Nuestro hombre
Capítulo II
La tarde del 17 de noviembre, dispuso de media hora con el presidente electo
en la sede central del gobierno entrante instalada en el Hilton de Chicago[5]. Sabía por boca de Strobe Talbott y Tom Donilon que Obama había convocado ya a Hillary Clinton cuatro días antes; que la primera opción de Obama para la Secretaría de Estado era su rival derrotada. Lo que Holbrooke ignoraba era que él estaba en el cuarto o quinto puesto de la lista de candidatos. En ningún momento se consideró en serio su nombre. Si Clinton rehusaba, la oferta pasaría a Kerry. Un acto de caridad desconocido para él. Lo de Kerry habría sido casi tan doloroso como lo de Albright. Pero con Hillary Clinton, ¿qué podía hacer? Ella existía en un plano superior.
Al menos estaba en Chicago. Lo cual significaba que sus enemigos no habían logrado detenerle, y eso ya era algo de lo que disfrutar. En 1992 ese encuentro no se había producido.
Holbrooke y Obama se sentaron a solas. Le regaló al presidente electo un ejemplar firmado de Para acabar una guerra. Fue algo predecible, interesado, un pequeño error. Obama era el tipo de persona que cuando te conocía dejaba claro que no le iban los remilgos diciéndote a las claras que no
había leído tu libro[6].
Obama se dirigió a Holbrooke como «Dick», el nombre que habían seguido usando los antiguos colegas de Holbrooke en la campaña.
—¿Me haría usted un favor, señor presidente? —le pidió Holbrooke—. Para mi esposa es muy importante que me llame «Richard».
—Richard.
Holbrooke acababa de corregir al nuevo presidente, y de un modo que solo se podía calificar de calzonazos. Ese fue un error más importante.
Obama prosiguió con su disciplina habitual.
—Muchos lo consideran el mejor pensador estratégico que hay por aquí. Quiero contar con sus consejos y asesoramiento a medida que avancemos. Lo quiero en mi equipo. De hecho, está usted en mi lista de finalistas. No es el único nombre…
—Eso he leído.
—No se crea todo lo que lee. Bueno, suelte.
Y entonces Holbrooke cometió el tercer error. Toda su vida había sido un ferviente defensor de la igualdad racial, y con los ojos llenos de lágrimas le dijo al primer presidente negro del país (como le había dicho ya una semana antes a la asesora e íntima amiga de Obama Valeria Jarrett, cuando Holbrooke le pidió su ayuda durante un desayuno en Nueva York):
—¿Sabe? No hace falta ser afroamericano para llorar.
Autopromoción, rectificaciones, adulación, exhibicionismo emocional. Nada del otro mundo, pero Obama era uno de esos escasos políticos que pensaban como un escritor, ninguna cosa le pasaba por alto. Si la intención de Holbrooke hubiese sido causarle rechazo desde el primer minuto no podría haberlo hecho mejor.
Le soltó su discurso. El mismo que le había soltado a Carter en 1976, a Gore en 1992, a Hillary Clinton en 1996: el del equipo de baloncesto que juega bien coordinado, de la necesidad de escoger a personas que compartieran su misma visión. Le advirtió que un «equipo de rivales» —que era el título de una nueva biografía de Lincoln que pululaba por ahí en la transición de Obama— podía deslizarse fácilmente hacia la disfuncionalidad. Le expuso su carrera y sus logros, empezando por Vietnam. En cuanto al puesto, uno que no deseaba era el de enviado a Oriente Medio. Le dijo a Obama que tal vez quisiera considerarlo como asesor de Seguridad Nacional; al parecer eso fue una sorpresa. Si él no iba a ser el secretario de Estado, Hillary sería una estupenda elección.
—Ella estuvo sentada ahí mismo y dijo lo mismo de usted —le dijo Obama.
Hacia el final, la atención de Obama empezó a distraerse. Holbrooke se preguntaba si no estaría hablando demasiado, pero le pareció que la reunión había ido bien. Llamó a Gelb justo después para contárselo. Gelb no estaba tan seguro. Lo de «Richard, no Dick» le arrancó un: «Es broma, ¿no?». Y también le preocupó que no hubiesen hablado en absoluto de política exterior, solo de procedimiento.
En realidad, no había ido bien. Holbrooke no tenía ni idea de la impresión que había causado en aquel hombre opaco, profundamente concentrado. No supo interpretar en absoluto a Obama, no solo porque este podía resultar indescifrable, sino porque Holbrooke no era capaz de tal cosa, no cuando el tema que se trataba era él. Volvió a casa creyendo que tenía muchos números para convertirse en secretario de Estado. Pero solo lo habían convocado en Chicago porque era demasiado importante para no convocarlo. El presidente no tenía ningún puesto para él. Y nunca más volverían a verse a solas.
Después de rechazar varias veces la oferta de Obama, Hillary Clinton terminó por aceptar el cargo («mis genes patrióticos», le dijo a Holbrooke), con la
condición de ser ella la que designara a su propio equipo[7]. Talbott ya le había propuesto a Holbrooke como vicesecretario, idea que a ella le gustó. Holbrooke se enteró de ello a través de Talbott y lo vio con buenos ojos —ese cargo sería el más alto que había ocupado en el Departamento de Estado—, aunque no poseía ninguna de las cualidades que había aportado Talbott en sus siete años en el puesto: ecuanimidad, desinterés y habilidad a la hora de trabajar con otros cargos adjuntos del Consejo de Seguridad Nacional.
El 20 de noviembre, Holbrooke llamó a Clinton [8]. Ella le confesó que de haber ganado lo habría escogido como secretario de Estado (decirlo en ese momento no le costaba nada), y él replicó que suponía un honor ser su vicesecretario. La respuesta de Clinton fue afectuosa pero no concluyente. Hizo falta otra semana de llamadas telefónicas y filtraciones y silencios agoreros, así como una noche de dolorosa charla en casa de los Talbott — donde terminaba siempre que sufría una crisis en su carrera (aunque ahora la esposa de Strobe, Brooke, estaba gravemente enferma de cáncer)—, celebrando Acción de Gracias en los Hamptons con Kati, para que Holbrooke comprendiera que el puesto sería para otro.
Denis McDonough, miembro clave del reducido círculo inmediato de Obama, y Rahm Emanuel, el congresista de Chicago que se convertiría en jefe de Gabinete, sostenían que la Casa Blanca necesitaba a uno de los suyos por debajo de Clinton para evitar que el Departamento de Estado se convirtiese en un centro de poder rival. El candidato evidente era Jim Steinberg —el director de planificación de políticas de Warren Christopher—, dado que a este, favorito de Obama, había que darle algo importante después de entregarle el puesto que se le había medio prometido a Steinberg, el de asesor de Seguridad Nacional, al general de cuatro estrellas James Jones, marine retirado y antiguo comandante de la OTAN, al que se fichó para dar lustre al expediente en seguridad nacional del joven presidente demócrata y aislarlo de las presiones militares.
Aquello fue una mezcla de política exterior y juego de las sillas, y Holbrooke salió perdiendo. Se hundió en una pesadumbre que lo devolvió al invierno de 1992-1993, cuando nadie del gobierno provisional de Bill Clinton lo llamó.
Pero Hillary Clinton lo necesitaba, y a finales de noviembre le propuso un encargo que a ella le parecía hecho a su medida. En los círculos demócratas de política exterior se hablaba hacía meses de nombrar a un enviado especial para Afganistán y Pakistán. Holbrooke había sido de los primeros en sugerir la idea. Ya que había convertido la región en su foco de interés, había viajado allí de manera particular y no quería el puesto en Oriente Medio (que iría a parar a otra figura del establishment demócrata, George Mitchell),Af-Pak parecía idóneo para Holbrooke, y Holbrooke, idóneo para Af-Pak.
La idea ni siquiera se había abordado en la reunión con Obama en Chicago. Unos días después, Holbrooke, como si sintiera que debía mejorar su discurso, había enviado al presidente electo un memorando titulado «Las
paradojas de Pakistán y Afganistán»[9]. Estaba plagado de malas noticias y advertencias funestas, y la paradoja principal era esta: «El único motivo por el que entramos en Afganistán fue Al Qaeda, y Al Qaeda ya no está allí. De modo que esta guerra ahora es contra un enemigo que no plantea ninguna amenaza directa contra la seguridad de Estados Unidos, mientras que nuestro enemigo real, Al Qaeda, sigue refugiado en suelo de nuestro aliado, Pakistán». Nuestros objetivos eran confusos; nuestros recursos, insuficientes; nuestros socios en ambos países, poco fiables, pero no podíamos permitirnos abandonar una vez más Afganistán, por largo y penoso que fuese el compromiso. El objetivo no debía ser el de derrotar a los talibanes, sino el de llegar a un acuerdo entre Kabul e Islamabad con ayuda de los países vecinos. El nuevo presidente tendría que evitar en Afganistán la trampa que se había tragado a Johnson en Vietnam y a Bush en Irak. «Creo que debemos ser sinceros con el pueblo estadounidense —escribió Holbrooke—. El error más grave sería el de prometer resultados de acuerdo con un calendario concreto; y el segundo, el de afirmar un progreso que no existe».
Desconozco si Obama llegó a leer el memorando. No le habría gustado el tono aleccionador, aun si hubiese apreciado la cruda realidad que contenía. A su alrededor no había nadie muy entusiasmado con la idea de tener a Holbrooke en el gobierno. McDonough desconfiaba de él, y Rice —la elección de Obama como embajadora de la ONU, catorce años más joven que Holbrooke cuando este había ocupado ese puesto— se opuso con vehemencia. Donilon, el asesor adjunto de Seguridad Nacional del gobierno entrante, sería su único amigo poderoso en la Casa Blanca, pero no pertenecía al círculo de confianza de Obama y debía preocuparse de su propia posición. El vicepresidente electo, Joe Biden, mantenía con Holbrooke una larga y conflictiva relación que se remontaba a los años setenta. Como político, Biden había tenido que demostrar siempre su experiencia en política exterior a Holbrooke, y sentía que nunca se le había reconocido su papel cuando hizo frente a Milosevic durante la guerra de Bosnia. Tenían casi la misma edad, eran igual de dominantes y estaban de acuerdo en casi todo, así que, como es natural, no se soportaban mutuamente.
El 1 de diciembre, Holbrooke y Clinton pasaron tres horas y media juntos en la suite de esta en la Essex House de Manhattan. Hillary le dijo que quería un contrapunto civil sólido a las labores militares en Afganistán: un diplomático que pudiera estar a la altura de David Petraeus, el general de cuatro estrellas al mando de las fuerzas estadounidenses en toda la región, desde Egipto a Pakistán, que comprendía todos los lugares en que estaban combatiendo. La política de Estados Unidos, tremendamente militarizada bajo el gobierno de Bush, debía recobrar el equilibrio, con la diplomacia y el desarrollo como componentes parejos. Esa sería su encomienda.
Holbrooke puso sus requisitos[10]. Daría parte al presidente a través de ella. Sería una especie de secretario de Estado para Af-Pak, un asesor de Obama con acceso al presidente al margen de los canales habituales. Reuniría a un equipo con colaboradores de diversos departamentos de todo el gobierno —un «equipo interagencial», en la jerga—, reclutaría también a talentos en la oficina del Sudeste Asiático y Asia central del Departamento de Estado y contrataría a expertos externos. Necesitaría un avión para ir y volver de la región. No se podía limitar a Afganistán y Pakistán: la India, ese gigante vecino que determinaba y retorcía el pensamiento paquistaní, entraría también en su cartera, igual que Irán, cuya influencia en el oeste de Afganistán había comprobado de primera mano en Herāt en 2006. Salir del impasse de Af-Pak le exigiría negociar en la disputa entre la India y Pakistán a propósito de Cachemira, y también mantener conversaciones abiertas con los iraníes, las primeras desde la revolución. Pero no sería un «enviado especial»: eso ya lo había hecho en Chipre y los Balcanes. El término francés envoi sonaba demasiado ligero, una paloma mensajera con raya diplomática. Esta vez gestionaría las políticas en Washington al tiempo que la diplomacia en la región. Sería el Representante Especial para Afganistán y Pakistán: el SRAP, por sus siglas en inglés.
Insistió en todos estos aspectos igual que su predecesor histórico en la tarea, «Blowtorch». Bob Komer, quien había exigido privilegios de general de cuatro estrellas en el Apoyo al Desarrollo Revolucionario y de Operaciones Civiles. Holbrooke estaba trazando ya las fronteras de su imperio antes de que el equipo de Obama supiera siquiera dónde estaba la Sala de Mapas.
Lo incluyó todo en un informe para Hillary. Pero su papel seguía siendo vago, y salió de la conversación entre ambos con un presentimiento. Clinton no había insistido en su derecho a escoger a su número dos cuando le habían impuesto a Steinberg. Le dijo a Holbrooke que «Chicago» no estaba todavía «cómodo» con su presencia. Holbrooke lo vio como un mal presagio; aquello mostraba inseguridad y debilidad. Tenía la sensación de que ella no comprendía la burocracia que estaba a punto de heredar y que apenas confiaba en nadie. «Esto me tiene profundamente destrozado —escribió en su diario—. Un puesto indefinido es como entrar en una habitación donde todas las sillas están ocupadas y tener que insistir a todos para que se muevan y le hagan sitio […]. Todo el mundo me dice que debo aceptar el cargo, y seguramente lo haré. Pero sin demasiado entusiasmo o esperanza de hacer gran cosa con ello, dadas las dificultades. Mi capacidad de conseguir algo dependerá de la disposición de H + BO de escuchar mis opiniones, y estoy
preocupado a ese respecto[11]».
A Clinton le llevó dos semanas responder a este informe. «Chicago» continuaba demorando su respuesta. Hillary le recordó a Obama las condiciones con que había aceptado el puesto, y este le dijo que Holbrooke era suyo si lo quería. Pero sería uno de los hombres de Clinton, no del presidente.
Regresar al gobierno suponía una reducción del 90 por ciento en sus ingresos, justo cuando estaba empezando a tener problemas económicos. Kati y él invitaron a cenar a Pete Peterson y a su esposa una noche para hablar de sus finanzas.
—Richard, empecemos por el principio —dijo Peterson (patrimonio neto: dos mil ochocientos millones de dólares)—. ¿Cuál es tu flujo de caja neto? — Holbrooke no sabía qué significaba eso—. Simplificando, tus ingresos quitando los gastos.
Peterson sumó los costes de todas las hipotecas, del avión privado y lo demás, y lo restó del nuevo sueldo de Holbrooke como SRAP, ciento setenta y siete mil dólares.
—Estás incurriendo en un flujo de caja negativo bastante considerable — concluyó Peterson—. Así que vamos a mirar tu patrimonio neto líquido.
—¿Eso qué es?
Peterson repasó el valor de las inversiones de Holbrooke.
—Tu patrimonio neto líquido se va a reducir tan rápido que dentro de cuatro o cinco años estarás en bancarrota. Tendrás un buen problema.
—¿Qué me quieres decir?
—Para que me entiendas: debes empezar a vender alguna de esas casas.
La más grande de las dos que tenía en Telluride era particularmente cara y valiosa. Holbrooke puso cara larga, adoraba la casa de Telluride.
—Richard, haz caso a Pete —dijo Kati.
Y Holbrooke accedió a venderla.
También tuvo que responder a las 63 preguntas del Cuestionario de Transición: un documento de nueva cosecha diseñado para disuadir a la gente que llevaba una vida interesante de trabajar para su país, no fuera a ser que
avergonzaran al presidente[12]. «8. Describa brevemente los asuntos más controvertidos en que se haya visto envuelto en el curso de su carrera.» «61. ¿Ha tenido usted alguna vinculación con personas, grupos o iniciativas empresariales que pueda ser utilizada —aun injustamente— para cuestionar o atacar a su propia persona y sus cualificaciones para servir al gobierno?». En lugar de explicarle al equipo de Obama la historia que he estado contándoles yo, con todo lujo de detalles, Holbrooke respondió a la pregunta 8 con un breve curriculum vitae, y a la 61 con la palabra «No».
La pregunta 60 atañía a su estado de salud.
El 10 de diciembre, fue a ver a su cardiólogo, Izzy Rosenfeld, que tenía entonces ochenta y dos años. A Rosenfeld se le conocía en el ámbito médico más como un genio de la comunicación que de la medicina. Afectaba una genialidad que seducía a los pacientes famosos, que hacían donaciones a su hospital al tiempo que recurrían a otros colegas más cualificados para que los mantuviesen con vida. Una cardióloga más joven llamada Holly Andersen se encargaba de la mayor parte de todo lo relacionado con Holbrooke, pero Rosenfeld seguía visitando al paciente y tomando notas, que eran una especie de miniensayos: «Está a punto de ocupar un cargo importante en el gobierno y necesita saber si será capaz de hacer viajes largos y trabajar duro […]. La clave en alguien con fibrilación paroxística, como le he explicado, son el control del ritmo cardiaco y la anticoagulación. El tiempo dedicado fue de una hora y veinte minutos considerando todas las ramificaciones de su inminente nombramiento por parte del presidente Obama y si sería capaz de llevar a
cabo la tarea»[13].
A sus sesenta y siete años, Holbrooke pesaba unos noventa y cinco kilos, lo máximo que había pesado nunca. Su presión sanguínea y su ritmo cardiaco se mantenían normales con medicación, sus pulmones estaban despejados, sus carótidas limpias y tenía el abdomen blando. Tomaba metoprolol para controlar la presión, warfarina para la coagulación, zetia y niacina para el colesterol, aspirina, ácido fólico, y de vez en cuando Viagra. Cada par de años, su ritmo cardiaco se descontrolaba; tenía mareos y había que practicarle una cardioversión. En otras palabras, era un hombre estadounidense entrado en años bastante típico. Le dijo a su médico que temía que la presión de su nuevo cargo lo pusiera en riesgo, pero Rosenfeld aseguró que su salud era excelente para un hombre de su edad y le dio su beneplácito para trabajar en
el gobierno[14].
Encontró residencia en Georgetown a una manzana de su antiguo alojamiento, la casa Harriman. Pam, tras dilapidar el 90 por ciento de su herencia de cien millones de dólares, había vendido la mansión en 1996 para sufragar un acuerdo extrajudicial con los herederos de Averell, meses antes de sufrir un derrame cerebral mientras hacía sus largos matutinos en la piscina del Ritz de París, tras el cual murió y fue enterrada en la finca de los Harriman en el río Hudson, en la parcela que había escogido ella misma a orillas del lago, donde se reunió con Averell para el resto de la eternidad con una lápida que rezaba patriota, servidor público, estadista. Pero incluso sin los Harriman allí, Holbrooke regresó a la calle N como una paloma mensajera y alquiló una casa adosada de madera y dos plantas por más dinero del que podía permitirse. Viviría allí solo. Kati se quedaría en Nueva York, donde tenía a sus amigos, a sus hijos, su vida, y bajaría a Washington en ocasiones especiales; como en la investidura de Obama.
El 20 de enero, Holbrooke escribió en su diario: «Buen discurso, pero carece de las frases inolvidables de JFK. Nadie recordará ninguna cita, pero la ocasión es la historia. Eso todo el mundo lo recordará… Una multitud inmensa. Aunque Washington parece un feliz estado policial. La seguridad se impone a cualquier otra consideración, pero a veces le da a nuestro gobierno
un aspecto semifascista»[15].
Durante el segundo día completo de la presidencia de Obama, Holbrooke se deslizó inadvertidamente entre un gentío que aguardaba a las puertas del Departamento de Estado para aplaudir la llegada de Hillary Clinton. Alguna vez había imaginado una muchedumbre similar aguardando al secretario de Estado Richard C. Holbrooke. En lugar de subir en ascensor privado a los «despachos de caoba» de la séptima planta, atravesó el vestíbulo y desapareció por un pasillo de linóleo y fluorescentes. El SRAP ocuparía un departamento estrecho y desangelado en la primera planta, junto a la cafetería. Este era su cuarto mandato en el edificio en cuatro décadas, y era imposible estar más lejos, física y simbólicamente, de lo que deseaba en su corazón.
Poco antes de las dos de la tarde, llegó Obama para el nombramiento de los enviados especiales. La ceremonia se celebró en la sala Benjamin Franklin de la octava planta, entre cortinajes dorados, columnas de granito y una multitud de funcionarios entusiasmados de Asuntos Exteriores. Habían acudido tanto Obama como Biden, en muestra de la importancia renovada que se daba a la diplomacia tras el militarismo de los años del gobierno Bush, y también en apoyo de Clinton, la contrincante de una guerra reciente que generaba aún resquemores entre el personal, si no los superiores, de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Holbrooke estuvo en el escenario al lado del presidente, y George Mitchell al lado del vicepresidente, mientras la secretaria de Estado, con chaqueta de punto marrón y dorada, que ya había confirmado ante el jurado su cargo, presentaba a sus enviados especiales.
Cuando le llegó el turno, Holbrooke se acercó al atril y dijo:
—Le agradezco su confianza al ofrecerme esta abrumadora tarea, lo único que puedo hacer es comprometerme a dar lo mejor de mí para llevarla a cabo. —Sus palabras estuvieron un poco fuera de lugar—:Veo aquí…, pensando en mis primeros años en Asuntos Exteriores…, veo aquí a mi antiguo compañero de cuarto en Saigón, John Negroponte. Recuerdo muy bien aquella época, y
espero que logremos mejores resultados esta vez[16].
Luego, el presidente conoció a la familia Holbrooke. Kati le dijo sonriendo a Obama:
—Señor presidente, esto es más que un trabajo para mi marido.
Se hicieron fotos en grupo, y el presidente estuvo hablando de baloncesto con David, que era tan alto como un alero de la NBA, y todo el mundo volvió a casa embelesado, como le ocurría a la gente cuando conocía a Obama en aquellos primeros tiempos.
Lo de sacar a relucir Vietnam lo hizo sin pensar. No podía evitarlo. Holbrooke llevaba esa guerra consigo como un libro que hubiese aprendido de memoria siendo joven, y ahora pasajes enteros regresaban a él.
Esa noche recibió un correo electrónico de Rufus Phillips. El jefe de Holbrooke en Asuntos Rurales en el Saigón de 1963 tenía ahora cerca de ochenta años. Lo felicitó y le ofreció su ayuda. Holbrooke le respondió: «Rufe, ¡esto es peor que Nam!».