Nuestro hombre
Capítulo IV
Ojalá pudiera contarles mi experiencia a los lectores en primera persona: la sala tristemente iluminada y la barra ante la cual me siento, donde los hombres del GAAM esperan la hora de empezar su ronda; las conejitas de Playboy —tan fuera de lugar— forran las paredes y hay viejas revistas y libros de bolsillo apilados, pinceladas del hogar añorado que el ejército decide traer en avión hasta la tierra del Vietcong para que nos sintamos un poco
menos perdidos[57]. El agua que se ve por doquier en esta provincia, que cae desde el cielo o se eleva desde los canales, de modo que hasta el suelo sobre el que se alza nuestro edificio se encuentra literalmente bajo el agua. La espera. La fealdad, la crueldad, la tragedia. Y en Saigón, un régimen tan quebrado y repugnante que no hay palabras para describirlo. Los acontecimientos de las últimas dos semanas han hecho que languidezca la esperanza que algunos estadounidenses albergaban de que Diem y sus familiares que lo tienen cautivo fueran capaces de conducir este país a algún lugar donde no imperen la disensión y la muerte. Así pues, esperamos muchas cosas. Ante todo, el final de este régimen.
Han empezado a disparar cañones de 105 milímetros que están apostados a nuestras espaldas. Los proyectiles sobrevuelan la casa. Se oye también el fuego de armas ligeras, pero deben de estar a más de trescientos metros de distancia. Me voy a dormir.
El Delta tiene algo distinto. Al sobrevolarlo uno cobra conciencia de los problemas que plantea. Es completamente llano y dos tercios del mismo están ahora cubiertos de agua. Sí, es el gran bastión del Vietcong, con toda probabilidad el último que caiga. ¿Cómo es posible? ¿Dónde se esconderá? Muchos de sus miembros se ocultan en las inaccesibles marismas del extremo meridional, pero la mayoría ha de pasar los días metidos en casas familiares en las aldeas al sur de Sóc Trăng. Para conquistar el Delta, se necesitarán sin duda nuevos planteamientos y quizá el reconocimiento de que el Programa de Aldeas no se ajusta bien a la situación actual. A este respecto, los ataques de la semana pasada tal vez se revelen útiles; empiezan a llegar las estadísticas y parece que podrían haberse producido varios cientos de incidentes ¡en una sola noche!
El gobernador de la provincia no es de los más agradables que he conocido. Por desgracia, pues será con él con quien más trabaje. Su esposa es muy guapa, la mejor jugadora de tenis de todo Vietnam, y muy, muy frágil. Al parecer es muy amiga de madame Nhu y nos ha contado un montón de cosas durante el almuerzo de hoy. Nos ha enseñado una fotografía coloreada adherida a una bandeja y decorada con cenefas de encaje, en la que aparecen madame Nhu y madame Chiêu tomadas del brazo. Tras ella, había una decena de trofeos de tenis. Le dije que tendría que traer mi raqueta, que me la había dejado en Saigón. También le conté que Bert Fraleigh, comandante en jefe en funciones del ejército regular en Vietnam (Rufus está de vuelta en Washington, cantado las cuarenta a sus superiores), dice que me dará una paliza. El tipo juega bastante bien, pero debo intentar ganarle si me es posible, por razones políticas obvias.
Reparto dinero, bulgur (una manera estupenda de deshacernos de nuestro gigantesco superávit, aunque solo les gusta a unos pocos, porque no es blanco y no sabe a arroz), aceite para cocinar, cemento, material para construir tejados y otras muchas cosas. Entrenamos y armamos a la milicia de la aldea, pagamos a las familias realojadas (3950 solo en esta provincia, una cantidad enorme que sería aún mayor de no haber ordenado terminar con los desplazamientos) e intentamos poner en marcha los programas de autoayuda (bienintencionados pero muy difíciles de llevar a la práctica), formar a oficiales (en teoría elegidos de forma democrática por primera vez en la historia del país) y construir escuelas (pagando el primer año de salario de los profesores). Estamos aplicando la mejor versión que conozco de la ayuda al desarrollo extranjera: asistir a la gente directamente, sin dar oportunidad a que Saigón meta la mano en la caja. En provincias también hay cierta corrupción, pero no es tan terrible. A mí me impresiona mucho el programa y me pregunto por qué lo consideran tan revolucionario. No sé por qué, siempre me había imaginado —de un modo erróneo, al parecer— que la mayor parte de nuestros programas de ayuda funcionaban así.
Me dicen que muy pronto dejará de llover y que la temperatura subirá un poco. No habrá muchos cambios en el clima, por lo demás. El campo es muy triste y lo acuso cada día más. Hoy ha venido a vernos un vietnamita y nos ha contado que varios amigos suyos habían muerto a manos de la policía. Sea cierto o no, estoy seguro de que algunos estudiantes han muerto de esa manera. Solemos trabajar mucho y bien aquí, pero hay tanto que escapa a nuestro poder… Ganar la guerra dependerá al final de factores que quizá no podemos controlar. Aquí estamos, en cualquier caso, y no tenemos otra opción.
Una de las cosas raras que ocurren en el Delta es que cuanto más rato conduces por una carretera, más nervioso te pones, y no al contrario, como es habitual. Sabemos demasiado sobre las cosas que han ocurrido por aquí. Esta mañana he tenido que ir a Bạc Liêu con Chiêu y el comandante Butcher, pero por alguna razón Chiêu salió antes que nosotros, mientras yo estaba aún cargando el material escolar en el todoterreno. Butcher se ha cabreado tanto que se ha negado a ir, por no llevar escolta y demás. Yo tampoco quería conducir sin escolta hoy por esa carretera (anoche hubo una emboscada), pero como Butcher se negaba y el día de la ceremonia se acercaba ya, no me ha quedado otra opción. Acompañado de un teniente que debía regresar a Bạc Liêu, donde se encuentra el cuartel de la división, he conducido a toda velocidad y hemos llegado en exactamente treinta minutos, diez minutos menos que mi viaje más rápido hasta ahora.
Hemos tenido que caminar cuatro kilómetros por un fértil arrozal para llegar a una pagoda junto a la cual los bonzos han construido una escuela preciosa con cinco aulas. Resulta que se han quedado sin dinero y ahora piden treinta mil piastras más (unos cuatrocientos dólares) para terminar el trabajo. Mi intención es darles el dinero, claro, aunque si me hubieran pedido esa cantidad completa desde el primer momento no habría podido dársela. Esto plantea una variante del problema al que nos enfrentamos a diario en este tipo de coyunturas tan frustrantes: ¿cuánto debes exigir a cambio a quien recibe tu ayuda? Yo preferiría con mucho ayudar a personas que acuden a mí (de manera indirecta) y piden una cantidad exacta para algo, en lugar de entregar a unos vietnamitas no sé cuánto dinero y tener que explicarles luego qué deben hacer con él. Me doy cuenta de que cuando se dan así las cosas, los resultados por lo general no son los esperados, pues estás ofreciendo a la gente lo que tú quieres y no lo que ellos piden. Por un lado, quizá no pidan para lo que a nosotros nos parece su necesidad más urgente; pero, por el otro, si les damos lo que piden, se mostrarán más agradecidos. Eso es lo que suelo hacer, dar a la gente de las aldeas lo que me pide, con reservas, reservas que entran en juego en los casos en que el esfuerzo de guerra se ve afectado directamente. Debemos en todo momento enfocar nuestra ayuda a hacer el máximo daño posible al Vietcong.
Hemos caminado a continuación hasta otra aldea con el fin de tramitar una solicitud de fondos y materiales para la construcción de un puente por parte de los locales. He aceptado tras modificar algunas condiciones. A continuación, después del almuerzo, hemos pasado por dos o tres aldeas más para aprobar otros seis proyectos, así que ha sido un gran día para los proyectos autogestionados en la provincia de Ba Xuyên. Nos hemos movido a pie, en barca y en todoterreno por caminos en un estado deplorable y estrechos canales que ponían los pelos de punta, en una zona que, estoy convencido, se halla atravesada de cabo a rabo por el Vietcong. En una aldea, las ancianas, que son las que mandan de verdad, empezaron a explicarle al jefe del distrito la pobreza que allí reinaba, y pidieron de todo: arroz, ropa, etcétera. Pude darles ropas y bulgur, pero arroz no. No parecían muy emocionadas con las posibilidades del bulgur. Ha sido duro. Luego hablamos con otra mujer mayor, que de repente se puso a gimotear y llorar. Al parecer, tenía una vaca que apenas dos horas antes había pisado una mina. La vaca había muerto en el acto, aunque solo tenía una contusión tras una oreja. Creo que la vaca murió en realidad por la explosión, aunque no estoy seguro del todo. Los gimoteos eran dignos de oírse. El jefe del distrito se planteó pagarle el precio de la vaca de su propio bolsillo, pero luego cambió de idea. Mientras nos íbamos, he visto a los aldeanos arrancar trozos de carne de la vaca para venderla, a cuarenta piastras el kilo.
Los McDowell viven ahora en una casa nueva que está justo a espaldas de la mía. La señora McDowell parece acusar ya la tensión: siempre está escribiendo o leyendo, y buscando conversación. Su marido es un buen hombre, aunque bastante soso, por desgracia. Me temo que la vida que lleva en la actualidad la llevará a descubrir forzosamente muchas cosas sobre él (no hay ninguna otra mujer occidental en el pueblo, y las vietnamitas están fuera de su alcance, porque no habla ni una palabra del idioma y ellas no hablan inglés; en todo caso, tampoco serían capaces de comunicarse hablando la misma lengua). Por supuesto, es posible que ella también sea bastante sosa. Es probable, de hecho. En cualquier caso, George hará un buen trabajo para la USOM y eso es lo importante. La gente del GAAM forman en verdad uno de los grupos humanos menos atractivos de todo Vietnam. Están toda la jornada quejándose y cuentan los días para marcharse. No hay en sus filas ni una sola mente brillante. Yo paso mucho tiempo con ellos, como allí casi a diario y trato de llevarme bien con todo el mundo. También voy allí a ducharme e ir al baño, necesidades que en las casas civiles que nos asignan no quedan del todo cubiertas.
Mi trabajo como asesor civil ante el gobernador de la provincia y supervisor del programa de ayuda me obliga continuamente a defender planes y proyectos que tratan de hacer realidad los clichés de que se alimentan las promesas vacías de todo el mundo. Eso no me importa (de hecho, lo disfruto) pero, en ocasiones, me resulta agotador intentar convencer a los vietnamitas de que hagan algo que, al fin y al cabo, es por su propio bien (o eso creemos nosotros…). Por otro lado, cuando doy un paso atrás para ver las cosas con perspectiva, tengo la impresión de que los vietnamitas llevan bastante bien nuestra presencia, ubicua desde hace unos años. Llegamos aquí sin conocer el país y sin tener ni idea de cuál era la situación, y nos pusimos de inmediato a dar consejos, algunos de los cuales se convertían en órdenes, básicamente porque ejercemos un control completo sobre materias primas, fondos y medios de transporte. Creo que ningún estadounidense aguantaría una injerencia extranjera tan intensa y prolongada en su país, aun cuando se hallara en juego su supervivencia. Los vietnamitas lo aceptan, sin embargo, y con bastante buena disposición.
Hace dos días salí en mi primera operación. Partimos sobre las cinco de la mañana en barca hasta el punto de salida. Luego caminamos unos ocho kilómetros a través de manglares muy espesos, en pleno territorio del Vietcong, aunque no vimos ni a uno. Todo el contacto que tuvimos con el esquivo enemigo fueron tres granadas colocadas en un sendero a modo de trampa. La unidad a la que acompañaba se encuadraba en la Guardia Civil sudvietnamita. Se trataba de una operación de las llamadas de «búsqueda y limpieza». Estas operaciones no tienen parangón si lo que se desea es obtener nulos resultados: avanzamos despacio y haciendo mucho ruido y a todo el mundo le gusta disparar al aire (supuestamente, para advertir al Vietcong de que vamos a por ellos). El Vietcong, con buen criterio, bien se desvanece ante nuestras narices —como ocurrió el miércoles pasado—, bien reúne a un grupo nutrido de guerrilleros y nos embosca. (La mayor parte de las veces, podrían haber estado a diez metros y no los habríamos visto). Por lo general se volatilizan a dos palmos de nosotros, pero en ocasiones nos dan para el pelo.
No he tardado mucho en llegar a la conclusión de que el delta del Mekong es quizá el lugar más invivible que haya conocido en mi vida y, aun así, la mitad de los quince millones de vietnamitas habitan aquí. Tenemos al alcance de la mano, relativamente al menos, uno de los puntos más importantes para que nuestra estrategia bélica salga adelante: la consolidación de los planes para el Delta. No obstante, igual que siempre, siento como si estuviera sentado al borde de un altísimo precipicio. Espero no hacer nada que precipite mi caída. Sé que Melvin está impresionado con mis logros, los cuales no se han hecho esperar. Me enfrento a una situación vital enormemente compleja y sutil, y no tengo ni idea de cómo estoy haciéndolo. Veremos. Últimamente me revolotean por la cabeza cosas grandes, grandes, grandes de verdad. McNamara y Taylor están aquí, y Rufus ha vuelto. El presidente Kennedy debe tomar decisiones sobre nuestro futuro militar en el Delta y sobre las políticas que hay que aplicar en Saigón.
McNamara y Taylor han estado en Phan Rang apenas media hora. El programa que siguen los visitantes es triste e irritante. Por ejemplo, en Phan Rang se han detenido treinta minutos y han escuchado una charla informativa del gobernador provincial. A continuación, han hecho preguntas del tipo «¿Cómo están las cosas?» o «¿Qué problemas tenéis?». Eso es aún peor que intentar enterarse de cuáles son los problemas de Estados Unidos entrevistando a los gobernadores estatales delante de un grupo de periodistas. («Dígame, gobernador Wallace, ¿qué problemas tiene Alabama?»). La única manera de averiguar algo útil sería sentarse con los conocedores del sector y sacarles los datos reales, y no todas estas patrañas. A McNamara y a Taylor les han dado datos simple y llanamente falsos. A veces los vietnamitas nos cuentan cosas que son ciertas, pero no nos ayudan en nada ni a nosotros ni a nuestra postura en el país, porque esa información veraz queda desvirtuada por las mentiras. Tengo una opinión cada vez más contundente a este respecto: si no aprovechamos la ocasión que nos brindan estas visitas, perderemos mucho. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Estoy cansado, y me desanima un poco pensar en esas mentes brillantes en el viaje de regreso a Washington dándole vueltas al tipo de conclusiones insípidas que acaba extrayendo incluso quien mejor y más inteligentemente sabe escuchar cuando se le presentan versiones contradictorias de los hechos.
He regresado hoy a Saigón desde Sóc Trăng, tras una semana de trabajo sobre el terreno. Me alegra volver tras este tiempo en provincias, donde, para ser sincero, la vida se me hace algo difícil. Todo está mojado y no hay ningún sitio en que sentarse sin más y relajarse, o aun para trabajar en paz. Sigo sin baño y sin agua corriente, aunque me lo solucionarán pronto, estoy seguro. Acabo de mirarme en el espejo, creo que por primera vez en meses, y, sinceramente (no es una imagen poética), no tenía muy claro quién era el tipo del reflejo. Me he asustado un poco, nunca me había pasado. He perdido un montón de peso, pero debe de ocurrirme algo más. La pérdida de peso se nota tanto que todos mis conocidos me hacen comentarios al respecto. Me alegra estar más delgado, pero la cosa no para. Supongo que sudo mucho. Sorprendentemente, no tengo problemas de estómago, que sería la manera de perder peso en realidad. Tengo tal cara de malo y de serio como si no fuera a sonreír nunca más en la vida. Aunque no es cierto, creo que ayer sonreí tras perder un partido de tenis en Sóc Trăng frente a un público formado por ciento cincuenta vietnamitas boquiabiertos. Jugué bastante mal: me comían los bichos y sudaba tanto que se me escurrió la raqueta dos veces cuando era mi servicio, lo cual hizo las delicias del público. Realmente fue una sonrisa de valor, de esas que ya sé dirigir a cualquier persona que se me planta al lado y trata de emboscarme.
Nada más llegar, por la tarde, he recibido tres invitaciones para cenar, lo que ha hecho que me sintiera socialmente más aceptado que nunca antes en mi vida. Todas para esta noche. En realidad, eran todas para la misma cena, en casa de Tony, cómo no. Tony y Toni son las personas que más aprecio en la ciudad. Tony Él dice que está un poco harto de la sección consular, y es comprensible. Con todo este torbellino cerniéndose sobre nosotros, tengo la impresión de que Lodge y su imprescindible ayudante, el señor Dunn, escogerán a Tony de un momento a otro para algún tipo de trabajo encubierto clave. Tony se ríe ante la idea, pero creo que es muy posible. Saigón es, cada día más, uno de los sitios menos interesantes en que haya estado. No hay en toda la ciudad ni una obra de arte u objeto artesanal. Pasan por tales los pececitos de celofán, los dragones de porcelana, etcétera, esas cosas sobre las que se abalanzan los estadounidenses. Lo poco que hay para hacer vuelve aún más difícil la vida. Saigón carece de salones de baile o clubes nocturnos como los conocemos nosotros. Apenas se puede disfrutar de unas cuantas cantantes con cierto encanto, que son siempre las mismas y cantan siempre en los mismos bares. No hay acontecimientos deportivos de importancia, ni museos. Solo hay un zoo, que no está mal. (Los zoos, no obstante, pierden cierto encanto cuando en lugar de estar contemplando una extraña ave del otro lado del mundo, te muestran una extraña ave atrapada a cuarenta kilómetros del zoo). En primer lugar, la tensión creada por los soldados ayuda a no pensar en lo lúgubre que es esta ciudad. Yo, sin embargo, lo acuso cada vez más. Cuando estoy en Saigón, juego al tenis y a los bolos, salgo a cenar (en uno de los pocos restaurantes que hay), visito a unos pocos amigos o me siento frente al aparato de aire acondicionado para pasar un rato sin sudar a mares. Cuando estoy en el Delta sueño con el aire acondicionado. Tony Él ha sufrido hoy una intoxicación alimentaria. Espero que no sea grave. Toni Ella y yo nos llevamos cada vez mejor.
Los veo cada vez que visito Saigón y son en realidad las únicas personas que me caen bien aquí. Lo primero que hago al llegar es llamar a Tony, y siempre comemos al menos una vez juntos y vamos a jugar a los bolos y al tenis. Siempre les apetece quedar conmigo y a mí también. Toni es la única esposa de estadounidense que me resulta soportable; para mí, todas las demás son o unas brujas o aburridísimas o no callan ni debajo del agua, o las tres cosas a la vez. Creo que hay razones que explican esto y no es solo el azar. Los hombres trabajan mucho y muy bien, y eso deja a las mujeres mucho tiempo para lidiar con las pequeñas dificultades de la vida saigonesa. Ninguna de ellas se dedica a las labores del hogar, lo que contribuye en gran medida a ese carácter insoportable. Se dedican a pelearse con las sirvientas y a hablar sin descanso de ellas y a preocuparse por sus hijos, que posiblemente estén siendo educados (en mi opinión) de la peor manera posible, alejados de la realidad de las cosas y de la vida real tanto estadounidense como vietnamita. Las mujeres, además, se preocupan mucho por la trayectoria profesional de sus maridos (un lugar común desde los días del imperialismo británico: los hombres tenían una conducta muy igualitaria, hasta que decidieron llevar a sus esposas con ellos y nacieron así los clubes exclusivos, etcétera).
Sea como fuere, no me caen bien las mujeres estadounidenses que hay en Saigón, creo que lo he dejado claro. La Excepción, como la llamamos, es Toni Lake, quien cada vez me impresiona más. En cierto modo, ha cambiado mucho desde que llegó proveniente de Washington y, en cierto modo, también me equivoqué al prejuzgarla cuando la conocí. Es una persona sorprendentemente fuerte. Sabe manejar muy bien al viejo Tony, y siempre consigue tranquilizarlo cuando empieza con sus «hoy he cometido un error por el que acabarán trasladándome», cosa que es habitual en él y que resulta bastante irritante (porque todos sabemos que está realizando un magnífico trabajo en un puesto muy complicado, y será el primero de entre nosotros al que asciendan). «Oh, no, seré el último. De verdad», replica siempre él, lo cual me saca de quicio, porque lo que pretende es que le doremos la píldora y le digamos lo bueno que es. Toni, en cualquier caso, siempre sabe cómo tratarlo.
Es sábado en Sóc Trăng y, sin duda, como dice la canción, esta es la noche más solitaria de la semana. Conozco un buen bar que frecuentan los estadounidenses y las chicas son simpáticas y conmigo más aún, porque hablo vietnamita, pero NO. Regreso a Saigón los fines de semana y cada vez que se me presenta la menor oportunidad principalmente porque el GAAM y McDowell son los yanquis más tristes que uno pueda echarse a la cara. Salvo McDowell, la gente del GAAM odia Vietnam, están deseando largarse y no hacen más que soltar tacos sin descanso. Cuando no están en sus despachos están sentados en corro aquí o allí. Pocos son los que entienden en verdad la situación. Casi todos la ven como una cuestión puramente militar: «Una sola división del ejército bastaría para limpiar este sitio» es una de las afirmaciones que más se oye, lo que no podría estar más lejos de la realidad. Una división de marines se dejaría hasta la última gota de sangre entre los manglares y arrozales, y el Vietcong ni se despeinaría. Eso es lo que creo que el Vietcong quiere que hagamos, y sería un terrible error. La gente del GAAM se pavonea de su dureza y su habilidad, pero no tienen el mínimo ojo clínico.
El ejército, al que poco a poco estoy tomando bastante manía, convierte a los hombres en quejicas que solo respetan el rango, el cual consideran, incluido el propio, medida de la inteligencia. Por descontado, no me gusta la actitud que demuestran hacia los civiles. Para ellos yo no soy más que un «vendedor de bulgur» y piensan que mi trabajo no tiene nada que ver con la guerra. Les ofende y, de hecho, temen que haya un puñetero civil entrometiéndose y haciendo cosas que podrían estar condicionando el esfuerzo bélico. Esto no es así en todos los casos, de todos modos: hay hombres como el asesor adjunto de división, Col Montague, quien afirma que un pozo hace al Vietcong mucho más daño y de manera más permanente que cualquier operación de limpieza. Sin embargo, su caso es único y nuestra labor se desarrolla entre una marabunta de personas muchas de las cuales matarían en el Delta a cualquier sin preguntar, porque «son todos del Vietcong».
Trocha entre campos de cultivo en la provincia de Ba Xuyên. Holbrooke Papers.
Desconozco la solución de nuestras tribulaciones en Vietnam del Sur. Sin embargo, creo que hoy conozco la naturaleza y alcance del problema y no deja de sorprenderme que tantos militares que llevan aquí muchos meses no sean capaces de ver lo que tienen delante de sus narices. El cliché es tan viejo y está tan trillado que me convencí de que todo el mundo sabía que, a efectos prácticos, se había convertido en una política y resultaba peligroso contradecirlo: esta es una guerra por la mente y el corazón de la gente. Creo que este es el principal papel de la USOM y la embajada: propagar a todos los niveles y en todo momento la idea de que esta guerra no podrá ganarse solo encadenando victorias militares sobre el Vietcong.
Por tercera noche seguida disparan las armas de mayor calibre que tenemos en Sóc Trăng, los obuses del calibre 155, siempre hacia el este, en concreto hacia la isla que hay en mitad del río Bassac y que marca la frontera septentrional de la provincia. Se trata de una gran operación de castigo cuyo objetivo es destruir los arrozales (pues la isla está ocupada enteramente por el Vietcong), con algunos contactos sobre el terreno y mucho apoyo aéreo y de artillería. Así es como el Ejército de la República de Vietnam libra esta guerra: si hay posibilidades de que el enemigo ronde por las inmediaciones, en lugar de hacer avanzar las tropas, se ordena detener todo movimiento y se pide un ataque aéreo que atenace al contrario y las andanadas de artillería que sean necesarias. Jamás se persigue al rival sobre el terreno. El elevado número de bajas que se produce siempre se debe en parte a la combinación de estos dos tipos de ataques, y son estimaciones basadas en las observaciones de misiones de reconocimiento que sobrevuelan la zona a doscientos cincuenta kilómetros por hora o en el informe de agentes de inteligencia que compiten entre sí para ver quién complace más a los superiores. Lo que es aún peor, un porcentaje considerable de todas las bajas causadas por los bombardeos desde tierra y aire corresponde, sin duda, a no combatientes. Los campesinos atrapados por siempre en mitad de la guerra.
Hay cosas que disfruto de Vietnam y que no tienen que ver con nuestra misión, sino con mi disposición personal: me gusta el dinamismo de la gente buena y de los hombres que están haciendo para nosotros el mejor trabajo que pueden. Hay muchas personas a quienes deberían echar, pero los que son buenos son muy, muy buenos. Es emocionante regresar a Cà Mau o a Bạc Liêu o a Saigón y encontrarme con esas personas, con algunas de las cuales he compartido duros días sobre el terreno, en distintos lugares del país. Es maravilloso volver a ver, sin esperarlo, a alguien a quien conoces y respetas, en alguno de los aeródromos del Delta. Disfruto mucho del melodrama de los helicópteros, incluso del H-21S, que tan poca gracia me hace, porque cada dos por tres los derriban en cualquier rincón del país. Si sigo montando en ellos, imagino que terminaré cayendo con todo el equipo en algún arrozal, como les ha ocurrido a tantos. Con el aire azotándote en la cara por el giro de las palas del rotor, saltamos de los aparatos y nos dirigimos con paso veloz hacia el grupo que siempre espera. El fragor es enorme y nunca se puede oír a nadie. Esas escenas, tan comunes para mí hoy, siguen deparándome momentos de emoción, aunque aquí no me atrevería a reconocérselo a nadie.
A las cinco de la mañana ha llegado la noticia de que el Vietcong había atacado y posiblemente conquistado nuestro puesto de avanzada más lejano en la provincia de Ba Xuyên. Se trataba de una posición camboyana, situada a solo tres kilómetros de un manglar donde uno de los brazos del río Mekong desagua en el mar de China Meridional. Ese manglar, como todos, es un paraíso para el Vietcong. El puesto de avanzada protegía un pueblo bastante grande y de importancia crucial, también camboyano, que McNamara justamente tenía planeado visitar hoy. En cualquier caso, sobrevolamos el área en círculo durante una hora, a unos quinientos metros de altura, y desde arriba vimos con toda claridad que el puesto de avanzada había sido destruido. No sabíamos cuál era la situación sobre el terreno, pues recibíamos fuego de vez en cuando. Repostamos en Sóc Trăng y nos unimos a una Cuadrilla Águila que se dirigía a reconocer la zona. Una Cuadrilla Águila es un grupo de entre seis y diez helicópteros que vuelan muy bajo sobre áreas complicadas, esperando atraer fuego, tras lo cual contraatacan. Nosotros volábamos a bordo de uno de los helicópteros principales de la cuadrilla, que trasportaba tropas vietnamitas. Por fin, nos avisaron de que la infantería había alcanzado la aldea y el puesto, así que aterrizamos.
Ya en tierra nos encontramos con una auténtica pesadilla. Algo que espero no tener que volver a ver en la vida. El Vietcong se había hecho fuerte a solo cincuenta metros y había instalado un arma automática de 75 mm y sin retroceso, y había aplanado la posición antes de colocar a un hombre en ella. (Ese tipo de arma debía provenir sin duda de China; jamás las había visto en Vietnam, ni en el ejército estadounidense ni en el francés ni en el vietnamita). A diferencia de lo que ocurre en muchos otros puestos, aquel, al parecer, no había caído desde dentro. Quizá se deba en parte a que se trataba de un pueblo camboyano y los camboyanos son quienes mejor pelean de toda la región.
El fuerte era un auténtico desastre. De la dotación de treinta y un hombres, habían muerto diez, y también los siete niños y cuatro mujeres que los acompañaban en aquella trampa horrible, como es habitual. Cuando entramos, los supervivientes se habían ocupado de amontonar los cadáveres y el gimoteo de las mujeres, y el hedor y la pesadez del aire que todo lo envolvía eran… Todos hemos visto imágenes de personas abriéndose paso entre los escombros de la guerra en Europa y Japón, y en la actualidad vemos cosas parecidas en las noticias, pero aterrizar en un lugar así de esta manera ha sido nuevo para mí. Uno no sabe nunca cómo reaccionará; yo no lo he hecho tan mal como temía. Quizá poco a poco me he ido acostumbrando a esto. (Cosas así han ocurrido en muchas ocasiones y Vietnam es, ya desde antes, un país muy cruel. Pero esto es lo peor que he visto hasta ahora).
Luego me costó mucho trabajo apartar de mí las imágenes del fuerte de Can Ngành. Era todo muy irreal, porque los pájaros seguían revoloteando y los niños de las casas más cercanas, situadas a menos de cincuenta metros de distancia, jugaban y la situación parecía normal. Pero no, ahí estaban las mujeres arrodilladas, llorando junto a los cuerpos destrozados de sus maridos, cuyas piernas asomaban grotescamente por aquí y por allá. Uno de los morteros había explotado junto a uno de los rincones del fuerte y por el suelo había unos sesos desparramados.
Se suponía que McNamara tenía previsto visitar hoy la aldea y el fuerte. Podemos hacer tan poco… Pero, por supuesto, le dije al gobernador de la provincia que me parecía bien pedir más fondos para ayudar a quienes habían perdido a sus familias y al resto de gente de la aldea, que había sido atacada muchas veces antes, pero ahora con más crudeza que nunca. No parece que eso vaya ser de mucho consuelo un día como hoy.
Para la visita de McNamara, al gobernador de la provincia pidió todas las banderas estadounidenses que hubiera en las inmediaciones. Resultó que no había ninguna. Ordenó a todos los sastres de Sóc Trăng que trabajaran toda la noche para que a la mañana siguiente hubiera cuarenta banderas, que se transportarían en camión a Bạc Liêu. A medio camino, el camión pasó sobre una mina y los dos conductores resultaron heridos. Las banderas quedaron inutilizables y al día siguiente no se vieron las barras y las estrellas por ningún lado. Solo había una bandera, que tenía únicamente veinticinco estrellas en el cantón azul. Cuando pregunté por qué, me contestaron que había veinticinco estrellas por cada lado, cincuenta en total.
Ayer bajé al GAAM y vi el nuevo informe que se había redactado tras la visita de McNamara y Taylor, uno de los cuatro que el GAAM y la USOM deben enviar conjuntamente al año. Se remitirá a nuestros superiores al cabo de dos semanas y los ingenuos de Saigón y Washington creen que cerrará la brecha entre la realidad del teatro de operaciones y los informes que reciben los cuarteles. Previsiblemente, el informe será desgranado, analizado y refutado línea por línea y, a partir de las conclusiones que se extraigan de él y otros informes similares, se tomarán decisiones. El único inconveniente es que dudo mucho de que funcione. Claro, resultará de ayuda, pero no solventará el problema fundamental: la información recopilada por una persona en una situación demencial como la nuestra no puede usarla de manera eficaz otra persona a quince mil kilómetros con objeto de tomar una decisión. Y hay otra cosa, que apenas sé cómo expresar con palabras: todo lo que se cuenta es tan confuso y descorazonador… Los informes mienten, y punto.
Mis fotografías fueron y volvieron de Honolulú; me refiero a las que tomé en color en el fuerte destruido. Llaman la atención y quizá sean buenas fotos, aunque muy sangrientas. En una de ellas aparece una madre dando de mamar a su hijo junto al cuerpo de su esposo muerto. Es, a un tiempo, la mejor y la peor.
Cada vez tengo más dudas sobre el enfoque básico que estamos dando a esta guerra. Los últimos debates y algunas informaciones que me han llegado a través de fuentes diversas indican que, tras las visitas, McNamara quiso dar más peso a la fuerza aérea y los helicópteros acorazados. Creo que esta es una decisión pésima, tanto moral como tácticamente. Desde luego, jamás daría resultado criticar una medida de este tipo con argumentos morales, y menos en la comunidad estadounidense de Vietnam, que es muy dura y se hará más dura con el tiempo («La guerra es el infierno» es un lema que justifica cualquier horror, y es el lema de muchísima de la gente que me rodea, entre ellos, lamento decirlo, el propio Jim Rosenthal, que es uno de mis mejores amigos). No obstante, la decisión de luchar contra el Vietcong desde el aire puede criticarse con dureza usando otros argumentos diferentes y muy sencillos: es una propuesta estúpida (o como dijo Talleyrand en una ocasión: «Señor, es peor que un delito. Es un error garrafal»). Estoy convencido de que el Vietcong a menudo dispara contra nuestros aviones solo para atraer el fuego de nuestra artillería sobre las aldeas. Esto sorprendería a cualquiera, pero es un hecho por lo general aceptado. La razón es que cuando se bombardean las aldeas, el Vietcong tiene propaganda para rato.
Los franceses perdieron Indochina matando al enemigo. Un disparo de un aldeano desencadenaba un ataque con toda la furia de la fuerza aérea y, al día siguiente, se apuntaban al Vietminh decenas de nuevos reclutas: los hombres que habían sobrevivido al ataque y sus parientes de otros pueblos. Esta, según creo, es la cuestión básica, y la diferencia fundamental entre el terror indiscriminado, como el que producen los bombardeos, y el terror selectivo, como el que practica el Vietcong. El Vietcong matará a un hombre, y no necesitará matar a más, para mostrar al resto que no es muy buena idea asomar la cabeza en solitario para demostrar lo bien que se te da luchar contra los comunistas. (La semana pasada asesinaron al mejor jefe de distrito de una provincia y también a uno de los mejores gobernadores provinciales de todo el país).
Así pues, si queremos ganar esta guerra ejerciendo la superioridad aérea, morirán miles de vietnamitas y el enemigo resistirá mucho más tiempo. Estaremos cometiendo un grave error. Me preocupa sobremanera. Por supuesto, la paradoja del asunto es para caerse de espaldas, si es que hay alguien tan estúpido para dedicarle más de un momento de reflexión. A día de hoy, en Vietnam, estamos usando peores armas y tácticas mucho más inhumanas que el enemigo. No me cabe duda de que matamos a más civiles que el Vietcong, con tácticas que podríamos calificar, en general, de menos selectivas. Menos «correctas». Supongo que, a largo plazo, estamos donde tenemos que estar. No tengo duda tampoco de que, si perdemos aquí, libraremos esta misma guerra en otros países de Asia o de América Latina dentro de unos pocos años. Ahora mismo, en cualquier caso, estamos haciendo mal la guerra, y eso duele. A corto plazo, deberíamos estar en el otro bando: si no tuviéramos en cuenta los vínculos con Hanói y con Pekín, nos percataríamos de que el Vietcong está luchando por las cosas por las que todos deberíamos luchar en el mundo. Pero en su lugar, seguimos defendiendo a la clase de poderosos que aún no se ha demostrado capaz de entender que los no poderosos deben participar del gobierno de la nación. Si nos centráramos en eso la situación mejoraría. Quizá no por obra nuestra, pero sí para nuestro beneficio.
Toda esta puñetera historia hace que me sienta algo indispuesto. (Creo que me duele la garganta). Este es el trabajo más emocionante del mundo y siempre me mostraré agradecido por poder dedicarme a él, pero no creo que lamente irme de aquí. A un amigo mío acaban de comunicarle su próximo destino: Luxemburgo. Casi parece un chiste, pero es cierto. Hay sitios así. Creo que estoy empezando a ver la guerra —porque, maldita sea, la guerra es esto— desde el punto de vista menos épico de todos. Como ocurre en ocasiones, la lucha deja de merecer la pena, por lo sangriento y el coste de vidas. Aunque… no tenemos elección, ¿verdad?