Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 23 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo VIII

 

Holbrooke voló a los Balcanes. Por fin tenía algo que hacer, más allá de los tormentos del trabajo en Washington. Una metabólica conversión estaba a punto de catalizar todos esos rasgos mezquinos y destructivos de su personalidad en un propósito claro y único. La misión concentraría la luz de sus ojos azul hielo y lo empujaría a abordar todas las cosas que ya he contado que amaba: la velocidad, la historia, Estados Unidos y hacer alguna que otra travesura. Porque, en efecto, era cierto: llevaba esperando esta oportunidad toda la vida. La preparación, la circunstancia y la suerte le habían hecho por fin encontrar lo que había venido a este mundo a hacer.

Cuando empezó, no sabía cómo lo haría. Apenas conocía a tres dirigentes balcánicos. Tenía los argumentos y las propuestas de Lake, nueve páginas escritas a espacio sencillo, que en Washington conocían ya como «el plan Lake-Holbrooke». El resto lo improvisaría.

Ojalá pudiera contar a los lectores qué tenía en la cabeza Holbrooke. Más tarde escribió un relato de los acontecimientos muy fácil de leer —en que se reunían, por primera y última vez, sus dos sueños, el del periodismo y la diplomacia, en una única tarea, convirtiéndose en cronista de su propia historia—, pero sufrió el síndrome del gran hombre, a saber, ocultó su yo auténtico tras otro falso. Dejó fuera los fingimientos y teatros, los avemarías y las broncas entre bambalinas: la locura.

Empezó con cinco personas, que se sumaron al grupo para asesorar, para hacer de extras en las reuniones, para mantener informadas a sus respectivas agencias y para asegurar que Holbrooke se ceñía al guion. Cuando viajas en una misión oficial como esa, tienes que llevar contigo a todo el gobierno del país.

Representando a las fuerzas armadas estaba el teniente general Wesley Clark, junto con su subordinado, el teniente coronel Daniel Gerstein. Clark había estudiado en Rhodes y comandado una compañía en Vietnam, donde se llevó cuatro disparos durante una emboscada que le valieron una Estrella de Plata. Tenía el pelo también plateado y unos atractivos ojos de mirada grave. Había conseguido tres estrellas por la vía rápida, no le gustaba perder ni a las canicas y le resultaba antipático a casi todo el mundo en el ejército. En 1994, Clark se había convertido en el director de planificación del Estado Mayor y se había reunido con Holbrooke a principios de otoño de ese año, durante unos debates acerca de la ampliación de la OTAN celebradas en el Departamento de Estado.

—¿Hay alguien aquí que no esté de acuerdo con que esta sea la política de Estados Unidos? —preguntó Holbrooke, dando breves paseos por la sala mientras otras dos decenas de oficiales del ejército permanecían sentados.

Clark representaba al Pentágono, que se oponía a la ampliación de la OTAN. Levantó la mano:

—¿Cuándo se ha convertido esto en una política? ¿Alguien ha venido a preguntarnos?

Holbrooke estaba de pie junto a Clark.

—Quien cuestione esta política estará cometiendo insubordinación al presidente de Estados Unidos.

Clark se puso rojo y pegó un puñetazo en la mesa. Holbrooke dio un rápido paso atrás, como si el puño fuese a aterrizar en su cara.

—¡Usted a mí no me llama insubordinado! —Hacía calor y el militar se bajó la cremallera de la chaqueta.

—No es eso lo que quería decir. Pero la política es esta.

Lo ideal era ser el jefe de Holbrooke, o su discípulo. Repartía halagos entre sus superiores y se comportaba como un exigente patrón para con los de abajo, pero no había nadie de su nivel que pudiera presentársele como un rival al que batir, o siquiera como subordinado al que someter. En el equipo de Holbrooke, Clark era quien le iba a la zaga, lo cual le colocaba en un lugar peligroso. Su temperamental seguridad en sí mismo a veces se imponía a sus habilidades políticas, y Holbrooke solía sacar tajada de los errores del militar. En una ocasión, Clark pasó dos horas en Pale escuchando a Mladić recitar la retahíla de agravios que los serbios habían tenido que soportar desde 1389, y después se fotografió con el general serbobosnio, intercambiándose las gorras en un gesto de buen rollo militar. Holbrooke se quedó a cuadros e instituyó la norma no escrita de jamás dejar a Clark a solas con un croata, un serbio o un musulmán.

Desde la Casa Blanca, se incorporó el coronel Nelson Drew, oficial de las fuerzas aéreas integrado en un equipo del CSN y valorado por Lake por su duro trabajo en el final de partida. Drew tenía relativamente poca experiencia y pasó a formar parte del equipo de Holbrooke a última hora, tras retirarse Vershbow, el jefe de Drew en el CSN, que se llevaba muy mal con Drew (la antipatía era mutua). Del Departamento de Defensa estaba Joe Kruzel, oficial de inteligencia de las Fuerzas Aéreas en Vietnam (Vietnam corría como un riachuelo fangoso por entre todos los estadounidenses que trabajaban en Bosnia) y más tarde profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Duke. Era un intelectual de Defensa, de complexión fuerte, oscuras cejas de gesto escéptico y mordaz ingenio.

Y del Departamento de Estado estaba Bob Frasure, que era un año más joven que Holbrooke y su opuesto; se trataba de uno de esos profesionales de carrera que en el Servicio Diplomático llaman «diplomático clásico». Era un tipo institucional e imperturbable, comedido, de bigote ancho y entradas profundas, un poco encorvado y algo cínico. «Típico funcionario del Servicio Diplomático» era uno de los peores insultos para Holbrooke, pero valoraba a ciertos personajes de ese gremio que se ajustaban a esa descripción, y a ninguno más que a Frasure, quien conocía mejor los Balcanes que ningún otro miembro del gobierno, y tuvo la lucidez y las agallas de escribir en un memorando lo siguiente: «A lo largo de los últimos tres años, hemos

manejado muy ineptamente este asunto de complejidad extraordinaria»[113]. Era un tipo sardónico por naturaleza, y la combinación de la guerra y el gobierno de Clinton le habían servido para pulir su sarcasmo hasta sacarle brillo.

Un día, Frasure regresó de otra larga e inconclusa reunión en la Casa Blanca a su despacho del sexto piso del Departamento de Estado y estaba mirando por la ventana al Lincoln Memorial con las manos en los bolsillos y, como era habitual en él, enfrascado en sombríos pensamientos, cuando entró Christopher Hill, uno de sus subordinados en el equipo de los Balcanes:

—¿Qué ha pasado, Bob?

Frasure no respondió de inmediato. Sin desviar la mirada, dijo:

—En la guerra de Secesión, las tropas que se reunían en el campo de batalla siempre querían saber qué unidades estaban en formación junto a ellas, para hacerse a la idea de qué podría pasar a un lado y otro. Imagínate ahí fuera, batiendo los tambores de guerra, y gritándole a tu sargento: «Sargento, ¿qué unidad tenemos a nuestra derecha?». E imagínate ahora el miedo que debió de recorrer las filas cuando llegó la respuesta: «No se preocupen,

muchachos. Es la Brigada Clinton»[114].

Frasure, Kruzel, Drew. Todos de mediana edad, con esposa y dos hijos,

yéndose a la guerra cuando debían estar de vacaciones[115]. Poco antes de marcharse, Gail Kruzel hizo saber a una colega de su marido que ella y sus dos hijos pequeños apenas habían tenido tiempo de ver a este, porque el grupo de trabajo del Pentágono sobre los Balcanes le robaba demasiado tiempo. Frasure había estado yendo y viniendo a Europa la mayor parte del año y aquel sería su último viaje; en adelante se quedaría junto a su esposa, Katharina, y sus dos hijas adolescentes, en Washington o en la granja familiar del valle de Shenandoah, pintando el granero y haciendo tareas de carpintería.

Frasure, Kruzel y Drew eran el tipo de funcionarios de carrera que todas las mañanas se trasladaban a sus despachos desde los barrios residenciales de Virginia trajeados y encorbatados. Trabajaban largas horas y recibían quizá alguna distinción del departamento de vez en cuando, pero eran desconocidos fuera de su círculo de colegas. Si no llegaban a las copas de los árboles, no era por falta de habilidad o dedicación, sino por carecer de esa ambición demoniaca. En otras palabras, eran burócratas. Pensamos en los burócratas como mediocres seres incoloros que realizan tareas sin sentido, pero quiero usar aquí este término con mucho respeto. La mayoría no tenemos idea de cuánto talento, honra y trabajo yacen enterrados en los mausoleos de hormigón construidos a mediados de siglo pasado que el gobierno federal tiene esparcidos por todo Washington. Estos tres hombres, Frasure, Kruzel y Drew, pertenecían a una era pasada en la que se creía en… algo.

El equipo de Holbrooke pasó la noche del 14 de agosto en la costa croata, cerca de Split. Se alojaron en una torre de piedra del siglo XVI convertida en hotel. Kruzel y Clark saltaron desde el balcón del tercer piso al mar Adriático, después de que los demás los retaran a ello. Holbrooke cenó en la terraza del restaurante gambas y mejillones con Peter Galbraith, embajador ante Croacia. Galbraith era hijo del economista John Kenneth Galbraith, intelectual de acción de la era Kennedy, al que Holbrooke adoraba. También era un halcón en lo referente a Bosnia, lo que lo convertía en aliado; mantenía buenas relaciones con Tuđman y entendía el papel crucial de Croacia como bisagra en las guerras de los Balcanes, algo muy útil. Sin embargo, estaban siempre dándose codazos uno a otro. El sentido que Galbraith tenía de su propia importancia rivalizaba con el de Holbrooke, y por esa razón era tan poco querido por sus colegas como este. En sus cables hacía aseveraciones de tipo moral que en Washington se juzgaban demasiado emocionales. En noviembre de 1994, durante una discusión acerca de si bombardear o no a los serbios de Croacia durante la defensa de Bihać, le pinchó a Holbrooke: «¿La “C” de

“Richard C. Holbrooke” qué significa? ¿“Chambelán”?»[116]. Holbrooke respondió con una displicencia muy suya: «Estás abogando por extender la guerra y en Washington nadie te secunda. Soy el único amigo que tienes aquí».

Ante un plato de marisco del Adriático, revisaron uno a uno los puntos de

debate de la lista de Lake, que a ambos les resultaban exasperantes[117]. Para Washington, la guerra era un ente abstracto que tenía más que ver con mapas y negociación de posturas que con agresiones y genocidio. Galbraith se negaba con insistencia a abandonar Goražde, y repetía sin parar el argumento que Holbrooke había dado a Lake. Holbrooke probó entonces a presentar el argumento que Lake le había dado a él, pero Galbraith insistió, como lo hiciera también Holbrooke. Este decidió que sus instrucciones le proporcionaban flexibilidad suficiente para eliminar la propuesta. Con un rotulador grueso tachó la frase sobre Goražde.

Sin embargo, esa no fue la última palabra sobre Goražde. Holbrooke hizo una maniobra más, que dice mucho de su manera de negociar. Al día siguiente, el ministro de Asuntos Exteriores de Bosnia, Muhamed Sacirbey, llegó a Split y pasó una hora charlando con Holbrooke en el aeropuerto, a bordo del pequeño avión en que este había aterrizado. «Querríamos que se plantearan intercambiar Goražde», empezó a decir Holbrooke. Sacirbey se quedó boquiabierto y empezó a mirar a Frasure, quien parecía bastante incómodo, como si Holbrooke no debiera haber preguntado. Si Sacirbey hubiera expresado cualquier disposición, Holbrooke habría aprendido un par de cosas sobre las posturas negociadoras bosnias, pero Sacirbey afirmó que intercambiar Goražde era imposible y Holbrooke no lo presionó. En el exterior de la terminal esperaban varios periodistas y, antes de zanjar la conversación, Holbrooke pidió al minsitro que no dijera a la prensa que los estadounidenses estaban presionando a los bosnios para que entregasen Goražde. Sacirbey pensó que eso era como decir: «Por favor, dile a la prensa que el sexo fue consentido». Así que Sacirbey se bajó del avión y se acercó a los periodistas para declarar: «Dick Holbrooke me ha dicho: “No les estamos pidiendo que entreguen Goražde, y quiero que se lo hagan saber a la

prensa”»[118].

Este episodio hizo que Goražde desapareciera para siempre de la mesa de negociaciones, pero no antes de que Holbrooke entendiese todas las opciones de que disponía. Aun cuando creía que intercambiar Goražde era un error, comprendía que no había absolutos morales. No iba a entregar nada hasta saber qué cartas llevaban los demás jugadores.

 

Su objetivo era presentar el plan estadounidense a las tres partes enfrentadas y escuchar sus respuestas. Según el calendario, el equipo viajaría primero a Sarajevo. Sin embargo, la lluvia y la niebla obligaron al helicóptero que los transportaba a volar en círculos durante hora y media, y al final no les quedó más remedio que regresar a Split. Así pues, decidieron volar a Zágreb en su lugar.

Tuđman había instalado el despacho de presidencia en uno de los palacios de arquitectura moderna construidos por Tito, en el centro de un parque de varias hectáreas situado por encima de la ciudad, amueblado con sillas Habsburgo y alfombras persas. La guardia de honor vestía capas y gorras rojas, lo que confería al palacio un aire de escenario de ópera bufa. Tuđman llegó puntual, envarado e impecablemente vestido. Llevaba el pelo blanco pulcramente peinado hacia atrás, incluido un solemne tupé al estilo antigua Yugoslavia.

Holbrooke, como de costumbre, llegó unos minutos tarde. Tuđman lo esperaba en el extremo más alejado de la gran sala de recepciones. Holbrooke y Galbraith entraron en el baño de hombres para dar un último remate a la estrategia ante los urinarios, donde nadie los molestara. (Lo hicieron varias veces más, hasta que al final los croatas apagaron todas las luces de los baños, salvo una que había justo encima de los urinarios para iluminar un cartel que rezaba: «Bienvenido, señor embajador»). El consejo de Galbraith fue seguirle la corriente a Tuđman y tratarlo como el líder decimonónico que creía ser (una suerte de Bismark o Garibaldi). A sus ojos, su país pertenecía a una civilización europea de Estados nación soberanos, cada uno con su propio idioma, trajes típicos, lucha por la libertad y glorioso destino. Sus dos homólogos, Milosevic e Izetbegovic, eran poco menos que unos hombres

primitivos de los Balcanes[119].

Los estadounidenses y croatas se sentaban en los lados opuestos de una gigantesca mesa de conferencias de madera clara, como si aquello fuera una cumbre Estados Unidos-Unión Soviética, con Tuđman presidiendo. Este se sentía eufórico por la victoria en Krajina y le molestaba tener que contener su alegría. Con la limpieza étnica había aflorado el hombre primitivo de los Balcanes que también había en él. Antaño historiador, tras escuchar con paciencia los puntos de debate de Holbrooke, impartió a sus invitados una clase magistral de historia de Croacia desde los tiempos otomanos y les habló de la amenaza islámica en el sudeste europeo, a saber, el plan secreto bosnio para crear un Estado islámico desde el Adriático hasta Macedonia, el cual sería incluso más poderoso que Serbia. Occidente podía considerarse afortunado de que los croatas de Bosnia mantuviesen a raya a los musulmanes dentro de la federación.

—Los musulmanes son realmente croatas —informó Tuđman a Holbrooke—. Pero la religión marca una diferencia. La gente pregunta: «¿Cómo podemos cooperar con ellos si no son cristianos?». Bosnia-Herzegovina debería convertirse en un Estado independiente y miembro de la ONU. Por el momento.

En última instancia, los serbios de Bosnia regresarían a la Iglesia ortodoxa y los musulmanes terminarían europeizándose. Tuđman era un gran admirador de Samuel Huntington, antiguo jefe de Holbrooke en Foreign Policy, y predecía que, en el choque entre civilizaciones, Bosnia terminaría disolviéndose en la falla abierta entre Occidente y Oriente. Era la explicación culta, nivel posgraduado, del que pensaba repartirse el país con otros líderes.

—Estados Unidos no será cómplice de la desaparición del mapa, no voluntaria, de una nación llamada Bosnia —respondió Holbrooke.

Tuđman cambió al inglés.

—Bosnia no tiene futuro.

Galbraith, ultrajado, pasó a Holbrooke una nota: «Dick, estos son los viejos prejuicios de Tuđman, que reemergen con toda su fuerza un año y medio después de relativo letargo. Hay que responder a esta postura con toda contundencia, pues así es como se justificó la guerra entre croatas y musulmanes. Yo siempre le decía que los estadounidenses tenían más empatía con los musulmanes precisamente porque los veíamos como la más occidental de las tres comunidades de Bosnia».

A lo cual Holbrooke contestó: «Estoy de acuerdo, PERO AHORA NO, AQUÍ NO, TODAVÍA NO. No podemos ir más allá de lo que hemos dicho. Es grave que

siga manteniendo esta postura, pero no podemos lidiar con ello ahora mismo».

La limpieza étnica de la región de Krajina era una mancha para Occidente y Holbrooke estaba aprendiendo que Tuđman podía tener el mismo discurso que la Ustacha de la Segunda Guerra Mundial. A la larga, a musulmanes y croatas les costaría mucho trabajo mantener su alianza. Sin embargo, por el momento, Tuđman era un nacionalista útil con un ejército eficaz. El plan Lake-Holbrooke pedía «que todas las partes suspendieran las ofensivas militares», pero la Operación Tormenta de los croatas había cambiado la guerra más de lo que nadie en Washington era capaz de entender. La federación croato-musulmana, con apoyo del ejército croata, empujaba ahora con fuerza hacia territorios en manos de los serbios al oeste de Bosnia. Antes de que se fijasen las fronteras del mapa, los bosnios merecían la oportunidad de recuperar las poblaciones perdidas a manos de las operaciones de limpieza étnica. Ese impulso militar podía salir a colación en las negociaciones con los distintos líderes para aplicar presión en la facción más recalcitrante, la de los serbios de Bosnia.

En el almuerzo con Tuđman, Clark se hizo eco de la opinión de Washington: que era necesario detener la ofensiva. Frasure escribió algo en el reverso del cartelito que indicaba su nombre y se lo pasó a Holbrooke: «Dick: hemos “contratado” a estos tipos para que sean los perros que nos guarden el jardín, porque estamos desesperados. Tenemos que intentar “controlarlos”. No obstante, este no es el momento de ponerse aprensivo. Es la primera vez en que se ha frenado la oleada serbia. Esto es fundamental para encontrar la

estabilidad y salir del atolladero»[120].

Holbrooke ya había trazado una línea entre los párrafos de su lista de puntos de debate respecto de la contención militar. La conclusión final era obvia y de mucho calado: la guerra podía ser utilizada como herramienta diplomática.

Al día siguiente, 17 de agosto, el equipo voló de Zágreb a Belgrado. Una escolta policial serbia los condujo hasta el centro de la capital desde el aeropuerto militar a tal velocidad que el resto de vehículos se veían obligados a echarse a la cuneta. En las aceras, había tipos vendiendo gasolina del

mercado negro en garrafas de plástico[121]. Serbia era un estado policial que funcionaba gracias a una economía mafiosa.

Holbrooke no se había reunido jamás con Milosevic, pero sabía que era el personaje clave en aquel escenario. Se sentaron en el vasto recibidor de suelo de mármol del palacio presidencial serbio —un lóbrego edificio de altas ventanas y cortinajes amarillentos que olía a moqueta vieja y estaba decorado con la austeridad propia de la era comunista (había un desnudo femenino en bronce: una mujer con el brazo izquierdo levantado sobre la cabeza y la nariz apretada contra la axila)—, y Holbrooke trató de romper el hielo diplomático describiendo su viaje en autostop por Yugoslavia en la década de 1960: la policía de Tito lo había tomado por contrabandista y lo había detenido, pero él

consiguió librarse repitiendo una y otra vez: «Autostop Americanski!»[122].

Milosevic se mostraba nervioso con las personas a las que no conocía. Llevaba un traje demasiado grande de chaqueta cruzada que le daba el aspecto de empleado de banca estatal que fuera en tiempos. Su piel era incolora y los lóbulos de las orejas le colgaban. Sus emociones no se traslucían en ningún momento. Nunca daba a los extranjeros la impresión de ser un déspota cruel. Podía ser ingenioso, encantador, malhablado. De los tres presidentes era, de lejos, el más gracioso. Era difícil deducir qué se le pasaba en realidad por la cabeza en cada instante.

Parecía que en el palacio no había ninguna persona más aparte del ministro de Asuntos Exteriores y un secretario, pues Milosevic no se fiaba de nadie, salvo de su esposa, Mira Markovic. Se sentía incómodo en público y cada vez era más impopular entre su propio pueblo, al que gobernaba mediante el miedo. Envolvía todo en un manto de engaño, tratando de no dejar rastros: así fue como logró llevar adelante las agresiones en Bosnia y Croacia, asegurando a la vez que no estaba al tanto de ellas. Carl Bildt, el diplomático sueco que se hizo cargo de las conversaciones, una vez rotas las negociaciones con Frasure, se había percatado de que podían pasar horas sin que Milosevic recibiera una sola llamada telefónica (salvo, quizá, de su esposa). Nunca estaba ocupado resolviendo asuntos oficiales y en su escritorio no había papeles ni ningún otro indicio de trabajo. Aparentemente, ser el presidente de Serbia consistía en recibir al invitado extranjero de turno y charlar con él sobre la actualidad de los países vecinos hasta las tantas, ante una mesa llena de manjares regados con grandes cantidades de alcohol. Creía disponer de todo el tiempo del mundo y, en realidad, era el visitante quien luchaba contrarreloj.

Milosevic era solo cuatro meses más joven que Holbrooke. Su familia provenía del norte de Montenegro, una zona remota y rural, el equivalente yugoslavo de los Apalaches estadounidenses. Él, no obstante, había nacido en un villorrio de provincias, a una hora de Belgrado. Su padre abandonó a la familia muy pronto y él creció entregado a su madre, que no le dejaba hacer ningún deporte. Cuando tenía siete años, su tío, héroe partisano, se pegó un tiro en la cabeza. Cuando tenía veinte, su padre también se suicidó. Cuando tenía treinta, su madre se ahorcó. Milosevic jamás hablaba de su escabrosa historia familiar. Su ascenso en el escalafón del Partido Comunista de Yugoslavia fue una maniobra hábil y despiadada, pero el amor de su vida no fue la ideología, sino el poder en sí. Eso sin contar a su esposa, Mira, una comunista convencida y un monstruo, como su marido. En una ocasión escribió: «Mi marido jamás dirá: “Moriré por el socialismo y por el internacionalismo”. Yo sí». Un psicólogo serbio describió a Milosevic como un «Narciso frío», que cauterizaba las heridas de su juventud con una lujuria

de poder que mataba cualquier empatía[123]. El palacio vacío y ese ejercicio del poder sin mácula eran reflejo de la naturaleza de su alma. Si tuviera tendencias suicidas, su táctica sería ponerse a sí mismo una estratégica trampa mortal.

Cuando Holbrooke llegó al palacio, Milosevic estaba intentando cerrar, metafóricamente, su cuenta con Bosnia, ya agotada. No era nada fácil y necesitaba ayuda estadounidense. La ayuda de Holbrooke, en concreto. Milosevic podría ser acusado de crímenes de guerra ante el Tribunal de La Haya que había condenado a Karadžić y Mladić tras la matanza de Srebrenica. Sin embargo, en aquella circunstancia, Holbrooke necesitaba que Milosevic se comportase como un estadista serbio.

Un mayordomo de chaqueta blanca servía bebidas en una bandeja de plata: vasos de zumo, vino serbio, whisky escocés, el típico licor de ciruelas que llaman šljivovica. El grupo se retiró después al comedor para el clásico cordero con patatas, digno de infarto. Milosevic bebía como un alcohólico y fumaba cigarrillos y puros como un jefe de la mafia, mientras trataba de cautivar a Holbrooke dejando caer nombres de banqueros estadounidenses que había conocido durante sus viajes a Estados Unidos en la década de

1970[124], aunque la mayor parte del tiempo la hubiera pasado de compras en

Bloomingdale’s y Macy’s[125]. Holbrooke le hizo saber que conocía a todos y cada uno de los banqueros que mencionó.

La charla se alargó casi seis horas, un tiempo por debajo de lo habitual en Milosevic. El líder serbio no hacía sino dar vueltas en círculo al mismo asunto, deteniéndose en minucias o divagando con irrelevancias. Le pareció que Holbrooke estaba menos informado que invitados anteriores sobre el

estado de la cuestión en los Balcanes[126]. Después del encuentro, Frasure se reunió con Carl Bildt en el aeropuerto y le dijo con tono seco: «Esos dos egos han estado bailando toda la noche».

Holbrooke y Frasure se alojaron en la residencia de Rudy Perina, el principal cargo diplomático estadounidense en Belgrado. Holbrooke le preguntó a Perina, que se había reunido con Milosevic en varias ocasiones las semanas anteriores, si este había dicho algo nuevo en aquella ocasión.

«Francamente, no —contestó Perina—. Te ha dicho las mismas cosas que

le dijo a Bob[127]».

Milosevic era todo juegos de palabras, y Holbrooke era el último compañero de juegos del presidente. Holbrooke se fue a la cama temprano y se despertó también temprano, y bastante enfadado. Estaba poniéndose los pantalones por el pasillo, cuando Perina y Frasure salieron de sus habitaciones. «Vestíos —les dijo Holbrooke—. Quiero hablar con vosotros en el jardín». Pasearon juntos bajo los castaños, junto a la cancha de tenis, lejos de los micrófonos de Milosevic. «Escuchad, chicos —dijo Holbrooke—. Voy a reunirme de nuevo con Slobo dentro de un rato y me voy a volver un poco loco». Lo que quería decir es que no haría ante Milosevic el papel de diplomático cortés. Holbrooke quería un encuentro marcado por la intensidad, que rompiera el patrón habitual de las negociaciones. Para eso necesitaría un equipo pequeño, así que solo lo acompañarían Frasure y Nelson Drew. Estaba calentando para una pelea de boxeo. «Se va a acojonar».

Holbrooke acaparó la conversación durante dos horas, hablando fuerte, para que se lo oyera desde las estancias contiguas. Gritó que se había acabado el tiempo para debates interminables y que a Occidente se le agotaba la paciencia. Exigió a Milosevic ofrecer resultados o enfrentarse a las consecuencias. Holbrooke era capaz de montar en cólera, pero se trataba de una táctica bien meditada. Milosevic —cuya supervivencia dependía de ocultar cualquier indicio de vulnerabilidad— dio un paso atrás. Holbrooke agregó que era degradante para la misión de paz del presidente Clinton tener que entrar en Sarajevo por la peligrosa carretera que llegaba a la ciudad por encima del monte Igman. Le exigió que les asegurase un acceso seguro volando desde Belgrado al aeropuerto de Sarajevo.

Milosevic se quedó mirándolo un instante.

—Tiene razón. Lo intentaré.

Pidió a su secretario que llamase a Mladić. Milosevic había pasado el año anterior asegurando que no ejercía control sobre sus acólitos asesinos y, de hecho, había empezado a pensar que Mladić, que se tenía por un cruzado medieval, estaba volviéndose loco y era capaz de derribar un avión estadounidense. Veinte minutos más tarde, llegó la respuesta.

—Mladić dice que el aeropuerto es demasiado peligroso —informó Milosevic, como si el destino de los estadounidenses no estuviera ya en manos de las propias tropas y artillería de Mladić apostadas en torno a Sarajevo—. Dice que podéis volar a Kiseljak y entrar por carretera desde allí. —Los puestos de control se hallaban bajo el control de la policía de Karadžić, no del ejército de Mladić—. Estaréis completamente a salvo.

Era el mismo camino que Holbrooke había tomado para llegar a Sarajevo con Rosenblatt y Frease en 1992. Bildt había pasado por allí sin incidentes dos días antes y juzgó una locura tratar de llegar por la otra carretera, que subía hasta el monte Igman y luego descendía a Sarajevo. Pero la elección no fue de Holbrooke. El gobierno estadounidense se negaba a reconocer a la Republika Srpska, lo que descartaba la posibilidad de llegar por carretera desde Kiseljak.

—Solo podemos plantearnos llegar por tierra desde Kiseljak si nos da su garantía personal de que nadie nos detendrá —dijo Holbrooke, poniendo a prueba a Milosevic para ver si aceptaba hablar en nombre de los serbobosnios. Holbrooke vislumbraba una solución: obligar a Milosevic a comprometerse en nombre de todos los serbios, los de Serbia y los de Bosnia.

—No puedo garantizárselo —dijo Milosevic—, pero pediré a Mladić que se lo garantice él.

—Eso está fuera de toda discusión, señor presidente.

Frasure le susurró a Holbrooke: «No tenemos más opción que entrar desde el Igman».