Nuestro hombre
Nuestros sueños están cerca
Al césar lo que es del césar. Holbrooke puso fin a una guerra. De acuerdo, con la ayuda de otros. Sin él, no obstante, no sé quién habría dado el paso adelante para acosar unas veces —y otras camelar— a los señores de la guerra balcánicos, e imponerse a ellos en última instancia, obligándolos a sentarse juntos en una ceremonia de rúbrica que se celebraría en la sala de congresos B-29 del hotel Bob Hope aquel martes por la tarde y, un mes después, en la ceremonia de la firma oficial, que tendría lugar en París. En una ocasión le preguntaron qué táctica había empleado para deshacer el entuerto: «La pertinacia —respondió—. Una suerte de hostigamiento implacable a las partes para que hagan concesiones que no estaban dispuestas a hacer a menos que Estados Unidos las presionara con una amenaza verosímil de uso de la
fuerza[1]».
El final de la guerra llegó mucho más tarde para los vivos que para los muertos. La paz fue, como aseveró Izetbegovic, injusta. Los serbios habían ganado territorios asesinando, y los acuerdos les habían permitido quedárselos. No puede culparse a Holbrooke de ello. Para cuando él tomó el mando, la Republika Srpska era ya una realidad contundente. Aquella situación podría haberse revertido en 1992 o 1993 —Silajdzic lo dijo durante la cena en L’Auberge—; en ese momento Holbrooke querría haber intervenido del lado de las víctimas. Se puede culpar a Bush o a Baker, a los británicos o a los franceses, a Butros-Ghali, a Clinton, a Powell o a Christopher y, quizá, aunque no me parezca muy justo, a Lake. Sin embargo, en 1995, el único propósito de Holbrooke era terminar con la guerra. Lo que más necesitaban los bosnios era la paz. En Dayton, Izetbegovic se sintió crucificado, según sus propias palabras, pero cuando regresó a Sarajevo, su pueblo lo aclamó por llevarle la paz. En Nochevieja, tres años después de aquella fría noche en el Holiday Inn, los sarajevitas asistían a un concierto al aire libre, ante las puertas del ayuntamiento.
Los serbobosnios rechazaron rubricar el documento en Dayton. Durante la última larga noche con Silajdzic, Milosevic los traicionó una y otra vez. Para los serbobosnios supuso un profundo impacto no cumplir el sueño de una Sarajevo dividida por una línea de controles policiales. Más adelante, no tuvieron más remedio que firmar —Milosevic seguía apadrinándolos—, pero estaban más que dispuestos a mancillar el acuerdo. Krajisnik amenazó a los serbios para que abandonaran la ciudad, lanzando granadas dentro de sus viviendas. A lo largo y ancho del país, muy pocos refugiados, con independencia de su grupo étnico, cruzaban las líneas marcadas para volver a asentarse en sus localidades de origen. La limpieza étnica no se revirtió en Bosnia. La intransigencia serbia y la debilidad occidental hicieron que Karadžić y Mladić no tuvieran que sentarse ante un tribunal hasta quince años después. En las elecciones se atrincheraron los nacionalismos que la contienda había llevado consigo, y, con ellos, la corrupción que se había nutrido del conflicto. Los políticos serbobosnios arrancaron los puntos de sutura que se habían dado en Dayton para que Bosnia tuviera la oportunidad de sanar sus heridas. Con o sin guerra, las ideas no cambiaron. Un proyecto fascista, en palabras de Silajdzic, había recibido el plácet de la comunidad internacional. Los bosnios que tenían una mínima noción de los valores occidentales jamás superaron su desilusión.
Cuanto más lejos queda la guerra en el tiempo, peor acuerdo nos parece Dayton. Quienes no tuvieron que soportar las matanzas de niños y no sufrieron el hambre ni el frío podrán sacar muchos defectos al acuerdo. Los diplomáticos, no obstante, consiguen lo que pueden a corto plazo. Con tal de salir adelante, el acuerdo de paz creó un monstruo de dos cabezas, con dos ejércitos y un débil gobierno central. Dentro de esta entidad híbrida nació una segunda entidad, también híbrida —la Federación Croato-Musulmana—, que existía solo en la mente de los diplomáticos extranjeros. Transcurrió el tiempo y esos diplomáticos extranjeros pasaron a otras cosas —incluso Holbrooke, tras dos años más de viajes frecuentes—, abandonando a Bosnia a su suerte, que quedó sin opción de convertirse ya en un país normal. El paciente sobrevivió, pero las secuelas y las deformidades continúan. Hoy día, el alcalde de Srebrenica es un serbio que niega el genocidio. Sarajevo es una encantadora ciudad que cautiva a cualquiera, pero apenas viven en ella serbios ni croatas, y todos los musulmanes jóvenes quieren marcharse.
Quizá esto sorprenda a los lectores, pero en Sarajevo no hay calles, plazas ni estatuas dedicadas a Richard Holbrooke. Ningún espacio público en honor a quien más responsabilidad tuvo en que hoy siga bebiéndose café turco en las terrazas de la ciudad vieja. En Bosnia se lo recuerda sin gratitud; en Serbia, con odio y en Croacia ni se lo recuerda.
Holbrooke entendía Dayton con más claridad que nadie[2]. Cuando era sincero reconocía sus errores. Sin embargo, no siempre podía mostrarse sincero con respecto de esos acuerdos. Le preocupaba Bosnia, pero también la historia. Fue en Dayton donde alcanzó la cumbre y plantó su bandera. Ya hemos visto cuánto hay que pelear para alcanzar esas altitudes: equipo pesado, quemaduras en la piel, grietas, agotamiento. La diplomacia, la de verdad, no es para apocados.
«Nuestros sueños están cerca, después de un año literalmente inimaginable —le escribía Holbrooke a Kati a finales de 1995—. Un año en que he ascendido hasta el pico más alto y he perdido o he estado a punto de
perder lo que más querido me era[3]». Su boda, el monte Igman, Dayton: Holbrooke consideró siempre 1995 su «año de los milagros».
El mismo martes por la noche, día de la firma, empezaron a llegar reconocimientos. Holbrooke volvió a Nueva York justo a tiempo para recibir el premio anual Freedom del Comité Internacional de Rescate en el gran Salón de Baile del hotel Plaza, donde la elegante audiencia lo recibió con una ovación cerrada. Los galardones siguieron llegando durante largo tiempo: Hombre del Año para Radio România, premio al Servicio Distinguido de la Secretaría de Estado, premio Humanitario del Año del Comité Judío Estadounidense, entre otros muchos. Recibió asimismo diversos títulos honorarios por parte de universidades como Georgetown, Brown o la Universidad de Dayton.
Dejó su puesto en el gobierno en febrero de 1996 y regresó a Nueva York. Se mudó con Kati y sus hijos adolescentes al edificio Beresford. Volvió a trabajar en Wall Street, de nuevo gracias a la ayuda de Pete Peterson, si bien en esta ocasión no le fue tan necesaria. Un banco europeo, el Credit Suisse First Boston, lo nombró vicepresidente («No tengo responsabilidades administrativas ni de gestión de ningún tipo —explicaba—, es realmente un
título honorífico[4]») y le pagaban un sueldo, que junto a la bonificación mínima, sumaba un millón trescientos cincuenta mil dólares al año. Su cometido: reunirse con altos funcionarios de Europa y Extremo Oriente y hacer que lloviera el dinero.
Siguió bruñendo el legado de Dayton, puliéndolo hasta sacarle brillo, como si tuviera la impresión de que con el tiempo fuese a empañarse o decaer. Escribió un reportaje por entregas para el New Yorker, publicó su libro Para acabar con la guerra —que es una insólita y fascinante crónica diplomática—, y hubo un proyecto de HBO para hacer una película basada en este, que por suerte no se llevó a cabo. Surgieron otras posibles negociaciones internacionales en que implicarse, parecidas a las de Dayton. Un antiguo funcionario del CSN publicó un libro donde concedía más reconocimiento a Lake que a Holbrooke en el diseño de la estrategia final; este se enfadó tanto que primero intentó que el libro no saliera a la venta y luego trató de que la editorial, la Brookings Institution, cancelara el contrato con el autor. Dayton era un tema sagrado.
Holbrooke se había convertido en una figura pública. Los hijos de su amigo Anthony lo escuchaban hablar boquiabiertos. Se organizaban cenas en su honor —las cenas «en honor de». (EHD) eran un dispositivo al que los miembros de las élites recurrían con regularidad para halagarse unos a otros— y empezó a sonar su nombre para el Nobel de la Paz. Fue entonces cuando escribió una contundente carta en que recibía el respaldo de unas cuantas personas importantes: tenía una larga lista de amigos a quienes pedir referencias —Elie Wiesel, el dalái lama, Kofi Annan, José Ramos-Horta— y viajó en repetidas ocasiones a Oslo para reunirse con el secretario del Comité del Premio Nobel. Se rumoreó durante unos años que podría ser finalista, pero solo cuando Wiesel le dijo que no encajaba con el perfil que el Comité buscaba —no era un mártir, era demasiado alto y corpulento, demasiado ruidoso, demasiado estadounidense—, Holbrooke entendió que el premio que Kissinger había ganado sin merecerlo jamás le sería dado a él, que sí lo merecía.
Empezó a frecuentar un círculo de amigos neoyorquinos pertenecientes a una élite aún más exclusiva. Hasta su cardiólogo, Isadore Rosenfeld, era una celebridad —el Doctor de las Estrellas, Pam Harriman incluida—, que escribía libros y tenía un programa en la Fox. También era famoso su asesor fiscal, Kenneth Starr, entre cuyos clientes figuraban Tom Brokaw, Carly Simon y Sylvester Stallone. (Todos ellos deberían haber sospechado que aquel sinvergüenza que había dejado a su tercera esposa para casarse con una stripper no sería precisamente el custodio más honesto para sus fortunas familiares, pero la codicia los cegaba de tal forma que incluso se sorprendieron al saber que Starr les hacía ricos gracias a una estafa piramidal que terminó enviándolo a la cárcel). Una noche, Robert De Niro se acercó al Beresford para que Holbrooke echara un vistazo al guion de una película sobre política que se titularía La cortina de humo. El multimillonario inversor Henry Kravis y su esposa Marie-Josée invitaron a los Holbrooke a cenar a su tríplex de Park Avenue. El héroe de Dayton aportaba prestancia a la mesa y a Holbrooke le obnubilaban aquellas vidas rutilantes. Cuando Richard y Kati volvieron a casa, no obstante, los Kravis y sus adinerados amigos los pusieron a parir, tachándolos de manipuladores y caraduras.
A Dick Beattie le habían llegado rumores de esos cotilleos, y advirtió a Holbrooke de que aquella gente no era de fiar, pero este se negaba a creerle. Beattie era un abogado financiero de primera línea, especializado en compras apalancadas, que representó a la empresa de Kravis en la histórica compra de RJR Nabisco en 1988. Beattie mantenía una relación vital con el club de Wall Street, semejante a la que mantenía Gelb con Washington: contaba con las cualificaciones para pertenecer a ese círculo, pero era consciente de todas las mentiras y simulaciones, y se la traía tan al fresco que no se las callaba. Además de ser el abogado de Holbrooke, era su amigo, un amigo de verdad. Le preocupaba que los chismorreos de los republicanos de Park Avenue pudieran terminar menguando las opciones que Holbrooke tenía de convertirse en secretario de Estado. Aquella era la montaña oscura que seguía proyectando su sombra sobre Dayton.
Cuando Holbrooke dejó Washington, juró a Kati y a sí mismo que sus ambiciones políticas habían quedado colmadas. Aunque, queridos lectores, llevamos escuchando esta cantinela desde aquella noche de 1972, cuando Holbrooke y Geoffrey Wolf viajaron desde Marruecos hasta la estación de esquí de Sierra Nevada. Como era habitual, el único engañado a ese respecto fue el propio Holbrooke. A Kati le encantaba oírle decir que la felicidad que sentía junto a ella hacía que se olvidara de su carrera profesional, pero ella seguía queriendo que hiciese grandes cosas. ¿Qué sentido tenía si no estar con Richard —sí, Richard; no Dick— Holbrooke? Fue así como Kati se convirtió en lo que nunca había sido: en su compañera de ascenso. Viajaban al extranjero, y combinaban sus negocios bancarios y el trabajo gubernamental no remunerado con su labor de defensa de los derechos humanos y la promoción de libros. Kati y él estaban encordados con un grueso cabo de escalada. Holbrooke le dijo que si se hubieran casado diez años antes él ya sería secretario de Estado.
Clinton resultó reelegido el 5 de noviembre. Políticamente, Bosnia había sido un éxito: no se había producido una sola baja estadounidense en la ocupación de posguerra y el conflicto desempeñó un importante papel en la victoria de Clinton, cauterizando una herida que había sangrado a lo largo de su primer mandato. El día de las elecciones, Warren Christopher anunció que se bajaba del carro. El nombre de Holbrooke se incluyó en la tómbola para ocupar el puesto de Christopher, su objeto de deseo desde los veinte años de edad. Sus competidores eran el exsenador George Mitchell, de Maine, enviado especial de Clinton a las conversaciones de paz en Irlanda del Norte, y Madeleine Albright, embajadora ante las Naciones Unidas.
Dos días después de las elecciones, Strobe Talbott se encontraba en una reunión acerca de Bosnia en la Sala de Crisis, cuando entró una llamada: el
presidente quería hablar con él[5]. Talbott descolgó el teléfono más cercano.
—¿Dónde estás? —le preguntó Clinton.
—Aquí abajo, en el sótano.
—Bueno, pues sube. No me he duchado todavía, pero tenemos que hablar. Vas a tener que lidiar conmigo mientras estoy en pelota picada, pero te las has visto peores.
Talbott llevaba un buen tiempo tratando de sacarle quince minutos al presidente para debatir cuestiones candentes de política exterior. Subió a los apartamentos presidenciales y se encontró a Clinton en la Sala de Tratados, sentado ante su escritorio en pantalón de deporte y camiseta. Hillary, en bata, le recordó que tenían que estar veinte minutos después en el acto de despedida de Warren Christopher, y se marchó para vestirse.
—Dispara —ordenó Clinton.
Talbott respiró hondo.
—Me preocupa saber quién puede garantizarnos más éxitos en este nuevo mandato en lo que respecta a política exterior.
Talbott se había mostrado favorable a Albright, que había hecho un buen trabajo en las Naciones Unidas. Con respecto a Holbrooke, sus «defectos de carácter», sin embargo, bastaban para borrarlo de la lista.
Sin embargo, a Talbott lo descorazonaba enormemente la campaña que Albright había emprendido para hacerse con el puesto —su «sentimentalismo y falta de equidistancia»—. Por otro lado, el apoyo que tenía Mitchell entre sus excolegas republicanos del Senado era más bien tibio, en el mejor de los casos. En lo que se refería a Holbrooke, las conversaciones más recientes mantenidas con él habían llevado a Talbott a creer que el anhelo por triunfar en el trabajo de sus sueños lo obligaría a comportarse. Talbott había subido a ver a Clinton para defender, a fin de cuentas, a Holbrooke.
—Hablemos de rendimiento —prosiguió—. Hablemos de la capacidad para ofrecer resultados. Se trata de obtener todos los éxitos que podamos en los espinosos problemas que se nos vienen encima. Lo mire por donde lo mire, Dick es el profesional de la política exterior más talentoso, enérgico, experimentado, capaz, elocuente de nuestra generación, y el de más tragaderas. Es un coñazo de tío, es cierto. Tiene muchos enemigos y detractores. Este es el único asunto en el que Chris y yo discrepamos. Dick es un ejemplo perfecto de herramienta que cuesta mantener, pero que ofrece excelentes resultados. Merece la pena contar con él, porque el valor que ofrece es único. Dick nos sacará las castañas del fuego un día sí y otro también.
Clinton repuso que Holbrooke le caía bien y que lo admiraba, pero le preocupaba su sed de celebridad.
—La campaña que hizo para el Nobel de la Paz fue tan agresiva que no se lo dieron, justo por eso.
El presidente preguntó si Talbott querría ejercer de vicesecretario de Estado para poder manejar a Holbrooke. Talbott contestó que dependía de los deseos de su esposa, Brooke. Quizá pudiera quedarse en el gobierno otros seis meses más.
Clinton pasó a discutir otros puestos.
—Tú crees que Tony tiene que irse, ¿verdad?
—Desde luego. Es vital que salga. Mientras él sea el padre putativo, el equipo de Seguridad Nacional será disfuncional.
—Sandy cree que podríamos mantener a Tony unos meses más, un periodo un poco más decente.
—Ya le he dicho lo que pienso. Tony alargará ese periodo cuanto pueda hasta convertirlo en algo perenne. —Entonces, Talbott propuso a Lake como director de la CIA, aunque en realidad no estaba seguro de que este quisiera
estar en el gobierno si Holbrooke se convertía en secretario de Estado[6].
—Es una idea interesante.
—Tony tiene cualidades que no le han ayudado precisamente a construir consensos ni a gestionar equipos en el CSN, pero que pueden resultarle muy útiles al frente de la CIA… Es esquivo, duro…
—Cruel y despreciable —remató el presidente, con tono admirativo.
Habían continuado la conversación en el baño. Talbott, cuyo nombre completo era Nelson Strobridge Talbott III, también había sido joven en los sesenta, pero no era tan relajado como su jefe. Se quedó de pie en la puerta mientras Clinton ser afeitaba, se duchaba y se vestía (bóxer azul marino incluidos).
Talbott retomó el asunto de la Secretaría de Estado y halagó a Albright.
—No es tan inteligente como Holbrooke, ninguno de nosotros lo es, salvo, quizá, usted. Pero Madeleine lleva muy dentro las prioridades de usted y su visión de las cosas, presidente. Es absolutamente leal y muy buena a la hora de articular y defender políticas.
De repente, dio la impresión de que Clinton quería dejar de hablar y se sumió en el mutismo. Talbott concluyó que Albright se caería de la carrera por el puesto.
Holbrooke recordaba con tanto dolor la espera tras las elecciones de 1992, cuando llamaba y llamaba por teléfono y nadie se lo cogía, que él y Kati decidieron marcharse al otro lado del mundo. Wisner, embajador en Nueva Delhi, había organizado una visita con unos pocos amigos de Vietnam — Holbrooke, Frankie FitzGerald,Ward Just, con sus parejas— al reino de Bután, en pleno Himalaya, donde acudirían en calidad de invitados personales del rey. La mañana del 12 de noviembre, Holbrooke se encontraba en la casa de huéspedes real, a dos mil quinientos metros de altitud, cuando sonó el teléfono. Era Al Gore. Holbrooke lo conocía desde la campaña presidencial de 1988 y había sido uno de los primeros adalides de su candidatura. Además, en su día mantuvieron posturas similares respecto a Bosnia. No eran íntimos: Gore ocupaba un cargo demasiado alto y Holbrooke tenía la impresión de que había un muro infranqueable que aislaba a Gore de todo el mundo, incluso de los colegas que le caían bien.
—¿Dónde estás? —preguntó el vicepresidente—. No voy a decirte lo que tienes que hacer, pero yo de ti intentaría volver a Estados Unidos.
Solo salían tres vuelos a la semana desde Bután. Holbrooke confesó al rey de Bután que tenía una oportunidad de hacer historia si le permitía regresar junto con su mujer a Nueva Delhi en el avión real. Dos días después, Holbrooke estaba sentado junto a la chimenea de la casa de Talbott en Washington, sorbiendo un caldo de champiñones mientras el border collie de
la familia dormía a sus pies[7]. Strobe preparó a Holbrooke para la entrevista que tendría esa noche en la Casa Blanca.
No hablaron de política exterior. Talbott dio consejos a Holbrooke sobre cómo desenvolverse: no exageres, no seas ególatra, contrólate. Holbrooke no se opuso. Incluso confesó algunos de sus pecados habituales. Tal vez el desfase horario lo había dejado con las defensas bajas, o tal vez la cercanía de su más anhelado deseo le hizo vivir una suerte de revelación, que trataría después de describir a Talbott:
Tú y otros se han preguntado si, en caso de lograr esta meta de mi vida (¡Strobe, lo deseo desde
los once años!), yo sería capaz de cambiar, si me suavizaría. En fin, ya me entiendes. Creo que la
respuesta es que sí: una vez el trabajo esté por hacer y no haya más montañas que escalar, lo único
que guiará mi vida profesional serán las dimensiones de la tarea y sus demandas, probablemente
mareantes. Ya siento, además, que el simple hecho de haber llegado a esta gran final ha cambiado
muchas cosas. He luchado durante años por mantenerme a flote contra poderosos adversarios y me
vi obligado a veces a hacer cosas que me dejaron mal sabor de boca o causaron una mala impresión.
Algunas de ellas eran tonterías, otras necesarias; pero todas dejaron huella en mí y en compañeros
míos. Hay muchas que desearía haber hecho de manera diferente, pero la suma de todas ellas, las
buenas y las malas, es lo que me ha hecho tal como soy hoy[8].
En ningún otro momento se acerca Holbrooke tanto a estos destellos de luz interior. Diríase que se hubiera despejado parcialmente el punto ciego de detrás de sus ojos. Pero ni siquiera estas palabras nos alumbran demasiado el camino. ¿Por qué tantos adversarios poderosos? ¿Por qué su mejor amigo se convirtió en su enemigo principal? Las respuestas a estas preguntas se guardaban en una habitación oscura donde Holbrooke nunca quiso asomarse.
¿Era cierto que un trabajo podría cambiar su carácter? ¿El secretario de Estado Richard C. Holbrooke y su nueva personalidad, corregida y aumentada? No lo creo. Nos llevamos a cuestas a nosotros mismos dondequiera que vayamos, aun cuando ese lugar sea el mejor despacho de un séptimo piso.
La primera entrevista se la hizo Gore[9]. Este quería a Holbrooke para el puesto y por eso lo había llamado a Bután, pero durante el encuentro le hizo un verdadero examen oral y lo acribilló, en su estilo de profesor sabelotodo, con preguntas sobre todas las regiones del mundo, sin olvidar una. Holbrooke, fatigado tras cuatro vuelos, no tuvo respuestas para América Latina y el África subsahariana. Pensó que había decepcionado a Kati y a Strobe, como MacArthur cuando vomitó en la escalinata de la Casa Blanca tras un enfrentamiento con Franklin Delano Roosevelt.
No había tiempo que perder con preocupaciones: lo esperaba Clinton. Holbrooke aguardó en la Sala de Mapas veinticinco minutos hasta que lo invitaron a subir a la Sala de Tratados. Charló con Clinton durante más de una hora y se mostró mucho más amistoso con él que con Gore. En un momento dado, cuando el presidente le hizo saber cuánto apostaba Talbott por él, sabiendo que sus preferencias podían ser otras, Holbrooke se atragantó y Clinton tuvo que alargarle un pañuelo de papel.
Holbrooke regresó a la casa de Talbott embargado por el optimismo. Estaba deseando que empezara el segundo mandato, con Berger como consejero de Seguridad Nacional en lugar de Lake, y Talbott como segundo de Holbrooke, controlando las comunicaciones entre el Departamento de
Estado y el CSN[10]. Las dos agencias firmarían por fin su particular tratado de paz tras décadas de guerra y podrían trabajar en equipo. Holbrooke y Talbott revitalizarían el departamento y alternarían los fines de semana de guardia para hacer más fácil la conciliación familiar. Le dio las gracias a Talbott y le dijo que lo quería.
Holbrooke y Kati volvieron a Nueva York, y se dispusieron a esperar. Clinton tardó tres semanas en decidirse.
El presidente, gracias al empuje de Talbott, pensó mucho en Holbrooke, pero lo carcomía una duda. Le preguntó a Gore si Holbrooke «se conocía a sí mismo lo suficiente» para darse cuenta de cuándo sus relaciones (también la
que mantenía con el presidente) empezaban a enrarecerse[11].
La muy vivaz mente colectiva de Washington consideraba a Madeleine Albright una política más sólida que brillante y una especialista en táctica políticamente inteligente, más que una estratega seria. Había tenido una vida dramática cuyos detalles se le escapaban a ella misma y que corría paralela a la de Kati: nació una década antes que esta, en 1937, a quinientos kilómetros al noroeste, en Praga, y su padre era un diplomático que también fumaba en pipa. La familia huyó de los nazis en 1938 y de los comunistas en 1948, y desde muy temprano en Madeleine nació la voluntad de hacer frente a los dictadores y a quienes transigían con ellos. La criaron en la fe católica y — como a Kati— no le confesaron hasta finales de 1996 que sus padres eran en realidad judíos y tres de sus abuelos habían perecido en campos de exterminio (aunque, a diferencia de Kati, ella quizá habría preferido no saberlo).
Alcanzó la mayoría de edad en los Estados Unidos de Eisenhower y se casó con un periodista adinerado. Escaló en el ámbito académico (relaciones internacionales) y político (el Partido Demócrata), trayectoria que, de haber sido hombre, no habría tenido nada de especial. A diferencia de Holbrooke, se ocupó de sus hijos y su marido la abandonó en plena madurez. Hacía gala de un optimismo obstinado, casi obtuso, habilidad imprescindible en las mujeres exitosas de su generación, que la hizo muy vulnerable a la laceración en el ámbito privado, pero la pertrechó bien de armamento para la ardua batalla pública.
Había sido la aliada más cercana de Holbrooke en Bosnia: ambos eran los intervencionistas del gobierno. Él solía abanderar a las mujeres de la administración, pero ninguna estuvo a la par de él como Albright. Apenas disimulaba su desdén hacia ella, compuesto a partes iguales de sexismo y rivalidad. En una ocasión anotó una opinión en el reverso del menú de un almuerzo que él había organizado: «MKA: se expresa de maravilla, es elocuente en lo que se refiere a los valores. Es débil en los procesos, en las políticas + diplomacia. Es irregular, impredecible. Encantadora y malvada.
Insegura. Su biografía es su carrera. Muy voluntariosa»[12].
En la carrera por la Secretaría de Estado, Albright adolecía del sesgo endémico sobre las políticas: todas las mujeres la apoyaban a ella, pero los hombres apoyaban a otros hombres. En otra época, esto habría acabado con sus opciones. Pero no fue así.
Hillary Clinton y Richard Holbrooke en el Beresford de Nueva York. Fotografía oficial de
la Casa Blanca.
Holbrooke llevaba más de un año cultivando su relación con Hillary Clinton. A principios de 1996, este le aconsejó visitar a las tropas de Bosnia para mostrar el apoyo presidencial al acuerdo de paz, y su viaje apareció en las primeras planas. Ella le caía mejor que Bill —se hacían reír uno al otro, se gastaban bromas y Hillary era, pese a su fama, de trato más cálido que su marido—. Quería que su esposo fuese el primer presidente en nombrar a una mujer secretaria de Estado, y por razones que solo conocerán quienes trataron muy de cerca al matrimonio, la primera dama poseía mucho ascendente sobre el presidente y sacaba partido de ello: «Si eliges a Madeleine, tendrás a tu lado a una persona que comparte tus valores, y a una elocuente defensora de tu política exterior, que hará a todas las mujeres del país sentirse
orgullosas»[13].
Clinton se habría resistido a esta opción si hubiera sido capaz de sacudirse de encima las dudas respecto a Holbrooke.
Por fin, la primera semana de diciembre, sonó el teléfono en el Beresford. Era Tom Donilon: «Dick, no te lo han dado».
Holbrooke le comunicó las malas noticias a Kati como solía, sin esfuerzos por endulzar o descafeinar: «No me lo han dado. Se lo han dado a Madeleine». Era injusto, sumamente injusto, porque Albright no era reflexiva y se quedaba en la astucia: Clinton volvía a elegir a alguien de segunda fila para la Secretaría de Estado y Holbrooke sabía que había perdido el puesto por culpa de Hillary. Procuró estrangular su frustración hasta que dejara de patalear, pues quizá la primera dama tuviera un gran futuro político por delante y podría formar parte de él. Holbrooke se fue al cine con Kati y ella fue la encargada de dar voz a la rabia en nombre de los dos.
A Talbott sí que le dijo algo: «Por primera vez en mi vida me siento viejo».
La historia ejerce una violencia eficacísima sobre nuestros sueños. El pico Dayton no era el más alto, al fin y al cabo. Tampoco lo eran el Plan Marshall ni el restablecimiento de las relaciones con China. Dayton había resuelto un problema bastante feo, pero no creó nada grande, novedoso. Para aquellos que sobrevivieron a la guerra, que sufrieron dentro de las fronteras de Bosnia o se preocuparon desde el exterior, la guerra de los Balcanes era el asunto más importante de todos. Holbrooke, no obstante, tenía la impresión de que había dedicado tres años de su vida a una pequeña guerra en un lugar remoto que, a la larga, no tendría consecuencias importantes. La desproporción entre el esfuerzo realizado y el alcance de sus logros me hace, personalmente, respetarlo aún más. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo con todas tus fuerzas; porque en el sepulcro, adonde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría», como dice el Eclesiastés. Sin embargo, Dayton no marcó un camino adelante ni ninguna nueva vía de ascenso en el devenir de la historia estadounidense. Dayton, más que una cumbre, fue el punto de inflexión hacia el final de algo.
Al principio, Holbrooke no tuvo esa impresión. En un primer momento, pareció que estaba acuñando una nueva doctrina.
Pensemos en finales de los años noventa, quienes tengan edad. Microsoft, misiles Tomahawk, Titanic: la economía, el ejército y la cultura estadounidenses no tenían competencia y parecía que jamás la tendrían. Nunca había sido así y ya no volvió a serlo. Aquellos años marcaron la cota más alta del siglo americano. Sin embargo, no hubo una doctrina Clinton. Tampoco existió, podría decirse, una política exterior Clinton, más allá de la confianza a pies juntillas en la globalización, postura que no había cambiado demasiado desde 1993, cuando Lake reemplazó el concepto de «contención» por el de «expansión». Las cosas parecían mejorar, por sí mismas. ¿Qué tenía que ver con Estados Unidos que la gente se dedicara a matarse en el Congo oriental o en el sur de los Balcanes?
Holbrooke quería más. No era un gran estratega, pero su frenética actitud cara a la galería lo convertían en la encarnación de determinadas ideas cuando se ponían en acción. Él creía que el poder implicaba responsabilidades. Si fracasábamos a la hora de asumirlas, el sufrimiento del mundo no haría sino empeorar, y si no tomaba la iniciativa Estados Unidos, lo haría otro país. Había que actuar, no necesariamente mediante la aplicación de la fuerza, pero con todo el peso de la influencia que pudiera ejercer la primera superpotencia del mundo. Esa era la doctrina Holbrooke, reivindicada en Dayton. No nació de las experiencias de gobierno ni mucho menos del rigor analítico. Sus opiniones y su visión de las cosas emergían, como las de todo el mundo, de lo más profundo de su sistema nervioso, de su hipotálamo, del núcleo ardiente de su carácter, donde la idea de Estados Unidos remitía a algo más que el mero poder de una superpotencia. Holbrooke era uno de los pocos estadounidenses encaramado a las copas de los árboles del poder al que de verdad importaba lo que ocurría en los rincones más ignotos del planeta.
¿Suena esto complaciente o alucinado? No lo es. Holbrooke era, podría decirse, la encarnación de un nuevo internacionalismo progresista, al estilo del de Roosevelt, Truman o Kennedy. Los enemigos eran ahora las guerras civiles más funestas, los tiranos de segunda fila, las atrocidades en masa, los estados fallidos. Kissinger no habría reconocido en ninguna de estas tres cosas un asunto de interés nacional, pero Holbrooke, que jamás practicó la verdadera realpolitik, estaba muy conectado con la realidad. En un discurso pronunciado en 1997, dijo:
No hay tiempo para regodearse en un malestar fin de siècle. La posguerra fría exige un examen
reflexivo y el diseño de nuevas herramientas para abordar los nuevos retos, muchos de ellos a la vez
políticos y humanitarios. En lo que llevamos vivido de esta nueva era, aún no bautizada, solo hemos
demostrado capacidad de reacción, lo que supone un elevado coste en recursos y vidas. El desafío
de la política exterior de esta década es la gestión del caos. […] Si durante la guerra fría fuimos
demasiado contundentes o atrevidos, bien podría decirse que hoy nos mostramos demasiado
complacientes, o indiferentes, y cautos [14].
El caos constituía un problema aún más complejo que la Unión Soviética. Era menos predecible, exigía mayor conocimiento de las realidades locales y hacía imprescindible a los aliados. Había que intervenir, fuese o no por la fuerza, desde muy pronto y de manera pertinaz. No importaba que los estadounidenses quisieran aparecer a última hora y en masa para imponer una solución rápida y luego seguir adelante. La gestión de ese caos no tenía muchos adeptos en Estados Unidos. Para los halcones republicanos, suponía transformar la seguridad nacional en trabajo social, y tampoco encajaba con el modelo pacifista de la izquierda, que culpaba de todo siempre a Estados Unidos. Quebrantaba además los principios más realistas de los políticos moderados. Para los nuevos aislacionistas de la derecha, como Jesse Helms, tratar de gestionar el caos del mundo era poco menos que una traición.
El debate acerca de cómo utilizar la superpotencia estadounidense se celebró mayormente intramuros. No teníamos rival. Las circunstancias eran insólitas. Los Acuerdos de Dayton situaban a las tropas rusas apostadas en la Bosnia de la posguerra bajo control directo de la OTAN, la primera y única vez que ha ocurrido algo así. La OTAN se expandió hasta las mismas fronteras de la antigua Unión Soviética y Holbrooke supo disipar las viejas preocupaciones de gente como Kissinger, que temía constantemente prender la vieja paranoia rusa. ¿Qué tenía Rusia que temer de Occidente? Queríamos incluirla en el círculo cada vez mayor de democracias continentales, y que dejara de pensar tanto en la OTAN. Una de las virtudes de la realpolitik es que te permite conocer los intereses de otros actores, y Kissinger pensaba que Holbrooke era el típico estadounidense, demasiado fanfarrón para entender por qué Rusia podía sentirse acorralada. Su doctrina corría el riesgo de terminar convirtiéndose en una especie de imperialismo progresista.
Algunos europeos —y también estadounidenses— creían que se había sacado de Bosnia una lección equivocada: que, para obtener resultados, a Estados Unidos le bastaba hacer sentir su peso donde conviniera. Estos escépticos dibujaban una línea imaginaria que empezaba en Dayton y llegaba a Irak, y veían en Holbrooke el rostro humanitario de la arrogancia estadounidense. Yo nunca lo vi así, empero. Siempre he creído que Holbrooke representó lo mejor de nuestro espíritu. Hoy día, el análisis es más complejo, aunque al final de esta historia los lectores podrán sacar sus propias conclusiones. Yo, en cualquier caso, lo prefería a él que a cualquier otro.
La Pax Americana alcanzó su cénit y empezó a decaer. Si me preguntaran cuál fue exactamente el punto de inflexión, respondería que 1998. Nos habíamos vuelto fofos y engreídos, y no veíamos más allá de nuestro ombligo. Imagínense a un presidente tan descuidado que termina cayendo en la trampa tendida por el enemigo y manchando de poder el vestido azul de una becaria. Imagine una superpotencia tan segura de haber conseguido la paz y la prosperidad perpetuas que consideró adecuado desperdiciar todo un año en el asunto del sexo oral en la Casa Blanca. Ni siquiera Al Qaeda, que voló por los aires dos embajadas estadounidenses en África oriental aquel agosto, nos sirvió de toque de atención. (La respuesta de Clinton, lanzar un ramillete de Tomahawks, fue criticada a izquierda y derecha, entre otras cosas por seguir el guion de La cortina de humo, la citada película de De Niro). Los republicanos decidieron que acabar con Clinton era más urgente que el interés nacional, así que lo atacaban por todas las decisiones que tomaba, ya fuera en casa o en el extranjero. Nuestros dirigentes creían que podían darse el lujo de despellejarse unos a otros. Empezaron y ya no lo soltaron. ¿Algún país del mundo ha combinado alguna vez tantísimo poder con tan poca responsabilidad? Lenta e imperceptiblemente al principio, perdimos la esencial fe en nosotros mismos.
Holbrooke necesitaba algo que hacer, más allá de abrirle puertas al Credit Suisse First Boston. En el verano de 1997, decidió aceptar un puesto no remunerado en el gobierno de Clinton y empezó a viajar una semana al mes a Chipre en calidad de enviado especial. La isla llevaba desde 1974 dividida en dos partes, el norte turco y el sur griego. Holbrooke decidió intentar reunir a los líderes de ambas comunidades —eran amigos y habían estudiado juntos en la universidad en la década de los sesenta— en un antaño lujoso pero ya decrépito hotel de la capital, Nicosia, justo sobre la línea verde que partía en dos el país. Los estadounidenses decoraron una de las salas de conferencias para que pareciese Versalles y la atestaron de caviar y vino caro. Los dos dirigentes pasaron horas recordando viejos tiempos. Holbrooke sabía muy bien cómo manejar esas cosas, y pensó que iba por buen camino. Sin embargo, ninguno de los dos cedió un milímetro en sus pretensiones. Los turcos no se sentarían en una conversación oficial hasta que los griegos reconocieran la república turca del norte de la isla (la cual no reconocía ningún país del mundo, salvo Turquía).
Después de dos o tres visitas, Holbrooke culpó del empate técnico al líder turco y dejó Chipre en manos de otros mediadores. Era demasiado complicado y la recompensa, exigua. Dirigió entonces su atención hacia Kosovo.
La provincia donde Milosevic había iniciado su carrera política como caudillo de la Gran Serbia era uno de los cabos sueltos de la guerra de los Balcanes. Lo que allí empezó, allí debería terminar. Cuando Croacia y Bosnia se hacían pedazos, en Kosovo reinaba el silencio y así se mantuvo, en silencio, durante años. En Dayton, solo el diplomático alemán Wolfgang Ischinger tenía instrucciones para incluir a Kosovo en las conversaciones, pero cuando lo puso sobre el tapete, en la primera jornada, Holbrooke le dijo que ya era bastante complicado de por sí solucionar el problema bosnio. Holbrooke y Milosevic estaban paseando un día por la base cuando vieron a un grupo de gente al otro lado de la valla de seguridad: eran albaneses que se manifestaban por la autonomía de Kosovo. Holbrooke propuso acercarse para hablar con ellos. Milosevic le contestó que ni de broma. Por lo que a él respectaba, Kosovo era un asunto interno de Serbia y no incumbía al resto del mundo en absoluto.
Dayton enseñó a los albanokosovares que de Occidente no cabía esperar nada hasta que el conflicto entre Kosovo y el resto de Serbia produjera una auténtica crisis. La lección aprendida en Bosnia era que con la violencia se obtenían resultados. Los movimientos pacíficos contra la represión serbia de 1995 dieron paso a la resistencia armada y las demandas de independencia. Llegado 1998, entraban en Kosovo armas de contrabando desde el fallido Estado de Albania y el Ejército de Liberación de Kosovo (el UÇK) controlaba la mayor parte de las zonas rurales. Los insurgentes preparaban atentados contra objetivos de la policía y el ejército serbios que provocaban duras represalias contra la población civil albanesa de Kosovo y tenían como objetivo hacer que Occidente interviniera.
Igual que en Bosnia, los europeos se mostraron indolentes o incapaces, y en Estados Unidos la actitud al respecto era de desafecto y división. Albright, quien sentía un profundo odio personal por Milosevic, quería darle duro a Serbia. El secretario de Defensa, William Cohen, y el Estado Mayor deseaban evitar cualquier participación militar. Al consejero de Seguridad Nacional, Berger, más político que su predecesor Tony Lake, lo inquietaban los posibles riesgos que tendría que asumir el presidente si estallaba otra guerra en los Balcanes. Clinton, no obstante, estaba muy despistado, sobrepasado por las investigaciones respecto de las presuntas relaciones sexuales con la becaria de la Casa Blanca.
En marzo de 1998, Ibrahim Rugova, líder del movimiento opositor y no violento kosovar, envió una carta a Albright: «Le escribo para informarle de que estoy dispuesto a reunirme con el presidente Slobodan Milosevic, sin condiciones previas, si Estados Unidos se ofrece a mediar. Le insto a designar
como mediador al señor Richard Holbrooke»[15]. Al mes siguiente, Ischinger (viceministro de Asuntos Exteriores alemán) imploró a Strobe Talbott (que seguía siendo vicesecretario de Estado) que dejase las manos libres a Holbrooke en Kosovo.
A Albright, que creía intuir la mano de Holbrooke detrás de aquellas componendas, la idea no le gustó nada. «Holbrooke está fuera de control», le
dijo a Talbott[16]. Ella era una estrella mediática, la persona más famosa de cuantos conformaban el gobierno de Clinton, pero despojada de su característico sombrero Stetson negro, era una mujer de piel fina, sumamente suspicaz. Su desconfianza en Holbrooke se debía al temor paranoico —no del todo injustificado— de que este intentara arrebatarle Kosovo. En mayo, pidió a Chris Hill, embajador de Estados Unidos en Macedonia, que se prestase a hacer de mediador él. Cuando se enteró, Holbrooke le imploró a su protegido favorito: «Chris, tienes que decirle a Madeleine que me necesitas para ese trabajo». Al final, Talbott y Berger convencieron a Clinton de que las habilidades negociadoras de Holbrooke y su cercanía con Milosevic podrían evitarle a Estados Unidos meterse en otra guerra en los Balcanes.
Así pues, a mediados de mayo, Holbrooke viajó con Hill a Serbia. Milosevic le recibió en su palacio como quien recibe a un viejo amigo.
—¿Sabe cuál fue el mayor logro de Dayton? —dijo—. Que los
estadounidenses se dieran cuenta de cómo es vivir con musulmanes[17].
Holbrooke hizo oídos sordos al comentario pretendidamente jocoso e informó a Milosevic que Hill sería el nuevo enviado especial de Estados Unidos para Kosovo.
—Señor Richard Charles Albert Holbrooke —dijo Milosevic, echándose hacia delante—: No hay ninguna crisis. Solo un puñado de separatistas albaneses a quienes los medios de su país les gusta entrevistar, y de los que ya están ocupándose nuestras fuerzas de seguridad. —Holbrooke trató de salir al paso, pero Milosevic no se lo permitió—. Señor Holbrooke, no hace falta ningún enviado. Kosovo forma parte de Serbia. Es un problema interno. — Hizo una pausa y prosiguió—: Sí puedo decirle que estaré encantado de recibir al embajador Chris cada vez que quiera verme. Y desde luego, puede viajar libremente por Kosovo.
Kosovo no era Bosnia, y Milosevic tampoco era ya el negociador de antaño. Ya no era divertido tratar con él. Demográficamente, los serbios estaban condenados en Kosovo, pues eran menos del diez por ciento de la población. En el plano político, sin embargo, Kosovo era una especie de tierra santa que Milosevic, cada vez más impopular, necesitaba perentoriamente para mantenerse en el poder. «Los serbios entregarían mi cabeza antes que
Kosovo», le dijo a Holbrooke[18]. Por otro lado, si estallaba una guerra en Kosovo, podrían verse arrastrados países limítrofes o cercanos, como Albania, Macedonia, Grecia o Turquía.
Holbrooke preparó una primera reunión entre Milosevic y Rugova, que no sirvió de nada. En 1995, en Bosnia, Milosevic había tenido una única vía de acción, la diplomática. En 1998 recurrió a ella, pero para plantarse mientras el ejército serbio campaba a sus anchas por Kosovo. Aquella guerra no llegó a atraer la atención de Holbrooke como lo hiciera la de Bosnia. El principal negociador fue Hill, y Holbrooke se implicó de manera esporádica, pues no conocía tan bien el asunto ni a aquella gente. Su libro se hallaba a punto de salir y estaba recaudando dinero para la American Academy de Berlín, que pronto se inauguraría. Tenía además que seguir cumpliendo con Credit Suisse First Boston. El derroche de ambición lo tenía superado, con demasiados frentes abiertos.
—Me cae bien Deek —le dijo Milosevic a Hill—. Pero sería capaz de
comerse a un niño vivo por su carrera profesional[19].
Sin embargo, el lío de verdad llegó en junio de 1998.
Bill Richardson, el embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, le chivó que iba a renunciar a su puesto para convertirse en secretario de Energía, y le recomendó que presentase su currículum y tratara de venderse como uno de los escuderos de la carrera presidencial de Gore, que pretendía presentar su candidatura en 2000. Era aquel un puesto que Holbrooke aceptaría sin pestañear. Trabajando en las Naciones Unidas, podría quedarse en Nueva York con Kati y sus hijos, volver a entrar en el gobierno, pero como alto cargo del gabinete, y trabajar en cualquier rincón del planeta. Había visto a las Naciones Unidas fracasar miserablemente en Bosnia, pero valoraba la institución lo suficiente para querer ayudar a enmendarla, aunque fuera en calidad de herramienta para las políticas estadounidenses. En esta ocasión, Holbrooke no se hizo esperar. Llamó a Clinton desde Kosovo para informar sobre su viaje y añadió con presunción que si le ofrecían el puesto de Richardson lo aceptaría.
Clinton citó a Holbrooke en la Casa Blanca el 11 de junio. Se reunieron poco antes de medianoche en la Sala de Tratados, como la vez anterior.
—Te necesito desesperadamente —le dijo el presidente [20].
Holbrooke había sabido interpretar las circunstancias con astucia. Clinton estaba muy insatisfecho con su equipo de política exterior. Albright era una auténtica sabuesa del servicio público y lo hacía bien siempre que contase con un guion, pero no se hallaba a la altura del trabajo. En un año como el de Monica, Clinton necesitaba incorporar a alguien con muchas credenciales:
—Me va a joder cada vez que pueda. Te estoy dando este puesto porque eres grande y porque quiero que asustes un poco a Madeleine y a Sandy. Pero también quiero que sepas jugar en equipo con ellos.
—Yo siempre he sabido jugar en equipo —dijo Holbrooke—. Es como en el fútbol americano: discutimos en el corro, pero luego salimos y la jugada sale bien.
Clinton no pudo resistirse a usar un poco más sus armas de seducción.
—Si esto sale bien, puede que Strobe vea cumplido lo que lleva tanto tiempo proponiendo.
Holbrooke le pidió a Clinton un favor: que llamara a Kati para darle la noticia. Ella cogió el teléfono en Nueva York y se topó al otro lado del hilo con el presidente, coqueteando de nuevo:
—Ahora nos van a citar a declarar a los dos —le dijo Clinton a la preciosísima exmujer de Peter Jennings— por llamarte a estas horas de la noche.
Albright no tenía otra opción que aceptar a Holbrooke en su antiguo puesto. «No ha sido decisión mía —aseveró ella con rotundidad cuando él la llamó—. En cualquier caso, tú y yo nunca hemos tenido problemas cuando
hemos trabajado juntos[21]» Más tarde, Albright le dijo a su mano derecha: «Todo para ti, Strobe. —Y acto seguido pasó a echar por tierra todo el trabajo de Holbrooke en Kosovo—: En Kosovo la cagó. No es un ningún genio. Lo hizo bien en Dayton, pero en Chipre y Kosovo no es que se haya lucido,
precisamente»[22]..
El 18 de junio, Clinton habló ante las cámaras de la Rosaleda de la Casa Blanca para anunciar la candidatura. Cuando le tocó el turno a Holbrooke, contó la anécdota sobre su visita a las obras del edificio de la ONU con su padre, pero se atascó aquí y allá y no fue demasiado elocuente.
Trudi, la madre de Holbrooke, y sus hijos, David y Anthony, habían acudido a la ceremonia. Mientras el grupo familiar seguía al presidente por la columnata del Pórtico Sur hacia el Despacho Oval para la sesión de fotos, Holbrooke se inclinó hacia su hijo Anthony y murmuró: «El servicio secreto ha presentado una orden de detención contra ti. —En efecto, agentes federales esperaban a Anthony para detenerlo en cuanto saliera por las puertas de la Casa Blanca—. Estamos trabajando en ello».
Anthony había pasado cuatro años trabajando con refugiados en Tailandia y había regresado a finales de 1995 enganchado a la heroína. La orden de detención se emitió tras haber faltado al servicio comunitario obligatorio. Holbrooke se sentía más cercano a Anthony que a David. No en vano, habían compartido piso de solteros en Nueva York, y la vulnerabilidad y el encanto de Anthony hacían que su padre no pudiera quitarle el ojo de encima. David, cuatro años mayor que Anthony, había vivido el divorcio de sus padres desde el punto de vista materno y había crecido sin padre. Holbrooke llevaba a sus hijos a ver jugar a los Knicks o los Yankees, siempre desde los mejores asientos gracias a sus contactos empresariales, y los impresionaba con sus nuevas amistades, como Tom Cruise, quien pasó tres semanas tratando de curar la adicción de Anthony y acabó convirtiéndolo a la Cienciología. Cuando Anthony comenzó a dedicarse al arte, que terminó siendo su vocación —sus primeros cuadros fueron retratos de su padre pintados a partir de fotos de prensa—, Holbrooke fue su principal valedor. Siempre se ufanó de lo bien que les iba a sus hijos, tanto si era cierto como si no. Los quería, desde luego, pero jamás estuvo presente en sus vidas; al menos no de manera constante, como ellos necesitaban. Después de casarse y tener hijos, David le dijo a su madre, Litty, que su padre no reconocería a sus propios nietos si los viera en una rueda de reconocimiento con otros bebés.
Kati encontraba insoportable a la familia de Holbrooke. Apenas aguantaba una hora de reunión familiar en Scarsdale después de la muerte del segundo marido de Trudi, Stanley. «Tenemos que quedarnos —le dijo Holbrooke—. Es mi madre». Kati quería que Holbrooke pasara tiempo con la familia de ella, así que este tiró de toda su diplomática paciencia para ganarse a su fría y hermosa hijastra, Lizzie, quien terminó por hacerse querer, y para cautivar al desafecto suegro de Holbrooke, Endre, al que raramente veían. Kati, sin embargo, había dejado claro que no deseaba relacionarse con la familia de Holbrooke. Así se lo hizo saber Holbrooke a su hermano cuando este le preguntó por qué se veían tan poco. No, no podían llevar a Trudi en su coche a los Hamptons; y no, Anthony no podía quedarse con ellos en la casa de Telluride (aunque Lizzie y Chris estuvieran allí). A veces Holbrooke insistía, pero solía ceder ante Kati, y pasaba más tiempo con los hijos de ella que con los suyos.
Sobre el piano de cola que había en el apartamento del Beresford se alineaban decenas de fotos de Richard, Kati y los hijos de ella, esquiando y haciendo otras cosas glamurosas, pero ni una sola de Anthony, cuyas llamadas Holbrooke cogía desde el baño para que Kati no supiera que estaba hablando con él. En sus años como compañeros de piso habían intercambiado muchas notas («Qué rollo tienes», «Política = Diplomacia = Puro rollo = Resumen de ti», «Supongo que dejar la mitad del zumo de pomelo fuera para que se estropee es tu manera de predicar con el ejemplo», «¿Ha sido divertido, no? Gracias». «Gran Papá y Ant-Man abren nuevos caminos en el mundo de los valores familiares», «Papá: he limpiado tu habitación como me
pediste. $Por favor$ Déjame unos $$$»[23]). Holbrooke tenía estas notas enmarcadas y colgadas en su vestidor.
«Hay dos tipos de personas —les decía Holbrooke a sus hijos—: aquellas a los que les hacen gracias los chistes de pedos y aquellas a las que no. Sabéis en qué grupo están los Holbrooke, ¿verdad?». Pero Kati, que se hallaba justo al otro lado de esa línea divisoria, era el centro de su mundo.
Dick Beattie, el abogado, conseguidor y amigo de Holbrooke, estuvo presente en la ceremonia de la Rosaleda de la Casa Blanca. Convenció a los agentes federales de que no detuvieran a Anthony cuando saliera de la Casa Blanca. Esa era la clase de ayuda que su padre podía ofrecer.
Al día siguiente de la ceremonia, alguien envió una carta al inspector general del Departamento de Estado: «He de llamar su atención sobre dos cuestiones que ponen en tela de juicio la idoneidad del señor Holbrooke para su reciente
candidatura», comenzaba la carta[24]. El primer argumento tenía que ver con el hecho de que, inmediatamente después de ejercer como secretario de Estado adjunto para Europa, Holbrooke había sido contratado por un banco europeo y se había reunido con altos cargos europeos a quienes conocía de su época como funcionario público, invitando a veces a embajadores estadounidenses, pues seguía sirviendo como asesor no remunerado del Departamento de Estado: «usando dos sombreros», como se dice de manera figurada en jerga del gobierno. Esto haría pensar a cualquier forastero que Holbrooke usaba su influencia sobre ciertos miembros del gobierno estadounidense para hacer negocios. El segundo argumento que esgrimía la carta era que, mientras fue secretario adjunto, había movido hilos en nombre de Credit Suisse First Boston para una licitación del gobierno de Hungría, justo dos meses antes de empezar a hablar con el banco sobre un posible empleo con ellos.
La carta era anónima. Cuatro páginas a espacio sencillo redactadas por alguien con tan detallados conocimientos que no podían venir sino de un funcionario del departamento. La persona firmante incluso se quitaba el sombrero ante la estelar carrera de Holbrooke. Si supiera quién fue, lo contaría en estas páginas, pero hay secretos que parecen imposibles de desenterrar. La lista de funcionarios del Servicio Diplomático que guardaban rencor a Holbrooke —ya hemos hablado de algunos de ellos— es demasiado larga para entresacar sospechosos, y quizá el anónimo firmante contaba con ello.
La Oficina del Inspector General ya le seguía los pasos a Holbrooke, pero por otro asunto. Como secretario adjunto había vivido en soledad, sin pagar alquiler, en la mansión con mayordomo que en Georgetown tenía Larry Lawrence, donante que financió a Clinton y había sido nombrado embajador ante Suiza en 1993. Lawrence había muerto en 1996 y, gracias a un testimonio aportado por Holbrooke, el ejército hizo una excepción en su caso y permitió que se le enterrara en el Cementerio Nacional de Arlington, por el heroico servicio prestado en la marina mercante durante la Segunda Guerra Mundial, si bien al año siguiente fue exhumado e inhumado de nuevo en San Diego, porque la historia del heroico servicio era inventada. A Holbrooke no se le había ocurrido incluir la mansión de Lawrence en Georgetown como donación en sus declaraciones financieras.
Y había otras cosas, más mezquinas. Holbrooke intentó transitar atajos y fue descuidado.
Los bancos de inversión contrataban a Holbrooke porque en Seúl o en Estocolmo tenía las puertas abiertas. Los conflictos de interés son cosa normal en las copas de los árboles, y todo el mundo que te conozca puede valerse de tu influencia en tu nombre: en eso consiste la amistad en esa esfera. Tú contribuyes a mi campaña por encima de los límites legales, y yo te doy un empleo que es una bicoca, para el que, además, no estás cualificado. Me dejas vivir un año y medio gratis en una mansión en Georgetown y yo te meto en Arlington para toda la eternidad.
Holbrooke y Kati, asimismo, tuvieron la oportunidad de firmar hipotecas a un muy beneficioso interés para sus casas de los Hamptons, Connecticut y
Telluride con la entidad bancaria Countrywide Financial[25]. Su director, Angelo Mozilo, cultivaba la amistad con los poderosos de Washington para recibir tratos de favor de la llamada Fannie Mae, la empresa pública encargada de expandir el mercado secundario de hipotecas, cuyo director ejecutivo, Jim Johnson, era amigo y exsocio de Holbrooke. Johnson, de hecho, invitó a este a unirse a las filas de los «amigos de Angelo». ¿Quién puede rechazar un préstamo en condiciones tan ventajosas? Nadie se cuestionó siquiera que aquello fuese ilícito, hasta que, un decenio después, Countrywide Financial se hundió durante el escándalo de las hipotecas de alto riesgo, las llamadas subprime. El rostro de Mozilo fue uno de los más conocidos de la crisis financiera; sus fechorías ayudaron a que los estadounidenses desarrollaran un cinismo cada vez más exacerbado respecto de las élites de Nueva York y Washington. No sería exagerado decir que allanaron el camino durante la siguiente década al presidente que llegó al poder prometiendo hacer saltar todo por los aires.
A mediados de julio, dos agentes de la Oficina del Inspector General entrevistaron a Holbrooke durante casi tres horas en el bufete que Beattie tenía en el Midtown neoyorquino. Holbrooke se condujo con soltura.
—¿Creyó usted que cuando los Lawrence le permitieron quedarse en su casa sin pagar estaba recibiendo un obsequio? —le preguntó el agente
especial Brian Hess[26].
—No sé si entiendo la pregunta —replicó Holbrooke—. Aquello fue lo que fue. Yo soy un existencialista. Me ofrecieron una habitación en su casa. Una habitación es una habitación. ¿Es un regalo, como una caja de bombones? No lo sé. Ese tipo de interpretaciones, que las hagan otros.
Aquel fue el verano de la famosa frase de Clinton: «Depende del significado que demos a la palabra “es”». En ese tiempo se hurgó mucho y los sabuesos partidistas perseguían con saña a los existencialistas. Un año antes, esos sabuesos habían tumbado a Tony Lake. Después de que Clinton lo nombrase director de la CIA, Richard Shelby, senador republicano por Alabama y presidente de la Comisión de Inteligencia del Senado, empezó a escudriñar cada uno de los cajones de su vida. Shelby se hizo con todos los archivos que el FBI conservaba sobre Lake y los peinó en busca de pecados de juventud. No había nada raro, salvo la fallida venta de unas cuantas acciones de una petrolera cuando era consejero de Seguridad Nacional, por la cual pagó una multa de cinco mil dólares. Shelby siguió hurgando, lo que retrasaba el nombramiento semana tras semana. Clinton trató de convencer a Lake de que no tirase la toalla —más de una vez lo abrazó en el Despacho Oval— pero este estaba decidido y, al final, hizo una declaración pública: «Durante los tres últimos meses he demostrado paciencia y, creo, dignidad. La paciencia, sin embargo, se me ha agotado, y opino que podría perder también la dignidad si este circo político se alarga indefinidamente. […]
Washington es un caos»[27]. Con ese amargo comentario dejó Lake la vida política con apenas cincuenta y siete años.
Holbrooke creía que Albright podría haber echado tierra sobre la investigación si hubiera querido, pero el gobierno de Clinton no podía permitirse otro enfrentamiento con el Congreso y la investigación no dejaba de avanzar en sus hallazgos. El otoño de 1998, el inspector general dirimió que había fundamentos para creer que Holbrooke había incumplido la ley federal. El asunto se trasladó al Departamento de Justicia, que ya estaba hasta el cuello con el caso Lewinsky. Holbrooke quedó abandonado a su suerte.
Richard Holbrooke y un combatiente del Ejército de Liberación de Kosovo en Junik,
Kosovo. Srdjan Ilic/AFP/Getty Images.
¿Qué más podía hacer salvo regresar a Kosovo? Los guerrilleros que empuñaban kaláshnikov, los nervios en los puestos de control, las charlas de órdago con Milosevic: no había otra cosa que le tensara de ese modo los músculos del vientre y le resultara más emocionante.
Durante el verano y principios del otoño, las fuerzas serbias lanzaron una ofensiva y golpearon al UÇK, empujando a los combatientes kosovares al otro lado de la frontera albanesa. Aparecieron así, de la nada, trescientos mil refugiados. Las zonas rurales se convirtieron en un erial. Las matanzas por parte de las fuerzas serbias rebasaron lo que Berger llamaba «el umbral de la atrocidad», lo que significaba que Estados Unidos tenía que hacer algo, o al
menos aparentarlo[28].
A principios de octubre, pese a las objeciones de Albright, Holbrooke fue
despachado a Belgrado para negociar un alto el fuego[29]. Sus problemas con
la justicia lo acechaban[30]. El jefe de personal de Albright advirtió a Holbrooke: «Es muy importante que, de cara al inspector general, quede claro
que estás a partir un piñón con Madeleine»[31]. Holbrooke exigió a su vez que Albright garantizase su nombramiento como condición para seguir las instrucciones de esta en Kosovo.
Holbrooke y Milosevic negociaron no solo el alto el fuego sino el reacuartelamiento de las tropas serbias y el despliegue de mil cuatrocientos observadores no armados a lo largo y ancho de Kosovo a fin de hacer tareas de verificación. Para Holbrooke fue todo un logro. Albright, que no se fiaba de Milosevic y quería que los bombarderos estadounidenses surcasen el cielo serbio, pensó que aquello no duraría. Tenía razón: semanas después, se rompía el alto el fuego. Encabezaba en ese momento la OTAN el nuevo primer ministro británico, Tony Blair, un enérgico intervencionista humanitario; Clinton, que intentaba por todos los medios sacudirse de encima el asunto Lewinsky tras su juicio político en la Cámara de Representantes, trastabillaba tras el británico. Tras más atrocidades serbias, la Alianza Atlántica puso proa a la guerra.
En febrero de 1999, Albright convenció a los bandos enfrentados para que se sentaran a conversar en el catillo de Rambouillet, a las afueras de París. Su propósito no era tanto poder «marcarse un Dayton» como unir a Occidente contra los serbios. Milosevic se quedó en Belgrado —temía que lo detuvieran debido a una supuesta orden de detención secreta por crímenes de guerra—, mientras sus representantes en Francia se negaban a aceptar un acuerdo para que las fuerzas extranjeras salieran de Kosovo. Los observadores internacionales se retiraron, lo cual presagiaba los bombardeos de la OTAN. Holbrooke pensó que las prisas por guerrear demostraban torpeza táctica, pues no había objetivos claros ni se habían perfilado planes para un conflicto de larga duración en Kosovo, el cual provocaría una escalada de violencia en
la región[32]. Tampoco se había calculado cuántas fuerzas de ocupación extranjera serían necesarias. Holbrooke no estaba seguro siquiera de que Wesley Clark, entonces comandante supremo de la OTAN, se hallara
dispuesto a apretar el gatillo[33]. En cualquier caso, por el momento, Holbrooke desempeñaba un papel marginal. Para él, Kosovo era «la guerra de Madeleine».
Clinton lo envió de vuelta a Belgrado para advertir a los serbios de lo que estaba por llegar. La mañana del 23 de marzo, fue a ver a Milosevic por última vez.
Se sentaron a solas en el enorme vestíbulo palaciego. No había bandejas de comida, y Milosevic estaba de un humor lóbrego y fatalista. Holbrooke le preguntó si entendía lo que ocurriría si los serbios no se avenían a los Acuerdos de Rambouillet.
—Nos bombardearán —respondió Milosevic[34].
—Así es.
—Son ustedes una nación grande y poderosa. Bombardéennos si lo desean. Es una idea estúpida, porque todo el pueblo serbio se unirá contra ustedes. Pero no podemos impedírselo.
Sobre ellos cayó un manto de silencio. Milosevic acompañó a Holbrooke hasta la escalinata.
—Me pregunto si nos volveremos a ver —dijo Milosevic.
Holbrooke no estaba dispuesto a aceptar que su poder de persuasión no funcionase. Quería quedarse en Belgrado y seguir conversando, pero Albright
le había ordenado partir esa tarde[35]. La noche siguiente, los cazas de la OTAN hacían sus primeras incursiones en Serbia. Tras varios días de bombardeos, Holbrooke llamó a Clark. «¿Y si les damos un poco de tregua?», propuso. «No. Es más, ¡ni de broma!», contestó Clark. Holbrooke se puso en contacto con el consejero de Asuntos Exteriores de Milosevic, Bojan Bugarcic. «Mire, estoy en Budapest —le informó—. Dígaselo al presidente Milosevic, por si quiere venir a firmar aquello de lo que hablamos». Milosevic se negó. Se sentía traicionado por Holbrooke y quizá pensó que, si aguantaba lo suficiente, podría entregar Kosovo sin pagar el precio último: ser apartado del poder por su propio pueblo.
Se esperaba que la ofensiva aérea, liderada por el general Clark, durase varios días. Fueron, en total, once semanas. Al principio, los serbios cerraron filas en torno a su líder, que es el primer efecto que suelen tener los bombardeos. Un millón de albanokosovares, la mitad de la población de Kosovo, fueron expulsados de sus hogares. A Holbrooke, que no estaba participando de aquello y agonizaba en su limbo profesional, le parecía que había poco que elogiar en la primera guerra librada por la OTAN como tal en toda su historia. A mediados de mayo escribió en una nota personal:
Me pregunto por qué tengo que pasar por este calvario para que me den el puesto por fin. A
cambio, el privilegio de pasar más tiempo con Madeleine Albright y toda esa panda, que no saben
ni bombardear como es debido. No puedo ver ya ni en pintura a la mayoría de esas personas.
Simplemente, no saben lo que hacen. Los fundamentos morales de la guerra eran irrefutables. Esta
circunstancia, sin embargo, es necesaria, pero no suficiente, para obtener el éxito. En cualquier
caso, no tengo otra opción que seguir adelante y pelear por mi nombramiento; no ya para servir al
gobierno, sino por pura revancha [36].
Los rusos habían vetado la declaración de guerra en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y se negaban a cooperar con Occidente como habían hecho en Bosnia. Sin embargo, Blair presionó a la OTAN para que preparase una invasión por tierra de Kosovo, y Milosevic se dio cuenta por fin de que el envejecido y enfermo Borís Yeltsin —que estaba a punto de echarse a un lado para dejar paso a su sucesor, Vladímir Putin— no acudiría en su ayuda. El 11 de junio, Milosevic tiró la toalla. Kosovo se convirtió en territorio de las Naciones Unidas y comenzó su tambaleante camino hacia la independencia. Un año después, en el verano de 2000, Milosevic fue derrocado por un levantamiento mayormente pacífico, después de un intento de pucherazo en las elecciones. El año siguiente fue detenido y extraditado por crímenes de guerra que serían juzgados en el Tribunal de La Haya, donde murió encarcelado en 2006. Karadžić fue por fin detenido en 2008, y Mladić en 2011.
De este modo la década de las guerras balcánicas, que fueron las guerras de Milosevic e hicieron a Holbrooke ser quien fue, tocó a su fin.
Un día de finales de 1998, un desconocido se acercó a Dick Beattie en plena calle y le entregó un sobre con una segunda carta anónima. En cuanto Holbrooke hubo lidiado con aquella primera batería de acusaciones, apareció una segunda. Eran muchos los que tenían un interés más que morboso por verlo caer. Él lo había puesto demasiado fácil: había sido descuidado, como Clinton. Tuvo que entregar agendas, correspondencia, extractos de tarjetas de crédito y listines telefónicos acumulados durante años. La investigación del Departamento de Justicia se prolongó meses.
A primera hora de un día de finales de 1999, mientras el Senado se pronunciaba sobre un presunto delito de perjurio y obstrucción de la justicia del presidente Clinton, Beattie se reunía con su cliente en su bufete del Midtown. Nada haría progresar la candidatura de Holbrooke, a menos que diera algo a los investigadores.
—Deja que nos declaremos culpables del delito. Llegaremos a un acuerdo y nos pondrán una multa —propuso Beattie.
—¡No puedes hacerme esto! —exclamó Holbrooke, que se sintió ultrajado.
—Si no lo haces, no te darán el puesto. Al Departamento de Justicia le da igual, pero no saben muy bien que hacer al respecto.
—¡Me arruinará la vida!
Holbrooke salió a zancadas de Simpson, Thacher & Bartlett, casi desvariando. Sin embargo, Beattie era un hombre de mundo y sabía cómo funcionaban esas cosas: en cuestión de una semana todo estaría olvidado. Holbrooke transigió. Negó haber cometido un delito, pero pagó una multa de cinco mil dólares (justo la misma cantidad que había tenido que pagar Lake) por invitar al embajador estadounidense en Seúl a la apertura de la primera oficina del banco suizo en Corea cuando aún no había pasado un año desde que dejó su puesto en el gobierno. Los honorarios de Beattie ascendían a trescientos treinta y seis mil dólares, pero este solo le cobró dos tercios de esa
cantidad[37].
No acabó todo ahí. El Comité de Relaciones Exteriores del Senado inquirió sobre tres mil dólares que había cobrado de la revista Time por un artículo sobre Bosnia aparecido en una época en que, en teoría, no debía obtener beneficios extra de su trabajo en el gobierno. El presidente del Comité, Jesse Helms, posponía una y otra vez el nombramiento y los senadores tenían a Holbrooke de rehén y se servían de él como arma arrojadiza en sus rencillas con la administración Clinton. Mitch McConnell quería que nombrasen director de la Comisión Electoral Federal a un profesor de derecho conservador que él tenía bajo su égida, así que el escaño permanente estadounidense en el Consejo de Seguridad estuvo vacante un año entero. Aquello no era solo una mera pelea partidista, sino que se negaban a cumplir los compromisos internacionales de Estados Unidos.
Arreciaban los rumores de que la Casa Blanca iba a cortar por lo sano y encontrar a otro candidato. A esas alturas, alguien con más dignidad y menos tenacidad habría dado ya un paso atrás. Pero Holbrooke buscó a sus amigos poderosos.
El diciembre anterior, él y Kati habían organizado una fiesta navideña en honor de Hillary Clinton, en el Beresford, para mostrarle su apoyo cuando el año Monica tocaba ya a su fin. Bill no estaba invitado: solo había amigos neoyorquinos, entre ellos muchas estrellas de cine que se sintieron tan halagados por la invitación como los políticos y los periodistas. Hillary Clinton mencionó de pasada una vez que admiraba al Ejército de Salvación, así que Holbrooke contrató a una banda de música de dicha institución para que tocara villancicos para ella. Así pues, cuando los funcionarios de la Casa Blanca empezaron a azuzar el avispero para que Holbrooke abandonase, él llamó a Hillary al menos una decena de veces, en ocasiones por la noche, muy tarde, a menudo muy afectado, instándola a que no permitiese al presidente cambiar de idea. «No podemos dar de lado a Richard Holbrooke —dijo a Bill, que aún estaba titubeante—. Tienes que quedarte con él». Este fue el comienzo de una larga lealtad mutua.
Las audiencias comenzaron el 17 de junio, víspera del aniversario de la candidatura de Holbrooke. Asistieron varios familiares, y Holbrooke se aseguró no solo de que estuviera presente la hija de tres años de la prometida de David, Sarah, sino que llevase un adorable vestido azul. Jesse Helms entró en la Cámara en su silla de ruedas, pertrechado con gráficos cuyo objetivo no era otro que avergonzar a la administración Clinton y con un largo texto en el que criticaba con dureza la candidatura de Holbrooke. Pero este no dudó en presentar a Helms a su familia: «Este es mi hijo David, su mujer, Sarah, y su hijita, Bebe». El senador conservador de Carolina del Norte se ablandó.
En su discurso de nombramiento, Holbrooke enfatizó el papel crucial del Congreso en la elaboración y ejecución de la política exterior de Estados Unidos. No eran palabras vanas y trilladas de alguien bregado en el gobierno: hablaba de una dura lección aprendida en Vietnam y que había tomado siempre muy en serio, puesta en práctica con Carter y de nuevo en Bosnia. Sin embargo, el punto de inflexión de la audiencia se produjo cuando empezó a contar la historia de su padre, que de nuevo lo llevó a la visita a las Naciones Unidas y, una vez más, a emocionarse y no poder hablar.
—Mi padre me habló de su… Eh, bueno, quizá deba dejar mi discurso escrito al secretario para que conste en acta. No me veo capaz de leer la parte
sobre mi padre[38].
—Un día nos juntamos. Yo te hablaré de mi padre también —dijo Helms —. Yo siento lo mismo al respecto del mío. Me estás impresionando.
Al final, Helms les dijo a sus asistentes que quitaran los gráficos. Terminó prestando su apoyo a la candidatura y, a principios de agosto, el Senado votó abrumadoramente a favor de la ratificación. A esas alturas, con tanto retraso, a Holbrooke solo le quedaban diecisiete meses en el puesto que había estado hasta entonces vacante.