Nuestro hombre
Capítulo X
El 30 de enero de 1968, el primer día de la tregua del Tet, la festividad del Año Nuevo Lunar vietnamita, el Vietcong y las tropas norvietnamitas atacaron ciudades de todo Vietnam del Sur. Los zapadores se colaron en el recinto amurallado de la flamante y fortificada embajada de Estados Unidos, construida en un prado anejo a la casa de campo de los Lake, donde Holbrooke y sus amigos solían jugar al fútbol americano. Trudi, la madre de Holbrooke, estaba en Saigón con motivo de la celebración del Tet. Había viajado para visitar a su hijo pequeño, Andy, quien se había alistado tras abandonar los estudios en la Universidad Estatal de Kent y prestaba servicio en una unidad de pacificación en el Delta (Andy seguía adorando a su hermano mayor). Según todo el mundo, Trudi era «una mujer de armas tomar», el tipo de persona que se iba de vacaciones a Vietnam en 1968. Su entusiasmo llegaba a resultar tan embarazoso a Holbrooke que rara vez reconocía siquiera tener madre. En aquella ocasión, no obstante, llamó a un amigo de Saigón que estaba en contacto con ella para preguntarle cómo se desenvolvía allí. Al parecer,Trudi estaba muy bien y justo en ese momento se encontraba viendo los fuegos artificiales desde su habitación del hotel Continental. Estaba dispuesta a todo: a charlar con famosos, a viajar por el mundo entero e incluso a presenciar en directo la Ofensiva del Tet.
Para la mayoría de estadounidenses, no obstante, el Tet fue un seísmo. A los funcionarios de Washington los sacudió hasta desencajarles los huesos. En el Departamento de Estado se desató el pánico, y Rusk y Katzenbach decidieron enviar a Holbrooke a Vietnam a principios de febrero a fin de
evaluar la ofensiva comunista mientras aún estaba en marcha[146]. En Saigón descubrió que sus compatriotas, incluidos Westmoreland y Komer, estaban conmocionados. Se habían creído hasta tal punto sus propias patrañas acerca de la desmoralización del enemigo —a la fiesta de Nochevieja de la embajada la habían llamado, sin ironías, «la fiesta de la luz al final del túnel»— que no vieron venir la ofensiva. Holbrooke se encontró con un Westmoreland
destrozado[147]. Saigón nunca fue la misma ciudad después del Tet. Ya nadie podía creerse lo de que en Saigón no había guerra.
Wisner, quien ejercía de representante provincial en Dalat, en el Altiplano Central, se había visto obligado a defender su propia casa a tiro limpio durante un ataque del Vietcong. Descubrió que su amigo Holbrooke se había vuelto contra la guerra viviéndola desde Washington. Wisner, que seguía luchando en Vietnam, creía aún que podía librarse una guerra mejor. De igual modo pensaba John Vann, amigo de Holbrooke, quien se había retirado del ejército y prestaba servicio como experto civil en el CORDS, bajo las órdenes de Komer. Diez días después del Tet, Vann y Holbrooke volaron en helicóptero hasta Hậu Nghĩa, una peligrosa provincia cubierta de arrozales, situada entre Saigón y la frontera camboyana, de la que Vann era máximo
responsable[148]. Las posiciones militares sudvietnamitas habían quedado reducidas a las capitales de provincia y en la base norteamericana el ambiente era tenso. Tras la cena, Vann preguntó a un teniente coronel estadounidense cuánto distaba el perímetro defensivo de la base. «Unos cuatrocientos metros», le contestó. Vann propuso acercarse para comprobar que todo estuviera en orden. A Holbrooke le pareció una locura, pero no podía decirle que no a Vann. A las diez de la noche salieron a la oscuridad y caminaron casi medio kilómetro por estrechos senderos que serpenteaban entre arrozales, hasta llegar a un puesto de avanzadilla atendido por dos solitarios soldados sudvietnamitas. Aquella fue una de las cosas más arriesgadas que Holbrooke hizo jamás en Vietnam, pero para Vann, al que le hacía feliz estar fuera de su oficina todo el tiempo que fuera posible, era simplemente otra noche de guerra. Holbrooke veía en él a un Enrique V, merodeando disfrazado entre sus tropas en Agincourt para calibrar su valor.
Muchos estadounidenses en Vietnam afirmaban que el Tet fue una derrota sin paliativos para el enemigo —y lo fue, si contamos la mareante cifra de muertos del Vietcong— y que la población urbana del sur de Vietnam no aprovechó la oportunidad para alzarse. Eso era lo que opinaba Vann. En Washington, Holbrooke había sido uno de sus adalides más fervientes. Trataba de conseguir a Vann un público con poder de decisión, cuando nadie quería saber nada de su lúcido pesimismo sobre el estado de la guerra ni mostraba interés por sus apasionadas ideas acerca de la contrainsurgencia. Vann veía en el Tet una gran oportunidad para dar la vuelta a la guerra. Y aun así, fue Vann, la leyenda del coraje físico e intelectual, quien había enseñado a Halberstam y Sheehan que Vietnam era una guerra política. La política que más importaba en ese momento, según había escrito Holbrooke en el memorando que mencionaba a Napoleón y a Rusia, era la estadounidense. El Tet había quebrado la voluntad norteamericana de creer las mentiras de sus dirigentes, y había conseguido que estos dejasen de pedir paciencia y sacrificios. Así pues, la derrota táctica del comunismo en el Tet se convirtió en su victoria estratégica en la guerra.
De vuelta en Washington, Holbrooke se encontró con que todo cambiaba a una velocidad vertiginosa, como si el Tet hubiera tironeado de una locomotora política y la hubiera soltado en una empinada cuesta abajo. McNamara se había marchado, sustituido por Clark Clifford, abogado de Washington y Hombre Sabio de segunda fila que había trabajado para Truman y había sido asesor con Kennedy y Johnson. Clifford era la personificación misma del establishment: trajes y peinado perfectos y voz serena, como el bourbon vertido sobre cubitos de hielo. En 1965, había alertado en petit comité a Johnson contra la escalada de la violencia, pero luego se convirtió en uno de los partidarios más acérrimos de la guerra, razón por la cual Johnson lo nombró secretario de Defensa. En el Pentágono, Clifford puso en marcha una revisión completa de las políticas aplicadas en
Vietnam, incluida la referente a la nueva solicitud de tropas[149]. Como recién llegado, planteó a los militares preguntas de lo más básicas, algunas de las cuales nadie había vuelto a formular desde el estallido de la contienda, como: «¿Cuál es el plan para obtener la victoria?». Los generales no sabían responder. La guerra seguía y seguía.
Clifford se percató de que el único camino era la negociación. A finales de marzo ya había dirigido a sus amigos, los Hombres Sabios, hacia ese mismo punto de vista. Estos se reunieron con Johnson en la Casa Blanca por última vez el 26 de marzo e instaron al presidente a poner fin a la guerra. Los Hombres Sabios habían estado equivocados todo el tiempo.
Johnson invitó a Clifford y a Rusk a salir de la Sala del Gabinete. «¿Quién
ha envenenado el pozo?», refunfuñó[150].
El presidente tenía previsto pronunciar un gran discurso televisado la noche del 31 de marzo. Holbrooke participó en la redacción junto con Katzenbach y el principal redactor de discursos de Johnson, Harry McPherson. No obstante, había dos versiones del documento: una beligerante, que expresaba la determinación de seguir luchando; y otra que Clifford, exasperado ante esta primera versión, encargó de urgencia a los redactores, y
que preconizaba la paz[151]. Nadie supo cuál de las dos versiones utilizaría Johnson hasta dos días antes, cuando el presidente llamó a McPherson para protestar por lo que se decía en una línea en la página cinco. Este, tratando de encontrar el extracto, se dio cuenta de que Johnson estaba trabajando sobre el borrador del discurso que hacía hincapié en la paz. El presidente tenía previsto anunciar el cese de los bombardeos en Vietnam del Norte más allá de las rutas de infiltración cercanas a la zona desmilitarizada, poniendo así fin a tres años de violencia creciente.
Los autores del discurso pensaron que estaban tomando el pulso político con las primarias de Wisconsin a solo dos días. Dudaban de que Hanói reaccionase de alguna forma, pues el discurso estaba dirigido a la ciudadanía estadounidense. No sabían que el presidente planeaba terminar con unas palabras de su cosecha, para anunciar que no se presentaría a la reelección. Si hubiera avisado de ello a los redactores del discurso, lo habrían convencido de que ampliase la oferta con un alto el fuego parcial en cuanto a bombardeos se refería, acabando definitivamente con los bombardeos en Vietnam del Norte, lo que habría posibilitado el inicio de unas conversaciones de paz auténticas. Más tarde, Holbrooke se imaginó diciendo a Johnson: «Mire, señor presidente, si va a poner fin a su carrera pública esta noche hablando de este asunto, haga que paren todos los bombardeos y valore qué puede obtener de ello en los próximos diez meses. No realice un gesto a medias, que podría quedar sin respuesta o, en el mejor de los casos, recibir una respuesta
limitada»[152]. Sin embargo, Johnson no previno a nadie. No quería cerrar su trayectoria política con una paz que sabía a derrota.
El 3 de abril, Radio Hanói anunciaba la voluntad de Vietnam del Norte de reunirse con negociadores estadounidenses para debatir «el cese incondicional de los bombardeos y cualesquier otras acciones bélicas contra la República
Democrática de Vietnam», con miras a entablar conversaciones[153]. Holbrooke participó en la delegación estadounidense como miembro de segundo nivel. Gracias a su presencia en las cenas de Georgetown y su pertenencia al No Grupo se había ganado la confianza del cabecilla de la delegación, Harriman, y de su segundo de a bordo, Cy Vance, abogado neoyorquino de ademán apacible y antiguo funcionario del Pentágono, al que Rusk había encomendado vigilar a Harriman. Rusk, que aún guardaba lealtad a Johnson, había dado instrucciones a la delegación para que todo el mundo se ciñera a la postura oficial —que las unidades de Vietnam del Norte debían dejar de infiltrarse en el sur— y no plantease otras metas sin la aprobación de
Washington[154]. «Por supuesto que tenemos que plantearnos otras metas — contradijo Gelb durante una reunión con gente del Pentágono, convencido de que estaba diciendo una perogrullada—. De lo contrario, ¿cómo vamos a negociar?». Cuando le llegó la noticia a Rusk, trató de echar a Gelb del grupo de la delegación.
En mayo, los delegados se alojaron en el parisino Hôtel de Crillon. Todo el mundo pensó que aquello duraría semanas, aunque no había plazos. París, además, estaba preciosa. No ocurrió nada significativo. Holbrooke fue a ver el Roland Garros y presenció las concurridísimas manifestaciones estudiantiles
contra De Gaulle en el Barrio Latino[155]. Jugó mucho al tenis y salió a beber whisky con señalados periodistas paisanos, pese a la prohibición de hablar con la prensa. De todos modos, había muy poco que contar. Ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a moverse de su posición de partida. Holbrooke se asentó en la ciudad pensando en el largo plazo: alquiló un apartamento y pidió a Litty que se instalase con él en la capital francesa junto con su hijo David. La primavera se convirtió en verano y Bobby Kennedy moría víctima de un atentado en Los Ángeles después de que Martin Luther King fuese también asesinado, en Memphis. En Francia las conversaciones no avanzaban.
Harriman le dijo a Holbrooke que, en sus tiempos, Roosevelt lo envió a
acompañar a Churchill a Moscú en el verano de 1942[156]. Sus únicas órdenes eran explicar a Stalin por qué los Aliados no podían abrir aún un segundo frente en Europa. Ahora se encontraba en París, maniatado por las rígidas instrucciones recibidas de Dean Rusk, a quien Harriman despreciaba por haber conseguido el puesto que él siempre había codiciado y estar usándolo para impedirle negociar el fin de la guerra, lo que habría ayudado a Hubert Humphrey a salir elegido y derrotar a Nixon. Los tanques soviéticos entraban en Praga y la Convención Demócrata estallaba en Chicago. Humphrey era nombrado candidato por un partido que estaba en guerra consigo mismo a cuenta de Vietnam, mientras los Holbrooke se dedicaban a descubrir la arquitectura románica del norte de Francia. El verano se tornó otoño y la ausencia de progresos hizo que Humphrey cayera en picado en las
encuestas[157]. Harriman y Clifford estuvieron de acuerdo en que el presidente debía de querer que su vicepresidente perdiera las elecciones. El caso es que siguió sin ocurrir nada.
A mediados de octubre, Johnson decidió ordenar el cese de los bombardeos, lo que Holbrooke y otros llevaban esperando desde marzo. Estados Unidos y Vietnam del Norte acordaron entablar negociaciones. Se les unirían en París tanto Vietnam del Sur como el Frente de Liberación Nacional (el Vietcong). Sin embargo, antes de que sucediera nada más, Richard Nixon
saboteó cualquier posibilidad de una paz firmada[158]. La única persona que no pertenecía a la delegación, pero tenía acceso a todos los secretos que en ella se manejaban era Henry Kissinger, asesor de la Casa Blanca en Vietnam
y conocido de Holbrooke[159]. Kissinger ofrecía asesoría secretamente a los defensores de ambas posturas. Había viajado a París ese mes de septiembre y se había reunido con Holbrooke y otro miembro de segunda fila de la delegación. A su regreso, Kissinger advirtió a John Mitchell, en el cuartel general de Nixon, de que los bombardeos cesarían a mitad de octubre. «Confiamos en él —reconocería Holbrooke más adelante—. No es tergiversar la verdad decir que la campaña de Nixon contaba con un informador secreto dentro del equipo negociador estadounidense». Por orden de Nixon, sus directores de campaña establecieron un canal de comunicación bajo cuerda con Saigón y convencieron al presidente Thieu de que, aun a regañadientes, aceptara la promesa de que Vietnam del Sur saldría mejor parado en las conversaciones si en Estados Unidos gobernaban los republicanos.
¿Fue aquello traición? A mí no se me ocurre otra palabra. Johnson descubrió el plan de Nixon gracias a grabaciones hechas por el FBI. Llamó al candidato para advertirle y este le juró: «Dios santo, yo jamás haría algo así.
No se me ocurriría disuadirlos de sentarse a negociar»[160]. Como no contaba con pruebas fehacientes, Johnson decidió no decir nada. De igual manera actuó Humphrey, quien ni siquiera habla de este episodio en sus memorias. En aquel tiempo los políticos conspiraban con otros países para ganar las elecciones en su país, y los presidentes en el cargo no decían ni una palabra, pero seguían existiendo los límites.
A causa del bloqueo de Saigón y quizá debido a su propia ambivalencia hacia Humphrey y respecto del fin de la guerra, Johnson no anunció el cese de los bombardeos hasta el 31 de octubre, cinco días antes de las elecciones. Humphrey remontó en las encuestas con fuerza, pero era demasiado tarde. El problema de Vietnam pasaría a manos del gobierno de Nixon.
A mediados de noviembre, hicieron acto de presencia en París tanto los sudvietnamitas como el Vietcong. Ninguno de los dos aceptaba la legitimidad del otro y durante dos meses las partes se dedicaron a discutir sobre las banderas, las placas identificativas y la forma que debía tener la mesa de negociaciones. ¿Cuadrada, redonda, rectangular? Entraban en juego principios de peso. En un momento dado, Holbrooke presentó su propio diseño de mesa: un tablero alargado con una única fila de sillas frente a un espejo curvo, de manera que las imágenes de los norvietnamitas y el Vietcong se fundirían en una única delegación, la cual solo podía ver, por su lado, a la delegación de Vietnam del Sur. Al final, un diplomático soviético resolvió el problema proponiendo una mesa redonda con dos mesas rectangulares a un lado y otro.
Dos días antes de la investidura del presidente Nixon, dieron por fin comienzo las conversaciones de paz parisinas. Harriman había sido sustituido por Henry Cabot Lodge. Aparte de eso, no ocurrió nada más. Los estadounidenses seguirían matando y muriendo en Vietnam todavía durante cuatro años.
—Henry, yo no quiero un puesto en el gobierno de Nixon —dijo Holbrooke a Kissinger en una ocasión en que se toparon en las antiguas
oficinas del personal de la campaña de Nixon, en Nueva York[161].
—¿Por qué? —inquirió Kissinger, que acababa de ser nombrado consejero de Seguridad Nacional del presidente, y daba por hecho que todo el que acudía a verlo quería pedirle trabajo.
—No creo que yo pueda trabajar para Richard Nixon.
Holbrooke se quedó en París, donde aprendió mucho sobre negociación: lecciones negativas que le serían útiles en los años siguientes. Cuando llegó el verano de 1969, decidió que ya era suficiente y regresó con su familia a Washington.
Estaba hecho un lío. Durante siete años no había trabajado en otra cosa más que en Vietnam. Podría haberse quedado en el gobierno de Nixon, pero no estaba listo aún para abandonar el Servicio Diplomático. Entonces, el Departamento de Estado le encontró una estancia de un año en Princeton. Por tercera o cuarta vez, Holbrooke seguía los pasos de Tony Lake.
Lake, por su parte, volvía a la política [162]. Kissinger lo había contratado como consejero especial en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN). En Princeton había tenido tiempo por fin de leer la historia del nacionalismo vietnamita y ahora comprendía mejor la futilidad de la guerra. No había en ella más que intereses artificiales, inventados por Estados Unidos. Era un error seguir derramando sangre; el coste humano era demasiado elevado. Tras dos años fuera, acordó volver a Vietnam para tratar de sacar a su país de allí. Cuando Kissinger estuvo vigilando a Lake, Bundy le dijo: «Tony se opone a la guerra, pero es un buen soldado». Aquella frase llegó a oídos de Lake y le dolió. Estaba decidido a cuestionar todas las premisas de la guerra. Depositó sus esperanzas en su ingenioso, brillante y encantador nuevo jefe, y Kissinger animó a Lake a debatir. Eso mismo se propuso Toni, aunque en ocasiones ella lo hiciera con cánticos, como una manifestante más, tras el cordón de autobuses que rodeaba la Casa Blanca.
Antes de dejar su puesto, Holbrooke envió dos largas cartas con consejos para Lake, que podrían resumirse en una única advertencia: «Tenemos que salir de Vietnam —escribió—. La guerra ya ha propagado por las venas de
nuestro país un veneno cuya toxicidad nos llevará años neutralizar[163]».
Holbrooke confesó que se sentía deprimido, profesional y personalmente. Transcurridos siete años, seguía sin haber final a la vista. Había decidido terminar con Vietnam.
«En cualquier caso, ahora ya no es mi problema, sino el vuestro».