Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 20 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo V

 

La política exterior de Clinton estaba en ruinas. Una sola semana había bastado, a principios de octubre de 1993, para que Estados Unidos cayera humillado por dos turbamultas: en Somalia, donde los milicianos mataron a diecinueve soldados estadounidenses cuyos cuerpos arrastraron por las calles de Mogadiscio; y en Haití, donde una multitud reunida en los muelles de Puerto Príncipe, al grito de «¡Somalia, Somalia!», impidió atracar al USS Harlan County, que transportaba fuerzas de paz de la ONU y cuyo objetivo era apartar del poder al dictador y restaurar al presidente electo. La superpotencia parecía desvalida e ineficaz ante cualquier banda de matones. Clinton cesó a Les Aspin tras el desastre de Somalia y lo reemplazó por su segundo, William Perry.

Meses después, Lake redactó un borrador de carta de dimisión que al final

no firmó[73]. Se veía demasiado pragmático y demasiado neowilsoniano, pues creía a pies juntillas que Estados Unidos debía ser una fuerza del bien y que el presidente había de sustituirlo por alguien con ideas más afines a las suyas: «Aunque estamos plenamente de acuerdo en la importancia de abrir mercados para los trabajadores estadounidenses y en la necesidad de remodelar nuestras fuerzas armadas, no detecto el mismo compromiso en cuestiones relacionadas con la expansión de la democracia y los derechos humanos, o con la necesidad de detener las matanzas perpetradas en guerras civiles de otros países. Son, estos últimos, asuntos muy espinosos que exigen tomar decisiones dolorosas. En cualquier caso, una vez involucrados en ellos, solo podremos resolverlos con pragmatismo, constancia y, caso necesario, contundencia. […] (No hay nada negativo en adoptar una visión más “realista” y enfocada a la economía de nuestros intereses en el extranjero. Pero tendría más sentido en mi opinión adoptar esta postura en cuestiones de política interna. Sencillamente, no es una visión que me interese o atraiga.)».

Clinton jamás leyó esta carta. Sin embargo, tras los sucesos de Somalia, había aprendido la lección de que las bajas estadounidenses provocadas por conflictos mal entendidos en países remotos surtían un efecto político devastador, y se dio cuenta de que la política exterior podría acabar con su mandato. No tardó, así pues, en retirar hasta el último soldado estadounidense de Mogadiscio. Acto seguido, Clinton se volcó con las negociaciones comerciales, la economía global y el cuidado de las relaciones con la Rusia de Borís Yeltsin. E hizo la vista gorda cuando el gobierno de Ruanda perpetró el genocidio más fulminante del siglo XX, con casi un millón de muertos en

cuestión de cien días, en la primavera de 1994. Lake, que al final continuó en su puesto en la Casa Blanca, no fue convocado a una sola reunión de alto nivel sobre Ruanda.

El conflicto los Balcanes entraba entonces en su tercer año. Serbia se ahogaba en un mar de sanciones internacionales y Milosevic hacía esfuerzos por cerrar un acuerdo con Occidente que permitiera la entrada de ayuda. Sin embargo, los serbobosnios soñaban con la conquista total, y Radovan Karadžić, en alianza con los ultranacionalistas de Serbia, se convertía en una amenaza política para el propio Milosevic, quien había neutralizado las conspiraciones de aquel al detener a varios antiguos camaradas de Karadžić. Por primera vez, se abría una escisión entre los líderes de Belgrado y de Pale (la capital de los serbios de Bosnia), y se ralentizaba el flujo (aunque nunca desapareció) de suministros militares a través del río Drina. Las fuerzas serbobosnias habían ocupado todo el territorio que eran capaces de defender frente a un enemigo superior en número. Tuđman, amenazado también con sanciones, hubo de posponer su meta de repartirse Bosnia con Milosevic y añadir su trozo de pastel a su planeada Gran Croacia. En marzo de 1994, la guerra dentro de la guerra, que enfrentaba a croatas y musulmanes, tocó a su fin gracias a un acuerdo alentado por la diplomacia estadounidense: el primer logro real de Estados Unidos desde el estallido del conflicto. El nuevo Estado federado resultante se convertiría en la primera amenaza verdadera para los serbobosnios.

La configuración de fuerzas en Bosnia se prestaba a un nuevo esfuerzo diplomático, respaldado por los cazas de la OTAN.

Nada cambió, empero. Mediado el año, el peaje de muertes en Sarajevo alcanzó los diez millares; entre ellas, las de mil quinientos niños. Los más afortunados ni siquiera esperaban que se los rescatara. No les quedaba energía más que para sobrevivir. Algunos sarajevitas habían excavado un túnel de casi un kilómetro bajo la pista de aterrizaje del aeropuerto que desembocaba en el barrio de Butmir, valiéndose de postes de madera recogidos de los escombros y de rieles arrancados en las vías del ferrocarril. Los sitiados usaban el túnel para introducir en la ciudad víveres de contrabando, que cargaban a la espalda, caminando encorvados y con agua hasta los tobillos. En los dormitorios de las casas, desparedados por los bombazos, criaban conejos para comerlos. Entretanto, el asedio serbio estrangulaba otras «áreas seguras» designadas por la ONU, como Goražde, Srebrenica, Zepa, Tuzla o Bihać. El compromiso internacional para proteger esos enclaves se veía traicionado a diario por la negativa de los altos funcionarios de la ONU a aprobar los ataques aéreos de la OTAN, salvo que estuvieran dirigidos de modo explícito contra fuerzas serbias perfectamente localizadas. Los estadounidenses seguían oponiéndose al envío de tropas. Los europeos insistían en mantener el embargo armamentístico. La guerra estaba dividiendo sin remedio a la Alianza Atlántica y los grandes poderes se veían paralizados. El conflicto se hallaba en punto muerto.

En una ocasión Lake dijo a un visitante europeo que su principal problema era Bosnia y su segundo principal problema era conseguir meter a alguna personalidad extranjera en la agenda del presidente. Bosnia debía de llevarle unos dos tercios de su tiempo de trabajo. Así lo atestiguan las notas tomadas durante las reuniones del CSN: Bosnia siempre aparecía en la cabeza de los puntos que debatir y los dilemas de 1993 eran los mismos que en 1994: «2/94. No muy por la labor de bombardear».

Jenonne Walker, secretaria adjunta de Lake para Europa, fue testigo de cómo este iba palideciendo poco a poco, de cómo se endurecían sus maneras y se desvanecía su capacidad de reírse de sí mismo (virtud redentora que Lake poseía, pero Holbrooke no). Cada vez hablaba más rápido y se mostraba más territorial y susceptible, impidiendo el acceso de otros funcionarios a algunas reuniones o negándose a mostrarles los informes en que Walker detallaba las opciones posibles. Jenonne tenía a Lake en muy alta estima —era el mejor ideólogo en política exterior de cuantos había conocido, y el menos egoísta—, pero quería ataques aéreos sin condiciones contra objetivos serbios, no obstante tuviera que servir a un presidente incapaz de imponerse a sus asesores o de arriesgar su capital político en el asunto de Bosnia. Los constantes codazos metafóricos de ella erosionaban la relación; el lenguaje no verbal de Lake decía a voces: «Ya basta». En el verano de 1994, le asignó otro puesto. «Soy un coñazo, ya lo sé», le dijo ella.

El sitio de Sarajevo. Tom Stoddart/Getty Images.

 

 

La vez anterior que Lake había trabajado en la Casa Blanca, el recuerdo de Vietnam seguía cargando el ambiente. La nube tóxica era ahora Bosnia, y estaba envenenando todas sus relaciones personales y profesionales importantes.

Tras haber permitido al secretario de Estado convertirse en el principal portavoz de la política exterior, Lake sufrió en su cargo los constantes golpes de timón de este —Christopher abogaba por los ataques aéreos un día y al siguiente hacía lo contrario—, la mayoría motivados por los cambios en los vientos dominantes, tanto de la prensa como de la Casa Blanca. Christopher era quizá el peor candidato a ese puesto —no tenía una noción clara del papel de Estados Unidos en el mundo—, pero tras dejar caer a Aspin, Clinton, que no dudaba en culpar a otros cuando las cosas se torcían, no quería cesar a más asesores de alto rango. El presidente nunca se sintió cómodo con Lake. No habían compartido trayectoria, y este se desenvolvía como un profesor universitario o un mentor, lo que a Clinton no gustaba. Bosnia siempre se interpuso entre ambos. Lake entraba en el Despacho Oval a primera hora todas las mañanas e intercambiaba alguna escueta cordialidad con el presidente, para luego sacar el tema de Bosnia y comprobar cómo de inmediato a este se le oscurecía el semblante. Lake empezó a sentir que tenía

una letra «B» mayúscula, de Bosnia, pintada en la frente[74].

Berger, mano derecha de Lake, no solo conocía a Clinton desde hacía muchos años, sino que era la primera opción del presidente para el puesto de

aquel[75]. Lake se sentía tan amenazado que trataba por todos los medios de que Berger no pusiera los pies en el Despacho Oval cuando él informaba al presidente, y cada vez que abría la boca en la Sala de Crisis, se dedicaba a mirar el reloj sin cesar o a tamborilear en la mesa con los dedos. A Berger le resultaba doloroso.

Una noche, los Gelb asistieron a una cena celebrada en la Casa Blanca. Clinton se acercó a Les y le dijo:

—Tienes que llamar a Tony. Te necesita. Necesita ayuda.

—Lo pensaré —respondió Gelb.

Sentados a la mesa, el presidente y Gelb tenían a Ethel Kennedy entre medias. Clinton no hacía más que sacar el tema de Lake, hasta que Gelb dijo por fin:

—Un amigo con poder es un amigo perdido.

Una cita clásica que le había dado a conocer Judy. No era muy agradable repetir la máxima ante el presidente, pero era cierto.

Gelb y Lake eran amigos íntimos desde hacía veinte años. En la década de los ochenta, Gelb había tratado más con Lake que con Holbrooke. Gelb pensaba que el puesto estaba convirtiendo a Lake en peor persona. Este siempre había expresado cierta ambivalencia respecto del poder, pero ahora que lo poseía, estaba provocándole una auténtica crisis nerviosa. Una única palabra inofensiva en una de las columnas firmadas por Gelb para el New York Times podía motivar una llamada a primera hora de Lake, a la cual contestaba Judy, porque Les aún dormía. «¿Cómo puedes escribir: “Anthony Lake, el consejero de Seguridad Nacional del presidente, camina con paso grácil hasta el despacho de Christopher”? ¿Qué se supone que significa

eso?»[76].

Holbrooke explicó a Gelb que Lake siempre había sido así: paranoico, reservado y dado a aislarse de sus amigos. «¿De qué estás hablando? —le espetó Gelb—. Tú eres el padrino de su hijo. Cuando me lo presentaste me dijiste que era tu mejor amigo». Sin embargo, Holbrooke perdía cualquier cordura cuando se hablaba de Lake. Se adueñaba de él una obsesión venenosa que terminó llevándolo a borrar su larga historia de amistad en un juicio sumarísimo.

Lake, por su parte, soportaba una presión mortificante, pues la prensa lo atacaba sin remisión y tenía que aguantar faltas de respeto incluso de sus amigos. Era consciente de que, para Gelb y otros, cuanto tenía que ver con Bosnia era catastrófico, que la política exterior de Clinton era un desastre, y que en ocasiones así lo afirmaban ante los medios. Lake opinaba que las críticas venían motivadas en parte por la envidia, pero en cualquier caso le hacían muchísimo daño. En una ocasión, invitó a Gelb a un partido del equipo de baloncesto de la Universidad de Massachusetts-Amherst. En el partido, que se jugaba en Nueva Jersey, Gelb hizo algunos comentarios críticos sobre Bosnia, y durante el trayecto de vuelta a Nueva York en coche los dos hombres ni se dirigieron la palabra. Lake subió con Les a su casa y mientras este preparaba algo de cenar en la cocina, Tony se pasó media hora desahogándose amargamente con Judy, que estaba echada en la cama con un libro (aunque no de Séneca).

Cuando Lake obtuvo el cargo, el matrimonio compró una casa en Washington, cerca de la Universidad Americana. El plan era instalarse en la ciudad solo por dos años. Toni Ella dejó la granja, pero se llevó un caballo para montar. Nunca veía a su marido, que algunas noches ni siquiera dormía en casa. Cuando estaban juntos ni hablaban. Una mañana, cuando él salía por la puerta, ella le preguntó: «¿Qué matrimonio es este?». «Tendremos que hablar del tema», replicó él.

Ese mismo día, por la tarde, él la llamó desde la Casa Blanca y le dio el nombre de un restaurante. Se citaron allí; él le dijo que quería ejercer el cargo dos años más, pero no con ella al lado. Después, regresó al trabajo. Al día siguiente, Toni se volvió al norte, a su granja.

 

Una madrugada de mediados de mayo de 1994, estando en Alemania, Holbrooke recibió una llamada de Strobe Talbott, quien se había convertido

en vicesecretario de Estado[77]. El secretario de Estado adjunto para Europa, un abogado de Wall Street llamado Stephen Oxman, había salido rana. La oficina de Europa estaba descabezada, mientras la situación en Bosnia continuaba deteriorándose y flotaba en el aire la cuestión de la ampliación de la OTAN. Talbott y Tom Donilon, jefe de personal de Christopher, estaban tratando de convencer al secretario de Estado de sustituir a Oxman por Holbrooke.

—Mira, Strobe… Me estás pidiendo que vuelva a un puesto equivalente al que ocupé hace diecisiete años, en una situación en que, además, ese tipo de cargo ha perdido peso —respondió Holbrooke, añadiendo que planeaba salir del gobierno en cuestión de un año por razones personales (a saber: Kati) y que hasta entonces tenía asuntos que cerrar en Alemania.

—Bueno, uno de los motivos por los que queremos que vuelvas es que hasta tus detractores reconocen que has hecho un trabajo extraordinario en muy poco tiempo —argumentó Talbott. Y agregó—: Me gustaría que lo meditaras. Fue el propio Christopher quien te propuso, lo cual me da a entender que opina también que eres la mejor opción disponible.

No era cierto. Christopher, como siempre, no soportaba a Holbrooke.

—Christopher y yo podemos trabajar bien juntos —convino Holbrooke, lo cual tampoco era cierto. Holbrooke procuraba disimular lo que en verdad creía: que Christopher era demasiado vanidoso para arriesgarse a cometer un error en su puesto—. Jamás nos hemos enfrentado. Esa cuestión en torno a los problemas que supuestamente existen entre nosotros está muy sesgada. Strobe, Christopher no está cualificado para ejercer como secretario de Estado, pero el cargo es suyo. Debemos ayudarlo, por interés nacional. El verdadero problema es Tony, y lo sabes.

—La relación que mantiene Tony contigo y con todos los demás da para un psicodrama del que aún no se vislumbra el final.

—¿Cómo te llevas tú con él?

—No tan mal como tú, pero no es fácil. Tony podría durar mucho tiempo en ese puesto o salir dentro de un par de semanas.

—Si ves probable que se marche, ¿no nos convendría a ti y a mí esperar un poco para poder hacer lo que siempre hemos querido, que es trabajar en algún tipo de configuración de fuerzas desde dos de los tres cargos de mayor poder?

—Sinceramente, si aceptas este cargo, se multiplican las posibilidades a ese respecto.

—Strobe, creo que el presidente no tiene mucha idea de quién soy yo realmente…

—¿Por qué no dejas de repetir siempre lo mismo? —rogó Talbott—. Es de las cosas que más me duelen que digas.

—Lo siento, Strobe. Te duele porque es verdad. Y sabes cuál es el motivo. El motivo es que Tony se interpuso entre el presidente y yo. Creo que si el presidente me conociera mejor se daría cuenta de lo valioso que puedo resultarle.

—Eso implica también que tendrías que resolver el problema de Bosnia —añadió Talbott, antes de colgar.

Holbrooke pensó contestar algo que al final se calló: «No puedo resolver el problema de Bosnia porque no estaré al cargo. Nadie está al cargo de ese asunto, realmente. Ese es el verdadero problema con el asunto de Bosnia».

No cerró puertas a la proposición, pues eso habría empeorado su relación con Clinton. Sin embargo, de manera muy consciente se propuso empujar a Talbott a que desestimara la oferta, porque Washington seguía pareciéndole un nido de víboras y ese cargo estaba al menos dos escalafones por debajo del suyo. En un plano más inconsciente, obvio para el resto, pero indetectable para Holbrooke, este ya había decidido aceptar la oferta, pues le devolvería al terreno de juego en una posición decisiva.

No obstante, aún no le habían ofrecido el cargo oficialmente. Un día de principios de junio, Christopher, durante un viaje con Clinton a Roma, estaba desayunando en el balcón de su hotel con Donilon, que revisaba los compromisos del día en su bloc de notas. «Chris, las cosas están así: tienes que decidir sobre el secretario de Estado adjunto para Europa. Strobe y yo recomendamos encarecidamente a Dick».

Christopher respondió que ni le gustaba Holbrooke ni confiaba en él.

Pero más adelante cedió. «Está bien, contaré con él. Pero es problema tuyo». Holbrooke fue convocado a Roma desde Bonn. En la reunión, Donilon y Talbott le sirvieron a su superior un tercer vaso de chardonnay para lubricar un poco las interacciones, pero de todas formas las cosas salieron mal. Christopher tenía la impresión de que Holbrooke no quería el puesto y que exigía condiciones como si el secretario de Estado estuviera obligado a

cumplirlas[78]. Como si le debiera algo. Holbrooke se dio cuenta de que Christopher detectaba su displicencia y se percató también de otra cosa importante: a Christopher le inquietaba verse eclipsado y que Holbrooke le arrebatara el puesto. Tenía razones para temer ambas cosas.

Holbrooke salió de la suite del secretario y un funcionario del departamento le preguntó si aceptaría el cargo. Holbrooke respondió: «¿Qué cargo?». Christopher ni siquiera se había atrevido a ofrecerlo.

Holbrooke se enteró por Tarnoff de que Lake se oponía a su nombramiento y estaba seguro de que aquello tenía que ver, en parte, con las dudas que albergaba Christopher. Hicieron falta otras dos semanas de maniobras de Talbott, Donilon y Tarnoff para que Christopher se mostrara

dispuesto a cruzar la línea[79]. Incluso entonces Holbrooke tuvo que dar el empujón final filtrando la noticia al New York Times. La periodista le cubrió las espaldas: «El señor Holbrooke, contactado por teléfono en Berlín, ha

respondido: “No tengo nada que comentar”»[80].

Durante la ceremonia de aceptación del cargo de Holbrooke, celebrada en el octavo piso, en lugar de dedicar los elogios habituales Christopher recicló algunas de las líneas más mustias del discurso que había pronunciado en aquella famosa fiesta de quincuagésimo cumpleaños, el cual también mencionaba un sarcástico artículo de Vanity Fair que saludaba el regreso de Holbrooke a Washington.

Tras la ceremonia, Holbrooke volvió a bajar dos tramos de escalera para regresar a su lugar de trabajo en el sexto piso.

Esto cuesta entenderlo desde fuera, pero en ese estrato en que se toman las grandes decisiones, el trabajo y la responsabilidad que implican los cargos gubernamentales pueden destruir a cualquiera. Así fue con Les Aspin, que lloró y rogó a Clinton que no lo cesara, y murió de un derrame cerebral quince meses después. Los altos funcionarios del gobierno trabajan muy duro bajo una presión ininterrumpida a cambio de un sueldo relativamente bajo. (Holbrooke pasó de ingresar más de un millón de dólares en 1992 a ganar ciento veintitrés mil dólares el año siguiente). Soportan jornadas de catorce horas, reuniones interminables y montañas de papeleo, y han de bregar con una prensa despiadada. Sus egos, grandes per se, no encuentran ningún estándar objetivo con el que cotejar su desempeño —no hay bonificaciones anuales, ni el electorado los vota, ni ganan trofeos al mejor jugador del año, ni aparecen en listas de superventas—, por lo que deben buscar otras formas, a veces degradantes, para estar seguros de que han hollado la cumbre: la posición del despacho, las reuniones de alto nivel, el favor del presidente. La única manera de saber con seguridad que estaban haciéndolo bien era a expensas de los demás: si alguien gana territorio es porque otro lo está perdiendo. El valor en bolsa de cada uno de ellos sube o baja a diario; si alguna vez pierden la noción de su verdadero valor, será demasiado tarde. Así pues, labores vitales para el país se llevan a cabo en un ambiente de mezquindad humillante.

Esta podría ser la razón que explique por qué la política exterior es el campo de batalla más sangriento de todos. A diferencia de la política interna, en que la opinión pública y las estadísticas sobre empleo pueden orientar la toma de decisiones, en política exterior nadie entiende en realidad qué está ocurriendo en el mundo y no hay tiempo para aprender leyendo libros o prensa. La política exterior se reduce al carácter humano desnudo.

Aun así, quienes trabajan en puestos gubernamentales —y no infravaloremos esto— hacen gala de un profundo sentido de la responsabilidad en asuntos que, en última instancia, son muy difíciles de controlar. Fracasan una y otra vez en la resolución de problemas o directamente evitan resolverlos, porque son pocos los que se prestan a soluciones burocráticas y son raros los burócratas dispuestos a arriesgar su carrera en el intento. La mayoría de ellos, no obstante, aceptan sus cargos llenos de ideales hondamente sentidos y, con el tiempo, la inutilidad e inaplicabilidad de tales ideales los rompe por dentro. ¿Qué otra cosa pueden hacer más que tirarse los trastos a la cabeza unos a otros?

No fue Bosnia lo que envenenó la relación entre Lake y Holbrooke, que ya venía largo tiempo enrareciéndose. Sin embargo, cuando empezaron a colaborar al más alto nivel y en el asunto más importante de todos —la cosa es que, démonos cuenta, con respecto de Bosnia, ¡estaban de acuerdo!—, cuantos rodeaban a estos dos hombres tuvieron la impresión de que aquella atmósfera cargada no podía deberse solo a Bosnia, sino que habían de existir capas y capas de historia por debajo. James Steinberg, director de planificación de políticas de Christopher, regresó al Departamento de Estado una noche tras una reunión especialmente explosiva en la Casa Blanca. Se sentó en el despacho de Donilon y le preguntó: «¿Qué cojones les pasó a esos tipos en Vietnam?».

Holbrooke se propuso grabar su historia de nuevo. Su voz se oye muy distinta a la de treinta años antes, en el delta del Mekong. No traslucía ya frescura ni entusiasmo. Se nota que la grandeza lo mira por encima del hombro y le susurra al oído. Holbrooke está en la flor de su carrera y es capaz de aplicar sus talentos y plenas capacidades, sacando lo mejor de sí mismo y relegándose también a la peor versión de sí mismo.