiente emoción por el poder tanto para ella como para sí mismo. Su vida ocupaba demasiado espacio y Kati se veía a obligada a pelear por su parte sin cesar. Él quería tenerla a su alcance, pero nunca logró desconectar de todas las cosas que lo alejaban de ella. Kati comenzó a sentirse abandonada. Y esta era la diferencia esencial en la ambición que los había unido antaño en aquella «salve genética». «Holbrooke quiere que se le preste atención por lo que está haciendo, no por lo que es —observó Lake en un momento de generosa perspicacia—. Esa es una cualidad muy importante, la

que lo salva[10]». Lo que a Kati le faltaba era que le prestaran atención, algo tan necesario como el aire.

En tres ocasiones, ella le sugirió que viera a un psicólogo para tratar diversos temas que le resultaban demasiado dolorosos para hablarlos con ella. El primero, su padre. El segundo era Lake, que había decidido poner fin a su amistad, según le contó Holbrooke a Kati, sin motivo alguno. Holbrooke se negaba a ver a nadie. «Sé lo que me sienta bien, y no necesito que nadie me meta las narices en la cabeza», le dijo. Lo que le funcionaba era no ahondar demasiado en todos esos asuntos.

El tercer asunto para el que Kati creía que Holbrooke necesitaba ayuda profesional era el que acabaría con su matrimonio.

En el verano de 2004, ella estaba trabajando en un nuevo libro sobre sus padres y el drama vivido en su niñez, para lo cual viajaba periódicamente a Budapest. En la capital húngara conoció a un hombre que terminaría convirtiéndose en su amante; un ejecutivo de los medios de comunicación húngaro rico, guapo y muy europeo. A Kati le encantaba hablar su lengua materna con él. Adoraba que leyeran poesía juntos, pasar horas en un café bebiendo vino y hacer el amor, regodeándose en ser el centro de su atención —nada de teléfonos móviles—. Con Holbrooke no compartía ya ninguna de estas cosas. Kati y su amante estuvieron viajando por Europa durante el verano, afiebrados por el romance, estado vital que ella encontraba irresistible. Se planteó dejar a su marido.

Un día de agosto, ella y Holbrooke estaban sentados en el jardín de su casa en los Hamptons.

—Richard, he conocido a alguien…

Kati no pudo continuar y rompió a llorar quedamente. Lloraron juntos. Él le había dicho en una ocasión que si ella lo traicionaba, él tendría que perdonarla.

—Tú nos has metido en este lío —dijo Holbrooke por fin, apartándose de Kati—. Ahora tendrás que sacarnos.

Ese «sacarnos» en plural —la aseveración de una cruda realidad que no dejaba espacio a la fantasía o la negociación— la venció. Llamó a su amante en Budapest: «No puedo hacerlo», le dijo.

Richard y Kati viajaron sin dirigirse la palabra de vuelta a Nueva York, donde retomaron de inmediato su vida pública.

 

Cuando cayeron las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, Holbrooke se dirigía en coche al aeropuerto de LaGuardia. Lo acompañaba Sandy Berger —iban a participar en un congreso en Houston— y la catástrofe que estaba produciéndose a sus espaldas, al otro lado del East River, tensó la conversación y la llevó al terreno personal.

—¿Cuándo fue la última vez que vistes a tu hijo? —le preguntó Berger. Y también—: Clinton me preguntó qué ocurrió entre Tony y tú.

—¿Qué le contestaste?

—Que no tenía ni idea.

Todos los vuelos se habían cancelado y el aeropuerto estaba cerrado. Desde un hotel cercano, Ashley Bommer, una de las asistentes de Holbrooke, llamó por teléfono a la CNN, así que él fue uno de los primeros expertos en aparecer en televisión, a las tres horas de caer las torres. Holbrooke especuló que el culpable podría ser Osama bin Laden, pero que eran igual de responsables los demás países que hubieran prestado apoyo a los

terroristas[11]. Mencionó el nombre de Ashley en directo para que sus padres no se preocupasen. La voz de Berger sonó nerviosa en el directo, mientras trataba de eludir las preguntas sobre el historial de la administración Clinton con respecto del terrorismo.

En realidad, Holbrooke no tenía ni idea de qué decir sobre los atentados, más allá de mostrar todo su apoyo, como buen patriota, a la administración Bush. Cuantas más apariciones hacía en televisión, más sentía que engañaba a

todo el mundo y que estaba sacando tajada de la tragedia[12]. Cayó en una depresión. Se encontraba fuera del gobierno en un momento histórico y Al Qaeda no era su especialidad: el terrorismo era un asunto para la gente de inteligencia y seguridad. ¿Cómo encajaban los atentados en la doctrina de que Estados Unidos debía ejercer su liderazgo gestionando el caos y llevando esperanza a los lugares donde reinaba la desesperanza?

En octubre, aprovechó la redacción de un largamente planeado discurso

que debía pronunciar en los Países Bajos para redefinir su postura[13]. La década que siguió al final de la guerra fría había sido un «periodo de entreguerras», que podía darse por finalizado. El 11 de septiembre de 2001 había supuesto una fecha tan decisiva como el 28 de junio de 1914 (el asesinato del archiduque Francisco Fernando) o el 7 de diciembre de 1941 (el bombardeo de Pearl Harbor). Como referentes a la hora de llevar las ideas a la práctica en la nueva era, Holbrooke recurrió, igual que hacía a menudo, a los años de Roosevelt y Truman. Para derrotar a Al Qaeda sería necesaria una amplia cooperación entre democracias. «Hoy debemos poner toda nuestra energía en construir, en torno a la OTAN, la tercera gran alianza transatlántica, como las que sellamos para crear un frente común en la Segunda Guerra Mundial y durante la guerra fría», dijo al público neerlandés. Europa sería esencial, y también las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales, pero el liderazgo debería ejercerlo Estados Unidos. Yendo por libre —el planteamiento de base del gobierno Bush—, la superpotencia estadounidense fracasaría, pues eran necesarios tanto los aliados como la legitimidad. La guerra contra el terrorismo sería no convencional y de ideas, y podría compararse en cierto sentido a la «lucha en la penumbra», como decía Kennedy, contra el comunismo. El peor error que podría cometerse sería convertirla en una guerra contra el islam.

Tras derrocar a los talibanes, Estados Unidos debería aplicar en

Afganistán las lecciones aprendidas en la antigua Yugoslavia[14]. La OTAN y sus socios de todo el planeta tendrían que aportar tropas y dinero para reconstruir el país e impedir el regreso de los terroristas. «Washington está haciendo frente al desafío de Afganistán —escribió Holbrooke en la primavera de 2002— y hay que formularse la siguiente pregunta: ¿qué hacemos mal en la reconstrucción de los países en que intervenimos? En algún momento de la historia, entre Vietnam y Somalia, esta idea de la reconstrucción, que forma parte importante de las políticas de seguridad

estadounidenses, se ha vuelto obscena[15]».

Holbrooke analizaba sin cesar los valores y las ideas que tenían peso en su vida. Ese análisis, sin embargo, lo llevaba a veces a dar un giro erróneo o a intentar abarcar demasiado. Después de todo, a los estadounidenses nunca se nos ha dado bien gestionar los asuntos internos de otros países: somos un imperio pésimo. Somos demasiado caóticos y nos dejamos aturullar muy fácilmente por los obstáculos: somos, a fin de cuentas, demasiado demócratas. Rara vez demostramos tener la estatura moral que imaginamos. Nos engañamos a nosotros mismos creyendo que nos preocupan los derechos humanos, pero solo es así cuando nos conviene. Podríamos hablar de las historias de éxito de Alemania y Japón, pero esas eran sociedades con un alto nivel de organización que pulverizamos a causa de sus agresiones: no tenían derecho a resistirse a una reconstrucción orquestada por Estados Unidos. Bosnia y Kosovo estaban en Europa, que era nuestro terreno de juego. Timor Oriental tuvo la suerte de que Australia estuviera cerca, justo allende el mar de Timor. La lección más importante de los noventa —que si Estados Unidos quiere, se puede— dependía de accidentes geográficos e históricos.

El presidente Bush y sus asesores no tenían ningún interés en las lecciones de la década de los noventa. Se negaban a aplicarlas en Afganistán —«construcción nacional» era, en efecto, una expresión malsonante—. El gobierno de Bush no tardó en dirigir las mirillas a Irak, dispuesto a meterse en ese país sin contar con nadie. Holbrooke eligió apoyar la guerra, en cualquier caso. Se convenció de que Sadam Husein, con sus armas y sus atrocidades,

era mucho más peligroso de lo que fuera nunca Milosevic[16]. En septiembre de 2002, Holbrooke se presentó ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado e hizo las advertencias habituales: que era necesario formar una coalición, sancionarla a través de las Naciones Unidas y planificar el periodo de posguerra. Señaló, empero, que el gobierno de Clinton había utilizado la violencia en Bosnia y Kosovo sin el respaldo de una resolución del Consejo de Seguridad. Devaluó el papel de las Naciones Unidas a «deseable pero no necesario».

Unos pocos amigos —Joy de Meni, su editor en Random House, y Mary Ellen Glynn, su secretaria de prensa en la ONU— le dijeron que estaba cometiendo un gravísimo error. Vietnam, sin embargo, le había enseñado de muy distintas maneras que un demócrata blando estaba políticamente condenado. Aquel otoño, el Congreso debatiría la resolución sobre la guerra. John Kerry fue a cenar al Beresford una noche y comunicó a Holbrooke que estaba barajando presentarse a la presidencia en 2004. Este le dijo simple y llanamente que, si no quería que le tildasen de débil en el ámbito de la seguridad nacional, debería votar a favor de la resolución. Holbrooke evitó agregar que él mismo tendría que aplicarse el cuento si deseaba aspirar a convertirse en secretario de Estado de un potencial Kerry presidente.

Más le habría valido a Holbrooke haber apoyado la guerra no por esa razón sino, como algunos de nosotros, por el convencimiento —estúpida y desastrosamente errado, pero sincero— de que esa guerra era necesaria. Kerry votó a favor de la resolución y aun así perdió las elecciones. Dudo de que hubiera nombrado a Holbrooke secretario de Estado, en cualquier caso; Joe Biden le había adelantado por el interior en la carrera para ser el siguiente secretario de Estado demócrata. Holbrooke tenía a Kerry loco con sus incesantes consejos, al punto de que el candidato a la vicepresidencia, John Edwards, tuvo que decirle de parte de su superior que dejase de llamarlo al móvil.

Transcurrió 1996, 2000, 2004. Holbrooke, como siempre, se quedaba a un paso de la cima y la razón era cada vez él mismo. Cuando llegaron las siguientes elecciones, Irak se convirtió en la letra «I» estampada en la frente de los demócratas como Holbrooke.

 

A Holbrooke le gustaba Hillary Clinton porque era humana, vulnerable, divertida y cálida, y se mostraba dispuesta a seguir peleando cuando estaba entre la espada y la pared. Creía en cosas: en su familia, en su fe, en su país. En ese sentido, era una mujer conservadora. Como senadora por Nueva York, hizo un trabajo inmejorable en la Comisión sobre Servicios Armados. Era más dura que su marido y se sentía más cómoda qué él entre militares. Holbrooke pensaba que, en 2008, Hillary estaba más preparada para ser comandante en jefe de las fuerzas armadas de lo que su marido lo había

estado en 1992. Y le gustaba más ella que él[17]. Cuando Bill empezó a asistir a la fiesta que, todas las Navidades a lo largo de diez años, Richard y Kati celebraron EHD Hillary, se dieron cuenta de que algo había cambiado. Bill hablaba demasiado y hacía sombra a su esposa.

También Hillary disfrutaba de la compañía de Holbrooke, y acudía a él en busca de sabiduría y experiencia en política exterior, asunto que ella conocía poco. De todos modos, no tenía reparos en ponerlo en su sitio cuando él se venía arriba. Holbrooke le había aconsejado votar a favor de la resolución de la guerra en 2002; cuando quedó claro que aquel apoyo reduciría sus opciones contra Barack Obama en 2008, le aconsejó pedir perdón. Pero no era esa la forma de ser de Hillary.

Este era el año en que Holbrooke debía alcanzar, por fin, la cumbre. Desde muy pronto, resaltó su posición como principal consejero de política exterior de Hillary Clinton y advirtió a otros demócratas que, si no se subían a su tren, terminarían arrollados. La gente de Obama no prestaría servicio en un gobierno de Hillary Clinton. Jeffrey Bader, que había trabajado en el Departamento de Estado para Extremo Oriente con Holbrooke durante los años de Carter y trabajaba en la Casa Blanca de Clinton, fichó por Obama.

«No creo en las dinastías», declaró a [18] Newsweek en otoño de 2007. Tras leer la cita Holbrooke, llamó a Bader.

—No sé por qué haces esto. Te estás tirando piedras sobre tu propio tejado. Deberías estarte callado.

—Me importa una mierda —le espetó Bader—. No trabajaré para Hillary.

Cuando se le plantaba cara a Holbrooke, este solía dar un paso atrás.

Al día siguiente, Bader refirió este incidente a Lake, quien dejó escapar un torrente de imprecaciones y detalló los motivos por los que era dificilísimo trabajar con Holbrooke. Resulta que Lake era el principal consejero sobre política exterior de la campaña de Obama.

Lake oyó hablar por primera vez de Obama cuando este era senador en la Cámara alta del estado de Illinois. Tras los atentados del 11-S, Lake había pronunciado en Chicago una conferencia en defensa de las libertades civiles, y uno de los asistentes lo puso en contacto con el prometedor y joven senador del South Side chicagüense. Obama reclutó a Lake para su cohorte de asesores en política exterior, incluida la guerra de Irak, a la que ambos se oponían. Obama fue elegido para el Senado nacional y llegó a Washington en 2005; fue entonces cuando Lake y su nueva esposa (se había casado con una banquera de inversiones que curiosamente había trabajado con Holbrooke en Lehman Brothers, y se convirtió a la religión de ella, el judaísmo) celebraron una cena con amigos para Obama y un par más de figuras de la política exterior, entre ellas Susan Rice. Cuando Obama se presentó a la presidencia, Lake y Rice se encargaron de los asuntos de política exterior que tocaría en la campaña electoral.

Rice fichó a unos cuantos colegas suyos de la Brookings Institution, la mayoría de menos de cincuenta años, que se sentían atraídos por la biografía de Obama, su brillantez y su oposición a la guerra. El equipo de Hillary Clinton y Holbrooke estaba integrado por hombres y mujeres de edad, pertenecientes a élites ya fatigadas, que seguían peleando con los fantasmas de Vietnam. Esos fantasmas les hicieron perder el criterio y el temple justo cuando hubieron de abordar el asunto más complejo de la nueva época. Deberían haberse hecho a un lado para que Obama hubiese podido unir a todos los estadounidenses y recuperar así nuestro lugar en el mundo.

Holbrooke era especialmente criticado por la gente de Obama debido a su forma de dramatizar todo lo que tuviera que ver con su persona. Denis McDonough, uno de los principales asistentes de Obama, acudió a un par de almuerzos organizados en Washington por Holbrooke para tender puentes con políticos más jóvenes y le pareció insufriblemente vacío. Holbrooke pontificaba sin descanso sobre Vietnam, y cuanto más se esforzaba por congraciarse con McDonough, peor cara le ponía este, cuyo rostro era de por sí alargado y de ojos hundidos. Se trataba de un problema generacional y de carácter.

Así pues, cuando Obama se impuso ese verano tras unas largas y agotadoras primarias, a Holbrooke el futuro dejó de parecerle tan halagüeño. Él había apostado todo lo que tenía a un ful y resultó que el contrincante tenía un póquer. Su amiga, patrona y última esperanza no solo había perdido, sino que el ganador se había hecho rodear de quienes eran los enemigos de Holbrooke, gente que lo odiaba. «Dígale que podríamos incluso darle los buenos días cuando hayamos ganado, siempre y cuando se comporte», le escribió Susan Rice a Barnett Rubin, experto en Afganistán que asesoró a Obama durante su campaña a la vez que trabajaba con Holbrooke en la Asia

Society[19]. Quizá Obama pensó en Holbrooke en algún momento, pero ya lo habían predispuesto en su contra antes siquiera de conocerlo.

Holbrooke tenía un aliado en los equipos de Obama: Samantha Power. Se conocieron cuando ella tenía veinticuatro años y era reportera independiente en Bosnia. Entonces se interesó de inmediato por ella; debió de ver en Samantha a alguien cuya energía, ambición y mera presencia estaban a su nivel. Había escrito un ensayo sobre los genocidios del siglo XX que le impresionó, en particular las dolorosas autocríticas que había logrado sacarle a Lake al respecto de Ruanda: «¿Cómo conseguiste que dijera esas cosas?». Ella y Holbrooke eran halcones progresistas separados por generación, sexo y postura con respecto a Irak. Cuando Power empezó a trabajar para Obama, Holbrooke procuró seguir en contacto. Sin embargo, ella perdió su utilidad política iniciada la campaña, tras declarar a un periódico escocés que Hillary era «un monstruo». Obama tuvo que apartarla de su lado. Power se casó ese verano; el regalo de bodas de Holbrooke fue una reunión con Hillary

Clinton[20]. Power se disculpó profusamente y Clinton aceptó las disculpas con frialdad. Cuando Obama se enteró, comentó: «Hay quien te regala un juego de sartenes». Power informó a Holbrooke, que quedó encantado. Al parecer no captó el sarcasmo; el desprecio de Obama por esa política desnuda que él practicaba. El de 2008 fue un año demócrata, pero a Holbrooke todo le iba fatal. En julio tuvo otro episodio de fibrilación auricular, el cuarto: el

corazón se le salía literalmente por la boca[21]. No desempeñó ningún papel en la convención demócrata celebrada en agosto en Denver, como le ocurrió a Harriman en Miami Beach en 1972, que se pasó la mayor parte del tiempo viendo la televisión en su habitación de hotel, y se volvió a casa a mitad de la convención. «Es como un crucero en el que viajaran el doble de pasajeros de los que caben en el barco —escribió en su diario—. Al noventa por ciento ni

los saludarías, de cruzártelos en tierra, y nadie quiere ligar[22]».

Incluso la crisis financiera tomó un cariz personal. En una sola semana de septiembre, su antigua firma, Lehman Brothers, se fue al garete, y obligó al gobierno a intervenir AIG, la gigantesca compañía de seguros en cuya bien remunerada junta directiva se sentaba Holbrooke. Beattie, asesor jurídico de la junta, había visto venir la bancarrota desde verano y convenció a Holbrooke (que no tenía ni idea de lo que era una permuta de riesgo de crédito) para que dimitiera antes de que AIG le causara un perjuicio político. Cuando Countrywide Financial se hundió, su nombre fue uno de los que apareció en la lista de amigos de Angelo que habían recibido tratamiento privilegiado. La reputación de Jim Johnson quedó por los suelos con el escándalo de Fannie Mae —ya no dirigía ese organismo, pero la influencia política ejercida durante sus años como presidente había allanado el camino en parte a la crisis— y tuvo que dimitir como coordinador de los esfuerzos de Obama por encontrar un compañero de campaña. El empleador de Holbrooke y Johnson, Perseus, sufrió pérdidas tan cuantiosas que la solidez de la empresa quedó en entredicho.

Entre la banca, los sillones en juntas directivas y las conferencias, Holbrooke ganaba entre dos y tres millones al año, pero tenía elevados gastos personales. Él y Kati eran dueños de nueve casas, hipotecadas por una cantidad de siete millones y medio de dólares, y tenían alquilado un avión

privado[23]. Debido a la pérdida del valor de sus muchas casas y de su cartera de acciones, tuvieron problemas de liquidez. Holbrooke vendió la casa de Connecticut y un terreno en Telluride.

Podemos encontrar cosas que admirar y, aun así, aprehender fríamente la realidad. Una élite de Washington y Nueva York envió a los hijos de gente que no pertenecían a dicha élite a luchar en Afganistán e Irak, mientras ellos buscaban la manera de enriquecerse. Ahora, la marea baja los había pillado con las manos en la masa.

Se acercaba el día de las elecciones y la victoria de Obama parecía segura. Holbrooke cayó en su viejo y desesperado frenesí. Llamó a cuantos conocidos se le cruzaban por la mente. Pidió a Wes Clark, que se había retirado del ejército e hizo campaña junto a Obama durante la última semana de las elecciones, que hablara bien de él.

—Me gustaría pedirle una cosa —le dijo Clark a Obama durante un mitin en Pueblo, Colorado—. Meta a Richard Holbrooke en su gobierno.

—¿Eso es todo? —preguntó Obama—. He oído muchas cosas sobre Holbrooke.

—Es el mejor diplomático que tenemos y le será leal.

Holbrooke llamó hasta a Toni Lake, que seguía en su granja de Massachusetts. No habían hablado durante años, pero le rogó que intercediera ante su exmarido y le pidiera que dejase de darle con la puerta en las narices. Sorprendida, Toni dijo que no podía hacer nada. De todos modos, para entonces Lake ya se había apartado del ambiente de salvaje competitividad que rodeaba a Obama. Esta vez hablaba en serio cuando declaró que no quería trabajar en el gobierno. Power y Talbott le dijeron finalmente a Holbrooke que se hiciera a un lado, que terminaría por hacerse daño.

Sin embargo, el destino de Holbrooke no dependía solo de sus amigos y enemigos. No había perdido la reputación de saber salir hasta de los entuertos más difíciles. ¿Quién diablos más había conseguido lo que él en aquel equipo? Obama necesitaba el establishment demócrata: tenía un banquillo algo endeble. Doce días después de las elecciones, el 16 de noviembre, Holbrooke recibió una llamada del equipo de Obama. Alguien le preguntó si podía volar a Chicago a la mañana siguiente a primera hora. El presidente electo quería hablar con él sobre trabajo.