Nuestro hombre
Capítulo II
La cuestión de los Balcanes se explicaba según el momento histórico al que uno quisiera retrotraerse. Los nacionalistas serbios se remontaban a 1389, año en que combatieron a los turcos en la batalla del Campo de los Mirlos, en Kosovo, que quedó en tablas, pero franqueó al Imperio otomano el acceso para conquistar las tierras habitadas por los eslavos del sur, hasta las mismas puertas de Viena. Al presidente croata, Franjo Tuđman, le gustaba ir más atrás, hasta la caída del Imperio romano. El presidente de Bosnia, Alija Izetbegovic, comienza su autobiografía señalando que Bosnia se menciona
por primera vez como territorio diferenciado en el año 958[23]. Cada pocos siglos, algún nuevo conquistador atravesaba la península Balcánica —ya fuera eslavo, austriaco u otomano—, surcando montes y llanuras de un lado a otro y dejando a su paso un cambiante mosaico de identidades y creencias religiosas. Los croatas eran católicos; los serbios, ortodoxos. Muchos se convirtieron al islamismo bajo el dominio turco. Los serbios usaban el alfabeto cirílico; los croatas y los musulmanes, el latino. Todos, no obstante, hablaban una lengua parecida, se emparejaban entre ellos y tenían aspecto físico similar. Compartían una historia de violencias, pero no eran pueblos con predisposición a exterminarse entre sí.
Uno podía también quedarse en los albores del siglo XX, cuando dos guerras balcánicas acarrearon la expulsión de los otomanos de Europa y sirvieron para expandir el reino serbio e inflamar los nacionalismos, que estallaron al final en Sarajevo el 28 de junio de 1914, con el resultado conocido de la Primera Guerra Mundial, la Conferencia de Paz de Versalles y, por último, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que terminaría convirtiéndose en el Reino de Yugoslavia. Para ir al grano, podríamos situarnos en la Segunda Guerra Mundial, aún muy vívida en la memoria décadas después (cuando Yugoslavia empezó a sufrir estertores iniciada la década de 1990). Hitler y Mussolini atacaron el país en abril de 1941. Los serbios se convirtieron en objetivos y fueron masacrados por ser una raza enemiga, y Croacia se transformó en un Estado títere del Eje, aun siendo independiente en teoría. Detentaba el poder la llamada Ustacha, fascistas de factura local que se convencieron de tener orígenes germánicos y se creían superiores racialmente al resto de yugoslavos. La Ustacha asesinó a cuatrocientos mil serbios de Croacia y a decenas de miles de judíos, gitanos y comunistas. Bosnia quedó incorporada a la Croacia de la Ustacha, que consideraba que los yugoslavos musulmanes eran croatas que habían sido islamizados.
Al inicio de la guerra, un número reducido de notables musulmanes procedentes de pueblos de toda Bosnia se pronunciaron contra la persecución de sus vecinos serbios, pero también fueron muchos los musulmanes que se unieron a las organizaciones civiles y militares de la Ustacha. En 1943, se creó una división de las SS integrada por esos «croatas musulmanes», uno de cuyos más jóvenes miembros fue el mencionado Alija Izetbegovic. Presentaron resistencia a los nazis sobre todo los nacionalistas serbios —los conocidos como chetniks, que abrigaban sus propias fantasías étnicas criminales— y también los Partisanos Yugoslavos comunistas, que se habían hecho fuertes en las montañas bosnias. Los chetniks y los partisanos, además, luchaban entre sí. Hacia el final de la contienda, los chetniks empezaron a colaborar con los ocupantes, mientras que los partisanos se convirtieron en el ejército de resistencia antinazi más eficaz de toda la Europa ocupada.
Durante la Segunda Guerra Mundial murieron en territorio yugoslavo unos dos millones de personas, la mayoría de etnia serbia. Esto permaneció grabado en la memoria colectiva: artillería enterrada que la ambición política supo exhumar medio siglo más tarde.
Podríamos, asimismo, quedarnos en 1987. Ese año, un alto cargo del Partido Comunista de Yugoslavia llamado Slobodan Milosevic cayó en la cuenta de que podría ascender más y más rápido si enarbolaba la bandera proscrita del nacionalismo serbio. Josip Broz Tito, el líder de los Partisanos Comunistas, que era medio croata, medio esloveno y gobernó Yugoslavia desde el final de la guerra hasta su muerte, en 1980, mantuvo el país unido gracias a un habilidoso cóctel de represión, descentralización y medidas compensatorias para las distintas nacionalidades. Evitó que los serbios —el grupo más numeroso de la antigua Yugoslavia, aunque no el mayoritario— acumulasen demasiado poder, aplicando una filosofía de gobierno que podía resumirse en el lema: «Serbia débil, Yugoslavia fuerte». Sin embargo, con la muerte de Tito todo empezó a desmadejarse. El comunismo era una ideología en bancarrota que había eviscerado espiritualmente a los intelectuales de Belgrado. Algunos seguían sentándose en los cafés, pertrechados de tabaco y licor de ciruelas, y soñaban con alguna idea lo bastante grandiosa y emocionante para ocupar el vacío dejado por el comunismo. Fue la idea más simple de la historia: yo soy lo que yo soy. Somos serbios, víctimas de la historia. Sangre de nuestra sangre. Esta tierra es nuestra.
Esa idea era el nacionalismo, que resultó ser más fuerte que el comunismo y la democracia, más fuerte que las creencias religiosas y los anhelos de paz y hermandad universales. Quizá sea, en efecto, la idea más poderosa del mundo. Cobró forma, en aquella ocasión, en un manifiesto redactado en 1986 por un grupo de intelectuales serbios. Se estaba cocinando un caldo de ultrajes políticos inadmisibles, que terminó llevando a ebullición el rumor de que un grupo de albaneses había sodomizado a un granjero serbio en Kosovo (la investigación, no obstante, demostró que el granjero estaba intentando procurarse placer sentándose sobre el culo de una botella).
La idea se extendió por el resto de Yugoslavia, inquietando a los eslovenos, que se consideraban más austriacos que eslavos, y a los croatas, cuyo líder, el general retirado Franjo Tuđman, parecía querer imitar al dictador español Franco hasta en el inmaculado uniforme blanco: pomposo y racista, soñaba fantasías de gloria para su pueblo y para sí mismo. Los planteamientos serbios preocuparon también a los albaneses de Kosovo —el noventa por ciento de la población de esa región autónoma del sur de Serbia que exigía equipararse en estatus al resto de repúblicas yugoslavas— e hicieron temer a los musulmanes de Bosnia, a los que apenas se los tenía en cuenta como colectivo. En cualquier caso, la cepa nacionalista más agresiva era la serbia. Alguien dijo una vez que el nacionalismo resultaba tan adictivo para los serbios que no podían ni olerlo, pues les recordaba el irresistible sabor de la amargura, sazonado con el sedimento de antiguos agravios. Destilado, el nacionalismo se convertía en un licor embriagador que inducía alucinaciones de purificación y venganza. Era la bebida favorita de los perdedores políticos. Quizá esta descripción pueda aplicarse no solo al serbio, sino, en última instancia, a cualquier nacionalismo.
En abril de 1987, Milosevic viajó a la ciudad de Kosovo Polje, en cuyas inmediaciones turcos y serbios habían librado la histórica batalla del Campo de los Mirlos, en 1389. Lo rodeó allí una furibunda turbamulta de serbios, minoría en Kosovo, que la policía dispersó a porrazos. Casi por casualidad, Milosevic se puso a gritar lo que terminaría convirtiéndose en un grito de guerra serbio: «¡Nadie se atreverá a pegaros de nuevo!». Así, de la noche a la mañana, pasó de ser un panfletista del Partido Comunista en un estado multiétnico en decadencia a ser un celebrado demagogo de un joven y virulento ultranacionalismo. Probablemente vio el cielo abierto.
En 1989, Milosevic se erigió presidente de la República de Serbia y enseguida acumuló más poder que el propio primer ministro yugoslavo, que se encontraba maniatado en su cargo. Milosevic revocó la autonomía de la región de Kosovo, reprimió a la población albanesa y dio pistoletazo de salida a la conversión del Ejército Popular Yugoslavo en una fuerza de combate serbia, sirviéndose de la televisión pública para crear un clima de miedo y odio entre los serbios que no tardó en extenderse a otras repúblicas yugoslavas. Los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial resucitaron y, en junio de 1989, coincidiendo con el sexto centenario de la batalla librada contra los turcos junto a Kosovo Polje, Milosevic descendió en helicóptero sobre el Campo de los Mirlos y declaró ante una muchedumbre de dos millones de serbios que era necesario defenderse de los antiguos enemigos, y que quizá hubiera que hacer la guerra.
Todo aquello no ocurrió de la noche a la mañana, como sostuvo ante Holbrooke el panadero de Prijedor. Hicieron falta algunos años de diligentes esfuerzos por parte de unos cuantos líderes sedientos de poder para empujar a aquellos pueblos al genocidio.
Aquellos pueblos, en efecto, no creían poder cohabitar en una Yugoslavia dominada por Serbia, una «Serboslavia». En junio de 1991 se independizó Eslovenia. Hubo una guerra que duró diez días, al cabo de los cuales el ejército yugoslavo se retiró. En Eslovenia fue sencillo, pues apenas había serbios allí y a Milosevic no le interesaba la región. El caso de Croacia, que declaró su independencia al mismo tiempo, fue diferente. En Croacia vivían cientos de miles de serbios, sobre todo en la región de Krajina, lindando con Bosnia, y también en Eslavonia oriental, junto a la frontera serbia. No costó demasiado trabajo a los propagandistas de Milosevic convencer a estos serbios de Croacia de que el régimen del croata Tuđman equivalía a una segunda llegada de la fascista Ustacha: el propio Tuđman había alimentado la idea de que se cernía sobre ellos de nuevo la catástrofe vivida en la Segunda Guerra Mundial. Los serbios de Croacia, pues, desempolvaron la insignia y las largas barbas de los viejos chetniks.
A principios de 1991, Milosevic y Tuđman se reunieron en uno de los refugios de caza que usaba Tito y se pusieron de acuerdo, igual que Stalin y Hitler, en cómo repartirse Bosnia. Ya que Bosnia no tenía identidad propia, terminaría, creyeron ellos, desapareciendo del mapa. Era una fantasía tan vívida que ni la inminente guerra entre Serbia y Croacia pudo sofocarla.
Tuđman se negó a reconocer oficialmente a los serbios de Croacia, y mucho menos su derecho de autodeterminación: la Croacia que soñaba sería un estado poblado por croatas, dentro de las fronteras croatas existentes. Cuando Croacia declaró su independencia, en el verano de 1991, el líder de los serbios de Croacia más extremista optó por separarse a la fuerza —con respaldo de Belgrado— y permanecer en Yugoslavia, que estaba convirtiéndose a pasos forzados en una especie de Gran Serbia. Así fue como la guerra llegó también a Croacia.
Serbia estaba más preparada para la contienda que Croacia. Serbios eran la mayor parte de los oficiales del Ejército Popular Yugoslavo. Tras tres meses de asedio y artillería pesada, el pueblo croata de Vukovar, en Eslavonia oriental, allende el Danubio, empezaba a parecerse a Estalingrado. Cayó por fin en noviembre de 1991. Soldados yugoslavos y paramilitares serbios se apoderaron del principal hospital, último refugio civil de Vukovar. Separaron a las mujeres y a los niños, y cientos de hombres terminaron en fosas
comunes[24]. Las atrocidades cometidas por los croatas fueron tan espantosas como las de los serbios. A finales de año, medio millón de croatas y un cuarto
de millón de serbios se habían visto obligados a abandonar sus hogares[25]. Una tercera parte de Croacia estaba bajo control serbio. Las Naciones Unidas enviaron a doce mil Cascos Azules para imponer la paz, gracias a lo cual se contuvieron las líneas por las que avanzaba la limpieza étnica. El Consejo de Seguridad votó imponer un embargo de armas a toda la región, que sirvió para que los serbios no siguieran acumulando potencia de fuego, aunque ya disponían de muchas más armas que los croatas.
En Croacia se demostró lo brutal que podría ser aquel conflicto entre nacionalismos. Todos los combatientes habían sido ciudadanos de una misma Yugoslavia y los vecinos se volvían unos contra otros. Esta intimidad hacía que los ciclos de violencia y venganza fueran en especial perniciosos. Desde fuera, nadie se hacía una idea de cuánto duraría aquella guerra. Los mediadores extranjeros —el británico lord Carrington y, después, lord David Owen, ambos exministros de Asuntos Exteriores; el estadounidense Cyrus Vance; y una retahíla de cargos de otros países— viajaban a los Balcanes y reprendían a las partes beligerantes como si fueran niños irracionales que tenían que portarse bien o, de lo contrario, el resto del mundo les daría de lado. Pocos diplomáticos se molestaron en estudiar el asunto hasta comprender a fondo las causas del conflicto y las razones por las que, desde el punto de vista de los implicados, esa guerra no era en absoluto irracional.
En el verano de 1991, justo antes de que estallase el conflicto bélico, el secretario de Estado estadounidense, James Baker, pasó por Belgrado durante un viaje de algún lugar a otro del mundo y dedicó toda una jornada a reunirse
con gente[26]. En ocasiones no sabía muy bien a quién tenía delante. Pensó que un golpe de regla en los nudillos bastaría para devolver a Eslovenia y Croacia a Yugoslavia, como si las fronteras trazadas setenta y dos años antes en Versalles importasen más que las graves rencillas locales. No entendía que esas dos repúblicas estaban a punto de independizarse. Cuando Baker se marchó, empezó la guerra. Hasta ahí llegaron los empeños del país que el jefe de Baker, el presidente Bush, describía como «indiscutible y respetado líder del mundo libre» para evitar otra terrible contienda en Europa.
Después de Croacia le tocó el turno a Bosnia, el escenario más complicado de todos. Los bosnios eran conscientes de que la guerra derramaría más sangre en su tierra que en cualquier otro lugar.
Los musulmanes de Bosnia habían conseguido ser reconocidos como nacionalidad diferenciada hasta 1974, en el marco de la estrategia de Tito para mantener a los serbios a raya. Muchos bosnios de religión musulmana, en efecto, creían pertenecer a una nación con siglos de antigüedad y se autodenominaban bosniacos. Izetbegovic, intelectual y activista político de esta etnia, escribió varios libros donde reclamaba un renacimiento islámico entre los bosniacos y pasó la mayor parte de la década de los ochenta en la cárcel por ser considerado una amenaza para la integridad del Estado yugoslavo. El problema principal para un nacionalista como Izetbegovic era que su pueblo no contaba con una estructura nacional que pudiera considerar propia. En Bosnia, el 43 por ciento de la población profesaba ese entonces la religión musulmana y había amplias minorías de serbios y croatas: era la república yugoslava más heterogénea de todas. Sarajevo era la única ciudad en verdad cosmopolita de Yugoslavia. «Aunque los musulmanes constituyen el colectivo más numeroso de la república, no son suficientes —escribía Izetbegovic en 1990, tras su liberación—. Deberían sumar el setenta por
ciento de la población» para poder formar un Estado propio[27].
En Bosnia era imposible aplicar políticas nacionalistas basadas en la etnia sin provocar una matanza masiva. Así pues, se hacía necesario plantear esas políticas de manera cívica, acogiendo en el movimiento a cualquier ciudadano bosnio, con independencia de su etnia o religión. Sin embargo, cuando se celebraron las primeras votaciones libres a lo largo y ancho de las repúblicas yugoslavas, en 1990, los vencedores en las elecciones parlamentarias en Bosnia se alinearon en tres partidos de corte etnicista. Izetbegovic lideraba el partido musulmán.
En 1989, un inglés que vivía en Sarajevo acudió a la consulta del psiquiatra para tratarse una depresión. El médico, que además dirigía una editorial de poesía, era un serbobosnio muy temperamental, con un hoyuelo en la barbilla y un mechón de pelo entre blanco y gris que le caía sobre la frente como la cola de una mofeta. Sin hacerle una sola pregunta, le recetó unas pastillas. Poco después, el inglés empezó a sentirse enfermo. Regresó al psiquiatra y confesó que había dejado de tomarlas. El psiquiatra sonrió y le dijo: «Estoy orgulloso de ti. Por fin has demostrado alguna iniciativa». El
inglés no volvió por aquella consulta[28].
El psiquiatra y editor de poesía era Radovan Karadžić. A mediados de los ochenta, había pasado once meses en la cárcel por redactar informes médicos falsos a cambio de materiales para construirse una residencia vacacional en
Pale, una estación de esquí a las afueras de Sarajevo[29]. En 1990, se convirtió en presidente del Partido Serbobosnio. Otros líderes de esta formación política fueron un filósofo, un especialista en Shakespeare, un profesor de biología y un contrabandista de cemento que había estado en prisión con Karadžić por malversación. La abundancia de intelectuales en el elenco de criminales de guerra balcánicos no debe de sorprender a nadie. El líder de Sendero Luminoso era asimismo filósofo; Pol Pot se hizo marxista estudiando en París. Los ideales también asesinan.
El otoño de 1991, tras la secesión de Eslovenia y Croacia, Karadžić advirtió en el Parlamento bosnio a los musulmanes de lo que les esperaba si seguían ese mismo camino: «Ustedes no llevarán a Bosnia y Herzegovina al infierno. Y no crean que podrán impedir que el colectivo musulmán desaparezca, porque los musulmanes no tendrán manera de defenderse si estalla la guerra. ¿Cómo van a evitar que todo el mundo muera en Bosnia y
Herzegovina?»[30].
El líder del Partido Serbobosnio estaba amenazando con un genocidio. Izetbegovic se levantó para replicarle: «Sus palabras y sus modos explican por qué otros se niegan a quedarse en esta Yugoslavia. Nadie más quiere el tipo de país que el señor Karadžić quiere. Nadie, salvo, quizá, los serbios. […] Yo declaro aquí solemnemente que los musulmanes no atacarán a nadie. No obstante, con igual solemnidad afirmo que los musulmanes se defenderán con gran determinación, y sobrevivirán. No van a desaparecer, como dice Karadžić. No pueden desaparecer».
La lógica que empujó a los bosnios musulmanes y a los croatas a dar un abrumador sí a la independencia a principios de 1992 era, ante todo, defensiva: la otra opción consistía en dejarse sojuzgar por las amenazas y humillaciones en una Yugoslavia que menguaba cada vez para convertirse en una Gran Serbia. La mayoría de los serbios apoyaban el boicot a los referendos. Milosevic ordenó en secreto la formación de un ejército serbobosnio, que estaría compuesto por noventa mil soldados serbios de Bosnia, y envió a Bosnia a oficiales serbios para tomar posesión del
armamento pesado yugoslavo que allí hubiera[31]. Completó ese nuevo ejército con escuadrones paramilitares enviados desde Serbia, los cuales se organizaron a las órdenes del director de la policía secreta, Jovica Stanišić. Milosevic financió y controló así a los combatientes serbios en Bosnia sin dejar rastro de su huella. Su plan maestro preveía crear un corredor a través del norte de Bosnia que conectase el pequeño protoestado serbio de Croacia con la Madre Serbia, convirtiendo el valle del río Drina en una zona tapón. En ambas regiones había mayorías musulmanas que debían ser eliminadas.
La limpieza étnica comenzó a principios de abril, con masacres en las localidades fronterizas de Bijeljina y Zvornik. El líder bosnio Izetbegovic, que estaba aún menos preparado para la guerra que el croata Tuđman, emitió una orden general de movilización. Los serbios levantaron barricadas en torno a Sarajevo y dividieron la ciudad en enclaves étnicos. El 5 de abril, cien mil ciudadanos de todos los orígenes se manifestaron por un Sarajevo multiétnico. Francotiradores del barrio serbio abrieron fuego sobre la muchedumbre y mataron a una joven estudiante de medicina originaria de Dubrovnik llamada Suada Dilberovic. Al día siguiente, la Unión Europea reconoció a la Bosnia independiente y le siguió Estados Unidos. Aquella noche, tiradores serbios dispararon desde la azotea del Holiday Inn sobre una multitud reunida frente al Parlamento y mataron a seis personas. El ejército yugoslavo tomó el aeropuerto y en cuestión de días, la artillería serbia dispuesta en las faldas de las montañas y los barrios de las afueras bombardeaban la ciudad. El asedio había comenzado.
Llegado el verano, las fuerzas militares serbobosnias, dirigidas por el violento general Ratko Mladić, se habían hecho con el control del 70 por ciento de Bosnia, cifra que no variaría en los siguientes tres años. Bautizaron a ese territorio Republika Srpska (literalmente, «República Serbia»), de la que Karadžić se erigió en presidente.
«Nosotros no tenemos vela en ese entierro», declaró James Baker. A Bush le tenían que recordar todo el tiempo de qué iba aquella guerra. «No podemos meternos en el barrizal de una guerra de guerrillas donde no tienes ni idea de lo que estás haciendo y solo consigues obstaculizar la acción del ejército
regular», declaró[32]. ¿No había sido esa la lección aprendida en Vietnam? Bosnia no era problema de Estados Unidos; aquella era una lucha de sangre de siglos de antigüedad en otro continente. «Le toca a Europa —proclamó un diplomático luxemburgués—. No es la hora de los estadounidenses». Sin embargo, en Europa se hablaba y se hablaba, y en Bosnia volvía a caer la noche. La única esperanza era el nuevo presidente norteamericano.