Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 4 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo II

 

En la escala que hicieron en Tokio camino de Vietnam, Holbrooke vio la fotografía que había aparecido en las portadas de los periódicos de todo el mundo: un anciano monje budista sentado en la posición del loto en las calles de Saigón con las manos en actitud de rezo y consumido por el fuego. Un halo de llamas coronaba la cabeza afeitada de aquel hombre igual que si fuese una divinidad. Holbrooke no tenía ni idea de cómo interpretar aquel suceso.

El mes anterior unos monjes budistas se habían manifestado en la antigua ciudad imperial de Huế para protestar contra la prohibición oficial de ondear su bandera durante el aniversario de Buda. Las fuerzas del gobierno habían disparado contra la muchedumbre y matado a nueve personas. El hermano de Diem, Ngo Ðình Nhu, controlaba a la policía secreta que mató a los manifestantes, pero Diem culpó al Vietcong y arreciaron las maniobras para sofocar las protestas budistas, las cuales se extendieron a Saigón.

El 11 de junio, varios centenares de bonzos y monjas budistas se abrieron paso, entonando cánticos y portando pancartas en vietnamita e inglés, hasta la concurrida intersección situada frente a la embajada camboyana, a unas pocas manzanas del palacio presidencial. Un monje de avanzada edad llamado Thích Quảng Ðức salió de un Austin Westminster de color celeste que encabezaba el desfile y se sentó sobre un pequeño almohadón que había

colocado previamente en el suelo, en mitad del cruce[22]. Dos monjes más jóvenes sacaron una lata de gasolina del coche y vertieron el contenido sobre la cabeza y la túnica del monje. A continuación, este encendió una cerilla y se prendió fuego.

Sus facciones se arrugaron por el dolor, pero su cuerpo, casi de un modo milagroso, se mantuvo en posición orante. Los monjes y las monjas que ocupaban el cruce rompieron a llorar y a gimotear, y muchos se tiraron al suelo. Un monje pertrechado de un megáfono entonó una letanía en inglés: «Un monje budista se quita la vida prendiéndose fuego, un monje budista se convierte en mártir». Un humo negro y aceitoso colmó el aire del hedor de la carne humana quemada y Malcolm Browne, de Associated Press, al que habían chivado que algo gordo iba a ocurrir durante la manifestación, estuvo haciendo fotos sin descanso, tratando de no ceder ante el horror. Por fin, el cuerpo achicharrado del monje se desplomó hacia un lado.

La fotografía que Browne tomó del momento de la ignición se propagó a velocidad de vértigo por el mundo entero. Al presidente Kennedy lo pilló en

la cama, esa misma mañana: «Dios santo», exclamó, según cuentan[23].

Finalizada su primera jornada en Saigón, Holbrooke salía de Asuntos Rurales para emprender el camino de vuelta a su cuartel general temporal, cuando reparó en una muchedumbre que, en fila india, entraba en una pagoda situada al otro lado del muro que rodeaba el edificio donde se encontraba su despacho, a la vuelta de la esquina del lugar en que se había inmolado Thích

Qu [24] ả ng Ð ứ c. La pagoda de Xá Lợi era el templo más importante de Saigón, un característico edificio de nueva construcción hecho de hormigón empedrado de cantos rodados pintados de rojo y amarillo. Holbrooke decidió esperar a ver qué ocurría. Siguió a la fila de peregrinos hasta la parte de atrás del santuario. En el altar, descansaba un cáliz de cristal que contenía un objeto ennegrecido, con aspecto de carne reseca. A Holbrooke le pareció un trozo de hígado quemado; en realidad, se trataba del corazón del monje. El corazón había sobrevivido intacto al suicidio ritual y a la subsecuente cremación, y, ahora, dos semanas más tarde, era venerado como una reliquia sagrada.

Unirse a la multitud de la pagoda era más propio de un periodista que de un joven diplomático recién incorporado a su destino en un país extranjero. Sin embargo, Holbrooke no pudo sino dejarse llevar por su curiosidad. De inmediato cayó en la cuenta de que los peregrinos de Xá Lợi estaban expresando una opinión política al venerar el corazón del monje: era una protesta contra un régimen represivo. Aunque Holbrooke no comprendía aquello en todos sus pormenores, acababa de ser testigo de los primeros indicios que señalaban que el régimen estaba cerca de derrumbarse.

En su segunda jornada, Holbrooke salió de Saigón en coche, como acompañante de uno de los asesores de Phillips en Asuntos Rurales, un tipo

intenso y correoso llamado George Melvin[25].

Melvin manejaba los fondos de cooperación para las provincias controladas por el Tercer Cuerpo del ejército, a saber, la región situada entre Saigón y el altiplano interior. Era uno de los pocos hombres de Lansdale que quedaban sobre el terreno. Teniente coronel retirado, pertenecía oficialmente al Cuerpo de Comunicaciones, pero es probable que fuera un elemento activo de inteligencia, como la mayor parte del equipo de Lansdale. Melvin rondaba los cincuenta, aunque a Holbrooke le pareció mayor. Llevaba muchos años en Oriente y había visto mucha guerra. Mientras viajaban hacia el norte por la ruta 13 —la «Ruta de la Sangre», llamada así por los ataques del Vietcong contra vehículos estadounidenses— dejaron atrás varios coches accidentados a causa de las minas, y kilómetros y kilómetros de arrozales que Holbrooke veía por primera vez. Durante aquel trayecto Melvin dio comienzo a la formación de Holbrooke en los claroscuros de la lucha contra el comunismo.

Según Melvin, a lo largo del desempeño de sus funciones, Holbrooke oiría e incluso haría varias cosas que jamás querría contar a nadie. Otras cosas no las entendería, otras no debería saberlas, por otras no debería preguntar. Había cosas, en efecto, que se inscribían en el lado oscuro de la lucha y era mejor ocultar a los superiores. Para Melvin, el embajador estadounidense ideal era «un tipo medio muerto, con la fuerza justa para firmar los papeles que le pongamos delante». Melvin odiaba a los burócratas casi tanto como a los comunistas. Se había retirado del ejército porque no soportaba los papeleos y tejemanejes de los cuarteles. La guerra había que ganarla sobre el terreno, a través de la reforma agraria y de esas cosas de las que según Melvin era mejor no hablar. «Tenemos que tratar de mantener al Vietcong alejado de lo revolucionario», repetía una y otra vez. No había otra alternativa a la victoria.

Una noche, en un pueblo limítrofe con Camboya, Melvin refirió su primer encuentro con el comunismo. Fue en Chicago, en la década de 1930, cuando trabajaba para un tipo que resultó pertenecer a una organización obrera. Melvin encontró un plano del alcantarillado de Chicago y se dio cuenta de que los comunistas estaban planeando destruir la ciudad. En una visita a un aeródromo situado en otra provincia, Melvin explicó a un miembro del gobierno local, un comandante apellidado Minh, que la supuesta brecha entre la China roja y la Unión Soviética era un montaje: Moscú daba las órdenes y Pekín las cumplía, y Hanói era un títere de ambos. El comandante Minh, cuyos fondos dependían de la firma de Melvin, se mostró completamente de acuerdo.

Holbrooke no había conocido a nadie como George Melvin en la Universidad Brown ni en el New York Times ni en el Departamento de Estado. El celo de Melvin lo intimidaba un poco y sus métodos le parecían terroríficos, aunque no lo suficiente para no disfrutar de la compañía de aquel hombre mayor que él. Tampoco quiso privarse de hacerle las preguntas que el propio Melvin le había aconsejado que no hiciera.

Durante el resto de aquel verano, Holbrooke no paró de viajar. Siguiendo los pasos de Melvin, visitó decenas de proyectos de Asuntos Rurales a lo largo y ancho del país. Junto con sus compañeros, remontó ríos y atravesó pantanos en barcazas armadas y cayucos. Volaron entre las montañas en avionetas de seis plazas de Air America camufladas, sobrevolando en círculo los aeródromos hasta que aparecía una escolta armada en tierra, y aterrizando a continuación en una pista cubierta de maleza, literalmente escarbada en la jungla. Cuando hacía mal tiempo, volaban por debajo de los trescientos metros siguiendo los desniveles del terreno para evitar estrellarse contra las laderas. Si tocaba visitar áreas con gran presencia del Vietcong, volaban a treinta metros de altura para esquivar el fuego antiaéreo. En unas cuantas ocasiones, les dispararon y no se dieron cuenta hasta que una vez en tierra vieron los impactos de bala en el fuselaje. Una vez, pasaron los mandos a Holbrooke, que pilotó la aeronave entre la frontera de Camboya y el mar de China Meridional. Se sintió invulnerable, como un esquiador de descenso: «La terrible verdad que nadie quiere reconocer es que la guerra resultaba divertida a los más jóvenes; al menos, lo era para los periodistas y civiles, y para los militares que no estuvieran destinados en unidades de combate o en un helicóptero. El resto de soldados apenas corrían riesgo de resultar heridos

de gravedad, a menos que tomaran alguna decisión estúpida»[26].

En la localidad costera de Nha Trang, Holbrooke conoció a miembros de la etnia que los franceses llamaban montagnards, a quienes el ejército de Vietnam del Sur había obligado a abandonar su lugar de origen, el altiplano

infestado de guerrilleros del Vietcong[27]. El ejército había quemado sus casas y sus animales y los había desplazado e instalado en asentamientos precarios donde la disentería estaba acabando con ellos. Aquella medida formaba parte del llamado Programa de Aldeas Estratégicas. La idea era alejar a la población de la guerrilla y desecar así el mar en que los guerrilleros se movían como pez en el agua. En los pantanos al sur de Saigón, Holbrooke conoció por casualidad al padre de aquella idea, sir Robert Thompson, experto británico en contrainsurgencia. En la década de 1950, Thompson había fortificado aldeas para ayudar a derrotar a la insurgencia comunista de etnia china en Malasia. Con el asesoramiento de Thompson y el dinero de la CIA, el régimen de Diem trabajaba en esa línea lo más rápido posible, cavando fosos, instalando alambradas de espino y afiladas estacas de bambú en torno a miles de aldeas de todo el sur, donde además creó grupos locales de autodefensa. Estas maniobras exigieron, en consecuencia, echar a cientos de miles de campesinos de sus tierras ancestrales. Dirigía el programa Nhu, el hermano de Diem.

La misión de Asuntos Rurales era proveer ayuda a las aldeas y convertirlas en puestos de avanzadilla de la democracia local. Sin embargo, el Vietcong continuó realizando incursiones nocturnas en que asesinaban a los jefes designados y quemaban las casas: ciento treinta y siete ardieron únicamente en una aldea de la provincia de Bình Dương y solo en esa misma

semana de agosto en que Holbrooke conoció a Thompson[28].

Holbrooke quería que lo asignaran a una provincia levantada en armas, como Bình Dương. No sabía si el Programa de Aldeas Estratégicas estaba funcionando o no: dudaba, sea como fuere, de que la miseria en que vivían sumidos los montagnards los hubiese acercado al gobierno, pero estaba convencido de que la violencia que se sufría en esa provincia sería un tiro por la culata para el Vietcong. Tampoco sabía Holbrooke si la guerra se estaba ganando o perdiendo. La paz no llegaría antes de que tuviera la oportunidad de vivir en persona un combate en el frente, no le cabía duda. Vietnam no le resultaba tan hermoso como a sus compatriotas. Le pareció un país cruel y triste. Pero se dejó devorar por él de un solo bocado.

 

Un día de principios de julio, Holbrooke se presentó ante la puerta de un apartamento situado cerca de la calle Tu Do, en el centro de Saigón, a dos manzanas del río. En la atestada mesa de la cocina del piso descansaban, una en cada extremo, las máquinas de escribir de los periodistas David

Halberstam y Neil Sheehan[29]. De la pared colgaba un mapa plastificado de todo el Sudeste Asiático, donde Sheehan iba anotando las batallas con un lápiz de ojos. El apartamento pertenecía a sus empleadores, la agencia United Press International. Sheehan dormía —cuando tenía tiempo— en un cuartucho sin ventanas. La única ventana que daba a la calle tenía cristales e invitaba a una entrega a domicilio de un poco de plastique —el apelativo con que los franceses aludían a los explosivos plásticos— de parte del Vietcong o, más probablemente, cortesía del régimen de Diem.

Halberstam, representante del New York Times en Saigón, trabajaba en comandita con Sheehan desde que en enero ambos presenciaran una gran batalla al suroeste de Saigón, en una aldea llamada Ấp Bắc. Eran dos periodistas ferozmente competitivos que no llegaban a la treintena y que cooperaban porque, en una ciudad como Saigón y en 1963, era evidente que se necesitaban uno a otro. A Halberstam le hacía falta un amigo y una línea de teléfono; era un par de años mayor que Sheehan, le sacaba dos dedos de altura y hablaba unos pocos decibelios más alto. Este trabajaba en solitario para una agencia de noticias bastante tacaña que siempre le andaba a la zaga a AP y su nutrida plantilla —la cual tenía su sede a seis manzanas, en la calle Pasteur— y estaba necesitado de un colega de profesión. Así pues, aunaron fuerzas, compartieron chivatazos y consejos y se ayudaron uno a otro.

Los periodistas de Saigón hacían cosas peligrosas, jamás vistas en la historia del periodismo estadounidense. Se vieron metidos en mitad no de una, sino de dos guerras: la que ellos cubrían —ese disimulado y confuso intercambio de fuego con el Vietcong en zonas rurales— y el enfrentamiento, más crudo y arriesgado, con los altos mandos militares estadounidenses en Saigón, los cuales anunciaban un éxito operativo tras otro, cuando ellos sabían muy bien que la guerra iba escorándose poco a poco hacia la derrota estadounidense. Ni Halberstam ni Sheehan habían acudido a Vietnam a desafiar a la autoridad, y su objetivo no era reformular el periodismo estadounidense en un papel antagonista, pero acabaron haciendo eso mismo. Sheehan acababa de salir del ejército; Halberstam llevaba el pelo negro cortado a lo militar. Ambos eran producto de los años cincuenta: graduados en Harvard y patriotas de la guerra fría que querían contribuir al esfuerzo bélico informando con datos precisos para que se tomaran las decisiones más adecuadas. Los periodistas veinteañeros no debían desafiar a veteranos generales condecorados en la Segunda Guerra Mundial, que además les doblaban la edad. Por ejemplo, Paul Harkins, general de cuatro estrellas y jefe del Comando de Asistencia Militar de Vietnam había sido ayuda de campo de Patton en el norte de África, en Sicilia y en Francia. En Vietnam, Harkins vestía el uniforme blanco de la Marina, llevaba siempre en la mano un bastón de mando y fumaba con boquilla de marfil. Jamás puso un pie en un arrozal ni se paseó por un campo de batalla embarrado tras un enfrentamiento militar.

«No soy ese tipo de general», argumentaba[30]. En su lugar, Harkins se dedicaba a acompañar a los visitantes de categoría —McNamara, Rusk, los peces gordos del ejército— durante las intensas sesiones informativas y los despedía antes de que se volvieran a Washington, no sin endosarles infinidad de estadísticas que demostraban que la guerra estaba ganándose.

En Ấp Bắc, el Vietcong —muy inferior en armamento y efectivos— logró mantener sus posiciones, mató a decenas de soldados sudvietnamitas y a tres estadounidenses, derribó cinco helicópteros y se retiró a tiempo, de modo que solo perdió a dieciocho hombres. Los asesores estadounidenses gritaban en la cara a los oficiales sudvietnamitas, pero estos se negaban a enviar a sus hombres a la lucha. Sin embargo, a continuación, cuando el almirante Harry Felt, comandante en jefe del Pacífico, llegó desde Honolulú para visitar Ấp Bắc, Harkins le anunció una victoria. Harkins no se había detenido ni un instante a reflexionar sobre cuán distinta era aquella guerra entre arrozales a la batalla del Bulge, y seguía augurando que la contienda finalizaría al cabo de menos de un año.

La estrategia oficial de la prensa era el engaño. El gobierno de Kennedy no quería que la ciudadanía estadounidense supiera que sus hombres de uniforme —en teoría, asesores y no combatientes— estaban luchando y muriendo en una guerra no declarada en el Sudeste Asiático. A finales de 1961, Rusk envío el siguiente cable a la embajada de Saigón: «Ofrezcan solo cooperación rutinaria a corresponsales cobertura actividades militares actuales

en Vietnam»[31]. Dos semanas después, se instó a la prensa a hacer la vista gorda cuando la aeronave de transporte Core, cargada con una flotilla de cuarenta helicópteros, apareció semihundida entre los sampanes del río Saigón, perfectamente visible desde el bar de la azotea del hotel Majestic. Los periodistas exigieron que se les informara, pero eso no ocurrió, así que decidieron salir de Saigón para buscar la verdad por sí mismos, entrando si era necesario en los campos de batalla y entrevistando a los asesores que estaban sobre el terreno, los cuales no temían hablar. Uno de ellos fue el teniente coronel John Paul Vann, mentor de Halberstam y Sheehan en el delta del Mekong. Ambos periodistas concluyeron que generales y diplomáticos estaban ocultándoles la verdad.

La realidad era aún peor: oficiales y funcionarios vivían engañados. El engaño se había convertido en un hábito tal que se había transformado en autoengaño. Los generales, encaramados en la cúspide del poder estadounidense, eran demasiado arrogantes y complacientes para creer que un puñado de campesinos vestidos con pijamas negros podían plantar cara a los batallones regulares sudvietnamitas y a la tecnología estadounidense. El embajador Frederick Nolting, el hombre de Kennedy en Saigón, se aferraba a la ilusión de que el presidente Diem era popular entre el pueblo (su retrato colgaba en todos los salones de Vietnam del Sur). En una ocasión Nolting preguntó a François Sully, corresponsal de Newsweek: «¿Por qué, señor Sully, mira usted únicamente el agujero del dónut?». Sully, al que muy pronto Diem expulsaría del país, respondió: «Porque, monsieur l’Ambassadeur, ¡resulta

que el dónut tiene un agujero!»[32].

En Washington, el presidente y sus asesores seguían mostrándose optimistas de cara a la galería. En privado, Kennedy exigía un análisis pormenorizado de cada uno de los reportajes de Halberstam. La CIA daba pábulo a los precisos datos que ofrecía el periodista, aunque sin aceptar las pesimistas conclusiones que se derivaban de ellos. Al final Kennedy intentó que el New York Times enviase a Halberstam a algún otro destino, pero fue en vano.

Las sospechas mutuas que albergaban funcionarios y periodistas en Saigón no tenían precedentes; en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la prensa había sido, a efectos prácticos, una herramienta más de la propaganda militar. Después de Ấp Bắc, las sospechas se agudizaron hasta llegar a abierta hostilidad. Cada uno de los dos bandos acusaba al otro de obstaculizar los esfuerzos de guerra y de intentar expulsar a sus oponentes del país. Nolting

echó a Halberstam de su despacho[33]. En el aeropuerto de Tan Son Nhut, el almirante Felt tuvo unas palabras con Sheehan. Durante la celebración del Cuatro de Julio, Halberstam se negó a estrechar la mano de Harkins.

 

Poco después de la fiesta en la embajada, Holbrooke apareció por el apartamento cercano a la calle Tu Do. No prestó atención—aunque sabía que estaban allí— a los espías que, enviados por Nhu, se apostaban fuera enfundados en sus chaquetas de cuero. Holbrooke llevaba una carta de recomendación firmada por Clifton Daniel, número dos del New York Times, a quien había buscado y conocido durante su breve estadía como corresponsal extranjero en París, en 1960. La carta le valió el escarnio del enfant terrible Halberstam, que también mantenía un frente abierto contra sus cautos editores neoyorquinos y menospreciaba a «E. Clifton Daniel» por su zalamería cortés (y quizá por ser yerno de Truman).

La visita de Holbrooke sorprendió a los reporteros. ¿Qué hacía aquel entusiasta chaval de veintidós años, diplomático recién incorporado al Servicio y alineado con el bando de los funcionarios, presentándose de improviso en su apartamento? ¿No sabía que la embajada y los periodistas estaban en guerra? Los funcionarios estadounidenses guardaban una distancia prudente, salvo los que por locura o gallardía se atrevían a hablar, si bien ocultaban invariablemente su identidad. Una de las mejores fuentes anónimas con que contaba Halberstam era el propio Rufus Phillips, quien mantenía contacto con algunos viejos amigos de la CIA destacados en el país. Sea como fuere, Halberstam y Sheehan acogieron al joven Holbrooke bajo su tutela. Aquel, judío de clase media con gafas de pasta, manazas peludas, certezas morales y gesto impetuoso, tenía el don de dramatizarlo todo (incluso a sí mismo); este, irlandés de clase media, el tipo que valía pero quedaba en segundo plano, menos agresivo pero con el mismo ímpetu que su compañero (o más), dado a los accesos de melancolía, con pasado alcohólico y varios tics producto del insomnio. La crudeza de ambos de cara al público encontró a un espíritu gemelo en el audaz funcionario del Servicio Diplomático que esperaba ante la puerta de su apartamento.

Holbrooke, recién llegado a Saigón, era demasiado nuevo para resultar útil a los reporteros, aunque la situación cambiaría. Holbrooke los buscó por la misma razón por la que se aventuró en la pagoda de Xá Lợi y siguió a Melvin en su recorrido cuando pasó revista a todas las unidades del Tercer Cuerpo: para aprender. ¿Qué mejores instructores que aquellos dos «jóvenes soldados de choque en pleno fragor de la batalla contra los corresponsales de Saigón», como él los describía? En las circunstancias más terribles, estaban

haciendo un trabajo con el que él soñara antaño[34].

Halberstam y Sheehan invitaron a Holbrooke a cenar en uno de sus lugares favoritos. L’Amiral era un elegante restaurante de mesa y mantel situado junto al río, propiedad de un corso. Muchos corsos se habían quedado en Saigón tras la marcha de los franceses, y se dedicaban al tráfico de armas y opio que introducían en el país desde Laos. Holbrooke devoraba la conversación con más apetito aún que los canelones. En un momento dado, Halberstam se lanzó a una de sus atronadoras invectivas contra el funcionariado estadounidense en Saigón. «No te fíes ni un pelo de lo que te digan esos hijos de puta», recomendó a Holbrooke. Botella de vino por medio, los reporteros celebraron un consejo de guerra contra el general Harkins por incompetencia y abandono del deber. Halberstam acompañó cada uno de los cargos con un puñetazo en la mesa que hacía repiquetear los platos, declarándolo culpable, culpable y culpable; Sheehan, por su lado, sentenciaba al general a muerte en el paredón, imitando con la boca los fusilazos, y carcajeándose tan ruidosamente que el resto de comensales del restaurante

enmudecieron[35].

Holbrooke miró en torno para comprobar si conocía a alguien. De repente, se preguntó qué pintaba allí, en compañía de aquellos dos tipos un poco asilvestrados. No quería que su carrera profesional se fuese al garete en su primera semana en Vietnam.

Admiraba mucho a ambos periodistas, pero se parecía demasiado a Halberstam: no estaba dispuesto a comportarse como un dócil pupilo. ¿Supieron en su momento que ambos eran hijos de médicos judíos neoyorquinos que habían muerto jóvenes? No, aquellos dos hombres no hablaban en esos términos y Holbrooke jamás mencionó su pasado al periodista. Solo conversaban sobre la guerra. Aquel verano, a Halberstam lo encendía una ira según él justificada. Tecleaba a diario miles de palabras en su ruidosa Olivetti, con el torso desnudo debido al bochorno de aquel despacho. No disimulaba su satisfacción ante el curso de los acontecimientos, lo cual irritaba a Holbrooke. Este necesitaba llevar la razón, al igual que Halberstam, pero después de todo era funcionario del gobierno y no había aprendido aún lo suficiente sobre Vietnam para evaluar correctamente el estado de la guerra. La embajada contaba con fuentes a las que la prensa no tenía acceso. ¿Cómo era posible que los periodistas supieran más que los diplomáticos?

Tony Lake no compartía las simpatías de Holbrooke por Halberstam. No soportaba la superioridad que el reportero se gastaba. Él era un soldado demasiado leal: jamás le pasaría información. Un día Holbrooke y Toni, la esposa de Tony Lake, caminaban por una calle del centro de Saigón cuando se toparon con Halberstam. Holbrooke los presentó; la falta de interés demostrada por el periodista fue tan evidente que, tras despedirse, Holbrooke se giró y gritó: «¡Dave, ella estudió en Radcliffe!».

Tony Lake era distinto. Aquellos periodistas parecían más altos de lo que eran y, en el caso de Lake, sucedía lo contario. Se mostraba sutil cuando los otros eran vehementes e irónico cuando ellos se tomaban su trabajo demasiado en serio. Desmontaba juegos de palabras y desarmaba chistes fáciles —sobre todo los que se contaban sobre él, en referencia a sus orejotas, a su envaramiento típico de Nueva Inglaterra—, estirando las mejillas hasta esbozar una sonrisa y con un brillo enigmático en sus ojos azul oscuro. Cuando se enfadaba, hablaba de manera educada y con una frialdad glacial. Su destino estuvo maniatado al de Holbrooke de principio a fin. Es imposible no recordar al exsecretario del Tesoro Alexander Hamilton y el exvicepresidente Aaron Burr enfrentados en duelo, pero no podría decir quién encarnó a cada uno de ellos.

William Anthony Kirsopp Lake nació con el tipo de nombre y apellidos que los Holbrooke se habían visto obligados a inventar para sí mismos. El abuelo de Lake había sido un heterodoxo teólogo anglicano inmigrado a América que impartió una popularísima asignatura de estudios bíblicos en Harvard. El padre de Lake, nacionalizado ya estadounidense, abandonó sus estudios en esa universidad y se puso a trabajar en una fábrica textil, donde pronto lo ascendieron a gerente. No obstante, defendió con tal vehemencia el New Deal de Roosevelt que Adolf Berle, asesor económico del presidente, lo tuvo bajo su égida. El abuelo materno de Lake, por su lado, había sido redactor de la revista The New Republic en sus primeros tiempos y fue consejero del presidente Hoover y su gabinete. La madre de Lake se había criado en Georgetown y estuvo brevemente comprometida con el gran diplomático George F. Kennan. Corregía libros en la editorial Reader’s Digest y le leía cuentos de Dickens a Tony de niño. La doble ascendencia anglosajona y protestante daba a Lake un sólido pedigrí, si bien, mediado el siglo XX, su linaje había degenerado y solo quedaba de él una raída elegancia. Los Lake pertenecían a la clase alta de los logros, pero no del dinero. Mientras Holbrooke luchaba con uñas y dientes para abrirse paso en ese mundo, Lake no hacía sino intentar salir del él.

Lake se había criado en el condado de Fairfield, estado de Connecticut, paraíso de los oficinistas trajeados, y veraneaba con su familia en Sharon, no lejos de Winsted, donde había crecido Halberstam (si bien de este lado de la línea que separaba a la clase media en auge de las élites anglosajona y protestante). Lake se rebeló, por supuesto; de lo contrario, habría pasado toda su existencia siendo el tipo rígido de buena familia capaz de activar o desactivar sus buenos modales dependiendo de cuánto hubiese bebido. Fue un niño bajito, pero lo adelantaron de curso por ser buen estudiante, así que en la escuela lo mortificaban bastante; por esta razón decidió hacerse pasar por un tipo duro y empezó a robar en tiendas. Lo echaron del colegio público de New Canaan y lo enviaron a una prestigiosa escuela preparatoria situada en las afueras de Boston, donde por fin empezó a tomarse las cosas en serio. Se llegó a plantear ordenarse pastor episcopaliano, como había sido su abuelo.

De forma insoslayable, acabó en Harvard. Presidió el club demócrata de los de primer curso y capitaneó uno de los mejores equipos de squash del país. En su último año, contra Yale, perdió su partido y el título nacional por dos puntos en el quinto juego; su rival metió cuatro puntos increíbles desde la esquina que Lake recordaba vívidamente aun sesenta años después. En aquella ocasión, abandonó la cancha riéndose de sí mismo.

Así era Tony Lake, tan competitivo que sabía muy bien que para ganar era necesario desapegarse. Había que centrarse mucho, y procurar que no te importasen las cosas tanto para no soportar perder, porque entonces perderías. Años después, cuando sus alumnos de Georgetown le preguntaban qué había que hacer para convertirse en secretario de Estado, él respondía: «Si tragas mierda el resto de tu vida para convertirte en alguien pueden pasar dos cosas: 1) Lo conseguirás y descubrirás que no te hace feliz. 2) Como te comes la mierda, tu ambición se hará tan obvia que al final no conseguirás nada». Quizá lo dijese pensando en Holbrooke. Lake tenía su ambición bien embridada y su relación con ella era más ambivalente, pero estaría pecando de crédulo quien lo creyese cuando en ocasiones negaba ser ambicioso. Y esa confusión terminaría obligando al crédulo a echarse en sus brazos.

Lake había conseguido franquearse el acceso a los mejores clubes —el Fly de Harvard, el Century de Nueva York y el Council on Foreign Relations —, de manera que se sintió libre de abandonarlos en virtud de sus principios y sin mostrar ningún arrepentimiento cuando, por ejemplo, le pedían dinero para pagar a abogados que impidiesen el acceso de mujeres. Odiaba a los nuevos ricos, un imperativo sociológico para alguien de sus orígenes, pues aquellos pisoteaban los valores de la clase de Lake, detentaban el poder que la clase media opinaba que le correspondía por derecho y suscitaban esa envidia materialista que nadie reconocía sentir. Nadia inspiraba el ansia de poder de la clase media como Jack Kennedy (y nadie volvería a hacerlo del mismo modo hasta Barack Obama). La clase alta intelectual aceptaba la riqueza de Kennedy porque este era culto y listo. La víspera de las elecciones de 1960, su último año de carrera en Harvard, Lake salía de un restaurante en el centro de Boston cuando vio pasar por delante una comitiva de automóviles en la que viajaba el presidente. Abriéndose paso entre la muchedumbre extasiada, se acercó de manera instintiva hasta la primera fila, justo a tiempo de ver al

sonriente candidato saludar con la mano por la ventanilla bajada[36]. Lake sintió una efervescencia de poder: seguiría a Kennedy a cualquier parte. Descendiente de puritanos, Lake interpretó esa efervescencia como una vocación y se convirtió en uno de los veintidós mil jóvenes estadounidenses en hacer el examen del Servicio Diplomático el primer año del gobierno de Kennedy. Sí, el idealismo estaba en el aire, pero también el aroma del poder. Son difíciles de distinguir, y mezclarlos puede resultar peligroso.

Una de las fantasías de Lake era impartir clases sobre la historia de las colonias norteamericanas. Otra, vivir la vida del embajador retirado en un pequeño país de África Occidental, como un diplomático británico del siglo XIX, y convertirse en el mayor experto del mundo en alguna misteriosa tribu. Otra más, prestar servicio a los Estados Unidos de Kennedy, aliviando el sufrimiento de la humanidad en Asia. Estas eran las disyuntivas que se habían hecho hueco en su mente. Tomó una decisión durante una estancia académica en la Universidad de Cambridge y regresó a su país de origen para convertirse en la fulgurante estrella del Servicio Diplomático, promoción de 1962. Sacó, para su disgusto, la segunda mejor nota de la asignatura A100 que debían cursar todos los nuevos funcionarios. Lake, estrella fulgurante, aficionado a los deportes y amante de la diversión, llamó la atención de un compañero de clase algo más joven y menos refinado, pero igual de prometedor: Dick Holbrooke.

Trabaron amistad aquel verano en Washington. Ninguno de los dos tenía amigos en el gobierno. Pasaban las noches charlando de política internacional e inventaron un juego que consistía en tirar una pelota de tenis contra el ventilador del techo y, cuando salía rebotada a toda velocidad, lanzarse a por ella para atraparla. Una competición siempre amistosa, claro.

Para entonces, Lake se había casado ya con su novia de la universidad. Antonia Plehn era hija de inmigrantes alemanes y nieta de un acaudalado industrial. Creció en Lichtfield, localidad de Connecticut cercana a Sharon y estudió en la escuela Miss Hall de Pittsfield (entonces llamado Radcliffe). Era bajita y de constitución fina, con cálidos ojos castaños, radiante sonrisa y melenita castaña. Tony y Toni se conocieron en la Nochevieja de 1960 en una fiesta, jugando a charadas: él resultó ser un tipo agradable que provenía de un entorno parecido al de ella. Un mes y medio más tarde, la llamó por teléfono: «Soy Tony Lake, ¿te acuerdas de mí?».

Toni Plehn no tenía muchas expectativas profesionales: le encantaban los niños, los animales y la música, y quería ser profesora y llevar una vida buena y útil. Compartía no obstante las elevadas metas de Tony y siempre vio en el Servicio Diplomático un proyecto común. Ella era la única esposa de los miembros de la promoción de 1962 que había decidido estudiar vietnamita. Juntos harían del mundo un lugar mejor.

Durante las veladas en casa de los Lake, en Washington, Holbrooke se dio cuenta de que no le caía muy bien Toni Ella, a la que veía como a la típica mojigata de Nueva Inglaterra. A él le interesaba Toni Él.

Lake se presentó voluntario para ir a Vietnam. No por vivir la guerra —en eso también se diferenciaba de Holbrooke—, sino para salvar la democracia. Echó al equipaje un traje blanco de zapa como los que vestían Diem y el cuerpo diplomático de Saigón. Pensó que el traje lo identificaría con la tradicional animadversión vietnamita contra los comunistas radicales. No entendía aún (y todavía tardaría unos años en entenderlo) que el Vietcong con sus pijamas negros intentaba restaurar el orden tradicional de la sociedad rural, que los franceses y sus sucesores trajeados de zapa — Diem y los estadounidenses— habían arrancado de cuajo. En este sentido, los Lake eran exactamente iguales al resto de estadounidenses que viajaron a Vietnam. Eran ingenuos.

Nada más aterrizar en Tan Son Nhut, Lake quiso subirse al siguiente avión que regresara a Estados Unidos. En la húmeda oscuridad, las sombras se apoderaron de su imaginación y se poblaron de terroristas del Vietcong. Estaba muerto de miedo, pero a la vez no deseaba estar en ningún otro lugar del mundo. En Vietnam aprendería a ocultar su inquietud, sobre todo cuando lo acompañase Holbrooke, que siempre parecía tranquilo. A la mañana siguiente, Lake dejó a su mujer en su habitación del hotel Majestic, a orillas del río, y se presentó en la sección consular de la embajada, a dos manzanas de distancia. (Quería seguir la trayectoria diplomática tradicional: que lo despacharan como cónsul a una ciudad de provincias y enviar informes muy detallados a sus superiores). Toni Ella se quedaba sola en la cama y pasaba la mayor parte del día observando el resplandor del sol tropical al filtrarse a través de las contraventanas, hasta que por fin se armó de valor y empezó a salir del hotel por las tardes a pasear por las concurridas calles.

Se instalaron en las habitaciones de la planta baja de una mansión francesa de techos altos, suelos de terrazo y cuartos de servicio, que se alzaba en mitad de un frondoso jardín tropical. La mansión se encontraba en el centro de la ciudad, enfrente del cuartel de la guardia presidencial y a pocas manzanas del palacio de Diem. Los Lake se hicieron con un perrito y se interesaron por la cultura budista. Por las tardes, bajaban al río y observaban a los estibadores descargar los barcos en medio del intenso olor a salsa de pescado, carbón y diésel. Vietnam empezaba a obsesionarlos.

 

Anthony Lake en Vietnam del Sur. Cortesía de Vladimir Lehovich.

 

Lake se zambulló en el trabajo que tenía en la sección consular: visitaba a ciudadanos estadounidenses encarcelados en las prisiones de Saigón e iba a hablar con soldados borrachos que creían haber encontrado en la cantante de algún club a su alma gemela, la cual siempre hacía oídos sordos cuando Lake intentaba explicarle que jamás obtendría un visado estadounidense al tener antecedentes penales o haber ejercido la prostitución. Cuando Holbrooke estaba en la ciudad, le gustaba acompañar a Lake en sus rondas oficiales. Holbrooke opinaba que aquel trabajo daba muy bien para una novela de Conrad. Solía salir a cenar con los Lake en Cholon, el barrio chino; otras veces se quedaban en la mansión y Holbrooke y Lake jugaban a lanzar pelotas bajo el ventilador de la sala de estar. A veces, se entretenían también con los bolos o practicando el fútbol americano en el jardín trasero, con más amigos. O jugaban al tenis, bajo los altos y frondosos árboles que flanqueaban las canchas de tierra batida del Cercle Sportif, hasta caer desplomados por el calor sofocante. Tenían un nivel bastante parecido, pero Lake sabía cómo desquiciar a Holbrooke gracias a sus golpes con efecto que le enviaba siempre al lado malo. Holbrooke, sabiendo que Lake le tenía tomadas las medidas, perdía los estribos y la compostura. Ese verano Toni se quedó embarazada. En agosto tuvo que acudir al hospital porque temía estar sufriendo un aborto, pero no: era dengue. Holbrooke fue a verla y en el hospital empezó a tener mejor opinión de ella.