Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 25 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo X

 

Todos soñamos con actuar como Banky y Hargraves, como Respass, Gadzo, Duplessy o la enfermera serbia Rakić en una situación de peligro. Sin embargo, no sabemos —y la mayoría no llegaremos a averiguarlo— si huiríamos al encontrarnos frente a frente con un moribundo, si empezaríamos a insultar a nuestros amigos, cómo juzgaríamos a alguien que se haya visto en una situación así. La razón del absurdamente detallado relato que he hecho de aquel accidente es la siguiente: los lectores jamás han oído los nombres y apellidos de los verdaderos héroes del monte Igman. Holbrooke y Clark, que eran célebres y dieron una versión de los hechos que los hacía protagonistas en todos y cada uno de los episodios de la tragedia, apenas hicieron nada: no salvaron vidas, no portaron camillas, no vendaron heridas. No quiero decir que su conducta fuera censurable. Clark se arriesgó físicamente, pero con sensatez; se preocupaba por los demás, pero apenas tuvo estómago para identificar el cuerpo de Kruzel en el hospital militar francés con Banky. Llegó a la embajada, esa misma tarde, con gesto sombrío y el uniforme embarrado y roto, y una empleada se lo lavó y se lo planchó. Banky, en cualquier caso, le regaló más tarde a Clark un elogio sin parangón: «Ese día demostró que era usted un soldado. Demostró que era uno de nosotros».

¿Y Holbrooke? Holbrooke hizo lo que la persona de mayor rango político de aquel monte debía hacer: dejar las heroicidades a otros. Tenía una misión de paz que dirigir.

Sobre ninguno de ellos cayó la deshonra. Me refiero a que su papel fue, sin más, irrelevante. Esto es, en realidad, algo intolerable para alguien que se considera grande. La historia no puede contarse desde esa perspectiva. Para los protagonistas, es preferible ser unos parias a simplemente resultar prescindibles. Así pues, antes de que terminara aquella jornada, empezó a cobrar forma una versión distinta de los hechos: la que he relatado en primer lugar.

Camino a Sarajevo, Holbrooke se mostró furioso. Compañeros suyos habían muerto en una montaña peligrosa a causa de la terquedad de los serbios y, en sentido más amplio, al infeliz fracaso de Occidente —Estados Unidos incluido— en el empeño de acabar con la guerra. Ellos fueron las primeras víctimas estadounidenses de ese conflicto. Al llegar a la embajada, Holbrooke abrió la puerta de un empujón, tiró su casco contra el suelo con tanta fuerza que rebotó, y subió la escalera a zancadas. Al pasar por delante de Menzies, le gritó:

—¡Llama a Milosevic! ¡Voy a contarle lo que ha pasado!

Esa tarde, Holbrooke telefoneó a Kati, para adelantarse a cualquier noticia que pudiera llegarle por otro lado, y evitar que se preocupara por él. Su voz sonaba como anestesiada.

—Hemos perdido a Bob.

—¿Qué quieres decir con que habéis perdido a Bob?

—Ha muerto. Y también Drew y Kruzel. Viajo de vuelta con los cuerpos a Estados Unidos, y me gustaría que estuvieras.

Esa noche, en una entrevista en la embajada, Holbrooke se presentó con la tez pálida y húmeda, y aspecto magullado. «Hemos perdido a tres grandes funcionarios públicos —dijo en voz baja para no dejar traslucir sus sentimientos más profundos—. Esas tres personas nos importaban. No podemos permitirnos perder a gente así. Los echaremos muchísimo de menos».

A la rabia, se unían el dolor y la culpa: supuestamente, él iba a viajar en el blindado francés. Desaparecidas tres quintas partes de su equipo, perdía también el control de la misión. Necesitaba recuperarlo, por razones tanto políticas como psicológicas. Decidió tomar las riendas de la situación desde la misma embajada, apartando a Menzies, gritando, irrumpiendo, exigiendo: «¡Que venga Izetbegovic! Llamad a los medios, ¡quiero una rueda de prensa ahora mismo! ¡Necesitamos un libro de condolencias!». Las papelerías de Sarajevo cerraban a las dos de la tarde los sábados, y eso en tiempo de paz. No importaba: necesitaban un libro de condolencias y alguien se las arregló para conseguir uno. Los bosnios de la embajada vivieron aquel guirigay con una mezcla de horror y admiración. Holbrooke no parecía un diplomático; más bien se comportaba como un vándalo maleducado, casi como un loco. No obstante, ¿qué habían conseguido los diplomáticos de Sarajevo? Holbrooke estaba actuando como los hombres que habían provocado la guerra. Observándolo, un empleado de la embajada reflexionó que solo ese tipo de hombre sería capaz de hacer frente y pararles los pies a los señores de la guerra, políticos bosnios incluidos.

Holbrooke le dijo una vez al chófer bosnio que lo llevó a la embajada:

—¿Conoce usted la metáfora de las zanahorias y los palos? Al burro puedes obligarlo a caminar de dos formas: ofreciéndole zanahorias o arreándole palos. Pero en este país se negocia de otra manera…

—¿Qué quiere decir? —preguntó el chófer.

—Aquí les ofrecen elegir entre un martillo o un mazo. La gente sabe que va a recibir una paliza de cualquier manera, por las buenas o por las malas. Depende de ellos.

El chófer le dio la razón.

Holbrooke ordenó a Menzies que no diera a Washington más que la información básica sobre el accidente. Quería ocuparse él. Esa tarde, al teléfono con sus colegas del Departamento de Estado y la Casa Blanca, usó frases como «es mi triste deber» y «nuestros camaradas caídos» y «honrar sus muertes y continuar la misión», hasta que Sandy Berger lo instó a que se limitara a relatar lo ocurrido. Para Holbrooke, sin embargo, el accidente era ya más que una simple tragedia. Lo ocurrido en el monte Igman había metido a Bosnia en los salones de los estadounidenses, empezando por el presidente, y los obligaría inevitablemente a involucrarse. Holbrooke convertiría aquel trágico episodio en el mito fundacional de sus ímprobos esfuerzos por acabar con la guerra.

Por fin a Clinton, que en ese momento estaba jugando al golf en Jackson Hole, en Wyoming, lo pusieron en comunicación con Sarajevo.

—Lo siento, tío —le dijo Clinton[132].

—Hemos perdido a tres hombres magníficos —repuso Holbrooke—. Quiero recalcar que no se ha debido a ninguna acción enemiga.

Clinton reflexionó sobre cómo podría aquel accidente otorgar a Holbrooke alguna ventaja comparativa en las negociaciones con Milosevic, Izetbegovic y los aliados de Estados Unidos. Estos últimos ya no podrían quejarse de que los estadounidenses no tenían tropas en Bosnia.

—¿Qué recomiendas?

—Presidente, nos gustaría, con su autorización, que nuestro equipo se mantuviera como está, y repatriar los cuerpos a Estados Unidos.

—Me preocupa cómo pueda afectar esto a los procesos de paz. ¿Hay alguna manera de sacar partido de esta terrible tragedia y que sirva para incrementar nuestra influencia?

Holbrooke describió el accidente en detalle. Clark estaba asimismo a la escucha; Holbrooke lo presentó como el «paisano de Oxford, criado también en Arkansas» de Clinton. Luego, contó al presidente que Clark había bajado un precipicio de cuatrocientos metros y encontrado los restos de Frasure y Drew.

Holbrooke puso cuanto había hecho Banky a nombre de Clark, sencillamente. Aquel fue el «érase una vez» de la historia de los grandes hombres de Igman, y el público era nada menos que el presidente de Estados Unidos. No había vuelta atrás. No habría habido mito fundacional si Holbrooke le hubiera contado a Clinton que cierto teniente coronel, un tal Randall Banky —que no había estudiado en Oxford como Clinton, que no estaba participando en aquella llamada ni formaba parte de la misión de paz del presidente— había bajado por la montaña, rescatado a los heridos y encontrado los cuerpos de los fallecidos. La conversación telefónica se habría desinflado un poco y, con ella, quizá, el ímpetu estadounidense por la paz. Holbrooke, que era un amante de la historia, contó el tipo de historia que aman los amantes de la historia.

Abierto ese melón, no costó demasiado saltar desde el camino a la ladera, «acercar» las minas y los disparos al supuesto escenario de la acción, atar la cuerda alrededor del árbol. Holbrooke bañó toda la historia en la retórica del liderazgo y dejó fuera a los personajes menores. Años después, se publicó el libro escrito por Holbrooke sobre Bosnia. Este debió de llevarse una buena sorpresa cuando, durante la presentación del libro en Mineápolis, entre bastidores lo abordó su escolta militar en el monte Igman, que se había convertido en profesor de ciencias militares en la Universidad de Minnesota. Se había enterado de la presentación por el Star Tribune y se había presentado allí para informar a Holbrooke de que al leer «El coronel Banky había desaparecido», en la página 11, sin más detalles, sus amigos militares habían dado por hecho que Banky había sido un cobarde y había huido.

Holbrooke no le prestó mucha atención. Hizo las presentaciones entre Banky y Walter Mondale y luego atendió una entrevista telefónica. Cuando colgó, culpó a aquel de haberlo abandonado en la montaña, aunque más tarde reconoció su error y dijo que eliminaría esa frase en la siguiente edición.

Banky sabía que aquello no ocurriría, y tenía razón. En 2002, perdió la oportunidad de ser ascendido y se retiró como teniente coronel, incapaz de disipar la sospecha de que su carrera militar se había visto truncada debido a esa frase: «El coronel Banky había desaparecido».

 

En el aeropuerto de Sarajevo, los heridos fueron embarcados en un helicóptero británico Sea King mientras que un Puma francés se encargó de transportar los tres féretros. Clark se ofreció a acompañar a los cuerpos; volviéndose hacia Holbrooke, le preguntó: «¿Vienes tú también?».

Holbrooke no quería subir[133]. Algo en aquel Puma le infundió pavor. Había volado en cientos de helicópteros, pero se sintió aturdido y sintió miedo de un modo poco habitual en él, como si aquella misión estuviera maldita, y los supervivientes del Igman fuesen al fin y al cabo a morir. «¿Crees que deberíamos volar con los féretros?», preguntó Holbrooke. Clark lo miró fijamente un instante, sin decir palabra, y acto seguido se dio la vuelta y subió al Puma. Holbrooke no tuvo más remedio que seguirle.

Cruzaron el Atlántico en un ruidoso avión de carga C-141 con los ataúdes envueltos en la bandera estadounidense. En la base Andrews de las Fuerzas Aéreas, a nadie pasó indavertida la expresión lúgubre y la cabeza gacha de Holbrooke, que buscaba el apoyo y la cercanía de unos y otros. Se le saltaron las lágrimas cuando la hija de Frasure, Sarah, de dieciséis años, se puso en pie en la capilla ardiente instalada en Fort Myer y declaró: «Nunca se me ocurrió que mi padre pudiera dejar de estar. Nunca le dije que le quería. Ahora, jamás volverá a despertarme el aroma de las tortitas que preparaba en casa los domingos por la mañana». Durante varias semanas fue incapaz de dejar de mencionar a los tres hombres a todas horas, sobre todo a Frasure.

Bosnia había pasado a ser la principal preocupación del gobierno estadounidense. Tras los funerales de Estado, celebrados en el Cementerio Nacional de Arlington, Holbrooke hubo de rehacer su equipo y regresar a Europa. Clark lo acompañó y se les unió también un abogado del Departamento de Estado llamado Roberts Owen, que se encargaría de colaborar en la redacción de una nueva Constitución para Bosnia. El coronel James Pardew, oficial de inteligencia retirado del ejército, oriundo de Arkansas, que había sido reclutado por Kruzel para la unidad del Pentágono especializada en los Balcanes, ocupó el lugar de su reclutador. Los militares continuaban oponiéndose al desembarco de tropas en Bosnia aun para hacer cumplir un acuerdo de paz —se seguía invocando de manera sistemática lo ocurrido en Vietnam—, pero Pardew, otro veterano del Sudeste Asiático, era un bicho raro del Pentágono que veía la guerra bosnia desde el mismo punto de vista de Holbrooke, y juzgaba que el liderazgo estadounidense había fracasado y estaba produciéndose un genocidio.

Don Kerrick, general de una estrella del ejército y miembro del CSN, reemplazó a Drew para hacer las veces de ojos y oídos de la Casa Blanca y controlar a Holbrooke. Este sospechaba tanto de cualquiera que fuese a informar directamente a Lake, que Chris Hill tuvo que mentirle para que aceptara el nombramiento: «Te admira mucho, Dick. Cree que eres la única

persona que sabe de verdad qué hacer en los Balcanes»[134]. Holbrooke había elegido a Hill como sustituto de Frasure, su exjefe e íntimo amigo. Los dos estaban cortados por el mismo patrón del Servicio Diplomático: Hill era un tipo cerebral y hacía gala de un ingenio mordaz. Antes de marcharse, fue a visitar a Katharina Frasure. Apenas habían pasado unos días desde su pérdida, pero esta había hecho acopio de fuerzas para ir a ver a Hargraves en el hospital y contarle que no debía sentirse culpable y que no podría haber

salvado a su marido[135]. Ella y Hill charlaron y recordaron a Frasure. Entonces, cuando Hill estaba ya bajando los escalones de la puerta, ella le

preguntó de repente: «¿Cómo puedes hacerle esto a tu familia?»[136].

El equipo voló en el avión oficial del secretario de Defensa, un Gulfstream C-20 de diez pasajeros adaptado para uso militar, en cuya librea se leía: UNITED STATES OF AMERICA. Aquella sería una de las herramientas de poder de Holbrooke: las impresionantes entradas en escena en aquellos destartalados aeropuertos balcánicos. En la parte más próxima a la cabina había un compartimento VIP con cama y sillones, pero Holbrooke pasaba el rato en la zona trasera del avión, descalzo y con los pies en alto, haciendo

piña con su equipo[137]. En los escasos ratos libres leía un libro sobre las conversaciones de paz de Camp David. Había que hacerlo todo sobre la marcha. Los problemas clave eran conseguir que Milosevic dejase de intentar ganar tiempo y aislar a los serbobosnios para que se vieran obligados a negociar. Holbrooke calibraba escasas las opciones de éxito, pero ya no iba con la cabeza gacha ni su expresión era lúgubre. Había sabido transformar sus emociones en un combustible de alto octanaje.

Aterrizaron en París la mañana del 28 de agosto. Había una sola razón de peso para hacer escala en la capital francesa: Holbrooke quería dormir en casa de Pam Harriman. Izetbegovic estaba también en la ciudad, donde tenía previsto reunirse con Chirac. Lo acompañaba su ministro de Exteriores, Sacirbey, de doble nacionalidad bosnio-estadounidense y un perfecto inglés de leve acento sureño (había jugado al fútbol americano en Tulane), que se mostraba tan agresivo como Izetbegovic desapegado. Sacirbey siempre viajaba con el presidente y se aseguraba de que Izetbegovic no hablase de más.

De los tres dirigentes balcánicos, Izetbegovic era el más críptico para

Holbrooke, y también el que peor le caía[138]. Tenía setenta años, complexión delgada y una naturaleza distante y melancólica. Para haber visto tanto sufrimiento, a Holbrooke le sorprendió su mirada, que juzgaba insensible ante el dolor de los demás (eso pensó, al menos, cuando se presentó en la

embajada para presentar sus condolencias tras el accidente del Igman[139]). Izetbegovic veía en Clark su modelo de estadounidense íntegro y respetuoso. La intensidad de Holbrooke parecía avivar cierta locura en los líderes bosnios, e Izetbegovic no confiaba en él. Holbrooke y el presidente bosnio se hablaban a base de falsos halagos —«Señor presidente, tiene usted toda la razón, pero…»—, así que jamás entablaron una relación de cercanía, como sí ocurrió

con Milosevic[140].

Izetbegovic era todo lo opuesto a Milosevic. Tenía principios y no era cínico, y eso dificultaba el trato con él. A diferencia de Milosevic y Tu đman, Izetbegovic no había hecho carrera en el Partido Comunista. Era filósofo y activista, y había estado preso en la antigua Yugoslavia en varias ocasiones. Tenía sus propias obsesiones históricas, homólogas a las de nacionalistas serbios y croatas, los cuales estudiaban al dedillo los textos firmados por él para encontrar pruebas de fundamentalismo islámico. Y en efecto, habían logrado extraer frases que, sacadas de contexto, azuzaban la propaganda antimusulmana. No obstante, si bien Izetbegovic no era tan cosmopolita como otros ciudadanos de Sarajevo —Sacirbey o el primer ministro, Silajdzic—, tampoco era un extremista, sino más bien un islamista moderado que había terminado convirtiéndose en el símbolo de la resistencia bosnia a las agresiones serbias. Como líder, podía tildársele de indeciso y echársele en cara que hubiera cometido crasos errores, ninguno de ellos peor que declarar la independencia sin haberse preparado para la guerra. Sus compatriotas lo respetaban, no obstante, por haberse quedado en Sarajevo durante el asedio.

Los musulmanes eran las víctimas peor paradas de la guerra, condición que no es necesariamente edificante. Izetbegovic y sus asesores hacían gala de conductas erráticas y pendencieras, tanto entre sí como con otras personas. Donde Tuđman presidía reuniones con pose de archiduque Habsburgo, y Milosevic hacía el paripé como un jefe mafioso, los bosnios discutían abiertamente entre sí, aun frente a sus invitados, sin el menor pudor. Habían dedicado todos sus esfuerzos a sobrevivir a la contienda, y pocos de entre ellos sabían mirar adelante para discernir qué querían construir realmente. Los diplomáticos europeos apenas ocultaban su displicencia, mientras que los estadounidenses se sentían divididos entre la culpa y el remordimiento cuando los bosnios les pedían que acudiesen a su rescate y diesen pábulo incluso a sus objetivos menos realistas. Querían su país de vuelta, íntegramente, y a Holbrooke le preocupaba que llegara a interesarles hasta tal punto el fracaso del plan Lake-Holbrooke —pues si el plan no surtía efecto, llegarían los ataques aéreos estadounidenses, el armamento y la instrucción militar— que se dedicaran a sabotear de forma deliberada las conversaciones de paz.

Cuando Sacirbey acudió al encuentro del avión de Izetbegovic en el aeropuerto parisino de Orly, la tarde del 28 de agosto, el presidente dijo: «Muhamed, ¿te has enterado de lo que ha pasado? No sé si debería haber venido a París». Aquella mañana, en el centro de Sarajevo, un proyectil de mortero había impactado contra el mismo mercado donde habían muerto sesenta y siete personas a principios de 1994. En aquel nuevo ataque, habían fallecido treinta y siete. Sacirbey aconsejó a Izetbegovic quedarse en París para pedir a Occidente una respuesta seria y este lanzó un ultimátum ante los medios: sin bombardeos, no habría conversaciones.

Cuando Sacirbey subió a su habitación del Hôtel de Crillon (el mismo donde se alojara Holbrooke al inicio de las conversaciones de paz de Vietnam, en 1968), se encontró con que este estaba esperándolo.

—He oído que habéis dado un ultimátum —le dijo a Sacirbey—. No podéis hacer eso.

—Sí, sí podemos —lo contradijo Sacirbey, agregando que Izetbegovic se negaba a ver a Holbrooke hasta que comenzaran los bombardeos.

Sacirbey se dio cuenta más tarde de que Holbrooke se la había jugado: el ultimátum de Bosnia apuntalaba, en realidad, la postura de Holbrooke. El equipo estadounidense pasó el resto del día hablando por teléfono con Washington desde la embajada estadounidense en París, recabando apoyos para los ataques aéreos.

 

Aquel proyectil de mortero fue una pifia criminal. Un accidente histórico que rompió el bloqueo de Occidente en Bosnia, que duraba años, y fijaba un rumbo nuevo y decidido para la política exterior estadounidense. No había sendero hacia la paz, pero aquel proyectil lo abrió. Holbrooke vislumbró la brecha y se coló por ella. Clinton se había decidido por fin a castigar a los serbios, aparte de por el ataque contra el centro de Sarajevo, por el siniestro del monte Igman. En esta ocasión, decidió hacer oídos sordos a las objeciones de sus aliados, de las Naciones Unidas y de su propio ejército.

Los serbios, como de costumbre, afirmaban que los musulmanes habían hecho aquello para ganarse las simpatías internacionales. Eso siempre había bastado para impedir que las Naciones Unidas tomaran una decisión activa, pero el oficial sobre el terreno, el general Rupert Smith, no necesitaba ya permiso de Butros-Ghali, en Nueva York, para pedir ataques de la OTAN. «Opino que estamos en una guerra —le dijo el general Smith a Menzies—. Estos ataques vienen del bando enemigo. Demuestren que no es así». Tras haber sido evacuadas en secreto las fuerzas de paz británicas de Goražde para evitar que se convirtieran en rehenes de última hora, empezaron los bombardeos masivos de las posiciones serbias en torno a Sarajevo. Era poco más de la medianoche del 30 de agosto, apenas horas después de que el equipo de Holbrooke hubiese tomado un avión rumbo a Belgrado.

Holbrooke siempre reaccionaba a las situaciones dramáticas dando un paso atrás en la corriente de la historia. En mitad de toda la acción, entre los Renoir y los Van Gogh de Harriman, regresó a Pam y comentó que se le hacía raro que no estuvieran los dos trabajando juntos en esa crisis.

«Averell habría estado tan orgulloso de nosotros», señaló Pam[141].

En Sarajevo, una mujer subió a una azotea para ver los fuegos artificiales de la OTAN sobre Pale, a apenas unos kilómetros. Al principio de la guerra, sus padres habían quedado atrapados tras las líneas serbias y habían sido obligados a cavar trincheras en un campo de concentración. Llevaba tres años sin verlos. La mujer se había propuesto no salir a la calle sin maquillaje y se negaba a correr por la Avenida de los Francotiradores: siempre iba caminando. Una manera arriesgada de aferrarse al orgullo propio. Ella decía conocer a muchos serbios que ayudaban a musulmanes, entre ellos a un hombre que había sacado a su hermana a rastras de un puente para ponerla a cubierto. Cuando los vecinos de las azoteas cercanas vitorearon los bombardeos, la mujer les gritó que esas bombas también matarían a inocentes.

Haris Silajdzic disfrutó del espectáculo. Los serbios que habían asesinado sin contemplaciones a los habitantes de Sarajevo conocían ahora por primera vez el terror y el desamparo, y se lo merecían. Los vecinos del chófer de la embajada le dieron a este un ramo de flores y una tarjeta de agradecimiento

para que se los llevase el embajador Menzies[142].

Las Fuerzas Aéreas estadounidenses pensaron que era demasiado peligroso que el equipo de Holbrooke volase a Belgrado durante la campaña aérea contra los serbios. Holbrooke creía, sin embargo, que no había mejor

momento[143]. No tenía idea de cómo respondería Milosevic, ni siquiera si querría recibirlo, y en el coche camino del palacio residencial se le encogió el estómago. Tuvo la corazonada de que las bombas reforzarían su posición a la hora de negociar.

Milosevic recibió a Holbrooke como a un viejo amigo de los de salir de copas. Cuando el mayordomo de chaqueta blanca ofreció vasos de agua mineral y zumos de frutas, Holbrooke preguntó:

—¿Puedo coger dos?

—Embajador Holbrooke, coja tres —respondió Milosevic [144].

Se condolió entonces el líder serbio por la pérdida de los tres estadounidenses, deteniéndose en Frasure como si hubieran sido amigos cercanos. Holbrooke presentó a sus sustitutos.

—He estado muy ocupado mientras estuvo usted fuera —dijo Milosevic. Se metió una de las manos gordezuelas en el bolsillo de la americana azul, sacó un documento escrito en serbio y se lo entregó a Holbrooke—. Este documento consigna la creación de una delegación conjunta, integrada por representantes de Yugoslavia y la Republika Srpska, en el seno de la cual se dirimirán todas las futuras conversaciones de paz.

La delegación constaría de seis miembros, tres de Belgrado y tres de Pale. La presidiría el propio Milosevic que, además, se encargaría de deshacer cualquier empate en las votaciones. Desde ese momento, sería él quien negociase en nombre de la Republika Srpska, lo que allanaría enormemente el camino hacia el acuerdo.

—El documento, además, ha recibido el plácet del patriarca Pavle, el cabeza de la Iglesia ortodoxa serbia. Mire.

Milosevic señaló hacia una firma que aparecía junto a una cruz ortodoxa. La influencia del patriarca había marcado la diferencia con el muy devoto Karadžić. Para cubrirse las espaldas, el jefe de la policía secreta de Milosevic, Jovica Stanišić, había recopilado un grueso fajo de documentación relativa a los antecedentes delictivos del número dos de Karadžić, el presidente del Parlamento serbobosnio y contrabandista de cemento Momčilo Krajisnik. Quizá el cabreo que Holbrooke había fingido en su último viaje a Belgrado había impresionado realmente a Milosevic.

Hill, que sabía un poco de serbio, echó un vistazo al documento. Parecía ofrecer la clave de la paz.

—Ojalá estuviera aquí Bob para ver esto —deseó Holbrooke[145]. Hill pensaba justo lo mismo, pero tenía un nudo en la garganta.

Milosevic se encendió un habano enorme. Holbrooke decidió presionar.

—¿Cómo sabe usted que sus amigos de Pale harán…?

—No son mis amigos —lo interrumpió Milosevic, escupiendo unas hebras de tabaco acto seguido—. No soporto estar con ellos en la misma habitación. Son unos mierdas.

La charla, la comida y la bebida se alargaron por ocho horas[146]. Milosevic bebía a un ritmo constante, emborrachándose y serenándose de forma alterna en varias ocasiones. Holbrooke se llevaba el vaso de whisky o de šljivovica a la boca tantas veces como él, pero sorbía muy poco. No se quedó en los puntos del orden del día —no había realmente un orden del día —, sino que dejó que la conversación siguiese su curso sinuoso, con la atención puesta en brechas por donde colarse. Milosevic divagó sobre el vino serbio, sobre el Imperio otomano, sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre sus días de banquero en Nueva York, sobre el futuro económico de Serbia… Holbrooke le dio carrete, disfrutando de la perorata, y de cuando en cuando recogía carrete para traerlo de vuelta al tema de la guerra. El estadounidense salía alguna vez para atender una llamada —aceptar llamadas durante un almuerzo era una de sus maneras preferidas de demostrar estatus— y regresaba disculpándose e informando de que era la Casa Blanca, si bien Hill

y los demás suponían que quien telefoneaba probablemente fuera Kati[147].

Cuando Milosevic sacó a colación por fin los bombardeos —después de dos horas de charla, sin emoción ninguna, como si se le hubiera ocurrido de pasada— y pidió que se les pusiera fin, Holbrooke dijo:

—No puedo garantizárselo, pero es posible que el general Clark logre que

paren[148].

Como es obvio, no estaba en mano de Clark, pero este era el que más medallas llevaba en el pecho, y Holbrooke exageró un poco su importancia, como hizo también con el general Pardew, de quien dijo que podía hablar en nombre del secretario de Defensa, o con el general Kerrick, quien supuestamente tenía línea directa con Clinton. Holbrooke jugaba a la ambigüedad, a no decir cuánto peso tenía en la máquina de guerra de la OTAN, del mismo modo que Milosevic daba a entender, ilusamente, que apenas ejercía control sobre los serbobosnios, lo que lo convertía en el negociador menos insufrible de cuantos Holbrooke debía tratar.

Así pues, se tendió un vínculo entre ambos, con esa tensa familiaridad de los tahúres en la mesa de juego. Holbrooke no dudó en engañar a los tres presidentes balcánicos, pero a Milosevic le colaba más trolas que a los demás. Clark y Pardew recopilaron un archivo con documentos de inteligencia sobre el apoyo que los serbios daban a los serbobosnios, asegurándose de meter algunos datos falsos entre los verdaderos. Milosevic estudió los documentos y no dio muestras de distinguir unos de otros. En una ocasión, en mitad de una sesión interminable, Holbrooke telefoneó a Les Gelb: «Oye, Les, ¿qué tal? Estoy aquí en el despacho de Slobo. Le he dicho que a ti también te gustan los puros y le he pedido algunos para ti. Me dijo que te enviaría una caja, pero no me lo creo, porque miente más que habla. ¿No es verdad eso, Slobo? ¿Que

miente usted más que habla?»[149]. Un paripé que iba en beneficio tanto del mejor amigo de Holbrooke en Nueva York como el monstruo de Belgrado.

Milosevic era aún más directo, salpimentando su inglés chapurreado de fucks o metiéndose con Holbrooke cada vez que podía: «Richard Charles Albert Holbrooke. ¿Por qué tiene todos esos nombres?». «¿Por qué siempre lleva el cuello de la gabardina levantado? Es usted un político y todos los políticos tienen algo. Lo de Tuđman es el pelo; lo suyo, el cuello de la gabardina». Sí, en efecto, el cuello de la gabardina de Holbrooke era una de las pocas cosas que Milosevic no controlaba.

Thomas Mann consideraba el arte «una broma muy seria». El ejercicio diplomático de Holbrooke era un teatro en que se jugaba con la propia muerte. Un enjambre de periodistas empezó a seguir a su equipo a cada paso: los esperaban en el recibidor del hotel Hyatt, al otro lado del río Sava y las oficinas de Milosevic, y Holbrooke se daba la vuelta para concederles una parrafada espontánea pero hilada a la perfección y, ante todo, en absoluto noticiosa. Se guardaba siempre de mantener expectativas no demasiado altas, pues lo contrario no le hacía ningún bien. Una de sus reglas en el equipo era que no se filtrase nada, pero él tenía también a sus periodistas favoritos — Roger Cohen, del New York Times, por ejemplo, o Christian Amanpour, de la CNN— cuya prominencia y simpatía hacia sus ideas le ganaron acceso a información privilegiada.

Holbrooke pasaba una noche o dos sin dormir y se echaba siestas de unas horas cada tanto. Daba la impresión de estar en continuo movimiento, entrando y saliendo de aeropuertos y hoteles arropado por su séquito, atestando las agendas con reuniones que se extendían hasta la madrugada, marcando siempre el ritmo. Esa intensidad creaba el impulso necesario para dar el siguiente paso importante, por pequeño que fuera, y con cada paso el proceso ganaba velocidad y fuerza. Aquella experiencia le quitaba el aliento. Durante una jornada que tuvo que pasar en Ginebra rodeado de diplomáticos europeos tuvo la oportunidad de dormir una noche del tirón en un hotel de lujo, y eso, paradójicamente, hizo que se sintiera agotado al día siguiente. Quiso volver de inmediato a los Balcanes, donde las tensas horas de insomnio con los señores de la guerra lo cargaban de energía. Su supuesta estrategia era sencilla: él se ponía en marcha y obligaba a los demás a seguirle el ritmo. De esa manera, se ponían al alcance de la mano cosas inalcanzables a menos que el resto avanzara a la par que él.

Quienes se habían mostrado escépticos con Holbrooke y su equipo empezaron a confiar en él y en la misión. Clark era quien más esfuerzos había tenido que hacer para poner un pie en la orilla de la estrategia negociadora y el otro en la de sus superiores, pero vio de primera mano los resultados de la diplomacia respaldada por la fuerza y se convirtió en todo un halcón en lo referido a Bosnia. Pardew se preguntó si el ego de Holbrooke no terminaría volviéndose en su contra, y confesó a sus colegas del Pentágono que, después de la reunión del 30 de agosto entre Holbrooke y Milosevic, decidió que no le

prestaría las llaves de su casa a ninguno de esos dos hombres[150]. Sin embargo, Pardew escribió en su diario el 2 de septiembre:

No hay nadie más en el gobierno estadounidense que pueda sacar esto adelante. RH es

incansable, intuitivo, no tiene miedo a Washington ni a la gente con la que tiene que lidiar aquí. Es

un encantador de serpientes y sabe llevar a quien tiene enfrente por el camino que le conviene, con

el enorme riesgo que ello conlleva. Tiene muchos enemigos y detractores. Si la misión fracasa, será

el único responsable. Es muy valiente y hábil. Se esfuerza por que todos nos involucremos al

máximo, pero manipula al equipo como a todos los demás. Es todo un personaje. No puedo evitar

que me caiga bien. Hay que verlo en acción [151].