Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 3 de 41

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Nuestro hombre

Vietnam

 

¿Cómo podemos perder, con lo sinceros que somos?

Richard Holbrooke en Vietnam del Sur. Cortesía de Vladimir Lehovich.

I

 

Holbrooke aterrizó en Saigón una noche asfixiante y calurosa de principios de un verano marcado por el monzón. Bajó por la escalerilla hasta la pista y todo se hizo más vívido: el rumor de los motores del avión de Pan Am, el olor del queroseno y del asfalto mojado, el aire casi irrespirable. Esa intensidad en las sensaciones jamás lo abandonaría mientras permaneció en el país.

Vestía un traje recién estrenado de estilo tropical que había comprado en Hong Kong. Del mismo modo iba ataviado Vladimir Lehovich, amigo y compañero de clase en el Servicio Diplomático, que se incorporó a la vez que Holbrooke y con quien realizó su primer periodo de servicio en el país. Mientras aguardaban a que les entregaran el equipaje, un oficial estadounidense que los esperaba se dirigió a ellos: «Muchachos, quítense esos trajes», les dijo. «Cuando acudan a su puesto de trabajo mañana, recuerden:

nuestro uniforme son las mangas de camisa[1]».

Aquellos años, antes de la ampliación que hicieron los estadounidenses, Tan Son Nhut no era más que un pequeño aeródromo civil. Había helicópteros H-21 de la Fuerza Aérea y aeronaves ligeras de Air America aparcadas bastante lejos de los aviones comerciales. Los oficiales vietnamitas parecían impasibles y ausentes, y sus uniformes blancos como si estuvieran recién planchados.

Había otras dos personas en aquella comitiva de bienvenida aeroportuaria: Anthony y Antonia Lake, alias Tony y Toni. Para distinguir a una mitad de la pareja de la otra, los amigos los llamaban Tony Ella y Toni Él. Tony Él también era de la promoción de 1962 del Servicio Diplomático, y se hallaba destinado en la embajada de Saigón. Toni Ella había estudiado vietnamita en el Instituto del Servicio Diplomático y lo hablaba mejor que cualquier hombre. Los Lake llevaban en la ciudad dos meses. De todos sus jóvenes compañeros, Holbrooke ansiaba trabar amistad ante todo con Lake. Y de todas las esposas estadounidenses de Saigón, disfrutaba sobre todo de la compañía de Toni. Los Lake pasaron a formar parte de la emoción de estar en Vietnam.

Desde el aeropuerto, condujeron hacia el sur dejando atrás mercados nocturnos y bulevares vacíos flanqueados de tamarindos y flamboyanes, hasta llegar al centro de la ciudad y la residencia oficial donde Holbrooke pasó la noche del 26 de junio de 1963.

Saigón seguía siendo un pequeño remanso de belleza, erigido según las directrices coloniales francesas —mansiones encaladas, parques, boulangeries, clubes nocturnos—, salvo por el hecho de que los franceses se habían marchado en 1954, tras perder su propia guerra de Vietnam. Llegaba ahora la guerra estadounidense, no obstante: dos años después daría comienzo la destrucción de Saigón tras aquel torbellino de todoterrenos, alambres de espino, tocones de árboles de sombra y soldados rasos que deambulaban por los bares de la calle Tu Do. Más tarde llegaría la avalancha de refugiados de guerra y los mutilados provenientes de campos y aldeas. En el verano de

1963, las camareras seguían hablando francés, en cualquier caso[2]. Las esposas de los diplomáticos no habían sido evacuadas todavía y seguían organizando meriendas de sociedad donde repartían tarjetas de visitas con los nombres y cargos de sus maridos impresos en huecograbado. Todo el mundo se marchaba a casa a mediodía a echar la siesta, momento en que las calles se

llenaban de [3] tuktuks y taxis marca Renault amarillos y azules. A las seis, la embajada estadounidense echaba el cerrojo. La guerra estaba en otro lugar. El manual de la agencia Associated Press informaba a los corresponsales de esta manera: «Entre los clubes privados de Saigón figuran Le Cercle Sportif, con piscina y cancha de tenis; Le Cercle Hippique, para montar a caballo, y Le Club Nautique, para navegar; pero no remonten el río hasta muy arriba. Varios miembros del club han perdido la vida abatidos a tiros por el

Vietcong»[4].

Parte del atractivo de Saigón era la remota posibilidad de que a uno lo mataran. Se podía conducir a primera hora hasta Mỹ Tho, en el delta del río Mekong, celebrar una reunión informativa, acompañar al ejército de Vietnam del Sur en unas maniobras, y regresar a tiempo para echar un partido de tenis en el Cercle y luego charlar un rato sobre el curso de la guerra ante un cangrejo hervido y una copa de vino francés en Le Diamant o ante un plato de comida china en el barrio de Cholon. La terraza del hotel Continental estaba protegida por una pantalla metálica para evitar atentados del Vietcong, que más de una vez había lanzado granadas a los extranjeros que tomaban café. Los cruasanes estaban tan ricos como en París y, aunque El americano impasible se había publicado unos años antes, en 1955, uno podía imaginarse a Graham Greene sentado en aquella terraza, con sus espesas cejas, tomando notas para su salvaje y profético retrato de la mortífera inocencia de Estados Unidos.

 

Maxwell Taylor, Stewart Alsop y Richard Holbrooke en el Cercle Sportif de Saigón.

Holbrooke Papers.

 

Holbrooke había pedido ir al Sudeste Asiático. Había leído a Hemingway y a Stephen Crane y quería ver una guerra, descubrir por sí mismo lo que era y quiénes tomaban parte en ella. Sin embargo, los grandes conflictos bélicos habían terminado. La única contienda en curso en 1963 era la de Vietnam. Los reportajes de David Halberstam publicados en el New York Times sobre la deteriorada situación militar en el delta del Mekong le habían dado que pensar antes de su partida, pero su preocupación principal, nacida a raíz de informaciones recibidas cuando aún estaba en Washington, era la de no llegar a Saigón a tiempo y que la guerra se hubiese ganado ya. En Vietnam del Sur había unos quince mil estadounidenses, la mayoría consejeros y asesores militares. Al cabo de unos pocos años, llegarían a ser medio millón; en cualquier caso quince mil eran ya demasiados para Holbrooke, como si entre tantos compatriotas se fuese a diluir la experiencia. Habían muerto una cincuentena de ellos, cifra que también le pareció enorme.

Oficialmente, Holbrooke no sabía casi nada acerca de Vietnam. Este ha sido siempre el punto flaco de nuestro Servicio Diplomático: los otros países. Es difícil que los estadounidenses lleguen a interesarse en verdad por ellos; de hecho, cuanto más se interesa un diplomático por un país, peores son sus perspectivas profesionales. Es un fenómeno extraño en un país creado por inmigrantes llegados de todo el mundo. Diríase que, para convertirse en estadounidenses, los recién llegados deben olvidar el pasado. Hemos borrado ese inmenso repositorio de conocimiento sobre el resto del mundo y nos perdemos una y otra vez en el drama interminable de América la Excepcional. El resto de países nunca nos parecen del todo reales.

Para que se formaran, el Departamento de Estado había enviado a Holbrooke y a Lehovich a Berkeley, donde estudiaron el dialecto vietnamita del norte del país, en vez del que se hablaba en Saigón y el Delta. (Al llegar a Vietnam del Sur, de todos modos, Holbrooke se dio cuenta de que su nivel de vietnamita era nulo. Y no mejoró). Los cursos de especialización les fueron impartidos por expertos conocedores de Tailandia y Malasia que, en lugar de datos prácticos sobre agricultura y salud pública, les enseñaron un montón de tecnicismos de las ciencias sociales. Para rematar, les hicieron la advertencia absurda de que se mantuvieran alejados de la política vietnamita. A Holbrooke le pareció que la mayoría de sus colegas y profesores eran más bien mediocres, y que además lo sabían. En el examen final, un «test de personalidad», respondió la mayoría de las 575 preguntas sin molestarse siquiera en leerlas. Su evaluador criticó la influencia negativa que ejercía sobre Lehovich y predijo a Holbrooke una carrera profesional por debajo de

las expectativas[5].

Entretanto Holbrooke leía cuanto caía en sus manos sobre contrainsurgencia: Street Without Joy, de Bernard Fall, y Los centuriones, Communist Revolutionary Warfare y Los guerrilleros, de Jean Lartéguy. Declaró su intención de convertirse en «el principal experto del Departamento de Estado (quizá el mayor especialista no académico de todo el puñetero

mundo libre)»[6]. La contrainsurgencia era un asunto importante en la Casa Blanca. A los Kennedy les encantaba la imagen de los Boinas verdes luchando contra la guerrilla en las junglas de Laos y el Congo, ganando a los comunistas a su propio juego en las fronteras del mundo libre, y haciéndolo con estilo. Aquello era muy propio de los Kennedy, más al menos que la disuasión nuclear, tan estática y tan sosa, de los años de Eisenhower. JFK pronunciaba discursos sobre «guerras limitadas» y asignaba millones de dólares a los paramilitares de la CIA y las Fuerzas Especiales. Por su lado, Robert Kennedy, fiscal general del Estado, presidía además un grupo de máximo nivel, el Especial de Contrainsurgencia. Todo parecía muy prometedor, salvo por el hecho de que se olvidaron de tener en cuenta al gobierno de Vietnam del Sur, la típica cosa que el gobierno estadounidense pasaba por alto. Antes de que lo enviaran a Vietnam, Holbrooke y unos pocos compañeros de promoción representaron una especie de sainete cómico como parte de su formación en contrainsurgencia titulado «La modernización del

Mekong»[7]. En él, Tony Lake interpretaba al embajador estadounidense y Holbrooke a su asesor político, y aparecían también guerrilleros del Vietcong, comunistas chinos e incluso «una elegante camarera de ojos rasgados envuelta en sedas», pero ni un miembro del gobierno local, al que los estadounidenses pretendían salvar. De no haber sido todos tan jóvenes y vehementes, los estudiantes de la promoción de 1962 se habrían tomado aquel número cómico como un mal augurio.

El Departamento de Estado asignó a Holbrooke a la Agencia de Desarrollo Internacional (AID), la cual lo destinó a su oficina en Saigón, la llamada Misión de Operaciones de Estados Unidos (USOM, por sus siglas en inglés). (Los asesores militares dependían del MAAG, el Comando de Asistencia Militar de Vietnam era conocido como MACV, la oficina de información trabajaba para USIS: la proliferación de siglas comenzó años antes de la llegada de las tropas de tierra). En el seno de la USOM había una pequeña entidad bastante sui géneris conocida como Asuntos Rurales: los que iban en mangas de camisa a modo de uniforme.

Para un joven diplomático, Asuntos Rurales era un sitio extraño donde aterrizar. Nadie había oído hablar de ese organismo. Holbrooke y Lehovich serían los primeros funcionarios del Servicio Diplomático en trabajar en cooperación sobre el terreno. Se codearían con campesinos en los bastiones del Vietcong, donde se libraba la guerra real y repartirían bulgur, cemento, fertilizantes y alambre de espino. Eran solteros, así que se los consideraba relativamente prescindibles. Se trataba de un experimento temprano en técnicas de contrainsurgencia.

Dirigía Asuntos Rurales un virginiano de larga zancada llamado Rufus Phillips, que había pasado por Yale, la CIA y la División de Operaciones Psicológicas del ejército (PSYOP). Phillips solo tenía treinta y tres años, pero ya lo envolvía un manto místico, entre otras cosas por ser el protegido de un gran nombre de la contrainsurgencia estadounidense, el coronel Edward Lansdale. Tampoco sobre este sabía Holbrooke demasiado. Fue a Vietnam pensando que su apellido se escribía «Landsdale», que en él se inspiraba el protagonista de una famosa novela y que «se había involucrado en cierta

medida en la labor de Estados Unidos en Vietnam»[8]. De un modo u otro, el fantasma de Lansdale lo impregnó todo ya desde la primera mañana en que Holbrooke trabajó en Asuntos Rurales.

Esta es una historia muy particular de la guerra. No voy a relatarla entera: cómo los franceses perdieron sus colonias en Indochina, cómo retomamos aquel conflicto dándole forma de guerra contra el comunismo, cómo todos los presidentes desde Truman hasta Ford hicieron un asunto de Estado el mantener a Vietnam del Sur a salvo del poder rojo, cómo todos y cada uno de los esfuerzos estadounidenses exigieron subsiguientes esfuerzos aún mayores, debido a que jamás nos interesamos por aprender historia y nunca entendimos en qué estábamos metiéndonos. Esta parte de la historia no es la que más me interesa ahora mismo. Si los lectores no la conocen, puedo recomendarles

media docena de libros excelentes al respecto[9]. Lo que me interesa contar, más en concreto, es en qué se había metido el joven Dick Holbrooke y por qué en un primer momento la situación le pareció halagüeña.

 

Lansdale era un publicista de Detroit que había vivido en California. Lucía bigote recortado y hacía gala de modales discretos. Había prestado servicio en la Oficina de Servicios Estratégicos durante la Segunda Guerra Mundial y después fue oficial de inteligencia de las Fuerzas Aéreas, donde trabajó mano a mano con la CIA. Su especialidad era la guerra psicológica. Era uno de esos personajes típicos del siglo americano, surgido como respuesta a una de las necesidades básicas planteadas por la guerra fría. Los grandes estrategas, como Kennan, inventaron desde Washington la política de contención del comunismo, pero alguien tenía que ponerla en práctica en lugares extraños y peligrosos. Y así fue como este tipo cordial, con acento del Medio Oeste, pero leve, y mucha mano izquierda para el muy estadounidense arte de las relaciones públicas se convirtió en nuestra versión nacional de Lawrence de Arabia. Lansdale tenía cierto talento para ganarse a los líderes extranjeros, que le otorgaban el privilegio de su confianza tras haber protagonizado este auténticas hazañas y haberlos guiado con paciencia según el rumbo deseado, después de escuchar sus confidencias: era el hombre que susurraba a los poderosos del mundo. Lo opuesto al típico estadounidense vocinglero y rudo que entra en otro país como quien entra en una casa pateando la puerta, trata de enderezar las cosas a palos y se larga dejando tras de sí un reguero de caos. Lansdale sembraba el caos también, pero de manera mucho más sofisticada.

A principios de la década de 1950, Lansdale obtuvo gran éxito al ayudar al ejército filipino a derrotar a la guerrilla comunista. Lansdale tocaba la armónica con los lugareños en el campo y cantaba sus canciones populares. Su siguiente parada fue Saigón, justo después de la derrota francesa en Dien

Bien, en 1954. «Haz lo que hiciste en las Filipinas», le dijeron[10]. Los Acuerdos de Ginebra que pusieron fin a la primera guerra de Indochina habían dividido Vietnam a lo largo del paralelo 17. En el norte, los comunistas de Ho Chi Minh fueron proclamados héroes de la nación por haber derrotado a los franceses. Vietnam del Sur quedaba como un resto colonial, dirigido por un emperador donjuán que pasaba la mayor parte del año en su castillo de la Riviera Francesa. A duras penas podría llamársele país a ese territorio. Lansdale se propuso darle esa categoría.

Creó su propio equipo clandestino de inteligencia, formado por diez

hombres, entre ellos Rufus Phillips[11], que llevaron a cabo operaciones de sabotaje encubiertas al norte del paralelo 17: zulos con armas, falsificación de documentos, vehículos inutilizados al echar azúcar en el depósito, octavillas que hablaban del futuro que estaba por llegar… Lansdale se encargó en persona de tratar en Saigón con el primer ministro elegido por el emperador: Ngo Dinh Diem. Los Ngo eran una familia de mandatarios católicos provenientes de la pequeña ciudad de Huế. Con la división del país, casi un millón de vietnamitas católicos del norte huyeron hacia el sur, un vasto éxodo que supuso una reestructuración social en Vietnam del Sur. Los católicos refugiados se convirtieron en el principal apoyo urbano de Diem, tanto en el ejército como en la función pública. La mayor parte de ellos trataban con cierta superioridad a los campesinos budistas que tenían bajo su mando. Al mismo tiempo, cincuenta mil soldados comunistas se retiraban hacia el norte, dejando tras de sí muchos efectivos, las semillas de la futura insurgencia.

Diem tenía un historial inmaculado gracias al colaboracionismo con los franceses, pero por lo demás no era ni mucho menos el mejor candidato a convertirse en el George Washington de Vietnam del Sur. Había hecho voto de castidad, era bajito y rechoncho y vestía por lo común trajes cruzados de zapa, de los que le sobresalía la tripa. Caminaba como un pingüino y llevaba el espeso pelo negro peinado hacia atrás, con raya en medio. En cualquier caso, la lucha contra el norte comunista necesitaba un líder y una causa, así que Lansdale se sentaba en el despacho de palacio y escuchaba a Diem durante horas, mientras este encadenaba un cigarrillo con otro, que apagaba casi al instante de encenderlos, y peroraba sin descanso gracias a su saber enciclopédico de la historia y cultura vietnamitas. Ningún extranjero salvo Lansdale era capaz de soportar aquello. Charlaban en un camarín de su dormitorio, tan pequeño que las rodillas de ambos hombres se rozaban. Gracias a su sensibilidad y empatía, Lansdale captaba los destellos de humor ácido en los ojos de Diem. Este era un apasionado de la fotografía; Lansdale lo ayudó a montar un cuarto oscuro. Al final, el estadounidense se ganó su confianza y se convirtió en la única persona ajena a la familia del líder que gozaba de semejante privilegio. Diem llegó a invitarlo a vivir en palacio. Lansdale declinó la oferta, pues prefería moverse entre bastidores, desde donde se descabezaban los golpes de Estado y se fichaba a rivales del gobierno. Diem, por su lado, aplastaba sectas religiosas y las bandas criminales conspiraban contra él. En 1955, ganó al emperador en las elecciones a la jefatura del Estado con un noventa y ocho por ciento de los votos, gracias a un tongo monumental, y Vietnam del Sur se convirtió en república. Por fin Estados Unidos le echaba el guante a un socio anticomunista en Vietnam.

¿Y cuál era la causa común? La democracia y la autodeterminación, claro. Lansdale creía que Vietnam del Sur no podría resistirse a la llamada del comunismo si no contaba con un ideal positivo al que aspirar. La única manera de imponerlo era dar a la población rural una visión distinta de las cosas: la verdadera guerra popular era la guerra por la libertad. Instó a Diem a pernoctar en las aldeas infestadas de mosquitos, a mirar a los campesinos a los ojos, a aprobar una reforma agraria y a poner al ejército a trabajar en la construcción de escuelas. Mientras Lansdale estuvo a su lado, Diem aceptó sus consejos. Al estadounidense se le ocurrió encargar una versión vietnamita

de la obra [12] El sentido común de Thomas Paine. Lansdale creía en la universalidad de la Declaración de Independencia y la Carta de Derechos estadounidenses, y de cuando en cuando pedía a sus asistentes que se las leyeran para refrescar esa inspiración. La simpatía de Lansdale por los asiáticos se cimentaba en el convencimiento de que ellos y los estadounidenses eran hermanos.

Existe una delgada línea que separa el hecho de tener amigos del país y preocuparse por sus problemas, y el de dedicarse a pensar para dichos problemas soluciones con sello netamente estadounidense. Justo aquí hallamos la contradicción fundamental, en el inicio del gran enredo; una contradicción que jamás se resolvería porque estaba instalada en el mismo corazón del proyecto: los estadounidenses presionaban a los sudvietnamitas para que construyesen un nuevo país (vagamente modelado a partir del nuestro, pues eran nuestros hermanos). Sin embargo, mientras mantuviésemos esa presión, aquel país no sería suyo. Y si dejábamos de aplicarla, el proyecto de país se derrumbaría.

Nadie como Lansdale podía dar a la causa una pátina de autenticidad y nobleza. Tras dejar Asia, en 1956, se convirtió en una leyenda de la guerra fría. En él se inspira de forma indisimulada el personaje del coronel Edwin Hillandale, uno de los oficiales buenos de la novela superventas The Ugly American, de 1958, llevada al cine con el título Su excelencia el embajador y con Marlon Brando de protagonista. La acción se desarrollaba en un país ficticio del Sudeste Asiático y el mensaje que se colegía de ella era que para vencer a los comunistas hacía falta escuchar más y menos sentar cátedra. The Ugly American era una de las novelas favoritas del entonces senador John F. Kennedy, quien regaló un ejemplar a todos y cada uno de sus colaboradores. Kennedy llamaba a Lansdale «nuestro equivalente a James Bond», elogio insuperable viniendo de quien venía. Durante el primer mes de su presidencia, Kennedy llamó a Lansdale a la Casa Blanca y le pidió que regresara a Saigón

como embajador[13].

Sin embargo, el puesto al final no se lo llevó Lansdale. Holbrooke había oído un rumor según el cual a Dean Rusk le gustaban tan poco los heterodoxos métodos de aquel, que había amenazado con dimitir si se le nombraba embajador. Lansdale, en efecto, también tenía detractores en el

Pentágono[14]. Los analistas de datos que trabajaban bajo el mando de Robert McNamara juzgaban demasiado blanda su manera de entender la guerra. McNamara pensaba que lo único real eran los recuentos de cadáveres, mientras que lo que Lansdale llamaba el «factor X» —a saber, el sentir del pueblo vietnamita— era algo incuantificable y por tanto irrelevante. Así pues, Kennedy tuvo que retirar la oferta y puso a Lansdale al cargo de la Operación Mangosta, la retorcida y fútil maniobra para asesinar a Fidel Castro.

Había estadounidenses que pensaban que, si al final Lansdale hubiese ocupado el puesto de embajador en 1961, la guerra habría tenido un desenlace distinto. Eso opinaba Rufus Phillips, el cual se había mostrado del lado de Lansdale en Saigón durante la década de 1950, cuando era un joven teniente del ejército, grande, rubio y muy entregado; más tarde trataría de aplicar los principios de Lansdale en Laos, con la CIA. En 1962, Phillips fue enviado de vuelta a Vietnam como sustituto de su mentor, quien lo había recomendado a Kennedy. Llegó en aquel septiembre para dirigir un órgano de su propia creación, la Oficina de Asuntos Rurales y Contrainsurgencia.

Se cumplían cuatro años de insurgencia del Vietcong, que ganaba terreno en todo el sur, sobre todo en el bajo delta del Mekong. El ejército sudvietnamita y sus asesores estadounidenses intentaban librar una guerra convencional —movimientos de tropas en helicóptero, grandes unidades que peinaban aldeas, bombardeos y andanadas de artillería— contra una guerrilla que se confundía con la población de día y se apropiaba de la jungla de noche. El régimen era cada día más impopular, pues el corrupto Diem se aislaba más y más y, tras haber arrestado a cada uno de sus oponentes, concentraba todo el poder en palacio. Ngo Dinh Nhu, el inteligente y paranoico hermano de Diem, azuzaba el autoritarismo de este y cercenó la comunicación con cualquier elemento externo, al tiempo que la policía secreta aterrorizaba a la población. Los estadounidenses urgían a Diem para que emprendiera reformas, pero si este ofrecía alguna resistencia, daban un paso atrás. En lugar de insistir, Washington decidió enviar barcos y barcos cargados de helicópteros, cazas y miles de asesores militares, y mostrarse optimista. La política de Kennedy era impedir que Vietnam del Sur cayera en manos del comunismo y mantenerlo apartado de las primeras páginas de los periódicos hasta su reelección.

Rufus Phillips conocía a más oficiales y políticos vietnamitas que cualquier otro estadounidense. Llegó cargado con la responsabilidad que en él había depositado Lansdale y con diez millones de dólares en efectivo bajo el brazo, autorizados en persona por Kennedy, que Phillips convirtió en piastras. La idea era puentear la burocracia estadounidense y las corruptelas vietnamitas colocando a un civil estadounidense en cada provincia. Estos civiles convivirían con los lugareños y se encargarían de averiguar qué necesitaban. Contarían con dinero contante y sonante para excavar pozos, cultivar nuevas variedades de arroz y emprender otros proyectos de ese cariz. Ese era el método Lansdale para luchar contra el comunismo. Phillips y su equipo esperaban con ansia el día en que el gran hombre regresara en persona al rescate de Vietnam del Sur.

 

Asuntos Rurales era el motor del dinamismo estadounidense; eso es lo que querían transmitir las mangas de camisa. La moral era alta y las reglas se pasaban por alto. El personal sobre el terreno estaba integrado por voluntarios, un equipo improvisado de funcionarios y profesionales ajenos al gobierno, muchos de ellos antiguos miembros del viejo grupo de Lansdale: exespías, oficiales retirados, expertos en desarrollo rural, gente del Cuerpo de Paz. Había un coronel filipino que se había hecho cierto nombre hostigando a la guerrilla comunista en la isla de Luzón. Algunos de los de más edad llevaban tanto tiempo dando tumbos por Extremo Oriente que ya no podían vivir en Estados Unidos. Eran anticomunistas de los buenos: tenían amigos vietnamitas, hablaban un poco el idioma y les gustaba viajar a los pueblos remotos. Todos sentían devoción por el carismático Phillips, el astuto jefe de sonrisa anodina, cuyo pasado en la CIA y buena mano con Diem hacían sospechar que sabía mucho más de lo que dejaba entrever. Esos hombres creían a pies juntillas en su misión y trabajaban día y noche, con calor y humedad, para cumplirla. El manual de Asuntos Rurales declaraba que el objetivo de la oficina era «dar a la población vietnamita una razón por la que arriesgar la vida» y «ayudarlos a hacer realidad sus sueños de una vida

mejor»[15]. Esa era la única manera de ganar una guerra revolucionaria. Las frases clave eran «autoayuda», «acción civil», «la gente primero», «corazones y mentes», «la otra guerra». Todo ello con una única idea: «pacificación».

Hoy día es imposible leer estas palabras sin negar con la cabeza en silencio. Algunas han adquirido una connotación siniestra. Quizá en la actualidad los lectores también nieguen con la cabeza al oír los nombres de Edward Lansdale y Rufus Phillips: las ilusiones, los ideales elevados. Ambos pertenecían a cierta clase de estadounidenses. Quizá les hagan pensar en estas palabras de El americano impasible: «Jamás conocí a un hombre que tuviera

mejores motivos para causar todos los problemas que causó»[16]. Greene ya había terminado su novela cuando Lansdale recaló por Saigón la primera vez, en 1954, pero muchos siguen creyendo que inspiró el personaje de Alden Pyle, el ingenuo y despiadado americano del título, quien llega a Vietnam atraído por numerosas ideas nobles sobre la democracia y la «tercera fuerza» y termina provocando la muerte de mucha gente. Dios mío, a Greene le repugnaban los estadounidenses. Nuestros baños tenían aire acondicionado y nuestras mujeres usaban desodorante y nosotros, los estadounidenses, éramos demasiado superficiales para distinguir el mal del bien. El de Green era una versión católica e izquierdista del típico esnobismo de la clase alta británica. Siempre he creído que Orwell había calado a Greene cuando habló del «culto al pecador santificado», en que «no hay nada más distinguido que condenarse;

el infierno sería una especie de club nocturno de clase alta»[17]. Debo reconocer, no obstante, que Greene supo ver cosas importantes en Vietnam. Su vehemencia lo volvía clarividente.

A principios de los años sesenta, todos los estadounidenses de Saigón leyeron El americano impasible. Admiraban el estilo literario de la novela, anhelaban una novia vietnamita como Phương, que les llenase la pipa de opio, y restaban importancia a la advertencia que contenían sus páginas. «Nos sentábamos en los pequeños cafés franceses y hablábamos sobre el libro de Greene», contaría David Halberstam más tarde, «la mejor novela sobre Vietnam. […] Únicamente el retrato de la siniestra inocencia del americano

sembraba algunas dudas que nos hacían sentir un poco incómodos»[18]. Lake lo leyó durante un vuelo, pero nunca se preguntó si el personaje de Alden Pyle —oriundo de Nueva Inglaterra y graduado en Harvard— podría estar inspirado en él. Pyle era ridículo y decía cosas absurdas, pero para Lake se trataba más bien del cinismo y las sandeces propias del colono. Los estadounidenses no querían mandar en ese lugar: estaban allí para ayudar al pueblo de Vietnam del Sur a defenderse de la agresión comunista, para que la guerra no tuviera que librarse en Bangkok o Honolulú. Holbrooke se leyó la novela en una noche antes de llegar a Vietnam: «No es demasiado buena ni

demasiado mala. Tampoco es que hable de mí…»[19].

Es fácil ver el autoengaño. No obstante, tratemos de desenmarañar los acontecimientos que llegaron después: marines que prendían fuego a techumbres de paja con mecheros Zippo, zonas de fuego a discreción, napalm, la ofensiva del Tet, la masacre en las fosas de Mỹ Lai, la paz con honor, los Jemeres Rojos, Apocalypse Now y Platoon y el granito negro del muro de los Caídos en Vietnam, el hecho de que hoy cualquiera pueda sentarse al atardecer en el agradable bar de la azotea del céntrico hotel Rex, en Ciudad Ho Chi Minh, con una cerveza Saigon Export, y contemplar el decrépito bloque de apartamentos desde cuya azotea despegó uno de los últimos helicópteros con vietnamitas a bordo, el 29 de abril de 1975, y que en los altavoces del bar suene «Seasons in the Sun», la canción de Terry Jacks que apareció un año antes de la caída de Saigón, como para recordarnos que la guerra fue un espejismo delirante, que nada de aquello debería haber ocurrido.

Rebobinemos y regresemos a 1963. No había ningún funcionario del gobierno de Estados Unidos que no estuviera convencido de que debía frenarse el comunismo en Vietnam. Lo creían incluso los reporteros estadounidenses en Saigón, que a diario arrojaban luz sobre los fracasos y las mentiras de la campaña bélica. Años más tarde, Holbrooke preguntó a uno de los mejores de aquellos: «¿Recuerdas a alguno de nosotros sentado y discutiendo si las metas básicas de la guerra tenían o no razón de ser?». Neil

Sheehan respondió: «No»[20].

En el verano de 1963, los dos lugares donde los jóvenes estadounidenses debían estar eran Vietnam del Sur o el sur de Estados Unidos, para luchar por la libertad, ya fuese en el extranjero, ya fuese en casa. Holbrooke escribió desde Saigón a su hermano Andy, que estaba terminando la escuela secundaria:

La lucha que libran los negros es realmente la lucha por Estados Unidos, por los principios que

nos enseñaron en la escuela y demás. Si puedes ayudar en esa lucha, aunque sea un poquito,

formando parte de los piquetes o como un inocente detenido más, sentirás para siempre que

participaste en la gran lucha, que cumpliste con tu parte. No sé si te das cuenta o no, Andy, pero si

yo estuviera en casa ahora, estoy seguro de que me habría implicado de alguna manera en cuanto

está ocurriendo[21].

Uno podía apoyar a los estudiantes negros de Birmingham, Alabama y también la guerra en los arrozales, y creer que de ambas maneras estabas siendo leal a Estados Unidos. Vietnam seguía siendo un lugar para idealistas. No tenían nada que ver con los diplomáticos de la embajada ni con los asesores militares que mandaban volar unidades vietnamitas en operaciones inútiles que se llevaban por delante aldeas enteras. Los discípulos del gran Lansdale se consideraban los únicos que sabían cómo librar aquella guerra. Holbrooke encajó perfectamente entre ellos.