Nuestro hombre
Capítulo IX
El monte Igman es una especie de altiplano que se asoma a Sarajevo desde el suroeste. En los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, la pista de salto de esquí estaba situada en una de sus laderas y el circuito de biatlón, en la otra. Los veranos, las familias yugoslavas acostumbraban subir al monte a pasar el día, caminar o merendar. Hay cumbres empinadas y está densamente arbolado por bosques de hoja perenne. Las vistas sobre los tejados rojos y los alminares de Sarajevo son espectaculares. Abajo, justo en el lugar en que arranca la falda del monte, se produjo un deslizamiento repentino que llegó a cubrir parte del aeropuerto. Ese corrimiento de tierras marcaba la línea de asedio.
El monte Igman estuvo en manos del gobierno bosnio durante toda la guerra. A fin de salir o entrar en Sarajevo por tierra, funcionarios, diplomáticos y la mayoría de extranjeros tenían permiso de las Naciones Unidas para pasar por el aeropuerto en coche, aunque el riesgo de ser acribillado era evidente. No obstante, los civiles bosnios que intentaban escapar de la ciudad debían atravesar el túnel de ochocientos metros que pasaba por debajo de la pista y emergía en la casa de una familia musulmana, del otro lado, y luego encontrar la manera de ascender la montaña.
Los serbios controlaban los barrios al este y oeste del aeropuerto. Habían instalado sus cañones antiaéreos en las cerradas curvas de la carretera que ascendía hacia el monte Igman, donde el bosque se aclaraba y la calzada quedaba completamente expuesta. Toda la zona se convirtió en un polígono de tiro y en los primeros tramos de la carretera que ascendía estaba sembrada de camiones carbonizados y coches volcados. Los bosnios por lo general conducían de noche con las luces apagadas, usando gafas de visión nocturna (cuando las tenían). Una mujer llamada Aida Cerkez, que colaboraba con periodistas extranjeros, solía arriesgarse a salir y entrar a Sarajevo por el monte Igman, lo cual hizo decenas de veces. De regreso a la ciudad, cada vez que se acercaba a los tramos más peligrosos de la carretera, en la parte más baja, veía cómo los conductores que avanzaban en dirección contraria se detenían a vomitar o se desmayaban, y ella entonaba en voz baja un espiritual negro:
Algún día encontraré la paz en el valle.
Habrá paz en el valle para mí.
No habrá más tristeza, ni pesar, ni tormento.
Encontraré la paz en el valle.
La mañana del 19 de agosto, Holbrooke y su equipo salieron de Split en un
helicóptero de la ONU[128]. Se había abierto un claro entre las espesas nubes que había en el monte Igman, en cuya meseta aterrizaron a las 9.40. La zona de aterrizaje se situaba en un campo de fútbol llamado Veliko Polje («Campo Grande»). Había llovido cuatro días seguidos y el suelo estaba empapado. Volvía a hacer calor, no obstante, y en el aire flotaban fragantes aromas alpinos.
Fueron recibidos por dos vehículos, un Humvee estadounidense y un vehículo blindado francés para transporte de personal. El Humvee haría las veces de escolta; en él viajaba Pete Hargraves, el jefe de seguridad de la embajada; el teniente coronel Randall Banky, oficial de enlace estadounidense de mayor rango en el cuartel general de la ONU en Sarajevo, aledaño a la embajada estadounidense; y un suboficial, el sargento David Respass, al volante. El blindado francés, pintado de blanco y tripulado por tres soldados de las fuerzas de paz, se encargaría de transportar a los visitantes y llevarlos a la ciudad.
Pero Banky propuso un cambio.
—Señor, ¿querría usted ir en el Humvee? —preguntó el teniente coronel Banky al general Clark.
—Desde luego —respondió Clark, a quien tampoco le parecía apropiado que el jefe de la delegación estadounidense viajase en un blindado francés. Se dirigió a su vez a Holbrooke—: ¿Ha montado alguna vez en uno de estos? — Holbrooke respondió que no—. Vamos, véngase en el Humvee. Es mucho mejor que los jeeps que usábamos en Vietnam.
Así que Clark y Holbrooke cambiaron de vehículo y viajaron con Hargraves.
Antes de que Frasure se subiera al blindado, Holbrooke le dijo que pensara qué le dirían a Izetbegovic cuando se reunieran con él. Frasure, que conocía mejor que nadie las dificultades que entrañaba aquella misión, soltó una de sus sarcásticas carcajadas. Holbrooke y Clark montaron en el Humvee detrás de Respass y Banky; Holbrooke, trajeado, a la izquierda, y Clark a la derecha con su uniforme. Ambos llevaban casco y chaleco antibalas. Frasure, Drew, Kruzel, Gerstein (el asistente de Clark), Hargraves y un sargento francés se apretujaron en los asientos enfrentados del blindado francés, con los otros dos soldados franceses como piloto y copiloto.
El blindado también transportaba una lata de combustible y mucha munición: cinco cajas de balas, quince granadas de mano, media docena de granadas autopropulsadas y un par de cohetes antitanque. Banky había dicho a la tripulación del blindado que, en caso de separarse al descender la carretera de vuelta a Sarajevo, se reuniesen en el puesto de observación francés, abajo del todo. El blindado no debía detenerse en los puestos de control del ejército bosnio. Los serbios llevaban tiempo sin disparar contra ningún vehículo blindado. La delegación estaría a salvo a bordo.
Empezaron a bajar, con el Humvee a la cabeza.
El camino que descendía desde la meseta del monte Igman hacia Sarajevo era de tierra y grava, y más estrecho en aquel tiempo de lo que es ahora. Mediría unos cuatro o cinco metros de anchura. Recorridos unos veinte kilómetros desde el improvisado helipuerto, la carretera hacía una curva a la izquierda y, tras una recta de unos cien metros que descendía moderadamente, describía otra a la derecha. La falda en ese punto era muy empinada y la carretera desfilaba entre una pared que se elevaba a la izquierda y un precipicio a la derecha.
Llevaban los dos vehículos treinta minutos de viaje cuando, en el tramo de camino que acabo de describir, se toparon con una columna francesa de camiones de carga y blindados que subían hacia la meseta. El convoy se había hecho a un lado y había detenido la marcha. Cuando el Humvee pasó junto al último de los vehículos franceses, vieron que un soldado francés había bajado de su vehículo y gritaba y gesticulaba. El sargento Respass, al volante del Humvee, no entendía lo que decía.
Hay dos versiones de esta historia. En realidad, debe de haber cientos, pero solo dos deben ser tenidas en cuenta.
La primera versión es la historia oficial. Lo que sus protagonistas más importantes contaron en los medios de comunicación o las publicaciones, y luego las reconstrucciones hechas por los periodistas. Los lectores que crean haber oído algo sobre lo que ocurrió aquella mañana en el monte Igman, conocerán probablemente solo esta versión.
Yo voy a dejar que hablen Holbrooke y Clark.
Holbrooke: Salí del Humvee para ver si podíamos ayudar en algo, pero no entendía del todo bien lo que decía el soldado francés. Al parecer, un vehículo que venía por detrás de nosotros se había salido del camino. En ese momento, creí que lo estaba comprendiendo mal. Detrás de nuestro pequeño convoy no venía nadie. Le hice un gesto a Clark para que se acercara. El blindado francés nos seguía, supuestamente, pero muy por detrás. Al menos, eso creía yo.
Clark: Miramos atrás y no estaban.
Holbrooke: Y luego lo tuve claro.
Clark: Sí, luego lo tuvimos claro. Se referían sin duda a nuestro blindado.
Holbrooke: Clark y yo deshicimos camino corriendo por la carretera, unos treinta metros. Y vimos que el lateral se había desmoronado como un palmo.
Clark: Holbrooke y yo nos pusimos histéricos. Dentro del blindado iban los miembros de nuestro equipo. Incapaces de esperar, empezamos a descender la ladera de la montaña.
Holbrooke: Con los cascos y los chalecos antibalas, y yo con traje de ejecutivo, saltamos la cuneta del camino y empezamos a bajar la empinada ladera. Habíamos descendido menos de tres metros cuando se produjeron dos enormes explosiones. Oímos fuego de armas ligeras alrededor. Desde abajo y desde arriba oíamos gritos en francés: «¡Minas! ¡Vuelvan al camino!». Agarrándonos a las raíces de los árboles, de nuevo subimos a rastras hasta la calzada.
Holbrooke corrió de vuelta al Humvee sin detenerse un instante y le dijo a Respass que diese la vuelta, por si se desataba el fuego enemigo y había que evacuar hacia la zona de aterrizaje.
Holbrooke: Intentamos poner en marcha nuestra parabólica portátil para comunicarnos con el mundo exterior, pero metidos en aquella garganta era imposible. El coronel Banky había desparecido.
Clark: De repente, apareció un general bosnio, pero no hablaba inglés. A base de señas y con mis rudimentos de ruso, nos enteramos de que más adelante la carretera hacía una curva cerrada hacia la derecha y discurría en sentido contrario por la ladera, más abajo, de manera que si seguíamos adelante quizá encontráramos el blindado en la calzada, por debajo de nosotros.
Holbrooke: Wes y yo salimos corriendo camino abajo, con los diez kilos de material extra clavándosenos en el cuello y el pecho. Pasamos la curva cerrada a la derecha y continuamos descendiendo casi un kilómetro.
Clark: El bosnio tenía razón. Más o menos un kilómetro y medio más abajo, cerca ya de la siguiente horquilla, esta vez a la izquierda, vimos un tapón de vehículos detenidos. Un oficial chapurreaba inglés, pero no éramos capaces de entender lo ocurrido.
En ese punto, la ladera de la montaña era casi vertical, una pared lisa de piedra de más de tres metros. Clark trató de escalar entre los arbustos.
Clark: Traté de trepar con pies y manos por la pared de piedra. Una vez arriba, me di de bruces con un médico francés. Junto a él yacía uno de los soldados franceses, muerto. «Dos más», se limitó a señalarnos el médico. El soldado muerto podría ser el que iba en nuestro blindado, pero yo no estaba seguro al cien por cien. Volví a bajar al camino.
Holbrooke: Por fin entendimos que los vehículos de ese segundo convoy francés, que venían subiendo el camino, se habían detenido en ese punto porque nuestro blindado había pasado por delante de ellos dando vueltas de campana, atravesando la calzada, había seguido cayendo por la ladera. Vimos que, montaña abajo, los troncos de los pinos se habían tronchado, como si hubiera pasado un buldócer. Dejaron de oírse disparos y empezó a llover.
Clark: Alguien señaló ladera abajo, y vimos una columna de espeso humo negro. Eché a correr, trastabillando montaña abajo entre el sotobosque.
Holbrooke: Como yo era la única persona que hablaba francés e inglés, me quedé en la carretera para hablar con los franceses mientras Wes bajaba. Aseguramos una cuerda en torno al tocón de un árbol para que pudiera rapelar hacia el blindado, al que ya habían llegado al parecer algunos soldados franceses y bosnios. Enormes volutas de humo se alzaban entre el bosque, por debajo de nosotros.
Clark: Unos doscientos metros más abajo vi el blindado. Estaba volcado sobre un lado y envuelto en llamas. Un combatiente bosnio estaba apoyado en un árbol, al lado. Me advirtió con un gesto que no me acercase. Pero era posible que mis hombres estuvieran dentro, y no podía quedarme de brazos cruzados. Con una rama traté de abrir la puerta, que ardía: era como asomarse a un horno. Dentro vi a dos de nuestros hombres, muertos. Las llamas casi les lamían los rostros. Eché un rápido vistazo alrededor en busca de algo con que apagar el fuego.
Holbrooke: Oímos a Clark gritando por su walkie-talkie que necesitaba un extintor urgentemente. Miré alrededor, histérico; nadie tenía. Llegó a nuestra altura un todoterreno francés que venía subiendo el camino y se detuvo; en el asiento de atrás iba una solitaria figura, enderezada, cubierta de sangre y vendajes. No reconocí su rostro. Le pregunté quién era. Masculló algo ininteligible. «¿Quién?», pregunté de nuevo. «Hargraves… Su… jefe de… seguridad… señor», dijo muy despacio, como ido.
Holbrooke y un par de soldados franceses ayudaron a Hargraves a salir del todoterreno y a tumbarse en una camilla, sobre la calzada.
Holbrooke: Me arrodillé junto a él. Le costaba mucho hablar. Le entendí decir que nuestra misión era salvar a la gente, que era culpa suya, que se había roto la espalda. Intenté tranquilizarlo. Yo estaba desesperado por averiguar lo ocurrido, así que le pregunté por los miembros de nuestro equipo. «¿Y Frasure? ¿Dónde está el embajador?», le dije, casi a gritos. «Muerto», respondió con un hilo de voz. Me incorporé. Durante tres años como civil en Vietnam había visto algún combate de cerca y había sido testigo de sus terribles consecuencias, pero aquello era muy distinto. Ese era mi equipo, y mi mano derecha al parecer estaba muerto. No había tiempo de dolerse. Wes Clark se encontraba muy por debajo de nosotros, en la ladera, y lo único que yo sabía era que, según Hargraves, Bob Frasure no había sobrevivido. Volví a arrodillarme junto al herido: «¿Y Joe Kruzel? ¿Qué le ha pasado a Kruzel?». «No lo sé. Creo que está vivo». «¿Y Nelson Drew?». «Muerto. Ha muerto». Hargraves rompió a llorar. «Yo intenté…». «No es culpa tuya —atajé, sintiéndome también totalmente desvalido—. No podías hacer nada para salvarlo».
Clark: Volví a subir por la falda de montaña, para tratar de conseguir un extintor. De golpe, se me vinieron encima todos los soldados a quienes había perdido, todos los accidentes que había presenciado, todos los rastros de culpa que había sentido a lo largo de mi vida. Habría hecho lo que fuera por rescatar a esos hombres.
Holbrooke: Clark apareció por la pendiente, escalando con ayuda de las cuerdas. Daba la impresión de haber envejecido diez años. «Lo de ahí abajo es la cosa más horrible que he visto en mi vida».
Clark: Apagamos el fuego y recuperamos los cuerpos del embajador Bob Frasure y el coronel Nelson Drew. Peinamos el área y descubrimos que dos miembros del equipo habían salido a rastras del blindado antes de que explotara.
Holbrooke: Los periodistas de Sarajevo ya habían interceptado algunas conversaciones sobre el accidente en los canales de radio del ejército francés y empezaron a dar una versión confusa e inexacta del accidente que se propagó por todo el mundo. Era hora de hablar con Washington.
Esta es una de las versiones de la tragedia de Igman. Fue el suceso más dramático al que Holbrooke hubo de enfrentarse en su vida, e inaugura el único libro que escribió. No obstante, existe otra historia que los lectores no habrán oído y que no ha recibido la atención de los historiadores porque no cumple con los requisitos básicos de la narrativa y porque echaría a perder el clímax de cualquier novela que se precie, si este libro fuera una ficción. Esta segunda versión es la que más podría acercarnos, en cualquier caso, a la voluble verdad. En ella, los personajes más conocidos se convierten en meros observadores y los protagonistas de la acción tienen nombres que los lectores jamás habrán leído y que salen de la historia con la misma agilidad con que entran, pues lo ocurrido en el monte Igman —ese roce momentáneo con grandes personas y grandes acontecimientos históricos— no alteró en nada el curso de sus vidas, que siguieron adelante, descendiendo hacia la oscuridad total que la historia nos reserva a la mayoría.
Randall Banky era un hombre de cuarenta años, esbelto y de pelo moreno. Creció en una casa adosada de un barrio de clase trabajadora de Baltimore y se alistó en el ejército al terminar secundaria, con la guerra de Vietnam ya en su recta final. Cuando él y el resto de chavales que se habían inscrito bajaron la mano derecha, tras hacer el saludo militar, el oficial reclutador les espetó: «Pobres inocentes». Banky hizo la instrucción en West Point y llegó a oficial, aunque era el tipo de oficial de infantería que se identificaba más con sus soldados que con sus superiores. Desde su punto de vista, uno ascendía en el ejército diciendo que sí a todo y autopromocionándose.
El teniente coronel Banky y el sargento Respass eran de los pocos estadounidenses uniformados en Bosnia. La misión del monte Igman les cayó a ellos porque la embajada no disponía de ningún vehículo blindado, así que Hargraves le pidió a Banky que lo subiera a la meseta del Igman en el Humvee. Banky no tenía idea de por qué una delegación tan importante llegaba, en lugar de por cualquier otro acceso, por el monte Igman, que era como el Salvaje Oeste.
El convoy dejó la zona de aterrizaje de Veliko Polje sobre las 9.52. Respass conducía el Humvee. Holbrooke le dijo a Clark en el asiento de atrás: «Méritos para conseguir galones, ¿eh?». Holbrooke se refería a que el trabajo en Bosnia haría a Clark merecedor de otra condecoración del ejército. Banky y Respass intercambiaron una mirada. «No, esto no nos servirá de nada, señor», terció Respass. Banky había intentado obtener desgravaciones fiscales para los soldados estadounidenses destacados en Bosnia y ni eso les habían dado. Holbrooke se mostró indignado y le dijo a Clark que conocía a un congresista en Washington que arreglaría aquello.
A las 10.15, pasaron sin detenerse por un puesto de control del ejército bosnio. Cerca, un poco más metido en el bosque, había también uno de observación francés. A los soldados franceses les pareció que el Humvee iba demasiado rápido, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, el doble de la velocidad a que los vehículos militares solían circular por el camino del Igman. El Humvee ya había adelantado a dos vehículos bajando desde la meseta, uno francés y otro británico, y ambos le habían hecho señales para que aminorase. ¿De quién era la responsabilidad de que el Humvee fuese tan rápido? Conducía Respass. Banky era el oficial al mando. Clark, su superior. Holbrooke, el jefe de la misión. Y a Holbrooke le encantaba la velocidad.
El blindado francés, más ancho y pesado, trataba de no perder de vista al Humvee. Cuando se acercaban al control, el soldado francés al cargo del puesto de observación, el oficial técnico jefe Eric Limousin, hizo señas al blindado para que se detuviese. Advirtió al oficial al mando del vehículo, el sargento Pause, que iba de copiloto, que tendrían problemas en la bajada porque se acercaba subiendo un convoy de carga, dos o tres kilómetros
camino abajo[129]. Pause respondió que estaban escoltando a un transporte con pasajeros importantes y tenían que llegar a Sarajevo. Cuando le dieron vía libre, el conductor del blindado francés, el cabo Stéphane Raoult, se apresuró por tratar de alcanzar al Humvee estadounidense.
Limousin se comunicó por radio con el oficial al mando del convoy de carga que subía, el sargento Jacques Duedal: «Unidad Delta, atención, baja en su dirección un blindado a toda velocidad». Duedal salió de su todoterreno y recorrió la columna de vehículos, ordenándoles que se pegaran a la pared.
Mapa indicativo sobre el accidente en el monte Igman. Mapping Specialists, Ltd.,
Fitchburg, Wisconsin (Estados Unidos).
Sobre las 10.20, el Humvee tomó la curva cerrada a la derecha y pasó junto al todoterreno de Duedal. No había dado tiempo a todos los vehículos a apartarse, así que el Humvee no podría pasar todavía ni siquiera aminorando. Banky pidió a Respass que se detuviese y los dos oficiales bajaron. Banky se adelantó para hablar con el conductor del camión que les impedía pasar y Respass pidió al resto de vehículos que avanzasen para hacer hueco y así el camión pudiera dejar paso.
El conductor del todoterreno blindado que comandaba el convoy, el cabo mayor Jean-Louis Jégou, vio el blindado francés blanco, que bajaba hacia ellos. El vehículo no parecía ir a frenar, pero sí trató de separarse un poco del todoterreno, hacia el lado del precipicio. En ese momento, tuvo la mala fortuna de dar con un profundo bache. El morro se hundió y las ruedas traseras se elevaron en el aire. Al caer, rebotaron y derraparon hacia la derecha. El blindado terminó precipitándose por la ladera.
Hargraves, jefe de seguridad de la embajada, iba sentado junto a la puerta trasera, frente al sargento francés Hervé Michel. Desde la oscuridad del interior, notó que el vehículo empezaba a dar vueltas de campana hacia la derecha. Después de la primera, creyó que se detendría, pero no fue así. Los ocupantes volaban de un lado a otro dentro del vehículo. Alguien aterrizó sobre Hargraves. De un asiento se soltó una pieza de la que Hargraves se sirvió para protegerse de los golpes, dolorosos como los puñetazos que recibía cuando practicaba boxeo de joven. Gerstein hizo lo mismo, apretando instintivamente la cara contra el asiento a fin de amortiguar los impactos, que ya le habían partido la ceja derecha y una costilla.
El transporte blindado de personal accidentado en el monte Igman. Cortesía de Randall
Banky.
La violencia de los golpes terminó arrancando las puertas delanteras de cuajo. Tras cuarenta metros de vueltas y más vueltas montaña abajo, el oficial al cargo del blindado, el sargento Pause, salió expulsado del vehículo. Tras otros sesenta metros, ocurrió otro tanto al conductor, el cabo Raoult, poco antes de que el blindado atravesara, aún dando vueltas de campana, el tramo inferior del camino, ante la segunda columna de vehículos franceses. Se abrieron las puertas traseras y, de repente, el sargento Michel había desaparecido y Hargraves colgaba por fuera del vehículo. Notaba la tierra contra la cara. Sabía que tenía que soltarse o volver a meterse en el vehículo. La puerta se cerró violentamente en una de las vueltas y le rompió las dos manos. Tenía ya varias costillas rotas, la nariz medio arrancada y un dedo cortado.
El blindado cayó trescientos metros en total, lo que equivaldría a treinta o cuarenta vueltas de campana. De no haber encontrado en su camino un árbol de tronco especialmente grueso y sólido, habría llegado hasta Sarajevo. Chocó violentamente por su lado izquierdo. La munición que transportaba empezó a sisear y a explotar.
En la parte alta del camino, Respass volvió hasta donde se encontraba Banky, junto al Humvee, y le dijo que según los soldados franceses alguien estaba disparando armas ligeras montaña abajo. Su posición estaba expuesta a la zona serbia, ya cercana, y por esa razón Banky instó al convoy francés a seguir adelante. Respass le informó de que, según los franceses, un blindado se había salido del camino. Respass y Banky retrocedieron unos cien metros camino arriba y se asomaron hacia donde los franceses señalaban gritando.
Montaña abajo, se distinguía un rastro de árboles y arbustos aplastados, como si hubiera pasado un cortacésped gigante. El rastro era de la anchura, justamente, de un blindado. Cientos de metros más abajo, a lo lejos, se divisaba a la perfección Sarajevo. Empezaba a llover.
Holbrooke se quedó junto al Humvee mientras Clark se unía a Banky y Respass. A Banky se le hacía extraño dar una orden a un general de tres estrellas, pero a los otros dos les pidió que contactasen por radio con la embajada para pedir asistencia médica.
Y acto seguido, el coronel Banky desapareció ladera abajo.
La ladera era tan empinada que tuvo que bajar arrastrando el culo por el suelo. El sargento Pause había caído entre la vegetación, pero Banky no lo vio. Después de un centenar de metros, se topó con el cabo Raoult, el conductor del blindado, que se quejaba amargamente. Un soldado francés del convoy, el oficial técnico Philippe Duplessy, ya había bajado hasta allí y estaba practicándole los primeros auxilios. Raoult tenía la pierna izquierda prácticamente arrancada. Banky se quitó un cordón de la bota y le hizo un torniquete en torno al muslo. Raoult, que tenía veintidós años, lo miraba fijamente a los ojos. Ambos sabían que iba a morir. Apareció otro soldado francés, que venía subiendo bosque a través desde el tramo del camino que pasaba por abajo. Este soldado vio a Raoult, se volvió y se marchó corriendo.
A unos doscientos metros por debajo se oían leves estallidos. Banky no supo decir si eran disparos de arma ligera o las municiones que transportaba el blindado accidentado, que estallaban. Oyó también explosiones más fuertes, que le sonaron a proyectiles antiaéreos serbios o quizá granadas autopropulsadas. Banky pensó en su amigo Hargraves y en el resto de los que viajaban en el blindado. Hizo cuanto pudo para vendar la herida de Raoult, lo dejó donde estaba, y después se escurrió los veinticinco metros restantes ladera abajo, hasta llegar a la pared de tres metros que daba al siguiente tramo de camino.
Media docena de soldados franceses observaban desde el camino el rastro que había dejado el blindado en la vegetación de la falda, desde ese tramo del camino hacia abajo. Banky dio unos pasos adelante: «¡Minas, minas!», gritaron los franceses. Se detuvo. Nadie había intentado seguir bajando. Tuvo un instante de indecisión. Probablemente terminaría muriendo allí si seguía adelante. Pensó en su familia. Pero ese instante pasó como había llegado: agarró un par de botiquines de los que llevaban los soldados franceses, dejó atrás el camino de nuevo y continuó ladera abajo. Le siguió los pasos uno de los soldados franceses.
Banky descendió unos veinte metros más. De repente, por debajo de él, una tras otra, hubo dos enormes explosiones y vio elevarse una nube negra. Banky sabía que era el blindado, aunque no lo veía aún. Siguió bajando. De repente, en mitad de la ladera, vio a un soldado bosnio, que les gritó: «¡Minas!». El bosnio hizo un gesto para que Banky y el soldado francés le siguieran. Subieron de nuevo hasta el camino y bajaron medio kilómetro por él, hasta el inicio de un estrecho sendero que descendía hacia la izquierda poco a poco, casi en paralelo al camino. Lo siguieron a través del espeso bosque unos cientos de metros, hasta un claro. Allí, un grupo de soldados bosnios daba los primeros auxilios a tres hombres.
Banky reconoció a Hargraves, sentado contra un árbol con la cabeza vendada, y a Gerstein, tumbado de espaldas en el suelo. Ambos estaban conscientes. El tercer hombre se hallaba también tirado en el suelo y gemía algo ininteligible. Tenía la cabeza desfigurada. Banky no lo reconocía. Gerstein le dijo que era Kruzel.
Cuando el blindado francés se detuvo por fin, quedó de costado. Hargraves salió por la pequeña escotilla del techo y cayó al suelo. Gerstein ya estaba fuera. La lata de combustible del blindado se había encendido y los dos cohetes antitanque instalados al frente silbaban y echaban chorros de humo blanco. Hargraves oyó que alguien gritaba dentro. Abrió las puertas traseras y agarró a Joe Kruzel por las axilas, haciendo fuerza con un pie contra el vehículo. Terminó cayendo al suelo con Kruzel encima. Trató de arrastrarlo cuesta abajo, hasta que aparecieron unos soldados bosnios y se echaron a Kruzel a hombros. Hargraves no quería estar cerca de él. Quería volver a casa con su esposa. Sabía que la herida que Kruzel tenía en la cabeza era mortal. Su compañero, con toda seguridad, no regresaría a casa.
Hargraves volvió al blindado. Vio fuego y oyó más gritos. Frasure y Drew seguían dentro. Hargraves intentó abrir del todo las puertas traseras, pero se habían atascado. Se quemó las manos, que tenía además fracturadas.
Ambos cohetes se dispararon, primero uno y luego el otro. Las explosiones lanzaron volando a Hargraves tres o cuatro metros hacia atrás. Un trozo de metralla se le incrustó en la rodilla izquierda. Pensó lo mucho que dolería cuando empezara a sentir cosas. Se apoyó contra un árbol y se sentó. Si se tumbaba, jamás volvería a casa.
A los pocos minutos del accidente, comenzaron a llegar más soldados bosnios hasta el lugar donde se había detenido el blindado. Pertenecían a un pequeño destacamento de cinco hombres apostados en una cabaña de madera situada doscientos metros más abajo. El comandante del destacamento era un musulmán de treinta años que medía dos metros llamado Dervo Gadzo. Antes de la guerra había sido mecánico en la fábrica de Mercedes de Sarajevo y se había pasado la mayor parte del conflicto en el monte Igman, donde solía hacer excursiones de niño. Gadzo no tenía ni galones ni casco ni chaleco antibalas, y contaba con tan poca munición que rara vez usaba su fusil. Esa mañana se había acordado una breve tregua porque, al parecer, una delegación diplomática iba a pasar por el Igman. Gadzo pensó que el ruido del choque lo había producido un camión que transportaba leña a Sarajevo. El área no estaba minada, todas las explosiones que habían oído provenían de la munición del vehículo francés accidentado.
Cuando Gadzo y sus hombres llegaron al lugar, un hombre estaba tratando de abrir las puertas traseras del blindado. Corrieron a ayudarlo, pero las puertas estaban atascadas. El chasis estaba tan caliente que la pintura blanca se desprendía del metal. Dentro, alguien seguía vivo. Gadzo nunca había oído a nadie gritar así. Él y otro soldado bosnio se dirigieron al frente del vehículo; su acompañante se las arregló para sacar a un hombre de dentro. Hubo entonces dos grandes explosiones, el motor estalló y la cabeza del hombre herido salió volando por los aires. El soldado bosnio que intentaba sacarlo, protegido por el blindaje del vehículo, había quedado cubierto de sangre. Los gritos cesaron.
El fuego descontrolado impedía acercarse al blindado. Los soldados bosnios atendieron a los tres hombres heridos. Pronto se unió al grupo un segundo destacamento apostado en la zona, al que acompañaba una enfermera serbia llamada Biljana Rakić, que trabajaba como voluntaria con el ejército bosnio. Gadzo y algunos hombres más llegaron con camillas desde la cabaña. Empezaba a hacer calor y en torno a las heridas de los hombres revoloteaban ya moscardones que los bosnios trataban de espantar.
Hargraves se desmayó, pero volvió en sí al poco, justo en el momento en que un bosnio estaba quitándole el reloj de pulsera G-Shock. El bosnio parecía sorprendido de que Hargraves siguiera vivo.
—Reloj, reloj —dijo el bosnio en inglés.
—Sí, claro —respondió Hargraves.
El bosnio le metió a Hargraves en el bolsillo el reloj de pulsera que él llevaba, que no funcionaba.
Banky valoró las heridas de los tres estadounidenses. Dejó un botiquín a los bosnios y se llevó el otro. Subió cincuenta metros por la ladera, donde había quedado el blindado. Pudo llegar a pocos metros del vehículo, pero no vio a ninguno de los dos estadounidenses que habían desaparecido, Frasure y Drew.
Como Kruzel era el más gravemente herido, Banky y varios bosnios se lo llevaron a él primero. Con él en una camilla, recorrieron los varios cientos de metros de estrecho sendero que los separaban del camino. La subida se hacía bastante dura entre el desnivel y la vegetación, y se vieron obligados a detenerse en un par de ocasiones. Al salir al camino se toparon con un todoterreno blindado francés. Estaba llegando otro blindado médico que iba a trasladar a Kruzel al hospital más cercano. Banky escribió el nombre de Kruzel en un trozo de papel, dejó a su compatriota moribundo con los soldados franceses y bosnios y bajó a la carrera el sendero con la camilla a cuestas. Por el sendero, vio que un todoterreno blindado francés subía hacia el camino con Hargraves sentado detrás. No había sitio para tumbarse.
Gerstein, el que mejor parado había salido, fue el último al que evacuaron. Banky y otros bosnios lo portaron en camilla sendero arriba. Cuando llegaron de vuelta al camino, Kruzel y Hargraves habían sido ya evacuados. Banky se quedó con Gerstein e intentó mantenerlo consciente haciéndole preguntas —si estaba casado, de dónde era—, hasta que llegó otro blindado médico para llevárselo.
Banky bajó el sendero por tercera vez para buscar a los dos hombres desaparecidos. Cuando llegó al blindado, los soldados franceses estaban apagando el fuego con extintores. Había mucho humo y no se veía el interior.
Había pasado casi una hora y media desde el accidente. A Banky le dolía todo el cuerpo. Empezó a escalar de nuevo por el cortafuegos abierto por el blindado en su rodar montaña abajo, hacia la parte más alta del camino, para informar al general Clark de lo ocurrido. Por el camino buscó los cuerpos de sus dos compañeros y recogió todos los papeles que encontró.
Cuando el coronel Banky desapareció, Holbrooke se sintió abandonado a su suerte. Le enfadó que su jefe de seguridad se hubiera marchado y lo hubiera dejado en un lugar tan expuesto, mientras los disparos resonaban en las inmediaciones. Tras un instante, Clark hizo ademán de seguir a Banky ladera abajo. «¡Un momento, no me dejéis aquí! —gritó Holbrooke—. ¡Volved!». Clark trepó de nuevo por la ladera, de regreso al camino.
Respass estaba dando instrucciones al convoy francés para que se pegara a la pared de la montaña e hiciera hueco al Humvee y también a los blindados médicos. Holbrooke le dijo que diera la vuelta y subiera cien metros por el camino, en dirección de nuevo a la cima y la zona de aterrizaje, por si acaso fuera necesaria una evacuación. En última instancia, Holbrooke decidió que el peligro no era inminente y ordenó a Respass dar la vuelta otra vez y tratar de seguir bajando por el camino hasta la curva cerrada. El Humvee pudo por fin pasar y continuó un kilómetro y medio, hasta detenerse junto al segundo convoy francés, en el punto donde el blindado había atravesado dando vueltas de campana el camino.
Un gran fuego se alzaba entre los árboles, más abajo aún. Respass se preocupó por Banky. Se hizo con los extintores que llevaban el Humvee y los vehículos franceses y bajó a trancas y barrancas por la trocha abierta por el blindado, deteniéndose cada tanto para apartar las municiones esparcidas por el terreno. Cuando alcanzó el blindado, unos soldados franceses estaban intentando apagarlo. Respass vio en el interior los restos de un cuerpo, pero las llamas eran aún altas. Ayudó a transportar en la camilla al sargento Michel, el que había salido volando por las puertas traseras justo antes de que el vehículo se estampara contra el árbol, y el último en ser evacuado. A continuación, Respass escaló de vuelta por la trocha hasta el camino, en busca de más extintores.
En el Humvee, Holbrooke y Clark hablaban por el teléfono vía satélite.
En la embajada, una voz gritaba desde la radio.
—¡Embajada de Sarajevo! ¿Hola? ¿Alguien nos oye? Es una emergencia, ¡soy Holbrooke! ¡Joder, contestad!
La embajada estaba en un chalet de dos plantas sin ningún tipo de comodidad. El personal, incluido el embajador, John Menzies, dormía en catres y se tapaba con sacos de dormir. Era una tranquila mañana de sábado y atendía la recepción una empleada de la embajada croata, casada con un musulmán (aunque hasta la guerra nadie utilizaba el término «matrimonio mixto»). El hijo de ambos, nacido en el infeliz invierno de 1993, apenas había salido del piso familiar.
La radio de la embajada estaba en un canal abierto y para establecer comunicación había que transmitir una elaborada serie de indicativos. La persona que llamaba no estaba utilizando ninguno de ellos, lo que hizo sospechar a la empleada de la embajada, que pidió el embajador que acudiese. Menzies llevaba en el puesto desde abril. Era un tipo sensible que se emocionaba con las historias que le contaban sus empleados bosnios, y estos lo adoraban por someterse a los mismos peligros que ellos vivían. Menzies bajó a la recepción para atender la llamada de radio.
—¿Dónde coño estáis, joder? Soy Holbrooke. Ha habido una desgracia en el monte Igman.
Menzies confirmó que se trataba de Holbrooke. Dos vehículos de la embajada salieron a toda prisa en dirección al monte, mientras Menzies corría al edificio contiguo para alertar al oficial al mando de las fuerzas de paz de la ONU.
Poco antes de mediodía, Banky llegó por fin de nuevo al tramo superior del camino. Holbrooke, Clark y Respass seguían junto al Humvee. No había vuelto a ver a ninguno de ellos desde el momento en que se había lanzado ladera abajo. Banky se sorprendió de que no hubieran evacuado aún a Hargraves, al que Respass había puesto una inyección de morfina, e intentó explicar a Holbrooke lo que les había ocurrido al resto de ocupantes del blindado. Poco antes de que se lo llevaran, Hargraves se quitó la alianza y pidió a Holbrooke que la guardara y se la entregara a su esposa si moría.
Banky informó a Clark sobre la situación que estaba viviéndose más abajo: a Kruzel y Gerstein les habían practicado los primeros auxilios y los habían evacuado. Frasure y Drew seguían desaparecidos, pero lo más probable es que estuvieran en el interior del blindado francés y hubieran muerto. Mientras Banky le informaba, Holbrooke comunicaba los nombres y detalles por radio a la embajada. Toda Sarajevo podría estar escuchando aquella comunicación. Banky se lo dijo a Clark, quien le espetó a Holbrooke:
—Apaga esa puta radio.
Por fin llegaron los dos coches provenientes de la embajada.
—Saquen al embajador Holbrooke de aquí —ordenó Clark a uno de los conductores, exsoldado del ejército bosnio.
—Se queda usted al cargo, general Clark —replicó airadamente Holbrooke—. Arregle esta locura.
Holbrooke estuvo gritándole a la radio durante toda la bajada hacia Sarajevo:
—¡Quiero que todos los políticos importantes de este país se presenten en la embajada, o que me los pongan al teléfono!
Ordenó a Menzies que no comunicase oficialmente ninguna muerte a Washington por el momento, hasta que Clark realizara las investigaciones pertinentes en el lugar del siniestro. Sin embargo, los nombres terminaron filtrándose a la prensa. A la familia de Kruzel se le dijo en un primer momento que este había salido por su propio pie del vehículo
accidentado[130]. A esa hora, los funcionarios regresaban ya a sus hogares en los tranquilos barrios residenciales de Washington. Katharina Frasure llevó a Strobe Talbott al despacho de su marido para que viese la cómoda silla en que este se sentaba a trabajar. A Tony Lake le tocó dar a Sandy Drew la terrible noticia. Cuando hubo asimilado el trágico suceso, ella le dijo: «Tienes que
arreglar esto. Tienes que hacerlo por Nelson»[131].
En el monte Igman no había otra cosa que hacer más que recopilar los restos. Tras escuchar el informe de Banky, Clark le ordenó bajar, tomar fotos de la escena y llamarle luego para que bajara él. Así que Banky regresó, una última vez, al lugar del accidente. No había ya fuego, solo el chasis carbonizado. Cuando Clark se reunió con él, Banky le señaló los restos que había podido identificar: una cabeza y un torso dentro del blindado, y otra cabeza a diez metros de distancia. Clark ordenó que los metieran en bolsas para cadáveres. Respass regresó al Humvee por el sendero que discurría en paralelo a la falda. Banky y Respass cargaron las bolsas con los restos en el Humvee y condujeron hasta el hospital militar del aeropuerto.
Una investigación de la ONU determinó que el accidente que se cobró la vida de Robert Frasure, Joseph Kruzel, Nelson Drew y Stéphane Raoult fue inevitable. No obstante, en el informe se añade: «Este fatal accidente de tráfico se produjo debido a la excesiva velocidad con que el vehículo circulaba por el camino del monte Igman. La responsabilidad es del conductor y del oficial al mando del blindado, si bien la velocidad venía impuesta por un vehículo blindado estadounidense que encabezaba el convoy». Este informe jamás se hizo público.
El blindado sigue allí, oxidado y huero, entre abetos, descansando junto al gran tronco del árbol caducifolio cuyas hojas muertas lo cubren cada otoño como un manto. Cerca, se erige un pequeño monumento conmemorativo. El bosque parece embrujado.